Ensayos éticos


-LA ÉTICA EN LA CONTEMPORANEIDAD



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1.-LA ÉTICA EN LA CONTEMPORANEIDAD


La Ética es un saber filosófico cuyas conclusiones atañen, directa o indirectamente, a la práctica social de los seres humanos. La experiencia vital de la humanidad es para ella un referente insoslayable de incesante desarrollo. El decursar de la Ética, a través de los siglos, está indisolublemente vinculado a las necesidades de un mejoramiento humano, a la fundamentación filosófica de las razones que sustentan la prioridad de los ideales morales. Dentro del sistema de fuerzas que impulsan a las personas a la lucha por la libertad y la justicia, el factor moral cumple un importante papel estimulador; a medida que la sociedad avanza, su significación acrece cada vez más. La Ética proporciona el basamento filosófico de la vigencia del factor moral en las distintas condiciones históricas, partiendo de su esencia humana y sobre la base de una proyección altruista de los principios e ideales.


A nivel mundial, la Ética está hoy en auge. La Filosofía tiene en la Ética su expresión más fructífera y promisoria. Lo más representativo del mundo académico apuesta por una salida ética para la Filosofía. Pero, esa actualidad no se circunscribe al gremio de los especialistas; la moral, el objeto de estudio de la Ética se encuentra entre las prioridades de las grandes masas. La carga que los problemas globales contemporáneos arroja sobre los pueblos resulta insoportable. No sería aventurado afirmar que la humanidad sólo podrá salir adelante por medio de una cruzada moral que oponga valladares y establezca riberas a las dificultades prevalecientes.
La Ética constituye aquella parte de la Filosofía que se dedica a la reflexión sobre la moral. Como parte de la Filosofía, la Ética es un tipo de saber que intenta construirse racionalmente, utilizando para ello el rigor conceptual y los métodos de análisis y explicación propios de la Filosofía. Como reflexión sobre las cuestiones morales, la Ética pretende desplegar los conceptos y los argumentos que permitan comprender la dimensión moral de las relaciones humanas en cuanto tal dimensión moral, es decir, sin reducirla a sus componentes psicológicos, sociológicos, económicos o de cualquier otro tipo (aunque, por supuesto, la Ética no ignora que tales factores condicionan de hecho el mundo moral).
Desde sus orígenes entre los filósofos de la antigua Grecia, la Ética es un tipo de saber normativo, esto es, un saber que pretende orientar las acciones de los seres humanos. También la moral es un saber que ofrece orientaciones para la acción, pero mientras esta última propone acciones concretas en casos concretos, la Ética –como Filosofía moral- se remonta a la reflexión sobre las distintas morales y sobre los distintos modos de justificar racionalmente la vida moral, de modo que su manera de orientar la acción es indirecta: a lo sumo puede señalar qué concepción moral es más razonable para que, a partir de ella, podamos orientar nuestros comportamientos.
Por tanto, en principio, la Filosofía moral o Ética no tiene por qué tener una incidencia inmediata en la vida cotidiana, dado que su objetivo último es el de esclarecer reflexivamente el campo de lo moral. Pero semejante esclarecimiento sí puede servir de modo indirecto como orientación moral para quienes pretendan obrar racionalmente en el conjunto de la vida entera.
Aristóteles, considerado el padre de la Ética, incluía nuestra disciplina en el entorno de los saberes prácticos que se agrupaban bajo el rótulo de “filosofía práctica”. Los saberes prácticos (del griego praxis) que también son normativos, son aquellos que tratan de orientarnos sobre qué debemos hacer para conducir nuestra vida de un modo bueno y justo, cómo debemos actuar, qué decisión es la más correcta en cada caso concreto para que la propia vida sea buena en su conjunto. Tratan sobre lo que debe haber, sobre lo que debería ser (aunque todavía no sea), sobre lo que sería bueno que sucediera (conforme a alguna concepción del bien humano). Intentan mostrarnos cómo obrar bien, cómo conducirnos adecuadamente en el conjunto de nuestra vida.
No cabe duda de que la Ética, entendida al modo aristotélico como saber orientado al esclarecimiento de la vida buena, con la mirada puesta en la realización de la felicidad individual y comunitaria, sigue formando parte de la Filosofía práctica, aunque la cuestión de la felicidad ha dejado de ser el centro de la reflexión para muchas de las teorías éticas contemporáneas, cuya preocupación se centra más bien en el concepto de justicia. Si la pregunta ética para Aristóteles era “¿qué virtudes morales hemos de practicar para lograr una vida feliz, tanto individual como comunitariamente?” en la contemporaneidad, en cambio, la pregunta ética sería más bien esta otra: “¿qué deberes morales básicos deberían regir la vida de los seres humanos para que sea posible una convivencia justa, en paz y en libertad, dado el pluralismo existente en cuanto a los modos de ser feliz?”..
Resulta necesario distinguir entre las doctrinas morales y las teorías éticas. Las doctrinas morales son sistematizaciones de algún conjunto de valores, principios y normas concretos, como es el caso de la moral católica o la protestante, o la moral laicista que establecieron los países socialistas. Tales “sistemas morales” o “doctrinas morales” no son propiamente teorías filosóficas, al menos en el sentido estricto de la palabra “Filosofía”, aunque a veces pueden ser expuestos por los correspondientes moralistas haciendo uso de herramientas de la Filosofía para conseguir cierta coherencia lógica y expositiva.
Las teorías éticas, a diferencia de las morales concretas, no buscan de modo inmediato contestar a preguntas como “¿qué debemos hacer?” o “¿de qué modo debería organizarse una buena sociedad?”, sino más bien a estas otras: “¿por qué hay moral?”, “¿qué razones –si las hay- justifican que sigamos utilizando alguna concepción moral concreta para orientar nuestras vidas?”, “¿qué razones, -si las hay- avalan la elección de una determinada concepción moral frente a otras concepciones rivales?”. Las doctrinas morales se ofrecen como orientación inmediata para la vida moral de las personas, mientras que las teorías éticas pretenden más bien dar cuenta del fenómeno de la moralidad en genera. Como puede suponerse, la respuesta ofrecida por los filósofos a estas cuestiones dista mucho de ser unánime. Cada teoría ofrece una determinada visión del fenómeno de la moralidad y lo analiza desde una perspectiva diferente. Todas ellas están construidas prácticamente con los mismos conceptos, porque no es posible hablar de moral prescindiendo de valores, bienes, deberes, conciencia, felicidad, fines de la conducta, libertad, virtudes, etc. La diferencia que observamos entre las diversas teorías éticas no viene, por tanto, de los conceptos que manejan, sino del modo como los ordenan en cuanto a su prioridad y de los métodos filosóficos que emplean.
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  • La moral desde la perspectiva del pensamiento ético .

El término “moral” se utiliza hoy en día de muy diversas maneras, según los contextos de que se trate. La palabra “moral” se utiliza unas veces como sustantivo y otras como adjetivo, ambos usos encierran, a su vez, distintas significaciones.


El término “moral” se usa a veces como sustantivo (“la moral, con minúscula y artículo determinado), para referirse a un conjunto de principios, preceptos, mandatos, prohibiciones, patrones de conducta, valores e ideales de vida buena que en su conjunto conforman un sistema más o menos coherente, propio de un colectivo humano concreto en una determinada época histórica. En este uso del término, la moral es un sistema de contenidos que refleja una determinada forma de vida. Tal modo de vida no suele coincidir totalmente con las convicciones y hábitos de todos y cada uno de los miembros de la sociedad tomado aisladamente.
También como sustantivo, el término “moral” puede ser usado para hacer referencia al código de conducta personal de alguien, como cuando decimos que “Fulano posee una moral muy estricta o que “Mengano carece de moral”; hablamos entonces del código moral que guía los actos de una persona concreta a lo largo de su vida; se trata de un conjunto de convicciones y pautas de conducta que suelen conformar un sistema más o menos coherente y sirve de base para los juicios morales que cada cual hace sobre los demás y sobre sí mismo.
A menudo se usa también el término “Moral” como sustantivo, pero esta vez con mayúscula, para referirse a una “ciencia que trata del bien en general y de las acciones humanas en orden a su bondad o malicia” (Diccionario de la Lengua Española). Ahora bien, esta supuesta “ciencia del bien en general” en rigor no existe. Lo que existe es una variedad de doctrinas morales (“moral católica”, “moral protestante”, “moral comunista”, etc.) y una disciplina filosófica, la Filosofía moral o Ética, que a su vez contiene una variedad de teorías éticas diferentes, e incluso contrapuestas entre sí (“ética aristotélica”, “ética kantiana”, “ética utilitaria”, etc.).
Existe un uso muy hispánico de la palabra “moral” como sustantivo que nos parece extraordinariamente importante para comprender la vida moral: nos referimos a expresiones como “tener la moral muy alta”, “estar alto de moral” y otras semejantes. Aquí la moral es sinónimo de “buena disposición de ánimo”, “tener fuerza suficientes para hacer frente a los retos que nos plantea la vida”.
Cabe la posibilidad, por último, de que utilicemos el término “moral” como sustantivo en género neutro: “lo moral”. De este modo nos estaremos refiriendo a una dimensión de la vida humana: la dimensión moral, es decir, esa faceta compartida por todos que consiste en la necesidad inevitable de tomar decisiones y llevar a cabo acciones de las que tenemos que responder ante nosotros mismos y ante los demás, necesidad que nos impulsa a buscar orientaciones en los valores, principios y preceptos que constituyen la moral.
El término “moral” usado como adjetivo puede adoptar dos significados muy distintos. En el primero, el adjetivo “moral” se utiliza como opuesto a “inmoral”. Por ejemplo, se dice que tal o cual comportamiento ha sido inmoral, mientras que tal otro es un comportamiento realmente moral. En este sentido es usado como término valorativo, porque significa que una determinada conducta es aprobada o reprobada; aquí se está utilizando “moral” e “inmoral” como sinónimo de moralmente “correcto” e “incorrecto”. Este uso presupone la existencia de algún código moral que sirve de referencia para emitir el correspondiente juicio moral.
En su segundo significado como adjetivo, “moral” se emplea como opuesto a “amoral”. Por ejemplo, la conducta de los animales es amoral, este es, no tiene relación alguna con la moralidad, puesto que se supone que los animales no son responsables de sus actos. Menos aún los vegetales, lo minerales o los astros. En cambio, los seres humanos que han alcanzado un desarrollo completo, y en la medida en que se les pueda considerar “dueños de sus actos”, tienen una conducta moral. Sin duda, esta segunda acepción de “moral” como adjetivo es más básica que la primera, puesto que sólo puede ser calificado como “inmoral” o como “moral” en el primer sentido aquello que se pueda considerar como “moral” en el segundo sentido.
En los últimos años se ha prestado gran atención al estudio de la estructura de la moral. Esta cuestión reviste un interés relevante desde el punto de vista teórico y también por su trascendencia en el orden práctico. No hace mucho tiempo, los especialistas consideraban que a la moral sólo era procedente estudiarla como fenómeno de conciencia. En la actualidad prima el criterio acerca de que la moral presenta una estructura compleja integrada por la actividad moral, la relación moral y la conciencia moral.
Resulta importante puntualizar que cuando afrontamos el estudio de la moralidad debemos tener presente su integración a partir de los tres componentes señalados; ninguno de ellos puede existir al margen de los demás. La moral es conjuntamente actividad, relación y conciencia. Esta unidad de sus elementos estructurales genera un modo específico de asimilación práctico-espiritual de la realidad. Si esa asimilación en el marco de lo científico es en los términos antitéticos de lo verdadero y lo falso, y en el ámbito de lo artístico mediante la contraposición entre lo bello y lo feo, en lo atinente a lo moral se expresa en el contrapunteo entre lo bueno y lo malo.
Todos adoptamos una determinada concepción moral, y con ella “funcionamos”. Llamamos “concepción moral” en general, a cualquier sistema, más o menos coherente de valores, principios, normas, preceptos, actitudes, etc. Que sirve de orientación para la vida de una persona o grupo. Con esa concepción moral juzgamos lo que hacen los demás y lo que hacemos nosotros mismos, por ella nos sentimos a veces orgullosos de nuestros comportamientos y otras veces también pesarosos y culpables. A lo largo de la vida, las personas pueden adoptar, o bien una sola o bien una sucesión de concepciones morales personales; si no nos satisface lo que teníamos hasta ahora en algún aspecto, podemos apropiarnos de alguna otra en todo o en parte; y esto tantas veces como lo creamos conveniente. Podemos conocer otras tradiciones morales ajenas a la que nos haya legado la propia familia, y a partir de ahí podemos comparar, de modo que la concepción heredada puede verse modificada e incluso abandonada por completo. Porque en realidad no existe una única tradición moral desde la cual edificar la propia concepción del bien y del mal, sino una multiplicidad de tradiciones que se entrecruzan y se renuevan continuamente a lo largo del tiempo y el espacio.
Cada tradición, cada concepción moral, pretende que su modo de entender la vida humana es el modo más adecuado de hacerlo: su particular manera de orientar a las personas se presenta como el mejor camino para ser plenamente humanos. En este punto es donde surge la pregunta: ¿Es posible que toda concepción moral sea igualmente válida? ¿Existen criterios racionales para escoger, entre distintas concepciones morales, aquellas que pudiéramos considerar como “la mejor”, la más adecuada para servir de orientación a lo largo de toda la vida?.
Para responder a esas preguntas sin caer en una simplificación estéril hemos de tener en cuenta una importante distinción conceptual entre la forma y el contenido de las concepciones morales, de modo que afirmaremos que la universalidad de lo moral pertenece a la forma, mientras que los contenidos están sujetos a variaciones en el espacio y en el tiempo, sin que esto suponga que todas las morales posean la misma validez, puesto que no todas encarnan la forma moral con el mismo grado de adecuación. Asimismo, resulta necesario examinar los criterios racionales que cada filosofía propone para discernir cuáles de las propuestas morales encarna mejor la forma moral, y de este modo estaremos en condiciones de señalar algunos rasgos que debe reunir una concepción moral que aspire a la consideración de razonable, pero sobre todo estaremos en condiciones de mostrar la carencia de validez de muchas concepciones morales que a menudo pretenden presentarse como racionales y deseables.
La sucesión de las concepciones morales transcurre como un proceso complejo y contradictorio. Este decursar está condicionado en el sentido social e histórico, el contenido de la moral expresa el carácter de determinadas relaciones sociales y cambia también cuando se modifican esas relaciones.
El condicionamiento histórico de la moral por las relaciones sociales en desarrollo, no significa en modo alguno que la moral no tenga una independencia relativa, su propio “automovimiento”. Dentro de los límites de la dependencia histórico-social general, se van conformando y actúan en la moral sus tendencias propias, ésta atraviesa fases especiales de desarrollo, acelerando, o por el contrario, frenando, el avance de toda la sociedad.
Sólo apoyándose en el principio del historicismo es posible encarar correctamente la solución de una serie de problemas fundamentales, sin lo cual no se puede comprender la naturaleza de lo moral como fenómeno social, ni el sentido de sus cambios y perspectivas. ¿Qué significa el cambio de la moral en la historia?. ¿Tiene la conducta “debida”, fundamentada por una u otra moral, un contenido objetivamente significativo? ¿Existe continuidad en el desarrollo de la moral, y cómo conciliarla con el hecho de que ella tiene singularidad cualitativa en las distintas épocas históricas?. ¿Significa el movimiento histórico de la moral un movimiento de lo inferior a lo superior, es decir, un progreso?. ¿Se pueden comparar las morales de distintas épocas y sociedades, desde el punto de vista del aporte que hicieron al acervo común de la experiencia acopiada por la humanidad?.
Únicamente el historicismo permite encarar correctamente la solución de estos problemas, es decir, la expresión teórica de la moral como proceso. Al reconocer el factor de relatividad en la moral y descubrir la fuente de su desarrollo, el historicismo permite ver una línea de continuidad en el decursar de las diferentes moralidades así como trazar las perspectivas del movimiento de la moral, orientado hacia el futuro.



