En la historia


El título general de la obra



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El título general de la obra

El título del primer volumen de las Memorias (destinado a convertirse después en el de la obra completa, con las únicas variantes introducidas al progresar la causa de beatificación y canonización de don Bosco) es el siguiente: Memorie biografiche di don Giovanni Bosco, raccolte dal sac. salesiano Giovanni Battista Lemoyne, vol. 1.12 Revelaba una cierta modestia.'3 Igual que don Bosco había compuesto, no una historia verdadera y propia de su obra, sino de las Memorie dell'Oratorio di S. Francesco di Sales, es decir, de las Memorie per ser-vire alla storia dell'Oratorio di S. Francesco di Sales, don Lemoyne, si atendemos sólo al título del primer volumen, se puso a escribir sobre el fundador de los salesianos, no ya una biografía en el sentido técnico del término, sino unas Memorie biografiche, es decir, unas Memorie per servire alla biografía del santo turinés. Pero dejemos la fachada para entrar en el monumento. La verdadera intención de su autor y el género de su obra aparecen en las primeras frases del prefacio. El autor escribe en ellas: «Coll'affetto di fratello amatissimo presento al cari Salesiani la biografía del nostro venerato Padre in Gesú Cristo don Giovanni Bosco»." Quedamos así mejor informados: con su grueso volumen sobre la juventud de Juan Bosco, quería ofrecer a los salesianos las premisas de una biografía de don Bosco.

  1. El predominio de don Lemoyne sobre el conjunto

La rapidez con que don Cenia terminó las Memorias entre el 1930 y 1939 se explica sólo si se presta atención al inmenso trabajo preparatorio de don Lemoyne y a la confianza sin reservas que tuvo don Cenia en él. G.B. Lemoyne dio a las Memorias sus fuentes, su arquitectura general y, también para los diez volúmenes que no pudo redactar, la forma de relato, al menos hasta cierto punto. En este ensayo sobre el método de trabajo de los tres autores de las Memorias biográficas, me detendré preferentemente en Lemoyne, aunque sea sólo autor de los nueve primeros volúmenes de la colección.

  1. La búsqueda y sistematización de los documentos

La búsqueda, la comprensión y, finalmente, la utilización de los documentos, son las tres etapas de un trabajo en el que el historiador de don Bosco revelará su calidad profesional. Don Lemoyne quiso reunir todos los documentos aptos para enriquecer, por poco que fuese, su relato sobre don Bosco y su obra. Aunque amplio, no era otra cosa, en el ánimo del compilador, que un «relato» sobre don Bosco. Tenía en cuenta, por tanto, sólo (o poco menos) los elementos narrativos. Los planos de construcción, las fotografías, los libros de contabilidad, los registros escolares..., que exigían un tratamiento especial, quedaron ignorados casi siempre. Sus preferencias iban siempre hacia textos ya redactados por testimonios inmediatos y, en primer lugar, los de don Bosco.

. Edic. extra-comercial: San Benigno Canavese, Scuola Tipografica, Libreria Salesiana 1898.

" Se puede ver, sobre esta cuestión, mi libro: Les Memorie 1 de Giovanni Battista Lemoyne. Étude d'un ouvrage fondamental sur la jeunesse de saint Jean Bosco, Lyon, Maison d'études SaintJean-Bosco 1962, p. 84-86.

