El signo de labrys



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EL SIGNO DE LABRYS
MARGARET ST. CLAIR


NEBULAE 123

E. D.. H. A. S. A.

BARCELONA BUENOS AIRES

TITULO ORIGINAL EN INGLES: SIGN OF THE LABRYS

Traducción de FRANCISCO CAZORLA OLMO

Depósito legal: B.32.837.1966

Nº. Rgtro.: 4.743-66

© Editora y Distribuidora Hispano Americana, S. A.

Avenida Infanta Carlota, 129. Barcelona

Emegé. E. Granados. 91 y Londres. 98 - Barcelona
Edición electrónica de diaspar: Málaga 1999


I
Existe un hongo que crece en las paredes que sirve para alimentarles. Es de color violeta, de un violeta rojizo obscuro y que tiene un sabor bueno y dulce. La gente lo busca entre las rendijas de las rocas.

Las cuevas, en si mismas, no son demasiado profundas, aunque la zona excavada desciende a una gran profundidad. Tales cuevas subterráneas nunca estuvie­ron totalmente ocupadas, ni existía ahora en tiempos de paz su necesidad, si bien tampoco estaban totalmen­te abandonadas. Las gentes viven ahora en ellas por la razón de que allí se disfruta de la quietud, e incluso de ciertas instalaciones lujosas. Existen en estas cue­vas, almacenados, todos los artículos y géneros nece­sarios para la vida en cantidades impresionantes, si se sabe dónde hallarlos. Aunque, claro está, el aire no está tan purificado como debería desearse.

Para llegar a donde yo vivo, en, la hilera denomina­da E3, es preciso pasar por habitaciones repletas de muebles archivadores, computadoras y refrigeradores repletos a su vez de bandejas y más bandejas de anti­bióticos. Sé dónde poder hallar pronto lámparas para linternas y la larga caminata que debo realizar entre aquel dédalo de pasillos y galerías no es cosa que me moleste. No puedo soportar vivir en la superficie, don­de los bulldozers mantienen una despierto sin poder conciliar el sueño la mitad de la noche, con sus ruidos, y donde es indispensable el tener que mantenerse de algún modo en contacto con las demás gentes.

Aquella noche, yo había vuelto a mi estancia más bien tarde. No sabía si tenía algo que hacer o no: voy allí por las mañanas y a veces me ponen a trabajar. Otras veces, me paso el día entero vagando de un lado a otro. El trabajo consiste en realizar algo que cualquier hombre con una regular fuerza física pueda ha­cer, como trasladar cajas de un almacén de un lugar a otro. Yo he movido las mismas cajas una y otra vez. Pero tal ocupación, le mantiene a uno entretenido en algo y le impide a uno pensar demasiado. Cada sábado se me entregaba un boleto y si no me lo daban, para el caso era igual. Tengo todo un cajón de mi mesa lleno de ellos.

De cualquier forma, aquella noche me habían man­tenido ocupado hasta bastante tarde. Cuando me apro­xime a mi pequeña estancia, vi que la luz surgía por los contornos de la puerta. Aquello indicaba claramen­te que alguien debería encontrarse en el interior y me resultó francamente molesto.

Resulta curioso de qué forma uno rehuye el con­tacto con los demás en estos tiempos. En parte, por supuesto, es el hábito de evitar cualquier contacto aje­no resultante de las epidemias tan terribles que se su­cedieron. Sin embargo, las epidemias habían sido prác­ticamente alejadas hacía años. Por ahora, aunque las muertes son muy escasas, continuamos persistiendo en el hábito de evitar cualquier proximidad con nadie. Deseamos vivir separados tinos de otros. No podemos soportar la compañía de otra persona.

Y allí me encontraba con alguien en el interior de mi apartamiento subterráneo. No me gustó en absolu­to. Cuando me decidí a entrar me hallaba de un hu­mor de perros.

La persona que estaba en el interior se levantó cor­tésmente al entrar yo. Era un joven delgado y esbelto vestido con el uniforme ciruela obscuro propio del FBY. Tenía los ojos y los cabellos de color muy claro.

- Mr. Sewell - me dijo -. Soy del FBY. Aquí tiene mi identificación. -Y. extrajo del bolsillo un carnet que me mostró.

