El renacimiento de la naturaleza



Descargar 0.56 Mb.
Página6/17
Fecha de conversión26.03.2018
Tamaño0.56 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   17

Para Wordsworth, la naturaleza estaba viva y era benigna. Sentía en ella una moral y una presencia espiritual que actuaban sobre su mente y la moldeaban; él estaba en comunión con una vasta presencia invisible. Y en su poesía se inspiraron muchos científicos.

El nombre del periódico científico Nature fue inspirado por Wordsworth, y tomó como epígrafe unas palabras del poeta: "En el sólido cimiento de la naturaleza confía la mente que construye para siempre". (20) El primer número de Nature, de 1869, se abría con una colección de aforismos del poeta alemán Goethe, que expresaba su visión de los poderes vivientes de la naturaleza:
¡Naturaleza! Nos rodea y nos abraza, no tenemos poder para separarnos de ella ni para ir más allá [. . .]. Vivimos en medio de ella y no la conocemos. Nos habla incesantemente pero no traiciona su secreto [. . .]. Siempre ha pensado y siempre piensa, pero no como un hombre, sino como Naturaleza [. . .]. Ella se ama a sí misma, y sus ojos y afectos innumerables están fijos sobre ella misma. Se ha dividido para ser su propio deleite. Ella hace surgir una interminable sucesión de nuevas capacidades de goce para mitigar su insaciable simpatía [. . .]. El espectáculo de la Naturaleza es siempre nuevo, pues siempre renueva a los espectadores. La vida es su invención más exquisita y la muerte su artificio experto para obtener abundancia de vida. (21)
Había sido T. H. Huxley quien eligió los aforismos de Goethe para inaugurar el nuevo periódico:
Cuando mi amigo, el director de Nature, me pidió que escribiera un artículo de presentación para su primer número, recordé esta maravillosa rapsodia sobre la "Naturaleza" que me ha deleitado desde mi juventud. Me pareció el prefacio más adecuado para un periódico que aspira a reflejar el progreso de esa conformación por la naturaleza de un cuadro de sí misma en la mente del hombre, lo que podemos llamar el progreso de la ciencia [. . .]. Tal vez, mucho después de que las teorías de los filósofos cuyos logros se registran en estas páginas hayan caducado, esta visión del poeta permanezca como un símbolo veraz y eficiente de la maravilla y el misterio de la Naturaleza. (22)
También Charles Darwin fue inspirado en su juventud por la experiencia poética directa de la naturaleza. "En relación con el placer de la poesía, podría añadir que en 1822 por primera vez se despertó en mi mente un vívido deleite por el paisaje, durante un paseo en coche por las fronteras de Gales, y que ha durado más que cualquier otro placer estético", escribió en su Autobiography. (23) Su lectura predilecta era el Paraíso Perdido de Milton, que llevó consigo a todas partes durante su viaje al Beagle. (24) Pero esa temprana inspiración fue extinguiéndose con la edad: "Lamento mucho haber perdido totalmente todo placer poético de cualquier tipo". (25) y con la pérdida de esta fuente de inspiración, su filosofía de la naturaleza, cada vez más materialista, se imbuyó de la sensación de que su propio pensamiento se había vuelto mecánico: "Mi mente parece haberse convertido en una especie de máquina para procesar grandes cantidades de hechos y extraer leyes generales", se lamentó hacia el fin de su vida. (26)

Yo no sé cuántos biólogos contemporáneos han conservado, como T. H. Huxley, el sentido poético de la naturaleza experimentado en su juventud; sin duda hay algunos. (27) ¿Cuántos son como Darwin, y lo perdieron? ¿Cuántos consideran sus mentes como mecánicas? ¿Cuántos no obtienen ningún deleite en la naturaleza?



No existen estadísticas. Pero sospecho que la experiencia poética o mística de la vida de la naturaleza es todavía una fuente de inspiración para muchos científicos de la vida, aunque esté medio olvidada.
LAS DIOSAS OCULTAS DEL DARWINISMO
Darwin convirtió la visión romántica del poder creador de la naturaleza en una teoría científica. Rechazó el dios newtoniano de la máquina del mundo, que muchos teólogos protestantes como William Paley pensaban que había diseñado y construido la maquinaria de todas las cosas vivientes. En vez del Padre Celestial, Darwin consideraba que la Madre Naturaleza era la fuente de todas las formas de vida. La naturaleza misma había generado el Arbol de la Vida (figura 3.1). Por medio de su prodigiosa fertilidad, de su poder para la variación espontánea, de su capacidad para la selección, ella podía hacer todo lo que Paley pensaba que había hecho Dios. Con su acostumbrada franqueza, el propio Darwin subrayó: "Por razones de brevedad, a veces hablo de la selección natural como un poder inteligente [. . .]. También he personificado a menudo la palabra Naturaleza, pues me ha resultado difícil evitar esta ambigüedad." (28) Darwin aconsejó a sus lectores que pasaran por alto las consecuencias de esos giros verbales. Pero si en lugar de ello recordamos lo que implica la personificación de la naturaleza, la vemos como la Madre de cuya matriz sale toda vida ya la que toda vida retorna. Es prodigiosamente fértil, pero también cruel y terrible, devoradora de su propia prole. Su fertilidad impresionaba profundamente a Darwin; no obstante, convirtió su aspecto destructivo en el poder creador primordial; la selección natural, que obraba matando, era "un poder incesantemente dispuesto a la acción". (29) De modo que, a través de la teoría de Darwin, la naturaleza asumió los poderes creadores de la Gran Madre, totalmente insospechados en la concepción mecanicista original de la naturaleza. Los filósofos evolucionistas concibieron esos poderes creadores de diversos modos. En el materialismo dialéctico de Marx y Engels, el principio materno creador es la materia, que sufre un proceso continuo y espontáneo de desarrollo, resolviendo los conflictos y las contradicciones en sucesivas síntesis. En la filosofía de Herbert Spenser, la evolución progresiva en sí misma era el principio supremo de todo el universo. El filósofo vitalista Henry Bergson atribuía la creatividad de la evolución a un impulso vital, el élan vital. Según este modo de ver, el proceso de la evolución no está diseñado y planificado de antemano en la mente de un Dios trascendente, sino que es espontáneo y creador:
Ante la evolución de la vida [. . .] las puertas del futuro siguen abiertas. Es una creación que continúa eternamente en virtud de un movimiento inicial. Este movimiento constituye la unidad del mundo organizado: una unidad prolífica, de infinita riqueza, superior a cualquiera que pueda soñar el intelecto, pues éste sólo es uno de sus aspectos o productos. (30)
La teoría neodarwinista de la evolución comparte esta visión de la evolución como un vasto proceso creador espontáneo. Según lo ha expresado el biólogo molecular Jacques Monod en su lúcido resumen de la cosmovisión neodarwinista, Chance and Necessity, "la emergencia de la evolución, debido al hecho de que surge de lo esencialmente imprevisible, es la creadora de la novedad absoluta". Lo que Bergson atribuía al élan vital, Monod lo relaciona con "los recursos inagotables de la fuente del azar", expresado en las mutaciones aleatorias del ADN. (31) En la concepción de Monod, el papel creador del azar, de lo indeterminado, se expresa en un interjuego con la necesidad, lo determinado. Cuando estos principios abstractos se personifican, la Necesidad es lo que el poeta Shelley denominó "poder omnisuficiente" y "madre del mundo". La madre del mundo es también el destino, a menudo representado por las tres Parcas, las severas hilanderas que hilaban, retorcían y cortaban el hilo de la vida, dispensando a los mortales su fortuna desde el momento del nacimiento. En el neodarwinismo el hilo de la vida aparece de forma microscópica pero curiosamente literal en las moléculas helicoidales de los genes del ADN, ordenados en cromosomas como una hebra.

El azar es un aspecto de la diosa Fortuna. El giro de su rueda confiere prosperidad y desdicha. Ella es la patrona de los jugadores, la Señora Suerte, a la que aún presentamos ofrendas inconscientes.

