El sentido de lo sagrado



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Publicado porwalterisgro

El Sentido De Lo Sagrado

Abbé Henri Stéphane

 

La dificultad de hablar de un tema así estriba esencialmente en que, hoy en día, el sentido de lo Sagrado se ha perdido, lo mismo que la religión o la fe de las que es inseparable (1). Se puede hablar de ello a título arqueológico, como algo que existió en la Edad Media o, de forma más general, en toda civilización tradicional, pero es imposible hacerlo re-vivir; los pocos que han entendido que la Edad Media fue todo lo contrario al oscurantismotérmino que, por el contrario, conviene perfectamente al mundo moderno sumido en el materialismo más denso– no pueden ser a los ojos de los demás más que nostálgicos del pasado. Los estudios sobre arte sagrado que actualmente se publican ya no sintonizan, lamentablemente, con la mentalidad moderna y corren el riesgo de ser inoperantes.



Aunque no podemos entrar a detallar los procesos de desacralización progresiva del mundo moderno desde final de la Edad Media, señalaremos sin embargo que la última etapa de esta decadencia se ha realizado en el curso de los diez últimos años(2), decadencia espectacular que constituye lo que se ha llamado «la crisis de la Iglesia».

En particular la «des-clerización» o «secularización» del clero ha destruido el carácter sagrado del mismo, ante la negativa a hacer del sacerdote un personaje separado… distinguido, «puesto aparte», como indica precisamente el significado de la palabra «sagrado». Paralelamente, la propia religión ha sido reducida a un humanismo o un cierto socialismo que, con toda evidencia, no merece ya el nombre de religión. (3)

Algunos objetarán, sin duda, que lo sagrado no es esencial a la religión y que, conforme al Evangelio, el cristianismo se caracteriza por el amor a Dios y al prójimo y que debe desembarazarse de lo «sagrado» de origen judío o pagano. Desgraciadamente, esta opinión procede de un «libre examen» evidente, característico del protestantismo y el modernismo, y que hace tabla rasa de veinte siglos de Tradición. A pesar de una decadencia y una incomprensión crecientes, lo «sagrado» existía todavía, pero más bien como elemento residual, antes del hundimiento de los diez últimos años: el seminarista más limitado, al prepararse para recibir el subdiaconado conservaba aún el sentido de lo sagrado, y se podrían multiplicar los ejemplos.

Hoy todo eso está muerto, salvo quizás en los últimos «bastiones de la resistencia», donde algunos tradicionalistas retardados llevan un combate de retaguardia perdido de antemano. No queda pues a los «nostálgicos del pasado» más posibilidad que escribir obras sobre el simbolismo románico o la iconografía bizantina.

Esta oración fúnebre parecerá evidentemente demasiado pesimista a quienes van todavía a Solesmes o a quienes asisten a una liturgia ortodoxa. Pero los católicos que están condenados al «Novus Ordo» de la misa romana no podrán sino experimentar la pérdida de lo sagrado de que son víctimas y rechazar más todavía la pseudorreligión humanitaria que se les propone en su lugar.

Algunos discernirán en la desaparición de lo sagrado, o en «la muerte de Dios», una especie de purificación o de «noche oscura» de la fe que precede a la aurora de la Resurrección. Otros verán ahí la «abominación de la desolación», predicha por las Escrituras y que precede a la Parusía o final de los tiempos. Se observará igualmente que lo sagrado se manifiesta actualmente fuera de las Iglesias establecidas, en ciertos movimientos marginales. Pero eso es tanto como decir que la religión se ha refugiado en las innumerables sectas que no ofrecen a sus adeptos más que una parodia y una falsa imitación de la verdadera religión.

Como resultado de todo lo que llevamos dicho, podemos afirmar que tener actualmente el sentido de lo sagrado equivale a tomar conciencia de su desaparición: Dios ha muerto, el hombre ha muerto, lo sagrado a fortiori ha muerto, los ángeles también han muerto, la escala de Jacob se ha roto.

Todo lo que acabamos de decir no extrañará de ningún modo a aquellos que saben a qué atenerse sobre la «edad sombría» (Kali-yuga) (4) predicha por las Escrituras y caracterizada por un número considerable de «signos», entre los cuales figura la pérdida del sentido de lo sagrado. En el final de los tiempos, es ciertamente abusivo decir que «Dios ha muerto» o que «el hombre ha muerto», pero es preciso saber reconocer que lo que está muerto –o en estado agónico– son las mediaciones entre Dios y el hombre: lo sagrado, la religión, la fe. Es más exacto decir que en el mundo moderno, desacralizado y ateo, Dios parece estar ausente: las relaciones entre Dios y el hombre se han cortado, lo que en última instancia permite dar un sentido a las expresiones abusivas que hemos citado. También podríamos decir que en razón del «endurecimiento» del cosmos», del «caparazón» que cubre el mundo actual, las influencias “espirituales” ya no lo traspasan(5). El hombre privado de la gracia puede ser considerado como muerto; Dios, cuya gracia ya no desciende o es interceptada, puede igualmente ser considerado como «muerto».

Sin embargo, lo que acabamos de decir corresponde más bien a un límite hacia el que se tiende, pero que nunca se ha alcanzado en el proceso de desarrollo del mundo manifestado. Dicho de otro modo, el empañamiento completo de la gracia, el carácter completamente estanco del caparazón evocado anteriormente, la «muerte de Dios» y la «muerte del hombre» nunca se han realizado, o no pueden ser alcanzadas más que en el límite, es decir «al final de los tiempos», lo que se sitúa fuera del tiempo, como el límite se sitúa fuera de la serie de términos a los que sirve precisamente de límite (6). Si el empañamiento de la gracia fuera completo, el mundo actual dejaría instantáneamente de existir y eso sería el fin. Este mundo no subsiste, pues, más que por la presencia de «espirituales», evidentemente muy raros y que constituyen el pequeño número de los elegidos; y la frase evangélica «yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación del mundo» (Mt 28,20) confirma lo que acabamos de decir. Sin embargo, está igualmente escrito: «Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la Tierra?» (Lc 18,8). Además, se ha dicho también: «Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos» (Mt 9,12-13), lo que restablezca la esperanza, y por último: «Se le pedirá a cada uno según lo que ha recibido (7), y hay que recordar también al «obrero de la hora undécima» (Mt 20,1-16)(8).

En efecto, las obras de arte sagrado están en los museos o en los libros. Las torres de la catedral de Chartres se elevan en medio de un desierto espiritual; los turistas afluyen a ella, pero ya no hay seminaristas. Una ciencia puramente empírica y conjetural inventa teorías que no tienen nada que ver con la Verdad; la inteligencia de los filósofos, privada de la gracia, fabrica sistemas extravagantes y las ciencias humanas proponen explicaciones aberrantes, psicológicas y sociológicas, de la religión o del «hecho religioso». Por último, el hombre es aplastado por montañas de máquinas que le embrutecen completamente en su trabajo y en sus ocios, por no hablar de las atrocidades de la guerra, reforzadas por las mismas máquinas. Pero, como dijo el Maestro Eckhart, «no hay nada más noble que el sufrimiento». “Feliz, pues el hombre de la edad de Kali”.

Si el intelecto hundido en el corazón del hombre, purificado e iluminado por la gracia, se hace capaz de comprender inmediatamente el lenguaje de la Revelación y de la metafísica tradicional, concebirá la Divinidad (la Deidad o el Hyperthéos) como el Principio supremo, eterno e inmutable, que contiene a todos los seres en modo principial, arquetípico e indestructible. A este nivel, la «muerte de Dios» o la «muerte del hombre» no tienen ningún sentido. Pero cuando los seres «salen» –ilusoriamente por otra parte– del Principio supremo, del que no habían salido más que en modo ilusorio, es entonces cuando se puede decir, con el Maestro Eckhart, que «Dios desaparece», y que el hombre, tal como lo conocemos en su modalidad existencial, corporal o psíquica, desaparece igualmente(9).