  • La axiología moral. El carácter sociohistórico de los valores.

Por valor se entiende la propiedad funcional de los objetos e ideas consistente en su capacidad de satisfacer determinadas necesidades humanas y de servir a la actividad práctica del hombre. Valor es la significación socialmente positiva que adquieren estos objetos, fenómenos, sucesos, tendencias, conductas, ideas, al ser incluidos en el proceso de actividad humana. Por supuesto no se trata de cualquier significación, sino de la significación positiva, no para cualquier individuo tomado aisladamente, sino para las necesidades objetivas del desarrollo progresivo de la sociedad.


Así entendido, el valor adquiere una dimensión social y a la vez objetiva, puesto que él depende no de los gustos, deseos e inclinaciones subjetivas de un individuo aislado, sino de las necesidades objetivas del desarrollo social. Llamaremos “objetivos” a estos valores, y al conjunto de todos ellos, “sistema objetivo de valores”. Este sistema es dinámico, cambiante, dependiente de las condiciones histórico-concretas y estructurado de manera jerárquica.
Un segundo plano de análisis de los valores se refiere a la forma en que esa significación social que constituye el valor objetivo, es reflejada en la conciencia individual o colectiva. Cada sujeto social, como resultado de un proceso de valoración, conforma su propio sistema subjetivo de valores, sistema que puede poseer mayor o menor grado de correspondencia con el sistema objetivo de valores, en dependencia ante todo, del nivel de coincidencia de los intereses particulares del sujeto dado con los intereses generales de la sociedad en su conjunto, pero también en dependencia de las influencias culturales y educativas que ese sujeto recibe y de las normas y principios que prevalecen en la sociedad en que vive. Estos valores subjetivos o valores de la conciencia cumplen una importante función como reguladores internos de la actividad humana.
Por otro lado, la sociedad debe siempre organizarse y funcionar en la órbita de un sistema de valores instituido y reconocido oficialmente. Este sistema puede ser el resultado de la generalización de una de las escalas subjetivas existentes en la sociedad o de la combinación de varias de ellas y, por lo tanto, puede también tener un mayor o menor grado de correspondencia con el sistema objetivo de valores. De ese sistema institucionalizado de valores emanan la ideología oficial, la política interna y externa, las normas jurídicas, la educación estatal, etc.
En el ámbito social –y atendiendo a los tres planos de análisis referidos- es posible encontrar, además del sistema objetivo de valores, una gran diversidad de sistemas subjetivos y un sistema socialmente instituido.
El proceso de subjetivación, concientización o de formación de valores en un sujeto determinado no es ajeno a los otros dos. Los valores que en la conciencia individual se forman, son el resultado de la influencia, por un lado, de los valores objetivos de la realidad social, con sus constantes dictados prácticos y, por el otro, de los valores institucionalizados, que llegan al individuo en forma de discurso ideológico, político, pedagógico. Tanto una como otra influencia se realizan a través de diferentes mediaciones: la familia, la escuela, el barrio, los colectivos laborales, la cultura artística, los medios de difusión masiva, las organizaciones e instituciones sociales, etc.
El desarrollo de los valores transcurre como un proceso complejo, contradictorio, que tiene sus etapas, sistemas y estructuras específicas, sus tendencias. Este desarrollo está condicionado en el sentido social e histórico, el contenido de los valores expresa el carácter de determinadas relaciones sociales y cambia también cuando se modifican esas relaciones.
El condicionamiento histórico de los valores por las relaciones sociales en desarrollo, no significa en modo alguno que los valores no tengan una independencia relativa, su propio “automovimiento”. Dentro de los límites de la dependencia histórico-social general, se van conformando y actúan en los valores sus tendencias propias, estos atraviesan fases especiales de desarrollo, acelerando, o por el contrario, frenando el avance de toda la sociedad. El destino de la vida valorativa de la personalidad, de este sujeto del valor, no puede separarse del destino histórico de la sociedad. No se puede hacer una evaluación correcta de la estructura de la vida valorativa del hombre contemporáneo al margen de la vinculación con la historia que ha cambiado esa estructura más de una vez.
En su concepción histórica, los valores descubren la enorme experiencia de la humanidad, que ha transitado el camino del progreso valorativo. Para mantenerse firmemente en el terreno de la vida real, la Axiología debe conservar y desarrollar una visión histórica cabal de su objeto. Pero para que el objeto del conocimiento (los valores) sea comprendido históricamente, en desarrollo, es preciso también que el sujeto del conocimiento sea histórico. Ningún saber puede progresar con éxito si en él se menoscaba la idea del desarrollo de su contenido. La aceleración del desarrollo social, la complejización de los procesos de la vida valorativa, exige de la investigación axiológica una visión histórica, tanto de las cambiantes costumbres de la gente como del propio hombre, creador y custodio de ellas, de sus posibilidades y capacidades para transformar la práctica valorativa existente.
Sólo apoyándose en el principio del historicismo es posible encarar correctamente la solución de una serie de problemas fundamentales, sin los cuales no se puede comprender la naturaleza del valor como fenómeno social, ni el sentido de sus cambios y perspectivas. ¿Qué significa el cambio de los valores en la historia? ¿Tiene la conducta “debida”, fundamentada por unos u otros valores, un contenido objetivamente significativo? ¿Existe continuidad en el desarrollo de los valores, y cómo conciliarla con el hecho de que ellos tienen singularidad cualitativa en las distintas épocas históricas? ¿Significa el movimiento histórico de los valores un movimiento de lo inferior a lo superior, es decir, un progreso?.- ¿Se pueden comparar los valores de distintas épocas y sociedades, desde el punto de vista del aporte que hicieron al acervo común de la experiencia vital recogida por la humanidad?
Únicamente el historicismo permite encarar correctamente la solución de estos problemas, es decir, la expresión teórica de los valores como procesos. Al reconocer el factor de relatividad en los valores, destacar los niveles cualitativos de su desarrollo, descubrir la fuente de su autodesarrollo, el historicismo permite ver en el proceso valorativo una única línea de sucesión en los estados cualitativos, la continuidad de éstos, la conservación en las etapas superiores de los momentos del movimiento precedente, posibilita trazar las perspectivas y establecer la dinámica del movimiento histórico de los valores orientada hacia el futuro.