La Diosa Fortuna es ciega. También lo es el azar: según palabras de Monod, "puro azar, absolutamente libre pero ciego, en las raíces mismas del estupendo edificio de la evolución". (32)

Es posible, como lo creen los humanistas seculares, que las antiguas concepciones de la Gran Madre y otras diosas hayan sido superadas por la ciencia moderna. Pero, por otro lado, quizá gran parte del atractivo emocional del darwinismo proviene de esos arquetipos femeninos arcaicos que, obrando bajo la superficie del pensamiento consciente, es posible que hayan ganado poder, en lugar de perderlo.

EL MATERIALISMO Y LA MADRE
En su sentido filosófico, el materialismo afirma que sólo la materia es real, y que todo, incluso la materia humana, puede explicarse en términos de materia. Como doctrina política, asigna el mayor valor al bienestar y el progreso materiales. En su sentido cotidiano, se refiere a la preocupación por las necesidades y los deseos materiales, en detrimento de los valores espirituales. En todos estos sentidos, el mundo material es la única realidad, o por lo menos la única importante.

Detrás del materialismo en todas sus formas está la figura de la Gran Madre, como realidad material, como Madre Naturaleza, como la economía, como el estado de bienestar. Ella es también el ambiente, que nos encierra y nos contiene, fuente de nutrición, calor y protección, pero a cuya merced nos encontramos, (33) pues el ambiente es indiferente e implacable; devora y destruye.

Aunque muchos materialistas tienen un lado romántico y en sus vidas privadas reconocen en forma implícita que la naturaleza está animada, la mayoría lo niegan explícitamente, adoptando la concepción convencional de la humanidad como la única especie verdaderamente consciente y con propósitos en un mundo en otros sentidos inanimado. Desde su punto de vista, las metáforas maternas que impregnan el pensamiento materialista tal vez nos proporcionen información sobre el funcionamiento de nuestras mentes, pero carecen de importancia para la naturaleza en sí, porque es inanimada y mecánica.

La teoría mecanicista de la naturaleza ha adquirido tal prestigio en virtud de los éxitos de la ciencia y la tecnología, que ahora parece menos una teoría que un hecho demostrado. Pero a medida que la propia ciencia se desarrolla, la cosmovisión mecanicista está siendo progresivamente trascendida. La naturaleza está volviendo a la vida en el seno de la teoría científica. Ya medida que este proceso cobra impulso, resulta cada vez más difícil justificar la negación de la vida de la naturaleza. Si el cosmos se parece más a un organismo en desarrollo que a una máquina que está agotándose; si los organismos en sí se parecen más a organismos que a máquinas; si la naturaleza es orgánica, espontánea, creadora, ¿por qué seguir creyendo que todo es mecánico e inanimado?


Una razón poderosa para aferrarse a la concepción mecanicista es que resulta más fácil; es todavía la ortodoxia de la civilización industrial. Pero tal vez no sea lo más fácil por mucho tiempo. Las actitudes públicas están reverdeciendo, las antiguas certidumbres políticas y económicas se diluyen. Aumentan las dudas sobre el enfoque mecanicista de la agricultura y la medicina; la visión de la conquista de la naturaleza pierde su atractivo; el clima está cambiando tanto literal como metafóricamente.

Quizá la razón más fuerte para negar la vida de la naturaleza es que admitirla supone unas consecuencias abrumadoras. Las experiencias intuitivas personales de la naturaleza ya no pueden mantenerse en el compartimiento sellado de la vida privada, descartadas como meramente subjetivas, pues quizá sean por cierto revelaciones de la propia naturaleza viva, como parecen serlo en su momento. Los modos de pensar mítico, animista y religioso ya no pueden mantenerse acorralados. Estamos al borde de nada más y nada menos que una revolución.


SEGUNDA PARTE


El renacimiento de la naturaleza en la ciencia
CAPITULO 4
La reanimación del mundo físico
LA NEGACIÓN DE LA VIDA DE LA NATURALEZA
En la revolución científica del siglo XVII se le negaron a la naturaleza los atributos tradicionales de la vida, la capacidad para el movimiento espontáneo y la autoorganización. Perdió su autonomía.

Las almas que animaban los cuerpos físicos de acuerdo con sus propios fines internos fueron exorcizadas y expulsadas del mundo mecanicista de la física. La materia era inanimada y pasiva, y sobre ella actuaban fuerzas externas acordes con la leyes matemáticas del movimiento.


