“Elisabeth von R



Descargar 47.1 Kb.
Fecha de conversión05.09.2018
Tamaño47.1 Kb.
Vistas82
Descargas0


Elisabeth von R.: del padecimiento a la queja y de la queja a la producción del síntoma analítico

(Primera parte)



David Laznik

La cuestión de los inicios del análisis presenta distintas aristas, diferentes sesgos, porque hay distintos problemas complejos que están en juego; voy a tomar uno de ellos, que es, básicamente, la cuestión de las condiciones para la producción de un síntoma analítico, es decir, un síntoma que pueda ser analizable, abordable por el análisis, lo cual supone la producción de este síntoma. De esta idea, como veremos, se deduce la noción lacaniana de sujeto supuesto saber.

El sujeto supuesto saber es subsidiario, es correlato de esta operación que el analizante hace en relación al padecimiento, donde produce de un padecimiento un síntoma analizable, y esto supone una cierta concepción de transferencia. Lacan ha dicho que es ahí, en la transferencia, donde radica el secreto del análisis y, efectivamente, si bien él dice que es el analista quien sin duda dirige la cura, es el concepto de transferencia el que dirige la manera de tratar a los pacientes. Efectivamente, dirigimos la cura pero desde el concepto de transferencia que tenemos.

Trataremos de ubicar este recorrido que supone lo que motoriza, lo que mueve una demanda de análisis en una consulta, hasta la producción del sujeto supuesto saber. Es interesante ubicar, ya que abordaremos el problema de la transferencia y del sujeto supuesto saber, el lugar complejo que tiene la transferencia: un lugar complejo, ambiguo, que no es tan sencillo de ubicar en general en un análisis y, menos aún, en sus primeros tiempos.

Tomemos una referencia temprana de Lacan en el texto La dirección de la cura en la que él ubica un ordenamiento en la dirección de la cura, a partir del cual después va a situar un modo de pensar, de conceptualizar, los primeros tiempos del análisis, fundamentalmente lo que podríamos indicar como el inicio del análisis. Entonces, en un primer momento, la dirección de la cura supone tres dimensiones:


  • Interpretación

  • Transferencia

  • Finalidades y terminación de la cura.

Es un ordenamiento clásico, podríamos decir freudiano, en el sentido de que es también un ordenamiento temporal en el análisis.

Un primer momento como arte de interpretación, donde él apunta a hacer conciente lo inconsciente y donde la operación es la interpretación; arte de la interpretación, momento en donde la interpretación sería solidaria de recordar lo olvidado.

Un segundo momento donde el problema se arma para Freud en términos ya no de la interpretación, sino de las resistencias que se presentan durante la cura, la principal de las cuales es la resistencia que plantea la transferencia. Por lo tanto, la cura ya no apunta tanto a hacer conciente lo inconsciente, sino más bien al levantamiento de las resistencias, donde la operación fundamental es el manejo de la transferencia.

Un tercer momento en la dirección de la cura donde el problema central del análisis es cómo terminarlo. Entonces lo que se pone en juego no sólo son las resistencias que impiden la terminación de la cura analítica, sino lo que Lacan atinadamente indica como la finalidad del análisis, “hacia dónde voy”.

Este primer ordenamiento no es sólo un momento en la conceptualización freudiana de la dirección de la cura, es también lo que tanto Freud como Lacan postulan como un ordenamiento temporal para el análisis, en el sentido de que la interpretación representa la primera operación. El inicio está marcado por el despliegue del síntoma en la situación analítica y la interpretación es ahí solidaria del síntoma que se despliega en análisis. Después, como señala Freud, el problema es que ya el paciente no se interesa por los síntomas, no se preocupa por los síntomas, sino que le interesa mucho más agradar a su analista. Sustituye el síntoma por la persona del analista. Esto es lo que Freud dice: se han curado del síntoma y se han enfermado del analista, han hecho una sustitución del síntoma por la persona del analista. El tema es ver cómo se curan de esta nueva enfermedad.