- Humm... - respondí.

El FBY no es popular. No es que tenga fama de ser brutal con la gente, por cuanto sabemos del go­bierno que rige nuestros destinos actualmente, es sen­cillamente la organización policial FBY, y claramente yo tampoco sé explicarme la aversión que todos sentimos por ella. Tal vez sea el recuerdo pasado de la

- Mr. Sewell - continuó, esta vez sonriendo amis­tosamente -, he venido a buscarle a usted en deman­da de información. Bien, mi nombre es Ames, Clifford Ames. Se nos ha dicho que está usted en contacto con una joven a quien tenemos un especial interés en localizar. Su nombre, al menos el nombre con el que suele ser conocida, es Despoina.

Yo fruncí el entrecejo.

- No he oído jamás ese nombre antes - le repu­se -. Resulta un nombre bastante singular.

- No tiene, naturalmente, por qué responderme - dijo el hombre del FBY-, pero creo que consegui­ríamos todos una gran ventaja si pudiera hacerlo.

- ¿Ventaja para mí? - le dije yo -. ¿Qué clase de ventaja puede existir para nadie en los días que vivimos?

El policía se puso a reír.

- En eso creo que tiene bastante razón concedió -. Pero se nos ha dicho que no solamente está us­ted en contacto con ella, sino que esa Despoina, o Es­poina, o como se llame, está viviendo actualmente con usted.

- ¿Viviendo conmigo? - le respondí sorprendido, más que molesto -. Nadie vive aquí conmigo. No podría soportar la proximidad con nadie. Si registra mi vivienda, verá que no existe ni la menor traza de nin­guna presencia femenina.

- Sí, es cierto, no hay nadie con usted. Pero nos gustaría mucho localizarla.

- Ya se lo dije, jamás oí hablar de tal mujer. - La constante sonrisa del policía me estaba sacando de quicio -. De todas formas, no conozco a ninguna mu­jer. ¿Por qué buscan ustedes a ésa en particular? ¿Sos­pechan que es contagiosa?

- Creemos que es una portadora de gérmenes.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Los portadores de gérmenes eran gentes que, enloquecidas por la destrucción y el horror a través del cual habíamos vi­vido, esparcían deliberadamente y diseminaban por doquier los virus neurolíticos que lo mataban todo. Eran una masa ciega de asesinos. O, al menos, así se decía de estas personas. Personalmente, nunca me ha­bía tropezado con ninguna.

- Aun así, lamento no poder ayudarle - le repu­se -. Puede creerme, no sé nada de todo esto, en ab­soluto.

- Pues nuestros informes...

- Han debido ustedes ser mal informados.

- Bien - Ames se dirigió hacia la puerta -. Usted trabaja muchas horas, ¿no es cierto? Le estuve espe­rando mucho tiempo. Tiene usted que trabajar desde las siete a las seis o algo parecido...

- ¡De las siete a las seis! - repuse riendo enton­ces -. Oh, no, así no trabajan ni los hombres de los bulldozers, en el nivel B. Mi trabajo es mucho menor que todo eso.

Ames dejó escapar un suspiro. Parecía que yo hu­biera revelado algo importante y significativo sin sa­berlo. Me miró con ojos de simpatía.

- De siete a seis o de ocho a cinco, de cualquier forma es algo pesado, ¿no le parece? - dijo deliberadamente. - A propósito - continuó Ames -. No le he dado a usted la descripción de la joven que andamos buscando - Se dice que tiene una talla de tipo medio, esbelta y de esqueleto frágil, con una notable piel clara. A menos que no se la haya cortado o teñido, tiene una ca­bellera de un rojo dorado muy atractiva. ¿Sabe usted de una mujer que responda a estas señas?

- Le vuelvo a repetir que no conozco a ninguna mujer, en absoluto. Ni siquiera he hablado con ningu­na desde hace casi tres años, excepto para decirle buenos días ocasionalmente a la mujer que hay en la oficina donde trabajo. Pero ésta es más bien pequeña y de mediana edad.

- Ya comprendo - repuso Ames -. Bien, si cambia de parecer y se decide a cooperar con nosotros, puede tomar contacto conmigo en esta dirección. - Y me alargó una tarjeta de visita.

