El teatro español de la segunda mitad del siglo XX



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El teatro español de la segunda mitad del siglo XX.

Movimientos.

A la sombra de Buero Vallejo y Alfonso Sastre van a surgir a partir de la segunda mitad de la década de los cincuenta, diversos dramaturgos -Lauro Olmo, José Martín Recuerda-, a los que habitualmente se agrupa bajo la denominación de Generación realista.

Dichos autores, con la intención de poner al descubierto las injusticias y contradicciones existentes en el seno de la sociedad española, y sin adscripción específica a una ideología concreta, sienten inclinación por un teatro crítico, comprometido y testimonial. También, con el fin de establecer un paralelismo entre el pasado y el presente, cultivan con frecuencia el teatro histórico. Todos ellos se mantuvieron al margen de los experimentos vanguardistas y del teatro del absurdo. Sin embargo, la estética realista deriva, con frecuencia, hacia el esperpento (en Martín Recuerda) y hacia la farsa popular y el ambiente desgarrado del sainete (en Lauro Olmo).

 

Muy avanzada la década de los sesenta comienza a desarrollarse un teatro de carácter experimental y vanguardista, que ha recibido diversas denominaciones: subterráneo, del silencio, maldito, marginado, inconformista, soterrado, innombrable, encubierto, de alcantarilla, etc. Entre sus representantes, de muy distinta formación y edades, hay que mencionar a: Fernando Arrabal, quien inició su carrera mucho antes, Francisco Nieva, que alcanzará notables éxitos a partir de 1975, y Miguel Romero Esteo, cordobés afincado en Málaga.

Estos dramaturgos

1.- nunca tuvieron conciencia de formar un grupo homogéneo,

2.- pretendieron ofrecer una visión crítica de diversos aspectos, morales, sociales y políticos, del mundo contemporáneo,

3.- se sirvieron, en la mayor parte de los casos, de procedimientos alegóricos, simbólicos y connotativos, muchas veces crípticos y de difícil interpretación;

4.- el afán de dar a sus obras una dimensión universal, los llevó, más de una vez, a convertir a sus personajes, despojados de rasgos psicológicos individualizadores, en encarnaciones de ideas abstractas -el poder, la dictadura, la opresión- ;

5.- es fácil advertir en ellos las huellas, según los casos, de Brecht, Piscator, Artaud, Grotowski, del surrealismo, del expresionismo, del teatro del absurdo y de una tradición española que va del entremés y de los autos sacramentales hasta el esperpento, la tragedia grotesca, el género chico y la revista.

 

Surgen también numerosos grupos independientes -Els Joglars, Els Comediants, La Cuadra, Teatre Lliure, etc.- que buscaron con ahínco una línea de trabajo peculiar e inconfundible. Dichos grupos



1.- con frecuencia intentaron rebajar la importancia del autor y convertir el texto en un elemento más de la representación;

2.- el deseo de llegar a públicos más amplios y de conseguir la participación de los espectadores, los llevó también a apropiarse de técnicas propias de la farsa, la pantomima, el teatro de títeres, el circo, el cabaret y la comedia musical.

Los dramaturgos que al terminar la guerra, o en épocas posteriores, se exiliaron -Max Aub, Rafael Alberti, León Felipe, Pedro Salinas, José Bergamín, Jacinto Grau, etc.- permanecieron, con excepciones irrelevantes, alejados de nuestros escenarios.

 

A partir de 1975, el teatro, al compás de los cambios trascendentales que han tenido lugar en la sociedad española, se ha visto favorecido por diversos factores:

1.- la desaparición de la censura,

2.- las subvenciones crecientes de la Administración Central y de los Gobiernos de las Comunidades Autónomas y

3.- el establecimiento de un Centro de Documentación Teatral (1983) y de un Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas (1984).

4.- También se ha revitalizado las Escuelas de Arte Dramático y han proliferado los festivales y las editoriales y las revistas -a la veterana Primer acto se ha unido El Público- que han dado a conocer textos dramáticos.

Sin embargo, el tan esperado florecimiento teatral no se produjo. Las obras publicadas o estrenadas en este período de tiempo ofrecen, con pocas excepciones, un interés limitado, y, como consecuencia, el público, que, además, tiene cubiertas, a través del cine y de otras formas de comunicación, sus necesidades de diversión y de verse representado artísticamente, se siente cada vez menos atraído por este género literario.

De los dramaturgos que iniciaron su carrera en décadas precedentes, Antonio Buero Vallejo y Antonio Gala han mantenido una presencia continuada en los escenarios.

Los vinculados a la corriente realista que dominó en los años cincuenta y sesenta, en las escasas obras que han podido estrenar, han mostrado, junto a su fidelidad a antiguos presupuestos estéticos, una mayor inclinación por recrear e interpretar asuntos de la historia pasada.

Los autores del teatro experimental que proliferó entre 1968 y 1975 han tenido, si se exceptúa a Francisco Nieva, grandes dificultades para dar a conocer sus producciones. Aunque no son un autor individual, merece destacar en este apartado del teatro de experimentación al grupo La Fura dels Baus.

Los escritores que vivieron en el exilio han permanecido marginados, con alguna excepción irrelevante, de nuestra escena. Así ha ocurrido con Max Aub, Rafael Dieste, Jacinto Grau, León Felipe.

Mejor acogida han tenido otros dramaturgos de la vieja guardia -Valle-Inclán, García Lorca y, en menor medida, Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela y Alejandro Casona.

Por otra parte, diversos novelistas y ensayistas -Carmen Martín Gaite, Eduardo Mendoza, Miguel Delibes, Javier Tomeo, Fernando Savater- han hecho sus pinitos en este género, con creaciones originales o con adaptaciones dramáticas de algunos de sus relatos.

También, como ha ocurrido en épocas pasadas, los empresarios han abierto sus puertas, preferentemente, a los cultivadores de un teatro de evasión, humorístico, de corte folletinesco o moralizador y de crítica amable y superficial. Entre los más favorecidos han estado Ana Diosdado y Juan José Alonso Millán.



De los dramaturgos que han iniciado o consolidado su carrera en estos años, algunos -Álvaro del Amo, Sergi Belbel, Vicente Molina Foix, entre otros- han permanecido fieles a procedimientos vanguardistas e innovadores -las exploraciones de mundos oníricos, la apropiación de técnicas habituales en el cine y en el teatro del absurdo y el intento de derribar las barreras que separan la realidad de la ficción y la vida de la apariencia han sido los más habituales- y, en algunos casos, se han decantado por actitudes nihilistas y por la denuncia, mediante el empleo a veces de símbolos y alegorías, de diversos aspectos de la sociedad contemporánea. Otros -en especial, Fermín Cabal, Fernando Fernán Gómez, Paloma Pedrero y José Sanchís Sinisterra-, aunque puedan servirse esporádicamente de técnicas más novedosas, se han esforzado por revitalizar el sainete, la farsa, el esperpento, la comedia de costumbres, el drama naturalista y el realismo poético y fantástico. A través de estas modalidades dramáticas han pretendido dar testimonio de los problemas de la sociedad en que viven (la violencia, el paro, la droga, la delincuencia y las más diversas formas de opresión social), en encontrar nuevos ángulos para enfrentarse a conflictos habituales del ser humano (la soledad, la incomunicación, el desvalimiento, la marginación, el amor, el sexo, la frustración, la desesperanza, la necesidad de romper con prejuicios atávicos, las posibilidades de un cambio social, encaradas casi siempre con notable escepticismo, etc.) o han tenido como meta el juego intrascendente y ameno.

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