En la historia del pensamiento axiológico la alternativa del absolutismo y el relativismo representa soluciones extremas a todos estos problemas. Los partidarios del absolutismo axiológico parten de que los “verdaderos” valores tienen un carácter eterno. En este enfoque el desarrollo histórico de los valores aparece como una lamentable acumulación de “desviaciones” casuales de esos valores, que son los “únicos verdaderos” e inmutables. En resumidas cuentas todos los absolutistas en Axiología, en los hechos comparten un enfoque ahistórico de los valores que los incapacita para entender por qué se producen sus cambios en las variadas circunstancias de tiempo y lugar.
Parecería que los adeptos del relativismo axiológico ocupan posiciones radicalmente distintas a las de los absolutistas. Ellos afirman que los valores tienen sólo una significación relativa que corresponde a las demandas culturales de una u otra sociedad en determinado período. Todos los sistemas valorativos en la historia –tanto los avanzados como los reaccionarios- tienen, inevitablemente, para los relativistas, una misma significación. Voluntaria o involuntariamente esto conduce a justificar prácticas atrasadas y hasta inhumanas. Igual que los absolutistas, los relativistas son incapaces de establecer la connotación objetiva que tiene el desarrollo de los valores, de ver en este proceso una continuidad y de encontrar las leyes que rigen la transición de un sistema valorativo a otro.
Sin utilizar el principio del historicismo en Axiología, en la esencia misma de su metodología, no se pueden solucionar eficientemente las tareas creativas vinculadas con el estudio de los procesos reales de la vida valorativa en el presente, tareas que ante los retos de los problemas globales contemporáneos, tienen una prioridad insoslayable.
Con el desarrollo social, se consolidan en el quehacer humano los valores morales. Estos valores son componentes de la conciencia moral que se caracterizan por expresar las exigencias morales de la manera más generalizada. Ellos tienen una vinculación muy estrecha con las normas morales, pero mientras que las normas prescriben las acciones que concretamente el ser humano debe realizar, los valores revelan de manera global el contenido de un sistema moral determinado. Los valores morales juegan un papel decisivo desde el punto de vista orientador y cuando pasan a formar parte de la conciencia individual ejercen una influencia activa en el ámbito de las relaciones y las conductas humanas.
En el decursar del pensamiento universal, son innumerables los valores morales que han sido reconocidos por los estudiosos, desde diversas perspectivas filosóficas. Entre esos valores, los admitidos con mayor frecuencia son los siguientes: el humanismo, la solidaridad, el colectivismo, la justicia, la equidad, la libertad, el patriotismo, el internacionalismo, el bien, el deber, la dignidad, el honor, el ideal, el sentido de la vida y la felicidad. A nuestro modo de ver, si resulta necesario desentrañar la esencia de cada uno de ellos, más trascendente aún es analizar esos valores morales bajo un enfoque sistémico. Hasta hoy, el tratamiento en sistema de los valores ha sido casi inexistente, no obstante la importancia teórica y práctica de tal enfoque. Resulta necesario realizar el estudio de esos valores bajo la óptica sistémica, ya que en el plano social se presentan con tal especificidad.
En la contemporaneidad, resulta muy importante tener presente las posibilidades reales de los valores morales, a fin de orientarnos certeramente en un mundo caracterizado por la multiplicidad y la complejidad de los vínculos entre las personas, entre el individuo y la comunidad. en nuestro tiempo, como resultado de las circunstancias referidas, se impone la realización de una elección efectiva de los modos de conducta sobre la base de los valores morales.
En el proceso de su actividad vital, el ser humano constantemente coloca ante sí diferentes objetivos, tareas, aspiraciones hacia cuya realización se dirige para dar concreción a los valores que se sustentan. A la luz de estas determinaciones, tendrá una madurez mayor aquella conciencia que es capaz de plantearse ante sí los objetivos más significativos desde el punto de vista humano. La existencia de una conciencia moral individual desarrollada adquiere la forma de elevadas exigencias de la persona para consigo mismo. Estas exigencias se concretan ante el individuo en forma de representaciones acerca del deber y la responsabilidad, el honor y la dignidad, expresándose como verdaderas órdenes de su conciencia valorativa.
En la literatura axiológica aparecen referencias con respecto a las crisis de valores. Estas crisis por lo general acompañan a las conmociones sociales que ocurren en los períodos de transición de la sociedad (progresivos, regresivos o de reacomodamiento). Se producen cuando ocurre una ruptura significativa entre los sistemas de valores pertenecientes a esas tres esferas o planos a los que nos hemos referido, es decir, entre los valores objetivos de la realidad social, los valores socialmente instituidos y los valores de la conciencia. Es en esta última esfera –en la conciencia- donde con mayor plenitud se manifiesta esta ruptura.
Es necesario tener presente que entre los tres sistemas de valores siempre existe cierto desfasaje, lógico y natural; pero al aumentar notablemente la aceleración de la dinámica social en períodos de cambios abruptos, este desfasaje sobrepasa sus límites normales, genera cambios bruscos en los sistemas subjetivos de valores y provoca la aparición de la crisis.
Entre los síntomas que permiten identificar una situación de crisis de valores están los siguientes: perplejidad e inseguridad de los sujetos sociales acerca de cuál es el verdadero sistema de valores, qué considerar valioso y qué antivalioso; sentimiento de pérdida de validez de aquello que se consideraba valioso y, en consecuencia, atribución de valor a lo que hasta ese momento se consideraba indiferente o antivalioso; cambio de lugar de los valores en el sistema jerárquico subjetivo, otorgándosele mayor prioridad a valores tradicionalmente más bajos. Todo esto provoca en loa práctica conductas esencialmente distintas a las sustentadas con anterioridad. Para afrontar una crisis de valores es necesario entenderla, conocer sus causas y adoptar una estrategia para su superación.


