Elisabet Sahtouris es bióloga y ecóloga



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____________________________________________________________Elisabet Sahtouris

Gaia, la Tierra

Viviente
El itinerario de la conciencia

del caos al cosmos

Elisabet Sahtouris es bióloga y ecóloga. Norteamericana de ascendencia griega, reside alternativamente en los Estados Unidos y en una isla del mar Egeo. Recibió su doctorado en Canadá y ha realizado investigaciones de postgrado sobre evolución comparativa del cerebro en el Museo de Historia Natural de Nueva York y en Massachussets, donde también ha enseñado en el renombrado Massachusetts Institute of Technology (MIT) y en la Universidad del mismo Estado. Muy solicitada para dar conferencias en distintos países de Europa y América del Norte ha sido guionista de temas científicos para la televisión de Boston y la BBC de Londres y ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas. Es miembro fundador de WISnet, Red Mundial de Ciencia Indígena, miembro del Parlamento de la Tierra y del Comité Internacional de Mujeres para el Desarrollo Sustentable y el Futuro Alternativo. Hasta la fecha, Gaia, la tierra viviente, su primer libro, ha sido traducido a ocho idiomas.

Prólogo


La hipótesis Gaia, a la que ahora se le otorgó la condición de teoría Gaia, madura con la experiencia y las pruebas del tiempo, un proceso parecido a lo que les sucede a los seres humanos de este libro. Incita a la producción de una gran cantidad de investigación científica acerca de la geofisiología de nuestro planeta viviente. También estimula la producción de concepciones filosóficas acerca de lo que significa para nuestra especie, formar parte de un planeta viviente. Algunas de estas concepciones se mantienen con cautela dentro de los límites aceptados de la ciencia; otras poseen una inclinación religiosa. La mayoría, en particular las concepciones ambientalistas, defienden a la humanidad y se interesan primariamente por la supervivencia humana. Unas pocas, por seguir la pista de mi compañera Lynn Margulis y de mí mismo, abogan por el planeta y por los muy difamados microbios con los que se originó el Sistema Galano y que continúan realizando su tarea fundamental.

La concepción de Elisabet Sahtouris integra la evolución gaiana científica con la búsqueda humana por conectarnos con nuestras raíces y nos inspira a aprender de los miles de millones de años de experiencia gaiana en la autoorganización de sistemas vivientes viables. Representa un buen equilibrio entre la defensa del planeta y la defensa de los seres humanos, y ubica sobre los seres humanos la carga de reconocer la falta de madurez implícita en la creencia de que podemos manejar el planeta y de aprender, en cambio, a seguir el ejemplo de éste para organizarnos entre nosotros.

Elisabet nos entrega valiosas demostraciones de su ingenio a medida que traza paralelos entre la evolución de las células y la evolución de la sociedad humana, y señala el contraste entre la saludable organización de células, organismos y biosistemas, por un lado, y la insalubre organización de economía y política dentro de la sociedad humana por el otro. Argumenta que nuestra evolución social no se encuentra tanto bajo nuestro control como nos gustaría creer y nos advierte que nuestra supervivencia depende de que cumplamos con la exigencia evolutiva de transformar una explotación competitiva en un sinergismo cooperativo.

En el conjunto, su consejo tiene sentido porque ella misma se tomó la molestia de aprender directamente de la naturaleza, así como también del creciente cúmulo de conocimientos científicos acerca de la naturaleza. Al comienzo del prefacio de mi libro Las edades de Gaia, dije que el lugar en el que se escribió era relevante para su entendimiento. Vivir y trabajar en la zona rural de Devonshire, lejos de las universidades y de las grandes organizaciones de investigación, me vuelve un científico excéntrico pero, como dije, es la única manera de trabajar sobre un tópico tan poco convencional como Gaia. Había aceptado la invitación de Elisabet para rastrear las raíces de Gaia en Grecia; y cuando la conocí, encontré en ella un espíritu afín. Ella había abandonado las academias por un estilo de vida simple en el tipo de marco natural que lo hace a uno acercarse a la comprensión de qué significan nuestro planeta y nuestra especie; ella tenía la libertad para desarrollar su propia concepción de Gaia mediante una síntesis del conocimiento científico y la experiencia personal de la naturaleza. Para mi sorpresa, manifestó cierta preocupación, cierta culpa por haber abandonado su profesión científica por una placentera existencia en un bosque con vista al mar, la clase de bosque que había constituido su hogar durante la infancia, donde pudo elaborar por sí misma el significado de las cosas. Puesto que leía su trabajo a medida que avanzaba, pude asegurarle que jamás habría hecho algo comparable dentro del restringido marco académico.

En los años que sobrevinieron, aun en el corto lapso transcurrido desde que escribí mis propias palabras acerca de que Gaia representaba un tópico poco convencional, algunos científicos menos excéntricos que yo declararon a Gaia más convencional, con lo cual quiero decir que la teoría de Gaia se reconoce hoy como una base legítima y fructífera para la investigación científica y, por lo tanto, se integra al rebaño de las ciencias. En nuestra primera descripción de Gaia como un sistema, ni Lynn Margulis ni yo comprendíamos con exactitud qué era lo que describíamos. Nuestro lenguaje tenía una tendencia antropomórfica y, en particular en mi primer libro Gaia, poética. Como era de esperar, algunos científicos mal interpretaron nuestras intenciones y nos acusaron de decir que los organismos actuaron a partir de algún propósito incorporado con el fin de regular el clima y la composición química del planeta. Por supuesto, la idea de un propósito en los sistemas naturales constituye un tabú científico, un pecado de herejía. Esta herejía se evita en la versión moderna y más clara de la teoría de Gaia. Esta teoría considera que la evolución del entorno material y la evolución de los organismos están estrechamente asociadas en un único e indivisible proceso o reino. Gaia, con su capacidad de homeóstasis, es una propiedad emergente de este proceso. No existe necesidad de invocar nociones de propósito o previsión en la evolución de Gaia, no más que en la evolución de nuestro propio organismo dentro de ella.

