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EL SILENCIO DEL KREMLIN – TOM CLANCY
EDITORIAL PLANETA

Título Original: Mirror Image

Traducción de Teresa Camprodon

Impreso en España

Septiembre, 1998

PRÓLOGO
Viernes, 17.50, San Petersburgo
-Pável -dijo Piotr Volodia-, no lo entiendo.

Pável Odina apretaba fuertemente el volante. Miraba incómodo al hombre que se sentaba junto a él en la furgo­neta.

-¿Qué es lo que no entiendes, Piotr?

-Si perdonas a los franceses -respondió Piotr rascán­dose una ensortijada patilla-, ¿por qué a los alemanes no? Ambos han invadido la madre Rusia.

Pável frunció el ceño.

-Si no ves la diferencia, Piotr, eres idiota.

-Eso no es una respuesta -manifestó Iván, uno de los cuatro hombres que se sentaban detrás.

-Es verdad -afirmó sonriendo Eduard, que estaba sen­tado junto a él-, pero Iván tiene razón, eso no es una respuesta.

Pável cambió de marcha. Esa era la parte que más odiaba del trayecto de media hora que hacían cada noche hasta los apartamentos Nepokorennij Prospekt. A sólo dos minutos del museo del Ermitage, tenían que aminorar la marcha al acercarse al embotellamiento que solía produ­cirse en el puente sobre el río Neva. Quedaban sumidos en la densidad del tráfico mientras sus rivales políticos pasa­ban a toda velocidad.

Pável sacó un cigarrillo escrupulosamente liado del bol­sillo de la camisa y Piotr se lo encendió.

-Gracias, Piotr.

-Aún no me has contestado -recordó Piotr.

-Lo haré -prometió Pável- cuando lleguemos al puen­te. No puedo pensar y maldecir al mismo tiempo.

Pável realizó un brusco viraje para pasar del carril cen­tral al izquierdo y los hombres salieron disparados hacia el lado opuesto. Oleg y Konstantin, que se habían quedado dormidos al salir del Ermitage, se despertaron sobresaltados.

-Eres demasiado impaciente, Pável -dijo Iván-. ¿Por qué tienes tanta prisa en llegar a casa?, ¿por tu mujer? ¿Desde cuándo?

-Muy gracioso -replicó Pável.

Lo cierto es que no tenía prisa por acceder a ninguna parte. Estaba impaciente por liberarse de aquella presión, por llegar de una vez a esa fecha límite que les agobiaba sin tregua desde hacía meses. Ahora que casi se había cum­plido el plazo, ardía en deseos por volver a diseñar software de animación por ordenador para los estudios cinemato­gráficos Mosfilm.

Volvió a cambiar de marcha y se escabulló zigzagueando entre hileras de pequeños Zporozhets-968, con sus ru­gientes motores de cuarenta y tres caballos, y los más grandes Volga M-124 de cinco asientos. También había un gran número de matrículas de coches extranjeros, aunque sólo los conducían funcionarios del gobierno y traficantes del mercado negro, pues no se hallaban al alcance de cualquiera. Sus camaradas y él no podrían conducir ni siquiera esa furgoneta si el estudio de televisión no se la hubiera proporcionado. El poderoso vehículo de fabricación suiza era lo único que añoraría.

«No, no es cierto», pensó mientras miraba hacia el oeste. Disfrutó de la vista de la fortaleza de San Pedro y San Pablo en las riberas opuestas del Neva mientras la puesta de sol doraba sus altos y gráciles pináculos.

También echaría de menos San Petersburgo. Añoraría la belleza de aquellos resplandecientes atardeceres ber­mejos en el golfo de Finlandia, el tranquilo fluir de las aguas azules de los ríos Neva, Fontaka y Yekateringofki, y el sencillo esplendor de los diversos canales. Aunque las aguas estaban algo sucias después de años de negligencia comunista, ya no corrían espesas a causa de los malolien­tes vertidos industriales al serpentear por el corazón de la ciudad antigua, la Venecia de Rusia. Añoraría, asimismo, la majestuosidad del palacio Belozerski, rojo como un rubí, los áureos interiores de la capilla de Alexander Nevski, adonde a veces iba a rezar, las imponentes cúpu­las doradas del palacio de Catalina la Grande, y los apa­cibles jardines y fuentes del palacio de Pedro el Grande, Petrodvorets. Recordaría con nostalgia los elegantes ae­rodeslizadores blancos que recorrían el Neva como salidos de una novela de ciencia-ficción de Stanislav Lem, y echaría de menos los magníficos acorazados que los escolta­ban, yendo y viniendo de la escuela naval de Najimov en la isla Aptekarski del Neva.

Y, por supuesto, añoraría el incomparable Ermitage. Aunque se suponía que no debían deambular por el museo, siempre encontraba tiempo para hacer precisamente eso, cuando el coronel Rossky estaba ocupado. A pesar de que alguien lo hubiera visto día tras día, podía tratarse de un empleado; nadie le prestaría importancia. Además, no es ra­zonable poner al alcance de la mirada de un hombre con fe religiosa obras como El descendimiento de la cruz de Rembrandt, Las lamentaciones de Cristo de Carracci o San Vicente en el calabozo, de la escuela de Ribalta, y esperar que no se detenga a contemplarlos. Sobre todo si quien pa­saba se sentía, en cierto modo, identificado con el cautivo pero inquebrantable san Vicente.

Sin embargo, le alegraría alejarse del trabajo, del estrés y de las semanas laborales de siete días y en especial le reconfortaría hallarse fuera del alcance de los ojos vigilantes del coronel Rossky. Había servido al mando de ese bastardo en Afganistán y maldecido al destino que los había vuelto a unir durante los dieciocho meses pasados.

Como siempre, cuando llegó al puente de Kirovsky Pros­pekt, Pável tomó el carril lateral, con su bajo guardarriel de hormigón y sus automovilistas más intrépidos. Respiró ali­viado al encontrarse entre vehículos rápidos.

-¿Quieres una respuesta? -preguntó Pável aspirando intensamente el humo del cigarrillo.

-¿A qué pregunta? -bromeó Iván-. ¿La que se refiere a tu mujer?

Pável hizo una mueca.

-Te diré en qué se diferencian los alemanes y los franceses. Los franceses seguían a Napoleón porque tenían hambre. Siempre anteponen la comodidad a la decencia.

-¿Y qué me dices de la Resistencia? -preguntó Piotr.

-Un fraude. El acto reflejo de un cadáver. Si la Resis­tencia francesa hubiera sido tan efectiva como la Resisten­cia rusa en Stalingrado, París no habría caído nunca.

Pável pisó el acelerador para evitar que un Volkswagen lo adelantara por la derecha. «Nueva rica del mercado ne­gro», pensó por el aspecto pretencioso de la mujer. Pável vio a través del espejo retrovisor que un camión le seguía y se desplazaba desde el carril central.

-Los franceses no son malos -continuó Pável-, pero los alemanes siguieron a Hitler porque en el fondo aún son unos vándalos. Dales tiempo y sus fábricas volverán a pro­ducir tanques y bombarderos, te lo aseguro.

Piotr sacudió la cabeza.

-¿Y qué sucede con Japón?

-También son unos bastardos -opinó Pável-. Si Dogin gana las elecciones, también los controlará.

-¿Y crees que la paranoia es una razón lógica para vo­tar a un candidato a presidente?

-No es paranoia temer a los viejos enemigos: es pre­caución.

-¡Es provocación! -exclamó Piotr-. No se sigue a un hombre porque haya prometido acabar con los alemanes al menor signo de remilitarización.

-Ésa es la única razón.

Tenía ante él despejada la carretera y Pável aceleró al cruzar el ancho río oscuro. Los hombres cerraron las ven­tanillas para protegerse del viento cortante.

-Dogin ha prometido revitalizar el programa espacial, lo cual fortalecerá la economía. Edificará más estudios como el nuestro y construirá nuevas fábricas a lo largo de la línea transiberiana, que producirán mercancías baratas y permitirá que se levanten nuevas viviendas.

-¿Y de dónde saldrá el dinero para conseguir todas esas maravillas? -preguntó Piotr-. ¡Nuestro pequeño ni­dito costó veinticinco mil millones de rublos! ¿De veras crees que si Dogin gana podrá sacar tanta tajada del go­bierno y de las aventuras exteriores?

Pável soltó una bocanada de humo y asintió.

Piotr frunció el ceño y levantó el pulgar por encima del hombro.

-Eso no es lo que yo he oído. El Número Dos hablaba a un edecán acerca de los ladrones oficiales. De ahí es de donde planea sacar el dinero y es una peligrosa asociación con...

Pável reaccionó instintivamente cuando de repente el Volkswagen se atravesó delante de él. Pisó enérgicamente el freno y dio un golpe de volante hacia la derecha. Al hacerlo, oyó un ruido, y un espeso humo verde empezó a salir por debajo del tablero.

-¿Qué es esto...? -tosió Piotr.

-¡Abre una ventana! -gritó uno de los hombres desde detrás mientras todos empezaban a toser.

Pero Pável ya se había desplomado sobre el volante, ape­nas consciente. La furgoneta estaba fuera de control cuando el camión les golpeó por detrás.

