El respeto en el aula : una valor en crisis



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El valor respeto en el aula: un desafío para los saberes pedagógico y disciplinario
Julio Negrón Andrade

Magíster en Educación mención Orientación Educacional

Universidad del Bío-Bío

RESUMEN


La educación debe volver la mirada y reflexionar sobre los límites de su campo, para comprobar una vez más que las cotas exceden con creces el dominio de una o más disciplinas del saber, porque lo que está en juego es la integridad de los seres humanos, el respeto de sus derechos y la construcción de un mundo en que los valores se constituyan en una norma de vida. Sin embargo, este ideal que está en la base de cualquier sistema educacional debe ser confrontado con la realidad de los colegios, ¿cómo se practican los valores en las salas de clases? ¿ esta praxis lleva a nuestros estudiantes a constituirse como personas respetuosas, orientadas por un ethos interno, que se desarrolla desde la infancia y que sólo termina con la muerte?. Constituye, sin duda, un desafío y responsabilidad de los saberes pedagógico y disciplinario dejar de lado la orientación axiológica de la escuela tradicional e incorporar la práctica social cotidiana presente también en la práctica escolar.


PONENCIA:

La educación ha sido y es preocupación de la filosofía, de la psicología y con mayor énfasis, recientemente, de la axiología. Esto último debido a los problemas que se suscitan dentro de los muros de los establecimientos educacionales: qué enseñar y cómo enseñarlo siguen siendo unas de las preguntas fundamentales del quehacer pedagógico, pero su urgencia ha pasado a un lugar secundario frente a los comportamientos agresivos que los alumnos y alumnas desarrollan en el aula, entre ellos mismos, con sus profesores(as) y en relación con las normas que regulan su inserción en el sistema educacional.


Frente a este repertorio de conductas, no sólo reaccionan las autoridades correspondientes sino también los profesores/profesoras, los padres que ven como sus hijas/hijos se descontrolan y pierden el horizonte de sus propias expectativas. Es así que la educación debe volver la mirada y reflexionar sobre los límites de su campo, para comprobar una vez más que las cotas exceden con creces el dominio de una o más disciplinas del saber, porque lo que está en juego es la integridad de los seres humanos, el respeto de sus derechos y la construcción de un mundo en que los valores se constituyan en una norma de vida.
Sin embargo, este ideal que está en la base de cualquier sistema educacional debe ser confrontado con la realidad de los colegios, los docentes necesitamos indagar cómo se practican los valores en las salas de clases y si esta praxis lleva a nuestros estudiantes a constituirse como personas respetuosas, orientadas por un ethos interno, que se desarrolla desde los primeros años de vida y que sólo termina con la muerte de los seres humanos.
Esta reflexión se origina a partir de una investigación que intenta describir la práctica del respeto en las salas de clases, patios y pasillos de un Establecimiento de Enseñanza Media Profesional de la Comuna de Chillán, y de qué manera se construye la idea de respeto entre los diferentes estamentos que conforman esta unidad educativa. Me interesaba, entonces, observar si se mantiene o no una orientación axiológica tradicional, que privilegia el aspecto formal por sobre el contenido en la práctica del respeto.
La reforma del sistema educativo chileno coloca un gran énfasis en los fines éticos de la educación, que se manifiesta en el educar en valores. Intención declarada explícitamente en los Objetivos Fundamentales Transversales que, a lo largo del proceso educativo, se expresan en los aspectos curriculares y metodológicos provocando cambios en los enfoques de los contenidos de los programas de estudio, de los diferentes niveles, como en las orientaciones didácticas llevadas a cabo en el aula, por los profesores.
El actual contexto histórico de carácter economicista y tecnocrático obliga a detenerse ante el rol relevante que juegan los valores en la educación y formación integral del niño y del adolescente en el espacio educativo, porque como señala Tedesco(1995): La profundidad del proceso de cambio social que tiene lugar actualmente nos obliga a reformular las preguntas básicas sobre los fines de la educación , sobre quiénes asumen la responsabilidad de formar a las nuevas generaciones y sobre qué legado cultural, qué valores, qué concepción del hombre y de la sociedad deseamos transmitir. (...)La reflexión filosófica, por lo tanto, vuelve a tener importancia. No se trata, obviamente, de una reflexión puramente metafísica, desligada de los aspectos operacionales. Al contrario, se trata de colocar los análisis técnicos y operacionales en el marco global de una concepción que brinde sentido a nuestras acciones1
Más que la crisis del modelo neoliberal, el autor señala que todo esto conduce a un “déficit de socialización”, indicando entre sus principales manifestaciones las siguientes: 1. Las instituciones educativas tradicionales (familia y escuela) han perdido capacidad para transmitir eficazmente valores y pautas culturales de cohesión social, mientras que su papel del pasado no está siendo reemplazado por nuevos agentes de socialización. 2. El contenido del mensaje socializador está perdiendo unidad y finalidad; es decir, por un lado coherencia y por otro lado dirección, significado compartido.
Estas manifestaciones vivenciadas a diario y expresadas muchas veces en “una carencia de sentido” ante la vida y la sociedad son el resultado de la muerte de los ideales y utopías que crea, a nivel personal y colectivo, una pérdida de la identidad, “continuidad histórica” y una ausencia de proyección del individuo, que se manifiesta en la falta de esperanza, en la precariedad y en la abulia. El individualismo se empodera del sujeto, quien encuentra su mayor satisfacción en la posesión de bienes, la actitud que lo domina es el de la propiedad material, “el tener” anula todo límite esfumando los cercos éticos y de convivencia. La voracidad por la posesión conduce al sujeto a comportamientos inimaginados por él mismo, situación en que los valores van perdiendo paulatinamente su razón de ser. De ahí la necesidad, de redescubrirlos, resignificarlos, revivirlos a través de la recuperación del sentido en un proyecto que rescate el ser del sujeto y de su vida en comunidad. Tarea a la que el sistema escolar está llamado para revertir el estado actual de cosas a través de la clarificación, priorización y práctica de éstos.
La educación en valores tiene una acción intrínsicamente humanizadora porque éstos les servirán para guiar sus vidas, vivir en armonía, paz y con seguridad en sí mismos, lo que facilitará su aprendizaje y la aplicación de lo aprendido con optimismo en su vida presente y futura. Victoria Camps en Virtudes Públicas2(1996) señala que educar es dirigir, formar el carácter o la personalidad, llevar al individuo en una determinada dirección, para concluir que la educación no puede ser neutra. Más adelante afirma que en la educación actual existen tres valores que están unidos en la práctica: pluralismo, autonomía y tolerancia porque: El pluralismo, la autonomía y la tolerancia son los valores propios de una educación democrática, opuestos a los valores autoritarios, dogmáticos, sectarios de otros tiempos y de otro gobierno3 .
Aquello que definiría -entonces- al buen ciudadano sería la tolerancia, el imperativo de respeto ante la diferencia de los otros. Para Camps la educación es valorativa porque no se trata de reproducir lo ya existente, por el contrario muestra esta condición cuando es crítica y progresista y no se conforma con las maneras de ser vigentes. Escribe: Ninguna ciencia, ninguna disciplina, puede darnos una concepción de la persona o del mundo lo suficientemente completa como para deducir de ahí una forma de vivir justa, solidaria, libre, o un programa pedagógico progresista.(…) Nos quedan los principios, derechos, criterios que nuestra historia ha ido registrando y acepando como fundamentales. Los derechos humanos, o las diversas constituciones, son el marco desde el que juzgamos la práctica.4
Por ello los valores viejos deben ser conservados aunque sea en contextos diferente porque ni la obediencia ni la disciplina son de por sí rechazables porque la educación necesita de esos valores si consiste -como lo afirmaba- en crear hábitos y costumbres y en formar el carácter. Los alumnos/alumnas necesitan la seguridad que sólo los adultos pueden otorgar, necesitan puntos de referencia claros aunque sólo sea para transgredirlos y criticarlos posteriormente.
La pedagogía de los valores en la escuela en el transcurso de los próximos años se basará prioritariamente en: el respeto al otro, la solidaridad responsable, la creatividad y la interioridad. En general se señala como valores básicos para la educación, los siguientes: Libertad, Igualdad, Justicia, Paz, Solidaridad, Tolerancia, Respeto por los demás, Repensar la naturaleza.

La Reforma Educacional Chilena a través de los Objetivos Fundamentales Transversales5 tiene como meta el desarrollo de los valores humanos asegurando al educando una formación integral y armónica. Propuesta contenida en los Decretos n°40/96 de la Educación Básica y n°220/98 de la Educación Media. Así, se espera que en cada establecimiento estos Objetivos Fundamentales Transversales sean explicitados en uN Proyecto Educativo Institucional e inserto en cada uno de los sectores de aprendizaje, promoviendo un cambio en la conducta y actitud del alumno, que les permita a futuro un mejor desenvolvimiento en la sociedad. A su vez, los profesores deben utilizar estrategias para trabajar los valores con sus estudiantes de manera transversal, es decir, que atraviesen todos los sectores y subsectores del aprendizaje.


Las disposiciones de la LOCE (Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza) distingue dos clases de objetivos a saber: Objetivos Fundamentales Verticales, que son aquellos que se dirigen específicamente al logro del saber y del desarrollo personal, aplicados a determinados cursos y niveles cuyo logro demanda aprendizaje, y Objetivos Fundamentales Transversales, que son aquellos que hacen referencia a las finalidades de la enseñanza y son asumidos por el establecimiento en la definición de su Proyecto Educativo Institucional.
La LOCE en su artículo n°2 formula el siguiente principio orientador: “la educación chilena busca estimular el desarrollo pleno de todas las personas, sobre esta base, formarla dentro de los valores que revisten el sentido ético a la existencia personal, como en la disposición para participar y aportar, conforme a su edad y madurez, en una convivencia regida por la verdad, la justicia y la paz” (Decreto n° 40/96).
Así, los Objetivos Fundamentales Transversales propuestos para las enseñanzas Básica y Media, hacen referencia a las finalidades generales de la educación, es decir, a los conocimientos, habilidades, actitudes, valores y comportamientos que se espera que los alumnos(as) desarrollen en el plano personal, intelectual, moral y social. Éstos deben contribuir a la formación ética de la persona: a orientar el proceso de crecimiento y autoafirmación personal y a orientar la forma en que la persona se relaciona con otras y con el mundo.
He seleccionado para los efectos de esta ponencia el valor respeto en la formación ética señalados para la Educación Media, cuyo objetivo está puesto en lograr en el alumno/alumna las siguientes capacidades:


  • Respetar y valorar las ideas y creencias distintas de las propias y reconocer el diálogo como fuente permanente de humanización, de superación de diferencias y de aproximación a la verdad;

  • Reconocer, respetar y defender la igualdad de los derechos esenciales de todas las personas, sin distinción de sexo, edad, condición física, etnia, religión o situación económica.

Y en crecimiento y autoafirmación personal los objetivos que aluden al respeto son:

  • Promover y ejercitar el desarrollo físico personal en un contexto de respeto y valoración por la vida y el cuerpo humano, el desarrollo de hábitos de higiene personal y social, y de cumplimiento de normas de seguridad;

  • Como se observa en estos objetivos está presente el respeto como un valor deseable que ayuda a la convivencia y que involucra los de tolerancia y pluralidad.

En cada una de estas áreas se insiste en el respeto como una capacidad a desarrollar y que se constituye finalmente en un valor apetecible de la persona para su interacción social.


El respeto como valor en la interacción social ya desde la Antigüedad se vinculaba al orden y no a la persona, los términos latinos respectus y observantia hacen referencia a las leyes, evocan la actitud de atención y disposición a la obediencia efectiva, cuyo objeto es el poder constituido o la norma jurídica y el mandato jerárquico que de ella emana. La primera dimensión del respeto en la Antigüedad es la aceptación teórica y práctica del orden y sus necesidades. Para Santo Tomás de Aquino6 el respeto es un valor de conservación y que se transforma en valor de progreso. El respeto de un poder (observantia) es una virtud unida a la justicia, y es virtuoso en cuanto tanto es justo y únicamente lo es en relación con las decisiones morales legales de un poder legítimo. El respeto representa una forma de solidaridad social, mediante la cual el sujeto se vincula cordialmente con las personas a cargo del bien común.

En la actualidad, el respeto es la base de la convivencia social en un estado democrático donde la observancia a los Derechos Humanos es uno de sus principios más caros para el sujeto. Emmanuel Lévinas(1998)7 –filósofo francés- ha establecido los términos de lo que él mismo llama metafísica respetuosa, cree que aquello que define al individuo respetuoso es la capacidad par reconocer la alteridad de los otros: El sujeto moral es aquel que reconoce la diferencia de los otros, que la respeta y es responsable de ella. (...)El yo moral, así definido es un sujeto respetuoso, no imperialista.8


De lo que se deduce que hablar de respeto es hablar de los demás, se trata -entonces- de establecer hasta dónde llegan mis posibilidades de hacer o no hacer, y dónde comienzan las posibilidades de los demás. El respeto es la base de toda convivencia social porque no sólo radica en la observancia de las leyes o la actuación de las personas, sino también tiene que ver con el ejercicio de la autoridad, como se observa en el reconocimiento de los hijos hacia sus padres y de los alumnos hacia los profesores. El respeto es también una forma de reconocimiento, de aprecio y de valoración de las cualidades de los demás, ya sea por su conocimiento, experiencia o valor como personas.
Así, el respeto atraviesa el comportamiento del sujeto en múltiples áreas de su pensar, hacer y convivir. Tiene que ver -por ejemplo- con creencias religiosas y políticas, que probablemente se arrastran desde el núcleo familiar y que forman parte de la convicción de la persona. La aceptación no sólo involucra el respeto sino también la tolerancia hacia el que piensa o profesa un credo diferente. Está última exige el reconocimiento de la pluralidad, la diversidad de las ideas y posturas respecto de algún tema, o de situaciones particulares de la vida o de la cultura de la cual proviene el sujeto, en cuestión.
Se observa que en los Objetivos Fundamentales Transversales, la palabra respeto

aparece frecuentemente como la necesidad de desarrollar en el estudiante esta capacidad para su mejor desarrollo: vivir en armonía, paz y seguridad en sí mismo. Sin embargo, la enseñanza y vivencia de los valores generan frecuentemente discrepancias que hace necesario mejorar la internalización de éstos en la vida escolar y su proyección a la vida social. Cuando se consulta a estudiantes y docentes ¿cuál es el valor más apreciado en el sistema escolar? declaran que es el respeto de manera unilateral y paradojalmente fuente también de conflictos. La construcción del significado que a este valor le atribuyen los docentes y alumnos(as), en el discurso particular y en aquel de la escenografía social, es clave para la comprensión del respeto como práctica. Es así como se ha observado que las



relaciones de interacción que establecen y desarrollan los estudiantes del centro educativo suelen estar basadas en comportamientos que no expresan cabalmente actitudes de respeto, responsabilidad personal y social.
La investigación mostró que en su relación entre pares, los alumnos/las alumnas manifiestan una confusión en torno a la representación y concepción del valor del respeto. Consideran que exponer sus puntos de vista es valioso, pero en la práctica pocas veces ponen atención o escuchan a sus compañeros. Cuando sienten que no son escuchados por sus pares, tratan de imponerse por la fuerza. En este caso el respeto no es compartir con otros sino más bien imponerse sobre los otros, no importa si su argumentación frente a una determinada problemática responde a las mismas inquietudes, opiniones o aspiraciones de sus compañeros(as). El respeto para ellos es el ejercicio del dominio y la imposición sobre el otro de las propias ideas, sentimientos y aspiraciones, lo que no excluye la violencia en cualquiera de sus expresiones
En cuanto al desarrollo del trabajo con sus pares, los estudiantes manifiestan que sí bien les agrada trabajar en grupo porque ello les permite conocer la opinión de los otros, no deja de ser significativo que un porcentaje importante señale que sus compañeros(as) no son de su agrado, lo que da cuenta de una sociabilidad inmadura porque aún no han aprendido a tolerar o respetar a las personas que presentan algún grado de incompatibilidad con ellos.
El respeto que las alumnas/los alumnos le otorgan a sus profesores a través del saludo y el cumplimiento de instrucciones, desarrollo de las actividades de clases y tareas diseñadas por este, esta impulsado por temor a ser expulsados de la sala de clases, a las anotaciones, a la citación de sus padres y/o apoderados, los mantiene medianamente atentos. El respeto de las obligaciones y el cumplimiento del deber se estructuran sobre la base del temor a la sanción y la aspiración al premio o recompensa, lo que no contribuye a formar personas éticas, como tampoco estudiantes autónomos, capaces de desenvolverse con éxito, si no es bajo el control atento de sus profesores. Este tipo de educación forma ciudadanos respetuosos de las normas y de las leyes por miedo al castigo, pero no por convencimiento o por respeto al otro.
El respeto que las alumnas/los alumnos le otorgan a las autoridades del establecimiento contiene los mismos atributos que el respeto hacia los profesores; está basado en el temor mas que en el reconocimiento de sus atributos y cualidades. Los directivos representan la autoridad institucional y no se percibe una relación más personal y cercana, hecho que se corrobora en el reconocimiento por parte de los estudiantes de que solo la mitad de ellos acudiría a ellos en caso de un problema grave. La autoridad sigue siendo para los estudiantes la dispensadora de premios y sanciones y no representa la instancia que guía su crecimiento y desarrollo; en este sentido, las alumnas/los alumnos estarían privilegiando el plano formal por sobre el contenido.
Para los docentes, la expresión de respeto de parte de los estudiantes se ha perdido, sin embargo la mayoría reconoce que no incorpora las experiencias, conocimientos y gustos relacionados con la materia, como tampoco las opiniones de las alumnas/los alumnos, lo que significa que los docentes no tienen un real compromiso con sus educandos ni sienten el debido respeto hacia ellos. En esta actitud se muestra desinterés e incluso menosprecio por los aportes y los significados culturales de los estudiantes, lo que genera un aprendizaje del respeto en los términos tradicionales de la sumisión y de la aceptación del magister dixit.
Los paradocentes, a través de las entrevistas, señalan que los estudiantes los consideran como una especie de policía escolar, pues ellos son los encargados de vigilar el comportamiento en patios y pasillos; también sancionan sus atrasos e inasistencias, incautan celulares y reproductores de música cuando la situación lo amerita: uso indebido en salas de clases u otras rutinas donde son altamente inconvenientes. Todo esto genera una mala relación entre paradocentes y estudiantes, y los primeros para evitarse problemas con padres y apoderados terminan por no sancionar las faltas leves. Tampoco emana de ellos una disposición a intentar un trato diferente con los estudiantes, ellos ejercen la autoridad tal como lo dispone el reglamento.
En general, se podría inferir que el respeto existe en los establecimientos en la forma tradicional: sumisión a las normas, a la autoridad designada, al reglamento. El acatamiento de las instrucciones y la falta de comunicación que privilegia la forma no contribuye a la formación de alumnas/alumnos autónomos que actúen en forma ética, y donde predominen los principios más que las normas. El temor a la sanción es más estimulante que la construcción de nuevas formas de relación. Así, los estudiantes reproducen las conductas de sus profesores quienes también actúan según el reglamento y acatan normas y órdenes por temor a la sanción. Como toda la sociedad está organizada de este modo, la educación en nuestro país no ha sido capaz de modificar los paradigmas tradicionales. El modelo educativo reproduce y mantiene las jerarquías del orden social establecido: las autoridades educacionales son designadas por otras autoridades; los(as) profesores(as) ejercen la autoridad en la medida que son poseedores del conocimiento y lo trasmiten a las alumnas/ alumnos. El conocimiento no es una construcción que haga el(a) alumno(a), guiado por el(a) profesor(a). Un modelo constructivo del conocimiento tendría en cuenta las diferencias individuales, los diferentes ritmos de aprendizaje, las vivencias de los educandos, promoviendo, de este modo la creación de una “comunidad de aprendizaje”, donde el respeto a los iguales se convertiría en una norma de vida. ¿Qué condiciones definirían una comunidad de aprendizaje?, ¿Qué papel desempeñarían los valores en la construcción del conocimiento?, ¿Qué tipo de sociedad podría construirse con personas formadas en la praxis de los valores humanos?
Hasta el momento, la educación en nuestro país repite, reproduce y mantiene las desigualdades sociales, promueve las exclusiones e incluso ignora las discriminaciones de género, etnia, religión, etc., que se practican al interior de las escuelas y colegios. En este sentido, no es mucho lo que pueden hacer las(os) profesoras(es) subsumidos en un sistema que tampoco respeta sus demandas y que no les da lugar a participar en la creación de modelos educacionales que respeten y tengan en cuenta las características regionales, individuales y el habitus de sus alumnas(os).
El modo de ser que fundamenta lo humano es el mejor garante de la responsabilidad y convivencia para lograr la plena humanización. Creo que estudiar la realidad educacional en relación con la práctica de los valores y, en especial, el valor respeto permitiría proponer una orientación axiológica, elaborando programas de estudios sobre educación en valores desde las primeras edades concretando objetivos y metodologías bajo el alero y responsabilidad de los saberes pedagógicos y disciplinarios, en conjunto .
Esta reflexión fundada sobre mi investigación contribuye a diagnosticar la praxis de un valor tan importante como lo es el respeto, en el desarrollo de la tarea docente por constituir una variable tanto en el rendimiento de las alumnas/los alumnos como en la formación valórica de los futuros ciudadanos de nuestro país. El respeto, según los resultados de esta investigación, incidiría en el clima del aula, los estudiantes seguirían con atención las propuestas de sus profesoras(es), intervendrían en forma ordenada, el docente sería considerado un guía del proceso de construcción de saberes. Las relaciones entre ellos serían cooperativas, empáticas y solidarias, terminando con la competitividad y las prácticas agresivas y violentas.
Debemos estar conscientes que el tratamiento de los contenidos curriculares no constituye el medio más importante de transmisión de los valores porque en la mayoría de los casos los contenidos están en función de desarrollar ciertas capacidades y destrezas sin promover la reflexión y comprensión del contenido y sin tratar las referencias axiológicas que dichos contenidos plantean.
Por último, es un desafío y una responsabilidad de los saberes pedagógicos y disciplinarios dejar de lado la orientación axiológica de la escuela tradicional, basada en la relación autoritaria y en la preferencia por la forma, la ceremonia y el orden que carecen de significado real para las alumnas y los alumnos. Las referencias axiológicas inmediatas a la práctica social cotidiana están presentes también en la práctica escolar. Por ello, es imprescindible en la formación de los futuros profesionales de la educación, en las respectivas Facultades, el estudio y análisis de los valores: su teoría y praxis como parte esencial en la construcción de los saberes pedagógico y disciplinario, para que en la práctica docente sea la base de la formación de nuestros jóvenes porque es en el desarrollo cotidiano de las capacidades cognoscitivas, habilidades técnicas y operativas y de los rasgos de personalidad que se produce la internalización de los valores que rigen el comportamiento social en cuanto soporte de actitudes, sentimientos y pensamientos.



1 Tedesco, Juan Carlos(1995). El nuevo pacto educativo. Educación, competitividad y ciudadanía en la sociedad moderna, Madrid, Editorial Anaya.


2 Camps, Victoria (1996). Virtudes públicas, Madrid, Espasa Calpe, p.110

3 Ibid.,p.110

4 Ibid., p.111.

5 Cf. Mineduc(2002). Objetivos Fundamentales y Contenidos Mínimos Obligatorios de la Educación Básica, Santiago.

Mineduc (1998). Objetivos Fundamentales y Contenidos Mínimos Obligatorios de la Educación Media, Santiago.




6 Cf. Ferrater Mora. Diccionario de Filosofía, p. 3277-3278

7 Cf. Güell Barcelo. Manuel y Joseph Muñoz Redon (1998). La educación de valores (Teoría y práctica de una quimera), Barcelona, Octaedro, p. 53.



8 Ibid.,p.54.





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