" MB I p. VIL

Como director dal colegio de Lanzo (1865-1877), don Lemoyne había recogido con el mayor cuidado las «Buenas Noches», las platiquitas y cartas de don Bosco a sus jóvenes. Cuando llegó a ser su secretario en Turín, en diciembre de 1883, ayudado por otro apasionado de don Bosco, que era también un archivero decidido, don Gioachino Berto (1847-1914), recogió todo lo que pudo encontrar de él. Preguntó y cribó a los testigos de su vida pasada. Los relatos sobre la madre de don Bosco, Margarita Occhiena, de la que publicó la vida en 1886, le interesaron mucho. Tuvo que poner en claro el contenido de agendas, cuadernos, libros de notas no suficientemente legibles. Y con frecuencia, después de una elaboración destinada a hacer el relato fácil de seguir, empezó a clasificar sus materiales, con fragmentos casi siempre recortados según la cronología de don Bosco, y a ordenarlos en los registros de los Documenti per scrivere, que se convirtieron así en una inmensa cantera para uso del historiador del gran hombre. Empezó la confección de estos registros en 1885, en una época en la que la recogida de documentación estaba sólo en sus comienzos. En otras palabras, el trabajo heurístico y el de redacción — efectivamente, los Documenti constituían una primera redacción — fueron al mismo paso para don Lemoyne. A medida que llegaban a su conocimiento, incluía las nuevas piezas en sus registros. Sin embargo, a partir del proceso de don Bosco, se decidió a pasar a una nueva etapa: las declaraciones de los testigos, fragmentarias como la crónica, entraron a formar parte de los expedientes preparados más directamente con vistas a la redacción de los diversos volúmenes de las Memorias biográficas. Don Lemoyne, en efecto, se preguntó con la mayor diligencia posible sobre los testimonios producidos en el proceso informativo de canonización realizado en Turín en los años 90. Contrariamente a lo que dejaría entender una nota contenida en su introducción general, utilizó las deposiciones de ese proceso ya en el primer volumen de sus Memorias, aparecido en 1898 y que se refería a los años de la juventud de nuestro santo.

Cada día nos damos cuenta mejor de que las Memorias biográficas son una inmensa colección de mosaicos de documentos biográficos, recortados en trozos e introducidos en una trama de artículos distribuidos a su vez en capítulos y en libros más o menos homogéneos. Su historia debería por tanto suponer el análisis de la mole de documentos que se acumuló entonces sobre don Bosco, especialmente por don Lemoyne. En este momento del estudio, no puedo hacer más que enumerar las principales piezas y añadir alguna palabra sobre su interpretación.

Eran escritos del mismo don Bosco: las Memorie dell'Oratorio que se refieren a los años 1815-1855, el testamento espiritual,' las cartas circulares o personales; las biografías publicadas sobre Comollo, Savio, Magone, Besucco, Cafasso; los relatos manuscritos o impresos sobre la vida de su obra; los registros, el viaje a Roma en 1858, la consagración de la iglesia de María Auxiliadora, las «meraviglie» o «grazie» atribuidas a María venerada en Valdocco...; los reglamentos y las constituciones de su obra local (de Turín) y bien pronto mundial (la congregación salesiana, la unión de los cooperadores salesianos...).

Las notas menores o los esquemas le interesaban a don Berto, que los pasaba a don Lemoyne.

Después de don Bosco venían los que le habían escuchado o al menos sus contemporáneos, que habían escrito cosas vistas u oídas de él. Probablemente conviene iniciar esta serie con la Storia dell'Oratorio, que Giovanni. Bonetti (1838-1891) publicó por entregas en el «Bollettino Salesiano» en vida de don Bosco y que se convirtió después en un grueso volumen titulado: Cinque lustri dell'Oratorio salesiano fondato dal Sac. Don Giovanni Bosco.'6 Se añadirá a la Storia las entregas del «Bollettino» de los últimos años de don Bosco sobre las Passeggiate autunnali. Las actas de las reuniones de los directores salesianos, del «capítulo superior» y de los capítulos generales de 1877 a 1886 figuraban también en la documentación recogida por don Lemoyne. Pero él daba mayor importancia a las agendas o cuadernos de recuerdos y a las observaciones de los siguientes testimonios: Domenico Ruffino (1840-1865), Giovanni Bonetti (del que acabamos de hablar), Antonio Sala (1836-1895), Gioachino Berto (citado antes), Giulio Barberis (1847-1927), Francesco Cerruti (1844-1917), Giovanni Garino (1845-1908), Giuseppe Lazzero (1837-1910), Francesco Provera (1836-1874), Carlo Maria Viglietti (1864-1915), Pietro Enria (1841-1898), Giovanni Battista Francesia (1838-1930), Secondo Marchisio (1857-1914)... En esta lista conviene poner también a don Lemoyne que, contra una leyenda tenaz, no se deshizo en absoluto sistemáticamente de sus notas personales. Don Rua había compuesto un precioso Libro dell 'esperienza, un Necrologio..., y había escrito también notas frecuentes en pequeños trozos de papel. A esta serie ya larga, los futuros historiadores añadirán los cronistas que a veces sólo fueron copistas: Gresino, Ghigliotto, Peloso, Dompé, Vignolo, Veronesi y otros, cuya letra se puede identificar consultando colecciones de anécdotas o de «sueños», reunidas en los archivos salesianos de Roma.

