El uso de la comunicación multiple



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LOS TERMINOS DE LA TERAPIA FAMILIAR ESTRUCTURAL
CARTER C. UMBARGER.

La terapia familiar estructural convierte las abstracciones de la teoría general de sistemas en descripciones de la vida cotidiana de la familia y en prescripciones para la intervención terapéutica. En este capítulo introducimos los principales términos teóricos y perspectivas del abordaje estructural tomando como foco el desarrollo normal de la familia, la patología familiar y su terapia. Como lo va conociendo el lector, los términos y puntos de vista de un enfoque sistémico y estructural suenan poco accesibles y de difícil aprehensión. Hablar en lenguaje sistémico y estructural es como hacerlo en una lengua extranjera. Ahora bien, lo mismo que en el aprendizaje de un idioma extranjero, parece conveniente hablar solo éste al tiempo que se lo aprende activamente. En estas páginas seguimos el consejo. Escasas serán nuestras referencias al lenguaje consabido y a los términos de la psicología individual, y en cambio emplearemos de manera consistente un vocabulario sistémico para describir los fenómenos ordinarios de la vida familiar. El dominio aun parcial del contenido de este capítulo, y del anterior, nos procurará suficiente fluidez para mayores logros que preguntar por el baño o el bar. Empezaremos considerando la manera en que los estructuralistas miran el desarrollo familiar normal.


Concepción sistémica del desarrollo familiar normal


Explicaba Minuchin en 1974: una familia que funciona con eficacia es un sistema social abierto, en transformación, que mantiene nexos con lo extrafamiliar, que posee capacidad de desarrollo y tiene una estructura de organización compuesta por subsistemas. En 1981, él y Fishman ampliaron este concepto para incluir la enunciación, más elaborada, de Prigogine (Glansdorff y Prigogine, 1971), a saber, que los sistemas vivos se componen de “estructuras disipadoras”, es decir que no se limitan a permanecer en un estado constante, como las estructuras de un cristal. Las estructuras de un sistema vivo tiene que mantenerse siempre en un estado de fluir, y esto las vuelve aptas para alcanzar órdenes nuevos de complejidad y niveles nuevos de organización adaptativa. Las estructuras antiguas se disipan y, en el fluir de su disipación, son reemplazadas por otras nuevas que a su turno y a su tiempo, en razón de las demandas evolutivas del medio, desaparecerán también. Explican Minuchin y Fishman: “En un sistema vivo, las fluctuaciones, sean de origen interno o externo, guían el sistema hasta una nueva estructura. Y continúan, citando a Prigogine:

“Una estructura nueva es siempre el resultado de una inestabilidad. Nace de una fluctuación. Mientras que por lo común las fluctuaciones son seguidas por una respuesta que retrotrae el sistema a su estado imperturbado [es lo que ocurre en sistemas cerrados}, en el punto de formación de una estructura nueva, por el contrario, las fluctuaciones se amplifican”.

Y apuntaban, en el mismo sentido en que otros teóricos lo han hecho recientemente, que en terapia familiar se ha venido insistiendo demasiado en la capacidad de la familia para mantenerse como es. Una teoría del desarrollo familiar debe tomar en cuenta por igual la capacidad del sistema para trasformarse, para alcanzar en sus estructuras estados nuevos de complejidad y de diferenciación adaptativa.

A fin de examinar la evolución de los sistemas familiares, Minuchin y Fishman tomaron de Koestler (1979) el término holón: lo introdujeron para describir entidades que son en si mismas un todo, y simultáneamente son una parte de un todo supraordinado. El término de Koestler se construyó con la palabra griega holos (todo) y el sufijo on, que evoca una partícula o parte (como en protón). Holón se puede emplear para describir colectividades extensas, o el holón de los hermanos, o la unidad de dos personas, por ejemplo el holón de una madre con su hijo (lo que permite evitar términos patognómicos como simbiosis), o también el holón individual.

Minuchin y Fishman adoptaron el término en su estudio de 1981 porque para el terapeuta “la unidad de intervención es siempre un holón”. Así exponen los atributos del holón:“Cada holón –el individuo, la familia nuclear, la familia extensa y la comunidad- es un todo y una parte al mismo tiempo, no más lo uno que lo otro y sin que una determinación sea incompatible con la otra ni entre en conflicto con ella. Cada holón, en competencia con los demás, despliega su energía a favor de su autonomía y de su autoconservación como un todo. Pero también es vehículo de energía integradora, en su condición de parte. La familia nuclear es un holón de la familia extensa, esta lo es de la comunidad, y así. Cada todo contiene a la parte, y cada parte contiene también el “programa” que el todo impone. La parte y el todo se contienen recíprocamente en un proceso continuado, actual, corriente, de comunicación e interrelación”.

Minuchin ha prestado considerable atención al individuo como subsistema distinto, holón, que se desarrolla en contexto. Exponía en 1974: “¿Qué se ha hecho de la antigua idea de un individuo que actúa sobre su ambiente? Se ha convertido en el concepto del individuo que interactúa con su ambiente un hombre no es su propio yo sin sus circunstancias”. Cuestionaba las perspectivas que sobre él yo individual se tenían, y según las cuales el contexto familiar es en verdad enemigo del desarrollo individual, y que el criterio de la genuina salud emocional era estar completamente “diferenciado” de la propia familia. Por el contrario, un ser humano se tiene que considerar existiendo primeramente en un contexto interpersonal. No existen genuinos ermitaños, sino sólo personas que se nutren de un perpetuo e imaginario diálogo con aquellos a quienes rehuyen; de la misma manera, la perspectiva estructural sostiene que la identidad individual y el “alma” individual sólo existen como constructos del contexto interpersonal. No se cuestiona la existencia de atributos estrictamente interiores de la individualidad, por ejemplo rasgos genéticos. Pero se entiende que la identidad individual se desarrolla en principio por su interacción con el contexto interpersonal. “El holón individual incluye el concepto de sí-mismo en contexto. Contiene los determinantes personales e históricos del individuo. Pero va más allá, hasta abarcar los aportes actuales del contexto social” (Minuchin y Fishman, 1981, Siguiendo a Bateson (1972), los estructuralistas han sostenido que las características eminentes del individuo, incluida la noción de “espíritu”, están determinadas por su pertenencia a un grupo humano, de los que el más originario e influyente es la familia. Con palabras de Minuchin: “ la vida psíquica del individuo no es en totalidad un proceso interior. El individuo influye sobre su contexto y recibe el influjo de este en secuencias de interacción de constante recurrencia. Sus acciones están gobernadas por las características del sistema ”.

Tres puntos importantes cabe destacar aquí. En primer lugar, este modelo concede a la actividad individual el poder de alterar el contexto en que se sitúa. Esto armoniza con un modelo genuinamente cibernético, por más que los sostenedores de la terapia familiar estructural se hayan mostrado renuentes a prestar demasiada atención al individuo como tal, temerosos de enredarse en cuestiones de psicología intrapsíquica. El estructuralismo, al menos en el plano teórico, atribuye al individuo un lugar en el lazo cibernético. En segundo término: el pasaje que acabamos de citar, del trabajo de Minuchin de 1974, presenta total compatibilidad con una concepción sistémica de la conducta, a saber, que el individuo participa de continuo en una reciprocidad con el ambiente, y que ambos se influyen entre sí según el modelo de la circularidad de la causa y el efecto. No es esta una posición nueva en las ciencias de la conducta, pero los estructuralistas la han destacado más, con su persistencia en apreciar la psicología individual en su nexo con el contexto interpersonal. El específico aporte teórico de este modelo es la consistente referencia a esas estructuras de interacción, que pone de manifiesto la manera en que ellas constriñen y configuran a los individuos en el interior del sistema. Por último, un corolario importante: la experiencia interior de un individuo cambia cuando lo hace el contexto en que vive. La idea de que un contexto modificado lleva a modificar el carácter individual es una axioma de la terapia familiar estructural que se sitúa en marcada contraposición a los modelos de cambio sustentados por otras escuelas de psicoterapia.

El desarrollo del sí-mismo en contexto y, de rechazo, la modificación del contexto en que se sitúa el sí-mismo son los temas rectores de una concepción estructural del desarrollo familiar normal. Es la tarea de la vida: entrelazar la diversidad del crecimiento individual con la unidad de la pertenencia al grupo familiar. La variedad de la conducta persona, aquella que es realización del yo, se tiene que equilibrar entonces con las constantes del sistema total a medida que este se desenvuelve en el tiempo ajustándose a las demandas, siempre cambiantes, de su contexto ambiental. “La familia es un sistema abierto en transformación; queremos decir que se mantiene en continuo intercambio de entradas {inputs} con lo extrafamiliar y que se adapta a las demandas, en cada caso diferente, del estadio evolutivo en que se encuentra” (Minuchin, 1974). Por otra parte, este proceso de socialización individual y de desarrollo familiar es, por naturaleza, conflictivo; de ahí que siempre sea preciso encontrar un equilibrio, una norma que preserve tanto al individuo como al sistema. En el interi0or del sistema familiar se desarrollan pautas de transacción destinadas a asegurar que la conducta de los miembros individuales se regule en armonía con el guión general, el que comanda la supervivencia de la familia en el mundo circundante. Estas pautas se mantienen merced a dos fuentes de constreñimiento. La primera es genérica y proviene de las reglas universales que gobiernan la organización familiar. Por ejemplo, en todas las formas de organización social tienen que existir jerarquías de poder y una complementariedad de roles. La segunda fuente de constreñimiento es específica: la configuración en extremo personalizada que una familia imprime con el paso de los años a las diversas rutinas cotidianas que pone en práctica en el curso de su vida. En estas formulaciones, y también en buena parte de las consideraciones que Minuchin dedica a la patología, tenemos explícita una concepción del ciclo de vida familiar, que se inicia con el casamiento de la pareja y culmina, ya crecidos los hijos, con su regreso a los originarios roles conyugales.

Para alcanzar una descripción más completa de los caminos por los cuales la familia normal llega a ser un sistema viable, que se abastece a sí mismo y asiste a las necesidades más individualizadas de sus subunidades, los estructuralistas han señalado tres grandes aspectos en el grupo familiar.

El primero es que se divide en subsistemas, ordenados en posiciones jerárquicas en muchos casos; estas pueden estar dadas por definición, como entre padres e hijos, o en virtud de una realidad funcional, por ejemplo la división entre hermanos obedientes y hermanos rebeldes. Minuchin (1974) atribuyó suma importancia a estos subsistemas en su visión del desarrollo familiar. “La organización en subsistemas procura una valiosa formación para el proceso en virtud del cual el “yo soy” diferenciado se mantiene al tiempo mismo que en diferentes niveles se ejercitan destrezas interpersonales”. Los individuos pertenecen a diferentes subsistemas, y en estos variados contextos aprenden diferentes destrezas de vida.

En segundo lugar, los subsistemas se crean y perduran porque se establecen fronteras claras que a modo de rutinas separan y protegen a sus especializadas funciones de las que son propias de otros subsistemas. Ahora bien, se tiende a imprimir en este concepto de frontera una concreción que lo aísla de los procesos vivos de la conducta cotidiana. Pero una frontera no es una línea de mágica separación que el clínico trazara en su diagrama de la estructura familiar. Es una metáfora de la accesibilidad a un holón. Esta metáfora pone de manifiesto el camino y las reglas que permiten entrar en contacto con diversas unidades del sistema familiar. Y las cualidades metafóricas que en efecto posee determinada frontera (si es cerrada o abierta, por ejemplo) dependen exclusivamente de las transacciones conductuales rutinarias que regulan de manera consistente, en el curso del tiempo, el flujo del tráfico de informaciones y de energía de un holón a otro.

La metáfora de frontera se define de manera muy semejante a la metáfora de estructura: ambas son constructos que denotan intercambios conductuales recurrentes entre los miembros de holones adyacentes. En cierto sentido las fronteras son la ocasión para la existencia de una estructura. Sin una permanente actividad de frontera no se formaría estructura: se estaría frente a indefinidas secuencias de conductas nuevas. Pero ocurre que hay una buena cuota de redundancia en la vida familiar. Nacen fronteras y se forman estructuras. A todas luces, en consecuencia, la función de las fronteras es proteger la diferenciación del sistema y permitir la emergencia de estructuras.

Para resumir: no existe sistema familiar abierto, adaptativo, que no se diferencie en holones o subsistemas. Estos se constituyen por el desarrollo de transacciones conductuales así genéricas como individualizadas. La repetición de estas transacciones asegura la durabilidad y viabilidad del subsistema. Las metáforas de frontera y de estructura se emplean para describir el ordenamiento recíproco de estos subsistemas y el grado de contacto que entre ellos mantienen. Ahora bien, la perduración de los subsistemas es relativa, y obligadamente alterna con la necesidad en que está el sistema total de responder a una pauta de estructuras disipadoras, que son remplazadas por otras nuevas, más complejas. De esta manera, “el desarrollo de la familia normal incluye fluctuaciones, períodos de crisis y su resolución en un nivel más elevado de complejidad” (Minuchin y Fishman, 1981).

Concepción sistémica de la patología familiar.

Ya se ha señalado, respecto del desarrollo normal:

“La familia está sujeta a presiones internas, que provienen de los cambios evolutivos de sus propios miembros y subsistemas, y a presiones externas, que provienen de la necesidad de adecuarse a las instituciones sociales significativas que influyen sobre sus miembros. En respuesta a estas demandas de dentro y de fuera, los miembros de la familia tienen que operar constantes transformaciones de su posición recíproca, de suerte que puedan crecer al tiempo que el sistema familiar mantiene su continuidad” Minuchin, 1974).

De esto se sigue que la patología connota un déficit acusado y persistente en la negociación razonable de esas presiones. “Parece entonces que el rótulo de patología conviene reservarlo a familias que frente al stress incrementan la rigidez de sus pautas de transacción y de sus fronteras, y evitan explorar alternativas o son renuentes a hacerlo” (Minuchin, 1974). La operación de una familia es normal si se adapta a las inevitables presiones de la vida de manera de preservar su continuidad y facilitar reestructuraciones. En cambio, si reacciona produciendo rigidez, sobrevienen conductas disfuncionales. Esa es una patología de la familia; su sede es el grupo como un todo, no un miembro individual.

En armonía con la perspectiva de la teoría sistémica según la cual el desarrollo normal de la familia requiere de la alternancia entre períodos de homeostasis y períodos de crisis y fluctuación, Minuchin y Fishman señalaron que los problemas de la familia “se deben a que se ha atascado en la fase homeostática” (1981). Lo paradójico es que la ausencia de crisis sistémica caracteriza a una familia inmovilizada por las combinaciones homeostáticas de una fase evolutiva que pierde más y más actualidad a causa de demandas de cambio que provienen del interior del grupo familiar o del ambiente más vasto.

En los diversos casos que los estructuralistas describen se disciernen cuatro categorías principales de patología familiar: patologías de frontera, de alianza, de triángulo y de jerarquía. Desde luego que cada una hace su parcial aporte nocivo en las demás categorías. Por ejemplo es difícil observar una patología de alianza que no incluya una patología de frontera. De todas maneras, estas categorías nos permiten esquematizar la concepción estructural de la patología.





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