  • Lo social y lo individual, las dos caras de la moral.

En los últimos tiempos, las investigaciones acerca de la moral han experimentado un significativo avance. Han recibido un notable desarrollo las teorías en torno a la moral social y la moral individual. Estos conceptos, aunque muy vinculados entre sí, n son idénticos. Si la moral social es un conjunto de principios, normas, valores e ideales que constituyen un reflejo de las condiciones materiales de vida que caracterizan a un conglomerado humano en una etapa de su desarrollo histórico; la moral individual es la forma específica e irrepetible en que las concepciones prevalecientes en una sociedad dada se expresan a nivel personal.


El desarrollo moral del individuo discurre como un proceso personal de asimilación de la sociedad, reflejada y consolidada en la moral social. Esta asimilación se realiza en forma de un proceso que está dirigido hacia la consecución de determinados objetivos, cuya concreción se logra por medio de la instrucción y la educación. La esencia de este proceso consiste en insuflar en la moral de individuo aquellos valores que se generan por la ideología dominante en la sociedad. Así mismo, juegan su papel en estas circunstancias la influencia de aquellos elementos que en forma de tradiciones dejan su impronta en la mentalidad individual.
La moral del individuo, sobre la base de su biografía personal, no se limita a ser un remedo en pequeño de la moral social. Quiero expresar con esto que la moral individual n consiste simplemente en la asimilación de las adquisiciones de la moral social, sino su reelaboración desde el ángulo de la individualidad. Resulta importante esta precisión conceptual, pues de lo contrario pudiera inferirse que la diferenciación entre la moral social y la moral individual sería sólo un problema de volumen y no de contenido.
La moral individual representa, en primer lugar, el conjunto de sentimientos, conocimientos y convicciones, en los cuales se resume parte de la moral social que asimila y transforma la personalidad sobre la base de su existencia individual La relación. En segundo lugar, la moral individual presupone siempre una determinada relación del ser human hacia el mundo, la sociedad y hacia sí mismo.
La relación de la persona hacia el medio social, en sus manifestaciones extremas, puede expresarse como aceptación o como rechazo de la realidad en que desenvuelve su vida. En el primer caso, el individuo acepta íntegramente el orden existente y la normatividad dominante, los apoya con su conducta, sin pretender modificarlos. En el segundo caso, la persona no acepta el medio en que vive ni su realidad y entonces, contrapone al mundo existente otras representaciones en las que impugna totalmente el sistema prevaleciente. Toda esta situación conflictiva del individuo con respecto a un medio social que no le satisface, está caracterizada por un cuestionamiento que deviene agente de transformación. Si en el primer caso, la persona refleja en su moral el mundo circundante y tiene una actitud de acomodamiento con respecto a él; en el segundo caso, el individuo se identifica con la necesidad de cambiar y rehacer el medio.
Para la formación de la conciencia moral del individuo, resulta insuficiente la experiencia propia. La actividad individual, con sus contradicciones y conflictos, genera un cúmulo de experiencias que impulsan al ser humano a la reflexión acerca del bien, el deber, la justicia y tros problemas morales de semejante importancia. Sin embargo, resulta imposible encontrar respuestas idóneas a cuestiones de tal envergadura sin salir de los límites de los conocimientos adquiridos en los ámbitos de la experiencia individual. Para hallar respuesta a esos problemas morales, el individuo debe volverse hacia la experiencia de la sociedad que aparece reflejada en la conciencia social en forma de diferentes teorías éticas y doctrinas morales.
Toda teoría ética acerca del desarrollo moral de la sociedad y del ser humano, presenta una definida tendencia ideológica consistente en abordar el estudio de los problemas desde las posiciones de los intereses grupales. Cada individuo en la sociedad con antagonismos grupales o es miembro de determinado grupo o se encuentra bajo la influencia de la ideología de alguno de los grupos existentes. Ya desde su infancia, cuando comienza el período educativo, el individuo junto a las demás concepciones acerca del mundo circundante, se le inculcan las ideas de aquel grupo en manos del cual se encuentra el sistema de educación e instrucción.
Para comprender ese influjo ideológico a que se ve sometido el individuo, quiero llamar la atención con respecto a que en la vida real la persona no sólo se encuentra bajo la influencia de la ideología del agrupamiento social al cual pertenece, sino que también recibe el impacto ideológico de los grupos contrapuestos. Esta última influencia acrecerá sobre todo cuando se trate de una ideología que refleja de la manera más adecuada la necesidad histórica. En este caso, tal ideología ejerce en el individuo una influencia más fuerte que las ideas emanadas de su propio grupo. Cuando esto sucede, se opera el tránsito del individuo hacia las posiciones más progresistas desde el punto de vista ideológico.
La actividad social del individuo, expresión de su esencia humana, se integra por el conjunto de acciones y conductas, dirigidas a la consecución de determinados objetivos. Ella incluye en sí un complejo de valoraciones que guían a la persona en la elección de sus formas de comportamiento. La actuación conscientemente dirigida que caracteriza al ser humano determina que sólo en muy raros casos el individuo realice una u otra conducta sin plantearse de antemano por qué y para qué se conduce de tal manera. El ser humano opera con una tabla de valores que caracteriza a su conciencia y que cualificas su modo de vida. El sentido de la vida del individuo estará determinado por las peculiaridades de sus orientaciones valorativas.
Con las orientaciones valorativas se enlaza estrechamente la motivación de la actividad humana. Las acciones individuales en gran medida están predeterminadas por las circunstancias concretas que la persona encuentra en el medio en que se desenvuelve. Sin embargo, lo anterior no quiere decir que el ser human se cruce de brazos ante la realidad circundante, él aspira a realizar cambios en su entorno, en consonancia con sus intereses. El ser humano no es un observador imparcial de su mundo, es el agente activo de las transformaciones que necesita y desea. Este interés que orienta las acciones del individuo, constituye la relación subjetiva que como presupuesto de la conducta deviene motivación de la actividad humana.