Como lo expone el título de un artículo reciente aparecido en la revista Science, "Ya no más premeditada, Gaia se vuelve respetable". Esto significa que los científicos de Gaia se verán restringidos por las fuerzas burocráticas, por las presiones de la competencia autoral y por las divisiones y reglas tribales de las disciplinas científicas. Esto, a su vez, significa que necesitaremos algún antídoto contra las inevitables separaciones y restricciones. Necesitaremos sintetizadores y visionarios independientes que puedan extraer un sentido de los datos producidos por el "establishment" científico y presentarlos de forma tal que nuestro planeta viviente se nos haga real dentro del contexto gaiano y les dé, así, un sentido a nuestras vidas y a las de nuestros hijos y nietos.

Esto es lo que significa para mí el trabajo de Elisabet Sahtouris, puesto que integra con comodidad los dominios tradicionalmente separados de la biología, la geología y la ciencia atmosférica, para mostrarnos la evolución de nuestro planeta viviente y nuestras propias raíces dentro de él. Luego nos inspira sobre el terreno ético para aprender de este organismo planetario del que formamos parte y nos muestra cómo podemos madurar como una especie bien integrada a la danza mayor de la vida.

Elisabet utiliza la metáfora de la danza de manera efectiva por sus conceptos de improvisación y evolución, la creación del orden a partir del caos, la innumerable cantidad de patrones que pueden crearse a partir de unos pocos pasos básicos. Yo mismo soy inventor de instrumentos científicos y por ende tengo la costumbre arraigada de pensar en términos de modelos mecánicos y matemáticos. Los modelos cibernéticos demostraron ser particularmente útiles en mi trabajo de demostrar cómo podría funcionar la homeóstasis gaiana, como, por ejemplo, el mantenimiento de la temperatura de la tierra. Pero concuerdo con Elisabet en que cualquier modelo que, construyamos de la naturaleza es, en el fondo, metafórico, por cuanto comienza con alguna imagen o fórmula que nos resulta familiar a los seres humanos y que se utiliza para representar las complejidades de la naturaleza de un modo simple, comprensible y útil. Ninguna metáfora debería confundirse con la realidad, y quizás una diversidad de metáforas constituya el seguro contra la tentación de hacerlo. Cada vez me impresionan más los científicos y filósofos que descubren metáforas no-mecánicas útiles para interpretar la teoría de Gaia y aplicables a los sistemas naturales.

El análisis que Elisabet hace de la ciencia refleja una tendencia, que bien podría volverla tan irreconocible, en un futuro cercano, como lo sería la ciencia actual para los antiguos. Hace bien en recordarnos que la ciencia es una actividad humana que evoluciona, un sistema viviente en el que el conservadurismo debe equilibrarse mediante una saludable controversia. Después de todo, como ella tan bien describe, todos los sistemas gaianos están permanentemente ocupados en resolver su cooperación más allá de sus intereses conflictivos, en elaborar sus acuerdos a través de la diversidad.

La visión optimista que irradia este libro, una visión en la que, a pesar de nuestros errores e inmadureces, podemos todavía transformarnos en una especie saludable dentro de un planeta sano, resulta muy necesaria en esta época de predicciones acerca del fin del mundo. Aunque el tiempo se acorta cada vez más en nuestra continua destrucción de los bosques, las atmósferas y otros sistemas gaianos cruciales, personalmente nada me haría más feliz que ver que la teoría de Gaia resultara útil para dar origen a un mundo mejor para Gaia y su gente.


JAMES E. LOVELOCK

Coombe Mill, Cornwall, Inglaterra

Palabras de la autora

Este libro es una obra de filosofía, en su sentido originario de una búsqueda del conocimiento, de una guía práctica en los asuntos humanos a través de una comprensión del orden natural del cosmos al que pertenecemos. Guarda poca semejanza con lo que hemos dado en llamar filosofía, puesto que aquel esfuerzo se separó de la ciencia natural y se volvió más un ejercicio intelectual que una guía práctica para vivir.

Para descubrir un significado y una guía en la naturaleza, integré mi experiencia personal acerca de ella con aquellas descripciones científicas que parecían amoldársele mejor. A partir de esta síntesis, surgieron libremente el significado y las lecciones para la humanidad. Realicé el trabajo dentro del marco pacífico y natural de un pequeño y antiguo pueblo en una pequeña isla griega arbolada de pinos, donde pude considerar la investigación y los debates de científicos, historiadores y filósofos, y luego ponerlos a prueba contra el mundo natural que intentaba comprender.

Puse en palabras simples el lenguaje técnico especializado de los científicos y anduve serpenteando a través de laberintos de prosa filosófica, hasta que gradualmente simplifiqué la historia de los orígenes y la naturaleza de nuestro planeta dentro del cosmos más grande, y de nuestros orígenes, naturaleza e historia dentro del ser más grande que constituye nuestro planeta.

La hipótesis Gaia, actualmente teoría Gaia, de James Lovelock y Lynn Margulis, sostiene que nuestro planeta y sus criaturas constituyen un sistema único autorregulador. Este es de hecho un gran ser u organismo viviente, es la concepción de realidad física en la que mi filosofía tiene su raíz. Simplemente, posee mayor sentido en todos los niveles -intuitivo, experimental, científico, filosófico y hasta estético y ético- que cualquier otra concepción que yo conozca. Y, durante el transcurso de este libro, he llegado a creer que esta concepción contiene profundas y apremiantes sugerencias para toda la humanidad.

Para asegurarme de que mi visión de la evolución y la historia se mantendría simple y dentro de un foco nítido, relaté continuamente su esencia y algo más que unos pocos detalles en un estilo semejante al del antiguo narrador de cuentos (si bien menos poético) durante muchas veladas sociales entre mis amigos del pueblo griego. También escribí la historia en inglés en una versión infantil antes de emprender una versión adulta.

Para mi sorpresa, esta deliberada ejercitación en la simplicidad demostró ser más difícil que escribir para un auditorio profesional, porque al desnudar nuestro lenguaje intelectual para llegar a la esencia de lo que se quiere decir, debemos asegurarnos de que la esencia esté verdaderamente allí, que sea en verdad coherente. La ciencia constituyó un proceso de diferenciación de nuestro conocimiento en una increíble profusión de detalles precisos, pero estos detalles se desconectan cada vez más unos de otros y claman por una integración en conjuntos coherentes. No tengo dudas de que seré acusada de un exceso de simplificación, y quizá con razón, puesto que se paga por la amplitud con la falta de detalle y precisión.

De vez en cuando mis amigos y colegas me preguntan por qué insisto en abordar toda la evolución, aun todo el cosmos, para discutir los asuntos humanos; por qué no reduzco mi campo a proporciones más viables. Mi respuesta es que lo que da el sentido es el contexto, y una búsqueda seria del contexto es un proceso que se expande cada vez más y conduce inevitablemente al contexto más grande de todos: la totalidad del cosmos. A medida que los contextos establecidos para la historia humana, en especial el contexto de la evolución, se me hicieron más claros, revelaron una simple pero elegante visión biológica de por qué nuestra condición humana se ha vuelto tan crítica y qué podemos hacer para mejorarla.

Otras personas me preguntan por qué tengo tantos deseos de salvar a la humanidad, cuando ella provoca semejante desastre social y ecológico. A esto sólo puedo responder que, hasta donde yo puedo ver, todo ser viviente o sistema saludable de la naturaleza desarrolló un comportamiento compatible con su supervivencia, y no me excluyo de este sistema natural de salud.

No puedo proclamar que la cosmovisión que surge de mi trabajo sea la "realidad", no más que cualquier otro filósofo que haya trabajado para crear una cosmovisión significativa en un determinado tiempo y lugar, haciendo uso del conocimiento científico e histórico de esa época y sitio. La filosofía es una intensa búsqueda personal que uno espera tendrá relevancia para otros, será convalidada por su experiencia, les ofrecerá cierto discernimiento y orientación o, por lo menos, los estimulará en su disconformidad para que continúen la búsqueda por cuenta propia.

No obstante, un trabajo de filosofía refleja también el contexto más amplio y la búsqueda de una cultura en un estadio particular. El punto de vista evolutivo biológico de este libro refleja un patrón emergente más amplio en busca de nuestros orígenes y dirección en la naturaleza, un redespertar de aquella búsqueda iniciada por los filósofos presocráticos originales que se remonta hasta las raíces mismas de la re-ligio, de la "reconexión" con nuestros orígenes en la naturaleza o el cosmos, dentro del cual fuimos creados y dentro del cual continuamos nuestra creación.

Paradójicamente, nuestra separación de la naturaleza, por vía de una cosmovisión mecanicista "objetiva" impuesta durante los últimos milenios condujo al conocimiento científico que hace posible comprender y reintegrarnos a la autoorganización de la naturaleza. También nos condujo a una etapa de la tecnología que nos permite compartir nuestros descubrimientos y conocimientos por todo el planeta al instante, trabajar juntos como un organismo de la humanidad, con la esperanza de trascender nuestra crisis actual en un futuro mucho más saludable y feliz para nosotros y para todo el resto de la vida terrestre.

Aunque el trabajo concreto de este libro se realizó en relativo aislamiento y sin financiación, me siento en deuda y profundamente agradecida con muchos maestros y amigos, desde las criaturas del bosque con quienes pasé mis años de juventud hasta James Lovelock y Lynn Margulis, quienes no sólo me dieron información e inspiración en estos últimos años, sino que también me transmitieron entusiasmo, confianza y oportunidades invalorables al revisar el trabajo


ELISABET SAHTOURIS

Metochi, Agistri, Grecia

1. Un relato contado por segunda vez

Todos sabemos que la humanidad está en crisis política, económica, espiritual, ecológica y por donde se la mire. Muchos consideran que la humanidad se aproxima al suicidio de la mano de su propia tecnología; otros consideran que los seres humanos nos merecemos la ira de Dios o de la naturaleza como retribución por nuestros pecados. Como quiera que lo consideremos, existe el profundo temor de que no podamos sobrevivir por mucho más tiempo. Sin embargo, nuestro instinto de supervivencia es el instinto más poderoso que tenemos y aún en el medio de la crisis no dejamos de buscar soluciones.

La propuesta de este libro es que nos reconozcamos dentro del contexto de la evolución biológica de nuestro planeta, como una especie joven y aún experimental, cuyos estadios de desarrollo son comparables paralelamente a los estadios de nuestro desarrollo como individuos. Desde esta perspectiva, la humanidad se encuentra en este momento en plena crisis adolescente y, precisamente por eso, a punto de entrar en la madurez, en condiciones de alcanzar la verdadera humanidad en todo el sentido de la palabra. Como un adolescente en problemas, tendemos a permitir que la atención puesta sobre la crisis en sí o sobre nuestra búsqueda frenética de soluciones específicas, ya sean políticas, económicas, científicas o espirituales, nos deprima y nos ciegue la visión del cuadro más amplio, de las auténticas vías de ayuda. En cambio, si tratamos humildemente de obtener la ayuda necesaria de la misma naturaleza que nos engendró, encontraremos claves biológicas para resolver de inmediato todos nuestros problemas más importantes. Veremos cómo realizar la saludable transición hacia la madurez.

Algunas de estas claves biológicas conviven diariamente con nosotros, a lo largo de toda nuestra existencia, en nuestro propio cuerpo; otras pueden encontrarse a lo largo de las diversas edades y estadios de desarrollo del organismo viviente más grande del cual formamos parte: el planeta Tierra. Cuando hayamos reconocido estas claves, nos sorprenderá el hecho de no haber las descubierto durante tanto tiempo.

La razón por la cual las hemos pasado por alto es que aún no hemos comprendido que somos seres que vivimos dentro de un ser más grande, de la misma manera en que nuestras células son parte de cada uno de nosotros. Por miles de años, pero desarrollada con más fuerza en apenas los últimos cien años de ciencia, nuestra herencia intelectual nos ha llevado a considerarnos como una parte separada del resto de la naturaleza, a convencernos a nosotros mismos de que la vemos objetivamente -a cierta distancia de nosotros- y a percibirla o al menos modelarla como un vasto mecanismo.

Las bases de esta visión objetiva y mecanicista del mundo fueron sentadas en la antigua Grecia cuando los filósofos se dividieron en dos escuelas de pensamiento acerca del mundo: una sostenía que toda la naturaleza, incluyendo a los seres humanos, estaba viva y era autocreadora, siempre produciendo orden del desorden; la otra sostenía que el mundo "real" no podía conocerse a través de la experiencia directa, sino sólo por medio de la razón pura, y que era la creación geométrica de Dios, permanentemente mecánica y perfecta tras nuestra ilusión de su desorden. Esta visión mecánico-religiosa del mundo reemplazó a la anterior visión de una naturaleza viviente y se transformó en el fundamento de toda la concepción occidental del mundo hasta nuestros días.

Así, filósofos como Pitágoras, Parménides y Platón fueron los padres fundadores de nuestra concepción mecanicista del mundo, si bien Galileo, Descartes y otros pensadores del Renacimiento la transformaron en la aventura científica y tecnológica que dominó la experiencia humana desde entonces.

¿Qué hubiera sucedido si las cosas hubiesen marchado por el otro rumbo? ¿Qué hubiese ocurrido si Tales, Anaximandro y Heráclito, los filósofos orgánicos que consideraban a todo el cosmos como un ser vivo, hubiesen triunfado en aquel antiguo debate griego? ¿Qué hubiera pasado si Galileo, al experimentar con el telescopio y el microscopio, hubiera utilizado este último para buscar evidencias que sustentasen la teoría de Anaximandro acerca de la evolución biológica aquí en la Tierra, en lugar de inspeccionar los cielos para confirmar la mecánica celeste de Aristarco? En otras palabras, ¿qué hubiese ocurrido si la ciencia moderna y nuestra concepción de la sociedad se hubieran desarrollado a partir de la biología orgánica en lugar de hacerlo a partir de la física mecánica?

Nunca sabremos cuán diferente hubiese sido el curso de los acontecimientos de la humanidad si se hubiera tomado este rumbo, si la física se hubiese desarrollado a la sombra de la biología en lugar de hacerlo a la inversa. Con todo, parecería que estábamos destinados a encontrar a la larga la senda biológica, puesto que la concepción mecanicista del mundo con la que hemos convivido durante tanto tiempo está dando paso a una concepción orgánica; para ser justos, una concepción orgánica hecha posible gracias a la misma tecnología nacida de nuestra concepción mecanicista.

La misma tecnología que nos permite extendernos hacia el espacio nos ha permitido comenzar a reconocer la verdadera naturaleza de nuestro propio planeta, descubrir que está vivo y que es el único planeta viviente entre los que circundan nuestro sol. Las consecuencias de este descubrimiento son inmensas y apenas hemos comenzado a investigarlas. Nos quedamos asombrados cuando los astronautas informaron que la Tierra se veía desde el espacio como un ser viviente, y nos impresionó su belleza visiblemente viva cuando las imágenes desfilaron frente a nuestros propios ojos. Pero nos ha tomado cierto tiempo acumular evidencias científicas de que la Tierra es un planeta vivo, en lugar e tratarse de un planeta con vida sobre su superficie, y muchos científicos continúan oponiéndose a esta nueva concepción debido a sus profundas consecuencias en cuanto a la necesidad de un cambio en todas las ramas de la ciencia, por no decir en toda la sociedad.

Al principio, resulta difícil comprender la diferencia entre un planeta con vida sobre su superficie y un planeta vivo. Tomemos, por ejemplo, la palabra, el concepto, la práctica de la "ecología", con la cual nos hemos familiarizado a lo largo de las pocas décadas en que hemos tomado conciencia de nuestra contaminación y la destrucción del ambiente del cual depende nuestra existencia. Nuestra comprensión y práctica de la ecología ha sido un paso grande e importante hacia la comprensión de nuestra relación con el medio ambiente y con otras especies. No obstante, aun dentro de nuestra seria preocupación ambiental, todavía no llegamos a reconocernos a nosotros mismos como integrantes de un organismo viviente mucho mayor. Una cosa es ser cuidadosos con nuestro medio ambiente para que dure y permanezca benigno y otra muy distinta es tomar profundo conocimiento de que nuestro medio ambiente, al igual que nosotros mismos, forma parte del cuerpo de un organismo terrestre.

No obstante el hecho de que nuestro estudio de la Tierra como un organismo vivo es aún reciente, conocemos ya aIgo acerca de su desarrollo como "embrión" y su actual fisiología. La tierra se transformó en una profusión de especies vivientes organizadas en diversos ambientes casi de la misma manera en que un huevo fertilizado se transforma en una profusión de células diferentes organizadas en diversos órganos, sólo que, en el caso de la Tierra, el organismo madura sin romper su cascarón.

Los materiales de la corteza terrestre se transformaron en especies primitivas, las cuales generaron cada una su propio medio ambiente; a su vez, estos ambientes definieron el destino de las especies. Este es un proceso semejante al que sufren las células en nuestro desarrollo embriológico, en el cual generan su propio entorno y, a la vez, son generadas por él. En cuanto a la fisiología, sabemos que la Tierra, igual que cualquiera de sus criaturas de sangre caliente, regula su temperatura de forma tal que permanezca dentro de los límites saludables para la vida, a pesar del aumento constante del calor del Sol. Y así como nuestros cuerpos renuevan y ajustan permanentemente el equilibrio de sustancias químicas en nuestra piel, sangre, huesos y demás tejidos, de la misma manera la Tierra renueva y ajusta continuamente el equilibrio de sustancias químicas dentro de su atmósfera, mares y suelos. En la actualidad, conocemos sólo en parte el funcionamiento de estos sistemas fisiológicos, parte queda aún por descubrirse; lo mismo sucede con los sistemas fisiológicos que intervienen en nuestro cuerpo. Sin duda, resulta cada vez más obvio que no estamos estudiando la naturaleza mecánica de la Nave Espacial Tierra, sino la fisiología auto-creadora, la dinámica de automantenimiento de un planeta vivo.

Todavía consideramos al moderno concepto de una Tierra Viva -denominada Gaia en honor a la diosa de la tierra del antiguo mito griego- más como una metáfora poética o espiritual que como una realidad científica. Sin embargo, el nombre de Gaia no fue elegido con la intención de sugerir que la tierra es un ser de sexo femenino -la reencarnación de la Gran Diosa o la misma Madre Naturaleza- o de iniciar una nueva religión (aunque difícilmente nos haría daño adorar a nuestro planeta como un Ser Superior cuya existencia hemos intuido desde tiempos inmemoriales). Sencillamente fue elegido con la intención de designar el concepto de un planeta vivo, a diferencia de un planeta con vida sobre su superficie.

En realidad, "Gaia", o la forma romana "Gea", era el nombre con que se designaba a nuestro planeta antes del actual "Tierra”. Se perdió en la transformación que sufrieron las palabras, a través de diversas lenguas, desde el griego antiguo hasta llegar a nosotros. En griego, nuestro planeta se denominó siempre Gaia, con su escritura alternativa "Ge", la cual interviene en palabras compuestas de nuestro idioma tales como: "geología", la formación de la Tierra; "geometría", la medición de la Tierra; "geografía", el trazado de mapas sobre la configuración de la Tierra. De acuerdo con la práctica habitual de denominar a los planetas con nombres de divinidades griegas en su versión romana, deberíamos llamar a la Tierra con el nombre, de "Gea". En griego, así como en inglés, se utiliza siempre la misma palabra (tierra) para denominar sus dos acepciones: el mundo y el suelo; el antiguo "Ge" se transformó en el actual "Gi", que se pronuncia "Yi". La palabra inglesa "earth" (Tierra) proviene de una vieja raíz griega que significa "trabajar el suelo"; o también de "ergaze", que derivó en el nombre de la diosa nórdica de la tierra "Erda", luego al alemán "Erde" y finalmente al inglés "Earth". Aun así, la palabra "earth" denota una deidad femenina.

La intención de toda esta digresión es la de procurar que el nombre de Gaia sea más aceptable para aquellos que aún consideran que este nombre y su imagen son, de alguna manera, inadecuados para representar un concepto científico. Consideremos ahora también el mito en sí mismo, el mito de la creación de la danza de Gaia.
* * *
La historia de la danza de Gaia comienza con una imagen nebulosa de remolinos turbulentos, en medio de la negra nada que los antiguos griegos denominaban Caos, imagen que nos recuerda las fotografías recientes de galaxias arremolinándose en el espacio. En el mito, esto representa a la diosa danzante Gaia, envuelta entre velos blancos mientras gira dando vueltas a través de la oscuridad. A medida que ella misma se va haciendo visible y que su danza va creciendo cada vez con más vida, su cuerpo se va moldeando con la forma de montañas y valles; luego, de su cuerpo sale sudor que se reúne formando los mares. Finalmente, sus flameantes brazos agitan un cielo hecho de vientos al que ella llama Ouranos -aún hoy, la palabra griega para denominar al cielo- con el cual se envuelve, tomándolo como su protector y compañero.

Aunque más tarde ella deporta a Ouranos -en latín, Urano- hacia sus propias profundidades, por arrogarse el mérito de la creación, la fértil unión de ambos como Tierra y Cielo habrá procreado bosques y criaturas, entre ellas los Titanes, gigantes con forma humana, quienes a su vez dan origen a dioses y diosas, y, por último, a los humanos mortales.

Desde el principio, dice el mito -verdadero para la psicología humana-, las personas sentían curiosidad por saber cómo había ocurrido todo esto y qué podría depararles el futuro. Para satisfacer su curiosidad, Gaia dejó que sus conocimientos y sabiduría aflorasen a través de grietas abiertas en la tierra en lugares como Belfos, donde las sacerdotisas servían de intérpretes para el pueblo.

Miles de años después de que este mito sirviera de explicación acerca de la creación del mundo, nuestra curiosidad todavía nos acompaña. Y, en cierto sentido, los conocimientos y la sabiduría de Gaia todavía afloran desde su cuerpo, no sólo en Delfos, sino en cualquier lugar que nos interese descubrir a través de un estudio científico de nuestro planeta viviente.

El nuevo relato científico de la creación de Gaia conserva otros paralelismos con el antiguo mito. En la actualidad, aceptamos que la Tierra es un ser autocreador e independiente que vino a la vida por medio de una danza giratoria a través del espacio, transformando su corteza en montañas y valles, vertiendo cálidas humedades de su cuerpo para formar los mares. A medida que su corteza fue cobrando más vida con la incorporación de bacterias, generó su propia atmósfera, y el advenimiento del apareamiento sexual produjo finalmente las formas de vida más grandes: árboles, animales y personas.

Así, al juntar las piezas que conforman los detalles científicos de la danza de vida de nuestro planeta, se vuelve a narrar la historia de la danza de Gaia. En este contexto, la evolución de nuestra propia especie adquiere un nuevo significado con respecto a las demás. Una vez que captemos fehacientemente la realidad científica del organismo denominado Gaia y su fisiología, toda nuestra visión del mundo y nuestros hábitos estarán sujetos a cambios profundos y se nos revelará la forma de resolver aquellos problemas que hoy nos parecen los más grandes e insolubles.


* * *
Desde un punto de vista gaiano, los seres humanos constituyen un experimento, una especie a prueba que todavía está riñendo consigo misma y con otras especies, que todavía no aprendió a equilibrar su propia danza dentro de la danza de todo el planeta. A diferencia de lo que sucede con la mayoría de las otras especies, no estamos programados biológicamente para saber qué hacer; más bien, somos un experimento con libre albedrío. Esto nos otorga un enorme potencial, un fuerte sentido egoísta y una tremenda ansiedad, síndrome típicamente adolescente.

La historia de la humanidad puede parecernos muy larga cuando estudiamos todo lo que ha pasado en ella. Pero sólo conocemos unos pocos miles de años de esa historia, y nuestra existencia como seres humanos data solamente de unos pocos millones de años, mientras que la creación de Gaia ha estado funcionando durante miles de millones. Apenas acabamos de salir de la infancia de nuestra especie, pero nuestra evolución social nos modificó con tanta rapidez que nos metimos de un salto en la adolescencia.

Como veremos, los seres humanos no son las primeras criaturas gaianas en crear problemas para sí y para todo el Sistema Gaiano. Sin embargo, y a menos que las ballenas y los delfines nos hayan llevado la delantera en épocas pasadas, somos las primeras criaturas gaianas con capacidad para entender dichos problemas, reflexionar sobre ellos y resolverlos por libre elección. De hecho, este libro intenta comprobar que nuestra madurez como especie depende de que aceptemos la responsabilidad que nos cabe frente a nuestro natural patrimonio de libertad de conducta, mediante un trabajo consciente y cooperativo en favor de nuestra salud y de la de nuestro planeta.

Nuestra capacidad para ser objetivos, para considerarnos como el "yo" o como el "centro" del cosmos, como seres independientes de la naturaleza, agrandó nuestros egos; y "ego" es la palabra griega para decir "yo". Llegamos a separar el "yo" del “eso" y a creer que "eso", el mundo "allí afuera", era nuestro para hacer lo que quisiéramos con él, considerándonos los hijos favoritos de Dios o las criaturas más inteligentes y más poderosas sobre la Tierra, según la evolución natural. Esta actitud egoísta constituye uno de los factores más importantes que nos han llevado a la crisis adolescente. Por lo tanto, una actitud de mayor humildad y el deseo de aceptar cierta conducción por parte de nuestro planeta madre constituirían un factor importante para alcanzar la madurez como especie.

Todos los tremendos problemas que nos enfrentan en la actualidad son de nuestra propia creación: la desigualdad, el hambre, el peligro de una destrucción nuclear y la posibilidad de ocasionar daños irreversibles al mundo natural del que dependemos tanto como cualquier célula depende de la integridad de nuestro organismo para su subsistencia. Estos problemas se han vuelto tan inmensos que la mayoría de nosotros considera que jamás seremos capaces de resolverlos. Sin embargo, este preciso momento nos encontramos al borde de la madurez, en condiciones de reconocer que no somos perfectos ni omnipotentes pero que podemos aprender mucho del planeta materno, el cual tampoco es perfecto ni omnipotente pero tiene la experiencia de haber superado un conjunto interminable de pequeñas y grandes dificultades a lo largo de miles de millones de años.

Al considerar nuevamente la evolución, observamos no sólo que otras especies resultaron tan problemáticas como la nuestra, sino también que muchas de las situaciones competitivas más violentas se resolvieron dentro de un esquema cooperativo. Por ejemplo, el tipo de células que conforman nuestro organismo se originó a partir de una explotación entre bacterias muy semejante a la que caracteriza el histórico imperialismo entre seres humanos. Y mediante el empleo de la misma tecnología de transporte y comunicación, inventada por primera vez por aquellas bacterias al embarcarse en la empresa cooperativa que hizo posible nuestra existencia, nos unimos en un solo organismo del género humano que todavía puede ayudarnos a dar otro paso en la evolución gaiana. Si tomamos en cuenta las lecciones de la evolución, recobraremos la esperanza de que el organismo mundial del género humano recién formado pueda también aprender a adoptar la cooperación en lugar de la competencia. Los sistemas necesarios ya fueron inventados y desarrollados; sólo nos falta la comprensión, el incentivo y la voluntad.

Tal vez nos sorprenda el hecho de que la naturaleza pueda darnos lecciones de economía y política cooperativas. En las últimas décadas los sociobiólogos nos han revelado mucho acerca de la herencia animal de la humanidad, con tendencia a pintarnos un cuadro desolador, invocando nuestra herencia evolutiva como evidencia de que nunca nos curaremos de la mutua codicia y agresión territorial, y que, por ende, la avaricia económica y las guerras políticas no terminarán jamás. Pero es el propósito de este libro demostrar que estos sociobiólogos nos han presentado un cuadro engañoso, tan engañoso como la visión unilateral de toda la evolución natural sustentada por los científicos anteriores: una "pelea con uñas y dientes", la dura y competitiva lucha entre los individuos que sirvió de modelo para la construcción de nuestras sociedades modernas.

Por el contrario, la nueva visión de nuestro planeta gaiano dentro de la evolución revela una intrincada telaraña de interdependencia cooperativa, la evolución de un proyecto tras otro que armoniza los intereses opuestos. Los patrones de la evolución nos muestran la conservación creativa de la vida en toda su complejidad. De hecho, la naturaleza se asemeja a una madre que hace malabares con los recursos de que dispone para asegurar el bienestar de cada miembro de la familia mientras resuelve las diferencias de intereses para convertir a toda esa familia en una empresa cooperativa, más que en una maquinaria perfecta producto de una ingeniería de diseño racional que responde a leyes inmodificables. A pesar de que los científicos se estremecen ante tal antropomorfismo -forma humana de la naturaleza- no olvidemos que, en realidad, el mecanomorfismo -forma mecánica de la naturaleza- no es más que un antropomorfismo derivado, ya que los mecanismos son productos humanos. ¿No sería más probable que la naturaleza se asemejara en su esencia a una de sus propias criaturas, en lugar de parecerse al producto no-viviente de una de sus criaturas?

Los principales filósofos de nuestro tiempo reconocen que las bases mismas de nuestro conocimiento se enfrentan con un terremoto, y que ya no puede sostenerse una concepción mecánica de la naturaleza. Pero aquellos que se aferran a la vieja concepción temen que toda la vida humana se desmoronará si no existe una base sólida para el conocimiento de la naturaleza, basado en puntos de referencia matemáticos y leyes físicas. No pueden ver lo que cualquier niño puede observar: que los colibríes y las flores funcionan, que la naturaleza lo hace muy bien aun cuando desconozca por completo el concepto humano de cómo debe funcionar.

De hecho, la maquinaria constituye la antítesis misma de la vida. Se debe esperar que una máquina no se modifique durante los intervalos en que no se la utiliza, puesto que sólo si no se modifica seguirá siendo útil. Librada a valerse por sí misma, su entorno la destruirá con el tiempo. Por el contrario, los organismos vivos no pueden permanecer inalterables; se modifican constantemente y utilizan su medio ambiente para su provecho. Sin duda, nuestra maquinaria imita a la vida cada vez mejor; de no ser así, la ciencia mecanicista no habría avanzado en su razonamiento. Pero los modelos mecánicos no comprendieron aún su condición esencial de autocreatividad.


* * *
Estamos aprendiendo que existe más de un camino para organizar sistemas que funcionen, para producir orden y equilibrio; que se logra mayor estabilidad y elasticidad con los principios flexibles e imperfectos de la naturaleza dentro de los sistemas naturales que con las leyes mecánicas, supuestamente naturales, dentro de nuestros sistemas tecnológicos y sociales.

Diseñamos nuestras sociedades como si se tratara de maquinaria; hacemos la guerra, uno contra otro, para decidir quién posee el diseño social perfecto. Nuestro mayor conflicto reside en determinar si los individuos deben sacrificar sus intereses individuales en favor del bienestar de todos, o si el interés individual debe prevalecer soberano con la esperanza de que los intereses generales se cuiden a sí mismos.

Fuera de la especie humana, ninguna criatura de la naturaleza se enfrenta jamás con semejante alternativa y, si consultamos a la naturaleza, la razón resulta obvia. La opción carece de sentido, ya que ninguna de las alternativas puede funcionar. Ninguna criatura de la naturaleza es completamente independiente, aun cuando todo ser viviente, siente el llamado de la independencia, así se trate de una célula, una criatura, una sociedad, una especie o todo un ecosistema. Todo ser es parte de alguna criatura mayor, de manera tal que sus intereses privados deben ajustarse a los intereses de la criatura mayor a la que pertenece. Según veremos una y otra vez en este libro, esta correspondencia mutua da buenos resultados en todas partes de la naturaleza. Para encontrar las claves de cómo organizar una economía y una política viables no necesitamos siquiera buscar más allá de nuestro propio organismo, donde la diversidad cooperativa de células y órganos constituye un espléndido ejemplo de cómo resolver nuestro futuro social.

La diversidad es crucial para la naturaleza; sin embargo, parecería que los seres humanos están desesperadamente ansiosos por eliminarla, tanto en la naturaleza como entre sí mismos. Este es uno de los más graves errores que cometemos. Reducimos ecosistemas complejos a "economías" de monocultivo, y hacemos todo lo posible por persuadir u obligar a otros a adoptar nuestro idioma, nuestras costumbres, nuestra estructura social, en lugar de respetar la suya. Ambos procedimientos nos empobrecen y debilitan dentro del Sistema Gaiano.

Hacemos bien en preocuparnos por nuestra supervivencia, puesto que la ponemos en peligro de la manera más tonta. Hacemos mal en dedicar nuestra atención a salvar o a controlar la naturaleza. Gaia se salvará con o sin nosotros, y no necesita consejos ni ayuda para administrarse. Para cuidarnos, deberíamos tener la sabiduría de interferir lo menos posible con sus mecanismos y aprender de ellos tanto como nos sea posible. Nuestra tecnología produjo estragos en la naturaleza y continúa haciéndolo; pero los estragos de la tecnología se basan en nuestra codicia inhumana, nuestra ambición de lucro. No existe razón intrínseca alguna por la cual los seres humanos no podamos desarrollar una tecnología benigna, siempre y cuando aceptemos que nuestro deseo de optimizar ganancias está en completo desacuerdo con el equilibrio dinámico de la naturaleza, que la codicia impide generar salud y bienestar para todos. Ninguna otra criatura toma más de lo que necesita, y ésta debe constituir nuestra primera lección. La segunda consiste en aprender e imitar el refinado sistema de reciclaje de la naturaleza, alimentado en mayor medida por energía solar gratis.

El objetivo de este libro consiste en ayudar a preparar el camino hacia un futuro más feliz y saludable, a través de la comprensión de nuestro vínculo con el Sistema Gaiano que nos generó y del que formamos parte; una gran criatura a la que no podernos dominar ni controlar, sin importar lo mucho que esto pueda molestarnos. Podemos deteriorarla, pero nunca dirigirla; es preferible que intentemos descubrir de qué se trata, qué hacemos y qué podríamos hacer dentro de ella.

Tanto historiadores como sociólogos han expuesto que aquellos móviles agresivos y destructivos tales como dominación, conquista, control y lucro forman parte de la naturaleza humana. Pero la arqueología recoge evidencias cada vez más abundantes que indican positivamente que, durante la mayor parte de la historia de la civilización, las sociedades humanas no se basaron en la competencia y la obsesión con la muerte y la tecnología, sino en el espíritu de cooperación y veneración por la vida y la naturaleza. Parecería que la infancia de la humanidad, que duró mucho más que la adolescencia reciente, tenía como guía las imágenes religiosas de una Diosa Madre cercana y nutriente, hasta que su influencia fue reemplazada por un Dios Padre cruel y distante. A medida que salimos de la adolescencia, solemos reconocer el valor de las enseñanzas recibidas durante la infancia, y esta nueva visión histórica de nosotros mismos es la que da sustento a la tesis general planteada en este libro.

Como la creación gaiana, el conocimiento y la comprensión humanas están en permanente evolución. Ciertas partes de la historia que están a punto de leer ya habrán cambiado al momento de leerlas. Otras se modificarán en los años venideros a medida que surjan nuevos descubrimientos acerca de la Tierra-Gaia y de la historia humana. Cada uno de nosotros tiene la libertad de ayudar a descubrir nuevas porciones de la historia, de actualizar las que ya conoce y luego reinterpretar las pruebas en conjunto, puesto que, a la hora de un análisis definitivo, cada interpretación tiene su color y sabor personales.



El próximo capítulo trata acerca de los comienzos cósmicos, como contexto viviente para nuestro planeta vivo; los capítulos subsiguientes, hasta la mitad del libro, se refieren a la evolución gaiana durante miles de millones de años, antes de que los seres humanos tomaran parte en ella. Aquellos interesados en la historia de la sociedad humana pueden sentirse tentados de saltear esta parte del relato, pero la descripción científica de la evolución dentro de este libro no puede separarse de nuestra historia social humana. Se detallan los pormenores de nuestra herencia biológica, desde la antigua bacteria en adelante debido a que es allí donde yacen las claves de un futuro mejor para la humanidad. Sólo dentro de este contexto podremos apreciar nuestra condición novedosa y nuestras diferencias con el resto de la naturaleza, y descubrir al mismo tiempo la forma de sacar provecho de su vasta experiencia para insertarnos dentro de ella de una manera más armoniosa.

Hoy, todo depende de esto; el suicidio de la especie constituye nuestra única alternativa y, en realidad, no existe razón alguna por la cual debamos escaparnos de una manera adolescente en lugar de crecer, hacernos cargo de la responsabilidad adulta y cosechar los placeres de una madurez productiva. Recorramos, entonces, la evolución de la creación gaiana y de nuestra propia historia como criaturas sociales y tecnológicas dentro de esta gran danza de la vida. Veamos qué significado y qué tipo de guía podemos extraer de todo esto dentro de nuestra crisis actual, para progresar en nuestro camino hacia una completa madurez, hacia un futuro más feliz en el cual mejoremos nuestra salud y la de nuestro planeta dentro de la Gran Danza Cósmica.


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