Esta transición crucial se puede comprender mediante una distinción, originalmente trazada en la Edad Media, entre la natura naturata y la natura naturans. La primera designa a la naturaleza en el sentido de lo producido, los fenómenos que observamos con nuestros sentidos. La otra se refiere al poder productor invisible que genera esos fenómenos. En la física animista de la Edad Media, las almas desempeñaban el papel de natura naturans; organizaban el desarrollo y la conducta autónomos de los organismos y los motivaban por medio de la atracción. Lomo ya hemos visto, el almácigo era atraído hacia la forma de la planta madura; el alma vegetal, activa pero invisible, daba forma a la materia de la planta en crecimiento y la organizaba en concordancia con sus propios fines. Las piedras caían al suelo porque eran atraídas hacia su lugar propio; luchaban por volver al hogar. Según Aristóteles y sus seguidores medievales, las almas no estaban fuera de la naturaleza; eran físicas porque formaban parte de la naturaleza, phusis. (1)
Cuando los fundadores de la ciencia mecanicista expulsaron las almas de la naturaleza dejando sólo materia pasiva en movimiento, ubicaron todos los poderes activos en Dios. La naturaleza era sólo natura naturata. El poder productor invisible, la natura naturans, era divino, no físico; sobrenatural, no natural.

Pero este intento tendiente a suprimir de la naturaleza todas las huellas de actividad organizativa espontánea cayó en graves dificultades desde el principio. Los fantasmas de las almas invisibles subsistieron en forma de fuerzas invisibles. La atracción gravitatoria, que actuaba a distancia, demostró que en el mundo físico había más que mera materia pasiva en movimiento. La naturaleza de la luz siguió siendo misteriosa, lo mismo que otros fenómenos, químicos, eléctricos y magnéticos. En este capítulo examino cómo la física ha ido trascendiendo progresivamente la teoría mecanicista de la naturaleza.


LA ATRACCIÓN GRAVITATORIA
Las fuerzas gravitatorias de Newton eran inevitablemente misteriosas. Todo el universo estaba lleno de fuerzas invisibles mucho más extensas que los cuerpos materiales sobre los que actuaban. Por medio de esas fuerzas, todos los cuerpos del universo estaban relacionados con los otros, y de algún modo se mantenían en equilibrio. Todo estaba interconectado.

Antes de la concepción newtoniana de la gravitación, la interrelación de todos los cuerpos en el universo se atribuía al alma del universo, el anima mundi, o a los vórtices de materia sutil, el "éter".

Ni el anima mundi ni el éter eran materiales en cualquier sentido habitual de la palabra; tampoco lo fueron las fuerzas atractivas con las que Newton los reemplazó. Su ecuación gravitatoria permitía calcular la magnitud de esas fuerzas, pero no explicaba su naturaleza.

Newton creía firmemente que la materia en sí no podía ser la fuente de esos poderes de atracción:


Es inconcebible que la materia bruta inanimada (sin la mediación de algún otro elemento que no sea material) actúe sobre otra materia y la afecte sin que se establezca un contacto mutuo [. . ]. El hecho de que la gravedad debe ser innata, inherente y esencial a la materia, de modo que un cuerpo pueda actuar sobre otro a distancia a través del vacío, sin la mediación de ninguna otra cosa por ya través de la cual su acción o fuerza pueda transmitirse de uno a otro, es para mí un absurdo tan grande que creo que no puede caer en él ningún hombre con alguna facultad o pensamiento competente en cuestiones filosóficas. (2)
Newton consideró explicaciones posibles que involucraban una materia etérea sutil, pero las rechazó. Esa materia imposible no podía sino interferir en los movimientos celestiales que había calculado suponiendo un vacío. En lo que a él concernía, cuanto menos materia, mejor: "El cielo tiene que estar lo más libre posible de toda materia, para que los movimientos de los planetas no se vean obstruidos o se vuelvan irregulares". (3) En el espíritu de la ciencia mecanicista, rechazaba la idea de un alma del mundo. Sólo dejó a Dios, y llegó a la conclusión de que las fuerzas gravitacionales eran una expresión directa de su voluntad: "Existe un espíritu infinito y omnipresente en el que se mueve la materia de acuerdo con leyes matemáticas". (4)
Desde el punto de vista de sus críticos del continente, leales a la idea cartesiana de los vórtices de materia sutil, Newton estaba introduciendo en la naturaleza "cualidades ocultas", causas escondidas que recordaban a las almas. Su uso de la palabra atracción, con sus asociaciones animistas y sexuales, suscitaba una profunda desconfianza. Voltaire, en su visita a Londres en 1730, pensaba que ésa era la principal razón por la cual la teoría de Newton aún no había sido aceptada en general en París; "irritaba a la mente humana":
Si Newton no hubiera empleado la palabra atracción en su admirable filosofía, todos los miembros de nuestra Academia habrían abierto sus ojos a la luz; pero lamentablemente usó en Londres una palabra a la cual está ligada en París una cierta idea de ridículo, y sólo por esa razón fue juzgado adversamente. (5)
Con el paso del tiempo, la naturaleza misteriosa de la atracción gravitatoria fue más o menos olvidada. La gente se acostumbró a la idea y, a pesar de que Newton había objetado que el concepto era absurdo, se llegó a dotar a la materia bruta inanimada del poder de atracción y de acción a distancia. Este misterioso poder de atracción no recibió ninguna explicación como entidad física pero no material hasta la teoría gravitatoria de Einstein, con su postulado del campo gravitatorio. 41
Igual que el anima mundi, el campo gravitatorio de Einstein no está en el espacio y el tiempo sino que contiene todo el mundo físico, incluso el espacio y el tiempo. El campo gravitatorio es espacio-tiempo, y sus propiedades geométricas son la causa de los fenómenos gravitatorios; actúa como una causa formal o formativa, semejante a las almas de la filosofía medieval. Mientras que los seguidores de Newton suponían que las fuerzas atractivas de la gravitación surgían inexplicablemente de los cuerpos materiales y se dispersaban en todas las direcciones a través del espacio, en la física moderna el campo gravitatorio es primario: sostiene tanto los cuerpos materiales como el espacio que hay entre ellos. Por ejemplo, la Luna no gira en torno de la Tierra porque sea atraída por una fuerza, como en la física newtoniana, sino porque el espacio-tiempo en el que se mueve es curvo. Este modelo del cosmos no se asemeja en nada a las doctrinas del materialismo del siglo XIX, que habían convertido la "materia bruta inanimada " en la realidad primaria y la fuente de las fuerzas invisibles.
ALMAS Y CAMPOS
La introducción del concepto de campos electromagnéticos en el siglo XIX comenzó a reintroducir en la física entidades espontáneamente autoorganizadoras con la mayoría de las propiedades tradicionales de las almas. En este siglo, el concepto de campo se ha ampliado a la gravitación ya los campos de materia de la física cuántica, con lo cual los campos resultan más fundamentales que la materia.

La historia de las teorías del magnetismo ilustra el modo como los campos reemplazaron a las almas como principios organizadores invisibles. El fundador de la filosofía griega antigua, Tales, sostenía que los imanes estaban animados, (6) y la teoría animista del magnetismo continuó prevaleciendo en el pensamiento occidental hasta bien entrado el siglo XVII. La idea era que una influencia invisible se extendía en torno de la piedra imán con el poder de mover la materia. Este poder motivador invisible era un alma, opuesta a la materia, y por lo tanto los imanes tenían alma, lo mismo que cuerpos electrizados tales como el ámbar frotado. Así como el alma se separaba de los cuerpos de plantas y animales cuando ellos morían, los imanes y los cuerpos electrizados perdían sus poderes magnéticos o eléctricos y volvían a ser inanimados. A la inversa, un imán podía inducir el poder de atracción en una pieza de hierro atraída hacia él, y este nuevo imán conservaba su poder durante algún tiempo. En consecuencia, el alma magnética podía transmitirse, del mismo modo que el principio vital de las plantas y los animales se transmitía a su progenie .