El Volkswagen había invadido parte del carril derecho en el momento en que el camión empujó la furgoneta hacia él. El costado izquierdo del parachoques delantero de la ca­mioneta chocó contra el coche, y se levantó y se incendió su lado derecho. En su trayectoria hacia el borde del puente, la furgoneta embistió contra la baja protección de cemento y saltó por encima empujada por el camión. El neumático derecho explotó, el eje sobrepasó el guardarriel y la furgoneta se precipitó, de morro, sobre el río turbu­lento.

Al chocar contra el agua se produjo un ruido silbante, la furgoneta permaneció unos instantes en posición vertical antes de quedar boca arriba. Por ambos lados emergían vapor y burbujas de aire que se mezclaban con el humo verde mientras la furgoneta oscilaba panza arriba sobre la super­ficie del río. El resto del vehículo estaba totalmente sumer­gido.

El musculoso camionero y la joven rubia que conducía el Volkswagen fueron las primeras personas en llegar al destrozado guardarriel. A ellos se les unieron otros auto­movilistas que salían corriendo de sus coches.

Ni el hombre ni la mujer se dijeron una palabra. Se limitaron a mirar cómo la furgoneta era arrastrada hacia el suroeste, virando lentamente en la corriente, las burbujas de aire cesaban y el humo se transformaba luego en un leve rastro. El vehículo estaba ya demasiado lejos para que na­die se lanzase al agua e intentase buscar supervivientes.

Los dos conductores tranquilizaron a quienes les pre­guntaban si estaban bien. Volvieron a sus vehículos y es­peraron a la policía.

Nadie vio cómo el conductor del camión dejaba caer al río una pequeña caja rectangular mientras se alejaba.



UNO
Sábado, 10.00, Moscú
El ministro del Interior Nikolai Dogin, un hombre alto y de complexión fuerte, se hallaba sentado tras un escritorio de roble de varios siglos de antigüedad en su despacho del Kremlin. En medio de la gran mesa, teñida por la pátina del tiempo, había un ordenador. A su derecha descansaba un teléfono negro y, a la izquierda, se veía enmarcada una pequeña fotografía de sus padres. En la instantánea se apre­ciaba un doblez horizontal en el centro; su padre la había doblado para poder llevarla en el bolsillo de la camisa du­rante la guerra.

Dogin se peinaba el cabello plateado hacia atrás, tenía las mejillas hundidas y sus ojos oscuros parecían cansados. Vestía un arrugado traje marrón, comprado en los grandes almacenes GUM, y unos gastados zapatos color marrón pá­lido: un minucioso y estudiado desaliño que tan bien le ha­bía funcionado durante tantos años.

«Pero no esta semana», pensó con amargura.

Por primera vez en treinta años de servicio público su imagen de hombre del pueblo le había fallado. Con su in­tensidad característica había dado a su pueblo el naciona­lismo que decían desear. Su voz había renovado el orgullo en las fuerzas armadas y aireado la sospecha de viejos ene­migos; sin embargo, sus compatriotas lo habían abando­nado.

Claro que Dogin sabía el motivo. Su rival, Kiril Zhanin, había echado una red gastada: era la última y gloriosa oca­sión para hacer morder el anzuelo al rodaballo del cuento de hadas del viejo Pedro, el pez que hacía realidad cual­quier deseo.

«El capitalismo», pensó el ministro.

Mientras Dogin esperaba a su asistente, miró a los siete hombres que se sentaban ante él. Sus ojos negros miraban con fijeza las paredes, en las cuales se hallaba desplegada una historia del éxito del totalitarismo.

Al igual que su escritorio, las paredes rezumaban his­toria. De ellas colgaban mapas en marcos decorativos, al­gunos de ellos centenarios, cartas geográficas de Rusia bajo los distintos zares que se remontaban al reinado de Iván el Terrible. Los ojos fatigados de Dogin los recorrieron todos, desde un gastado mapa de pergamino, pintado, según se decía, con la sangre de los caballeros teutones cautivos, hasta un mapa de tela del Kremlin que había sido cosido al in­terior de la pernera del pantalón de un asesino alemán muerto.

«El mundo tal como era -pensó mientras detenía los ojos en un mapa de la Unión Soviética que Gherman S. Ti­tov había llevado en el vuelo espacial realizado en 1961-. El mundo tal como volverá a ser.»

Los siete hombres sentados en los sofás y las butacas también reflejaban en sus rostros el paso implacable del tiempo. La mayoría tendría unos cincuenta años o más; los otros pasaban de los sesenta. Varios vestían traje de paisano; los demás llevaban uniforme. Ninguno hablaba; sólo rompía el silencio el murmullo del ventilador situado detrás del or­denador. Finalmente se oyeron unos golpes en la puerta.

-Entre.

Dogin sintió que se le hundía el corazón cuando se abrió la puerta y entró un joven de rostro lozano. Los ojos del joven reflejaban una profunda tristeza y Dogin sabía lo que significaba.



-¿Y bien? -inquirió Dogin.

-Lo siento -respondió el joven en voz baja-, pero es oficial. He revisado las cifras yo mismo.

Dogin asintió.

-Gracias.

-¿Hago los preparativos?

Dogin volvió a asentir y el joven salió del despacho. Al retirarse, cerró la puerta con cuidado.

Ahora Dogin miraba a los hombres. Al igual que la suya, sus expresiones no habían cambiado.

-Esto no supone ninguna sorpresa -dijo el ministro del Interior mientras acercaba la foto de sus padres y pa­saba el dorso de los dedos por el cristal, dando la impresión de que les estuviera hablando a ellos-. El ministro de Asuntos Exteriores Zhanin ha ganado las elecciones. Uste­des saben que es el momento propicio. Todo el mundo está ebrio de libertad, pero se trata de una libertad sin respon­sabilidad, una libertad sin cordura, de experimentos teme­rarios. Rusia ha elegido un presidente que quiere crear una nueva moneda, hacer de nuestra economía una esclava de lo que consigamos vender al extranjero. Suprimir el mer­cado negro haciendo que los rublos y los bienes que lo sos­tienen sean absolutamente inservibles. Neutralizar a los ri­vales políticos impidiendo que lo derriben, pues tal acción perturbaría los mercados exteriores. Eliminar a las fuerzas armadas como adversarios pagando a los generales más di­nero por servir a su política que por proteger a la madre Rusia. «Igual que Alemania y Japón, una Rusia económi­camente fuerte, no debe temer a ningún enemigo», nos de-clara él.

Dogin entornó los ojos al mirar la imagen de su padre.

-Durante setenta años no hemos temido a enemigo al­guno. ¡Vuestro héroe Stalin no dominaba Rusia, dominaba el mundo! Su nombre viene de stal: acero. Entonces nuestra gente estaba hecha de eso y reaccionaba ante el poder. Hoy buscan comodidad y son sensibles al descaro y a las promesas vanas.

-¡Bien venido a la democracia, mi querido Nikolai! -exclamó el general Viktor Mavik, un hombre con unas es­paldas como un armario y una voz atronadora-. Bien venido al mundo en el que la OTAN corteja a la República Checa, Hungría, Polonia, naciones del antiguo pacto de Varsovia, para que se unan a la Alianza Atlántica sin ni siquiera consultarnos.

El secretario de Finanzas, Yevgueni Grovlev, se inclinó hacia adelante; descansaba la afilada barbilla sobre los pul­gares y sus delgados dedos formaban un arco ojival bajo su ganchuda nariz.

-Debemos tener cuidado y no exagerar -sentenció- las reformas de Zhanin no podrán llevarse a cabo con ra­pidez. El pueblo se volverá contra él antes de lo que lo hi­cieran con Gorbachov y Yeltsin.

-Mi adversario es joven, pero no estúpido -respondió Dogin-. No haría promesas sin haber llegado a pactos. Y cuando las cumpla, los alemanes y los japoneses tendrán lo que no consiguieron conquistar en la segunda guerra mun­dial. Los Estados Unidos se apoderarán de lo que no pudieron obtener durante la guerra fría. De un modo u otro, todos serán propietarios de la madre Rusia.

Dogin dirigió los ojos hacia otro mapa: el de Rusia y la Europa del Este, que aparecía en la pantalla de su orde­nador. Pulsó una tecla y Europa del Este se hizo más grande. Rusia desapareció.

-Una pulsación de la historia y se acabó.

-Sólo si nos quedamos con los brazos cruzados -dijo el delgado Grovlev.

-Sí -coincidió Dogin-, si nos quedamos con los bra­zos cruzados. -La sala estaba cada vez más cargada, y el ministro del Interior se secó con un pañuelo de papel el su­dor que se acumulaba encima del labio superior-. El pue­blo ya no desconfía de los extranjeros ante la expectativa de prosperar económicamente, pero nosotros les enseñaremos que ése no es el camino -afirmó mirando fijamente a los hombres de la habitación-. El hecho de que ustedes y sus candidatos perdieran las elecciones, demuestra lo confuso que está el pueblo. Pero el hecho de que estéis aquí esta mañana indica que hay voluntad de hacer algo al respecto.

-Sí, queremos hacer algo -confirmó el general Mavik, aflojándose el cuello con un dedo-, y confiamos en sus ha­bilidades. Usted es el poderoso alcalde de Moscú y un co­munista fiel del Politburó. Pero en nuestra primera reunión nos habló muy poco de los planes que preparaba por si la vieja guardia no conseguía reconquistar el Kremlin. Bueno, pues, la vieja guardia ha fracasado, ahora me gustaría oír algunos detalles.

-A mí también -dijo el general de la Fuerza Aérea, Dhaka, cuyos ojos grises brillaban bajo unas pobladas ce­jas-. Cualquiera de nosotros sería un formidable líder de la oposición. ¿Por qué debemos recurrir a usted? Nos prometió una acción de cooperación con Ucrania. Hasta ahora sólo hemos visto unas irrelevantes maniobras de la infan­tería rusa cerca de la frontera, con la rápida aprobación del propio Zhanin. Aunque se realicen maniobras conjuntas, ¿qué ganamos con ellas? Los viejos hermanos soviéticos se vuelven a unir y Occidente tiembla un poco. ¿Cómo ayu­dará eso a reconstruir Rusia? Si quiere que colaborernos, necesitamos hechos concretos.

Dogin miró al general. Las mofletudas mejillas del militar se sonrojaron; su prominente mentón se veía despellejado allí donde rozaba con la corbata fuertemente anudada. El minis­tro sabía que los hechos concretos harían que más gente se agrupase en torno a Mavik o incluso acudiese a Zhanin.

Miró a cada uno de los hombres. En la mayoría de los rostros detectó convicción y fortaleza, mientras que en otros -Mavik y Grovlev en particular- veía interés, pero precau­ción. Su vacilación le irritaba porque él era el único que ofre­cía la salvación de Rusia; sin embargo, conservó la calma.

-¿Quieren hechos concretos? -preguntó Dogin.

Escribió una orden en el teclado del ordenador, luego giró la pantalla para que la vieran los siete hombres. Mien­tras el disco duro zumbaba, el ministro del Interior miró la foto de su padre. El padre de Dogin había sido un soldado condecorado durante la guerra y, después, uno de los guar­daespaldas más fieles de Stalin. Una vez le contó que du­rante la guerra había aprendido a llevar sólo una cosa consigo: la bandera del país. Dondequiera que fuese, bajo cualquier circunstancia o peligro, siempre encontraba un amigo o un aliado.

El disco se quedó en silencio, Dogin y cinco hombres se pusieron de pie en el acto. Mavik y Grovlev intercambiaron miradas suspicaces, luego se levantaron de su asiento con lentitud. Ambos hombres saludaron militarmente.

-Así es como planeo reconstruir Rusia -dijo enfáticamente Dogin, y a continuación rodeó el escritorio y apuntó hacia la imagen que ocupaba la pantalla del ordenador: una estrella amarilla, una hoz y un martillo sobre un campo rojo; la antigua bandera soviética-. Recordándole a la gente cuál es su deber. Los patriotas no vacilarán en hacer lo que sea necesario, cualquiera que sea el plan y cueste lo que cueste.

Los hombres se sentaron, salvo Grovlev.

-Todos nosotros somos patriotas -aseveró el secreta­rio de Finanzas-y me repugna la teatralidad. Si voy a po­ner mis recursos en sus manos, quiero saber cómo va a uti­lizarlos. ¿Para dar un golpe de Estado? ¿Para propiciar una segunda revolución? ¿O no confía en nosotros lo suficiente como para hacemos partícipes de tal información, señor ministro?

Dogin miró a Grovlev. No podía contárselo todo. No po­día detallarle sus planes para las fuerzas armadas ni sus contactos con la mafia rusa. La mayoría de los rusos pen­saban que aún eran unos campesinos provincianos sin una visión del mundo. Si oía sus planes, Grovlev podía volverse atrás o decidir apoyar a Zhanin.

-Señor ministro, no confío en usted -le espetó Dogin. Grovlev endureció su postura.

-Y, dadas sus preguntas -prosiguió Dogin-, es obvio que usted tampoco confía en mí. Intento ganarme esa confianza mediante hechos y usted debe hacer lo mismo. Zha­nin sabe quiénes son sus enemigos y ahora tiene el poder de la presidencia. El ministro puede ofrecerle un cargo o un nombramiento y usted tal vez se sienta tentado de acep­tarlo. No sería raro que le utilizara para luchar contra mí. Durante las próximas setenta y dos horas, debo pedirles que tengan paciencia.

-¿Por qué setenta y dos horas? -preguntó el joven de ojos azules, el ayudante de dirección del Ministerio de Se­guridad, Skule.

-Eso es lo que tardará mi centro de mando en entrar en funcionamiento.

Skule se quedó helado.

-¿Setenta y dos horas? No se referirá a San Peters­burgo.

Dogin asintió al instante.

-¿Usted controla eso?

Dogin volvió a asentir.

Skule respiró profundamente y los demás hombres le miraron.

-Mis más sinceras felicitaciones, ministro. Eso pone el mundo entero en sus manos.

-Literalmente en mis manos -sonrió Dogin--. Tal como lo tuvo el secretario general del partido Iósiv Stalin.

-Discúlpeme -dijo Grovlev-, pero una vez más lo veo desde fuera. Ministro Dogin, ¿qué es exactamente «eso» que usted controla?

-El Centro de Operaciones de San Petersburgo -res­pondió Dogin-, la más sofisticada instalación de recono­cimiento y comunicaciones de Rusia. Con él podemos ac­ceder a todo, desde vistas del mundo por vía satélite a comunicaciones electrónicas. El Centro también tiene su propio personal de campo para operaciones de «índole qui­rúrgica».

Grovlev parecía confuso.

-¿Habla de la estación de televisión del museo del Er­mitage?

-Sí -contestó Dogin--. Se trata de una tapadera, mi­nistro Grovlev. Su ministerio aprobó la financiación de una fachada operativa, un estudio de televisión en funcionamiento. Y los fondos siguen saliendo del Ministerio del In­terior -Dogin se golpeó el pecho con el pulgar-. Es decir, de mí.

Grovlev se recostó hacia atrás en su asiento:

-Ha estado planeando esta operación durante bastante tiempo.

-Desde hace dos años -puntualizó Dogin-. Estare­mos en el aire el lunes por la noche.

-Y ese centro -dijo Dhaka- es su puesto de mando para realizar actividades que van más allá que espiar a Zha­nin durante estas próximas setenta y dos horas.

-Muchísimo más allá que espiar -corroboró Dogin.

-¡No nos había hablado de eso! -refunfuñó Grovlev-.

¡Quiere nuestra cooperación, pero usted no coopera! Dogin replicó solemnemente:

-¿Quiere que me confiese con usted, señor ministro? Es fácil, durante los últimos seis meses, mi hombre en el Centro de Operaciones ha estado empleando personal y también medios electrónicos que ya estaban instalados para vigilar tanto a mis aliados como a mis rivales potenciales. Hemos reunido una cantidad ingente de información sobre la corrupción, las relaciones y -miró a Grovlev- los ex­traños intereses personales. Me alegrará compartir esta información con usted, individual o colectivamente, ahora o más tarde.

Algunos de los hombres se rebulleron intranquilos en sus asientos. Grovlev se sentó como petrificado.

-Bastardo -gruñó Grovlev.

-Sí, lo soy. Un bastardo que hace el trabajo sucio -el ministro del Interior comprobó la hora en su reloj, luego se acercó a Grovlev y clavó su mirada en sus pequeños ojos-. Ahora debo irme, ministro. Tengo una reunión con el nuevo presidente. Tengo que darle mi enhorabuena, él tiene que firmar algunos documentos, pero en doce horas podrán juz­gar ustedes mismos si trabajo por vanidad o -señaló la bandera del monitor- por esto.

Con una inclinación de cabeza hacia la silenciosa asam­blea, el ministro Dogin salió del despacho. Con su asistente pisándole los talones, se dirigió apresuradamente hacia un coche que le llevaría hasta Zhanin y volvería a conducirlo hasta su despacho. Y una vez a solas, a puerta cerrada, haría la llamada que pondría en marcha los acontecimientos que cambiarían el mundo.



DOS

Sábado, 10.30, Moscú
Keith Fields-Hutton irrumpió en su habitación del recien­temente remodelado hotel Rossiya, arrojó la llave sobre la cómoda y corrió al lavabo. Se detuvo en el camino y recogió dos trozos de papel enrollado que se habían caído de la máquina que había traído consigo y estaba encima de la cómoda.

Esta era la parte de su trabajo que más odiaba. No el peligro, a veces considerable, ni las interminables horas sentado en aeropuertos esperando vuelos de Aeroflot que no llegaban nunca, lo cual era habitual, y tampoco las largas semanas lejos de Peggy, separación que para él constituía lo más frustrante de todo.

Lo que más detestaba eran esas malditas tazas de té que tenía que beberse.

Cuando iba a Moscú, una vez al mes, Fields-Hutton siempre se alojaba en el Rossiya, al este del Kremlin, y to­maba opíparos desayunos en su elegante café. Así le daba tiempo a leer los periódicos de cabo a rabo y, lo que era más importante, a vaciar constantemente la taza de té, dán­dole a Andréi, el camarero, una razón para acercarse y rellenarla tres, cuatro o incluso cinco veces con bolsitas de té nuevo. Del extremo de la cuerda de las bolsitas pendía una etiqueta con el nombre de «Chashka Chai» en la parte ex­terior. En la cara interna de cada etiqueta, una mancha cir­cular contenía un microfilm que Fields-Hutton se guardaba en el bolsillo cuando nadie le veía. La mayor parte del tiempo el maitre no le quitaba ojo, así que Fields-Hutton tenía que recuperar el microfilm cuando entraban otros clientes al restaurante y lo distraían.

Andréi era uno de los hallazgos de Peggy. Su nombre procedía de una lista de antiguos combatientes, y más tarde supo que en un principio había intentado hacer dinero tra­bajando en una planta petrolífera de la Siberia occidental. Pero le hirieron en Afganistán y, tras pasar por el quiró­fano, quedó imposibilitado para levantar armamento pe­sado. Y después de la caída de Gorbachov, ya no pudo ganarse la vida. Era el hombre perfecto para pasar infor­mación entre agentes muy secretos cuyos nombres igno­raba, cuyos rostros no había visto jamás, y Fields-Hutton. Si alguna vez capturaban a Andréi, sólo Fields-Hutton co­rrería peligro... y eso era inherente al territorio.

Al contrario de lo que creía mucha gente ajena a la co­munidad del espionaje, la KGB no había caído con el co­munismo. Al contrario, al igual que el nuevo Ministerio de Seguridad, estaba más omnipresente que nunca. La agencia simplemente había dejado de ser un ejército de profesio­nales para transformarse en una fuerza aún mayor de agen­tes civiles independientes. A estos agentes secretos civiles les pagaban por cada prueba concreta que conseguían. En consecuencia, veteranos y aficionados por igual buscaban espías por doquier. Peggy lo llamaba la versión rusa del programa de la televisión norteamericana Entertainment Tonight, con corresponsales en todos los lugares del país. Y tenía razón. La presa eran extranjeros en lugar de celebri­dades, pero el objetivo era el mismo: informar sobre acti­vidades furtivas o sospechosas. Y como tantos empresarios suponían que ya no constituía una amenaza, se metían en problemas ayudando a colaboradores rusos a cambiar ru­blos por dólares o marcos, introduciendo joyas o trajes ca-ros del mercado negro o espiando a compañías rivales que hacían negocios allí. En lugar de juzgarlos, a los presos ex­tranjeros se les permitía comprar el modo de salir del em­brollo. Fields-Hutton bromeaba diciendo que el ministerio pasaba menos tiempo protegiendo la seguridad nacional que supervisando el comercio. Solamente los fabricantes ja­poneses pagaban a los agentes rusos cientos de millones de rublos al año por espiar a otros competidores que pudieran tener un ojo puesto en sus actividades en Rusia. Incluso se rumoreaba que los japoneses habían apostado más de cin­cuenta millones de rublos al derrotado aspirante a presi­dente, el ministro del Interior, Nikolai Dogin, para que im­pidiera que el país cayese bajo el influjo de los inversores extranjeros.

El negocio del espionaje estaba como en sus mejores tiempos, y después de siete años, el agente británico Fields-Hutton aún formaba parte del mismo.

Fields-Hutton se había graduado en Cambridge con una excelente calificación en literatura rusa, y albergaba el deseo de convertirse en novelista. El domingo siguiente a su graduación, estaba sentado en un café en Kensington -leyendo Apuntes del subsuelo, de Dostoievski- cuando una mujer desde una mesa cercana se volvió y le preguntó:

-¿Le gustaría ampliar sus conocimientos sobre Rusia? -Sonrió y luego añadió-: ¿Ampliarlos mucho más?

Ése fue su primer contacto con el espionaje británico y con Peggy. Más tarde supo que el DI6 mantenía una larga asociación con Cambridge, que se remontaba a la segunda guerra mundial y a «Ultra», el proyecto de alto secreto para descifrar el legendario código «Enigma» alemán.

Fields-Hutton salió a pasear con Peggy y concertaron una entrevista con sus superiores. En un año, el DI6 le ha­bía convertido en editor de libros de cómics que compraba historias y dibujos a los autores de cómics rusos para pu­blicarlos en Europa. Eso le permitía realizar viajes constantes, pertrechado de portafolios enormes y rebosantes, y montañas de revistas, así como videocasetes y muñequitos de los personajes que los rusos habían dibujado. Desde el principio, a Fields-Hutton le sorprendió cómo el regalo de una taza con el dibujo de un superhéroe, una toalla de baño o una sudadera podían servirle para retribuirles los servi­cios a empleados de líneas aéreas, trabajadores de hotel e incluso de la policía. Aunque cogieran y vendieran los artí­culos en el mercado negro o se los dieran a sus hijos, el trueque era una poderosa herramienta en Rusia.

Con todas las revistas y juguetes que transportaba era fácil esconder el microfilm: a veces envuelto alrededor de las grapas de un libro de cómics, otras veces enrollado den­tro de una garra hueca de la mano de un muñeco de acción Tigerman. Paradójicamente, el trasiego de cómics había cobrado vida propia y la inteligencia británica estaba en rea­lidad acumulando suculentos royalties por la concesión de licencias. El estatuto de la organización prohibía las em­presas lucrativas:

-Al fin y al cabo, esto es el gobierno -dijo una vez Winston Churchill a un agente que quería vender un ju­guete que descifraba códigos.

Sin embargo, el entonces primer ministro John Major y el Parlamento acordaron que los beneficios de los libros de cómics se destinaran a programas sociales para ayudar a las familias de los agentes secretos británicos caídos en servicio o que hubieran quedado incapacitados.

Si bien había llegado a gustarle el negocio de los cómics y había adoptado la decisión de ser novelista el día en que se jubilara -contaba con material más que suficiente para escribir thrillers realistas-, el verdadero trabajo de Fields-Hutton para el espionaje británico era vigilar los proyectos de construcción tanto extranjeros como nacionales en la Rusia oriental. Aún se construían habitaciones secretas y se utilizaban micrófonos ocultos y subsótanos, y cuando se descubrían y se les echaba un vistazo, aportaban una can­tidad ingente de información. Sus actuales contactos -An­dréi y León, un ilustrador que vivía en un apartamento en San Petersburgo-- le brindaban fotocopias y fotografías al natural de todos los edificios que se levantaban y las re­modelaciones que se efectuaban en los bloques antiguos dentro de su territorio.

Al salir del baño, Fields-Hutton se sentó en el borde de la cama, sacó del bolsillo las etiquetas de las bolsitas de té y las abrió. Retiró cuidadosamente cada pieza circular de microfilm y las metió en un amplificador de gran potencia, que, según contaba a los clientes, llevaba consigo para mi­rar las transparencias de las ilustraciones para las cubier­tas.

(-Sí, señor, tengo más gorras de béisbol de Grim Ghostde las que necesito. Claro que puede quedarse una para su hijo. ¿Por qué no coge también algunas para sus amigos?)

Lo que vio en una de las fotografías podía asociarse a un pequeño artículo que había leído en el periódico de aquel día. En la loto aparecía material aislante enrollado en un ascensor de servicio del Ermitage. Fotografías de días sucesivos demostraban que también estaban entrando grandes embalajes de obras de arte. Lo cual no tenía por qué levantar sospechas; el interior del museo estaba en obras para modernizarlo y ampliarlo con motivo del tricentenario de la ciudad en el año 2003. Además, el museo se levantaba justo sobre el río Neva. Era posible que las paredes se recubrieran con material aislante para proteger de la hume­dad las obras de arte.

Pero León le había enviado dos páginas por fax y, según la completamente simbólica tira de cómic del Capitán Legend de la primera página, el superhéroe había volado hasta el Mundo de Hermes -es decir, León había ido al museo del Ermitage- una semana después de que se hu­bieran realizado las fotos. Informó que no había ninguna construcción que emplease material aislante en ninguno de los tres pisos de cualquiera de los tres edificios. En cuanto a las cajas, aunque siempre se estaban donando obras de arte al museo, no se exhibían piezas nuevas ni se había anunciado ninguna exposición: con tantas secciones cerra­das para su remodelación, había abundante espacio para exposiciones. Fields-Hutton haría que el DI6 comprobase si últimamente algún museo o coleccionista privado había facturado algo para el Ermitage, aunque dudaba que en­contrasen alguno.

Luego estaban las horas de los trabajadores que trans­portaban los aislantes y las cajas hasta los ascensores. Se­gún la tira de León, los hombres -los esclavos del mundo de Hera que llevaban armamento y víveres a una base secreta- bajaban las escaleras por la mañana y no salían hasta primera hora de la noche. Había estado observando a dos en particular, que iban día tras día y a quienes podía seguir si el D16 pensaba que serviría de algo. Aunque po­dían estar trabajando en restauraciones, también era posi­ble que simplemente enmascarasen una actividad secreta que tenía lugar en el sótano.