'5 Cf. Memorie dal 1841 al 1884-5-6, que F. Motto ha publicado en RSS 4 (1985) 73-130.

16 Cf. G. BoNETA Cinque lustri dell'Oratorio salesiano fondato dal Sac. Don Giovanni Bosco, Torino, Tip. Salesiana 1892. Hay que advertir que don Lemoyne recogió en los Documenti las columnas del «Bollettino Salesiano» y no las páginas de los Cinque lustri, que, al parecer, no fueron usadas, como tales, en la composición de las MB.

Evidentemente no es el caso de formular juicios generosos y válidos para todos estos testigos, y menos aún para cada uno de los episodios contados por ellos y para todas las frases de don Bosco transmitidas por ellos, como si su proximidad al héroe de la historia tuviese que garantizar de modo absoluto la objetividad, la lucidez, la exactitud... de sus apuntes. Hay que «comprender» estos documentos. El género literario de las crónicas deberá interesar de cerca al comentador. Se distinguirá la reportatio inmediata, del recuerdo más o menos lejano; el acta, del testimonio posterior; el testimonio directo, del testimonio indirecto; el sueño, de la parábola onírica; el mismo testimonio, de su comentario, autorizado o no, y también la formulación original, de la formulación elaborada. Aquí los ejemplos se amontonan a centenas, tal vez a millares. El billete de don Rua sobre el apelativo de «salesiano»17 no fue en absoluto (aunque lo deje suponer don Lemoyne cuando escribe: «... ne tenue memoria in un suo scritto», una especie de acta de la reunión de enero de 1854, sino una nota escrita por don Rua, probablemente pedida por el biógrafo, 40 ó 50 años después del hecho.' A su vuelta de Roma en febrero de 1870, don Bosco dio una larga conferencia a los salesianos de Valdocco para informarles de su viaje. El resultado fue una reportatio, que don Lemoyne publicó en sus Documentí casi con los términos percibidos por un testigo auricular atento. ¡Pero cuántas «Buenas Noches» dieron origen a breves resúmenes!... Cuando Bonetti en 1861-1863 o Viglietti en 1884-1885 recogían de los labios de don Bosco recuerdos de su vida pasada, que se apresuraban a escribir en sus cuadernos, se trataba de testimonios directos, aunque, por otra parte, muy posteriores a los hechos referidos y, por tanto, expuestos a todas las reconstrucciones fantásticas del recuerdo. Pero los mismos testigos podían anotar también historietas que circulaban en el ambiente, que otros tal vez habrían negado si hubiesen llegado a conocerlas. Se trataba de «cose che si raccontano», como escribía Ruffino al comienzo de algunas anécdotas sobre don Bosco. Un cuadernito de Giovanni Bonetti (20 hojas, de las que sólo hay 10 escritas) encierra seis episodios sorprendentes, todos de origen no precisado: «Mirabile conversione di un ateo»;19 «II giovanotto risvegliato da morte»;" «11 cane grigio»;21

«Le castagne»;22 «Moltiplicazione delle ostie»." Son anécdotas que, auténticas o no, se publicaron sólo mucho tiempo después de haber sido registradas. Estaría bien no darles más crédito de lo que merecen historietas que se cuentan para prevenir prejuicios o ideologías dominantes en los diversos grupos humanos.

" Cf. MB V, 9.

18 En efecto, don Lemoyne no lo tuvo presente cuando compuso sus Documents*, por tanto

hasta 1891; y la crítica interna apoya tal datación tardía. " Cf. MB IV, 156.