Lo que muere es lo que no ha existido nunca más que en modo ilusorio. La reintegración de todas las cosas in divinis es pues una necesidad y una evidencia metafísica. Pero no puede haber un retorno más que si hay correlativamente una salida: uno y otra no se sitúan evidentemente en el tiempo que no es más que una condición particular de la existencia. Son, por decirlo así, coetáneos con la divinidad: «Hay así multiplicación incesante del Uno inagotable y unificación incesante de la indefinida Multiplicidad(10)». «Yo era un tesoro oculto y he querido ser conocido; por eso he creado el mundo» (Corán).

Esta última proposición –«yo era un tesoro oculto y he querido ser conocido; por eso he creado el mundo»– proporciona la clave y el fundamento ontológico de lo sagrado: el mundo: no se trata del «mundo» en el sentido neotestamentario, donde esta palabra designa el reino de Satán, «príncipe de este mundo». Se trata del mundo (mundus=puro) saliendo de las manos del creador o también del Cosmos, del «caos organizado» por el Fiat Lux(11).



Este mundo es esencialmente sagrado, pero no en el sentido de «puesto aparte» que esta palabra tomará después en razón de la Caída y la desacralización progresiva del Cosmos(12).

El misterio comienza o persiste cuando se afirma, por una parte, que la «Caída» era inevitable por el simple hecho de que el mundo no es Dios y, por otra, que es imputable al hombre (véase Rom I,18-32). Se puede decir también que el mundo es sagrado, pero que no es divino, lo que le confiere solamente su función de mediador entre Dios y el hombre.

Si en el origen todo es sagrado y si la naturaleza virgen sirve de templo a la divinidad y al hombre, al final de los tiempos, como hemos suficientemente desarrollado, todo está desacralizado. Entre ambos extremos, el hombre tiene necesidad de templos, siendo precisamente el templo una imagen o símbolo del Cosmos. Así a lo largo de toda la historia, lo sagrado aparece en su significado y en su papel más propio: elementos de este mundo «puestos aparte», «consagrados» para la mediación entre Dios y el hombre.

La Iglesia y el orden sacramental, el sacerdocio, el sacrificio (sacrum facere), el arte sagrado, pertenecen con toda evidencia al dominio de lo sagrado.

Esta cuestión implica todavía otro aspecto que es el problema delicado de «hechos sagrados» como la virginidad de María, la resurrección de Cristo, su ascensión gloriosa, etc. Los racionalistas, que, por definición, no creen en lo sobrenatural, se ven reducidos a dar explicaciones lamentables de los Evangelios. Si se mantiene que la resurrección de Cristo es un «hecho histórico» para evitar contemplarla como una ficción, conviene sin embargo no ponerla en el mismo plano que un accidente de coche o la batalla de Austerlitz.



Se trata esencialmente de un «hecho sagrado», es decir, aplicando lo que hemos dicho anteriormente, de un hecho «puesto aparte», fuera de serie, si cabe expresarse así, y que no se sitúa en el tiempo ordinario, en una fecha precisa. La mejor prueba de ello es que los Evangelios callan sobre lo que pasó entre la Crucifixión y el descubrimiento de la tumba vacía. Es así imposible situar el «descenso a los infiernos», pero la iconografía representa al Cristo glorioso descendiendo a los infiernos; lo mismo, en la cruz, Cristo dice al buen ladrón: «De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43).