En la moral individual se refleja no sólo el mundo subjetivo, sino también la propia vida del sujeto en sus variadas facetas. Este reflejo del micromundo personal abarca la relación del individuo hacia el mundo objetivo, el carácter e integralidad de las relaciones entre lo subjetivo y lo objetivo, el nivel de interés hacia el medio circundante, el grado de influencia activa del individuo con respecto a la realidad material y social. En este marco, como indudable muestra de nivel de desarrollo de la moralidad individual,. Aparece no sólo la unidad de la orientación valorativa y la motivación, sino también la dimensión alcanzada por estos fenómenos, es decir, el grado de importancia de unas u otras motivaciones y la real significación que presentan las orientaciones valorativas para el sujeto.
La elección moral es un proceso práctico-espiritual por medio del cual el individuo, a partir de sus motivaciones, reflexiona y decide sobre la conducta a seguir a fin de concretar un resultado que puede implicar un bien o un mal para sus semejantes. La libertad de elección se basa, en primer término, en la presencia de condiciones objetivas para ella, que residen en la complejidad y diferenciación contradictoria de la realidad social. Esta realidad brinda al hombre la posibilidad de adoptar las más variadas decisiones para elegir actos distintos por su orientación y significado social. En esto radica la base objetiva de la libertad de elección que condiciona su lado subjetivo, caracterizado ante todo en la actitud valorativa del individuo hacia la realidad social que lo circunda.
La conciencia moral tiene decisiva gravitación en la elección de un acto, en la orientación de la conducta individual. Los fines, motivos y orientaciones son los que determinan la elección que responde al nivel de moralidad y aspiraciones personales. En su unidad, esos lados objetivo y subjetivo conforman la libertad de elección, en virtud de la cual el individuo conserva la capacidad de adoptar decisiones y actuar sin perder la autonomía, la relativa independencia, en las condiciones de su realidad social. Pero esta interpretación de la libertad de elección no debe ser confundida con la del libre albedrío que presupone la absolutización de la subjetividad individual.
La elección moral por parte de las personas no está exenta de situaciones conflictivas. El conflicto moral es la contradicción que se produce en la conciencia individual cuando la persona debe elegir entre dos o más posibilidades de manera alternativa, lo que comporta siempre el sacrificio de un valor en aras de otro u otros valores. La existencia de conflictos morales es tan vieja como la moralidad misma, por eso el pensamiento ético ha restado atención a tan importante e interesante problema.
La cultura moral del individuo tiene una importancia decisiva en la elección que realiza el sujeto de la moralidad. Cuando la conciencia moral personal está conformada por contenidos que por tener un carácter de avanzada, comportan la priorización de los intereses sociales, la elección del individuo tendrá un sentido profundamente humanista. Por eso, el proceso educativo que tiene como fin la formación moral de la personalidad debe proponerse que los individuos posean sólidas convicciones que les posibiliten elecciones morales de alto valor humano y social.
La regulación moral de la conducta de los hombres es dialéctica en el más alto grado, pues en ella la libertad de elección del individuo aparece como su autolimitación en beneficio de lo social. Se entiende que este tipo de regulación sólo es posible cuando se dan las condiciones para que la contradicción “individuo-sociedad” no tenga un carácter antagónico.
Pero, si la contradicción “individuo-sociedad” se convierte en un antagonismo, surge una situación que podemos denominar de alienación moral, en la cual el mecanismo único de regulación moral se descompone en dos partes aisladas que han perdido la capacidad de interactuar: las normas morales por un lado y la conducta del hombre, su actitud práctica hacia los otros hombres por otro.
La ineficacia social de esta ruptura de la moral, en la cual la personalidad no puede satisfacer sus propios intereses sin infringir los del prójimo y los de la sociedad en su conjunto, genera el predominio de la hipocresía y la falsedad en las interrelaciones humanas. Se crean así las bases sociales para la presencias en la vida cotidiana de la doble moral.
La doble moral guarda una estrecha relación con la crisis de valores. Se caracteriza porque en determinadas circunstancias la persona piensa y actúa de una forma y en otras, de acuerdo con su conveniencia, se proyecta de manera distinta. La doble moral funciona a partir de un divorcio entre el pensamiento y la conducta, propiciando la simulación, el formalismo y el engaño en todos los ámbitos del quehacer social.
En la moralidad el medio fundamental para asimilar el mundo es la exigencia. El concepto exigencia moral registra de un modo concentrado el hecho de que la moralidad es un medio de reglamentar la actividad humana. La exigencia moral tiene una significación social, pero su cumplimiento o incumplimiento depende directamente de unidades humanas individuales. La exigencia moral cobra realidad, se vuelve realizable sólo cuando es aceptada por el individuo, aprobada por él, cuando ha tomado la forma de deseo suyo. El medio por el cual se concreta la exigencia moral expresa la correlación entre lo objetivo y lo subjetivo, lo social y lo individual en la actividad humana.
La exigencia moral representa la unidad de definiciones contradictorias y divergentes: en primer lugar, estimula y presupone carácter voluntario, de responsabilidad individual de las decisiones adoptadas y, en segundo lugar, orienta hacia los intereses universales, hacia actos que tienen una naturaleza no egoísta, una significación para todos.
La exigencia moral divide la realidad de la existencia humana en dos niveles: el ser (la situación vigente, sancionada por la opinión mayoritaria y la fuerza de la tradición) y el deber ser (aquello que va surgiendo y no ha llegado a tomar la forma de costumbre). La diferencia entre el ser y el deber ser, que constituye el contenido esencial y la particularidad de la exigencia moral, es una expresión de la moral que subyace en el antagonismo de intereses. El deber ser está implicado en aquellos intereses comunes de la sociedad. El ser, por el contrario, aparece como conjunto de intereses privados. Por ello, son dos características de la existencia humana real.
El deber ser existe sólo en su interrelación con el ser. El sentido de la orientación moral consiste en ascender de lo que es a lo que debe ser, en medir la vida real con los criterios del ideal. La exigencia moral no sólo divida la realidad en dos niveles –el empírico, que existe en los hechos y el del deber ser, el idealmente deseable- sino que es en sí un puente, un eslabón de enlace entre ambos, que orienta a superar esta ruptura. Su énfasis consiste en elevar el ser empírico al nivel del deber ser ideal y conferir al deber ser ideal la dignidad de modelo de acción real.