Éste es un ordenamiento temporal que Lacan desarrolla en el capítulo 1 de La dirección de la cura. Luego, su propuesta la desarrolla en los capítulos 2, 3 y 4. Cuando Lacan, en el capítulo 2, desarrolla la interpretación, que es supuestamente aquello que le ofrecería el modo de recortar el problema del inicio del análisis, en la medida que la interpretación es la operación que responde al despliegue del síntoma en el análisis, el síntoma analítico, dice que la dirección de la cura supone un proceso que va desde la rectificación de la relación del sujeto con le real, que pasa por el desarrollo de la transferencia, hasta llegar a la interpretación. De este modo, a vuelta de página, nos encontramos con el primer gran problema que es que para continuar desarrollando lo que él había planteado en el capítulo 1, inmediatamente en el capítulo 2 invierte las nociones de interpretación y transferencia. En un caso la interpretación antecede a la transferencia, mientras que en el otro la transferencia se anticipa a la interpretación.


  • Rectificación de las relaciones del sujeto con lo real (R.R.R.)

  • Desarrollo de la transferencia

  • Interpretación

Así, nos encontramos con un primer Lacan y con un segundo Lacan pero no con 20 años de diferencia, sino con 5 minutos de diferencia. Damos vuelta la página y nos encontramos con que Lacan contradice a Lacan. Hay algo que podríamos ubicar allí que permite situar alguna lógica que explica esta diferencia.

Al mismo tiempo que Lacan señala que en el inicio está la transferencia, hay momentos, en que la transferencia aparece como efecto de la interpretación. Varias cuestiones permiten ubicar un estatuto, un lugar complejo de la transferencia. Efectivamente, pone en juego un lugar problemático de la transferencia porque hay distintas posiciones respecto de la afirmación de Freud de que es necesario esperar el desarrollo de la transferencia para interpretar.

Lo que es claro es que aparece un término que no estaba incluido dentro del ordenamiento anterior, la rectificación de la relación del sujeto con lo real. Un término que pareciera no formar parte de la doctrina freudiana. Tanto la noción de interpretación, como la de transferencia, etc., etc., forman parte ya de la doctrina freudiana. Éste es un elemento nuevo, un personaje nuevo en la escena de la dirección de la cura que introduce Lacan que nos permite entender, vamos anticipando, una función. El ordenamiento que él propone en el capítulo 2 es distinto al primero, porque lo que él ubica en este primer ordenamiento (capítulo 1) supone el dispositivo ya instalado, mientras que lo que ubica en el capítulo 2 es más bien las condiciones de producción del dispositivo analítico; porque efectivamente esto responde a una necesidad, a un problema que se presenta en la doctrina freudiana que es cuál es el estatuto de estos primeros tiempos que Freud llamó “ensayo previo” y que Lacan denominó “entrevistas preliminares”.

Se trata de un estatuto ambiguo porque no queda claro desde dónde pensarlo. Si lo pensamos sin más desde la lógica del dispositivo analítico, entonces no entendemos por qué lo llamaríamos tratamiento de prueba, ensayo previo, entrevistas preliminares. Si fueran preliminares a un análisis, deberíamos poder situar alguna otra lógica. Pero, al mismo tiempo, no podemos pensar otra lógica que la del análisis porque implica el objetivo de poder producir un dispositivo analítico. Por lo tanto, aparece ahí alguna duda, particularmente en Freud, respecto de cómo pensar estos primeros momentos y, fundamentalmente, cómo puede un analista pensar qué posición ocupa él cuando de lo que se trata no es aún de un dispositivo instituido como tal.

Particularmente, si Lacan introduce esta cuestión de la rectificación de la relación del sujeto con lo real es porque uno de los problemas más arduos para pensar los primeros tiempos del análisis es cuál es la lógica de las intervenciones de un análisis. Si las intervenciones analíticas las pensamos en el orden de la interpretación, en el orden del manejo de la transferencia, entonces ya no se trataría de una entrevista preliminar, estaría ya instituido el análisis, por lo tanto, no cabría el recorte temporal de un momento previo, preliminar al análisis. Si lo nombramos como interpretación y manejo de la transferencia en la intervención analítica entonces no podemos pensarlo como entrevista preliminar; si lo nombramos como entrevista preliminar nos quedamos sin recursos conceptuales para poder pensar la intervención analítica. Entonces, ¿qué significa intervenir cuando aún no se ha iniciado un análisis, cuando las intervenciones apuntan a la posibilidad de producción de un inicio? Por eso, el nombre de rectificación de la relación del sujeto con lo real es un invento de Lacan para nombrar las intervenciones en los inicios. Es un intento de formalización de las intervenciones del analista donde el recorte mismo de ese momento no nos permite pensar en la interpretación y el manejo de la transferencia porque de lo que se trata es de generar las condiciones para la producción de un síntoma que después sea interpretable.