Los chinos, como los europeos que pensaban en los imanes y el ámbar de esta manera animista, habían comenzado a usar la piedra imán con fines adivinatorios por lo menos al principio de la era cristiana. En el siglo XI empleaban agujas magnéticas en brújulas para la navegación. Esta práctica comenzó en Europa en el siglo XII, y probablemente llegó desde China. (7) Sin duda, el hecho de que las agujas magnéticas apuntaran hacia el norte significaba que su magnetismo estaba de algún modo relacionado con la tierra o el cielo, pero ¿cómo? Algunos pensaban que eran atraídas por el Polo Norte de la esfera celeste; otros, que las atraían las montañas magnéticas cercanas al Polo Norte de la Tierra.
En el siglo XIII, el francés Pelegrinus confeccionó un imán esférico con una piedra imán y colocó una aguja magnética en diferentes lugares de su superficie. Sobre ella trazó líneas correspondientes a la posición que adoptaba espontáneamente la aguja. Cuando la esfera quedó cubierta con esas líneas, la pauta resultó obvia: formaban círculos que rodeaban el imán del mismo modo que los meridianos rodeaban la Tierra. En dos puntos convergían todas las líneas, del mismo modo que todos los meridianos se cruzaban en los polos Norte y Sur de la Tierra. Impresionado por esta analogía, denominó "polos" a esos puntos del imán. Observó que el modo como los imanes se emplazaban y atraían recíprocamente sólo dependía de la posición de sus polos, como si ellos fueran la sede del poder magnético. Demostró que los polos distintos se atraían y que los polos iguales se repelían. También descubrió que, al dividir un imán, los fragmentos se convertían en nuevos imanes con nuevos polos. (8) Pero no llegó a la conclusión de que la Tierra era un imán; pensaba que la atracción sobre la aguja de la brújula provenía de la Estrella Polar.
El fundador de la ciencia moderna del magnetismo, William Gilbert, dio precisamente ese paso. En su gran libro De Magnete, publicado en 1600, proclamó que la Tierra misma era un imán gigante. La inclinación hacia abajo de la aguja de la brújula demostraba que la influencia magnética provenía de la Tierra y no del cielo. El modo como la aguja de la brújula divergía del Norte verdadero, la desviación que variaba en diferentes altitudes, también apuntaba a la Tierra como fuente de la atracción. Gilbert adoptó de Pelegrinus el empleo de imanes esféricos, y para él esas "pequeñas tierras" (terrellae) eran modelos del planeta mismo.

Creía que la "verdadera potencia magnética " de la Tierra estaba relacionada con su forma esférica y su rotación. Adoptó la concepción animista tradicional del magnetismo. El magnetismo era una cualidad simpática, y "la fuerza magnética está animada o es similar al alma". (9) Pesando cuidadosamente piezas de hierro antes y después de magnetizarlas, descubrió que no había ninguna diferencia; el alma del imán carecía de peso, lo mismo que los otros tipos de almas.



Gilbert seguía a los antiguos filósofos de Egipto, Caldea y Grecia, que creían en la existencia del alma del universo y de las almas de las estrellas, los planetas y la Tierra. A su juicio, los poderes de los imanes derivaban de la Tierra misma; describió a cada imán como "una piedra animada, que es parte y prole amada de la madre animada, la Tierra". Su teoría del magnetismo estaba enclavada en el seno de un fuerte sentido de la vida de la Tierra, a la que una y otra vez se refirió como a "la madre común" de todas las cosas. (10)
Sólo el hierro y los imanes eran "las partes verdaderas y más íntimas de la Tierra", porque "conservaban las primeras facultades de la naturaleza, las facultades de la atracción recíproca, el movimiento y el ajuste por la posición del mundo y el globo terrestre". (11) En sus especulaciones cosmológicas, Gilbert conjeturó que las fuerzas magnéticas estaban relacionadas de algún modo con la gravedad de la Tierra. Por eso las consideró como aspectos del alma de la Tierra. Descartes y sus discípulos trataron de apartarse de esas concepciones animistas, explicando los fenómenos magnéticos y eléctricos mecánicamente, en términos de flujos de materia sutil denominados "efluvios". Pero en el curso del siglo XVIII resultó claro que no existían tales emanaciones materiales (por ejemplo, la atracción entre imanes 0 cuerpos electrizados separados no disminuía por la acción de corrientes de aire que barrieran los efluvios hipotéticos).



Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   17


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad