El renacimiento de la naturaleza



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Por lo tanto, su mente era divina e inmortal. Podría conocer las leyes de la naturaleza gracias a la razón y así participar en la mente matemática del propio Dios. Al imaginar su propio yo como un observador desencarnado y no como un participante corporizado en un mundo viviente, proporcionó la base filosófica para el ideal del desapego científico. (40) Como lo señalan las feministas radicales, esta fantasía es característicamente masculina, y la refuerza el hecho de que la mayoría de los científicos son hombres. (41) Pero el ideal del desapego científico no se limita a las filas de los científicos y tecnócratas profesionales; influye de forma general en la sociedad moderna y profundiza las divisiones entre el hombre y la naturaleza, la mente y el cuerpo, la cabeza y el corazón, la objetividad y la subjetividad, la cantidad y la calidad.

La nueva cosmología evolucionista ha recorrido un largo camino desde la máquina del mundo de la física clásica, pero comparte con ella su calidad matemática. Nos da un modelo del universo sin sonido, sin color, sin gusto, sin olor, y desde luego, sin vida. Este universo difiere del que conocemos por medio de nuestros sentidos; sin duda es inaccesible a los sentidos, y sólo es posible conocerlo mediante la razón matemática.

Pero, ¿qué tipo de realidad representan tales modelos matemáticos? ¿Corresponden a un orden matemático objetivo más real que el mundo que conocemos a través de los sentidos, como creen la mayoría de los físicos?

¿O son simplemente modelos mentales que nos ayudan a comprender aspectos limitados

del mundo que nos rodea?
Los sonidos, los olores, los colores y los sentimientos no se encuentran en ninguna parte en la física matemática, porque han sido excluidos desde el principio. La física abstrae del mundo sólo los rasgos que pueden tratarse matemáticamente, como la forma, el tamaño, la posición, el movimiento, la masa y la carga eléctrica; ignora todo lo que no se puede medir. Este procedimiento es fundamental en física y lo enunció claramente Galileo a principios del siglo XVII. La física sólo necesita considerar los aspectos matemáticos de ]as cosas, sus "cualidades primarias"; sólo éstas son objetivas. Las otras cualidades conocidas por medio de los sentidos, las "cualidades secundarias", son meramente subjetivas, parte de la experiencia corporal; no existen en el mundo matemático objetivo que puede conocer una mente desencarnada. En palabras de Galileo:
Pienso que estos gustos, olores, colores, etcétera, del objeto en el que ellos parecen existir, son sólo meros nombres, que residen exclusivamente en el cuerpo sensible, de modo que si se removiera el animal, todas esas cualidades quedarían abolidas y aniquiladas. (42)
El éxito práctico de la ciencia mecanicista da testimonio de la eficacia de este método; los aspectos cuantitativos del mundo pueden sin duda abstraerse y presentarse en un modelo matemático. Pero los modelos de ese tipo dejan al margen gran parte de nuestra experiencia viva; son un modo parcial de conocer. Sin embargo, el prestigio que este método ha adquirido a través de la física lo estableció como modelo del desapego científico, envidia de los biólogos, sociólogos, economistas y de todos aquellos que aspiran a la objetividad científica.
LA CONQUISTA DE LA TIERRA: EL MAPA SE CONVIERTE EN TERRITORIO
Aunque para los científicos la conquista de la naturaleza posee un significado en gran medida metafórico, se vuelve muy literal para quienes se apropian de las tierras vírgenes, para las empresas mineras y madereras, y para los desarrollistas en general. Hoy en día vemos que el proceso continúa en todo el mundo: por ejemplo en las selvas vírgenes del Amazonas, Malasia, Alaska y el Pacífico noroccidental. Hemos exportado a todas partes nuestra ideología de conquista, junto con la tecnología que la hace posible.
El ejemplo más dramático de este proceso de transformación fue la apertura del Oeste norteamericano. Se produjo a una velocidad sorprendente. Olas incesantes de especuladores y colonos ingresaron en las abundantes tierras fértiles del Oeste. Ante su avance iban retrocediendo el suelo salvaje y los pueblos nativos que habían vivido tan levemente sobre su tierra sagrada. En la década de 1860, mientras los ferrocarriles se extendían hacia el Oeste, se necesitaba carne, y allí había millones de búfalos. Fueron sacrificados en gran escala o cazados por placer; la provisión parecía ilimitada. Se inventaron rifles perfeccionados y métodos de caza más eficaces.

Surgió una gran industria del cuero, y en su punto culminante, entre 1872 y 1874, para abastecerla se sacrificaron tres millones de animales. En 1880, aunque al principio nadie podía creerlo, los búfalos habían desaparecido. Durante unos pocos años más sus restos blanqueados fueron una fuente de ganancia cuando montañas de huesos se embarcaron hacia las fábricas de cola y plantas de fertilizantes. (43) Hacia finales de siglo, menos de un millar de estos animales sobrevivían en reservas, restos patéticos de los rebaños fabulosos que sólo unas décadas antes contaban con treinta a cincuenta millones de animales.



Un destino similar sufrieron los indios de las praderas. Estos indios, la última fortaleza de los llamados salvajes, tenían que desaparecer para que los colonos pudieran sentirse seguros y la nación alcanzara su destino. Después de la Guerra Civil, los cañones giraron deliberadamente hacia el Oeste bajo la dirección del general William Tecumseh Sherman (cuyo segundo nombre, irónicamente, era el de un gran profeta indio brutalmente asesinado por los blancos). A principio de la década de 1860, él bosquejó su plan en una carta al hermano:
Cuantos más matemos este año, menos tendremos que matar en la próxima guerra, pues cuanto más veo a estos indios, más me convenzo de que hay que matarlos a todos o mantenerlos como una especie de indigentes. Sus intentos de civilizarse son simplemente ridículos. (44)
En 1890, con la masacre de Wounded Knee, el sueño de Sherman se había cumplido. Despojada de sus mitos e historias, las tierras sagradas para los pueblos nativos ya no eran un don del gran espíritu que había que conservar en común; se convirtieron en bienes raíces. El territorio conquistado fue dividido, comprado y vendido como propiedad privada. En las regiones colonizadas más antiguas, como Nueva Inglaterra, los límites estaban a menudo relacionados con los accidentes naturales; como en los campos de colonización tradicional, las divisiones humanas de la tierra se relacionaban con el paisaje. El territorio precedía al mapa. No ocurrió esto en las tierras vírgenes del Oeste .
Con el espíritu racionalista de los Padres Fundadores, los funcionarios del gobierno superpusieron una especie de gráfico cartesiano sobre los mapas dividiéndolos en muchos cuadrados de igual tamaño, y después en cuadrados dentro de los cuadrados. A su debido tiempo, el mapa se transformó en el territorio. En todo el Medio Oeste y el Oeste, la delimitación cuadriculada de municipios, propiedades y campos siguió .sin tener en cuenta las características de la tierra o los accidentes reales del lugar. Un nuevo paisaje simbólico se superpuso al antiguo. Pero mientras que el antiguo era animista y estaba relacionado con el espíritu del lugar, el nuevo simbolizaba la imposición de un orden racional sobre el erial, y su división en propiedades privadas. En gran medida, lo mismo sucedió en Canadá, Australia, Nueva Zelanda y otros territorios conquistados y colonizados por europeos. Aún sigue sucediendo, cuando las selvas se dividen en los mapas ya continuación se destruyen rectángulo por rectángulo. Además, el mismo proceso general es típico de todos los proyectos de desarrollo.
Primero llegan los exploradores románticos, después los cartógrafos científicos, que producen abstracciones con los rasgos físicos del lugar, desconectadas del mito y la experiencia de los pueblos nativos. A continuación, en oficinas con aire acondicionado, se trazan los planes para el desarrollo: construcción de caminos, tala de árboles, minería, construcción de presas, colonización, lo que sea. El antiguo orden animista, la antigua relación de los pueblos nativos con la tierra, quedan reemplazados cuando entran las excavadoras y se impone el nuevo orden sobre la faz de la tierra. La conquista científica y tecnológica de la naturaleza expresa una mentalidad de dominio que estaba difundida en el mundo antiguo, pero que ahora se ha intensificado por la creencia en el progreso ilimitado, y cuyo poder ha aumentado mucho gracias a la tecnología. Mientras tanto, la teoría mecanicista de la naturaleza ocupó el lugar de los misioneros cristianos para justificar la desposesión de los pueblos nativos y la indiferencia a sus lugares sagrados. Como la naturaleza es inanimada, la relación animista de esos pueblos con el mundo viviente que les rodea tenía que ser supersticiosa, y sus actitudes, retrógradas. No se les podía permitir que obstaculizaran el camino del progreso. y ahora, igual que los cazadores de búfalos, apenas podemos creer lo que hemos ocasionado.
CAPÍTULO 3
Regreso a la naturaleza
LA NECESIDAD DEL RETORNO
Volver a la naturaleza es como volver al hogar, o reconectarse con la fuente de la vida. Pero pocas personas quieren regresar a la naturaleza durante un período prolongado. Después de todo, somos los herederos de una cultura y un modo de vida que subrayan nuestra separación. Somos los señores de la creación, los conquistadores de la naturaleza. Todos los antiguos miedos están aún en el horizonte y nos acosan: el derrumbamiento de la civilización, el hambre, la peste, la barbarie. Nuestros sistemas políticos y económicos nos ayudan a separamos de los poderes destructivos de la naturaleza y de la naturaleza humana, de las fuerzas que surgen de nuestros miedos básicos, de la siempre presente amenaza de caos. Diversas teorías y actitudes habituales refuerzan y amplían este distanciamiento primario, especialmente los hábitos de desapego científico. y cuanto mayor es la sensación de separación respecto de la naturaleza, mayor es la necesidad de retomar a ella.

La naturaleza tiene una diversidad de significados y ha inspirado diferentes intentos de retorno. Para los racionalistas del siglo XVIII, era un sistema racional ordenado, que se reflejaba con la mayor claridad en los movimientos newtonianos de los cuerpos celestes. La naturaleza era uniforme, simétrica y armoniosa. Toda la humanidad podía conocerla por medio de la razón; constituía la base misma de la razón y del juicio estético.


Primero sigue a la Naturaleza, y enmarca tu juicio

Según su justa norma, que es siempre la misma:

Naturaleza infalible, pero divinamente brillante,

Una luz clara, inmodificada y universal.



(ALEXANDER POPE, 1711) (1)
Pero a medida que transcurría el siglo XVIII, se pasó a concebir la naturaleza con un sentido casi opuesto. Era irregular, asimétrica, inagotablemente diversa. El cambio de moda se expresó en Inglaterra, primero, a través de los jardines. En lugar de jardines formales recortados y cuidados, el paisajista trató de imitar un ideal de crecimiento natural y salvaje. Uno de los modelos del nuevo estilo se encontraba en los cuadros de escenas pastoriles; otro, en los jardines chinos:
Los autores que nos describen China nos dicen que los habitantes de ese país se ríen de las plantaciones de nuestros europeos, dibujadas con regla y cordel, porque dicen que cualquiera puede ubicar árboles en Filas iguales y Figuras uniformes. Ellos prefieren demostrar el Genio en Obras de la Naturaleza, y por eso siempre ocultan el Arte que les guía. (Joseph Addison, 1712) (2)
También hubo un cambio semejante de actitud respecto de los paisajes naturales en sí mismos. Antes, las selvas, las montañas y los lugares salvajes se consideraban desagradables y peligrosos. En el siglo XVII, los viajeros solían referirse a las montañas como "terribles", "espantosas" y "toscas". (3) Incluso a fines del siglo XVIII, para la mayoría de los europeos la tierra salvaje y no cultivada era totalmente desagradable:
"Son pocos los que no prefieren las escenas atareadas del cultivo a las mayores producciones brutas de la naturaleza", observó William Gilpin en 1791. (4) El doctor Johnson escribió de las tierras altas de Escocia que "un ojo acostumbrado a las dehesas floridas ya los frutos ondeantes es sorprendido y repelido por esta gran extensión de esterilidad desesperada". (5) El nuevo gusto por la naturaleza salvaje fue una respuesta refinada inspirada en gran medida por modelos literarios y artísticos. Así, las escenas se llamaban paisajes porque recordaban a los paisajes pintados; eran pintorescas porque parecían pinturas; eran románticas porque inducían a pensar en el mundo imaginario de las novelas, distante en el tiempo y en el espacio. A comienzos del siglo XIX, muchas personas educadas, libres de la necesidad de trabajar la tierra y alentadas por las facilidades para viajar, atribuyeron una importancia sin precedentes al hecho de visitar lugares salvajes y románticos:
En los últimos treinta años ha surgido el gusto por lo pintoresco, y ahora se considera esencial el viaje de verano [...] Mientras una de las manadas de moda emigra a la costa del mar, otra vuela a las montañas de Gales, a los lagos de las provincias del Norte o a Escocia [...], siempre para estudiar lo pintoresco, una ciencia para la cual se ha creado un nuevo lenguaje, ya la que los ingleses encuentran un nuevo sentido en sí mismos, que seguramente no poseían sus padres. (Robert Southey, 1807) (6)
Este cambio de actitud se hizo completamente explícito en los poetas románticos. A pesar de su interés por la vida de los pastores de Cumberland, William Wordsworth creía que para disfrutar de las rocas desnudas y las montañas se necesitaba educación, posición social y una práctica prolongada. Se opuso a la construcción de un ferrocarril al Distrito de los Lagos, argumentando que llenaría la zona de pobres urbanos, a los que no les servía de nada el acceso inmediato a los lagos; convenía que practicaran excursiones dominicales a los campos cercanos. (7)
A principios del siglo XIX, el gusto romántico por la naturaleza salvaje ocasionó el aborrecimiento de la interferencia humana. El intento de mejorar la naturaleza la destruía, incluso en el caso de la jardinería paisajista. El pintor John Constable escribió en 1822: "Siento aversión por el parque de un caballero. No es hermoso porque no es naturaleza ". (8) La naturaleza romántica se experimentaba mejor en solitario y parte de la atracción de lo salvaje residía en el distanciamiento del bullicio de las ciudades y de la actividad industrial. A mediados del siglo XIX, muchos consideraban que la soledad en un ambiente natural era esencial para la regeneración espiritual de los habitantes de la ciudad. Algunos lugares salvajes debían preservarse para el bien de los individuos y para la salud de la sociedad como un todo. El filósofo utilitarista John Stuart Mill, en un texto de 1848, ya parece casi moderno:
La soledad en presencia de la belleza y la grandeza naturales es la cuna de pensamientos y aspiraciones no sólo buenos para el individuo, sino que sin ellos podría enfermar la sociedad [...]. Tampoco aporta mucha satisfacción la contemplación del mundo si nada queda librado a la actividad espontánea de la naturaleza, cultivado cada pie de tierra capaz de proporcionar alimento a los seres humanos, con todos los campos floridos o praderas salvajes aradas, con todos los cuadrúpedos o aves no domesticados para uso del hombre exterminados por rivalizar con él en la búsqueda de comida, con todo arbusto o árbol superfluo desarraigado, y casi sin que quede lugar alguno donde pueda crecer una mata o una flor salvajes sin ser erradicadas como malezas en nombre de la agricultura mejorada. (9)
Sin duda, en el siglo XIX ya se planteaba el conflicto entre el desarrollo económico y la conservación de la naturaleza. Hubo incluso algunos notables triunfos conservacionistas como la preservación del Hampstead Heath en Londres, en virtud de una ley parlamentaria de 1871, culminación de una lucha amarga y prolongada contra los desarrollistas y sus intereses económicos. (10) Pero fue en Norteamérica donde la tierra salvaje adquirió sus mayores dimensiones.
LA TIERRA VIRGEN AMERICANA
Los primeros colonos de la América del Norte creían que la tierra salvaje era prácticamente ilimitada. Incluso a fines del siglo XVIII, no percibían ningún indicio de su conquista inminente por el hombre; había demasiada tierra, la daban por sentada. Parecía que en América había lugar para todos. "Muchas edades no verán las costas de nuestros grandes lagos cubiertas por las naciones mediterráneas, ni se poblarán totalmente las fronteras desconocidas de Norteamérica", escribió en 1770 un norteamericano bien informado. (11) Había tierras ilimitadas que desarrollar y ninguna idea de que la naturaleza fuera sagrada o tuviera algún valor en estado salvaje. Esa tierra generosa tenía que ser mejorada y usada por el hombre, y sólo entonces sería verdaderamente hermosa.

En América, como en Europa, se difundió un sentido romántico de la naturaleza bajo la influencia de la literatura y las artes plásticas.

Uno de sus exponentes de mayor peso fue Ralph Waldo Emerson, cuyo ensayo "Naturaleza" (1837) transmitía una nueva visión de la relación del hombre con el mundo que le rodeaba. La tierra de América expresaba el mismo espíritu vivo que el cuerpo del hombre; en lugar de tratar de imponer su propia conciencia históricamente determinada a la tierra descuidada y salvaje, los americanos podían reconocer su relación viva y viviente con ella.

Emerson tuvo una nueva visión, que aún resulta visionaria: la historia de América podía ser la historia de la reintegración a la naturaleza del hombre alienado, y no la historia de su guerra con ella.

Igual que Wordsworth, Emerson reconoció que esta actitud reverencial ante la naturaleza era poco frecuente:
A decir verdad, pocas personas adultas ven la naturaleza [...]. El amante de la naturaleza es una persona cuyos sentidos interiores y exteriores están verdaderamente armonizados; que conserva el espíritu de la infancia incluso en la época de la virilidad [...]. En los bosques [...] un hombre se desprende de sus años como la serpiente de su piel, y en cualquier período de la vida es siempre un niño. En los bosques hay juventud perpetua. En esas plantaciones de Dios reinan el decoro y la santidad, se prepara una festividad perenne, y el huésped no imagina que pueda cansarse de ellas en mil años. En los bosques volvemos a la razón y la fe. Allí siento que en la vida no puede sucederme nada -ninguna desgracia, ninguna calamidad (que no me prive de la vista)- que la naturaleza no pueda reparar. De pie sobre el suelo desnudo [. . .] las corrientes del Ser Universal circulan a través de mí; yo soy parte o parcela de Dios. (12)
En la década de 1850, la inauguración del ferrocarril y la aceleración del desarrollo económico habían convertido en mucho más accesibles las tierras vírgenes de América; ya no podía darse por sentado que existirían siempre. Un discípulo de Emerson, Henry
David Thoreau, fue uno de los primeros que sintieron la amenaza a la naturaleza virgen. Propuso en vano que cada ciudad de Massachusetts reservara 500 acres de bosque para mantenerlos salvajes para siempre. Los libros de Thoreau sobre la naturaleza continuamente contrastan las actitudes frívolas y materialistas de los hombres de ciudad con el mundo viviente que les rodea. Por ejemplo, refiriéndose a los bosques de Maine, reflexiona sobre la actitud del talador ante los grandes árboles.
El carácter de la admiración del talador se refleja en su modo de expresarse. Para explicar lo que hay en su mente, diría: "Era tan grande que lo corté y sobre el tocón podía pararse una yunta de bueyes". Admira el tronco, el esqueleto o el cadáver, más que el árbol [...]. El angloamericano puede cortar y desarraigar toda esta floresta ondulante [. . .], pero no puede conversar con el espíritu del árbol que abate, no puede leer la poesía y la mitología que se retira ante su avance. (13)
Thoreau no se Oponía a la tala, la colonización y el cultivo, pero pensaba que debían practicarse con moderación y manteniendo una relación continua con la tierra salvaje reservada en la vecindad.

Su propia experiencia de vida en los bosques, cerca de su ciudad natal de Concord, Massachusetts, no fue de retirada completa de la sociedad, ni tampoco renunció a vivir en una casa. De hecho, él era como el pionero modelo: "Tomé un hacha y fui a los bosques junto al Walden Pond, lo más Cerca de donde pretendía construir mi casa, y comencé a talar algunos altos pinos blancos de forma de flecha, todavía jóvenes, para proveerme de madera". (14) Se construyó una cabaña y plantó alubias en la tierra devastada, de la cual él mismo arrancó los tocones. Pero aunque sólo trataba de vivir en armonía con la naturaleza, estaba en continuo conflicto con las actitudes estrechamente utilitarias de sus conciudadanos. Sólo en un estado antisocial de soledad podía experimentarse la naturaleza con plena intensidad:


La indescriptible inocencia y beneficencia de la Naturaleza -del sol, el viento y la lluvia, del verano y el invierno-, esa salud, esa alegría que ellos proporcionan eternamente [. . .] ¿No habré de entenderme con la tierra? ¿No soy en parte yo mismo hojas y tierra vegetal? (15)
Esas experiencias solitarias de la naturaleza se veían realizadas por la sensación de que la virginidad misma de la tierra salvaje estaba amenazada; el culto a la naturaleza y el impulso de defenderla llegaban juntos.

El mayor de los amantes y defensores emersonianos de la naturaleza salvaje fue John Muir, fundador del Sierra Club y principal protector del Parque Yosemite. A Muir le había distanciado del cristianismo su estricta educación presbiteriana, pero no se había alejado de la religión. La encontró en la naturaleza. La tierra salvaje era una expresión de Dios, el hombre formaba parte de la naturaleza, y ésta, fuente del mundo, seguía siendo su hogar. Sus caminatas por la ardua soledad de la Alta Sierra estaban llenas de regocijo. "Tocaré a Dios desnudo", escribió mientras trepaba por un glaciar; y al almorzar corteza de pan agregó: "Comer al pie de un ventisquero un día soleado es algo glorioso y convierte en ridícula la fiesta común de carne y vino. El glaciar come colinas y rayos de sol". (16)

En 1869 (el mismo año en que Muir empezó a describir las montañas occidentales como templos de Dios al aire libre) se completó el ferrocarril transcontinental. Muir tenía la posibilidad de ser romántico en las montañas, gracias en parte a que el país estaba tan colonizado que él podía pedir o comprar comida en lugares situados a un día de caminata de la mayoría de sus campamentos en las Sierras. (17)
La tierra salvaje estaba amenazada, y la respuesta de Muir fue el intento de influir políticamente para lograr la preservación de grandes zonas como parques nacionales.

La inspiración para establecer los parques nacionales y otras reservas de tierra salvaje fue esencialmente religiosa. Pero en el espíritu secular y democrático de la legislación norteamericana, la ley que creó el primer parque nacional, Yellowstone, en 1872, declaraba que iba a ser "reservado como parque público y territorio de placer para el disfrute de las personas". (18) No se mencionaba en absoluto la tierra sagrada, pero tampoco se planteaba ningún conflicto, pues el placer y la alegría formaban parte de la religión de la naturaleza. Hacia finales de siglo, esas reservas de paisaje fueron descritas como "las catedrales del mundo moderno". (19) En una escala mayor, recordaban los bosquecillos sagrados del mundo antiguo, incluso los de Canaán.

Como los templos, las catedrales y los bosquecillos sagrados, los santuarios oficiales de la naturaleza salvaje están separados del mundo secular que los rodea, en el que prevalecen otras actitudes.

E igual que los templos, las catedrales y los bosquecillos sagrados, quienes los visitan pueden llegar como peregrinos..., o sólo como turistas.

EL POETA INTERIOR DEL CIENTÍFICO
A fines del siglo XVIII y principios del XIX, mientras crecía la influencia y la convicción de la filosofía del materialismo, los románticos se volvían hacia la naturaleza y encontraban en ella la esencia de la divinidad. El romanticismo y el materialismo crecieron juntos.




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