La tomé sin darle importancia; ni siquiera me molesté en leerla, y me la guardé en el bolsillo. ¡Qué for­ma más descarada de mentirme!

- No es cuestión de cooperar con ustedes. Es que, sencillamente, no tengo nada que poder manifestar a usted. ¿Tendrá usted dificultades para hallar la salida? Si quiere puedo prestarle una linterna eléctrica, si es que le puede ser útil. - Todo lo que deseaba era qui­tármelo de encima.

Abrió la puerta de mi cuarto y salió al comedor.

- Gracias, no es preciso su ofrecimiento. Conozco un pasillo más corto.

Mientras le miraba desde el umbral, Ames echó mano de un pequeño tubo de entre un cierto número de dispositivos que llevaba colgado de su cinturón y lo dirigió hacia el techo como si quisiera localizar al­gún lugar determinado. Movió aquel tubo que proyec­taba una luz especial por el techo y tras un par de se­gundos sentí una fresca corriente de aire. En el techo del corredor aparecía un agujero de dos pies de diá­metro.

Ames devolvió el tubo a su cinturón y volvió a sa­car otra cosa. Parecía un haz de cuerdas finas de bra­mante. Lo arrojó hacia arriba en dirección al agujero del techo y comprendí que se trataba de una escala de cuerda extremadamente ligera y manejable.

El oficial del FBY puso una mano a cada lado de la escala y comenzó a subir por ella. Cuando se hallaba a medio camino en su ascensión se volvió y me dijo:

- También nosotros, los hombres de FBY, sabemos hacer cosas de magia.

Siguió ascendiendo hasta llegar al tope. La escala pendió en el aire unos momentos hasta ser recogida desde arriba. El techo volvió a quedar tan sólido como estaba antes y la abertura había desaparecido junto con el policía.

Yo volví a mi cuarto. Lo que acababa de ver me volvió pensativo. No había nada improbable en el he­cho de que existieran salidas de emergencia en varios lugares de la gigantesca caverna subterránea, salidas de escape conocidas sólo por unas pocas personas. Pero ¿qué es lo que significaba el comentario hecho por Ames? Yo estaba bien seguro de haberlo oído correctamente. ¿Por qué habría dicho que el podía hacer cosas mágicas también?

Sacudí la cabeza confuso. Me dirigí a la alacena y tomé una lata de comida en conserva para prepararme la cena y después me detuve. En realidad, no tenía apetito. La entrevista con Ames lo había hecho desa­parecer, en más de un sentido, además. La conversa­ción que habla sostenido con él era la más larga que jamás hubiera tenido con nadie en años. Aquella proximidad de otro ser humano me enfermaba. Y por encima de todo aquello, se encontraba el FBY.

Al final preparé un gran plato de hongos de color violeta y comí con ellos. Los había recogido en la úl­tima semana y aún permanecían dulces y frescos. Habrían estado mejor ligeramente hervidos; pero no me encontraba en forma alguna dispuesto a ocuparme de la cocina. Cuando comí lo suficiente y quedé satisfe­cho, puse el plato en la alacena. Traté de leer un libro de texto sobre bioquímica; pero no pude mantener la atención ni siquiera en una sola página.

Al fin dejé el libro de lado. Despoina. Una chica es­belta con cabellos de color de un rojo dorado y una piel blanca. ¿Para qué deseaba encontrarla el FBY? ¿Y qué pudo haberles hecho pensar que estaba en contacto conmigo?

II
Si en los días en que vivimos los seres humanos podemos aguantar la proximidad de otros seres apenas unos minutos, es algo singular cuán diferente es el caso con los muertos. En mi camino hacia el tra­bajo, suelo pasar por uno de los vastos campos donde yacen las víctimas de la epidemia, cada una encerrada en un saco de plástico a toda prueba, esperando ser enterradas. No siento la menor antipatía por ellas.

Con todo, debería ser horrible. Los sacos de plás­tico son traslúcidos y uno puede captar de un vistazo la espantosa visión de lo que contienen. Pero el horror está ausente. Todo lo que siempre he sentido ha sido un gran sentimiento de piedad a la vista de tan­ta desgracia.

Los bulldozers estaban trabajando cuando llegué hasta ellos aquella mañana. Siempre lo estaban, exis­te incluso un turno nocturno. Lo extraordinario es que hayan hecho tan poco. Supongo que la razón se deba en parte a la naturaleza del trabajo a realizar y en parte a que apenas existen suficientes hombres que se ocupen de tales trabajos. Resulta muy difícil encon­trar razones que induzcan a la gente a que trabaje.

Llegué al almacén. La mujer de la oficina me hizo una señal con la cabeza. La antipatía y aversión que 'a gente siente hacia los demás seres humanos en nuestros días, no es menos marcada entre varones y hembras que entre miembros de un mismo sexo. La gente satisface sus necesidades sexuales en contactos de quince minutos y se alejan el uno del otro inme­diatamente. No existe ninguna forma de vida por la que nadie se interese. Yo supongo que a nadie le pre­ocupa.

El capataz me puso a trabajar llevando de un lado a otro una pila de cajas. Era la misma que había transportado hasta la parte norte del almacén dos días an­tes. Ahora todo se reducía a volverlas a traer al lugar de origen de nuevo.

Mientras estaba ocupado en mi trabajo volví a pen­sar en el hombre del FBY. Esta organización (se la llamó así cuando comenzaron las epidemias, específi­camente para ocuparse de los brotes, aunque recons­truida sobre otra más anterior) ha tenido siempre la fama de estar muy unida y obedecer a un principio muy complicado. ¿Será que la gente del FBY está en condiciones de hallarse unida entre sí, mientras que el resto de nosotros somos incapaces de hacerlo? ¿O será simplemente su famosa «disciplina» lo que les permite trabajar juntos?

Llegado el mediodía, el capataz me dijo que podía volver a mi cuarto. Al salir vi que otros trabajadores del almacén se ocupaban en trasladar mis mismas ca­jas hacia el sur.

Los hombres de los bulldozers tomaban el almuer­zo cuando pasé junto a ellos. De entre el grupo, uno de corta talla y moreno me llamó la atención.

- ¡Eh, Mac! ¿Te gustaría ponerte al frente de una de esas máquinas?

Yo me detuve.

- ¿Necesitáis hombres?

- Sí. Yo te enseñaré cómo manejarlo. Empleé el resto del día aprendiendo cómo mane­jar un bulldozer, mientras que el hombre que me había llamado Mac me pasaba a gritos las instrucciones que consideraba necesarias.

Hacia las cinco comprendí por qué los enterra­mientos iban tan despacio. En primer lugar, no había hombres que excavasen con herramientas manuales, y un bulldozer no es precisamente la herramienta ade­cuada a pesar de su gran fuerza excavadora. Y en segundo término, no existía orden ni arreglo, en abso­luto, para disponer de los cuerpos en las fosas. Tenía­mos que ponerlos en la pala de los bulldozers y ente­rrarlos uno a uno. Pero mis sentimientos respecto a los cuerpos aquellos no habían cambiado. Seguían llenándome de piedad, como una especie de ternura por algo perdido irremisiblemente.

Cuando volví a mi cuarto, me dirigí al lavabo para lavarme las manos. Le di la vuelta al grifo; pero no había agua. Aquello era serio. Todas las habitaciones en el nivel E3 - diseñado para alojar a los más impor­tantes empleados del gobierno, contenían un lavabo, una cama y una estufa de dos fuegos, alimentada con baterías eléctricas. Todas las habitaciones de una mis­ma hilera subterránea recibían el agua de un depósi­to común.

Me dirigí al cuarto vecino próximo al mío y abrí el grifo. Tampoco había agua. No se me hubiera podido ocurrir semejante cosa. Tenía que hacer algo. ¿En qué dirección debería desplazarme, hacia arriba o hacia abajo?

Sin duda, algo debería ocurrirle al depósito de re­serva. No pude imaginarme que se hubiese terminado el suministro líquido. Había sido diseñado y montado para más de cincuenta años de buen servicio. Lo más probable es que alguna clase de hongos hubiera cre­cido y desarrollado de tal forma en la conducción principal que hubiese terminado por cortar el agua.

Cuanto más se desciende a niveles bajos en las cavernas, más lujosa es la instalación. Pero el pensa­miento de los niveles bajos, siempre me había repeli­do por instinto... Trataría de hacerlo a uno próximo más bajo y a medio camino de ser posible.

Empaqueté lo más interesante para mí, unos cuantos libros, alguna ropa y un surtido de latas de con­serva con alimentos deshidratados. Siempre estaría en condiciones de obtener cualquier clase de alimento de las enormes reservas apiladas en los niveles. Y salí de mi cuarto. Con una maleta en la mano, caminé a lo largo del sombrío corredor hasta llegar al F1, una fila de cuartos diferentes del F, que era un nivel separada. Después descendí un par de escaleras y volví hacia la izquierda.

No había caminado mucha distancia en el F1 cuan­do noté que una de las luces rojas instaladas en un panel de señales en el corredor lucía intermitentemen­te. Aquello significaba que algo iba mal a todo lo lar­go de la fila, sin que pudiera imaginarme qué podría ser. Tal vez no fuese nada serio, ya que, de lo contra­rio, todo el sistema estaría cerrado al paso, excepto en las salidas de emergencia.

Vacilé. ¿Debería volver atrás? El nivel F2 estaba a poca mayor profundidad de lo que yo hubiera deseado y además, sentía una enorme curiosidad. Continué an­dando. Una puerta se abrió delante de mí. En ella apa­reció un hombre apoyándose en el umbral. Vacilaba sobre sus pies, dando el aspecto y la sensación de ha­llarse enfermo o borracho.

Produjo un extraño ruido con la garganta y después la palabra «siete» surgió de sus labios. Luchó desespe­radamente por respirar y acabó a los pocos segundos por caer colapsado a mis pies.

Yo tuve entonces un instante de pánico. Había ya visto a mucha gente morir así, en la época en que las epidemia alcanzaron su mayor virulencia. Pero era posible que este hombre estuviese borracho. Le exa­miné desde cierta distancia.

Ahora, existe, como lo fueron antes, dos tipos de enfermedades epidémicas mortales. La más común era la pulmonar, donde las células propagadoras del mal proliferaban dentro de los pulmones hasta impedir toda respiración a la víctima, muriendo, literalmente por as­fixia. Los cuerpos de la gente que moría de esta horri­ble manera, aparecían deformados e hinchados'. Las cé­lulas propagadoras de la epidemia, secretaban una en­zima que destruía la conductividad de las células ner­viosas y la muerte seguía tan rápidamente tras la in­gestión por las víctimas de los bacilos propagadores de la peste que la pobre víctima parecía ser fulminada por un rayo. Moría antes de darse cuenta de lo que estaba ocurriéndole.

El hombre caído sobre el corredor cerca de mis pies, vestía el uniforme obscuro de color ciruela pro­pio del FBY. Mirándole, veía que las costuras de su traje se distendían bajo la presión terrible de la hin­chazón de su cuerpo a punto de estallar. No había la menor duda de que había muerto. Ni tampoco de que la causa de su muerte era la epidemia pulmonar, en su forma de fermentos respiratorios. Las células que en forma de esporas se expandían por el aire se dise­minaban fácilmente. Con mi maleta aún en la mano, me volví rápidamente deshaciendo el camino que ha­bía hecho.

Me detuve cuando me encontré de nuevo en el E 3; Me hallaba realmente aterrado. Las epidemias pulmonares se llevan un par de horas en causar la muerte, tras el contagio y la exposición al aire libre y yo cier­tamente me había hallado expuesto en esa forma. Dejé pasar las dos horas siguientes sentado al borde de mi cama, escuchándome mi propia respiración y tosiendo o haciendo inhalaciones de aire experimentalmente.

Llegaron las siete y aún continuaba vivo. O ningu­na de aquellas esporas me había alcanzado, o es que gozaba de alguna inmunidad especial contra la epide­mia. Respiré profundamente. Seguía pensando en irme a otro lugar cualquiera a vivir, y todavía no había to­mado la cena. Pensé qué debería hacer respecto al hombre muerto en el F1. Era preciso comunicarlo a los enterradores, para que acudiesen a embalar el cadáver en un saco de plástico, para su enterramiento. Pero por otra parte, odiaba la idea de mezclarme en el asunto.

Finalmente decidí que aquello era un problema que concernía sólo al FBY. Se decía que solían mantener­se entre ellos en estrecho contacto, por tanto, pronto encontrarían al compañero muerto.

Y entonces me marché por la otra parte contraria del corredor, hacia el nivel D de las cavernas. Las acomodaciones de aquel nivel, estaban dispuestas para tres o cuatro personas. Finalmente encontré acomodo en una habitación sin amueblar, excepto cuatro literas de una pobreza espartana. Pero funcionaba la luz y el agua y existía la clásica cocina de dos fuegos alimen­tada por electricidad. Bien, el problema era encontrar algo que comer.

Eché un vistazo a mis provisiones. Tenía hambre; pero nada me parecía bueno. Lo que realmente desea­ba, desde luego, eran algunos hongos de color violeta, frescos, dulces y apetitosos.

La gente solía comerse esta clase de hongos porque es casi lo único fresco y natural que posee en este mundo subterráneo. Cuando las esporas propagadoras de las terribles epidemias escaparon de manos de los científicos que habían estado experimentando con ellas, y comenzaron las horrorosas plagas, no fueron sola­mente los seres humanos los que perecieron por ellas. Murieron también los animales domésticos, dándose el caso de que la mortalidad aún fue superior entre ellos, afectándose igualmente las plantas y vegetales alimenticios.

Algunas plantas alimenticias se extinguieron, como por ejemplo, el trigo, la cebada y el arroz. Murieron además todos los árboles. No he visto un árbol desde hace diez años. Y las células germinales de los vegeta­les corrientes, como las lechugas y tomates, mutaron hasta hacerse polipoides. En nuestros días, una lechu­ga es una planta de diez pies de altura, cubierta con una especie de corteza y tan comestible como pudiera serlo un estropajo.

Sin embargo los hongos son buenos, frescos, cru­jientes y dulces. Cuando se les cuece ligeramente, tie­nen un ligero sabor a castañas de agua. Y es curioso que uno no se canse de su sabor. La dificultad estriba en encontrarlos. Suelen crecer más allá de la parte de las cavernas que han sido arregladas para que viva la gente o bien entre las desnudas rocas.

Saqué de la maleta una bandeja y un cuchillo. Si se cortan con el cuchillo en vez de arrancarlos, vuelven a crecer normalmente. Me puse una linterna eléctrica en el cinturón y salí a buscarlos.

El lugar a donde me dirigía, se hallaba al final del E3, mi antigua fila de viviendas. Los hongos crecerían probablemente en muchos otros lugares de los sub­terráneos; pero allí, al menos, estaba seguro de en­contrarlos.

Era una larga y tediosa caminata. Resultaba preci­so dar muchos rodeos y subir una y otra vez entre las rendijas de las rocas para llegar al lugar en que cre­cían los hongos. Debía a veces arrastrarme sobre pies y manos. Llegué al sitio y comprobé con satisfacción que los hongos habían vuelto a crecer abundantemen­te desde la última vez, y pude fácilmente llenar mi ban­deja.

Comencé a abandonar la rendija rocosa. Mi cintu­rón se enganchó en un saliente de la roca y la linter­na alumbró el lugar. Y vi, rudamente esculpido en la piedra, una señal en forma de número 7.

Mi corazón latió apresuradamente. Tomé entonces la linterna y examiné el signo aquel, cuidadosamente. No, no era un 7, sino un símbolo mucho más antiguo. Alguien tuvo que haber encontrado realmente una gran dificultad para hacerlo, había dibujado sobre la roca grisácea, el antiguo signo de Labrys, el hacha con doble cabeza.

Seguí pensando en aquello casi todo el tiempo que tardé en volver a mi alojamiento. Aquel signo pudo estar allí desde mucho antes; pero yo me encontré inclinado a suponer lo contrario, porque cuando comen­cé a buscar por allí los hongos, había rebuscado todos los rincones de aquella rendija de la roca con el mayor cuidado. Pero alguien, recientemente, lo había dibu­jado. ¿Por qué? Por lo que yo sabía, era la única per­sona que en realidad conocía la localización de aquella rendija particular. Por unos instantes de vértigo men­tal, llegué a pensar si no habría sido yo mismo quien dibujase tal signo. Pero estuve bien seguro de no ha­berlo hecho, a poco de reflexionar.

Una vez de vuelta a mi cuarto, lavé cuidadosamen­te los hongos y los puse a cocer con un poco de caldo de ternera. Pero estaba visto que la cena de aquella noche estaría llena de sorpresas. Cuando fui a buscar el plato donde poner la comida, encontré un trozo oblongo de papel depositado en el lugar más visible del utensilio de cocina.

Era una simple nota. Aquella nota, escrita con tin­ta de un color marrón pálido, era lacónica: «Mr. Sewell, venga a la galería inferior sobre las once de la noche». Estaba firmada con una simple «D».

Mi reacción fue estrujar el papel con cierta rabia entre los dedos. Ames, el policía del FBY tuvo que haberla dejado y aquello debía representar o bien un intento de embrollarme activamente con la misteriosa Despoina o, más verosímilmente, la idea de obtener una confesión de culpabilidad de mi conocimiento con ella.

Pero detuve el curso de mis pensamientos. ¿Cómo habría sabido Ames el sitio donde encontrarme? Ni yo mismo había sabido, hasta el último momento, que iría a elegir un alojamiento en el nivel D. Para él, el estar en condiciones de hallarme diez minutos más tarde de haberme cambiado de lugar, significaba que el FBY me tenía custodiado bajo estrecha vigilancia constan­te. Y si realmente me vigilaban tan estrechamente, ten­drían que saber con toda seguridad que yo no tenía el menor contacto con Despoina, y que jamás 1o había tenido.

Recogí la nota y volví a examinarla con más cuida­do. La tinta con que estaba escrita era tan espesa, que daba la impresión de formar parte del mismo papel, una pasta oscura de color marrón pálido que casi podía emplearse como papel de lija. La escritura a mano resultaba correcta, hasta elegante en los carac­teres. Resultaba sorprendentemente fácil leerla. ¿Una escritura de mujer? Sí, podría ser; tenía un carácter más bien egoísta, desde un punto de vista grafológico.

Me tomé la cena y me sentí inquieto, sin ganas de descansar. No iba a ir a la cita, desde luego. Pero a las once menos cuarto, un misterioso impulso me hizo recargar la linterna eléctrica y ponerme en marcha. La galería inferior se encuentra en su estado natural. Cuando las cavernas se arreglaron para servir de vi­vienda a los seres humanos y fueron excavados los ni­veles inferiores, se les consideró estructuralmente de­masiado débiles para ser utilizados. Y quedó tal y como lo que había sido: un inmenso espacio caver­noso de doscientos por trescientos pies, con un techo bajo y unas cuantas estalactitas. No resultaba ni siquiera algo espectacular.

No me encontré a nadie en el camino. Tiene que haber mucha otra gente que vive en las cavernas; pero apenas nos encontramos los unos a los otros. Cuando esto ocurre, miramos de lado. Es mejor hacerlo así.

La galería, por supuesto, se hallaba en la más com­pleta obscuridad. Hasta donde podía alcanzar el rayo de luz de mi linterna, fui alumbrando los alrededores, haciendo circuitos de luz parciales, de tanto en tanto, en las paredes... Nadie. Pero aquello era tan grande, que una docena de personas muy bien pudieran ha­berse ocultado en alguna parte burlando la luz de mi linterna.

Esperé. Dejé la linterna encendida y seguí alum­brando con ella la obscuridad circundante. Finalmen­te, oí un ruido. Parecía el de unos pasos. Y llamé:

- ¿Quién está ahí?

No hubo respuesta. Yo comenzaba a ponerme ner­vioso y cansado de aquello, y pensé en volver. Pero un soplo de aire fresco pasó junto a mí. Tenía un cierto olor a humedad. Y entonces, una voz neutral, sin tim­bre especial y sin eco, habló como si lo hiciera en mis propios oídos.

- «Bendito... seas.»

Di una vuelta a mi alrededor. Envié el rayo de luz de la linterna intentando perforar aquella obscuridad circundante.

-¿Quién está ahí? - repetí -. ¿Quién es usted? ¡Salga y muéstrese! ¡Vamos, muéstrese!

Mis gritos se desvanecieron. No hubo respuesta al­guna. El más absoluto silencio. Ni la menor pisada. Absolutamente nada.




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