Todo esto indica una cierta contemporaneidad de estos acontecimientos, pero su naturaleza de algún modo «transhistórica» les confiere una realidad muy superior a un simple hecho histórico. Está excluido que el cadáver de Jesús haya sido «reanimado» y haya salido de la tumba, lo que muestra la diferencia entre la resurrección de Cristo y la «resurrección de Lázaro» volviendo a la vida ordinaria. Se trata esencialmente del «cuerpo glorioso», que no difiere esencialmente del corpus natum, el cuerpo nacido de la Virgen, que no podía ser más que «glorioso» en razón de la unión hipostática de la naturaleza humana y la naturaleza divina, pero que disimulaba su gloria en la aniquilación de la kénosis.(13). Es, evidentemente, el mismo cuerpo glorioso el que se manifiesta en las apariciones, y finalmente en la Ascensión –¡que no es de ningún modo comparable al vuelo de un cohete!–. Estamos en otro eón, de naturaleza superior al «eón de este mundo», y que incluye la posibilidad de manifestarse en él sin ser afectado por sus condiciones: Cristo resucitado comía con sus discípulos, pero no tenía necesidad de comer (14).

Es interesante, por último, señalar que los «hechos sagrados» de los que hemos hablado están atestiguados por la presencia de los ángeles, cuya función mediadora los emparenta con lo sagrado, y a los que se vuelve a encontrar en la Parusía (Mat 24,31; 25,31). A este respecto, nunca se insistirá demasiado en el papel de los ángeles, intermediarios entre Dios y el hombre. El episodio de la escala de Jacob lo afirma netamente y la historia de Natanael (Jn I, 45-51) nos parece particularmente iluminadora; Jesús minimiza el acontecimiento de la higuera y declara: «De cierto, de cierto os digo: de aquí en adelante veréis el cielo abierto, y a loa ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre». Todo esto ilustra y confirma la teoría de los «tres mundos», sirviendo el mundo informal (o angélico) de intermediario entre la manifestación formal y lo no-manifestado.

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NOTAS

1.- Si se nos objeta que hay todavía países, en Oriente, por ejemplo, donde el sentido de lo sagrado y de la religión no se ha perdido, precisaremos que nuestras palabras se refieren fundamentalmente a Occidente y que las «tinieblas occidentales» han invadido ya una gran parte del resto de la humanidad.

2.- El texto está publicado en 1979, pero no sabemos la fecha en la que fue escrito (ndr).

3.- En las Actes du Colloque international de Cerisy-la-Salle (13 al 20-7-1973), Arché, Milán, 1980, dedicado a «René Guénon et l´actualité de la pensée traditionnelle», véase más particularmente la conferencia de J. Tourniac, «Reflexions sur l´oeuvre de René Guénon».

4.- Kali-yuga significa «edad mala» o «edad de conflictos». Es el cuarto y último período de la historia romana, y la traducción de kali-yuga por «edad sombría», aunque no sea etimológicamente exacto, traduce bastante bien la realidad actual.

5.- Véase R. Guénon, «El reino de la cantidad y los signos de los tiempos» cap. XVII.

6.- R. Guénon, Les Principes du calcul infinitesimal, París, 1946, cap.XII.

7.- Alusión a la parábola de los talentos (Mt 25,14-30)

8.- Se dice también en el Islam que el que al principio haya omitido una décima parte de la Ley se condenará, pero al final de los tiempos el que practique una décima parte de la Ley se salvará.

9.- Véase nuestro trabajo «Le Mystére de la deité chez Maître Eckhart et saint Denys l´Areopagite» (Traité I.5) en «Introduction à l´ésotérisme chreétien, París, Dervy, 1979.

10.- A. K. Coomaraswamy, Hinduismo y Budismo (Paidos 1997). Pero, dice también Eckhart, «mi entrada es más noble que mi salida».

11.- «Sea la luz», primera palabra de Dios al comienzo del Génesis.

12.- A menos de considerar el «caos organizado», el Cosmos, como una sacralización (primordial) del caos de las posibilidades, una «puesta aparte» de las posibilidades de manifestación por relación a la nada. En este sentido, la existencia es sagrada.

13.- Véase Fil 2,7. Téngase en cuenta también que esta gloria se manifestó en la Transfiguración.

14.- R. Guénon. El Hombre y su Devenir según el Vedanta. Véase igualmente el comentario del Maestro Eckhart reproducido en F. Chenique, Le Yoga Spirituel de St. François de´Assise, nota pag. 109.

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