El valor de la fe fe humana Vs. Fe Divina julio e. Ducuron



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EL VALOR

DE LA FE

Fe humana Vs. Fe Divina

JULIO E. DUCURON

Gracias Dios Padre.

J.E.D.

Capítulo I Página

La Fe. 8

La fe de Dios. Su esencia de fe. 10

La Palabra de Dios llena de fe. 12

Las dos clases de fe. 13

La fe divina. 15

El trabajo del Espíritu Santo. 17

La manifestación de la fe divina. 21

Capítulo II Página

La fe humana. 24

El pensamiento positivo. 25

La falsa fe. 30

Fe humana versus fe divina. 35

.Capítulo III Página

La fuerza superior 38

El poder más grande del mundo. 40

Fe divina para abundancia. 43

Fe divina para sanar. 47

Jesús el autor de nuestra fe. 51

Fortaleciendo la fe. 52



Capítulo IV Página

Enemigos de la fe. 56

Algunas tácticas de Satanás para quitarnos la fe divina. 58

La duda. El mayor enemigo. 60

El intelectualismo ateo. 62

No tener amor. 64

Falta de paciencia. 66

Desconocer lo que Dios quiere. 70

La inacción. 71



Capítulo V Página

La fe activa. 74

La fe que proclama. 76

La fe que avanza. 82

La fe que obra. 88

La fe que espera. 91

La fe que lucha. 92

La fe que triunfa. 104

La fe que adora. 105



Capítulo VI Página

Cuando se pierde la fe divina. 108

La perdemos por no obedecer. 111

No tenemos buena proclamación de la fe. 113

La cura de la falta de fe. 115

La oración sin fe de nada vale. 117

La oración de fe. 118



  1. El arrepentimiento sincero. 120

  2. Confesión personal a Dios. 121

Los ojos de la fe. 122

Capítulo VII Página

El valor de la fe 127

  1. Fe que opera limpieza y salvación. 128

  2. Fe que cambia la vida. 130

  3. Fe que restaura. 131

  4. Fe que nos hace aptos para estar en Su presencia. . 134

  5. Fe que da vida eterna. 135

Apéndice. Oración de entrega a Jesús. Página 141

Abreviaturas usadas para indicar los pasajes bíblicos.

Libros del Antiguo Testamento.

Gn. Génesis

Lv. Levítico

Job Job


Sal. Salmos

Is. Isaías

Ez. Ezequiel

Hab. Habacuc



Libros del Nuevo Testamento.

Mt. S. Mateo

Mr. S. Marcos

Lc. S. Lucas

Jn. S. Juan

Hch. Hechos de los Apóstoles

Ro. Romanos

1 Co. 1º a los Corintios

2 Co. 2º a los Corintios

Gá. Gálatas

Ef. Efesios

Fil. Filipenses

Col. Colosenses

1 Ts. 1º Tesalonicenses

1 Ti. 1º Timoteo

2 Ti. 2º Timoteo

He. Hebreos

Stg. Santiago

1P. 1º Pedro

2 P. 2º Pedro

1 Jn. 1º Juan

Jud. Judas

Ap. Apocalipsis


Pasajes bíblicos utilizados según la Versión 1960 de la Antigua Versión de Casiodoro de Reina, revisada por Cipriano de Valera, y con los textos hebreo y griego. Asimismo según la Versión Dios Habla Hoy de Sociedades Bíblicas Unidas.

Capítulo I

La Fe.

No existe mejor definición de la fe que la brindada por la Palabra de Dios:



Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. He. 11:1

Todo nuestro cuerpo, alma y espíritu están involucrados en el proceso poderoso de ejercer la fe. Nuestros ojos miran expectantes la concreción de lo que se espera; nuestros sentimientos en el alma elaboran pensamientos sobre cómo serán nuestras reacciones emocionales cuando, lo que ahora no se ve, se haga realidad visible. El espíritu se fortalece en la convicción cierta que lo que creemos ya está hecho, a pesar que aún no lo tenemos. Certeza y convicción se unen en nuestro ser creando una fuerza poderosa capaz de mover montañas.

La fe es un don, un regalo superior, un misterio profundo que inunda nuestra vida cuando la ejercemos. Ella produce resultados asombrosos modificando situaciones y expectativas. Altera las circunstancias para bien y produce en el corazón un gozo inexplicable al saber internamente que lo que esperamos ya está cumplido.

La fe eleva nuestra capacidad de santidad en esta tierra, y al aceptar a Jesús como Salvador nos transforma en justos delante de Dios y hace que toda la vida valga la pena ser vivida:



(He aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece; mas el justo por la fe vivirá. Hab. 2:4).

Es triste ver a personas sin fe. Escuchar a aquellos que dicen, sin esperanza alguna, que después de la muerte no existe nada. Que todo se acaba. Pero, en contrapartida, es hermoso ver a aquellos que tienen esperanza, generada por una fe que trasciende; que creen con certeza total en Dios y en lo que Él ha hecho para que podamos estar en su presencia después de la muerte.



La fe de Dios. Su esencia de fe.

Dios necesitó tener fe para hacer todo lo que hizo. Esto parece una afirmación sin sentido si pensamos en el poder de Dios para crear semejantes maravillas en el universo infinito.

Si Dios hubiera dudado cuando pronunció las palabras creativas nada de lo que fue hecho hubiera sido realidad ¿Imaginaríamos a Dios pensando:

.- Ahora voy a dar la orden para que se constituya el universo…pero, ¿se hará realmente?

Nunca podemos imaginarnos tal cosa. Porque la esencia de Dios es fe. Lo que Él ordena se hace. Es fe creativa poderosa. Mueve elementos químicos, poderes materiales y espirituales asombrosos, los protones y neutrones de los átomos se conforman milagrosamente en creatividad.

Dios es Dios, y su esencia divina incluye múltiples componentes: amor, santidad, eternidad, fe, bondad, misericordia, justicia, entre otros. Cada uno de ellos, en cierta medida, ha sido transmitido a nosotros los humanos.



(Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza…Gn. 1: 26)

Vamos a ejercerlos con la perspectiva divina, pero también con la humana. Por supuesto que esta última con muchísimas limitaciones y defectos. No es lo mismo nuestra fe humana intelectual y finita, que la fe que pone Dios en nuestro ser, espiritual y poderosa para modificar situaciones.

La fe de Dios está queriendo crecer en tu espíritu.

La Palabra de Dios llena de fe.

La Biblia es la Palabra de Dios. En ella aprendemos todo lo que Él quiere que sepamos, para su gloria y para nuestro bienestar espiritual. A través de ella conocemos el Plan de Dios para la salvación del ser humano cargado de pecados.

Si no fuera por la Palabra de Dios no conoceríamos cuál es la voluntad de Él para nuestras vidas. Más aún, no apreciaríamos Su amor para con nosotros proveyendo un Salvador, Jesucristo, quien murió en la cruz para cubrir nuestra deuda, limpiar nuestros pecados y hacernos aceptables, limpios, en la presencia de Dios.

La Palabra de Dios está llena de fe. Ella corre por sus páginas impregnando a los humanos para que la ejerzan.



(Sin fe es imposible agradar a Dios. He. 11:6)

Desde el primer libro, Génesis, hasta el último, Apocalipsis, la fe es un río impetuoso en cada uno de los personajes bíblicos que dieron ejemplo transformándose en héroes de la fe. Dice Hebreos 11: 2: “Porque por ella (la fe) alcanzaron buen testimonio los antiguos”.

El capítulo once de la carta de los Hebreos es un himno a la fe. Nos brinda en detalle lo que ella es, lo que han hecho aquellos que crecieron en fe divina y, al demostrarnos que eran tan humanos como nosotros, nos desafía a ejercer una fe activa haciéndola crecer cada día.

Las dos clases de fe.

Existen dos clases de fe: la fe humana y la fe divina. La diferencia entre una y otra es notoria.

La fe humana es un sentimiento, un deseo, una corazonada, algo que nuestra alma anhela y por lo tanto ejerce una presión mental para convencer a la persona que puede llegar a hacerse realidad. La fe humana viene del hombre y se genera en su mente.

La fe divina es certeza de lo que se espera. No hay dudas, ya está hecho a pesar que no lo vemos. Es la convicción de lo que no se ve. Viene de Dios y la genera el Espíritu Santo que mora en el creyente en Jesucristo.

Cuando Dios hizo al hombre y la mujer, les dio la capacidad de poseer, en una pequeña porción, los mismos atributos que Él posee. Dios es amor y el ser humano puede vislumbrar lo que es ese sentimiento, amando. Dios tiene fe y podemos ejercerla en una pequeñísima medida comparada con la de Él. Pero aquí vemos que, cuando la persona ejerce su porción de fe creyendo en el Señor Jesucristo como Salvador, se opera un cambio en su ser. Deja de tener la vieja fe humana, que muchas veces era simplemente esperanzas o presentimientos, para adquirir la fe divina. Aquella que le permite ver cosas espirituales que antes no veía como ciertas y transformarlas en verdades firmes de fe, que hacen que tenga la certeza de lo que espera y la convicción de lo que no se ve.

La fe divina.

Para entender la fe divina debemos saber que en el centro de la misma está Dios. Así el creyente ya no es el mismo cuando pone en funcionamiento su fe, porque por ella comienza a ver a Dios.

Una porción de esa fe ha sido puesta en el espíritu de aquel que ha buscado a Dios hasta encontrarlo.

(…conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno. Ro. 12:3).

Es pequeña pero basta para comenzar en los caminos del Señor. Irá creciendo poco a poco hasta llegar, si el creyente lo desea, a dimensiones enormes que le permitirán derribar obstáculos, aún hacer prodigios, señales y milagros en nombre de Jesucristo.



(…y eligieron a Esteban, varón lleno de fe y del Espíritu Santo,… Y Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo. Hch. 6:5,8)

La fe divina desata el poder de Dios y lo manifiesta en la vida de los creyentes.



(…para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza… Ef. 1:17-19)

Según la Palabra de Dios no hay límite que pudiera existir para aquel creyente que ejerciera el 100% de fe divina.



(De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aún mayores hará, porque yo voy al Padre. Jn. 14:12).

El trabajo del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo prepara externamente el corazón de aquel que, no siendo creyente, recibirá la Palabra de Dios.

Siempre recuerdo cuando, en mi primer pastorado, habíamos organizado “madrugadas de oración”. Abría la iglesia a las 6 hs. a.m. y un grupo de creyentes nos arrodillábamos a orar, cada uno individualmente en silencio, hasta las 8 a.m. Un tiempo antes, un amigo no creyente y famoso en la ciudad por ser un gran músico, me había pedido permiso para enseñar órgano en el saloncito anexo al principal. Todos los días, puntualmente a las 7 a.m. él entraba por la puerta secundaria de la iglesia., comenzaba a tocar el órgano doble teclado que estaba en el anexo, ejercitándose suavemente. Yo tenía la carga por él para que conociera al Señor y día a día era motivo de oración en esas “madrugadas”. Yo sabía que el mejor momento para hablarle era cuando llegaba; y siempre le preguntaba a Dios:

.- Señor… ¿es buen momento para hablarle ahora? – Y la respuesta era clara en mi corazón:

.- Todavía no… el Espíritu Santo está trabajando en él.

Un día, al hacerle la pregunta a Dios, me respondió:

.- Ahora sí. Ve. Su corazón está preparado.

Resultó la presentación del Plan de Salvación más rápida de mi vida de evangelista. Al instante, sin vacilar, recibió a Jesús como Señor y Salvador. Su vida se transformó maravillosamente, hablaba constantemente de lo feliz que era con Jesucristo y comenzó una febril tarea de componer una serie de himnos cortos que tituló “Caminando con Jesús”. Con Él anduvo caminando varios años hasta que el Señor lo llevó a su presencia.



(Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido,…)

(1 Co.2:12).

El Espíritu Santo, que había estado trabajando en el corazón del funcionario etíope, eunuco, que volvía de Jerusalén, le dijo al diácono Felipe:



(…Acércate y júntate a ese carro. Hch. 8:29)

(Acudiendo Felipe, le oyó que leía al profeta Isaías, y dijo: Pero ¿entiendes lo que lees? Él dijo: ¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare? Y rogó a Felipe que subiese y se sentara con él…Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesús. Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó a parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó. Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe; y el eunuco no le vio más, y siguió gozoso su camino. Hch 8:30-39).

En aquella época no había ni aviones, ni trenes, ni ómnibus. El Espíritu Santo completó su trabajo haciendo de transportista:



(Pero Felipe se encontró en Azoto y pasando, anunciaba el evangelio en todas las ciudades, hasta que llegó a Cesarea. Hch 8:40).

El Espíritu Santo es nuestro buen compañero en el camino de la fe. Siempre nos acompañará dándonos discernimiento para ejercerla. Cuando permitimos que trabaje en nuestro ser llenándonos con la unción divina, seremos capaces de ejercitar una fe cada vez más poderosa para la gloria de Dios.



La manifestación de la fe divina.

La fe divina depende del estado de la vida espiritual del creyente. En la medida que crece en el conocimiento del Señor, ve su obrar y anda en sus caminos, la fe aumenta. Comienza a pensar que es posible lo imposible a través de la fe. Cuando la vida del creyente es santa y fuerte en los senderos del Señor, hay tremendo poder en la fe divina para que pueda realizar señales, prodigios y milagros.



(Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán. Mr.16: 17-18).

Podrán realizar varias argumentaciones respecto a este pasaje; pero lo cierto es que se encuentra en la Palabra de Dios y son palabras de Jesús. La fe divina puede ordenar a un monte que se quite, a una higuera que se seque, a un demonio que salga, a un enfermo terminal que cure, a un hombre que camine sobre el agua profunda o a un mar que se divida en dos. Si no ocurre, no es culpa de Dios sino a nuestra poca fe. Jesús reiteró mucho la frase “hombres de poca fe”



(Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible. Mt. 17: 19-20).

La semilla de mostaza (sinapis nigra) mide un milímetro y medio. Jesús aseguró que generalmente no tenemos ni ese tamaño de medida de fe divina. Si lo tuviéramos podríamos hacer grandes cosas para Dios, tales como el mismo Señor mencionó. ¿Es esto imposible? Si Jesús lo dio como posibilidad seguro que no es imposible. Debemos aspirar a que nuestra fe divina crezca hasta alcanzar la altura del mismo árbol de mostaza adulto: 3 metros; entonces no habrá nada imposible.

Sólo resta creerlo y ponerlo en práctica.

Capítulo II

La fe humana.

La fe humana suele ser fuerza física, también voluntad o a veces intelecto. Ella se introduce en nuestra alma y produce sentimientos humanos de esperanza, de deseos que se cumplan algunos anhelos. La fe humana es la que tira monedas en la “fuente de los deseos” creyendo que se cumplirán por la fuerza con que son pedidos. Pero todo esto es inexistente, no produce efectos eternos. Sólo manifestaciones voluntarias de la carne que anhela algo mejor que es, si se produce, efímero. Si realizamos un mero asentimiento mental, aceptando algún precepto que se nos presenta, es fe humana.

En griego la palabra fe es “pistis” y puede aún traducirse creer. Es un significado amplio que humanamente abarca todo tipo de creencias. Miles de facetas de fe se presentan en el mundo que tienen características netamente humanas. Vienen del espíritu de las personas y se manifiestan, a veces, en las más absurdas creencias que uno pueda imaginarse. Esto nos lleva a afirmar que no hay virtud ni mérito en la fe humana misma. Este tipo de fe no es un don de Dios; solo la fe divina lo es pues nos hace ligar el espíritu con el Dios infinito y salvador de los que se acercan a su Hijo aceptándole como Señor de sus vidas.

El pensamiento positivo.

En la segunda mitad del siglo XX se vio un auge de la corriente de pensamiento positivista.

No podemos negar la buena influencia que en muchas personas ha implicado el hecho de comenzar a verse como capaces de elevar su autoestima, fuertes para enfrentar crisis, aptas para ser mejores y lograr éxitos en sus metas. El ejercicio del pensamiento positivo propugna que la persona pueda eliminar dudas, temores, ansiedades y preocupaciones, con fuerte énfasis en la capacidad de la mente para ejercer fe humana que modifica situaciones de vida.

El enemigo, Satanás y sus demonios, ha aprovechado para tergiversar lo bueno que resulta que una persona se sienta bien, aplicando los principios del pensamiento positivo humano. Este accionar del diablo logra que quien practica este pensamiento se aleje de la ayuda Dios para cambiar su posición a la de autoayuda. Así siente que su mente es poderosa para revertir situaciones adversas. Adhiere al humanismo que eleva al hombre como generador de su propia religión autosuficiente y sin la necesidad de ayuda divina.

A los que comienzan a ser discípulos del pensamiento positivo les dicen:

Desde ahora estás capacitado para iniciar una nueva vida positiva. Vida que quedará en tu subconsciente como tu vida natural, impregnando con la fuerza todo tu ser físico y mental.



Eres capaz de hacerlo. Realmente puedes lograrlo. Inténtalo ahora, llevando contigo no tan sólo pensamientos positivos, sino que una vida positiva fruto de esos pensamientos.

El pensamiento positivo afecta todo lo que haces, impregna de elevadas vibraciones todo lo que te rodea. Sólo trabaja en tu beneficio y en el de los demás, dado que en el reino de la mente lo positivo atrae a lo positivo y rechaza a lo negativo”.

Cualquiera diría que esto es bueno. Pero lo malo es que exalta el “reino de la mente” y no el reino de Dios.

En la Palabra de Dios vemos reiteradamente que el poder de Dios se manifiesta en nuestras vidas cuando nos negamos a nosotros mismos y acudimos al Señor como nuestra ayuda permanente. Ya no vivimos nosotros sino que vive Cristo en nuestras vidas y pasamos a ser más que vencedores por medio de Jesucristo.

(Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Mt. 16:24).

(…Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (Dios). Ro. 8:37).

El hombre de Dios no necesita el pensamiento positivo humano, sí el pensamiento positivo divino. El que viene del corazón de Dios, que nos eleva haciéndonos sentir bien por ser sus hijos. Dudas, depresiones, crisis, temores, ansiedades y preocupaciones son alejadas, completa y permanentemente, cuando tenemos la mente de Cristo.



(Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie. Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Más nosotros tenemos la mente de Cristo. 1 Co. 2: 14-16).

Todo pensamiento positivo humano es nada al lado del pensamiento positivo divino, el cual podemos poseer como creyentes en Jesucristo.

Éste pensamiento produce estos efectos:

(Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán. Is. 40: 29-31).

Deja que el pensamiento de Dios sea el tuyo.



La falsa fe.

Millones de personas en el mundo son poseedoras de falsa fe. Permanentemente acuden a lugares, personajes, religiosos, curanderos, falsos profetas, estafadores aprovechadores de la ingenuidad humana, falsos cristos que prometen redención por dinero, hechiceros, brujos, falsos pastores, ídolos, fetiches, adivinos y falsos sacerdotes, aplicando sobre ellos fe humana que no sirve para solucionar sus problemas. Satanás y sus demonios están por detrás de todos los malvados que lo único que buscan es dinero y poder sobre las personas.

Satanás es creador de imágenes para fomentar la falsa fe en las personas, alejándolas del Salvador Jesucristo. Hace milagros para engañar la fe de la gente, predispuesta a creer en cualquier cosa a la cual aferrarse, menos mirar a Jesús. El diablo tiene poder para hacerlos y se viste como ángel de luz, apareciendo a algunas personas representando a la Virgen María. Conociendo desde la antigüedad que el ser humano es propenso a endiosar e idolatrar todo aquello que se le aparece como espíritu bueno, utiliza esta táctica frecuentemente. Su objetivo es que las personas desvíen la vista de Jesucristo y coloquen su fe en otra persona u objeto. Así, existen cientos de apariciones en la historia que han dado lugar a la adoración de diferentes vírgenes María. Todas ellas tienen multitud de fieles, seguidores constantes en plegarias a ellas, filas interminables para tocar sus imágenes, velas, estampitas y demás fetiches que el diablo idea para que no miren a Jesús. Sólo alguno de sus nombres para ejemplo: Virgen de la Caridad del Cobre, Virgen de Guadalupe, Virgen de Juquila, Virgen del Socorro, Virgen de San Nicolás, Virgen del Rayo, Virgen de Lourdes, Virgen de Fátima, Virgen de Moserrat, Virgen de Luján y Virgen de la Carrodilla.

(…Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. 2 Co.11:14).

En Argentina, la falsa fe se extiende a otras personas que vivieron en los siglos XIX y XX. Uno de ellos es el llamado “Gauchito Gil”, cuyo verdadero nombre era Antonio Mamerto Gil Núñez. Nació en la provincia de Corrientes alrededor de 1840. Fue un gaucho trabajador rural, adorador de “San La Muerte”. Por haber desertado del ejército correntino fue muerto colgado de un árbol con un corte en la garganta. Antes de morir Gil le dijo a su verdugo que debería rezar en su nombre por la vida de su hijo, quien estaba gravemente enfermo; el verdugo así lo hizo y su hijo sanó milagrosamente. Las personas que se enteraron del milagro construyeron un santuario, que creció hasta hoy. Identifican a los miles de santuarios de veneración al Gauchito Gil, ubicados generalmente debajo de los árboles, con banderas rojas.



Otra persona que capta la falsa fe de la gente en Argentina es la llamada “Difunta Correa”. Es una figura mítica de Argentina y Chile por la que miles de personas sienten fe y devoción. Posee un santuario en la localidad de Vallecito la provincia argentina de San Juan, donde miles de creyentes la visitan para agradecerle la promesa cumplida. Deolinda Correa era esposa de Clemente Bustos quien fue reclutado forzosamente por el ejército en la guerra civil de 1840. Ella siguió, con su bebé lactante, las huellas de la tropa por los desiertos de San Juan. Cuando se le terminó el agua quedó bajo la sombra de un árbol algarrobo y allí murió de sed. Unos arrieros la encontraron y vieron que su bebé seguía vivo amamantándose de los pechos de la madre. La enterraron en Vallecito y se llevaron el niño a la provincia de La Rioja. Desde ese entonces muchos paisanos comenzaron a peregrinar a su tumba que se convirtió en un santuario. Es venerada por los devotos como una diosa. Consideran que hace milagros e intercede por los vivos. Un cerrito en Vallecito, provincia de San Juan, se ha convertido en un pueblo que idolatra a la Difunta. Miles de ofrendas cubren el cerro. Las personas lo suben de rodillas, en sacrifico para que sus peticiones sean concedidas. En el lugar existen al menos 20 capillas repletas de ofrendas. Los camioneros son quienes más difunden la devoción a la Difunta. Levantan altares a la vera de las rutas del país con la consigna que todos los devotos dejen una botella con agua para calmar la sed de la Difunta Correa. Miles de botellas se acumulan en los altares. Aproximadamente 1.500.000 personas peregrinan al santuario cada año.

Nadie puede presentarse ante Dios como mediador de los hombres. Sólo Jesucristo.

(Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. 1 Ti.2:5).

Solo el Señor es nuestro abogado, y nos representa delante de Dios Padre, porque tiene las credenciales suficientes para hacerlo.



Fe humana versus fe divina.

El hombre natural puede creer una cantidad de verdades que la ciencia o el pensamiento filosófico humano le presenta, y sentirse satisfecho por ello, defenderlas y mantenerlas como principio de vida; pero ellas están representando la fe humana.

La fe divina pasa los límites de lo humano para ir a lo sobrenatural, lo inaccesible, lo misterioso, y producir en la persona certeza de lo que se espera y convicción de lo que no se ve. El creer personalmente, en lo que Dios presenta como verdades eternas es fe divina que produce gozo y paz en el espíritu. Existe un poder superior en esta fe que acciona en el camino del verdadero creyente cristiano:

(…porque por fe andamos, no por vista. 2 Co. 5:7).

A la fe humana no le es accesible, de manera natural, aceptar lo que para la fe divina es simplemente comprensible.



(Pero, como se dice en la Escritura: “Dios ha preparado para los que lo aman cosas que nadie ha visto ni oído, y ni siquiera pensado.” Estas son las cosas que Dios nos ha hecho conocer por medio del Espíritu, pues el Espíritu lo examina todo, hasta las cosas más profundas de Dios. ¿Quién entre los hombres puede saber lo que hay en el corazón del hombre, sino solo el espíritu que está dentro del hombre? De la misma manera, solamente el Espíritu de Dios sabe lo que hay en Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que entendamos las cosas que Dios en su bondad nos ha dado. Hablamos de estas cosas con palabras que el Espíritu de Dios nos ha enseñado, y no con palabras que hayamos aprendido por nuestra propia sabiduría. Así explicamos las cosas espirituales con términos espirituales. El que no es espiritual no acepta las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son tonterías. Y tampoco las puede entender porque son cosas que tienen que juzgarse espiritualmente. (1 Co. 2: 9-14 La Biblia de Estudio Dios habla Hoy).

Dios da luz a la inteligencia del ser humano para que encuentre soluciones sobrenaturales por la fe divina, resolviendo los problemas y crisis que se le presentan en la vida. Esta luz es tan poderosa que ilumina aún el simple entendimiento de los niños, quienes ponen la fe en Jesús desde la más temprana edad, aceptándole como el Salvador.



En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Mt. 11: 25).

Capítulo III

La fuerza superior.

Dios nos ha dado con la porción de fe divina la semilla para que germine una fuerza superior. La que creciendo pueda llegar a ser tan poderosa como para mover montañas. Los que permitieron que esa porción pequeña creciera agigantándose fueron héroes de la fe e hicieron grandes cosas.

En el tiempo en que vivió Noé las personas se habían corrompido de tal forma que colmaron la paciencia de Dios. Evaluando la situación decidió que la única forma de arreglar tan grande corrupción era comenzar de nuevo. Solución drástica, pero la consideró la mejor. Miró desde lo alto y vio que los únicos justos como para salvarse eran Noé y su familia. Hombre temeroso de Dios y de gran fe, había conseguido mantener a su familia lejos de la corrupción reinante; reunía las condiciones para empezar un nuevo mundo. Con la fuerza superior que da la fe pudo persistir durante 120 años construyendo un arca para salvar su familia y una pareja de cada animal.

(Por la fe Noé, cuando fue advertido por Dios acerca de cosas que aún no se veían, con temor preparó el arca en que su casa se salvase; y por esa fe condenó al mundo, y fue hecho heredero de la justicia que viene por la fe. He. 11:7).

Alguien que recibió un premio de parte de Dios por su fe divina poderosa fue Enoc. La Palabra de Dios dice que vivió 365 años y en una frase hermosa nos manifiesta su gran fe:



(Y caminó Enoc con Dios… Gn. 5:22).

No encontramos en la genealogía antediluviana a alguien que no hubiera muerto, excepto Enoc.



(Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios. Gn.5:24)

En el Nuevo Testamento el escritor de la carta a los hebreos nos aclara más aún este premio a la fe:



(Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios; y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios. Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan. He.11:5-6).

El poder más grande del mundo.

Hay un poder que rompe lo imposible: el de la fe divina. Esta fe es la condición por la cual todo el poder divino entra en el creyente y comienza a producir efectos asombrosos. Por el contrario, la incredulidad impide el fluir del poder.

En la Palabra de Dios se nos habla de Abraham como el padre de la fe del pueblo de Israel. Con poderosa fe obedeció a Dios cuando, probándolo, le pidió que ofreciera en sacrificio a su hijo unigénito Isaac:

(Aconteció después de estas cosas, que probó Dios a Abraham, y le dijo: Abraham. Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré. Gn. 22:1-2).

Los hombres de poca fe pueden imaginarse pensamientos negativos en Abraham mientras preparaba todas las cosas para obedecer a Dios:

.- Dios me prometió gran descendencia y ahora me pide que sacrifique a mi único hijo. Ya soy viejo para tener otro hijo. No entiendo a Dios… ¿Le tengo que obedecer?

Sin embargo, esos no eran los pensamientos de Abraham. Nunca cuestionó a Dios ni pensó en no obedecerle. Su poderosa fe no le permitió albergar pensamientos negativos, sino por el contrario lo fortaleció hasta el último momento en que, levantando su mano con el cuchillo para degollar a su hijo, fue detenido por el ángel de Jehová.

¿Qué es lo que había pensado Abraham? La Palabra de Dios nos lo dice:

(…pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado también le volvió a recibir. He. 11:19).

Ya esa fe poderosa se había manifestado cuando les dijo a sus siervos que esperaran al pie del monte:



(Entonces dijo Abraham a sus siervos: Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos, y volveremos a vosotros. Gn.22: 5).

El poder más grande del mundo es la fe divina. Cuando la ejercemos no debemos permitir que pensamientos contrarios a la fe nos perturben. Cuando la duda entra la fe se va.



Fe divina para abundancia.

El ejemplo de la vida de Abraham en la Palabra de Dios nos ilustra respecto al accionar de Dios otorgando prosperidad.

Para recibir prosperidad por fe lo primero que vemos es la obediencia.

(Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra. Y se fue Abram, como Jehová le dijo. Gn. 12:1-4).

Muchos creyentes piden prosperidad al Señor pero no están dispuestos a obedecerle. Las cosas viejas no pasaron y sigue viviendo como antes, en “tierra antigua”.

Lo segundo es la fidelidad. Permanecer fiel es una condición indispensable para que la fe para prosperidad se desarrolle. Dios conoce nuestros corazones y sabe si estamos preparados para usar la prosperidad para su gloria, o para la nuestra.

(Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites. Stg. 4: 3).

Lo tercero es saber que la prosperidad no es tan solo material. Implica abundancia en todo sentido, capacidad de tener también muchas virtudes espirituales, buena distribución del tiempo útil para el Señor, la familia, el trabajo y la iglesia. Abundancia de energía en sanidad, en amor para con los demás, en inteligencia y sabiduría para discernir lo bueno y lo malo; y administración correcta del dinero para la gloria de Dios, con un espíritu amplio para dar aún más del diezmo. Todo esto incluye la fe divina para prosperidad. Si no estás dispuesto a pagar el precio, no te es otorgada.



(Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Mt. 6:33).

El Señor nunca nos dejará faltar. Siempre está atento a nuestras necesidades. Debemos asumir esto con la fe divina que nos hace estar confiados en que tendremos el sustento diario provisto por Dios. El pueblo de Israel en el desierto recibía la ración diaria de maná y eran saciados. Aquellos que no tenían fe que en el próximo día nuevamente les sería dado se apropiaban de raciones extras para los próximos días. El resultado era que al día siguiente el maná estaba echado a perder y no era apto para el consumo. Dios quería enseñarles que su promesa era fiel para cada día y debían confiar plenamente en esto.



(Y les dijo Moisés: Ninguno deje nada de ello para mañana. Mas ellos no obedecieron a Moisés, sino que algunos dejaron de ello para otro día, y crio gusanos, y hedió; y se enojó contra ellos Moisés. Ex.16:19-20).

Jesús nos enseña que debemos confiar en la provisión de Dios cada día.



(Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?...Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? Mt. 6: 25-26; 30).

Fe divina para sanar.

Por fe podemos ser sanos de nuestras enfermedades. Dios es poderoso para sanar nuestras dolencias. En el poder del Espíritu Santo y en la fe de Jesucristo los apóstoles, hombres como nosotros, hicieron milagros de sanación. Dios aún sana hoy. Jesucristo es el mismo hoy, ayer y por los siglos.



(Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos. He. 13:8).

Pero Dios ha permitido que la ciencia moderna crezca para la sanidad de las personas. Esto también es parte del obrar de Dios. No debemos menospreciar la ciencia médica que ha logrado, con sus investigaciones humanas, curar enfermedades que antes eran incurables y prolongar la vida de las personas. Todo permitido por la voluntad soberana de Dios. Él no está ajeno a este progreso y lo ha bendecido. Por eso debemos pedir con fe al Señor para la sanidad de nuestro cuerpo, pero no debemos dejar de ir al médico ni dejar de tomar las medicinas que Dios ha bendecido para sanidad. Él concede sanidad también a través de los médicos.

Pero nuestra fe divina contribuye para abrir la mano de Dios. Puedes estar seguro creyendo con todo tu corazón que el Espíritu Santo obra sanidad, tanto física como espiritual, en ti. Esto es obra exclusiva de la voluntad de Dios que honra nuestra fe divina; pero la voluntad de Dios está por encima de nuestra fe y por lo tanto Él es soberano para conceder o no nuestra petición de sanidad. Vemos, nada menos que en San Pablo esta prerrogativa divina:

(Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.2 Co. 12: 7-9).

Los caminos del Señor son muchas veces misteriosos; y en lo que respecta a sanidad debemos pedir con fe y en ella estar atentos al obrar de Dios en su voluntad. Al respecto vale la siguiente historia-ficción:

.- Un creyente le pide a Dios que le sane de una grave enfermedad. Pasan los días en los que sus familiares preocupados traen distintos médicos a la casa para verle. El creyente permanentemente los rechaza diciendo:

.- “No gracias doctor, yo le he pedido con fe a Dios que me sane y estoy esperando que lo haga”.

Al cabo de un tiempo el creyente muere y va al cielo. Allí le pregunta a Dios:

.- “Señor, yo te pedí con fe que me sanaras… ¿Por qué no lo hiciste?” – Y Dios le responde:

.- “No tengo yo la culpa. Te mandé varios médicos para que lo hicieran… y tú los rechazaste.”

La fe divina es necesaria para empezar a abrir camino a la voluntad sanadora de Dios. La incredulidad hace que Él no quiera actuar. Jesús en Nazaret no hizo muchos milagros a causa de la incredulidad de las personas. Mirar al Señor con fe hace que digamos como el leproso: “Si quieres, puedes limpiarme”.



(Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres puedes limpiarme. Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció. Mt.8: 2-3).

La sanidad de Dios por fe sigue siendo tan actual hoy como siempre. El poder del Señor para sanar está intacto.



Jesús el autor de nuestra fe.

Jesucristo es el máximo ejemplo para un creyente. Cuando miramos a Jesús nos damos cuenta que él es la persona más extraordinaria que pueda haber pisado en esta tierra. Vemos en la Biblia cada expresión de su rostro al hablar con la gente, cada gesto al reprender a sus discípulos, la tristeza de su rostro cuando sufría a causa de los malvados, sus pies benditos caminando por los caminos de Galilea anunciando las buenas noticias de salvación del ser humano, sus palabras profundas llenas de amor por nosotros y todo ello no puede menos que hacer crecer nuestra fe. Más aún, cuando vemos su sufrimiento en la cruz, pagando por nuestros pecados, derramando su sangre preciosa para limpiarnos de toda maldad, Jesús se transforma en el autor y consumador de nuestra fe divina. Crecemos en fe con él, y nos fortalecemos con sus palabras de esperanza y promesas reales de vida eterna. No debemos quitar nuestros ojos de Jesús, y en fe poderosa correr con paciencia la carrera que tenemos. Aunque a veces es difícil, la fe hace ligera la carga.



(Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. He. 12: 1-2)

Fortaleciendo la fe.

Los apóstoles de Jesús se dieron cuenta que no tenían la fe suficiente, fueron a Él y le dijeron:



(…Señor: Auméntanos la fe. Lc. 17:5).

Jesús no les aumentó la fe. Eso era responsabilidad de ellos. Dios les había dado una medida de fe para que la hicieran crecer, no para que, dándose cuenta que era pequeña, anduvieran pidiendo al Señor que se la aumentara.

Aquellos creyentes que tienen poca fe pueden fortalecerla y aumentarla activándola con hechos de fe diarios. La fe que no se activa se estanca y sólo sirve para salvación. Perdemos vidas de poder por falta de fe.

A Jesús le presentaron un muchacho endemoniado a quien sus discípulos no habían podido liberar. El Señor le dijo al padre del muchacho:



(…Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible. E Inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad. Mr. 9: 23-24).

El padre le dijo a Jesús: “Tengo fe”, pero no le pidió que le aumentara la fe. Simplemente le pidió que le ayudara a vencer su tendencia a la incredulidad. Eso es lo que Dios hace, nos ayuda cuando dudamos, nos levanta cuando caemos, nos da la mano cuando nos hundimos. Cuando Pedro caminó sobre las aguas del mar tuvo suficiente fe para hacer ese prodigio, pero cuando dudó comenzó a hundirse. Allí estuvo la mano de Jesús para levantarle. Él no le fortaleció la fe para que siguiera caminando sobre las aguas. Solo le tendió la mano para que no se hundiera.

Los creyentes debieran tener fe en Dios en cada detalle de sus vidas. Pedir su dirección en las decisiones que deban tomar, por más pequeñas que sean. Guiarse por las señales que permanentemente el Espíritu Santo nos envía para tomar uno u otro camino, sabiendo, con toda certeza, que transitaremos por la senda correcta. Si nos damos cuenta que nos falta fe, es nuestro deber activar la que tenemos y con hechos de fe diarios ir creciendo en ella.

(…sino que esperamos que conforme crezca vuestra fe seremos muy engrandecidos entre vosotros… 2 Co. 10:15).

La fe divina solo se fortalece cuando nos rendimos a Dios y creemos con absoluta certeza cada afirmación de Su Palabra.



Capítulo IV

Enemigos de la fe.

Indudablemente que a quien más le interesa que perdamos la fe divina es a Satanás. Es el adversario de Dios y de los creyentes con fe verdadera. Odia la fe divina y emprende duras luchas para combatirla. No soporta cuando actuamos en fe porque tomamos el escudo para apagar los dardos de fuego que él nos tira. El diablo, en su soberbia, ha perdido la fe en Dios porque se ha degradado de tal manera que ahora solo tiene fe en sí mismo, y se cree poderoso para vencerle y reemplazarle. Está tan obnubilado en su orgullo que no entiende ni acepta que el Señor ya ganó la guerra.

Algo distinto ocurre con los demonios, a pesar que siguen al diablo y colaboran con él. La Palabra de Dios nos dice:

(…también los demonios creen, y tiemblan. Stg. 2:19).

Los hombres malos, perversos y soberbios, también son enemigos de la fe divina. En su soberbia no creen en Dios, se inclinan a perversidades y se mofan de la fe. Pretenden superioridad sobre los demás, rechazando el sometimiento al Señor con autosuficiencia y autoexaltación. Esto los transforma en enemigos acérrimos de la fe divina. Exaltan la fe humana en sí mismos, en sus intelectos y niegan todo accionar en fe del creyente.



(Como no quisieron reconocer a Dios, él los ha abandonado a sus perversos pensamientos, para que hagan lo que no deben. Están llenos de toda clase de injusticia, perversidad, avaricia y maldad. Son envidiosos, asesinos, pendencieros, engañadores, perversos y chismosos. Hablan mal de los demás, son enemigos de Dios, insolentes, vanidosos y orgullosos, inventan maldades, desobedecen a sus padres, no quieren entender, no cumplen su palabra, no sienten cariño por nadie, no sienten compasión. Saben muy bien que Dios ha decretado que quienes haces estas cosas merecen la muerte; y, sin embargo, las siguen haciendo, y hasta ven con gusto que otros las hagan. Ro. 1: 28-32 La Biblia de Estudio Dios habla hoy).

Algunas tácticas de Satanás para quitarnos la fe divina.

Variadas son las tácticas del enemigo para quitarnos la fe. Una más común que emplea Satanás y sus demonios para hacernos tropezar, es hacernos creer que no tenemos fe. Pero la Palabra de Dios dice que sí la tenemos, porque Él repartió una medida de fe divina a cada creyente.



(Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno. Ro. 12:3).

Aquellos creyentes que sucumben ante el pensamiento que no tienen fe comienzan a estar ciegos a las promesas de Dios. Mientras crean que no tienen fe no podrán ver esas promesas. Deben sacudir sus cabezas, sus dudas, sus claudicaciones ante los dardos de fuego del maligno y saber con certeza absoluta que las promesas de Dios son ciertas, reales y actuales; y que si Él lo prometió lo cumple. Un conocido himno cristiano dice:

“Todas las promesas del Señor Jesús

Son apoyo poderoso de mi fe:

Mientras viva aquí cercado de su luz,

Siempre en sus promesas confiaré.”

Todo lo que el enemigo de Dios susurre a tus oídos en contra de la Palabra de Dios, deséchalo reprendiendo en voz alta y con autoridad en el Señor.

La duda. El mayor enemigo.

(Por la mañana, volviendo a la ciudad, tuvo hambre. Y viendo una higuera cerca del camino, vino a ella, y no halló nada en ella, sino hojas solamente; y le dijo: Nunca jamás nazca de ti fruto. Y luego se secó la higuera. Viendo esto los discípulos, decían maravillados: ¿Cómo es que se secó en seguida la higuera? Respondiendo Jesús, les dijo: De cierto os digo, que si tuviereis fe, y no dudareis, no sólo haréis esto de la higuera, sino que si a este monte dijereis: Quítate y échate en el mar, será hecho. Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis. Mt. 21:18-22).

Jesús afirmó que un discípulo de Él, puede hacer eso y mucho más. Si lo dijo el Señor es cierto. La falla no está en Él, sino en nosotros. Poca fe y dudas impiden el potencial poderoso que tiene un creyente en Jesucristo.

La duda impide el fluir del poder de la fe divina. Podemos estar transitando el mejor de los momentos, recibiendo el poder de Dios en nuestras vidas, pero si permitimos que la duda penetre tan solo un instante, cortamos el fluir del poder de la fe rompiendo todo contacto con Dios.

Cuando Pedro estaba participando del mayor milagro que un ser humano puede experimentar, romper la ley de gravedad y caminar sobre aguas profundas, estaba ejerciendo una fe divina poderosa mirando a Jesús. Bastó un instante, en que su intelectualismo le hizo saber que no era posible lo que estaba haciendo. Quitó sus ojos de Jesús, miró las grandes olas, el fuerte viento, la profundidad del mar y dudó. Luego comenzó a hundirse.



(…Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? Mt. 14: 28-31)

El intelectualismo ateo.

En muchos escritos cristianos se presenta la razón como opuesta a la fe. Esto no es correcto porque Dios es el que nos ha dado la razón, la inteligencia y sabiduría para conocer aquellas cosas que Él nos permite administrar. El ser humano puede, en base a la investigación y conocimiento empírico de datos, llegar a conclusiones veraces de las leyes físicas establecidas por Dios. Esto le sirve para progresar en el conocimiento de las cosas y emplearlas para el mejoramiento de la calidad de vida de la raza humana y el resto de los seres vivientes en la tierra.

El intelectualismo natural del ser humano no puede negar la posibilidad de la intervención divina en la creación de Dios.

(Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos…Sal. 19:1).

Pero sí puede el intelectualismo natural transformarse en ateo; y por lo tanto negar toda participación de Dios y tergiversarla en posiciones especulativas, de valor para la fe humana, que necesitan de millones y millones de años para que se sustenten. Y aun así no responden a los interrogantes más elementales:

.- Después de la última estrella... ¿cuándo se acaba el infinito?

El racionalismo ateo no es juez ni árbitro final; no tiene autoridad para negar la existencia de Dios.

No es el intelectualismo el que obliga al ser humano a no tener fe en Dios, sino la incredulidad voluntaria de personas movidas por la vieja naturaleza que tiene enemistad contra Dios.

(Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios ni tampoco pueden…Ro.8:7).

Hay un orgullo implícito en el intelectualismo ateo. La Palabra de Dios lo denuncia:



(Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios… Ro. 1:20-22).

No tener amor.

Podemos hablar otras lenguas humanas, aún las angélicas, podemos profetizar y profundizar en los misterios de Dios, entender la ciencia y tener toda la fe divina para realizar prodigios, podemos repartir todos nuestros bienes en beneficio de los pobres, entregar nuestros cuerpos para ser quemados y realizar las mejores obras en esta tierra, y si no tenemos amor, nada somos. Así dice la Palabra de Dios en el capítulo 13 de la primera carta de San Pablo a los Corintios.

La fe divina para tener la bendición de Dios debe ir acompañada por el amor. Si no lo tengo de nada vale mi fe, por más grande que sea.

La falta de amor por los que se pierden obstaculiza a la fe. No podemos predicar a los no creyentes si no los amamos, no podemos mostrarles nuestra fe si no tenemos la compasión amorosa porque se pierden. Si no amamos al ser humano alejado de Dios, no somos hijos de Dios y nuestra fe es vana.



(El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor. 1 Jn 4: 8).

Falta de paciencia.

Satanás sabe de nuestra debilidad humana que es la impaciencia. Queremos todo en el momento. Estamos acostumbrados en este mundo moderno a que lo instantáneo sea moneda corriente. Muchos productos comestibles ya son elaborados permanentemente para ser preparados en el acto y consumidos con pocos minutos, sin tener que esperar horas para que estén listos. Entonces, los demonios susurran a nuestros oídos:

.- Ha pasado mucho tiempo y el Señor no me contesta. No debo haber orado con fe.

.- No debe ser la voluntad de Dios, porque el tiempo pasa y no veo ninguna solución.

.- El Señor se tarda en contestarme. De qué vale que le pida con fe si no me contesta.

Dios le había prometido grandes cosas a Abraham, pasó el tiempo y no veía señales del cumplimiento de esas promesas. Pero Dios cumplió todo lo prometido en Su tiempo y con Abraham victorioso por la fe y paciencia que tuvo en esperar sin desmayar.



(Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas. Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo, diciendo: De cierto te bendeciré con abundancia y te multiplicaré grandemente. Y habiendo esperado con paciencia, alcanzó la promesa. He. 6: 11-15).

Cuando hay que esperar perdemos la paciencia y la fe y esto es aprovechado por el enemigo para derrotarnos. En Dios todas sus promesas ya son; no es que tenga que obrar para que sean, y si entendemos esto estaremos seguros y con toda la certeza de lo que se espera.



(Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá. Mr. 11: 24)

No podemos perder la paciencia porque esto es lo que el diablo busca. La paciencia da fuerza a la fe divina.

Dios podría haberle instalado instantáneamente un arca a Noé frente a su casa. De la noche a la mañana él se habría encontrado con todo hecho para que los animales y su familia entraran en ella. Pero, sin embargo, tardó unos 120 años en hacerla. El arca era enorme: largo 135 mts., ancho 22,5 mts. y alto 13,5 mts.. El trabajo requirió de preparativos estructurales, confección de herramientas, planos, espacio suficiente y tiempo. Tuvo que buscar los materiales, acarrearlos, cortar cientos de árboles, llevarlos al lugar de la obra, preparar listones de madera, vigas o tirantes, buscar suficiente alquitrán para recubrir el arca por dentro y por fuera; ir levantando andamios y negociar con comerciantes a quienes encargaría materiales. Seguramente que Dios le dotó de inteligencia especial para realizar semejante trabajo, pero no le aportó ángeles para que le ayudaran en la empresa. Tuvo que soportar, además Noé, las burlas de sus vecinos que no creían lo que, seguramente, les anunciaba:

.- Miren que Dios va a destruirlos. Arrepiéntase y vuélvanse a Él…



(Por la fe Noé, cuando fue advertido por Dios acerca de cosas que aún no se veían, con temor preparó el arca en que su casa se salvase, y por esa fe condenó al mundo, y fue hecho heredero de la justicia que viene por la fe. He. 11:7).

¿Por qué Dios no le dio todo servido a Noé?

La razón más importante era probar y demostrar al mundo invisible que en la tierra había alguien con buena fe divina como para creerle a Dios y obedecerle. Luego, en su misericordia que siempre está presente, dar tiempo a los hombres impíos que se arrepintieran de sus malas acciones y buscaran a Dios. Nada de eso ocurrió a pesar de los 120 años de advertencia. Por último, demostrar que la justicia de Dios es inflexible castigando al malvado que rechaza su amor, así como lo hará enviando al infierno a los que rechazaron su supremo acto de amor enviando Jesucristo, quien muriendo injustamente en la cruz del Calvario pagó por todos nuestros pecados; los que le recibimos como el único y personal Salvador.

(Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito (Jesucristo), para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Jn. 3:16).

Desconocer lo que Dios quiere.

Muchos creyentes quieren ejercer la fe divina pidiendo en oración. Están necesitados, con diversas carencias materiales o espirituales, llenos de interrogantes, e influenciados por la fe humana que tergiversa lo bueno de acuerdo con la óptica de Dios. Muchas veces, lo que nos parece bueno a nosotros no lo es para el Señor.

Y esto ocurre por ignorancia de la voluntad de Dios. Los cristianos niños carnales no leen la Palabra de Dios y por lo tanto desconocen las profundidades de Su voluntad. No es excusable, porque la responsabilidad del creyente es “crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo” (2 P. 3:17), lo cual implica conocer la voluntad de Dios para cada detalle de nuestra vida.

La inacción.

Si la fe no actúa juntamente con las obras, y se perfecciona por las obras, la falta de acción es un enemigo de la fe divina.



(Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras. Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. ¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta? Stg. 2: 18-20).

Las obras de amor que el creyente pueda hacer dan a conocer la fe que posee. Si no lo hace es posible que no sea un verdadero cristiano.



(…Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. 1 Co. 13:2)

(Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta. Stg. 2: 26).

Lo que más desea el enemigo es que nos crucemos de brazos y no hagamos nada para el Señor. La inacción es agua estancada, se pudre con el tiempo y huele mal. Debemos dejar que el agua de vida corra, fluya en nuestro ser con obras en el poder de la fe. Ella se deleita cuando el creyente le permite hacer, mostrar su fuerza para la gloria de Dios. Se mueve en la acción. Satanás quiere que nos quedemos quietos en nuestras sillas de iglesia “engordando en fe” pero no haciendo nada para Dios.

Cuando el creyente actúa la fe divina se desata. Nunca vendrá el poder de Dios si no hacemos nada. Si empezamos a movernos en fe divina, Dios confirma su poder milagroso en las obras que hacemos.

Por fe divina Moisés movió la vara y el Mar Rojo se dividió. Por fe Abraham salió de Ur de los Caldeos sin saber adónde iba. Por fe divina Josué obedeció dando vueltas a Jericó para comprobar que las promesas de Dios son ciertas y derrota al enemigo milagrosamente. Por fe Naaman se curó su lepra bañándose siete veces en el río. Por fe en acción la mujer con flujo de sangre se curó al tocar el manto de Jesús. El enemigo quiere que no actuemos en fe porque sabe que si no hay acción la fe está muerta.



Capítulo V

La fe activa.

Es común en nuevos creyentes la alegría de poseer espiritualmente seguridad y vida eterna. Han aplicado su fe de Jesucristo como Salvador y la vida se ha transformado. Nuevas expectativas, nuevos caminos a transitar, una familia espiritual que lo acoge con amor, experiencias lindas que se renuevan cada día. La fe divina que hasta este momento es solo para salvación de sus almas tiene ganas de crecer y fortalecerse en el Señor. Están viviendo el primer amor con Él. Pero así como esto es general en los nuevos creyentes, también es común que, si no tienen la contención y el discipulado de la iglesia, esa fe se vaya enfriando o estancando y no pase de ser fe para salvación.

Para que la fe divina crezca es necesario activarla todos los días con nuevos desafíos. Cada jornada está llena de nuevos afanes, nuevas preocupaciones, problemas y dificultades propias del sistema corrupto terrenal. Estas montañas son desafíos que deben ser enfrentados cada día con fe; con ejercicio de la fe divina, activándola en confianza hacia la fuerza del Señor para estar con nosotros siempre. Cada dificultad debe ser motivo de oración flecha a Dios y ejercicio de la fe activa. Entonces, será un hábito para el creyente que se transformará en una dínamo de energía poderosa que irá creciendo porque ven los resultados positivos, las contestaciones de Dios se hacen cada vez más frecuentes y la certeza de ver lo que se espera trae seguridad al cristiano.

La fe activa produjo grandes héroes de la fe, que fueron capaces de hacer lo que para otros era imposible:



(¿Y qué más digo? Porque el tiempo me faltaría contando de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté, de David, así como de Samuel y de los profetas; que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros. Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección…He. 11: 32-35).

Esto es fe activa poderosa, que fluye del cristiano que se ejercita en ella todos los días. Entonces el Señor no nos dirá: “hombres de poca fe” sino como le dijo a los que le seguían en Capernaum, refiriéndose al centurión romano que le pidió sanidad para su siervo:



(Al oírlo Jesús se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aún en Israel he hallado tanta fe. Mt. 8:10).

La fe que proclama.

Nuestra fe no debe ser ocultada. Debemos manifestarla para que también otros crean. La fe se proclama. La fe habla y modifica la atmósfera alrededor nuestro. Los que escuchan son tocados por el Espíritu Santo para arrepentimiento y entrega al Señor. El que tiene la fe divina debe confirmarla con su boca. La historia bíblica nos muestra el poder de la manifestación de fe:



(Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión, rogándole, y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado. Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré. Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará. Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Vé, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe. …Entonces Jesús dijo al centurión: Vé, y como creíste, te sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora. Mt. 8: 5-10;13).

La proclamación debe ser hecha con autoridad y convicción; de lo contrario son palabras al viento, huecas y sin poder. Debemos creer lo que estamos diciendo, sin la mínima duda; si esto último ocurre comenzaremos a hundirnos en la incertidumbre y la fe divina no producirá ningún efecto. La duda mata la fe.



(Respondiendo Jesús, les dijo: De cierto os digo, que si tuviereis fe, y no dudareis, no sólo haréis esto de la higuera, sino que si a este monte dijereis: Quítate y échate en el mar, será hecho. Mt. 21:21).

Esto dijo Jesús a sus discípulos, que eran tan humanos como nosotros. ¿Les estaba mintiendo diciéndoles algo imposible? La respuesta es no. Jesús nunca mintió; y si Él lo dijo es cierto y posible.

En mi primer pastorado en la Iglesia de los Hermanos tenía la costumbre de quedarme de noche hasta tarde en mi escritorio preparando las lecciones del Manual para el Autodiscipulado que instrumenté para los nuevos creyentes. La oficina se encontraba al lado de la puerta principal de la iglesia y la luz que salía por la ventana daba a la calle principal. Así que los que pasaban podían saber que alguien estaba en la oficina. Una día, cerca de medianoche, alguien llamó golpeando la puerta de entrada de la iglesia. Me levanté de mi silla y fui a atender. Abrí y me encontré con un joven, de unos 25 años, que me preguntó si lo podía atender. Lo hice pasar cerrando la puerta con media vuelta de llave. Se notaba la crispación en el rostro del joven, sentándose frente al escritorio comenzó a contarme las miserias humanas más degradantes en que estaba viviendo. Lo dejé hablar un rato, luego comencé a presentarle al Señor Jesús. Automáticamente su actitud cambió para mal y empezó a amenazarme. El demonio que tenía dentro se estaba manifestando. Tenía yo un diácono colaborador en el ministerio de liberación y con él vivimos las experiencias más increíbles. Era fiel y dispuesto para ayudar en cualquier momento en las batallas contra las huestes de maldad. Así que, inmediatamente levanté el teléfono del escritorio y lo llamé que viniera urgente. Pasaron unos minutos y el muchacho seguía amenazándome subiendo cada vez más el tono de su voz. Gritaba diciendo que me iba a matar. Pasado un tiempo escucho el automóvil del diácono frenando frente a la iglesia, luego la intención de abrir con su llave la puerta principal, pero mi llave estaba trabándola y no podía entrar. Comenzó a golpear la puerta llamando. Cuando intento levantarme de mi silla, el endemoniado me dice, mirando la punta pincha papeles que estaba sobre mi escritorio:

.- “Si vas a abrirle, salto sobre ti y te mato con ese pincha papeles”

En aquel momento el Espíritu Santo trajo a mi mente, de la Palabra de Dios, algo que yo nunca había hecho:

(Porque ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata? Y entonces podrá saquear su casa. Mt. 12:29)

Como un relámpago cruzó un pensamiento por mi mente: ¿Tengo fe para hacerlo? La respuesta sincera fue sí. Entonces dije proclamando en voz alta, con autoridad:

.- “En nombre de Jesucristo, te ato a esa silla” – y me levanté para ir a abrir la puerta. Al pasar, cuando miro de reojo al endemoniado, estaba dando pequeños saltitos, pegado a la silla, sin poderse mover de su lugar.

Luego pudimos efectuar la liberación y el demonio salió del joven.

Mi fe en la Palabra de Dios fue hablada y actuó en el poder del Señor. Si hubiera dudado, distinta sería la historia.

La fe que avanza.

Puede haber tres posiciones en nuestra fe divina. Puede avanzar, estar estancada o retroceder. Comenzando a pensar en este último estado, el retroceso, solo podemos concebirlo en algunos supuestos:



  1. En los creyentes carnales, apegados al pecado sin que las cosas viejas hayan pasado, la fe no crece y retrocede. El Espíritu Santo no detiene la caída cuando voluntariamente el creyente está pecando. Inevitablemente la fe decae porque el creyente carnal permite la influencia de la carne que tiende al mal y a menoscabar la fe divina. El Espíritu Santo nos advierte que en los postreros días algunos apostatarán de la fe.

(Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios. 1 Ti. 4:1).

  1. En los creyentes que sucumben a las pruebas y situaciones difíciles que la vida les presenta. Están en un nivel de fe y de pronto, ante la adversidad, comienzan a dudar del poder de Dios para socorrerlos y retroceden en su fe divina. Dice Dios:

(Mas el justo vivirá por fe;

Y si retrocediere, no agradará a mi alma. He. 10:38).

Job nos da el ejemplo de lo que es confiar en Dios y no retroceder de la fe. Ante tantas adversidades que le tocó vivir, más las críticas de sus amigos acusándole de pecados ocultos, habiendo perdido prácticamente todo, nunca retrocedió de su fe en Dios.



(Y tomaba Job un tiesto para rascarse con él, y estaba sentado en medio de ceniza. Entonces le dijo su mujer: ¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios, y muérete. Y él le dijo: Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado. ¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos? En todo esto no pecó Job con sus labios. Job 2: 8-10).

Otro ejemplo de fe en la Palabra de Dios es Abraham, del cual nos dice:



(Él creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Ro.4: 18-19).

  1. En los creyentes desilusionados con el pastor o profeta que le dio una profecía que no se cumplió; y que retroceden en la fe divina porque se sintieron estafados en su credulidad. Pierden la confianza en los líderes e indirectamente culpan a Dios con su actitud de retroceso en la fe.

(Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. 1 Jn. 4:1).

El verdadero creyente debe contender cada día para no perder la fe. Son muchos los falsos profetas que han salido en estos últimos tiempos y que predican dando falsas expectativas que nunca se cumplen. La iglesia debe identificarlos y no permitirles usar los púlpitos pues están introduciendo doctrinas falsas.



(Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos. Jud. 3).

La segunda posición es la de los estancados en la fe divina. Sigue igual que el día en el cual recibieron al Señor como Salvador. Tienen la fe que salva pero no han crecido en fe para ser más que victoriosos. Viven vidas acomodaticias, ocupan siempre los mismos bancos en la iglesia, tranquilos porque saben que son salvos así como por fuego, pero se están perdiendo lo maravilloso que es vivir una vida de fe activa.

En la parábola de los talentos el hombre rico que se iba de viaje repartió entre sus siervos monedas valiosas para que las hicieran producir, rindiéndole cuentas a su regreso. Uno de los siervos actuó de manera reprochable:

(Pero llegado también el que había recibido un talento, dijo: Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fue y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo. Mt. 25: 24-25).

El patrón se enojó mucho y le reprochó el no haber hecho crecer su capital. Muchos creyentes no hacen crecer el capital de la fe. El resultado es un estancamiento de por vida en la fe divina. Serán salvos pero no recibirán las hermosas palabras del Señor:



(Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré;… Mt. 25: 23).

Los que hacen crecer la fe divina disfrutan viendo cómo van de victoria en victoria; mientras en su ser la fuerza del Señor sigue creciendo día a día. Cada victoria de fe aumenta la cantidad de la misma. San Pablo elogiaba a los Tesalonicenses:



(Debemos siempre dar gracias a Dios por vosotros, hermanos, como es digno, por cuanto vuestra fe va creciendo…1 Ts. 1:3).

Aún en las pruebas el gozo de la fe no los abandona. San Pedro les decía a los expatriados de la dispersión en Asia Menor:



(En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo. 1 P. 1: 6-7).

La fe que obra.

(…porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor. Gá. 5:6)

Pon en funcionamiento una fe activa por medio del amor y seguramente vendrán respuestas a las peticiones que has presentado a Dios. Nuestra fe obrando por el amor puede cambiar vidas. En la medida que aumentes tu amor por las personas la fe que tienes puede crecer hasta límites insospechados. Si no hay amor tu fe se estanca y no produce resultados.

El mejor parámetro de la verdadera fe divina son las obras. El apóstol Santiago se ocupó mucho de dejar bien en claro que no existe fe sin obras. El que dice tener fe y no lo manifiesta en hechos, no tiene la verdadera fe divina.

(…sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace. Stg. 1: 22-25).

La fe divina se perfecciona por las obras. Es el reflejo visual y material del verdadero creyente. Cuando se hacen cosas en amor los inconversos observan y toman nota en sus corazones. En algún momento esas obras serán lo suficientemente testimoniales como para que, con la ayuda del Espíritu Santo, el no creyente quiera obtener también la salvación en Jesucristo.



(¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta? ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras? Stg. 2:20-22).

No creas que te salvarás por tus obras, pero haz obras para reflejar tu fe en Jesucristo. Solo así serás un testimonio poderoso para aquellos que todavía no creen.



La fe que espera.

Cuando miramos la definición de la fe en la carta a los hebreos, capítulo 11, vemos que dice que la fe es la certeza de lo que se espera. Si hay algo que cuesta en el ser humano en general es esperar. Nos hemos acostumbrado en la vorágine moderna a que todo sea instantáneo. Nada de esperar. Esto lleva tiempo y el tiempo es oro. Pero en el reino de Dios, que es el reino del revés (para nosotros, no para Él), no hay tiempo. El tiempo no existe. La eternidad es sin tiempo. No hay relojes para medirla.

Es así que para nosotros, los humanos, la espera necesita de otro ingrediente: la paciencia, que muchas veces falta. Pero para los creyentes en Cristo Jesús la paciencia forma parte del fruto del Espíritu Santo y por lo tanto es inherente al cristiano verdadero. En el libro de Apocalipsis, en la última parte de un versículo misterioso hay una frase que resume lo que tiene en este tema una persona santificada por la sangre de Cristo:

(Aquí está la paciencia y la fe de los santos. Ap.13:10).

La fe divina espera, no tiene apuro, confía en los tiempos de Dios, calma toda ansiedad por los resultados, se goza en medio de la espera y cuando la respuesta llega, glorifica al Señor.



(Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas. He. 6: 11-12).

La fe que lucha.

Dice la Palabra de Dios que no tenemos lucha contra sangre y carne, es decir contra nuestros congéneres humanos. La lucha es espiritual, contra los ejércitos de maldad capitaneados por Satanás.



(Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Ef. 6: 12).

El primer objetivo de estas huestes malignas, con respecto a los creyentes en Jesucristo, es que pierdan la fe. ¡Qué gran batalla ganan cuando un creyente pierde la fe divina!

La Palabra de Dios es sabia cuando insta al cristiano a colocarse la armadura de guerra espiritual para enfrentar al enemigo. Debemos luchar con fe divina que nos fortalece para triunfar. Para esta batalla debemos:

(Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo….Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes….Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Ef. 6:10,11,13,16).

En esta batalla es importante no olvidarse de la fe divina. Es un escudo poderoso que nos permite parar y apagar las flechas encendidas del diablo y sus demonios que quieren derrotarnos. El cristiano que tiene la fe que así lucha, seguro que vence.

Durante mi segundo pastorado, en la Iglesia Encuentro con Dios en Argentina, una familia que visitaba por primera vez la iglesia pidió hablar conmigo. Me explicaron que estaban pasando momentos terribles a causa de cosas que ocurrían en dos propiedades suyas. Una era la que ellos habitaban y la otra estaba desocupada. Vivían los abuelos, la hija y su marido y una nietita de 2 años; todos en la misma casa, una vivienda sencilla, con varias habitaciones, en las afueras de la ciudad.

La abuela Juana era una mujer enigmática, callada, de mirada rara y siempre ocupada en las tareas del hogar. El abuelo José, un gallego duro, retacón de cuello corto, gorra siempre calzada, que cuando hablaba dejaba entrever una sensación como que ocultaba algo. María, la hija, tenía en su aspecto, quizá por contagio familiar, lo que para un psicólogo reflejaría doble personalidad. No se sabía a ciencia cierta si estaba diciendo la verdad, porque siempre ocultaba la mirada. Con Manuel, el esposo, aparentaban llevarse bien, pero si uno era buen observador se daba cuenta de que él no estaba conforme. Algo pasaba.

Las cosas comenzaron a suceder en el verano de 1995. No solamente en la casa donde vivían sino también en la otra vivienda antigua que los abuelos habían comprado para tener una renta por alquiler. En ese momento estaba desocupada y el abuelo José iba periódicamente para mantenerla.

Como los hechos sobrepasaban el entendimiento natural, el estado de miedo se apoderó de todos los integrantes de la familia. María decidió ir a buscar ayuda en el cura de la parroquia cercana.

El padre Martín escuchó atentamente su relato. Luego le preguntó si estaban viniendo a misa. María dijo que no. Tras una breve reprimenda por tal falta, el cura dijo que para intervenir debía pedir permiso al Obispo, pues la Iglesia en estos casos tiene sus reglamentos.

Pasaron los días y no se recibía la autorización; la situación se tornó insostenible.

A María se le ocurrió ir a pedirme ayuda. Me explicó la situación y acordamos en que visitaría su casa a las dos de la tarde de ese mismo día.

Al entrar en ella sentí una fuerte opresión golpeándome el cuerpo. Era como si una fuerza extraña quisiera alejarme de la casa.

Nos reunimos en la cocina y cada uno de los integrantes de la familia comentó situaciones vividas, mostrando el temor en cada uno de los relatos. Aproveché para presentar a Jesucristo como Señor y Salvador. Les pedí que se arrepintieran de sus pecados y de cualquier pacto maligno que hubieran hecho Entendieron e hicieron una oración de entrega, pero el tiempo me corroboró que era más por temor que por sincero arrepentimiento de sus pecados. Convinimos en estar en oración, junto a mis colaboradores, en la casa todos los días a las 14 hs. p.m.

Antes de retirarme quise hacer una oración. Mientras la realizaba en voz alta el reloj antiguo de péndulo que estaba colgado en la pared cayó estrepitosamente. Todos los presentes pegaron un salto espantados. Terminé mi oración y los tranquilicé:

.- “No se preocupen…, todo va a estar bien. Confíen en el Señor. Nos veremos mañana”.

El día siguiente se presentó lluvioso, como si las negras nubes de tormenta presagiaran tragedia. A las dos de la tarde estuve en la casa, iba acompañado con un diácono y dos colaboradores de la iglesia.

Antes de tomarnos de las manos para las oraciones, expliqué que la fe era importante para mover las montañas de problemas. Así que les pedí que trataran de tener mucha fe en Dios que todo se iba a solucionar. Como los de la familia no sabían cómo realizar las oraciones les dije que ese día solamente lo haríamos el diácono y yo, pero que en días sucesivos quería que ellos le pidieran a Dios, con sus propias palabras, para que limpiara la casa.

Comenzó el diácono y en medio de su oración la mesa tembló, como si un pequeño terremoto hubiera pasado. Se interrumpió un poco, aunque, carraspeando, continuó. Luego todos repitieron:

.- “Amén”.

Les había pedido que cerraran sus ojos, para mejor concentración, pero hubo alguien que los tenía bien abiertos durante mi oración. Era Manuel, el esposo de María, quien pegó un grito que casi infarta a todos

.- “La ropa del patio ¡se está quemando!

.- “Pero…, si todavía estaba mojada! - dijo asustada la abuela Juana.

Todos salieron corriendo hacia el patio para ver el triste espectáculo de toda la ropa tendida completamente consumida por el fuego.

Salimos vivamente impresionados de esa nueva experiencia que nos tocaba vivir. Pero, a la vez, fortalecidos en fe para volver al día siguiente.

Las cosas se complicaron porque comenzaron a ocurrir también en la otra casa que tenían para alquilar. El abuelo José me llamó para que viera lo que sucedía

.- “Cuando vine, estaba todo esto escrito en la pared de la pieza”, - dijo José indicando con el dedo.

Con caracteres serpenteantes, muy raros, como antiguos, se podía leer escrito con barro entre otras amenazas: “Cumple lo que prometiste”.

.- “Vendremos también a orar a este lugar”, - dije tratando de calmarle.

Acordamos que el abuelo José nos abriría por las mañanas.

Un día, habían dejado sola a Camila, la nietita, durmiendo en su cuna. Mientras orábamos, un llanto desesperado nos sobresaltó. Corrimos a la pieza de la niña y la encontramos en medio de su camita rodeada de fuego pequeño, como llamitas que no avanzaban, pero llamas al fin. Angustiados retiraron a Camila y apagaron el fuego con una colcha.

Una tarde, Manuel dijo que estaba cansado y decidió no concurrir a la reunión de oración. Se quedó en su pieza, acostado en su cama y con la puerta cerrada pero sin llave. La habitación tenía una ventana que daba al patio, también cerrada.

En medio del momento de oración se escuchó un tremendo ruido y un grito desesperado de Manuel. Todos corrimos al lugar tratando de abrir la puerta, pero algo la trababa. Él seguía gritando con pánico pidiendo ayuda. Dimos la vuelta por el patio y golpeamos con fuerza la ventana hasta que se abrió violentamente. Entramos y nos encontramos con un espectáculo inusitado. La cama matrimonial completamente dada vuelta aprisionando a Manuel, y la cuna de Camila como un puntal entre la puerta y la cama para trabarla.

Manuel nunca más dejó de asistir a las reuniones de oración…

En la otra casa las cosas seguían mal. En una oportunidad, encontré en una de las piezas escritas en la pared palabras en barro amenazando.

Pero aún habría sorpresas para todos. Una mañana, cuando llegamos el abuelo José, el diácono y yo a la casa, nos encontramos con un misterio mayor. Todas las puertas internas faltaban. Las puertas exteriores estaban cerradas, como siempre, con llave. Fuimos al patio y nos encontramos, asombrados, con las puertas apiladas y quemadas.

.- ¿Cómo hicieron para sacarlas? - se preguntó en voz alta el abuelo José.

En la casa donde ellos vivían llovían botellas desde el cielo y caían estrepitosamente sobre el techo de la casa. Una tarde después de las oraciones, cuando me aprestaba a retirarme, vi como un cuchillo grande se levantaba solo desde la mesada de la cocina y se dirigía tomando velocidad hacia mí. Inmediatamente sentí como si una burbuja informe me recubría. El cuchillo se clavó en la puerta, a quince centímetros de mi cabeza.

Este incidente fortaleció mi fe, pero pensé que había algo que debía hacer: pedir sabiduría para terminar con todo eso. Así lo hice y recibí respuesta del Espíritu Santo.

Llegué al día siguiente con un recipiente con 5 litros de aceite.

Expliqué que el aceite es un símbolo de la presencia del Espíritu Santo y es usado así, según la Biblia, en ocasiones especiales. Ungí todas las aberturas de la casa y a cada uno de la familia en la frente. Pedí sabiduría…

.- “Falta el techo…,” – me dijo el Espíritu Santo.

Con una escalera, subí al techo e hice una gran cruz, usando el aceite, de punta a punta de la casa. En la propiedad deshabitada hice lo mismo.

Nunca más ocurrieron cosas en ninguna de las dos casas.

Mirando hacia atrás veo que mucho tuvo que ver la fe divina que lucha contra las huestes de maldad. La limpieza fue de Dios y nuestra fe fue un instrumento para lograrlo.



(Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu…1 Co. 12:7-8).

¿ Has crecido en la fe divina que lucha para ser más que vencedor ?



La fe que triunfa.

El gozo de la victoria inunda nuestro ser cuando la batalla ha sido dura. En esta lucha la fe ha tenido mucho que ver y ha sido una carta poderosa en el triunfo. Las tentaciones vienen como dardos de fuego del maligno y el escudo de la fe ha estado activo protegiendo al creyente para que no caiga. La fe que triunfa es la fe fuerte, la que no se debilita por las circunstancias adversas, la que siempre crece y hace una escalera con las piedras que el enemigo pone en nuestro camino. Ésta es la fe que vale, la que triunfa.



(Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? 1 Jn. 5: 4-5).

Un hermoso himno cristiano dice:

“Firmes y adelante, huestes de la fe,

Sin temor alguno, que Jesús nos ve;

Jefe soberano, Cristo al frente va,

Y la regia enseña, tremolando está.”

La Palabra de Dios nos afirma que somos más que vencedores por medio de Jesucristo. Nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios, que es en el Señor. Cuando la desesperanza, la duda, el desánimo quieren inundar la vida del creyente, allí está la fe divina que batalla con la ayuda del Espíritu Santo, para hacernos más que vencedores.

(Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento. 2 Co. 2: 14).

La fe que adora.

Es imposible adorar a alguien o algo sin fe. Pero dicho tan simplemente esto implica fe humana. Muchas personas con esta fe adoran a objetos, estampitas, ídolos, hombres y mujeres, dándoles honor y reverenciándoles. Esto es tan antiguo como la humanidad y desde siempre condenado por Dios. Ya las personas que vivieron antes de Abraham adoraban a dioses extraños:



(Y dijo Josué a todo el pueblo: Así dice Jehová, Dios de Israel: Vuestros padres habitaron antiguamente al otro lado del río, esto es, Taré, padre de Abraham y de Nacor, y servían a dioses extraños. Jos. 24:2).

(No haréis para vosotros ídolos, ni escultura, ni os levantaréis estatua, ni pondréis en vuestra tierra piedra pintada para inclinaros a ella; porque yo soy Jehová vuestro Dios. Lv. 26:1).

La fe divina produce adoración a Dios y a nadie más. Adoramos por lo que Dios es y ha hecho por nosotros redimiéndonos del pecado y dándonos vida eterna en Jesucristo.

Para adorar a Dios es necesario tener una relación personal con Él; y solo la fe verdadera produce real adoración en espíritu y verdad.

(Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. Jn. 4: 23-24).

Nadie puede adorar a Dios si no le conoce. Para conocerle es necesario haber recibido a Jesucristo como único y personal Salvador, arrepintiéndose de todos los pecados y aceptándole como Hijo de Dios. Entonces la fe produce real adoración, porque muestra todo lo que Dios ha hecho por nosotros.



Capítulo VI

Cuando se pierde la fe divina.

¿Es que podemos perder la fe? La respuesta es sí. El creyente puede perder totalmente la fe divina o perder parcialmente la porción de fe que Dios nos ha dado. La perdemos no por culpa de Dios, sino por culpa nuestra. Dios nos ha hecho libres para escoger entre el bien y el mal. Así lo quiso Él. Y en esa libertad nos encontrábamos cuando hicimos una decisión trascendental. La de creer en Jesús como Señor y Salvador de nuestras vidas. Él nos libró de la muerte espiritual; de estar separados eternamente del amor de Dios. También nos dio vida abundante, esperanza, gozo y paz para transitar por esta tierra como buenos cristianos.

Pero la libertad de elección siguió estando vigente. En cualquier momento de nuestra vida tenemos el derecho de devolver todo el regalo que Dios nos dio en Jesucristo. Es muy tonto hacerlo, pero es nuestro derecho en la libertad con que nos hizo.

La fe divina se puede perder totalmente cuando uno se va deslizando poco a poco y los afanes y engaños de este mundo nos envuelven de tal forma que nuestra fe se achica y se pierde.



(Mas el justo vivirá por fe; Y si retrocediere, no agradará a mi alma. Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma. He.10: 38-39).

La Palabra de Dios es clara y dura cuando habla de creyentes que pierden la fe divina y con sus actos la niegan:



(Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? He.10: 26-29)

Apostasía significa recaer, volverse atrás. La Biblia nos advierte que irá haciéndose más frecuente a medida que se acercan los últimos tiempos antes de la venida del Señor Jesucristo.



(Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos…1 Ti. 4:1-2).

Deliberadamente abandonan la profesión de fe que habían hecho a favor de Jesús, y se inclinan a dioses extraños inexistentes o a filosofías que niegan a Dios. No hay más esperanzas de redención para el apóstata. Ya tuvo su oportunidad, fue santificado y luego rechazó esa posición volviéndose atrás.



(Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado. He.3: 12-13).

El creyente puede perder la fe divina parcialmente con respecto a la porción de fe que Dios le dio, o de lo que ha logrado acrecentarla. Esto puede ocurrir por varias razones, entre ellas:



La perdemos parcialmente por no obedecer.

La obediencia es algo que agrada al Señor. Pero no obediencia forzada, sino por amor, de corazón. Esa obediencia es grata, que satisface y hace que seamos verdaderos siervos del Señor. Lo primero que les dijo Dios a Adán y Eva fue que obedecieran y apenas tuvieron oportunidad le desobedecieron. Eligieron hacer la voluntad de ellos y no la Dios.

Es una ecuación proporcional: en la obediencia la fe se aumenta y cada vez que desobedecemos perdemos un poco de fe. Luego cuesta más recuperarla que lo que nos había costado obtenerla.

Podemos conocer la voluntad de Dios para determinadas áreas de nuestra vida, pero no querer obedecerla. Eso es una rebelión contra la fe divina que se ve afectada y decrece.

Nuestra actitud como creyentes en Cristo debe ser de arrepentimiento y pedir perdón a Dios, recordando su afirmación:

(Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados. Is. 43:25).

Entonces la fe perdida comenzará nuevamente a crecer.



La perdemos parcialmente porque no tenemos buena proclamación de la fe.

Cuando recibimos a Jesucristo como Señor y Salvador nos convertimos en sus discípulos para ser enseñados por el Espíritu Santo. Al mismo tiempo nos es impuesto el mandato del Señor:



(Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. Mr. 16: 15).

Allí comienza la proclamación de nuestra fe de todas las maneras posibles; puede ser con nuestros actos, con nuestro testimonio, nuestra boca y actuando en fe poderosa. Jesús dijo:



(Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas. Mt. 10: 27).

Cuando nuestra proclamación de la fe en Jesucristo falla, declina nuestra fe. Si nos avergonzamos de manifestar al Señor, nos estamos avergonzando de nuestra fe divina. Si escondemos el tesoro que tenemos dentro, nuestra fe decae. Pasamos a ser débiles en la fe, niños fluctuantes y candidatos a caer por las acechanzas del diablo que quiere hacernos perder la fe.

El apóstol Pablo pedía oración a los efesios para que pudiera tener buena proclamación del evangelio:

(…y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio…; que con denuedo hable de él, como debo hablar. Ef. 6:19-20).

Nuestra fe se fortalece cuando hablamos del Señor, y los primeros beneficiados somos nosotros mismos, porque estamos obedeciéndole en la gran comisión de predicar el evangelio a toda criatura.



La cura de la falta de fe.

Los no creyentes no tienen fe divina. Ellos viven en un estado de fe humana que también tiene grados de actividad en cada persona, según ejerza ese tipo de fe en sus actividades diarias. No existe una persona que no tenga un grado de fe humana. Aún los ateos tienen que tener esa fe para enfrentar las situaciones que se les presentan. Nunca tomarían un avión si no tuvieran el grado de fe como para estar confiados que realizará el viaje sin problemas.

La fe divina opera en distintos niveles de poder en el creyente, dependiendo de la cantidad de fe que tenga. Pueden ser victoriosos ejerciéndola con autoridad o fracasados porque no han llegado a tener la fe suficiente como para afrontar el desafío que se les presenta. Un claro ejemplo de esto lo encontramos en la Palabra de Dios:

(Cuando llegaron al gentío, vino a él un hombre que se arrodilló delante de él, diciendo: Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua. Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido sanar. Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo acá. Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho, y éste quedó sano desde aquella hora. Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible. Mt. 17:14-20).

Jesús mide la fe de sus discípulos y determina que tienen poca y se enoja fuertemente por ello. La falta de fe divina impide que se muevan las fuerzas poderosas que modifican situaciones.



La oración sin fe de nada vale.

Cuando estamos separados del Señor por falta de oración perdemos el contacto vital para ser más que vencedores. Si queremos ejercer la fe divina debemos ser hombres y mujeres de oración. Pero tenemos que acercarnos al trono de la gracia con toda confianza, con la fe suficiente para entender con plena convicción que Dios nos escucha y está atento a nuestras palabras. Si no tenemos esa certeza nuestra oración no vale de nada. La fe necesita de una vida de oración, pero la oración debe ser de fe. No puede haber verdadera oración de poder sin fe.

Los grandes hombres de Dios fueron tan humanos como cualquier creyente. La diferencia radica en la fe divina que ellos tenían y ejercían con poder. ¿Podemos imaginarnos a Elías pidiendo para que no llueva y dudando en su corazón porque nubes de lluvia no se acercaban? No era ésta la actitud del profeta. El oraba con fe en la voluntad de Dios y teniendo la certeza de lo que se espera y la convección de lo que no se ve.

(Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto. Stg. 5: 17-18).

Si Elías no hubiera tenido fe, su oración no habría valido de nada ante Dios.



La oración de fe.

Cuando estamos en intimidad con Dios por medio de la oración personal, el Espíritu Santo nos acompaña para fortalecer nuestra fe y saber cómo pedir como conviene de acuerdo con la voluntad de Dios.



(Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho. 1 Jn. 5:14-15).

La oración de fe divina puede sanar, sacarnos de depresiones, proveer para nuestras necesidades, darnos poder para soportar las tentaciones y vencer el pecado, mover montañas de problemas insolubles, quitar crisis familiares, dar trabajo al desocupado y, sobre todo, acercarnos a Dios como nuestro proveedor y galardonador.

La oración de fe desata el poder sobrenatural que viene de Dios.

Cuando hemos pecado la oración de fe requiere de dos elementos fundamentales:



  1. El arrepentimiento sincero.

Arrepentimiento es lamentar y sentir dolor sincero por el mal cometido. Tener la carga en el corazón por haber obrado mal y desear fervientemente restaurar el bien que hemos pisoteado.

La persona que quiere obtener la salvación recibiendo a Jesucristo tiene primero que arrepentirse de sus pecados. Lamentar sinceramente su condición de pecador y aceptar por la fe la salvación en Jesús. La necesidad de arrepentirse para entrar en la familia de Dios es algo claramente enseñado en la Biblia.



(Respondiendo Jesús les dijo: Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento. Lc.5:31-32).

  1. Confesión personal a Dios.

La oración de fe incluye confesar nuestros pecados directamente a Dios. Esto es intimidad para hablar de nuestros pecados, aun los más ocultos, sabiendo con certeza que Dios nos perdona y el Señor Jesús nos dice:

(…Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más. Jn. 8:11).

(Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. 1 Jn. 1:9).

La oración de fe entregándose a Jesucristo y aceptándole como Salvador, debe incluir el considerarse pecador y pedir que la sangre de Jesucristo le limpie de todo pecado. Este reconocimiento voluntario le está diciendo al Señor que la persona viene cargada de pecados y que cree que solo Jesús puede limpiarla y perdonarla.



(Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros. 1 Jn. 1:10).

La oración de fe puede mucho. Levantará a los caídos, fortalecerá a los débiles, cambiará situaciones difíciles, traerá no creyentes a los pies de Jesús, sanará a los enfermos y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados.



(¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados. Stg. 5: 14-15).

Los ojos de la fe.

Los ojos humanos miran las circunstancias difíciles y el desaliento fluye hasta transformarse en depresión. No vemos salidas, en el túnel oscuro no visualizamos luz, nos encogemos y esperamos lo peor desesperanzados. Los ojos humanos aceptan lo visible como definitivo. No nos dejan ver que las circunstancias cambian permanentemente.

Pero los ojos de la fe divina no pueden ver las circunstancias difíciles, porque el hacerlo nos quita la mirada puesta en Jesús. No es correcto para el creyente ver lo visible como definitivo.

Durante mi primer pastorado tuve el privilegio de conocer en la iglesia a Juanita; una creyente verdaderamente singular por la fe que tenía. Ella miraba las circunstancias difíciles que casi siempre le tocó pasar en su vida con los ojos de la fe divina. Nacida en una familia completamente pobre, sin instrucción escolar, fue prostituta hasta que conoció al Señor. A partir de allí su vida dio un vuelco tan tremendo que era la admiración de todos, creyentes y no creyentes, por la fe que crecía en ella a pasos agigantados dando testimonio permanente de lo que Jesucristo había hecho en su transformación. En ella sí que las cosas viejas pasaron y fueron hechas todas nuevas. La pobreza en que vivía era un desafío para confiar cada vez más en el Señor. Luchando con su precaria salud, pocos ingresos limpiando casas, pero siempre puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe. Los años pasaron y su salud se deterioró más aún. Ella siempre le pedía al Señor por sanidad y parecía como que él le contestaba:



(Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. 2 Co. 12:9).

Y como el apóstol Pablo la reacción de ella siempre era de fe poderosa, como diciendo:



(Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. 2 Co. 12: 9).

En su vejez, para que sobreviviera el Señor le dio una idea que puso en práctica con el gozo de la alegría propia de alguien que tiene mucha fe. Halló gracia y misericordia en el dueño de un vivero que semanalmente le regalaba plantines con flores que ella colocaba en dos grandes bolsas y salía por las casas de los creyentes y no creyentes (a quienes daba testimonio), y con una sonrisa les obsequiaba un plantín cada semana. Muchos hicieron hermosos jardines con esas plantas. El resultado fue que cada persona que recibía el regalo le daba dinero o mercaderías en un monto mucho mayor a aquel que le daría si ella hubiera ido a pedir limosna.

Cuando enfermó gravemente fui a visitarla al hospital público. Sus hijos estaban completamente impactados porque Juanita nuevamente disfrutaba de los ojos de la fe. Los reunió a todos junto a la cama y comenzó a describirles con lujo de detalles lo que estaba viendo: la ciudad de Dios

(…porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. He. 11:10).

(Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad. He. 11:16).

Nadie le había contado nunca sobre la ciudad. Pero, en ese momento previo a su muerte, Dios le permitió dar testimonio a sus hijos y demás presentes, de lo que tenía reservado para ella. Finalmente, dijo ver dos ángeles esperándola al borde de la cama. Murió con esa visión en sus ojos, los ojos de la fe, y una sonrisa en sus labios. Desde ese momento comenzó a disfrutar realmente de lo que había visto. No más rancho pobre ni calle de tierra, ahora una mansión celestial y calles de oro puro.



Capítulo VII

El valor de la fe.

¿Tiene valor la fe divina? ¿Puede cambiar mi vida? Ciertamente que sí. La fe divina es la fe de Dios y no la fe de los seres humanos. Es portentosa y sobrenatural por viene de Dios. Él toma de su fe y en acto misterioso de poder la derrama en igual proporción sobre cada creyente. Luego viene la responsabilidad espiritual del cristiano para hacerla crecer sin límites. Tienes que utilizarla; en la medida que lo hagas irás conociendo el poder que te llevará de victoria en victoria con una fe cada día más poderosa.

La fe divina hace huir a Satanás y sus demonios, no la resisten, tiemblan y deben escapar derrotados. Pero ellos intuyen si tu fe es débil, entonces se aprovechan y te atacan para hacerte caer. Primero la tentación, casi con la seguridad que vas a ser derrotado porque eres un débil en la fe. Fortalece tu fe y Satanás y sus demonios huirán de ti.

La fe divina tiene sumo valor al colocarnos en la presencia de Dios y darnos vida eterna por la obra redentora del Señor Jesucristo. Cinco acciones simultáneas, por la misericordia y amor de Dios, se producen:



  1. Fe que opera limpieza y salvación.

Llegamos a la presencia de Jesús cargados de pecados. Toda inmundicia ha estado siendo acumulada para alejarnos de Dios. Vagamos por el mundo con un vacío en nuestro corazón que no puede ser llenado con nada porque tiene la forma de Dios. Agobiados por el peso del pecado nos rendimos en Su presencia amorosa. El Espíritu Santo ha estado trabajando externamente para convencernos de pecado, y escuchamos la voz del Señor que nos dice: Hoy es el día de salvación,

(Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Mt. 11:28).

Y nos arrepentimos de nuestros pecados y aceptamos por la fe a Jesús como nuestro Salvador personal. El milagro se produce en nuestro ser y una limpieza total nos inunda. Cristo Jesús lo hizo. Llevó todos nuestros pecados y nos salvó de la condenación eterna.



(Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos al verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. 1 Jn. 1:5-7).

Limpieza y salvación van unidas para permitir que entres en la presencia de Dios.



  1. Fe que cambia la vida.

Abundante es en la Palabra de Dios la palabra perdón. Es que para todos aquellos que llegamos necesitados a la presencia de Dios y recibimos su regalo en Jesucristo, la misericordia y el perdón de pecados nos alcanza milagrosamente.

(…con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados. Col. 1: 12-14).

Cuando Jesucristo murió en la cruz cargó todos nuestros pecados, pasados, presentes y futuros. Esto es una maravilla, pues así su obra es completa.



(Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados. Col. 2: 13).

Lo hermoso del perdón de Dios es que Él se olvida de nuestros pecados. No es hombre para recordarlos. El cristiano verdadero no será juzgado por sus pecados. Ellos han sido todos perdonados y olvidados por Dios.



(…Y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades. He. 8: 12).

  1. Fe que restaura.

Existen obras de arte que, por el transcurso del tiempo o la mala conservación, se han ido deteriorando. Las pinturas se cuartean y caen los pedazos y en las esculturas el resquebrajamiento hace que comiencen las fisuras por las que penetran el agua y el viento deteriorándolas hasta destruirlas. Como un paralelo, esto ocurre también en el mundo espiritual en dos tipos de personas: los no creyentes y los creyentes.

Los primeros llegan buscando a Dios en calamitosos estados. Agobiados, cargados de pecados, llenos de resentimientos, odios y ganas de no seguir viviendo. Están como esas esculturas completamente fisuradas en donde todo les hace daño. Al poner en ejercicio la fe, creyendo en Jesucristo como el Hijo de Dios y arrepintiéndose de los pecados cometidos, recibiendo a Jesús como único y personal salvador comienzan a disfrutar de la fe restauradora de sus vidas.



(De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. 2 Co. 5:17).

En los creyentes que se encuentran decaídos, con poca fe, desalentados por estar pasando por diversas circunstancias difíciles durante un tiempo prolongado, sucede lo mismo en cuanto a que necesitan restauración divina. Ésta se produce cuando, en lugar de mirar el pozo, miran hacia arriba, a Cristo Jesús, con aquella porción de fe que les fue dada por Dios. Allí funciona la fe restauradora, la que vivifica y alumbra el alma. El creyente se restaura por el poder de la fe en el Señor.



(Si anduviere yo en medio de la angustia, tú me vivificarás;…Sal. 138: 7).

El clamor del salmista Asaf ha sido concedido y Él ha hecho resplandecer su rostro sobre nosotros.



(Oh Dios, restáuranos; Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos. Sal. 80: 3).

Ocupamos nuevamente el lugar de Hijos de Dios, pertenecemos a su familia y somos herederos de todas las cosas que Él tiene reservadas para nosotros en gloria. La restauración por la fe divina es total.

Debes dejar de estar resquebrajado, deteriorado, sucio y desaliñado espiritualmente. Permite que la fe divina restauradora te renueve en hermosura.


  1. Fe que nos hace aptos para estar en su presencia.

No cualquiera está en condiciones de estar en la presencia de Dios. Su santidad rechaza todo lo que esté contaminado y con pecado. Es necesario que la persona se presente completamente limpia y santificada. La Palabra de Dios es clara cuando dice:

(Pero ahora,…se ha manifestado la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. Ro. 3:21-26).

El Plan de Dios es perfecto. Volvemos a ocupar el lugar que nunca debimos dejar. Nos ha limpiado, perdonado y restaurado. La fe divina en Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, nos hace aptos para estar en su presencia.



  1. Fe que da vida eterna.

El diácono Esteban, hombre de Dios, defensor de la fe, evangelista sin vergüenza, llegó a ser mártir por la causa del Señor. En momentos previos a su muerte el Señor le concedió el privilegio de ver los cielos abiertos y contemplar la gloria de Dios. El lugar de santidad total y vida eterna.

(Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios. Hch. 7:55).

No tenemos palabras para describir lo que es el Reino de Dios, porque no lo hemos visto. El apóstol San Pablo tuvo el privilegio de ser elevado al tercer cielo y él nos comenta:



(Ciertamente no me conviene gloriarme; pero vendré a las visiones y a las revelaciones del Señor. Conozco a un hombre en Cristo que hace catorce años (si en el cuerpo no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar. 2 Co. 12: 1-4).

(…con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo…Col. 1:12-13).

Nuestra humana naturaleza es limitada. Somos frágiles y nuestra vida es como neblina que se aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece:



(¡Vamos ahora! Los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos y ganaremos; cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece. Stg. 4:13-14).

Por nuestros pecados y nuestra naturaleza pecaminosa estamos destinados a morir. Pero no a ser exterminados, sino a vivir separados de Dios eternamente en castigo por nuestras maldades y falta de arrepentimiento, no aceptando el regalo de Dios para salvación, que es el Señor Jesucristo.



(El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Jn. 3:18).

Dice la Palabra de Dios:



(Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Jn. 3:16).

Por el arrepentimiento de nuestros pecados y la fe en Cristo Jesús obtenemos el regalo de Dios: estar en su presencia y tener la vida eterna. Jesús prometió esto y lo cumplirá:



(En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino. Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino? Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Jn. 14: 2-6).

No alcanza nuestra mayor imaginación para tan siquiera vislumbrar lo que será la vida eterna con Dios. No será estar sentado en una nube tocando el arpa. Será una vida de aventura eterna, permanente glorificación a Dios, santidad total, vivir las maravillas que ha hecho como herencia hacia nosotros; disfrutar para siempre de experiencias jamás imaginadas, sin que terminen; cantar canciones con voces maravillosas nunca escuchadas aquí en la tierra, participar con seres distintos de la alabanza a Dios, poseer un cuerpo espiritual capaz de trasladarse millones de kilómetros en segundos, ver las flores más hermosas que jamás hayamos visto, y por sobre todas las cosas, contemplar a Dios y disfrutar de su enorme amor por nosotros.



(…Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, Son las que Dios ha preparado para los que le aman. 1 Co. 2:9).

Todo esto, simplemente porque Él nos amó primero.



(Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron. Ap. 21: 3-4).

¿Quieres disfrutarlo eternamente? Por fe, si aún no lo has hecho, recibe ahora a Cristo Jesús como tu Señor y Salvador, y lo tendrás.



Apéndice.

Oración para aceptar a Jesús como Salvador.

La Palabra de Dios dice que con el corazón se cree y con la boca se confiesa a Jesucristo como Hijo de Dios y salvador personal. (Ro. 10:9-10). Pero es necesario que te reconozcas pecador y te arrepientas sinceramente de tus pecados. Luego deposita toda tu fe en Jesús como Hijo de Dios, que vino a pagar por tus pecados, entregando su vida en la cruz y derramando su sangre para limpiarte. Después, entrégate a Él una vez y para siempre, recibiéndole en tu corazón como Salvador. Ésta es una oración modelo que puedes hacer, con toda tu fe, en voz audible o en tu mente. Dios la recibirá y serás una nueva persona en Cristo:

.- Señor Jesús, reconozco que soy pecador/a y me arrepiento sinceramente de todos mis pecados. Creo ahora que has muerto en la cruz para perdonarme, limpiarme y pagar por todos mis pecados; yo te recibo como mi Señor y Salvador. Te abro la puerta de mi corazón, y te entrego el trono de mi vida para que reines en él. Gracias Señor por la vida eterna que ahora tengo. Creo que el Espíritu Santo viene a morar en mí en este momento. Te pido que me ayudes en mi nueva vida cristiana. Amén.

Si lo has hecho con total fe y sinceridad en tu corazón, puedes estar completamente seguro que el Señor ha entrado en tu vida, el Espíritu Santo mora en ti desde este momento y será tu consolador y ayuda en los caminos de Dios. Lee la Biblia, asiste a una iglesia cristiana y crece en tu fe divina para una vida de victoria.

Dijo Jesús:

(He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. Ap. 3: 20).

(COMENTARIO PARA CONTRATAPA)

El Valor de la Fe” – Religión. Vida Cristiana. Evangelismo – 143 Páginas.

Uno de los poderes de Dios, la fe, entregada en una porción al creyente para que la haga crecer, toma fuerza en las páginas de este libro, destinado a concientizar a las personas sobre el valor de la fe.

Julio Ducuron, evangelista, pastor y escritor, transmite la autoridad de la Palabra de Dios cuando habla de dos clases de fe: la humana y la fe divina. Expresa con claridad didáctica las diferencias de ambas, explicándolas con sencillez y apoyo bíblico abundante; dando claros ejemplos de los peligros actuales con los que se encuentra el creyente para deslizarse paulatinamente de la fe divina hasta perderla parcial o totalmente.



Asimismo, “El Valor de la Fe” es una herramienta útil para el evangelismo, pues presenta reiteradamente que la fe en Jesucristo como Señor y Salvador es el camino provisto por Dios para perdonar nuestros pecados y darnos la vida eterna.



CURRICULUM BREVE

Julio Ducuron nació en Río Cuarto, Argentina, el 24 de Noviembre de 1946. Evangelista, Pastor, Escritor y Artista Plástico. Es Contador Público Nacional; ha sido Director del Museo Municipal de Bellas Artes y Director de la Escuela Provincial Superior de Bellas Artes de Río Cuarto. Desde su juventud estuvo comprometido con el evangelismo, liderando un grupo musical-evangelístico que recorría varias ciudades, apoyando la plantación y desarrollo de iglesias jóvenes en Argentina. En 1970 cursó estudios de Teología en el Grace Seminary de Winona Lake, Indiana, U.S.A. En los años siguientes colabora con el Equipo de Luis Palau en Argentina en el ministerio de literatura. Desde 1980 a 1988 fue Anciano en la Iglesia de los Hermanos en Río Cuarto. En 1988 se graduó en el Haggai International Institute de Singapur para el liderazgo cristiano. A su regreso es nombrado Pastor de la Iglesia de los Hermanos, función que cumple hasta 1994. Luego asume el pastorado en la Iglesia Encuentro con Dios de Río Cuarto hasta el año 2000, retirándose para cumplir funciones de evangelista hasta el presente. Ha desarrollado en el campo de la literatura una amplia labor, desde 1973, como conferencista y narrador en escritos que le han valido el reconocimiento con importantes galardones, tales como el Primer Premio en el Concurso Nacional de Narrativa “Guanusacate Letras 2008”. Córdoba, Argentina, con su Cuento “Navidad del 46”; y ser Finalista en el XXII Certamen Internacional de Narrativa Breve. Editorial Nuevo Ser. Buenos Aires. 2008, participando en la “Antología Internacional de Relatos Breves”, con cuatro Narrativas Breves. Ha escrito dos novelas: “Niña-mujer prematura”, de carácter social y “Un país perfecto”, ficción política; además un compendio de relatos y cuentos, “31 Relatos y Cuentos Breves para leer en vacaciones”, y el “Manual de Autodiscipulado Cristiano”. Está trabajando en varios libros cristianos; uno de ellos “200 Preguntas a Dios”, y otros de la “Serie Valores”, de la cual forma parte el libro “El Valor de la Fe”, de contenido doctrinal y evangelístico.


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