20 Cf. MB lIL 495.

21 Cf. MB IV, 416.

22 Cf. MB 111, 576.

23 Cf. MB III, 441.



Se podrían hacer observaciones análogas a propósito de las deposiciones reunidas con ocasión del proceso de canonización de Bosco y que fueron a parar a las Memorias biográficas. En su conjunto eran muy preciosas y muy interesantes. Desfilaron por Turín sacerdotes diocesanos, sacerdotes salesianos, coadjutores salesianos y seglares: Giovanni Bertagna, Gioachino Berto, Secondo Marchisio, Giovanni Giacomelli, Felice Reviglio, Giacomo Manolino, Giuseppe Turco, Giovanni Filipello, Giorgio Moglia, Giacinto Ballesio, Angelo Savio, Francesco Dalmazzo, Giovanni Branda, Pietro Enria, Leonardo Murialdo, Giovanni Cagliero, Francesco Cerruti, Giovanni Battista Piano, Giuseppe Rossi, Giovanni Villa, Giovanni Battista Francesia, Luigi Piscetta, Giulio Barberis, Giovanni Battista Lemoyne, Giovanni Bisio, Michele Rua, Giovanni Turchi, Ascanio Savio, Giovanni Battista Anfossi, Domenico Bongioanni, Giuseppe Corno, Antonio Berrone y otras trece personas, hombres y mujeres, convocadas especialmente para aclarar problemas referentes a milagros. Don Pietro Stella ha tratado de clasificar a estos testigos para empezar a sopesar sus testimonios. Desde un punto de vista ideal, haría falta seguir los meandros da cada elemento de estas deposiciones, remontándose a sus fuentes de información y a la misma mentalidad de las personas interesadas. Se debe saber que las afirmaciones más absolutas sobre la ascesis de don Bosco nos llegan — salvo mejor información — de don Berto, que era un hombre escrupuloso y más o menos obsesionado. El mismo Berto y su hermano en religión Giulio Barberis realizaron largas declaraciones en el proceso a partir de los Documenti de don Lemoyne, que podían consultar y copiar a placer en Valdocco. A veces los utilizaron de modo servil. Por eso las aproximaciones, hasta los errores de sus fuentes, reaparecían, más aumentadas que corregidas, en sus deposiciones. Lo hicieron indudablemente con la mejor buena fe del mundo. Pero se aceptará que varios testimonios del proceso de don Bosco podían tener a sus espaldas una ya larga historia, cuyo conocimiento es indispensable para quien quiere comprenderlos. Otra advertencia más bien de carácter general: la forma llamada «definitiva» de las crónicas y las actas, hecha propia por el autor de las Memorias, no es siempre, o con frecuencia, la que salió de un tirón de la mano del redactor. Por lo que se refiere a las crónicas, el caso más interesante me parece que es el de Carlo Maria Viglietti en su relación sobre los últimos años de don Bosco (1884-1888). Distribuido en varios cuadernos, revisado y copiado varias veces, este relato plantea al comentador un montón de problemas especiales. Se descubre que la crónica primitiva resulta la más segura. Sin embargo, hay pasajes añadidos más tarde que no carecen de interés para el conocimiento de don Bosco. En cuanto a las actas: generalmente el secretario designado toma nota de lo que oye o comprende a medida que se desarrolla la sesión. Pero después tiene que componer un texto oficialmente aceptable. Se imponen añadidos, modificaciones, supresiones. Realiza este trabajo generalmente solo, a veces en el consejo. Las formas tomadas de las actas de la primera sesión del Capítulo general de los salesianos de 1877, confiadas a don Giulio Barberis, son — a mi parecer — ricas de enseñanza para el historiador y, por tanto, para la biografía de don Bosco. En efecto, la versión primitiva está llena de frases tachadas y de añadidos, que hay que leer con atención porque permiten conocer el desarrollo del debate. Es verdad que se pueden buscar con preferencia varios rasgos de la mentalidad de los correctores (y de don Bosco el primero de todos): en este caso, los retoques, que no son puramente formales, merecen, también ellos, un examen cuidadoso.

6. La comprensión y la utilización de los documentos

Tales reflexiones no las hizo don Lemoyne compilador, y tampoco sus sucesores don Amadei y don Cenia. A don Lemoyne le bastaba que el testigo fuese «honesto», cualidad que él valoraba en función de criterios morales. Recogía su versión en su forma más acabada, la glosaba, alineando todos los detalles en el mismo plano, dividía, juntando pasajes paralelos, todas las informaciones que no conocía todavía y las distribuía en función de una urdimbre general de la obra, que era rigurosamente, y lo más posible, cronológica. Para don Lemoyne — y se recordará aquí que los Documenti redactados según este principio cubren toda la vida del santo y afectan también a los volúmenes de don Amadei y don Cenia —, la mejor historia de don Bosco sería la que reuniese el mayor número de informaciones sobre don Bosco atestiguadas por los testigos. Nada le parecía desechable, aunque fuese sólo una frase o una palabra. Este culto a la cantidad me parece que denuncia en él convicciones «sustancialistas» que, unidas a otras, son signo de la mentalidad «precientífica» de nuestro historiador.24 «Por una tendencia casi natural — escribía Gaston Bachelard en el capítulo del Obstacle substantialiste el espíritu precientífico amontona sobre un objeto todos los conocimientos en los que ese objeto juega un papel, sin ocuparse de la jerarquía de los roles empíricos. Une directamente a la sustancia cualidades diversas, tanto una cualidad superficial como una cualidad profunda, una cualidad manifiesta como una oculta». Se preocupa de «la experiencia exterior evidente, pero huye de la crítica en lo profundo de su corazón»." Don Lemoyne recogía todo lo que los documentos le enseñaban y lo ponía en su obra, con el riesgo evidente de repetir varias veces el mismo hecho, cuando le llegaba bajo formas diferentes y, por tanto, con el riesgo .de duplicar o triplicar asertos o episodios de por sí ímicos.26

Tal vez no son inútiles algunos ejemplos. Cuando narraba su juventud, don Bosco, por razones que nos resultan oscuras, no hacía nunca alusión a su estare et l'ordonnance de la matiére».
24 Tomo, sobre este argumento, las ideas y la terminología de G. BACHELARD, La formation de l'esprit scientifique. Contribution á une psychanalyse de la connaissance objective, 13" éd. (1" éd. 1938), Paris 1986, p. 131-133.

2 Ibid., p. 99.

" Véanse Les Memorie I de Giovanni Battista Lemoyne, p. 213-266, el capítulo sobre «la lectancia como peón en la granja Moglia de Moncucco, donde debió de pasar cerca de 18 meses (en 1828-29), cuando tenía de 13 a 14 años. Ahora bien, el salesiano Secondo Marchisio durante el verano de 1888 y después los abogados del proceso informativo en los años 90 preguntaron a la gente de la granja, empezando por Dorotea Moglia, Giovanni Moglia, Giorgio Moglia hasta los que habían estado allí. Y hablaron abundantemente. Un rasgo del adolescente Bosco les había impresionado a estos paisanos: Juan había rechazado permanecer solo con una niña de los Moglia, y esto a pesar de las órdenes de Dorotea. Para narrar este episodio, don Lemoyne se encontraba al menos ante siete perícopas, sin contar otras dos que generalizaban el rechazo?' Él consideró que, en ese caso, uno de los testigos daba al rechazo una forma distinta de la de los otros y, por tanto, se separaba de ellas.28 La respuesta fue así desdoblada en las Memorias biográficas. El muchacho dijo a Dorotea, según la mayor parte de los testimonios: «Datemi dei ragazzi, e ne go-yerno fin che volete, ma bambine non debbo governarne»; y según el testimonio particular: «Io non sono destinato a questo! rispondeva pacatamente Giovanni».29 Este mecanismo de inclusión duplicó también la conversación de Juanito con don Calosso en noviembre de 1829 a lo largo del camino de Buttigliera a la granja de I Becchi. El episodio es conocido. Don Calosso, maravillado por la desenvoltura de un muchacho al que no conocía todavía, le pidió que repitiese la homilía del predicador del jubileo. Juan lo hizo. Don Lemoyne disponía de tres fuentes al respecto: un fragmento de las Memorie dell'Oratorio de don Bosco, un fragmento de una crónica de Domenico Ruffino y un fragmento de los Annali de Giovanni Bonetti, paralelo, por otra parte, al de Ruffino. Cada uno de estos relatos conocía una única conversación repetida por el niño. Pero sus expresiones no coinciden perfectamente entre sí: el de Ruffino-Bonetti tenía una forma propia que no era la de las Memorie Oratorio. Además, en las Memorie el muchacho hablaba «per piú di mezz'ora», mientras que Ruffíno le hacía repetir el sermón sólo por diez minutos. Frente a este problema, el «sustancialista», avaro hasta de los más pequeños servicios, creyendo que con ello sirve a la verdad, no duda: conserva todo. Don Lemoyne no dudó de que don Bosco hubiese podido repetir a 12 años de distancia (en 1861 para Bonetti-Ruffino y en 1873 para las Memorie dell'Oratorio), con una fórmula diferente el sermón de su infancia, del que recordaba sólo que había sido sobre los novísimos. Lo hizo hablar, por tanto, «per piñ di mezz'ora» sobre uno de los sermones y, a continuación, durante diez minutos sobre otro, con un total de cerca de tres cuartos de hora?°

27 Rossi testimonió: «Le madri di famiglia gli affídarono la custodia dei loro bambini e ilgiovane Bosco lo faceva moho volentieri ad eccezione delle bambine» (G. Rossi, Processo ordinario della Curia di Tormo, fol. 2511). ¿Había tantas «madri di famiglia» en la Moglia?

28 Esta declaración hecha, creo, por Giorgio Moglia, fue publicada por don Lemoyne en los Documenti XLIII, p. 3.

29 Cf. MB I, 199.

30 Cf. MB I, 177-178.

Las dos curacionestan iguales de la señora paralítica con ocasión de la consagración de la iglesia de María Auxiliadora en Turín en 1868 nacieron del mismo modo en la historia salesiana. La primera deriva de un relato de don Bosco a don Lemoyne en 1884;31 la segunda, tres páginas más adelante en las Memorias IX, según una recopilación impresa el año del suceso.32 Otros dobletes, menos fáciles de descubrir, son, sin embargo, casi igualmente ciertos: el episodio de los muchachos que quedaron empapados durante una excursión y fueron acogidos por el «cavaliere Gonella», referido en el volumen VI de las MB, según la biografía de Magone escrita por don Bosco, y repetido en el volumen VII de las MB en otro año — según una anécdota recogida en 1884;33 la curación instantánea de un muchachito que se moría en París sucedida en abril de 1883 según los testigos inmediatos, narrada en las MB XVI, 131-133 y repetida, según un relato posterior de una dama llamada María Ortega a don Evasio Rabagliati, en las MB XVI, 224-225?4 Los historiadores salesianos del futuro tendrán un campo inmenso para ejercitar su sagacidad...

7. La indiferencia en la comprensión de los documentos

Sobre este punto parece que el historiador de don Bosco confundió dos planos: el de la vida o el de la historia vivida y el del relato de la vida o de la historia e igualmente del documento que atestigua esa historia. Se parte de la hipótesis de su normal coincidencia: un plano refleja al otro. Se supone que las mediaciones de los documentos son transparentes y sus mensajes obvios. La comprensión del documento, en su formalidad peculiar, no plantea nunca (o casi nunca) problemas. Ahora bien, «no es tan fácil comprender un documento, saber lo que es, lo que dice, lo que significa» 35 El hagiógrafo de don Bosco olvida que la exposición histórica (es decir, sus documentos) forman cuerpo con las personas o los grupos de personas que hablaron o escribieron en un determinado tiempo, escogieron sus propias perspectivas, descuidaron detalles, forjaron otros para hacerse entender (para comunicar, diríamos hoy), en el momento imaginaron de buena fe, colorearon el conjunto con sus sentimientos y deseos. El que está un poco familiarizado con la historia, entrevé las consecuencias de un método que hace economía en «comprensión» sistemática de los textos utilizados. En efecto, el texto es un producto. Tiene el peso de un objeto fabricado. No puede utilizarse nunca como un vidrio transparente, que «se asoma» sobre lo real o sobre la historia que cuenta. Aplicado a la Biblia, este método «naif» confunde fragmentos didácticos y relatos históricos, leyendas y realidades, anécdotas populares y cartas oficiales, etc. En cuanto a nosotros, escojamos un ejemplo al azar: la historia del barbero del pueblo de Castelnuovo. Don Bosco rechazó un día dejarse afeitar por una mujer, al menos así parece. El episodio, hoy divertido para los comentaristas de su vida, es una anécdota que Giovanni Bonetti introduce de este modo en uno de sus cuadernos: «otto giorni or sono — estamos en febrero de 1862 — due del suo paese, D. Savio e il Suddiacono Cagliero mi raccontarono questo del Signor D. Bosco. Un giorno D. Bosco era venuto a Castelnuovo. Avendo bisogno di farsi fare la barba [...]. Ció visto tosto si alzó, prese il suo cappello e salutando le dísse: non permetteró giammai che una dorna venga a prendermi pel naso».36 Es una historieta amena, como la gente del pueblo la contaba. En cuanto a la escena en sí y a las palabras que realmente pronunció..., conviene pensar dos veces — o más — antes de decidir si la respuesta de don Bosco, cuya formulación se nos escapará siempre, fue un signo de su «castitá selvaggia»... El autor de las Memorias hace creer en una especie de reportaje reciente: «D. Savio Angelo e Mons. Cagliero ci raccontarono come egli, giunto una volta a Castelnuovo e avendo bisogno di farsi radere la barba, cerca di una bottega... », etc. Haciendo esto, economiza de hecho en correcta «comprensión» del documento y por tanto en su significado.

3' Véase la libreta de apuntes de G.B. LEMOYNE, Ricordi di gabinetto, 22 febrero 1884; recogida en: MB IX, 257.

32 Cf. G. Bosco, Rimembranze di una solennitá in onore di Maria Ausiliatrice, Torino 1868,

p. 49-50; recogido en: MB IX, 260-261.

33 MB VI, 54, según G.B. LEMOYNE, Ricordi di gabinetto, 22 febrero 1884. El duplicado es

aquí muy seguro, aunque no absolutamente cierto.

34 Se trata de la curación del hijo de Bouillé, contada según el Anden Magistrat en: Docu‑

menti XXV, p. 127; narración avalada por Charlotte Bethford, que figura en: MB XVI, 131-133. Se trata de la curación de un muchacho, del que no se dice el nombre, en una exposición de María Ortega a don Rabagliati, Documenti XLIV, p. 460, de donde pasó a MB XVI, 224-225. H.-I. MARROU, De la connaissance historique, Paris, Editions du Seuil 1954, p. 101.

Las consecuencias de esta omisión pueden ser graves. Don Lemoyne (y después de él don Ceria) deberían haberse comprometido en «comprender» a fondo los dos relatos de «bilocación» de don Bosco, el primero en 1878 y después en 1883. Mientras que en esas fechas estaba en Turín, las Memorias lo hacen aparecer en carne y hueso el 14 de octubre de 1878 en Saint-Rambert d'Albon, en Francia; según una carta, de fecha 13 de abril de 1891, de la señora Ada Clément; y en la noche entre el 5 y el 6 de febrero de 1886 en Sarriá, junto a Barcelona, siguiendo al sacerdote salesiano Giovanni Branda.37 El primer testimonio es una suposición sin fundamento serio. En cuanto 'a la segunda, es sólo signo de una «visión», no de una «bilocación» propiamente dicha. En el ejercicio de su misión, el juez sabe que cada testimonio debe sopesarse. Por desgracia, el hagiógrafo de la era precientífica, apegado a la tradición, se ha guardado bien de hacerlo, especialmente si la reputación de su santo corría el peligro de verse ofuscada de algún modo. El hagiógrafo que se ha familiarizado con las ciencias humanas y con el método «científico» está obligado a valorar críticamente los testimonios y, más en general, a «comprender» los documentos. Sí no, algunos golpes de varita mágica se exponen fácilmente al riesgo de hacer aparecer en el aire maravillosos «castillos espirituales».

" G. BONETA Annali, quaderno II, p. 36s. El rasgo vuelve a aparecer en: MB V, 161-162.

37 El hecho de Saint-Rarnbert, según Documenti XLIII, p. 335-336, corroborado por una carta de la hija de la señora Clément, Lyon 18 abril 1932, en: MB XVI, 680-684; el hecho de Sarriá, según los Documenti XXXI, p. 86-89, en: MB XVIII, 35-39.

No es el caso de buscar excusas para este defectuoso y criticable modo de proceder de los autores de las Memorias, y el primero de todos don Lemoyne. No responde a verdad decir que «eran hombres de su tiempo». Hablando también sólo de la hagiografía — y no de la historia en general, que realizó grandes progresos en la época moderna —, los Bolandistas habían trabajado ya 250 años antes de que don Lemoyne publicase su primer volumen de las Memorias biográficas. Estudiaban los documentos hagiográficos según métodos cada vez más afinados por la crítica histórica. En los siglos XVII y XVIII, los historiadores de Port-Royal habían contribuido a transformar la hagiografía en verdadera historia. Le Nain de Tillemont, al disertar sobre los santos en sus Mémoires pour servir á l'histoire ecclésiastique des six premiers siécles,38 lo había hecho como historiador. Las Mémoires pour servir á la vie... de diversos personajes de aquella época — cuyos títulos anunciaban, por otra parte, curiosamente el que escogió don Lemoyne para celebrar a don Bosco — eran de buena calidad. El bajo nivel científico general que se constata en las piadosas biografías de uso corriente en el siglo XVIII y, más aún, en el siglo XIX, cuya preocupación por edificar se superponía a la de decir y explicar la verdad, es incontestable. Pero, mira por dónde, la vuelta a la hagiografía rigurosa coincidió con el final del siglo pasado y, por tanto, con el nacimiento de las Memorias, en un momento en el que Louis Duchesne (1843-1922) e Hippolyte Delehaye (1859-1941) atacaron violentamente en el «Bulletin Critique» y en sus trabajos especializados las «leyendas hagiográficas». La excelente iniciación del bolandista Charles De Smedt, Principes de la critique historique, había sido publicada en 1883. Otros, junto a éstos, construían en esa línea. En 1895, los autores de la colección Les Saints, publicada en París bajo la dirección de Henry Joly, estaban convencidos de que sus libritos debían ser rigurosamente históricos. En muchos casos fueron obritas verdaderamente logradas. El mismo Delehaye publicó en ella su Saint Jean Berchmans.39 Sin embargo, para nuestro caso, esta corriente «científica» que, dicho sea de paso, estuvo lejos de imponerse en nuestra época y en los mismos ambientes franceses, tal corriente, digo, no alcanzó al clero italiano. Y el antimodernismo de comienzos del siglo XX hasta dudó de su ortodoxia. Don Lemoyne se había formado en Génova hacia 1860. Ahora bien, según cuanto afirma Pietro Scoppola en un artículo de 1971, «stando alle relazioni e osservazioni falte al secolo XIX dagli eruditi, so‑

vente stranieri, fl livello della cultura ecclesiastica nell'ambiente dí tale secolo é assai mediocre. Ricerche pió recenti hanno precisato senza smentirle queste impressioni d'insieme [...]. Il livello deglí studi, le cui gravi insuffidenze erano state denunciate da Rosmini nelle anque piaghe della santa Chiesa,

nonostante qualche progresso, assai basso; i professori non sono, nell'insieme, selezionati secondo le loro competenze. Salvo alcune eccezioni, gli studi positivi sono trascurati...».4° Los estudios positivos se descuidaban, y nuestros historiadores salesianos participaron del espíritu «precientífico» del ambiente cultural de su nación, que, en la búsqueda de algún dato, no se impone el esfuerzo de valorar y contrastar sus «experiencias». Hace falta, pues, superar una etapa y entrar de una vez en la era «científica».4' De este modo, se han hecho progresos en física y en biología; pero también en historia. En efecto, el historiador es, a su modo, un hombre de la experimentación. Posee su acervo de conceptos. Se plantea interrogantes. Hace hipótesis, las contrasta, las verifica y las define a partir de la documentación. Los conceptos son sus instrumentos; los documentos, el lugar de sus «experiencias», en las que y con las que pregunta sobre el pasado de los hombres.42

" Cf. LE NAIN DE TILLEMONT, Mémoires pour servir..., Paris, Robustel 1693-1712.

33 Cf. H. DELEHAYE, Saint Jean Berchmans, Paris, Lecoffre 1921. Véase el artículo de P. POURRAT, Biographies spirituelles, en: Dictionnaire de spiritualité, vol. I, Paris 1937, coll. 1715-1719, el párrafo sobre «l'évolution de la biographie spirituelle á l'époque moderne»; y R. AIGRAIN, L'hagiographie. Ses sources, ses méthodes, son histoire, Paris, Bloud et Gay 1953, passim.

Don Lemoyne creía que había echado los cimientos de una obra totalmente «racional». «Non la fantasia, ma íl cuore, guidato dalla fredda ragione, dopo lunghe disquisizioni, corrispondenze, confronti dettó queste pagine. Le narrazioni, i dialoghi, ogni cosa che ho creduto degna di memoria, non sono che la fedele esposizíone letterale di quanto i testi esposero».43 Por desgracia, confundía perfección «racional» y acumulación «sustancial», es decir, acumulación de testimonios documentales o elementos expresivos — no analizados y comprendidos sistemáticamente — de la historia pasada. Su obra corrió el riesgo da ser un enorme testigo de la historia o de la hagiografía «precientífica ».





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