El Saldo Social y la Respuesta Global



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El Saldo Social y la Respuesta Global*


Las bondades de la globalización...”, decíamos en el capítulo anterior. En torno a ello, cuando a principios del 2000 hacía declaraciones ante la cadena de televisión CNN el entonces presidente de México Ernesto Zedillo, no pasaba por su mente que tendría el acierto de comenzar a descubrir una importante contradicción del fin del siglo; lo que llama antagonismo entre globalifóbicos y globalifílicos. Zedillo regresaba del Foro de Davos, un evento mundial que reunía a empresarios, políticos, mandatarios y representantes de organismos internacionales para hablar de algunas de esas bondades y, claro, de perjuicios como el flagelo del hambre que no se contenía y preocupaba cada vez más a todos1[1].

En esa reunión sus participantes hacían un enésimo llamado a las buenas conciencias, a mirar a los cientos de millones de pobres en el mundo y pugnar por alcanzar la meta de terminar con ese escarnio en los primeros quince años del siglo XXI. Ese llamado que había sido reiterado a lo largo de la última década por varios organismos, no tomaba en cuenta que al final la lógica del mercado era la ganancia y no el dar de comer a la gente. Pero, claro, pensando en la vocación de no permitir que los extremismos de nuevo se apoderaran del mundo, volvían a insistir en ello.



Latinoamérica llegaba al final de un siglo marcado por circunstancias nada sencillas, que bañaba igual de esperanza que de escepticismo porque el bienestar no alcanzaba para muchos, y la desesperación en lugar de disminuir crecía. Los últimos años se habían vivido singulares reproches en contra de la privatización de los energéticos, del agua, de la educación y en rechazo a las políticas económicas, sumando protestas en Europa, las Filipinas y los Estados Unidos contra organismos como el FMI, el Banco Mundial, la APEC y otros. El fin de la historia, expediente al que acudían manidos ideólogos a inicios de los noventa, se convertía en un escenario tan optimista como limitado, pues el mundo que nos heredaba la guerra fría no era muy diferente al que se había vivido los cincuenta años previos.

Achard y Flores (1997) recordaban los años transcurridos desde la caída del muro de Berlín, en que los periódicos reportaban guerras como las de Ecuador y Perú, insurrecciones como el Caracazo, insurgencias como la de Chiapas, media docena de intentos de golpes militares fracasados (Paraguay, Argentina, Venezuela), uno exitoso en Haití, autogolpes frustrados en Guatemala y triunfantes en Perú, una invasión que dejó miles de muertos en Panamá, dos jefes de Estado destituidos bajo acusaciones de corrupción en Brasil y Venezuela, tres presidentes alegando legitimidad al mismo tiempo en Ecuador, dos más acusados por los Estados Unidos de tolerancia al narcotráfico en Colombia y Bolivia, fraudes electorales en República Dominicana, asesinatos de candidatos presidenciales como Luis Carlos Galán o Luis Donaldo Colosio. Todo ello sin mencionar las crisis financieras, las debilidades nacionales frente a los desastres naturales o las rebeldías estudiantiles de finales del siglo. “¿Realmente ha cambiado América Latina? —preguntaban los autores— ¿Sería muy diferente una descripción del escenario latinoamericano de hace 40 años?” (p. 31).

A pesar de esas semejanzas, la última década se decía que vivíamos una época distinta y que se necesitaban nuevos parámetros para discernir sobre la misma. “Hoy en día no estamos... en condiciones de definir una problemática latinoamericana, como lo estábamos cuando hablábamos de desarrollo, revolución, dependencia o democratización —decía un sociólogo—. De algún modo, el concepto problemática subsumía el conjunto de problemas que las sociedades enfrentan a uno central. Eso permitía entonces resolver parcialmente el problema de la diversidad: todas tienen la misma problemática, pero varían en grados, efectos y forma de enfrentamiento de tal problemática. Lo nuevo, entonces, consiste en que ya no hay una problemática. A nuestro juicio hay diversos procesos fundamentales en curso que tienen conexión entre sí, pero cuya relación no es de necesidad o causalidad esencial... No hay un paradigma único de resolución como lo establecía el análisis social en décadas pasadas” (Garreton 1996).