Trabajaremos, básicamente en relación a dos preguntas respecto de estas intervenciones, dos preguntas que no suelen ser las más frecuentes. La más habitual suele ser: ¿cómo intervengo?, ¿qué hago? Es una pregunta válida, pero resulta problemático cuando es la única que un analista se hace. El problema es que a veces alguien no encuentra respuesta a esa pregunta, y en realidad ninguna respuesta sirve porque el problema no es que las respuestas sean malas, sino que lo que lo que no está bien formulada es la pregunta. A veces es preferible tener una buena pregunta sin respuestas, antes que tener muchas respuestas para una mala pregunta.

Vamos entonces a trabajar alrededor de dos preguntas:



  • ¿Sobre qué se interviene?

  • ¿Desde dónde se interviene?

Cuando se encuentren atrapados en su práctica, detenidos haciendo la pregunta ¿qué hago?, ¿cómo intervengo?, les sugiero que traten de cambiar la pregunta para encontrar otras respuestas. ¿Sobre qué intervenimos?, ¿sobre qué estamos interviniendo?, y ¿desde dónde intervenimos?

¿Sobre qué opera la rectificación de la relación del sujeto con lo real? No podemos decir sobre el síntoma porque si ya fuera síntoma no sería una entrevista preliminar. La noción de entrevista preliminar nos impide pensar que sobre lo que intervenimos en un primer momento sea sobre el síntoma. El síntoma aparecerá al término de este proceso, aquello que es interpretable va a aparecer para Lacan al término de este proceso. Es un elemento a producir, un síntoma que pueda ser interpretado, y lo llamaremos síntoma analítico. Un síntoma analítico no es nada más ni nada menos que un síntoma que tiene una estructura tal que puede ser interpretado.

¿Sobre qué intervenimos?, ¿sobre qué opera la rectificación de la relación del sujeto con lo real? Les propongo pensar en dos variables, dos dimensiones para ubicar el problema de sobre qué se interviene, sobre qué opera esta rectificación. Vamos a ubicar:



  • la dimensión del sufrimiento psíquico

  • la dimensión de la demanda.

Podemos acordar que se interviene en relación a algo que se demanda y que lo que motoriza a la demanda tiene que ver con el sufrimiento psíquico. Podemos proponer un consenso y para ello necesitamos apelar a instancias muy genéricas, un tanto imprecisas como es la noción de sufrimiento psíquico.

¿Cómo podemos articular el sufrimiento? No es sencillo. Freud se cuidó bastante de tomarlo como un operador conceptual. Lo nombra la inhibición, la angustia, el síntoma. Son distintas vías por donde él interroga el sufrimiento psíquico, pero, reitero, se cuidó bastante de tomarlo como operador conceptual porque efectivamente parece no tener un grado adecuado de formalización.

Si bien todos hemos padecido alguna vez algo del orden del padecimiento, seguramente hay una multiplicidad de intuiciones que son, sin embargo, difíciles de conceptualizar. Freud intentó abordarlo por donde podía, por lugares más o menos imprecisos, como el efecto de la incapacidad para trabajar y para amar. A veces lo ubicó en términos económicos como magnitudes de estímulo que dan cuenta de un malestar excesivo. Es interesante la referencia de Lacan acerca del “verdadero carácter sagrado del respeto por el sufrimiento humano”. Anuda el sufrimiento a la dimensión de lo sagrado y la dimensión de la verdad, pero para operar con él es necesario poder situar alguna lógica que permita ir más allá de la versión fantasmática que cada cual tiene de lo que es el sufrimiento.