Todo eso casaba con el accidente del que se informaba en el periódico de la mañana y que también se describía en la segunda página del fax de León. El día anterior, la fur­goneta en que viajaban seis empleados del museo, que re­gresaban a casa después de terminar su jornada, había pa­tinado en Kirovsky Prospekt y se había precipitado al río Neva, donde los seis ocupantes habían muerto ahogados. León había ido al lugar del accidente y su somero boceto para la cubierta del Capitán Legend era mucho más explí­cito que la información que proporcionaban los cinco cen­tímetros de artículo del periódico. En él aparecía el héroe ayudando a los esclavos desde un cohete que se había es­trellado en una laguna de arenas movedizas. El color que se leía para el humo que salía de las arenas movedizas decía «verde». Cloro.

¿Habían gaseado a los hombres? ¿Enviaron el camión que los proyectó por encima del puente sólo para encubrir el hecho de que los hombres habían sido asesinados?

El accidente podía ser una coincidencia, pero el trabajo del espionaje no podía permitirse soslayar cualquier posi­bilidad. Todo indicaba que algo raro ocurría en San Pe­tersburgo y Fields-Hutton quería descubrir de qué se tra­taba.

Fields-Hutton envió por fax las ilustraciones de León a su oficina de Londres e incluyó una nota en que les soli­citaba que le adelantaran veintisiete libras -lo que signi­ficaba que tenían que mirar la página siete del Dyen de hoy- y que iba a San Petersburgo a reunirse con el dibu­jante para hablar de su ilustración de la cubierta.

«Creo que tenemos algo -escribió-. Me da la sensa­ción de que si el autor puede crear una conexión entre las arenas movedizas y las minas subterráneas del mundo de Hera, tendremos una historia fascinante. Os haré saber la opinión de León.»

Tras recibir la aprobación de Londres, Fields-Hutton in­trodujo en una bolsa su cámara, su ligero neceser, su walk­man, los dibujos y los juguetes, se apresuró por el vestíbulo, y cogió un taxi que lo llevó tres kilómetros al nordeste. En la estación Krasnoprudnaya de San Petersburgo compró un billete para el trayecto de seis kilómetros, luego se sentó en un duro banco a esperar el próximo tren que saliera para la hermosa ciudad del golfo de Finlandia.




TRES
Sábado, 24.20, Washington, D.C.
Durante la guerra tría, el inclasificable edificio de dos plan­tas situado cerca del área de servicio y estacionamiento para aviones de la Reserva Naval en la Base Aérea de An­drews era una sala de emergencia, una zona de acuartelamiento especial para tripulaciones aéreas de élite. En caso de un ataque nuclear, se les hubiera utilizado para evacuar a funcionarios claves de Washington, D.C.

Pero el edificio de color marfil no era un obsoleto mo­numento a la guerra fría. Ahora el césped estaba un poco más cuidado y los terrenos que los soldados empleaban para la instrucción ahora se habían convertido en jardines. A ambos lados se habían levantado jardineras de hormigón para evitar que alguien se acercara demasiado con un coche bomba. Y la gente que trabajaba allí no llegaba en todote­rrenos ni litigues Defenders, sino en mono volúmenes, Volvos y algunos Saab y BMW.

Los setenta y ocho empleados que ahora trabajaban allí, a jornada completa, habían sido contratados por el Centro Nacional de Gestión de Crisis, CNGC. Eran estrategas, ge­nerales, diplomáticos, analistas de inteligencia, especialis­tas en ordenadores, psicólogos, expertos en reconocimiento, especialistas en medio ambiente, abogados e incluso ma­nipuladores de los medios de comunicación o doctores escogidos. El CNGC compartía otros cuarenta y dos em­pleados de apoyo con el Departamento de Defensa y la CIA, y dirigía un equipo de intervención táctica de doce personas conocido como Striker, que tenía su base en la vecina Aca­demia Quantico del FBI.

El estatuto del CNGC era distinto a cualquier otro en la historia de los Estados Unidos. Al cabo de un período de dos años, el grupo había invertido más de cien millones de dólares en equipo y modificaciones de alta tecnología, con­virtiendo la antigua sala de emergencias en un centro de operaciones ideado para actuar coordinadamente con la Agencia Central de Inteligencia, la Agencia de Seguridad Nacional, la Casa Blanca, el Departamento de Estado, el Departamento de Defensa, la Agencia de Inteligencia de De­fensa, la Oficina Nacional de Reconocimiento y el Centro de Inteligencia y Análisis de Riesgo. Pero después de un pe­ríodo de reajuste de seis meses, en el que hubo que enfren­tar y solucionar tanto crisis nacionales como internacio­nales, «Op-Center», pues así se le conocía familiarmente, se hallaba entonces en situación de igualdad con tales agen­cias y algunas otras. El director Paul Hood respondía ante el propio presidente Michael Lawrence y lo que había em­pezado siendo una agencia de información con funciones de Cuerpo de Operaciones Especiales, ahora tenía la sin­gular capacidad para controlar, iniciar y dirigir operaciones en todo el mundo.

Constituían una amalgama singular de viejos profesio­nales que tenían una idea metódica de la inteligencia, de la intervención con agentes sobre el terreno, y jovencitos ru­bios que se regodeaban en la alta tecnología y las jugadas audaces. Y por encima de ese variopinto tapiz estaba Paul Hood. Aunque Hood no era un santo, su abnegación le ha­bía valido el apodo de «el Papa» por parte de sus colegas. Era escrupulosamente honesto, a pesar de haber trabajado en banca como experto en inversiones durante el mandato de Reagan. Era también extraordinariamente transparente, aunque había sido alcalde de Los Angeles durante dos años. Hood estaba constantemente adiestrando a su equipo en el nuevo arte de la gestión de la crisis. Lo consideraba una alternativa a las tradicionales respuestas de Washington, que se inclinaban o hacia la inhibición ante un problema o hacia la respuesta bélica sin paliativos. En Los Ángeles ha­bía sido pionero en el arte de cortar los problemas en seg­mentos manejables y distribuirlos entre profesionales que trabajaban en estrecha colaboración. En Los Ángeles había funcionado con eficacia como también funcionaba en estas latitudes, aunque contrariaba la mentalidad «aquí mando yo» que prevalecía en Washington. Su número dos, Mike Rodgers, una vez le dijo que probablemente encontrarían más enemigos en la capital de la nación que en cualquier otro rincón del mundo, pues los jefes de departamento, directores de agencia y funcionarios electos considerarían el estilo de dirección de Op-Center como una amenaza para sus feudos. Y muchos de ellos no cejarían hasta socavar la eficacia de Op-Center.

-Los de Washington son como zombies -le había ma­nifestado Rodgers-, capaces de levantarse de entre los po­líticamente muertos con el cambio de los tiempos y los hu­mores: mira a Níxon, Jimmy Carter. Por tanto, los rivales no sólo intentan destruir carreras, sino arruinar vidas. Y si eso no es suficiente, se centran en familiares y amigos.

Pero a Hood no le importaba. Su estatuto era velar por la seguridad de Estados Unidos, no promocionar la repu­tación de Op-Center o sus empleados, y él se tomaba muy en serio esa misión. También creía que si hacían el trabajo que se suponía debían hacer, sus «rivales» no podrían to­carles un pelo.

En aquel momento, Ann Farris no veía al experto en inversiones ni al político, ni al «Papa» sentado en el sillón del director. Sus ojos pardos veían en el hombre a un tímido jovencito. A pesar de la mandíbula enérgica, el ensortijado cabello negro y los acerados ojos de color avellana, Hood parecía un niño al que le gustaría quedarse en Washington y jugar con sus amigos y espiar satélites y agentes secretos en lugar de irse de vacaciones con su familia. Si los niños no hubieran echado de menos a sus viejos amigos y tras­ladarse al Este no hubiera supuesto semejante carga para su matrimonio, Ann sabía que Paul no se habría ido.

El director de Op-Center, de cuarenta y tres años, estaba sentado en su espaciosa oficina en la instalación de alta se­guridad. Mike Rodgers, el subdirector general, se hallaba instalado en una butaca a la izquierda de su mesa y la jefa de prensa, Farris, se encontraba sentada en un sofá a su derecha. El itinerario del viaje de Hood al sur de California estaba en el ordenador.

-Sharon le ha arrancado una semana a su jefe, Andy MacDonnell, que dice que ha visto por el cable que no puede vivir sin su segmento de cocina saludable -dijo Hood-, y acabaremos en Bloopers, la antítesis de la cocina saludable. En cualquier caso, allí es donde estaremos la pri­mera noche. Los niños lo vieron en la MTV y si me llamáis probablemente no oiré el teléfono.

Ann se inclinó hacia adelante y le dio unos golpecitos en el dorso de la mano, sus dientes blancos brillaban más que el pañuelo amarillo de diseño con el que recogía el largo cabello castaño.

-Apuesto a que si te desmadras te da un ataque -sos­tuvo Ann-. He leído algo sobre Bloopers en Spin. Pide un perrito caliente con sabor a pepinillo y un pastel francés frito. Te encantarán.

Hood se burló:

-¿Y si lo ponemos en el sello de la agencia? «Op-Cen­ter: hacemos el mundo seguro para los perritos calientes con sabor a pepinillo.»

-Tendré que preguntar a Lowell cómo sería eso en latín -sonrió Ann-Nos gustaría que al menos sonara elevado.

Rodgers suspiró y tanto Hood como Ann le miraron. El general de dos estrellas estaba sentado sin dejar de mover la pierna cruzada sobre la rodilla.

-Lo siento, Mike -se disculpó Hood-. Me he desma­drado demasiado pronto.

-No es eso -respondió Rodgers-. Simplemente no ha­bláis mi idioma.

Como jefa de prensa, Ann estaba acostumbrada a oír las verdades envueltas en paños calientes. En la voz de Rodgers detectaba tanto crítica como envidia.

-Tampoco es mi idioma -admitió Hood-, pero con los niños aprendes una cosa (y Ann me dará la razón), y ésta es que tienes que adaptarte. ¡Diablos!, me doy cuenta de que estoy a punto de decir las mismas cosas acerca de la música rap y el heavy metal que mis padres decían sobre los Young Rascals. Tienes que transigir con estas cosas.

La expresión de Rodgers era escéptica.

-¿Sabes lo que decía George Bernard Shaw sobre la adaptación?

-La verdad es que no -admitió Hood.

-Decía: «El hombre sensato se adapta al mundo; el insensato persiste en intentar que el mundo se adapte a él. De modo que todo progreso depende del insensato.» No me gusta el rap y nunca me gustará. Es más, nunca intentaré que me guste.

-¿Qué haces cuando el teniente coronel Squires lo es­cucha?

Rodgers le respondió:

-Le ordeno que lo apague. Él me dice que soy poco sensato.,.

-Y tú le citas a Shaw -apuntó Ann.

Rodgers la miró y asintió.

Hood enarcó las cejas.

-Interesante. Bien, vamos a ver si podemos ponernos de acuerdo en lo que hay que hacer en los próximos días. Primero, mi calendario.

Hood esbozó su sonrisa de muchacho y se puso manos a la obra mientras dirigía la mirada hacia la pantalla del ordenador. Ann intentó arrancar una sonrisa al subdirector, pero no lo consiguió. Lo cierto era que éste rara vez sonreía y sólo parecía auténticamente feliz cuando había estado ca­zando jabalíes, totalitarios o cualquiera que antepusiera su carrera a la seguridad de los hombres o las mujeres com­batientes.

-El tour por Magna Studio será el lunes -prosiguió Hood- y el parque de diversiones Wallace World, el martes. Los niños querrán hacer surf o sea que el miércoles será día de playa... y tal y cual. Me llevo el móvil por si me ne­cesitáis. No creo que tenga problemas para llegar a la co­misaría de policía o a la oficina del FBI más próxima si ne­cesito con urgencia una línea de seguridad.

-Será una semana tranquila -comentó Ann, quien ha­bía copiado el informe matinal del agente de inteligencia Bob Herbert en su portátil antes de acudir a la reunión y ahora abría la tapa-. Las fronteras de Europa del Este y Oriente Medio están relativamente frías. La CIA se disponía a ayudar a las autoridades mexicanas a cerrar la base re­belde de Jalapa sin incidentes. Las cosas están tranquilas en Asia después de la situación prebélica de Corea. Y los ucra­nianos y los rusos al menos han vuelto a sentarse para ha­blar sobre quién es el dueño de qué en Crimea.

-Mike, ¿se verá eso afectado por el resultado de las elecciones rusas? -preguntó Hood.

-Creemos que no -dijo Rodgers-. El nuevo presi­dente de rusia, Kiril Zhanin, ha cruzado espadas con el lí­der ucraniano Vesnik en el pasado, pero Zhanin es un pa­cifista. Tenderá una rama de olivo. En cualquier caso, nuestra previsión es que no se produzcan Códigos Rojos du­rante la semana que viene.

Hood asintió. Ann sabía que tenía poca fe en lo que él llamaba las tres «p» -previsiones, prospecciones y psico­cháchara-, pero al menos simulaba escucharlas. Cuando llegó por primera vez a Op-Center, Paul y la psicóloga del personal, Liz Gordon, se llevaban como el perro y el gato.

-Espero que tengas razón -manifestó Hood-, pero si Op-Center es llamado a consulta por algo superior a un Có­digo Azul, quiero ser yo quien autorice nuestras actividades.

Rodgers dejó de mover la pierna. Los ojos ambarinos que normalmente parecían dorados se oscurecieron.

-Yo puedo arreglármelas, Paul.

-No he dicho que no puedas. Ya demostraste a todo el mundo de lo que eres capaz cuando detuviste aquellos mi­siles en Corea del Norte.

-Entonces, ¿cuál es el problema?

-Ninguno -dijo Hood-. No se trata de nuestra capa­cidad, Mike, sino de nuestra responsabilidad.

-Lo comprendo -insistió Rodgers con cortesía-, pero los reglamentos lo permiten. El subdirector puede autorizar operaciones en ausencia del director.

-La palabra es «indispuesto» no «ausente» --puntua­lizó Hood-. Yo no estaré indispuesto y tú sabes cómo le sientan al Congreso las aventuras en el extranjero. Si algo sale mal, será a mí a quien arrastren hasta el Comité del Senado y tenga que dar explicaciones. Me gustaría poder decirles que estaba allí, no que lo leí en tu informe.

La nariz ganchuda de Rodgers, que se había roto cuatro veces jugando al baloncesto en la universidad, bajó ligeramente.

-Lo comprendo.

-Sin embargo, no estás de acuerdo -sostuvo Hood. -Francamente, no. Me gustaría disponer de la oportu­nidad de impresionar al Congreso. Les daría a esos calienta-asientos una lección de cómo gobernar a base de acción, no a base de consenso.

-Por eso mismo me gustaría ser yo quien lidiara con ellos, Mike. Aún siguen pagándonos las facturas.

-Lo cual es motivo para que hombres como Oliver North hagan lo que hacen -respondió Rodgers rememo­rando el Irangate-: torearse a todos los Comités de Coor­dinación de subdirectores. Los pusilánimes que revisan las proposiciones y se sientan en ellas durante meses para fi­nalmente devolverlas demasiado aguadas y demasiado tarde para que valgan la maldita pena.

Parecía que Hood iba a decir algo y Rodgers a oírlo y rebatirlo. En cambio, ambos hombres se miraron uno al otro en silencio.

-Bien -afirmó Ann, pletórica-, eso nos da control so­bre esos tensos Códigos Verdes con un solo rehén, los Azu­les, crisis nacionales con múltiples rehenes, y pone los fá­ciles Amarillos, crisis de ultramar con rehenes, y los Rojos, estados de guerra, sobre tus espaldas -cerró la tapa del portátil, miró el reloj y se puso en pie-. Paul, ¿enviarás tu calendario a nuestros ordenadores?

Hood miró el ordenador. Pulsó «AltíF6» en el teclado, luego «PB/Enter» y «MRIEnter».

-Hecho -comentó.

-Fantástico, que tengas un viaje maravilloso y rela­jante.

Hood asintió. Luego volvió a mirar a Rodgers.

-Gracias por tu ayuda -dijo, levantando y estrechando la mano de Rodgers por encima de la mesa-. Si supiera ponértelo más fácil, Mike, lo haría.

-Hasta dentro de una semana -replicó Rodgers, luego se dio media vuelta y adelantó a Ann.

-Hasta luego -le dijo Ann a Hood, despidiéndose con la mano y dirigiéndole una sonrisa alentadora-. No te ol­vides de escribir... y de descansar.

-Te enviaré una postal desde Bloopers.

Ann cerró la puerta y siguió a Rodgers por el pasillo. Se abrió paso entre sus compañeros de trabajo, se apre­suró al pasar ante las puertas abiertas de los despachos y las puertas cerradas de las secciones de inteligencia de Op-Center.

-Te encuentras bien? -preguntó cuando alcanzó a Rodgers.

Rodgers asintió.

-No lo pareces.

--Sigo sin encontrarle el punto a Hood.

-Lo sé. A veces te parece que en realidad tiene una es­pecie de visión del mundo más amplia. El resto del tiempo te sientes como si intentara mantenerte a raya, corto un monitor de colegio listillo.

Rodgers la miró.

-Es una afirmación muy acertada, Ann. Es evidente que lo has pensado mucho.

La joven se sonrojó:

-Tiendo a reducir a todos a pedacitos exactos. Es una mala costumbre.

Para cambiar el curso de la conversación, Ann enfatizó lo de «a todos». En seguida supo que había sido un error.

-¿Cuál es mi pedacito exacto?

Ann lo miró a la cara.

-Eres un hombre sincero y resuelto en un mundo que se ha vuelto demasiado complejo para tales cualidades. Se detuvieron junto a la oficina de Rodgers.

-¿Y eso es bueno o malo?

-Es problemático -respondió Ann-. Si cedieras un poco, probablemente conseguirías mucho más.

Sin quitarle los ojos de encima, Rodgers entró su código en el teclado de seguridad de la puerta.

-Pero si algo no es como tú quieres, ¿vale la pena te­nerlo?

-Siempre me ha parecido que la mitad es mejor que nada.

-Ya veo, simplemente yo no estoy de acuerdo. -En ese momento Rodgers sonreía-. Y Ann, la próxima vez si quie­res decir que soy cabezota, dilo.

Rodgers le dirigió un pequeño saludo, entró en su des­pacho y cerró la puerta tras él.

