El reverso del sujeto sociologico



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CONCLUSIONES

Es inútil buscar en los ensayos de Sociología o Ciencia Política contemporánea una caracterización no funcionalista del actor, en que este no se capte a partir de su rol en los procesos sociales o de la finalidad de su acción. Con frecuencia el “actor” que mencionan los textos es tomado como un hecho empírico, substancia dada a la percepción, fenómeno entre fenómenos del mundo social, que no requeriría construcción teórica alguna. También, por los tiempos que corren en el pensamiento sociológico, el actor es “entificado” como agency o como término en una “red” en la que se movilizan recursos materiales, acceso a poder, capitales simbólicos, etc. No es raro, además, que aparezca travestido en narrativas que subrayan identidades sociales o políticas, las que apuntan en definitiva a hechos de sentido, aunque estos, desde un punto de vista psicoanalítico, son justamente los que eluden al sujeto.


Es obvio que una Sociología que entienda el proceso social como acción y conflicto presenta un vacío fundamental si no posee una teoría sistemática del actor en sociedad. Una explicación de ese género tendría que evitar reducir los actores a la condición de “agentes” del sistema, tanto como rehusarse a subsumirlos en la acción racional, utilitaria, o comunicativa. Más aún, tendría que negarse a entenderlos como cínicos figurantes que representan un papel en un escenario.
Para llenar el vacío en el pensamiento sociológico de una teoría del actor, sería imperativo anclar la explicación en una teoría del sujeto que esté radicalmente divorciada de toda visión intuitiva o pragmática. Allí radica, precisamente, la importancia del esfuerzo de Touraine, quien con su propuesta de “sujeto colectivo / actor social” se inscribe en contra de tal limitación y en contra de la tentación funcionalista de definir al actor por su rol en las acciones colectivas. De paso, Touraine sienta así los fundamentos de un discurso propiamente sociológico sobre el sujeto, no simplemente una reflexión filosófica, psicológica o política acerca de la condición subjetiva de individuos grupos que viven en sociedad. Por eso hay que reconocer el esfuerzo de Touraine como un intento decisivo en la construcción del “sujeto de la Sociología”.
Sin embargo, el retorno del sujeto como actor y movimiento social que Touraine propone parece anunciar la vuelta del sujeto transparente a sí mismo y a su conciencia reflexiva, aunque lograda esta vez en la lucha social.
Se trata del regreso del sujeto de la voluntad, adornado con cualidades transcendentales frente a sus determinaciones históricas y sociales, limitado solo por su propia acción. De la reintegración del sujeto unificado por su “yo”, que asume las circunstancias de su vida como individuo autónomo y soberano, como actor libre capaz de definir los términos de su propia inserción en la historicidad. Es este un sujeto consciente de su condición y de su especificidad, que lucha por el reconocimiento de su identidad y cuya política es el liberalismo y la democracia. Tal sujeto, para concluir el largo catálogo de sus virtudes, no es quizás otro sino el sujeto sartreano de la creatividad, la dignidad y la libertad.
La ética con la que Touraine fundamenta el sujeto de la sociedad traslada a lo colectivo algunos principios y valores que pertenecen ante todo a los individuos. Este es un aspecto muy problemático de su concepción, pues sitúa una contradicción en el corazón de una teoría que clama para sí el crédito de ser una baza en contra del individualismo metodológico, el cual explica la sociedad como una simple adición de unidades. Podríamos más aún preguntarnos porqué sería indispensable sustentar en postulados de valor ético la formulación de un sujeto sociológico, como Touraine lo hace. Un discurso ético no necesariamente conduce a formular un sujeto, como lo demuestran los griegos clásicos, quienes desarrollaron una cuidadosa ética del “cuidado de sí” aunque no poseían el equivalente conceptual de nuestro familiar sujeto: de hecho, el sujeto como tal era desconocido en Grecia. (Foucault, 1976, 1984; Vernant, 1992)
Subrepticiamente, Touraine transpone el registro individual en el colectivo, con lo que en última instancia su concepción del movimiento social como actor y sujeto viene a ser una imagen amplificada del individuo que se desenvuelve en sociedad. En esa medida, hablar de los grupos como actores o sujetos es usar una simple analogía, una expresión metafórica no necesariamente feliz. No obstante, en su Critica de la Modernidad Touraine sostiene para su descargo que “no hay opción entre lo individual y lo colectivo, sino entre la producción de la sociedad y su consumo, entre la libertad y los determinismos sociales, en tanto que una como los otros se manifiestan por igual en el nivel de las conductas individuales y en el de la acción colectiva”. Pero aún admitiendo tal cosa, subsiste todavía el imperativo lógico de establecer diferencias entre el sujeto, que siendo social es a la vez único, y lo propiamente colectivo, que no posee tal carácter de singularidad y está regido por efectos imaginarios de grupo (identificación).
El sujeto del psicoanálisis revierte, subvierte, el sujeto sociológico de Touraine, al situar un sujeto dividido por el lenguaje, siempre otro, pulsátil e inestable. Este sujeto no puede fundarse en su conciencia, porque su conciencia está perturbada por el deseo, por el goce pulsional que lo empuja a buscar y repetir la satisfacción inconsciente, aún pagando el precio de su neurosis.13 De parte a parte un saber habita este sujeto, un saber no sabido por su entendimiento, que ex-siste y que es tan propio que no vale para otros. No se trata, entonces, de un saber formal y discursivo, de un saber-semblante: se trata del saber de una verdad (en minúsculas), la del sujeto, la verdad de lo no realizado del deseo inconsciente. Un sujeto así no puede parapetarse en su “ego”, porque su “yo” es ante todo alienación especular. De ahí que no se le pueda prescribir dosis repetidas de “auto-estima” y reconocimiento social so pena de reforzarlo en su íntima méconnaissance.
Es quizá la búsqueda por fundamentar un imposible sujeto plural lo que da al traste con el esfuerzo de sustentar un sujeto de la Sociología. No es posible tal sujeto porque no hay enunciación colectiva. Al sujeto le basta con ser social porque los elementos de su constitución le vienen del Otro y porque se desenvuelve en relaciones sociales que son producto del discurso (el discurso es lo que hace lazo social, no la solidaridad mecánica u orgánica entre los individuos, como creía Durkheim). No requiere disfrazarse de sujeto colectivo, porque lo que es colectivo no es una condición de la subjetividad, sino de los medios por los cuales un sujeto se identifica con otro, se vuelve en cierta medida “igual” al otro, como lo señalaba Freud en Psicología de Masas y Análisis del Yo. El efecto sujeto es único en cada caso, nunca fenómeno de masa. La reiterada confusión entre lo colectivo y lo social oscurece el discernimiento de la especificidad de cada instancia: lo social propiamente dicho es el lenguaje, el gran Otro de la cultura que es el acervo de significantes que fundan la sociedad humana como comunidad de hablantes (registro Simbólico); mientras que lo colectivo es lo que nos hace uno con otros, aquello que nos establece como comunidad de semejantes (registro Imaginario): el idioma, la nacionalidad, el nombre de la familia a la que pertenecemos.
Considerados estos elementos, podemos ahora intentar un primer paso hacia una caracterización alternativa del actor como sujeto que ha sido investido de legitimidad simbólica para declarar como problema tal o cual aspecto del entorno social.14 Al actor esta investidura le viene desde el grupo, quien se la otorga de una manera formal, como cuando los ciudadanos eligen su presidente mediante el voto, o cuando es investido por un representante institucional legítimo (un ministro es nombrado por el presidente, un cardenal por el papa); o de manera informal, como en los casos de liderazgo de facto. Una vez que ha recibido el mandato simbólico, el actor puede asumirse como tal y ser reconocido por otros actores. Plantearse como “actor de la sociedad”, entonces, sería para el sujeto asumir una posición respecto al mandato recibido, sin que esto anule su “falta en ser” de sujeto sujetado al lenguaje y a su efecto de inconsciente. No hay, ni puede haber, “actor total”, indiviso soberano amo de sí mismo, cuya subjetividad no esté descentrada por el goce inter-dicto de la pulsión que se aloja en las oquedades de su cuerpo.

El mandato simbólico que el actor recibe le otorga legitimidad para acarrear hasta el espacio de representación pública las demandas de los miembros del grupo, estatuyéndolas como demandas colectivas, como problemas sociales que eventualmente van a ser procesados por las políticas públicas. Con sus actos de habla los actores configuran el espacio colectivo aunque sus prácticas se realizan en un marco que los constriñe porque allí están presentes otros actores, diferenciados por cargas desiguales de poder y distintas capacidades simbólicas. Si bien la opción de rechazo a tal o cual posición discursiva es siempre una posibilidad del actor, eso mismo nos reitera que las prácticas de la sociedad nunca están más allá del lenguaje y el discurso. Por lo demás, al declarar tal o cual hecho como “problema”, el actor le otorga una calificación, lo cual fomenta cierta visibilidad y determinada lectura de lo social, que a su vez promueve tipos particulares de nexos entre actores.


Para concluir, diría que si la Sociología apunta a construir su sujeto tiene necesariamente que ampararse en una teoría del lenguaje que no sea de tipo únicamente formal (como la de la Lingüística), pues solo así se capta que el efecto de la articulación significante es un sujeto. Tal vez la teoría sociológica pueda encontrar esos elementos en el vasto fondo conceptual del Psicoanálisis lacaniano.



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