  • La importancia actual de las éticas aplicadas. La ética profesional.

Entre las tareas de la Ética no sólo figura la aclaración de lo que es la moralidad y la fundamentación de la misma, sino la aplicación de sus descubrimientos a los distintos ámbitos de la vida social: a la política, la economía, la empresa, la medicina, la ingeniería genética, la ecología, el periodismo, etc. Si en la tarea de fundamentación se han descubierto unos principios éticos, como el utilitarista (lograr el mayor placer del mayor numero), el kantiano (tratar a las personas como fines en sí mismas, y no como simples medios), o el dialógico (no tomar como correcta una norma si no la deciden todos los afectados por ella, tras un diálogo celebrado en condiciones de simetría), la tareas de aplicación consistirá en averiguar cómo pueden esos principios ayudar a orientar los distintos tipos de actividad.


Sin embargo, no basta con reflexionar sobre cómo aplicar los principios éticos a cada ámbito concreto, sino que es preciso tener en cuenta que cada tipo de actividad tiene sus propias exigencias morales y proporciona sus propios valores específicos. No resulta conveniente hacer una aplicación mecánica de los principios éticos a los distintos campos de acción, sino que es necesario averiguar cuáles son los bienes internos que cada una de esas actividades debe aportar a la sociedad y qué valores y hábitos es preciso incorporar para alcanzarlas. En esta tarea no pueden actuar los éticos en solitario, sino que tienen que desarrollarla cooperativamente con los expertos de cada campo. Por eso, la Ética Aplicada tiene necesariamente un carácter interdisciplinario.
Para diseñar la Ética Aplicada de cada actividad sería necesario recorrer los siguientes pasos:

  1. Determinar claramente el fin específico, el bien interno por el que cobra su sentido y legitimidad social.

  2. Averiguar cuáles son los medios adecuados para producir ese bien en una sociedad.

  3. Indagar qué virtudes y valores es preciso incorporar para alcanzar el bien interno.

  4. Descubrir cuáles son los valores de la moral cívica de la sociedad en la que se inscribe y qué derechos reconoce esa sociedad a las personas.

En la actividad laboral se forman entre las personas determinadas relaciones morales. En el conjunto de esos vínculos está incluida la relación con el propio trabajo y con los participantes en el proceso laboral, aquellas relaciones que surgen en el ámbito en que interactúan los intereses de unos grupos de profesionales con otros y con la sociedad como un todo. A este entramado de relaciones se le ha llamado moral profesional. Esta denominación expresa la medida en que la moralidad de los miembros de un determinado grupo profesional se corresponde con los principios y valores imperantes en una sociedad específica. La experiencia histórica testimonia que existe una moral profesional en la actividad médica, jurídica, pedagógica, periodística, militar, artística e ingenieril, así como en otros campos del quehacer laboral.


La ética profesional, como teoría de la moral profesional y tipo específico de ética aplicada, no se reduce a la mera descripción de relaciones y formas de conducta en determinadas esferas laborales, sino por el contrario, supone un deber ser; constituye un medio decisivo para superar las nociones, normas y valoraciones caducas, contribuyendo a afianzar lo progresivo en sentido humano, dentro del contexto de exigencias morales más elevadas y complejas.
Entre las diversas vertientes que integran el objeto de estudio de la ética profesional pueden señalarse las siguientes:


  1. Las relaciones que deben establecerse entre los especialistas entre sí, así como entre los grupos profesionales y la sociedad en general.

  2. Las cualidades morales que deben caracterizar la personalidad del especialista lo que influirá decisivamente en el mejor cumplimiento del deber profesional.

  3. El carácter específico de las relaciones morales que deben establecerse entre los especialistas y las personas implicadas en el ámbito de su actividad profesional.

  4. El conjunto de principios, normas y valores que deben caracterizar a la profesión en su especificidad.

  5. Las particularidades referidas a la educación moral profesional, sus objetivos, métodos, formas y medios correspondientes.

El proceso de surgimiento y desarrollo de la ética profesional puede ser considerado como una evidencia indiscutible del progreso moral, porque refleja la preocupación por aumentar el valor de la personalidad, del humanismo en las relaciones interpersonales en el marco laboral.


El desarrollo de la economía, la ciencia y la cultura de la sociedad, las crecientes exigencias de calificación y competencias al trabajador impulsan hoy a hablar, cada vez con más frecuencia, sobre el profesionalismo como criterio de las cualidades operativas de un especialista. Pero este concepto de por sí implica una amenazas de empobrecimiento, si se lo limita sólo al conjunto de conocimientos, aptitudes y hábitos puramente profesionales. El auténtico profesionalismo incluye, inevitablemente, la capacidad de comprender a fondo su responsabilidad profesional y de cumplir con su deber profesional. De cuán orgánicamente estén fusionados en el trabajador los principios profesionales y morales depende el éxito de su labor, la integridad del mundo espiritual de la personalidad del especialista y la posibilidad de que se autoexprese de un modo creativo y humano.
Las distintas actividades laborales se caracterizan por los bienes que sólo a través de ellas se consiguen, por los valores que en la persecución de esos fines se descubren y por las virtudes cuyo cultivo exigen. Las distintas éticas profesionales tienen por tarea averiguar qué valores y virtudes permiten alcanzar en cada caso los bienes internos. Asimismo, para alcanzar esos bienes es preciso contar con los mecanismos específicos de la sociedad de que se trate.
Por otra parte, la legitimidad de cualquier actividad social exige atenerse a la legislación vigente, que marca las reglas de juego de cuantas instituciones y actividades tienen metas y efectos sociales y precisan, por tanto, legitimación. En nuestras sociedades, debe atenerse al marco constitucional y a la legislación complementaria vigente.
Sin embargo, cumplir la legislación no basta, porque la legalidad no agota la moralidad. Y no sólo porque el marco legal puede adolecer de lagunas e insuficiencias, sino por dos razones, al menos: porque una constitución democrática es dinámica y tiene que ser reinterpretada históricamente, y porque el ámbito de lo que haya de hacerse no estará nunca totalmente juridificado ni es conveniente que lo esté. ¿Cuáles son entonces, las instancias morales a las que debemos atender?
La primera de ellas es la conciencia moral cívica alcanzada en una sociedad, es decir, su ética civil. Entendemos aquí por ética civil el conjunto de valores que los ciudadanos de una sociedad ya comparten, sean cuales fueran sus concepciones de vida buena. El hecho de que ya los compartan les permite ir construyendo juntos gran parte de su vida en común. En líneas generales, se trata de tomar en serio los valores de libertad, igualdad y solidaridad (que se concretan en el respeto y promoción de las tres generaciones de Derechos Humanos) junto con las actitudes de tolerancia activa y predisposición al diálogo.
Para obtener legitimidad social una actividad ha de lograr a la vez producir los bienes que de ella se esperan y respetar los derechos reconocidos por esa sociedad y los valores que tal sociedad ya comparte. De ahí que se produzca una interacción entre los valores que surgen de la actividad correspondiente y los de la sociedad, entre la Ética Profesional de esa actividad y la ética civil, sin que sea posible prescindir de ninguno de los dos polos sin quedar deslegitimada.
Pero, no basta con este nivel de moralidad, porque a menudo intereses espurios pueden ir generando una especie de moralidad difusa, que hace que sean condenados por inmorales precisamente aquellos que más hacen por la justicia y por los derechos de los hombres. Tenemos en esto una larguísima historia de ejemplos. Por eso, para tomar decisiones justas es preciso, como hemos dicho, atender al derecho vigente, a las convicciones morales imperantes, pero además averiguar qué valores y derechos han de ser racionalmente respetados. ¿Por qué la ética cívica mantiene que son tales o cuales los derechos que hay que promover? Esta indagación nos lleva a una moral crítica, que tiene que proporcionarnos algún procedimiento para decidir cuáles son esos valores y derechos.
Esa moral crítica presupone que cualquier actividad o institución que pretenda ser legítima ha de reconocer que los afectados por las normas de ese ámbito son interlocutores válidos. Y esto exige considerar que tales normas serán justas únicamente si pudieran ser aceptadas por todos ellos tras un diálogo racional. Por lo tanto, obliga a tratar a los afectados como seres dotados de un conjunto de derechos, que en cada campo recibirán una especial modulación.
El surgimiento de las diversas profesiones ha comportado la necesidad de elaborar los llamados códigos de ética profesional. Esos documentos, contentivos de lo que se debe hacer en las diversas actividades, se constituyen en un sistema de normas, principios y cánones, dirigidos a regular la conducta de los profesionales en una esfera específica del quehacer laboral.
Esos códigos, con su contenido deontológico, no pueden ser impuestos por decreto. Un código de ética profesional presupone que el especialista o haga suyo mediante un convencimiento persona, de manera que se sienta identificado con los contenidos normados en dicho documento Los conocimientos que en el código se perfilan requieren de la convicción, de la persuasión, pero nunca de la imposición. La exigencia que se delimita en estos códigos tiene carácter subjetivo, está centrada en la conciencia individual. En esto se diferencian de los códigos jurídicos en los que la regulación demandada se impone al individuo de manera fundamentalmente externa. De ahí la necesidad de eliminar los formalismos que entorpezcan el significado y razón de ser de los códigos de ética profesional.
Debemos admitir que por ahora sólo nos encontramos en las primeras etapas de desarrollo en lo concerniente a la ética profesional. Partiendo de los logros actuales en los ámbitos de la ética general, es posible suponer que en un futuro inmediato, los puntos fundamentales en que han de centrarse los esfuerzos investigativos, estarán dirigidos a perfilar las tareas que permitan obtener definiciones teóricas precisas de la ética de las profesiones, revelar lo específico de su objeto, asegurar el despliegue de su aparato conceptual, que ponga en evidencia la estructura y funciones de la moral profesional en su conjunto y en sus manifestaciones ramales.
Sólo al concretar esos objetivos, resultará posible eludir las abstracciones aisladas de la vida, en la medida en que las investigaciones sobre ética profesional se apoyen en: 1) un análisis ético-sociológico profundo del sistema real de las relaciones morales a nivel de la actividad de los grupos profesionales de la sociedad, en la revelación de las tendencias rectoras de su desarrollo y en los factores que influyen sobre ellas; 2) un estudio de las exigencias cambiantes que la sociedad plantea al tipo específico de actividad; 3) el establecimiento de la correlación entre la regulación jurídico-administrativa y la regulación moral propiamente dicha, durante el cumplimiento de esas exigencias.
La implementación de las condiciones mencionadas permitirá eliminar los peligros de una moralización de recetario, característica de buena parte de los trabajos sobre Ética Profesional. Esto ayudarás, posteriormente, a erradicar la propensión a la codificación de prescripciones cuidadosamente detalladas, a diversos “juramentos” deontológico, a la “normomanía” basada en intentos poco exitosos de deducir por vía directa principios y reglas de la moral profesional de las tesis normativas de la ética general, con su posterior aplicación al ámbito de las relaciones morales profesionales.
Nuestro punto de vista no aboga por una “normofobia” o prohibición de utilizar los “casos”. Nos referimos a que al hacerlo es preciso apoyarse en el saber teórico desarrollado. Indiscutiblemente, es necesario activar la investigación de los conflictos morales típicos en la actividad profesional, destacando en particular el problema de las búsquedas morales. Esta cuestión tiene una relación directa con la esfera profesional, donde se forman complejas colisiones morales en las que no es fácil tomar una decisión acertada ni expresar claramente preferencia por los intereses en conflicto. Es importante prestar atención a las contradicciones que surgen entre las distintas fuentes de la actividad reguladora, a las diversas formas de choque entre la norma y el ideal, a los desencuentros entre el significado exterior de los actos y su sentido interno.
La superación de las mencionadas deficiencias permitirá concentrar la atención en proveer de una orientación profesional ajustada a las condiciones sociohistóricas y fundamentadas en un sentido moral, en resolver los problemas psicológico-morales de la comunicación en la esfera de la actividad profesional, en revelar las peculiaridades en que se forma en ella el temple moral y cívico que debe caracterizar la personalidad del especialista. Gracias a los avances que se logren en las investigaciones sobre ética profesional, resultará posible pasar de cierta suma de descripciones de unas u otras facetas, momentos e incluso episodios de la práctica moral-profesional a la elaboración de una teoría integral de la educación moral de los especialistas.
2. LA MORAL Y LOS VALORES.
El término moral es manejado con mucha profusión. Se caracterizan como morales o inmorales las concepciones, relaciones y acciones de las personas. Pero cuando tratamos de aproximarnos al concepto de moral los resultados son casi infructuosos. Esta dificultad no solamente es válida para la cotidianidad, sino también la encontramos presente en los textos especializados. Comúnmente en las enciclopedias, diccionarios, monografías y manuales se nos dice que la moral está constituida por un conjunto de principios, reglas, normas, valores e ideales que regulan la conducta de las personas en una determinada época histórica. En puridad, la caracterización anterior registra uno de los ángulos principales de expresión de la moralidad, pero no peculiariza esencialmente el fenómeno moral. Se trata de una descripción parcial más que de una definición conceptual.

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