El valor de la sangre



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cristo flagelado, cristo crucificado: mística de la sangre y del vino en la iglesia primitiva
José Antonio Molina Gómez

Dr. En Historia Antigua



Valor simbólico de la sangre en los textos bíblicos
Absolutamente todas las culturas de la tierra conceden un gran valor simbólico a la sangre. Es lo que los antropólogos llaman ‘universal cultural’1. La sangre representa la vida porque realmente la contiene, y al igual que la vida, se encuentra bajo la protección que otorga la divinidad. El papel de la sangre en los sacrificios y rituales de todos los pueblos es omnipresente y su riqueza simbólica en la Biblia es indiscutible2. La sangre siempre pertenece a Dios y simboliza la vida, que es asimismo es un don de Dios.
El ancestral tabú de la sangre surge en los textos bíblicos y forma parte del repertorio de prohibiciones rituales en situaciones de anormalidad transitoria, por ejemplo a propósito de la impureza de la sangre menstrual.3
“Cuando una mujer tenga su período normal de menstruación, será considerada impura durante siete días…Cuando una mujer tenga hemorragias fuera de su período normal de menstruación o cuando su menstruación le dure más de lo normal, será impura mientras le dure la hemorragia, con la misma impureza del período de menstruación”.

Levítico 15, 19-30
Tampoco la ingesta de sangre está permitida, de hecho éste es uno de los tabúes alimenticios más extendidos.4
“Dondequiera que habitéis, no comeréis sangre alguna, ni de ave ni de bestia. El que coma cualquier clase de sangre será extirpado de su pueblo”.

Levítico 7, 26-27
Pero además la sangre es un elemento imprescindible en ciertas funciones rituales antiguas, como por ejemplo la consagración de los hábitos.
“Tomas sangre de sobre el altar y óleo de la unción y asperjas a Aarón y a sus hijos y sus respectivas vestiduras”.

Éxodo 29, 21
Eventualmente la sangre de la criatura sacrificada se derrama sobre el suelo o sobre el altar.
“Mandó a algunos jóvenes israelitas a ofrecer holocaustos e inmolar novillos como sacrificios de reconciliación en honor del Señor. Después tomó la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Tomó luego el libro de la alianza y lo leyó en presencia del pueblo, el cual dijo: ‘Cumpliremos todo lo que ha dicho el Señor y obedeceremos’. Moisés tomó la sangre y la derramó sobre el pueblo diciendo: ‘Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con vosotros mediante todas estas palabras’”.
Éxodo 24, 5-8
Sin embargo la sangre es, por encima de todo, fuente de vida y sirve para purificar mediante el rito de la aspersión, a propósito de la purificación del leproso.
“Tomará luego el ave viva, el cedro, la cinta de lana escarlata y el hisopo (incluida el ave viva) y los mojará en la sangre del ave degollada sobre el agua corriente”.

Levítico 14, 6
“Tomará la madera de cedro, el hisopo, la cinta de lana escarlata y el ave viva, lo mojará todo en la sangre del ave inmolada sobre el agua corriente y hará siete aspersiones sobre la casa”.

Levítico 14, 51
En tanto que fuente de vida es también la sede del alma y tiene por tanto la facultad de pedir venganza, es decir, de clamar al cielo, sobre todo cuando se trata de la sangre de un inocente. La sangre del hermano asesinado, la sangre de Abel, muerto por Caín “está gritando al cielo” (Génesis 4, 10-11).
“¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano grita de la tierra hasta mí. Por tanto, maldito seas lejos de la tierra que ha abierto sus fauces para empaparse de la sangre de tu hermano derramada por ti”

Génesis 4, 10-11
Dios se presenta por tanto como el vengador de la sangre o gō’ēl. Ante todo no se debe derramar sangre humana, es uno de los preceptos de Dios para el mundo reconstituido después del Diluvio. Quien derrame sangre humana debe contar con la correspondiente venganza del Señor.
Quien derrame sangre de hombre

verá la suya derramada por el hombre,

porque Dios

ha hecho al hombre a su imagen”.

Génesis 9,6

La divinidad es el protector del débil, del suplicante, y por tanto a Dios le corresponde actuar en los casos en que se ha derramado sangre. Y en efecto, ante la muerte violenta del justo y del inocente, Dios interviene como vengador de la sangre que está clamando, pidiendo justicia al cielo, como podemos ver en el canto de Moisés Deuternomio. La venganza es del Señor y la sangre de los inocentes pertenece a Dios.5


“¡Alegraos, naciones,

con el pueblo de Dios!

Porque va a vengar

la sangre de sus siervos,

a dar su merecido a los adversarios

y a perdonar a su tierra

y a su pueblo”.



Deuteronomio 32, 43

Dios venga a aquel cuya sangre se ha derramado (Joel 4, 21) y salvaguarda a los humildes (Sal. 9, 13).


Yo vengaré su sangre,

no la dejaré impune”



Joel 4, 21

El vengador de la sangre, se acuerda de ellos,

no olvida el grito de los oprimidos”
Salmos 9, 13

Pero la sangre sirve también para algo más que para la venganza. Es asimismo señal de vida y de salvación, por tanto no es portadora de muerte ni de venganza sino de vida como en el caso de la sangre del cordero pascual, en el que la exégesis cristiana verá pronto una prefiguración del mismo Cristo y del misterio pascual.


“La sangre servirá de señal en las casas donde estéis; al ver la sangre, pasaré de largo y no habrá entre vosotros plaga exterminadora cuando yo hiera a Egipto”.

Éxodo 12, 13
El simbolismo bíblico de la sangre de Cristo
Todo este rico simbolismo de la sangre lo vamos a volver a encontrar interpretado en clave cristológica, pues el cristianismo es una religión claramente exegética y profundamente simbólica, siempre pronto a aplicar un alegorismo universal y crear cosmovisiones a partir de la hermenéutica bíblica. Por ello, el tema de la sangre de Cristo es ante todo la sangre del inocente derramada por el odio injustificado de sus enemigos. Es así desde el comienzo, pues si examinamos la historia de la Pasión, veremos que Judas sabe perfectamente que ha obrado traidoramente, era culpable porque había traicionado y vendido al Maestro, cuya sangre inocente se ha vertido (Mateo 27, 4). No sólo ha pecado según sus propias palabras, vertiendo sangre inocente, sino que las monedas que le entregan son un “dinero de sangre” en sentido literal, de igual manera que el lugar donde Judas se cuelga, atormentado por los remordimientos, no es sino un “campo de sangre”. Los jueces prevaricadores asumen cínicamente su culpa (Mateo 27, 25: “Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”).

Sangre inocente se ha vertido, y de alguna manera se hace alusión a la necesidad de purificarse con el célebre “lavado de las manos” de Pilatos, expresión que no es desconocida ni en el mundo romano ni en el judío6.

La sangre inocente de Cristo, consecuencia de la flagelación y la crucifixión, se convirtió tempranamente en signo de vida y símbolo eucarístico, es decir, tempranamente se forjó la idea del valor del sacrificio voluntario y su grandeza liberadora y redentora para la humanidad al precio de la vida del inocente. Si la sangre es por sí misma símbolo de vida, tanto más la sangre del inocente. En efecto, la sangre de Cristo, el inocentísimo hijo de Dios, es vida. Es un claro mensaje eucarístico que ya aparece en los Evangelios.
“El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”.
Juan 6, 54

O bien: “Bebed, porque ésta es mi sangre



Mateo XXVI, 28
En este preciso momento en que se instituye la Eucaristía, sangre y vino se identifican mutuamente. Es una imagen que hará fortuna en la literatura patrística; vino eucarístico y lagares místicos prensan la uva de donde sale el vino de la eucaristía7. Cristo, que se ha identificado a sí mismo con la vid, nos ofrece su sangre que es el vino eucarístico, producto del calco y la percusión a que se ve sometido en el lagar, que es la imagen de los tormentos y la crucifixión. La literatura patrística abunda en esta imagen que el propio Cristo nos ofreció cuando dijo “Yo soy la vid verdadera” (Juan 15, 1), lo cual había de ponerse necesariamente en relación exegética con otros pasajes de la Biblia que mencionaran la viticultura y el prensado de las uvas, pues nada en las Sagradas Escrituras era concebido como casual por los Padres. En efecto, Cirilo de Alejandría veía en la alusión a las prensas rebosantes en Joel 2,24 la anticipación profética del vino eucarístico8. Naturalmente el simbolismo eucarístico era permanente y la carga simbólica era totalmente clara como lo es hoy día para cualquier cristiano9. La sangre de la uva era la sangre del Nuevo Testamento que había de ser bebida el día de fiesta, como recuerda Orígenes de Alejandría10. Y como es natural, en el centro de semejante concepción se encontraba la Passio Christi, la entrega de Jesucristo y su sacrificio sangriento como rescate de los pecadores para la salvación del mundo. La imagen de la riqueza del vino eucarístico se unía con la idea de que el mismo Cristo era imagen de la uva prensada, sometida a la violencia del calco y sangrada; los Padres recuerdan que el vino es la sangre de la uva y Cristo es –según declaración propia- nuestra vid. De ahí la relación necesaria con la celebración eucarística, la idea se encuentra inmejorablemente formulada por Cipriano de Cartago, según el cual de la misma manera que nadie podría beber vino sin que antes se hubieran prensado las uvas (nisi botrus calcetur ante et prematur), tampoco nadie bebería la sangre de Cristo, sin que Él hubiera sido igualmente sometido al calco, prensado (nisi Christus calcatus fuisset et pressus)11.

Los cristianos, recordaba Pedro Crisólogo en el siglo V, debían ser considerados nuevos odres para el vino, alcanzaban su perfección por ayunos y vida continente, purificaciones éstas asociadas al calco y la prensa, gracias a las cuales podían considerarse dignos recipientes del vino obtenido por el prensado de la uva, es decir, la sangre de Cristo sufriente12. La ascesis se convierte en una forma de martirio voluntario cuando se llega a una época en que el ejercicio de la fe no pone el riesgo la propia vida; vemos por tanto cómo la idea de la imitación consciente de los sufrimientos de Cristo en la cruz va más allá de la era de las grandes persecuciones13.

Pero la crucifixión es el hecho central del cristianismo, el sacrificio voluntario del Salvador. El hecho mesiánico está en el centro de la autocomprensión cristiana, como recuerda San Pablo, todas las cosas deben “recapitular en Cristo” (Efesios 1, 10), lo que es tanto como decir que ahora la vieja ley se debe interpretar en clave cristológica y que todos los pasajes de la Biblia son en realidad una prefiguración de la Pasión y resurrección de Cristo. En este sentido la interpretación patrística de la Biblia ha jugado un papel fundamental. Para la patrística y por ende en toda la tradición cristiana hay que interpretar simbólicamente las referencias que el texto bíblico hace sobre la sangre. La crucifixión está en el centro de la vida del cristiano, pues con ella se logra la misión de Cristo: la salvación del género humano. Los escritores cristianos antiguos daban por sentado que cuando Cristo murió en la cruz, los dioses paganos perdieron todo su poder y los oráculos enmudecieron. Según una leyenda pagana en su origen pero luego admitida entre los cristianos, el gran dios Pan, concebido no más que como un demonio por los Padres, habría muerto al operarse el feliz acontecimiento de la Redención, por más que hubiera estado manchado con la sangre de Cristo. Es Plutarco quien transmite la leyenda de “la muerte del Gran Pan”14, según la cual en época de Tiberio (14-37 a.C.) un timonel egipcio, se sintió movido por una fuerza desconocida a gritar en Butrotis (Épiro): “¡El Gran Pan ha muerto!”, levantando acto seguido grandes lamentos por todo el país. La tradición cristiana vio en la muerte de Pan y su simultaneidad con la muerte y resurrección de Cristo una señal inequívoca del ocaso del paganismo15.

Hay un antes y un después de la crucifixión, ya lo anuncia San Pablo, todo culmina en la crucifixión:


“Quiso también por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, tanto las de la tierra como las del cielo, pacificándolas con la sangre de su cruz

Colosenses 1, 20
La sangre del Salvador es omnipresente en la eucaristía y la crucifixión y la imagen de Cristo es indisociable de la del hombre sometido a terribles tormentos bañado en su propia sangre. La presencia de la sangre se hace palpable ya en la noche de su arresto. Efectivamente, en la oración del huerto de Getsemaní vemos como aparecen juntos el sudor y la sangre. Este fenómeno corporal, que existe realmente, se conoce como hematidrosis, es producto de una extraordinaria presencia de miedo y dolor (literalmente se suda sangre), y refleja el ambiente se sangre que sigue a continuación de su arresto16.

Tan dramática situación fue objeto de atención y reflexión por parte de los Padres, desde Hilario de Poiters en el siglo IV a Máximo el Confesor en el siglo VII17. La poesía contemporánea de temática religiosa, profunda y sentida, se dejó inspirar por este momento de soledad terrible en que Cristo sufre y su naturaleza humana siente miedo. Resulta muy acertada la comparación que hace Gerardo Diego entre Manuel Machado y Rainer María Rilke, al hablar de la recreación poética de la oración del huerto, y confrontar a estos dos grandes poetas18. También B. Pasternak escribe un poema inspirado en la oración del huerto y que el autor coloca entre los poemas del doctor Zhivago.

Getsemaní es sólo un preámbulo, anuncia la sangre derramada del Salvador, a partir de ese momento la tensión narrativa va aumentando, se puede considerar un verdadero punto de inflexión. Cada vez más, la sangre es la protagonista indiscutible. Jesús es flagelado y sometido a tormento, lo que le provoca innumerables heridas por las que sangra, y una vez que Jesús es crucificado, vemos como de su costado del brotan agua y sangre.

La profusión de sangre no se produce por la crucifixión, sino por la flagelación. La muerte en la cruz, generalmente en forma de T y de poca altura, era una muerte ciertamente lenta y terrible19. Pero por muy terrible que fuera, no era especialmente sangrienta pues el fallecimiento del reo no se producía al desangrarse sino cuando éste se asfixiaba. Si bien la muerte de Cristo viene caracterizada por la muerte de sangre, la cruz no es un suplicio especialmente sangriento, era la flagelación lo que en cambio había provocado innumerables heridas a Cristo. La flagelación era especialmente cruel, mientras que según la ley judía no daba más de 40 azotes, en la variante romana no había más un límite fijo establecido, se estaba por tanto en manos del verdugo. Al ser tratado Cristo como un mero delincuente no fue golpeado con las varas de olmo especialmente guardadas para los ciudadanos romanos, ni con los látigos de cuero o flagella, sino con las flagra, que eran cadenas de hierro terminadas en huesecillos y bolas de plomo. Este tormento era especialmente sangriento, pues efectivamente la piel saltaba y se desgarraba en jirones. Semejantes torturas son bien conocidas por Flavio Josefo, cuando habla de cuerpos desgarrados, puestos luego en la cruz.20

Además sobre Cristo cae el escarnio, es presentado como “rey” para hacer burla de él, por ello se le coloca la corona de espinas, la vara y el manto de púrpura (Mateo XXVII, 28-30). Sin embargo, la Patrística verá aquí un episodio cargado de simbolismo, es decir, un acontecimiento querido por Dios para enseñar a los hombres una verdad trascendente. Vistiéndole de rey para burlarse de él, lo que se logra en realidad es su glorificación. Ciertamente la púrpura es la vestimenta real, pues Cristo mismo es rey, pero también es imagen de la sangre, y con su presencia se hace alusión tanto a la eucaristía y a la sangre derramada del Unigénito. Toda la Patrística recuerda que rojo y escarlata son propios no sólo del rey sino del mártir; su identificación con la sangre a la que evocan en el inconsciente colectivo y su uso en ese sentido son tan antiguos como el hombre21. La púrpura representa en Cristo tanto su dignidad real como su cualidad de mártir. En efecto, a Cristo le adorna la púrpura real, porque él mismo es rey. El gran predicador hispano, de fines del siglo IV, San Gregorio de Iliberri (Elvira/Elbira, actual Granada), enumerando los nombres de Cristo, se detiene en epíteto leo, león, que recibe el Señor, y lo explica así: el león es una imagen regia.
él mismo es el rey de reyes (rex regum), que ha vencido a la muerte y al diablo por el poder de su virtud”.22
Los cristianos y su relación con la Pasión
Los cristianos buscan identificarse con el justo sufriente que es Cristo, lo conmemoran todos los fieles de la tierra aún hoy día, y cada vez que se celebra la misa se revive la Pasión. Más allá del uso litúrgico, el buen cristiano imita a Cristo y se siente asociado a la Pasión. San Pablo recuerda que “llevamos siempre en nuestro cuerpo los sufrimientos de Jesús” (Corintios IV 10-11). El cristiano no sólo se asocia, sino que se identifica con Cristo, está crucificado con él (Gálatas II 19, 20), y por primera vez se crucifican simbólicamente las pasiones corporales (Gálatas V 24).
Cristo ha purificado a los fieles con su sacrificio, aquí de nuevo se echa mano de la antigua concepción de la sangre como elemento purificador, pero esta vez y como no podía ser de otra manera, se hace una lectura de los antiguos rituales en clave simbólica y cristológica. La sangre purificadora de la aspersión sólo puede ser la sangre de Cristo.

“Pues si la sangre de los machos cabríos y de los becerros y la ceniza de la vaca, con las que se asperja a aquellos que están manchados, los santifica procurándoles la pureza del cuerpo, ¿cuánto más la sangre de Cristo, que por virtud del Espíritu eterno se ofreció a sí mismo a Dios como víctima inmaculada, purificará nuestra conciencia de sus obras muertas, para servir al Dios vivo?”


Hebreos 9-13
Con la purificación llega también el perdón.

“Él nos ha obtenido con su sangre la redención, el perdón de los pecados según la riqueza de su gracia, que ha derramado sobre nosotros con una plenitud de sabiduría y de prudencia”



Efesios 1, 7
Se anuncia también el castigo de aquellos que desprecien la sangre de la nueva alianza concluida al derramarse la sangre de Cristo, la alusión a la antigua alianza suscrita entre Dios y Moisés es clara, pero también resulta evidente la presencia aquí de una nueva alianza que supera a la antigua, que queda por tanto derogada. La sangre necesaria para el ritual ha sido esta vez la sangre de Cristo.
“¿De cuánto mayor castigo pensáis vosotros que será digno quien haya pisoteado al Hijo de Dios y haya tratado como cosa profana la sangre de la alianza por la cual fue santificado, y haya ultrajado el Espíritu de la gracia? Porque conocemos a aquel que ha dicho: A mí la venganza, yo daré a cada cual lo que merezca.
Hebreos 10, 29-30
La sangre derramada es purificadora, como se deja ver en el saludo de Pedro en su primera epístola “a los que viven como extranjeros en la dispersión”, donde hace mención a la aspersión de la sangre de Cristo.
“…elegidos para ser santificados por el Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser purificados con su sangre…”

I Pedro 1, 2

Cristo es el nuevo propiciatorio o kappōret que en la antigüedad hebraica se asperjaba con sangre de un macho cabrío (Levítico 16). Pablo forja la idea según la cual Cristo se ha prestado a servir como instrumento de expiación, propiciatorio, por medio de la fe y de la sangre. Aunque la carta se refiera al Antiguo Testamento, resulta evidente la preocupación cristológica, se menciona expresamente a Cristo “a quien Dios ha propuesto para que mediante la fe, se obtenga por su sangre el perdón de los pecados” (Romanos 3, 25).
La sangre inocente de Cristo no sólo propicia la salvación, sino que gracias a ella se ha reunido al pueblo creyente bajo la protección de Dios, es decir, porta un mensaje eclesiológico, la comunidad se conforma idealmente bajo la protección de los brazos de la cruz. Pablo menciona muchas veces la sangre de Cristo, ésta ha sido el precio con que se ha rescatado al pueblo de Dios.
“Cuidad de vosotros y de todo el rebaño del que el Espíritu Santo os ha constituido como guardianes para apacentar la Iglesia de Dios, que ha adquirido con su propia sangre

Hechos 20,28.

Es la sangre de Cristo la que echa los lazos de una nueva comunidad espiritual, el nuevo pueblo de Dios formado con los judíos fieles a Cristo y los paganos convertidos. La crucifixión tiene por tanto un sentido eclesiológico, se orienta a la comunidad, busca la salvación de un nuevo pueblo elegido y adelanta la célebre idea de que la sangre de los mártires (y Cristo es el modelo de todos los mártires) “es semilla de cristianos” (Tertuliano, Apologético 50).


“Estabais en otro tiempo sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a las alianzas, sin esperanza de la promesa y sin Dios en el mundo; mientras que ahora, unidos a Cristo Jesús gracias a su muerte, los que antes estabais lejos, ahora estáis cerca”
Efesios 2, 12-13
El Apocalipsis recuerda que Cristo ha liberado con su sangre a todos los pueblos de la tierra.

“Ellos cantaban un cántico nuevo:

Tú eres digno de tomar el libro

y de abrir sus sellos,

porque has sido degollado

y has rescatado para Dios



con tu sangre

a los hombres de toda raza,

lengua, pueblo y nación”



Apocalipsis 5, 9

Ante todo ha de quedar claro que el sacrificio de Cristo es superior y más perfecto que el sacrificio de la antigua alianza (Hebreos 8-10). Es la sangre de Cristo la que nos permite entrar en el paraíso.


“Así pues, hermanos, puesto que tenemos la gozosa esperanza de entrar en el santuario en virtud de la sangre de Jesús, siguiendo el camino nuevo y viviente que él ha inaugurado a través de la cortina, es decir, de su propia carne”
Hebreos 10,19
El hecho de que Cristo haya muerto fuera de los muros de Jerusalén se pone en relación con el antiguo rito hebreo de absolución (Hebreos 13, 11-12). Con ello se consigue nuevamente armonizar el Antiguo y el Nuevo Testamento. Los rituales hebreos no han sido sino meras sombras, meras prefiguraciones simbólicas del hecho mesiánico, que viene a completar la obra de Dios.
“En efecto, el cuerpo de las víctimas cuya sangre introduce el sumo sacerdote en el santuario para el rito de la absolución de los pecados, es quemado fuera del campamento. Por eso también Jesucristo, para santificar al pueblo por su propia sangre, murió fuera de la ciudad”

Hebreos 13, 11-12
Pero ante todo la muerte por la fe era algo que iba a resultar dolorosamente familiar en el cristianismo de la Antigüedad. En el Apocalipsis aparecen las primeras menciones a persecuciones sistemáticas y a los mártires purificados con el dolor y estrechamente relacionados por su propia sangre con la sangre del Cordero.

“… los supervivientes de la gran persecución… han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del cordero”.



Apocalipsis 7, 14.
Este pasaje de Apocalipsis nos lleva directamente a la última dimensión simbólica de la sangre de Cristo: el mártir como nueva imagen del Cristo sufriente.


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