Ann se quedó allí un momento antes de darse media vuelta y encaminarse despacio hacía su oficina. Se sentía mal por Míke. Era un hombre bueno y brillante, pero estaba fatalmente marcado por su tendencia a recurrir a la acción por encima de la diplomacia, incluso aunque esa acción no reparase en minucias como la soberanía nacional y la aprobación del Congreso. Su reputación de beligerante era lo que había conducido a que lo cesaran de su cargo de viceministro de Defensa, y le había llevado hasta allí como premio de consolación. Aceptó el cargo porque, por encima de todo, era un buen soldado, pero nunca le hizo feliz... ni tampoco tener que reportarse ante un superior no militar.

«Sin embargo -pensó Ann-, todo el mundo tiene pro­blemas de algún tipo.» Como ella, por ejemplo. El problema al que Rodgers había aludido indiscretamente.

Iba a perder a Paul, su buen y honorable paladín, el ca­ballero que no dejaría a su mujer por mucho que Ann lo diera por hecho. Y lo que era aún peor, Ann no podía dejar de fantasear sobre cómo iba a conseguir que Paul se rela­jase si fuera ella y su hijo quienes viajaran con él al sur de California, en lugar de Sharon y los niños...



CUATRO
Sábado, 14.00, Brighton Beach
Desde que en 1989 entrara ilegalmente en los Estados Uni­dos procedente de Rusia, el atractivo y moreno Herman Jo­sef había trabajado en la Bestonia Bagel Shop en el barrio de Brighton Beach de Brooklyn. Allí era responsable de cu­brir la masa aún caliente con sal, semillas de sésamo, ajo, cebollas, semillas de amapola y diversas combinaciones por el estilo. Trabajar cerca de los hornos era terrible en verano, delicioso en invierno; agradablemente tranquilo el resto del año. La mayoría del tiempo, trabajar allí no se parecía en nada a trabajar en Moscú.

El propietario, Arnold Belnick, le llamó por el inter­fono.

-Herman, ven a la oficina. Tengo un pedido especial.

Cada vez que oía eso, significaba que al delgado mos­covita de treinta v siete años se le acababa la tranquilidad. Viejos instintos y sensaciones cobraban vida. La necesidad de sobrevivir, de triunfar, de servir a su país, eran habili­dades que había adquirido a lo largo de diez años de tra­bajo para la KGB, antes de su transformación.

Tiró el delantal sobre el mostrador, dejó el proceso de acabado de las roscas en manos del hijo menor de Belnick.

Herman subió, de dos en dos, las quejumbrosas y viejas escaleras. Entró directamente en la oficina, que se hallaba iluminada por una lámpara de escritorio fluorescente y la luz que se filtraba a través de una sucia claraboya. Cerro la puerta con llave y se quedó de pie junto al viejo que se en­contraba sentado ante el escritorio.

Belnick le miró a través de una nube de humo de ci­garrillo.

-Toma -dijo tendiéndole un papel a Herman.

Herman lo miró y se lo devolvió. El hombre obeso v calvo lo puso en el cenicero, lo tocó con la punta encendida de su cigarrillo y la nota ardió. Luego tiró las cenizas al suelo y las redujo a polvo.

-¿Alguna pregunta?

-Sí, ¿iré al piso franco?

-No -replicó Belnick-. Aunque te vigilen, no hay mo­tivo para que te relacionen con el suceso.

Herman asintió. Había estado en aquel lugar de Forest Road en Valley Stream antes, después de matar a un re­belde checheno que intentaba reunir fondos para la sece­sión de su país. Era un piso franco de la mafia rusa para sus agentes. Desde allí estaba a veinte minutos del aero­puerto John F. Kennedy, o a veinte minutos de Jamaica Bay. De cualquiera de las dos maneras, era bastante fácil sacar operativos del país si las cosas se ponían demasiado calientes. Luego, cuando las cosas se enfriaban, regresaba a Brighton Beach y a la tienda Bestonia.

Herman fue hasta la taquilla que había en un rincón de la habitación, quitó el doble fondo y metió la mano. Y como por casualidad, como si se tratase de sal o semillas de ama­polas, empezó a sacar las cosas que le iban a hacer falta.



CINCO
Domingo, 12.00, San Petersburgo
Con su fiel y vieja cámara Bolsea de treinta y cinco milí­metros colgada del cuello, Keith Fields-Hutton compró una entrada en una taquilla situada fuera del museo del Ermi­tage, cerca del río Neva, luego caminó la corta distancia que le separaba del imponente museo de cúpulas doradas. Como siempre, caminar entre las blancas columnas de már­mol de la planta baja le producía una sensación de peque­ñez. Le pasaba lo mismo cada vez que entraba en uno de los edificios que albergaba más historia en el mundo.

El Ermitage es el mayor museo de Rusia. Lo fundó Ca­talina la Grande en 1764 como una zona separada del palacio de Invierno, que entonces tenía sólo dos años de anti­güedad. Rápidamente creció a partir de las doscientas veinticinco obras de arte que ella adquirió hasta la actual colección de tres millones de piezas. El museo alberga obras de Leonardo da Vinci, Van Gogh, Rembrandt, El Greco, Monet e incontables maestros, así como antiquísi­mos objetos pertenecientes al Paleolítico, el Mesolítico, el Neolítico, y las edades del Bronce y del Hierro.

En la actualidad, el museo consta de tres edificios adyacentes: el palacio de Invierno, el pequeño Ermitage, si­tuado directamente en el nordeste, y el gran. Ermitage, que se encuentra al nordeste del anterior. Hasta 1917, el Er­mitage estuvo reservado a la familia real, a sus amigos y a los aristócratas. Sólo después de la Revolución de Octubre se abrió al público.

Cuando Fields-Hutton entró en el gran vestíbulo prin­cipal, con sus revisores y los puestos de souvenirs, pensaba en lo triste que era que él estuviera allí. Cuando Catalina la Grande fundó el museo, dictó unas sabias normas de con­ducta para sus huéspedes. La primera y más importante constituía el artículo uno: «Al entrar, el título y el rango de­ben ser dejados a un lado, así como el sombrero y la es­pada.»

La soberana estaba en lo cierto. La experiencia del arte debería acercar cualquier diferencia personal o política, no ocultarla. Tanto Fields-Hutton como León creían que los rusos habían quebrantado ese acuerdo. Además de la muerte de seis trabajadores y los cargamentos de material, detectaron crecientes niveles de radiación de microondas. León había estado allí antes de la llegada de su jefe y había utilizado un teléfono móvil en distintas zonas del museo. Cuanto más se acercaba al río, más se interrumpía la re­cepción. Eso podría explicar los aislantes. Si los rusos ha­bían instalado algún tipo de centro de comunicaciones por debajo del nivel del agua, los componentes electrónicos ha­brían tenido que aislarse de la humedad.

El hecho de que hubieran establecido un centro de co­municaciones en el museo, estratégicamente tenía sentido. El arte es tan negociable como el oro y los museos rara vez son bombardeados en tiempo de guerra. Sólo Hitler había violado la santidad de aquel museo. bombardeándolo. Aunque los ciudadanos de lo que entonces era Leningrado ha­bían tenido la precaución de trasladar sus tesoros a Sverd­lovsk, en los montes Urales.

«¿Habrán instalado los rusos un centro en el museo porque prevén una guerra?», se preguntaba Fields-Hutton.

Fields-Hutton consultó el plano del museo en su Guía azul. Lo había memorizado en el tren, pero no quería des­pertar las sospechas de los guardias dando la impresión de saber a ciencia cierta dónde tenía que ir. Cada guardia era un trabajador potencial del Ministerio de Seguridad.

Después de echar una ojeada al plano, Fields-Hutton do­bló hacia la izquierda, en dirección a la galería Rastrelli, larga flanqueada de columnas. En cada milímetro de la sala había algo expuesto, lo cual no dejaba espacio para encubrir un cuarto secreto por encima del suelo o una esca­lera oculta que condujera al sótano. Paseó alrededor de la pared que separaba la galería Rastrelli del ala Este y se detuvo al descubrir lo que en otro tiempo había sido una ga­rita de guardia. Junto a la puerta había un teclado y sonrió al leer el cartel que pendía de un saliente a la izquierda. Decía, en alfabeto cirílico:
Éste es el futuro emplazamiento de «Arte para los niños», un servicio de televisión que retransmitirá los tesoros del Ermi­tage a los estudiantes de los colegios de toda la nación.
«Puede que sí y puede que no», pensó FieldsHutton.

Simulando leer su Guía azul vigilaba al guardia y esperó hasta que el hombre se diera la vuelta; luego corrió hacia la puerta. Había una cámara de seguridad encima de ésta, de modo que se cuidó a conciencia de no levantar la vista del libro ni mostrar su rostro. Fingió un estornudo y se tapó la cara con la mano para mirar furtivamente la lente. Era corta, de menos de veinte milímetros. Tenía que ser un gran angular, que cubría la puerta y la zona que se extendía a izquierda y derecha, pero no el fondo.

FieldsHutton introdujo la mano en el bolsillo del pantalón y sacó su pañuelo. Dentro había un peso mexicano, una de las pocas monedas que no tenían valor en Rusia. En el peor de los casos, si lo encontraban, lo recogerían y se lo quedarían como recuerdo, con un poco de suerte, un ofi­cial de alta graduación que tuviera algo útil que decir en privado.

Volvió a estornudar y al inclinarse violentamente, FieldsHutton deslizó el peso por debajo de la puerta. Estaba re­lativamente seguro de que había un detector de movimien­tos al otro lado de la puerta, pero no tan sensible como para percibir la moneda. Porque si no, cualquier cucaracha o ratón del museo lo activaría. Se irguió rápidamente y se alejó con la nariz cubierta por el pañuelo.

Deambuló hasta la entrada principal, permitió que un guardia revisara su bolsa y luego salió al exterior. Junto al río encontró un lugar bajo un árbol y de la bolsa sacó su compactdisc portátil. Seleccionó diferentes cortes del disco: los números describían, en código, lo que había visto en el museo. Estos números se grababan en un disco. Más tarde, cuando se encontrara lejos de cualquier receptor que pudiera estar apostado en el museo, ordenaría al portátil que transmitiera la señal al Consulado británico en Hel­sinki, desde donde sería retransmitido a Londres.

Cuando acabó de contarles lo del estudio de televisión, FieldsHutton se recostó para escuchar lo que esperaba que fueran los ruidos de las actividades de espionaje que tenían lugar alrededor del pequeño peso.



SEIS



Domingo, 12.50, San Petersburgo
Cuando la moneda se deslizó por debajo de la puerta de la zona de recepción, pasó a través de una pantalla de con­traimpulso electromagnética. Esta había sido diseñada para detectar cualquier señal que pasara por debajo de ella, me­nor incluso que las pilas de cadmio con las que funcionan los relojes digitales.

La interferencia produjo un sonido que impidió oír otra información que llegaba hasta los auriculares del director de Seguridad del Centro de Operaciones, Glinka. Aunque él no era una persona que se alarmara fácilmente, el coronel Rossky sí, sobre todo a poco más de un día de que llegara la hora cero y ante el rumor de que, en los últimos días, alguien había estado observando lo que sucedía desde el ex­terior.

Rossky hizo las comprobaciones de rigor con la recep­cionista, que le dijo que no había entrado ni salido nadie. Le dio las gracias y el hombre bajito y musculoso se quitó los auriculares, se los tendió a su asistente, se levantó del asiento y cruzó el estrecho pasillo hasta el cubículo del co­ronel.

Buscaba cualquier excusa para estirar las piernas des­pués de haber estado nueve horas sin hacer otra cosa más que probar micrófonos apostados en docenas de embajadas de todo el mundo. Todo ello tras pasarse cuatro horas sometiendo a una batería de pruebas -de ganchos de voltaje de encendido y apagado, escuchas en línea, barrido de tono, prueba de pulso de alto voltaje y pruebas de escucha demulticonexión- a dos de las líneas telefónicas del Centro de Operaciones.

El zaguán central era del tamaño de dos pasillos de au­tobús encadenados de extremo a extremo. Lo iluminaban tres bombillas de veinticinco vatios en apliques negros suspendidos en el techo. La instalación estaba tan minuciosamente insonorizada que, desde el exterior, no se oía nada que hiciera menos ruido que un cañón o un perforador. Tanto las paredes interiores como las exteriores estaban hechas de ladrillos recubiertos con una espuma líquida y seis capas alternas de fibra de vidrio y hojas de dura y negra goma de veinticinco milímetros de espesor. Estas estaban rematadas con un material aislante -que impedía que pe­netrara la humedad- y una cobertura de cartón. Una capa de pintura negra mate absorbía la luz, que de otro modo se filtraría a través de las grietas de los suelos que se extendían por encima de ellos.

Como si se tratara de un tronco de árbol, el pasillo tenía varias ramificaciones, cada una de las cuales conducía a distintas áreas: ordenadores, seguridad de audio, reconoci­miento aéreo, comunicaciones, biblioteca, salida y demás. El despacho del general Orlov estaba en un extremo y el del coronel Rossky en otro.

Glinka llegó al despacho del coronel y apretó el botón rojo del interfono que estaba junto a la puerta.

-¿Sí? -crepitó la voz penetrante a través del altavoz.

-Coronel, soy Glinka. Hemos detectado una perturba­ción de noventa y ocho segundos en el área de recepción. No es mucha distancia si ha entrado alguien, pero usted quería que le dijera si hay algún...

-¿Dónde está el portero?

-Está trabajando en el ala Kurgan...

-Gracias -dijo Rossky-. Lo comprobaré yo mismo.

-Señor, puedo ir yo y...

-Eso es todo -le espetó Rossky.

Glinka se pasó la mano por el pelo rubio y rapado.

-Sí, señor -contestó mientras se alejaba de la puerta y volvía hacia su puesto.

«Todo por un corto paseo escaleras arriba», pensó. Pero era mejor ser desgraciado que enojar al severo coronel Rossky, que era lo que el pobre Pável Odina había hecho al robar el equipo de la instalación. Glinka tuvo que mencio­nar el robo al coronel porque no quería que le acusaran a él. Nunca pensó que el diseñador de software para orde­nadores hallaría tan terrible final, que -como todo el mundo sabía- había sido orquestado por Rossky.

Se hundió en su asiento, recuperó sus auriculares y se acomodó para lo que estaba seguro sería otra guardia inin­terrumpida de cinco horas o más.

Tranquilamente pensó en todas las maneras en que le gustaría ponerle la zancadilla al presuntuoso hijo de puta si tuviera el valor...
Enfundado en su viejo y almidonado uniforme negro, con el relumbrante distintivo rojo en la solapa y la gorra recién encajada, el bajito y delgado coronel Rossky salió de su despacho y se dirigió hacia la puerta cortafuegos que conducía a la escalera. Como todos los soldados de la spets­naz -palabra derivada de spetsialnoye nazhacheniye, «propósito especial»-, tenía los nervios y el carácter de acero; lo demostraba su expresión dura. Las oscuras cejas caían severamente por encima de su larga y recta nariz, y las co­misuras de los finos labios se inclinaban hacia abajo, donde se fundían con las hondas y marcadas arrugas de la nariz. Lucía un espeso bigote, lo cual era raro en el cuerpo, pero su aspecto era el típico de las fuerzas especiales: paso firme y seguro, como si sólo una correa invisible le impidiera co­rrer hacia una meta que únicamente él podía ver.

Abrió la puerta y la cerró con resolución tras su paso. Rossky apretó el código en el panel para cerrarla con llave, luego pulsó un botón en el interfono que estaba junto a éste.

-Raisa, cierre la puerta exterior.

-Sí, señor.

Luego avanzó a pasos rápidos por un oscuro pasillo, su­bió otro piso de escalones y atravesó otra puerta, contro­lada por un pequeño teclado, que daba a un estudio de te­levisión. Normalmente se habría cambiado de ropa y vestido de civil antes de salir allí afuera, pero no tenía tiempo.

Los trabajadores del estudio estaban permanentemente instalando luces, monitores y cámaras de televisión. Igno­raron a Rossky mientras éste pasaba a través de cables, em­balajes y material técnico. Detrás de la acristalada cabina de control se veía una abrupta escalera brillantemente ilu­minada. Rossky subió y entró en una pequeña zona de re­cepción. Raisa se levantó de su escritorio y le saludó con una inclinación de cabeza. Iba a decir algo, pero él se llevó un dedo a los labios para hacerla callar y miró a su alre­dedor.

Rossky vio el peso en seguida, inofensivamente bajo la mesa de la recepcionista en el lado derecho de la habita­ción. Los dos empleados que estaban desempacando el equipo se pararon a mirarlo. Hizo un movimiento para in­dicarles que siguieran hablando. Continuaron hablando so­bre un partido de fútbol mientras Rossky estudiaba la mo­neda. La rodeó como una serpiente cerca de su presa, sin tocarla y temiendo respirar. Un mal funcionamiento habría disparado la alarma en los auriculares de Glinka y el peso podía ser exactamente lo que parecía ser. Pero no había so­brevivido veinte años en las fuerzas armadas dando todo por supuesto.

Vio que el peso estaba gastado, como si llevara años en circulación. La fecha, 1982, parecía acorde con su desgaste. Miró a los lados de la moneda, las estrías ya casi inexisten­tes, la suciedad alojada entre ellas. Parecía del todo autén­tico, pero el ojo podía equivocarse. Tiró de un largo cabello negro de su coronilla y lo sostuvo cerca de la moneda. El cabello se curvó como la varita de un aguador. Se mojó el índice con la punta de la lengua y cuidadosamente aplicó saliva al anverso de la moneda. Se miró el dedo de cerca y vio restos de polvo, donde había tocado la moneda estaba limpio.

La electricidad estática había atraído tanto el polvo como el cabello, lo que significaba que algo dentro de la moneda estaba generando un campo electrostático. Tensó los labios de ira, Rossky se irguió y regresó al Centro de Operaciones. El transmisor del peso no era muy poderoso. Quienquiera que estuviera escuchando a través de él, tenía que estar a pocos metros del museo. Las cámaras de se­guridad dirían a Rossky quién podía ser y luego el espía re­cibiría su merecido.


SIETE




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