Tal empresa no era fácil, por mantenerse una misma y terca problemática latinoamericana: la de la falta de bienestar que no se resolvía ni por las concertaciones regionales ni por las políticas nacionales a pesar de los muchos esfuerzos, que sí lograban mejorar ciertos aspectos macroeconómicos, pero no los bolsillos de la gente. Los cambios, sin duda, daban la sensación de circunstancias nuevas para las que la región no estaba preparada, que la modernidad había llegado pero que nuestras instituciones no estaban dispuestas para ello, que antes de la economía globalizada había un ritmo y una velocidad mucho más lentos que los de hoy en día 2[2]. Nuevas realidades ante las cuales, parecíamos aferrarnos a las añejas estructuras del pasado.

Un sociólogo boliviano señalaba: “Da la impresión —si uno se pone un poco duro— de una región que ha iniciado un proceso de transición que quedó trunco, entre tradicionalismo y modernización. No somos ni modernos ni tradicionales, somos más bien un poco modernos y un poco tradicionales, pero no avanzamos, estamos estancados allí” (Calderón 1995). El camino de la teoría social decía ser, entonces, el de tener que advertir la “conexión entre sí” de los “diversos procesos fundamentales en curso”, independientemente de las particularidades que asumiera su problemática en cada caso. Método que de todas maneras no resolvía el asunto de la pobreza generalizada.



El saldo social dejado por el siglo que moría daba incluso la impresión de ser una especie de tiempo perdido, sin alcanzar el desarrollo y el bienestar. Los problemas de muchas décadas no eran fáciles de remontar, a pesar de los nuevos tiempos; y por si fuera poco, una larga crisis económica que alcanzaría ya cuarenta años para el nuevo siglo. Las debilidades trataban de ser vencidas con diversificación de las exportaciones; sin embargo, continuaron copadas por el peso de los capitales extranjeros en los mercados nacionales 3[3]. Así, seguíamos estancados allí, entre el tradicionalismo y la modernización..., parecía coincidir la testaruda realidad 4[4].
Las Esperanzas y los Tropiezos

Más allá de las cuentas alegres o mejoras reales en la economía del último decenio que aparecían en las estadísticas, la llegada al nuevo siglo planteó la gran expectativa de saber si en el transcurso de éste lograríamos, ahora sí, remontar aquello que no logramos en el anterior. El camino, depende de cómo le vaya a cada quien en la feria, para algunos estaba abierto pues los avances de la última década se decía, habían sido formidables; para otros sus alcances resultaban intrascendentes y las perspectivas peores que nunca. Lo cierto es que el empobrecimiento hizo perder por momentos las ilusiones, pues por más intentos que se hicieran para disminuirlo, menos parecía resolverse y daba la apariencia de ser irremediable.

Debiendo de reconocerlo como un grave problema de nuestra época, el mismo Zedillo afirmaba: “La opresión de la pobreza sólo se puede eliminar con la educación de todos los mexicanos” (El Universal, 10 de mayo de 2000). A la educación se le había asignado treinta años antes la tarea de encontrar el camino para el bienestar; y por enésima ocasión se le recordaba, en condiciones desventajosas en que la situación del empleo no iba a mejorar 5[5]. Muy a pesar de las buenas conciencias, lo cierto es que el empleo prometía dejar a la mayor población en el paro y a expensas de los decretos contra el ambulantaje que buscaba en la economía informal abrir nuevas fuentes de trabajo, las que fueran; en ese ambiente se perdían millones de horas productivas diarias, y jóvenes que sólo cuentan con la inevitable opción de sentarse días enteros a esperar la venta, o el robo que les permita sobrevivir 6[6].
Capital Humano y Globalización

Los cambios en la última década fueron tales que, sin duda, podría suponerse traerían un cúmulo de oportunidades a este desaliñado planeta. Para ello se demandaba una educación de excelencia que permitiera alcanzar el nivel requerido para aprovecharlas; pero no sólo pensando algunos en la prosperidad humana, sino también en el bienestar del mercado; o como diría Enrique Iglesias, presidente del Banco Interamericano del Desarrollo (BID) al referirse a la educación: “Este no es sólo un tema ético, sino uno con un sentido económico también” (citado en Foro Mundial sobre Educación 2000).

A nivel global, el número de niños escolarizados había crecido de 599 millones en 1990 a 681 millones en 1998, no obstante la exclusión de muchas niñas, niños trabajadores, niños de minorías étnicas y niños afectados por la violencia, el conflicto, las incapacidades físicas y el VIH/SIDA 7[7]. En Latinoamérica, a pesar de las altas tasas de reprobación o deserción y las disparidades, se cerraba la brecha entre hombres y mujeres, alfabetas y analfabetas, población rural y urbana en el acceso educativo (ibidem). Así avanzaban las metas de educación para todos establecidas hace más de 20 años: el Gran Programa para la Educación en América Latina y el Caribe delineado en 1980 con objetivos similares a la subsecuente Declaración Mundial sobre Educación Para Todos, de 1990 en adelante se traducía en un mayor énfasis al apoyo de la educación básica.

Los gobiernos latinoamericanos invertían ya una proporción significativa de sus recursos, cercana o superior a los países de la OCDE 8[8]. Siguiendo recomendaciones, estos gobiernos se dieron a la tarea de elevar la calidad educativa a partir de un diagnóstico de la situación de la enseñanza también en la educación superior, tratando de llevar adelante la educación “de excelencia” que las nuevas condiciones demandaban. Así, a inicios de los noventa varias organizaciones se abocan al estudio del sistema de educación superior y dan cuenta del alto índice de las deserciones estudiantiles, del bajo nivel académico, del escaso personal de tiempo completo y la insuficiente vinculación del sector académico con el productivo 9[9]. El resultado de ese diagnóstico era dramático: los países latinoamericanos aportan apenas el uno por ciento del conocimiento al menos técnico a nivel mundial, mientras continúan ligados a un contexto de pobreza.

La privatización de la enseñanza es una alternativa que organismos como el Banco Mundial y la OCDE consideraron viable y válida en un mundo neoliberal, para dar solución a esa problemática educativa. Ambos plantearon la necesidad de diversificar las fuentes de financiamiento y establecer políticas de asignación de recursos “que estimulen el desempeño”, proponiendo a la vez incrementar la contribución de los estudiantes para sufragar el costo de su educación. Asimismo, recomendaron propiciar políticas para distribuir los recursos de una manera más eficiente y la promoción de una adecuada comercialización de productos y servicios de las instituciones como fuente complementaria de ingresos. Más allá de políticas, lo cierto es que por las condiciones del mercado que estimulan la inversión al abrirse sus regulaciones, la enseñanza pública se contrajo en forma natural frente a una gran ofensiva privada, como lo dejan ver muchos ejemplos en la región. El caso de Perú es ilustrativo, según se observa en el siguiente cuadro:

Cuadro 1


Estadística Universitaria de Perú

(1980-1999)



Indicador




1980




1990




1999

Universidades




35




52




73

Públicas




25




28




29

Privadas




10




24




44

Postulantes




239 485




263 137




307 195

Públicas




180 741




176 668




241 455

Privadas




58 744




86 449




65 746

Ingresantes




57 744




72 243




95 883

Públicas




38480




39 842




47 443

Privadas




20 264




33 402




48 440

Matrícula




257 220




327 030




410 826

Públicas




183 317




233 625




242 181

Privadas




73 907




93 405




168 845

Ingres. /Postul.




24.5%




27.5%




31.2%

Públicas




21.3%




22.5%




19.6%

Privadas




34.5%




38.6%




73.7%

Fuentes: ANR, Dirección de Estadística e Informática, Informe Estadístico 1999. INEI, Compendio Estadístico.
En el mismo se advierte cómo de 1980 a 1999 crece el número de universidades en casi el 110% , pero el crecimiento en particular de las universidades públicas es de 16% mientras el de las privadas de 340%. Sin embargo, o la capacidad de las universidades privadas es escasa o la preferencia de la población escolar es mayor por las universidades públicas, pues mientras que éstas crecen en demandantes en un 33.5% , en las privadas sólo se postula un 11.9% más. Desde luego, el cuadro también advierte la caída de la matrícula en la universidad pública, pues mientras que en 1980 la relación ingresantes/postulantes es del 21.3% para las públicas y 34.5% para las privadas, en 1999 la relación ya es del 19.6% para las públicas y 73.7% para las privadas. La matrícula de las universidades privadas peruanas crece en más del 128.4%, en tanto que en las públicas sólo lo hace en un 32.1%. Así, resulta obvio el efecto de la ola privatizadora para el caso del país andino.

A pesar de una mayor atención de los gobiernos a la educación superior en años previos, las instituciones públicas sufren un grave descuido por falta de mayor presupuesto. El Banco Mundial y la UNESCO concluyen que desde los años ochenta muchos gobiernos y donantes internacionales asignan a la educación superior un nivel de prioridad relativamente bajo, lo que desmerece la importancia del rubro. Ese panorama general se acentúa por la desarticulación entre las instituciones en la ausencia de un sistema nacional de educación superior en varios países, y porque en la educación privada las instituciones particulares se preocupan más por minimizar los costos y elevar su demanda, que por la calidad de su enseñanza 10[10].

El mayor problema de la educación superior, sin embargo, no está en las instituciones, sino en su nudo terminal: el mercado laboral. La vieja idea, veíamos, según la cual la educación es puerta de entrada hacia un futuro más radiante continúa presente, pero hoy se suman dificultades mayores para su logro. Se ha dicho que si se quieren profesionistas competitivos se requieren escuelas competitivas, pues dentro de las actuales hay incoherencias reflejadas en el currículo; pero aún cuando todo funcionara a la perfección, el problema no terminaría ahí.

La teoría del capital humano afirma que la educación dota al individuo de habilidades para ser más competitivo y tener asegurado un empleo; sin embargo, el vínculo educación-mercado laboral es muy complejo y está ligado a la problemática del sistema económico todo. Y su solución no es fácil pues en la relación educación, ocupación y remuneración existen factores exógenos que la complican; el funcionamiento del mercado es heterogéneo y la acreditación educativa sólo aumenta la probabilidad de acceso a ciertas ocupaciones, pero no asegura ni garantiza el empleo ni la calidad del mismo. La creencia en un capital humano para avanzar socialmente se desdibuja, en la medida en que ni la educación alcanza los niveles de desempeño necesarios para jugar un más importante papel en ello, como porque aun cuando lo haga, se enfrenta a un difícil mercado no suficiente para todos 11[11].

Así el problema para las perspectivas que se dibujan de entrar a un nuevo siglo pletórico de oportunidades, es que no están creadas las condiciones para que el nivel de excelencia sea alcanzado por los más, pues los programas institucionales que sustentan esa búsqueda optan todavía por los menos, con criterios limitados que dan cuenta del progreso para unos cuantos; quienes por cierto tampoco tienen un futuro asegurado por un mercado de trabajo harto inestable, pues el desempleo y el subempleo son dos incontenibles realidades que trastocan toda la potencialidad que pudiera tener la educación para el futuro de cualquier país 12[12].

Por ello no es de extrañar que al final del siglo emerjan, paralelos a otros donde la gente se inconforma crecientemente y en formas nuevas, sendos movimientos estudiantiles antiprivatizadores como en Chile, Argentina, Nicaragua o el de la UNAM en México que dan cuenta de la incertidumbre de las nuevas generaciones por el futuro y, aun de manera contestataria, denuncian ese sentimiento y exhiben algunas de las razones de la CEPAL de pensar en los ochenta como década perdida y en los noventa como frustrada.


Entre el Empleo y el Desempleo

Que mucho tiene que pensar el sistema educativo acerca de lo que pasa más allá de sus dominios, lo deja ver precisamente el tema del empleo que para cualquier economía resulta esencial, pues de su existencia depende la posibilidad de creación de la riqueza además del consumo para que se desarrolle. Si bien no habría base para considerar que la ocupación tiende a desaparecer en el mundo, sí es verdad que se sigue contrayendo tanto en naciones industrializadas como en las subdesarrolladas 13[13].

El Informe de la Oficina Internacional del Trabajo (OIT-ONU) de 1998-99 advierte cómo jamás ha sido tan alta la cifra de trabajadores desempleados y subempleados en todo el mundo, y manifiesta su temor de que aumentara en varios millones más en los siguientes años, pues a pesar del crecimiento económico en el primer semestre de 1998 que hacía concebir la esperanza de un aumento generalizado del empleo, sólo los Estados Unidos y en menor medida la Unión Europea lograban cierta reducción del desempleo, mientras que en el resto del mundo el flagelo persistía, con la afección mayor a jóvenes, trabajadores de edad, con menos calificación, discapacitados, minorías étnicas y especialmente mujeres en todas las categorías.

Unos mil millones —un tercio de la población activa del mundo— están hoy desempleados o subempleados; de esa cifra unos 150 millones se encuentran desempleados, buscan trabajo o están en disposición de trabajar. Tan sólo por efecto de la crisis asiática de 1998 el total de desempleados se incrementó en 10 millones de trabajadores; además, del 25 al 30% —entre 750 y 900 millones de personas— están subempleados (OIT 1998b). La tendencia en los países desarrollados es también al desempleo, si bien varios organismos 14[14] coinciden en que el mayor crecimiento económico es condición para combatir sus altas tasas y rechazan que la liberalización del comercio destruya el empleo, debido al aumento de las importaciones de productos baratos, que el cambio tecnológico conlleve un aumento de la productividad en detrimento del empleo (jobless growth), o que la fuerte inmigración en algunos países desplace mano de obra local (Weller 1997, pp. 22 a 25).

Los mismos organismos divergen en cuanto al funcionamiento del mercado. La OCDE y el BM afirman que aparte de las causas coyunturales del desempleo (las que se atacarían con políticas macroeconómicas adecuadas), existen causas estructurales que limitan la flexibilidad del mercado de trabajo al obstaculizar la movilidad de los trabajadores, lo que dificulta la entrada al mercado para principiantes (ibidem). La OIT y la UNCTAD en contraste, aceptando que existen regulaciones en los mercados que afectan negativamente su funcionamiento —las que habría que analizar cada vez y, si es el caso, dicen, corregir—, indican que los sistemas de regulación existentes son resultado de procesos socio-históricos que generan resultados positivos para el crecimiento, que es importante distinguir entre los efectos de corto y largo plazo, y que los países más ricos de la OCDE (Grupo de los 7) comparten la preocupación sobre la insuficiencia en la generación de empleo productivo mientras lo que los diferencia es la forma de enfrentarlo 15[15].

En tanto hacen énfasis en las oportunidades creadas, otras visiones son menos optimistas tanto de esquemas de regulación laboral, como de la generación del empleo 16[16]. En los países industrializados, el empleo se diferencia hoy en tres grandes segmentos: el de los analistas simbólicos quienes trabajan en intermediación estratégica, identificación y resolución de problemas cuyo mercado es global (computación, informática) y cuya participación en la fuerza laboral e ingresos aumentan; los trabajadores rutinarios de producción con ingresos y participación laboral declinante; y los trabajadores en servicios (limpieza, seguridad, salud) con un aumento de la fuerza laboral pero ingresos bajos (Reich 1993, pp. 174 y siguientes) 17[17]. En resumen, se observan transformaciones en los mercados laborales de países industrializados. El menor crecimiento, el cambio tecnológico, la globalización y otros factores reducen la demanda tradicional, lo que se expresa en mayor desempleo y/o generación de puestos de alta calificación y altos salarios (analistas simbólicos) que contrastan con los de baja calificación y salarios decrecientes 18[18].

Pero si esto sucede en el mundo desarrollado, de manera más dramática acontece en Latinoamérica, donde el desempeño de los mercados laborales es inestable. Según esto, las reformas mundiales vigorizarían al mercado como asignador de recursos y eliminarían las distorsiones que afectan la demanda laboral, con el aumento del empleo basado en un aumento de las inversiones y de las exportaciones con mejoras salariales (Banco Mundial 1986). Pero la visión de la OIT es menos optimista, pues plantea que a pesar de que entre 1950 y 1980 las condiciones para el empleo son favorables dado que el PIB alcanza altas tasas de crecimiento: 5.1% en los años cincuenta, 5.8% en los sesenta y 6.0% en los setenta por lo que hubo un rápido proceso de urbanización de muchas sociedades predominantemente rurales, la crisis de la deuda y la transición a los ochenta se reflejan en una caída en el ritmo económico que impacta en los mercados laborales (OIT 1998b).

Así, dice este organismo, hasta principios de los ochenta los efectos se traducen en la desaparición de relaciones laborales “cuasi-feudales” que persistían, en el aumento de la demanda laboral en los sectores dinámicos (“modernos”), en la participación del empleo asalariado no agropecuario en la estructura de la ocupación, en la expansión del empleo en las actividades secundarias y terciarias, y en el crecimiento de la productividad media si bien con perdurables brechas inter e intrasectoriales (op. cit., p. 59). Sin embargo, después de una década de globalización hacia el final de los noventa, aunque el crecimiento alcanza el 5% en 1997, se produce un importante descenso de la inflación y aumentan los salarios reales, entre 1991 y 1996 el desempleo crece hasta el 7.4% , lo que se agrava por el abandono de los mercados emergentes por los inversores internacionales en 1998 19[19].

Hasta los setenta se acelera la expansión de la fuerza de trabajo debido al alto crecimiento demográfico; en muchos países desde los sesenta pero sobre todo desde los setenta por una participación mayor de las mujeres. Esta tendencia se frena en los ochenta con tasas de crecimiento de la población en edad de trabajar que bajan y la reducción del dinamismo de la incorporación femenina. El desempeño laboral durante la primera mitad de los noventa es considerado como un serio problema; la debilidad en la generación de empleo productivo, las altas tasas de desempleo abierto, la fuerte y creciente heterogeneidad estructural y la débil recuperación de los salarios reales son sus expresiones (Weller 1997, p. 26) 20[20].

De esta manera, el empleo responde a la lógica y dinámica del mercado, como a las necesidades que le plantea la reestructuración, pero sin que ello se traduzca en más puestos de trabajo para todos, pues la idea en boga a finales de los ochenta en el sentido de que el camino más correcto era abrir las economías para que la inversión extranjera fluyera ampliamente y creara empleos suficientes para todos, no se compadeció finalmente con la realidad ni, por supuesto, con la conveniencia de los inversores a quienes también interesaba más la ganancia que los empleos 21[21].


Nuevas Oportunidades, Crecientes Desigualdades

Al generar reglas para ampliar los mercados la globalización da lugar, es cierto, también a nuevas oportunidades que varios aprovechan; infortunadamente la desigual competencia da cuenta del fortalecimiento de unos frente al decaimiento de otros. Pero sobre todo, la mayor concentración y centralización de la riqueza dan lugar a una mayor desigualdad en su distribución. Para poca fortuna, luego del inicio de la reestructuración que, según esto, daría mejores posibilidades a la gente, el nuevo momento resultó insuficiente proveedor de recursos que permitieran el efectivo abatimiento de la pobreza. Dígalo si no la realidad que creció inconmesurable en los últimos años: ambulantaje, tianguismo y en general una economía informal que hoy resulta tan evidente, como el 70 al 80% de su peso en algunos lugares.


La Economía Informal, ¿Perdemos la Batalla?

El Informe de la OIT acotado arriba observa cómo la mayoría de los nuevos empleos en los países en desarrollo se crearon en el sector de una economía informal que da cabida hoy a unos 500 millones de personas en el mundo. El insuficiente crecimiento del trabajo en el sector formal, así como la falta de calificación de amplios sectores trae consigo el crecimiento de ese otro sector en el cual la mayoría tiene un empleo mal remunerado, en condiciones de trabajo deficientes y no reglamentadas. El Informe asegura que en 1998 este sector “no estructurado” creció al ritmo del 4.5% anual.

Respecto a Latinoamérica, la OIT destaca que en los ochenta el crecimiento de los sectores modernos y formales, en líneas generales fue prácticamente nulo, al corresponder hasta el 85% de la creación de nuevos empleos al sector no formal de las microempresas, la agricultura y los pequeños servicios cuyos niveles salariales, de productividad y protección social suelen ser mucho más bajos que los del sector formal, donde aumentaron los contratos temporales y a tiempo parcial. Así, los “extraordinarios progresos en la modernización de la economía” resultaron en una dinámica de bajos salarios, reducción del empleo y de la seguridad social, pues el nivel del empleo se incrementa en una media del 2.9% entre 1990 y 1998, tasa limitada para absorber el incremento anual del 3.1% de la población activa (Somavía 1999) 22[22].

Desde luego que hay oportunidades para los “mercados emergentes”, pero no suficientes, pues en casos como Perú y México se advierte un dramático incremento del sector informal. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) firmado entre Estados Unidos, Canadá y México en 1993, tenía el compromiso de “crear nuevas oportunidades de empleo, mejorar las condiciones laborales y los niveles de vida”. Sin embargo, ha estado lejos de lograrlo 23[23].

Las consecuencias han sido una escasa generación de empleos, menos un mejoramiento salarial y de las condiciones de vida, entre otras razones por la alta concentración de los flujos comerciales sobre todo en el sector maquilador (43% de las ventas externas), cuyos componentes nacionales son menores al 2%. Por otro lado, del total de las ventas al exterior —más de 110 mil millones de dólares— el 80% son realizadas por 300 grandes compañías, a pesar de estar registradas más de 32 mil 500 empresas de exportación 24[24]. Las cifras constatan que el aumento en la inversión estadounidense disminuye en relación con la registrada históricamente, no obstante que una de las promesas del TLCAN fue su incremento. En 1999 la inversión extranjera directa de origen estadounidense representa el 55% del total cuando en 1993 alcanzaba el 62.8% (Peñaloza 1999) 25[25].

Perú es otro país donde el sector informal crece incontenible, actualmente más del 50% del empleo urbano, cuando menos en Lima Metropolitana (Saavedra y Maruyama 2000). Luego de un estancamiento inicial la economía peruana crece ininterrumpidamente, aunque con fluctuaciones, desde 1993. Años después del inicio del proceso de reformas estructurales los problemas en el mercado de trabajo son bastante graves (ver Saavedra Chanduví 1999, p. 7). A nivel del Perú urbano, durante los noventa el crecimiento del sector formal es muy inferior al informal; el mayor crecimiento del empleo se concentró en el sector informal, de modo tal que la participación del sector informal creció de 49.2 en 1991 a 55.4% en 1996 (Saavedra 1998).

Si los trabajadores de nuestras naciones no cuentan con las habilidades y destrezas que el mercado laboral demanda, cuya adquisición resulta difícil por la falta de recursos familiares y mejores oportunidades educativas, si tampoco cuentan con una preparación que les permita acceder a puestos de trabajo de mejor calidad, si además de ello la oferta de trabajo es débil y fragmentada y por tanto hay cada día mayores dificultades para insertarse en el mercado laboral, evidentemente los ingresos resultan insuficientes, lo que de forma inevitable origina el círculo de la mayor pobreza. Así la economía informal, salida falsa al desempleo, se liga a una problemática que no se resuelve a pesar de los esfuerzos, las promesas, las intenciones frustradas, la ingenuidad o la demagogia de los distintos gobiernos 26[26].
Pobreza: Paradoja del Mejor de los Mundos Posible

¿Qué tanto es viable en estas condiciones, abatir el gran mal del fin del siglo anterior y principio del nuevo? En diez informes anuales sobre el Desarrollo Humano (1990-1999), el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) muestra un panorama difícil, donde no se vislumbra ningún camino seguro a la solución de ese inconveniente para el democrático mundo actual 27[27]. En su diagnóstico inicial (1990) afirma que el desarrollo humano es “claramente posible” y que lo que hace falta es “reestructurar las arcas nacionales y la ayuda internacional”, en medio de una perturbadora realidad en la distribución del ingreso, pues mientras en 1960 la población más rica del mundo (20%) tenía ingresos 30 veces más grandes que los más pobres (20%), para 1990 los más ricos (20%) ya obtenían 60 veces más.



Dos años después de aquel inicio habla de la “oportunidad única de utilizar los mercados globales en beneficio de todas las naciones y de toda la gente”, concepto que amplía al discutir la participación de esa gente en los beneficios del mercado: “Los mercados necesitan ser reformados para ofrecer a cada cual acceso a sus beneficios...”, y “permitir a las organizaciones comunitarias que ejerzan una creciente influencia” en los asuntos nacionales e internacionales (ver PNUD 1990-2000). A lo largo de la década el PNUD volverá a insistir en los mismos planteamientos 28[28], mientras en el último informe (1999) habla de la globalización como un proceso multidimensional, por medio del cual la gente es implicada y afectada por cualquier evento en donde quiera que suceda 29[29]. Destaca a la vez cómo, hacia el final de los noventa, en relación con quienes con menos ingresos sólo tenían el 1%, la quinta parte de la gente que vivía en las países de más alto ingreso poseía ya el 86% del PIB mundial, el 82% de los mercados mundiales de exportación, el 68% de la inversión extranjera directa y el 74% de las líneas telefónicas en el mundo (ver para el primer caso la gráfica siguiente).



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