Les propongo tomar una referencia de Freud que me parece valiosa: cuando él ubica el origen de los síntomas en relación a la retracción de la libido, al retiro de investidura de la libido de los objetos y su retiro hacia el yo. Se trata de una caída, un punto de conmoción de algo que pone en cuestión la existencia misma. La existencia toma entonces forma de pregunta: ¿quién soy?, ¿qué quiero?, ¿por qué me pasa?, ¿por qué a mí? Es la pérdida de la existencia sostenida en el reconocimiento. La vida cotidiana sin demasiada psicopatología, supone la dimensión del reconocimiento, en el punto donde yo puedo reconocerme con los elementos que configuran esa escena con la que yo habito el mundo. Es un mundo en relación a ciertos ideales, a ciertos elementos, ciertas personas, ciertos valores, cierto ordenamiento de la vida cotidiana. Es el modo como yo habito el mundo y esto me posibilita reconocerme como siendo aquel que yo creo y quiero ser. De esta forma, hay una solidaridad entre el placer, el sentido y la escena. Esta solidaridad entre el placer, el sentido y la escena es un modo de entender lo que Freud llama el principio de placer. El placer de reconocerme habitando el mundo con los elementos en los que me reconozco. Así, de esta forma, es solidario con lo que Freud señala como juicio de existencia: encuentro afuera lo que tengo adentro. Por ejemplo, si desde chiquito yo quería ser ingeniero, voy rindiendo las materias de la carrera de ingeniería, me voy interesando, voy pensando cómo orientarme cuando me reciba, trato de reconocerme habitando el mundo con esa escena que afirma un sentido. Pero cuando tengo que rendir la última materia ocho veces, fracaso, fracaso y fracaso, entonces me pregunto, ¿será lo que quiero? Porque lo que más anhelaba es justamente lo que se me complica. Se complica una posición que hasta ese momento el sujeto puede formularse como del orden del “¿quién soy?”. Lo que nombramos como principio de placer no es ni más ni menos que lo que sostiene la formulación del sujeto en el orden de un “sé quien soy”. Vale decir que la vida cotidiana con no demasiada psicopatología, se sostiene en una especie de conexión entre el saber y el ser.

Una de las vías por donde podemos pensar la producción del sufrimiento psíquico es en términos de lo que Freud nombra como el estallido de la neurosis. Un término que yo recomiendo tener presente del mismo modo que hemos incorporado en la doctrina psicoanalítica, a partir de Lacan, que la psicosis no es efecto de un proceso, sino más bien de un punto de ruptura que ubicó como el “desencadenamiento de la psicosis” (gran parte del Seminario 3 es la discusión entre Lacan y Jaspers para diferenciar la psicosis como proceso de la psicosis como ruptura) Lo interesante es que hay un término que Freud indica, que es su correlato en el campo de la neurosis y que los psicoanalistas no hemos incorporado, es el “estallido de la neurosis”.



Al estallido de la neurosis Freud lo explica de un modo análogo a cómo ubica el desencadenamiento de la psicosis: retiro de investidura de los objetos hacia el yo. Retiro de la libido de los objetos y retracción de esa libido hacia el yo. Esto permite abordar los primeros tiempos del análisis con otras preguntas. Una de las más frecuentes que uno podría leer en las intervenciones de los analistas en los inicios del análisis es la pregunta respecto de por qué ese sujeto es neurótico. Cuando escuchan en un caso clínico o en un ateneo, que repetidamente les explican que el padre era más o menos impotente, la madre era más o menos fálica y un poquito caprichosa o loca, y había algún tío depresivo y una abuela que se suicidó, es porque la pregunta del analista es por qué ese sujeto se neurotizó. A Freud lo que le interesaba en un primer momento no era tanto saber por qué ese sujeto devino neurótico, sino por qué esa neurosis “estalló”. Si cuando viene a consulta tiene, por ejemplo, 40 años, no le interesaba por qué se volvió neurótico a los 5 años, sino por qué entre los 5 en que se volvió neurótico y los 40, no consultó a un analista, y por qué sí consulta en ese momento. Por esto es importante el estallido de la neurosis. Lo que a Freud le interesa saber es por qué se produce el estallido de la neurosis. Si alguien se analiza no es porque es neurótico ya que la inmensa mayoría de los neuróticos en el mundo no se analiza. No es que alguien se analiza por ser neurótico, sino porque alguna conmoción se ha producido en el interior de esa neurosis. Y a esto Freud lo llamó el estallido de la neurosis. Es el punto de irrupción de un sin-sentido en esa vida cotidiana que se sostenía en esa solidaridad entre el placer, el sentido y la escena. Es decir, cuando este muchacho está por recibirse de ingeniero, que es lo que quiso, creía él, toda su vida, y fracasa, fracasa y fracasa en esa última materia entonces él ya no puede formular “sé quien soy”, sino que se dice: “no sé quien soy”. Ese objeto “yo ideal”, ese objeto “yo quiero ser ingeniero” queda deslibidinizado. El no poder reconocerse en esa imagen de sí mismo como aquel que quiere ser ingeniero vale entonces como un “no sé quién soy”. Dicho en otros términos, lo que se produce es una vacilación en la certeza que el sujeto tiene sobre su ser. Todavía no tenemos un síntoma, lo que tenemos es un primer momento caracterizado por este rasgo del “no sé”. No hay aún una pregunta; es un punto de detención, un punto de desalojo del sujeto. El sujeto queda desalojado de esa escena con la que habitaba el mundo: no sabe quién es, no sabe qué quiere. El sujeto queda arrojado al mundo sin escena. Un sujeto que se ubica como un objeto pasivo del sufrimiento: “no sé, no sé, no sé qué hago entonces con esto que no sé”. Aparece una dimensión de la angustia: ubico aquí el registro de la angustia para poder situar uno de los registros que es más bien del orden de la presencia del cuerpo. Es la angustia en el orden del punto de detención del relato, que supone un padecimiento mudo. A veces la angustia toma la forma de fenómeno, a veces no, pero tiene el valor de punto de detención y de presencia de un padecimiento que no se despliega en el relato, sino que aparece en su valor de padecimiento mudo.

Subrayo este punto porque en el primer tiempo de las entrevistas preliminares uno tiene que saber qué hacer con aquello que se presenta y para esto es necesario poder diferenciar la queja del padecimiento, no alcanza con el registro de la queja para pensar en el modo de presentación de un paciente. ¿En qué punto podemos diferenciarlas? En que la queja requiere de la palabra, mientras que cada uno sabe, al menos por experiencia propia, que es posible sufrir en silencio, donde uno no se queja. La queja convoca a la palabra. Es más, la queja llama a la palabra, la queja hace masa. Uno se queja de algo, entonces el otro dice: “yo no lo había pensado pero también me podría quejar de lo mismo”, y otro dice: “yo no me voy a quedar afuera, si todos se quejan yo también me quejo de lo mismo”. Efectivamente la queja llama a la queja, la queja hace masa. Entonces nos encontramos con las mujeres quejosas y con analistas que se quejan de sus pacientes histéricas quejosas. Y están los varones que se quejan de sus mujeres quejosas, algunos de los cuales se analizan para quejarse de las quejas de sus mujeres. Y no faltan los analistas que se quejan de esos hombres que no hacen otra cosa que quejarse de las quejas de sus mujeres. Efectivamente, la queja hace masa, llama a la palabra.

El padecimiento puede prescindir de la palabra, no requiere estructuralmente de ella. Es solidario más bien de la dimensión de la angustia como presencia del cuerpo mudo. Para la dimensión de la queja tenemos a nuestro prócer que es Dora (la patria psicoanalítica tiene un prócer de la queja, Dora, quien no hacía casi nada más que quejarse y cuyas quejas inquietaban a más de uno). Pero a veces uno se fascina demasiado con los próceres y se olvida de que hay un registro de la clínica que pasa por otros lugares. Freud no se olvidó: Así como está Dora, también está Elisabeth von R., lo que pasa es que tenía menos brillo. Elisabeth era una paciente con ciertas particularidades, que presentaba dolores en las piernas que le imposibilitaban caminar y por lo cual estaba postrada. En principio, ella no había querido tratarse, la llevan los padres porque alguien la deriva. Freud dice que sentía una actitud un poco burlona de parte de Elisabeth, como que estaba ahí porque no tenía más remedio, entonces despreciaba la situación; no hablaba mucho, y estaba tirada en la cama desde hacía mucho tiempo. Aparece un registro que hoy en día se presenta en el orden de esos pacientes que no demandan, esos pacientes que sufren sin quejarse, que no esperan nada de los otros, que son traídos a la consulta por otros, sus padres o un juzgado, por ejemplo, y donde no esperan gran cosa del encuentro con un analista. Esto nos lleva a pensar la consulta de pacientes melancolizados, donde el padecimiento no toma la forma de la queja, sino del sufrimiento mudo.

¿Qué hace Freud? La invita a hablar. Él apuesta a que este sufrimiento, este padecimiento mudo, ese cuerpo, esa angustia, pueda ser tramitada por la palabra. En los escritos técnicos Freud se pregunta por el motivo de este tratamiento. El tratamiento de prueba, ese ensayo previo que propone. ¿Nos regimos con las reglas del análisis o no en ese momento? Dice que sí y que no al mismo tiempo; porque si nos regimos por las reglas del análisis no es un tratamiento de prueba, no es una entrevista preliminar. Pero como apuntamos a producir un análisis entonces no puede ser totalmente ajeno, por lo tanto Freud señala que lo fundamental es posibilitar la prosecución del relato. ¿Por qué? Porque con pacientes como Dora no hace falta, está garantizado, no va a parar de quejarse, y por lo tanto de hablar. El problema son los pacientes como Elisabeth, ya que alguna intervención poco feliz puede llevar a que esa paciente que había comenzado a hablar vuelva al punto de ese padecimiento mudo. La paciente no esperaba nada de él, por lo tanto, Freud tenía que justificar su presencia casi al modo de aquellos que trabajan, por ejemplo, en una guardia o en una sala de internación y se encuentran con un paciente que no espera nada, entonces encuentran alguna justificación, alguna legitimación de su presencia en el orden de un dispositivo ritualizado: vamos a jugar al ajedrez, a dar una vuelta por el parque, a tomar unos mates, simplemente para legitimar su presencia. Freud lo hace al modo de esa época, que es pinchar con algunos electrodos las piernas y ver cómo responde porque no había más que un padecimiento mudo. Finalmente, logra situar lo que él llama un nexo entre la dolencia de ese cuerpo y una historia de padecimientos, es la cuestión de la enfermedad del padre y ella que había tenido que cuidarlo. Pero antes de eso, ella se había sentido apenada porque el problema no eran solamente los dolores del corazón del padre, sino otros tipos de penas del padre por haber tenido tres hijas mujeres, entonces cuando nació Elisabeth, que era la tercera, el padre esperaba tener un hijo varón para que pudiera ser su amigo. No daba más el pobre, había tantas mujeres en la casa que quería que al menos uno fuera varón, ¡y a ella se le ocurre nacer mujer! Entonces, ella sentía que intentaba ubicarse en esa posición del amigo que el padre no había tenido, del hijo varón que el padre no había tenido. Después, la pena por la muerte del padre y la consecuente infelicidad de la madre, por lo cual ella intenta suplir al padre para la madre, para que la madre recupere la dicha perdida. Se los resumo, aparece una profusión de cosas dramáticas. El padecimiento ya no del cuerpo, sino el padecimiento inscripto en la historia. ¿Pero ésta no era la muda? Freud ha logrado que Elisabeth produjera una queja. Freud hizo de Elisabeth una Dora cualquiera…

La rectificación de la relación del sujeto con lo real tiene así una primera dimensión que es el pasaje del sufrimiento mudo a la queja. ¿Pero cómo –dirán– no era que lo que había que tratar era que el paciente no se queje? Cuando el paciente se queja hay que preguntarse qué hacemos con esa queja. Cuando el paciente no se queja es necesaria la producción de la queja porque ésta es la tramitación del cuerpo mudo por la palabra, la tramitación de esa angustia por la palabra. Hay pacientes cuyo problema no es cómo hacer para que no se quejen, sino que es necesario producir primero la dimensión de la queja. Son esos pacientes que llaman por teléfono y dicen que no tienen ganas de nada, ni siquiera de venir a sesión; hay que decirles: “venga a quejarse”.

En este punto de la queja tenemos ya un relato, pero hay todavía un resto de la posición anterior. Este resto es la posición pasiva. Ya no es la posición pasiva por la ausencia de producción de la palabra, es la posición pasiva en la que se sostiene una actividad en el registro de la palabra. Habla, pero, sin embargo, el resto de la posición pasiva se juega en la posición de víctima del sufrimiento.

Hay un registro de la posición pasiva en este primer momento previo a la producción del síntoma, donde lo que se presenta es el padecimiento mudo. La pasividad jugada, por ejemplo, en el orden de la producción discursiva. La palabra queda a cargo del Otro.

Es en un segundo momento donde Freud ubica esta producción de la queja que supone el nexo entre la dolencia y el terreno del discurso. Hay actividad, entre otras, actividad de descarga, actividad catártica: la descarga de ese cuerpo de la angustia, angustia que se gasta, se descarga, hablando.


1)- Padecimiento mudo posición pasiva
2
catarsis
)- Queja dolencia

historia de padecimiento


En este punto Elisabeth se da cuenta ya de que lo que a ella le pasa es porque el padre se enfermó del corazón, que ella no nació varón como el padre hubiera querido, que el padre se murió, que la madre se deprimió y se melancolizó cuando se murió el marido, y que se murió la cuñada. Es decir, una víctima pasiva del triste destino que le tocó en suerte en la vida. ¿Qué podemos hacer con una paciente que nos presenta el padecimiento como efecto de semejante mala suerte? ¿Consolarla? ¿Qué puede hacer el analista con eso, procurarle otra vida, otro nacimiento, otros padres? Se ha logrado establecer ese nexo entre la dolencia y la historia de padecimiento. Si no se hubiera producido algo más, todo eso no hubiera alcanzado a configurar ninguna historia clínica porque no nos serviría para entender la causación y determinación del síntoma, como señala Freud en la página 159 de Estudios sobre la histeria. A él no le interesaba saber por qué sufrió, le interesaba saber por qué ese sufrimiento produjo ese síntoma, por eso todavía no interpreta, porque todavía no es el momento de interpretar. Todavía no hay síntoma a interpretar. A Freud no le interesaba saber por qué sufre la gente cuando le va mal en la vida, porque eso es lo esperable, lo que le interesaba saber era por qué ese sufrimiento toma la forma del síntoma. Es otra pregunta, y con esta otra pregunta se analiza de otra forma. Y un analizante se analiza de otra forma cuando el análisis no apunta a que él comprenda por qué sufrió en la vida, sino que intenta desentrañar qué hizo él con ese sufrimiento. ¿Por qué no interpretar aún? Porque en realidad todavía en este punto no hay más que un “no sé quién soy” y entonces la demanda que le corresponde es la demanda de saber quién es él.

Un segundo momento de la rectificación del sujeto con lo real, el más “clásico”, es ahora el pasaje de la queja a la implicación subjetiva.


1º momento de la R.R.R.: pasaje del sufrimiento mudo a la queja, producción de la queja.

2º momento de la R.R.R.: pasaje de la queja a la implicación subjetiva.
El primer momento de la rectificación de la relación del sujeto con lo real, supone el pasaje del sufrimiento mudo a la queja. Pero a Freud no le alcanza con la queja porque ubica al paciente como víctima del padecimiento, de ese destino que le tocó en suerte. Entonces a lo que apunta es a lo que postula como conflicto psíquico, que lo ubica como efecto de la defensa; es algo que supone un modo de implicación del sujeto, de responsabilidad del sujeto. ¿Cómo lo sitúa con respecto a Elisabeth? Ahí donde él no se contenta con toda esa historia dramática que ella cuenta de su vida, le pregunta por la “impresión psíquica” a que se anudó el primer momento de producción del síntoma. Elisabeth recuerda entonces que los síntomas aparecieron después de una situación donde ella estaba abocada al cuidado del padre enfermo (era una especie de enfermera del padre y no aceptaba otra cosa). Pero había un muchacho que le proponía encontrarse y ella le decía que no tenía tiempo, que no podía, hasta que tanto insistió que accedió a salir con él. Cuando regresa de su cita, encuentra que el padre empeoró. Recuerden que Elisabeth estaba en el lugar del hijo varón y amigo que él no había tenido, con lo cual si esta chica sale con un hombre... ¿cómo, no era varón ella? ¿Cómo es que sale con un hombre? Entonces dice Freud, se le presentó un caso de inconciliabilidad entre dos registros. Un conflicto psíquico, un caso de de inconciliabilidad entre el círculo de representaciones de los deberes hacia el padre enfermo, por un lado, y lo que Freud nombra como una representación o deseo erótico, por el otro. El “círculo de representaciones de los deberes hacia el padre enfermo” es el modo de nombrar el yo: un círculo de representaciones homogéneas que le permiten a ella reconocerse, decirse “sé quien soy”, que le permiten nombrarse como la enfermera del padre, con todo lo que eso implica. Hasta ese momento funcionaba como una instancia de reconocimiento, lo que ubicamos como la solidaridad entre el placer, el sentido y la escena; pero aparece una representación que no encaja en el círculo de representaciones porque, de entrar, ya el círculo de representaciones deja de ser homogéneo, por lo tanto es necesario reprimirla. Una representación es algo que la representa en el punto de su deseo, que en esta situación podríamos situar como ser “la mujer de un hombre”, es un significante que la representa como sujeto, sólo que para otra representación, porque ella se nombra no sólo como la enfermera del padre, sino también como la mujer de un hombre, y las dos representaciones resultan inconciliables para ella.

¿Por qué para Freud éste es el momento donde puede comenzar a pensar en la producción del síntoma como tal? ¿Por qué hasta aquí a él le parecía que no era más que una novela, un culebrón, y recién ahora puede pensar en lo que a él le interesa que es la “determinación del síntoma”? Por una única y exclusiva cuestión que cambia radicalmente la historia. Recién aquí lo que aparece es algo del orden de lo que a ella le ocurrió, de lo que ella deseó: ser la mujer de un hombre; y de lo que ella hizo con ese deseo: lo reprimió. Porque desde ese momento nunca más salió con ningún hombre. Hay que evitar, sin embargo, confundir responsabilidad con culpabilidad. No es cuestión de decirle “esto te pasó por desear a un hombre”, eso lo podría decir el padre, al que parece que no le había gustado nada que ella saliera con un hombre. De lo que se trata es de la producción de un deseo y lo que a ella le ocurrió con ese deseo propio. Es aquí donde ahora podemos hablar de implicación subjetiva, que no es que alguien se pregunte ¿por qué me pasa lo que me pasa? y rápidamente encuentre una respuesta yoica, porque la respuesta yoica es siempre masoquista. ¿Por qué me pasa lo que me pasa? “Porque soy débil, porque no tengo autoestima, porque soy más o menos tonto”. Entonces, si en las primeras entrevistas rápidamente se arma algún sentido con las primeras referencias del paciente a lo que le pasa, y el paciente empieza diciendo “lo que pasa es que soy medio tonto” y el analista le responde “no es tan tonto como usted cree”, le está diciendo que es tonto, sólo que no tanto... La implicación subjetiva no es que alguien se implique en reconocer que es más o menos tonto; la implicación subjetiva supone cierto desplazamiento del acento del yo a otro registro que Freud llama deseo inconsciente. El deseo inconsciente es otro modo de nombrarse, otro punto de representación del sujeto. Un modo de nombrarse que implica que ya no podría reconocerse unívocamente, con lo cual Elisabeth quedaría entonces dividida entre lo que sabe de sí, ese “sé quién soy” (la “enfermera del padre”) y eso que no sabe de sí y que Freud lo nombra “deseo erótico” (la “mujer de un hombre”).

El primer momento es “sé quien soy”, el segundo momento es “no sé quien soy”, y

el tercer momento es la producción del “¿quién soy?”, es decir, el síntoma como pregunta.




  • 1º momento: sé quien soy

  • 2º momento: no sé quién soy

  • 3º momento: ¿quién soy?







Compartir con tus amigos:


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos