El renacimiento de la naturaleza



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Nadie que ve a los iconoclastas de tal modo enfurecidos contra la madera y la piedra duda de que en ellos hay oculto un espíritu que esparce muerte y no da vida, y que en la primera oportunidad también matará a seres humanos (Martín Lutero, 1525). (30)
En otros casos, la destrucción fue llevada a cabo como un programa político sistemático. En Inglaterra, desde 1536 hasta 1540, los comisionados del rey Enrique VIII disolvieron los monasterios, apropiándose de sus tesoros y sus tierras, y expulsando a monjes y monjas. También dirigieron su atención a grandes santuarios como los de Santo Tomás en Canterbury y St. Hugh en Lincoln. La cédula del rey relacionada con su visita a Lincoln era típica en sus fundamentos: "Para llevar a nuestros amados súbditos el conocimiento recto de la verdad, alejando todas las ocasiones de idolatría y superstición" y, por lo menos en el mismo nivel de importancia, "para velar porque las mencionadas reliquias, joyas y vajillas sean transportadas con toda seguridad a nuestra Torre de Londres". (31)
Los protestantes intentaban generar un cambio de actitud irreversible, erradicando la idea tradicional de que el poder espiritual penetra en el mundo natural y está particularmente presente en los lugares sagrados y en objetos materiales cargados espiritualmente. Querían purificar la religión y esa purificación suponía el desencanto del mundo. (32) Todas las huellas de magia, santidad y poder espiritual debían ser suprimidas del reino de la naturaleza; el reino espiritual quedaría confinado en los seres humanos. Incluso se negó su poder espiritual a los elementos de los sacramentos cristianos. Los reformadores sostuvieron que creer en la presencia real de Cristo en el pan y el vino consagrados de la misa era lo mismo que creer en la presencia real de los santos en sus imágenes, o creer en el poder del agua bendita, las reliquias o el suelo santificado. Todo esto era supersticioso e idolátrico. (33)
El mundo material era gobernado por las leyes de Dios e incapaz de responder a las ceremonias, invocaciones o rituales humanos; era espiritualmente neutro o indiferente, y en sí y por sí mismo no podía transmitir ningún poder espiritual. Creer otra cosa equivalía a caer en la idolatría, transfiriendo la gloria de Dios a su creación. No debía intentarse cambiar por medios religiosos el modo como operaba el mundo natural, sino aceptarlo como expresión de la voluntad de Dios. En la influyente concepción de Calvino, Dios había predestinado todos los hechos desde el principio del tiempo.
Si lo deseaba, podía irrumpir en el reino material para producir milagros y comunicarse con los seres humanos. Lo había hecho en la iglesia primitiva para difundir el Evangelio entre los paganos, pero esos días ya habían pasado, y normalmente ya no se producía ninguna intrusión de la esfera espiritual divina en la material. (34)
De este modo la Reforma sentó las bases para la revolución mecanicista que se produjo en la ciencia en el siglo siguiente. La naturaleza ya estaba desencantada, y el mundo material separado de la vida del espíritu; la idea de que el universo no era más que una vasta máquina concordaba con este tipo de teología, lo mismo que la reducción del reino del alma a una pequeña región del cerebro humano. En adelante era posible separar los dominios de la ciencia y la religión: la ciencia se quedaba como territorio propio con toda la naturaleza, incluso el cuerpo humano; a la religión le correspondían los aspectos morales y espirituales del alma humana. Los reyes Ezequías y Josías habían establecido precedentes para la desacralización protestante, pero con propósitos muy distintos. No intentaban estigmatizar la idea de que ciertos lugares y momentos podían ser sagrados, ni negar la importancia de los sacrificios y las festividades; trataban de centralizar la religión judía en la ciudad. Querían realzar la santidad de Jerusalén en general, y del templo en particular. Tampoco la desacralización de los antiguos lugares santos por los misioneros católicos romanos representaba un ataque a la santidad de la tierra; pretendía que los lugares santos fueran cristianos y no paganos, y a menudo se hicieron cargo de los antiguos.

Los iconoclastas protestantes se marcaron una meta diferente: no deseaban la sustitución de una clase de lugar santo por otra, sino la abolición de todos. En el mejor de los casos, todo era sagrado; en el peor, no lo era nada. Prevaleció el peor. y aunque el mundo no fue desacralizado sólo por el fervor de la fe protestante, la Reforma contribuyó a desencadenar fuerzas que desde entonces han acelerado este proceso.


EL PODER CRECIENTE DE MAMMÓN
Algunos de los iconoclastas protestantes comprendieron que la destrucción de los ídolos externos no bastaba: siempre surgirían más en el lado de adentro, Para Calvino, ésta era una mácula fundamental de la mente humana: "Sin duda, así como el agua fluye de una fuente vasta y abundante, de la mente humana fluyen una multitud inmensa de dioses". (35) La batalla contra los ídolos no se podía ganar limitándose a destruir las imágenes. En el mundo desacralizado, el más poderoso de los ídolos era Mammón. En el Nuevo Testamento personificaba la riqueza; en la Edad Media se convirtió en el demonio de la codicia comercial. El mayor de los poetas puritanos, John Milton, lo describió como un ángel caído:
[. . .] incluso en el cielo sus ojos y sus pensamientos Siempre se dirigían hacia abajo, admirando más

La riqueza del pavimento del Cielo, Oro batido, 16


Qué otra cosa divina o santa, disfrutada

En su visión beatífica: por él también los primeros

Hombres, enseñados por su sugestión,

Escudriñaron el Centro, y con manos impías

Saquearon las entrañas de su madre Tierra

En busca de Tesoros más ocultos. Pronto la horda

Abrió en la Colina una gran herida

y excavó en las Vetas de Oro.



(Paradise Lost, Libro I, 680-90)
Mucho más antigua que la concepción cristiana de Mammón es la diosa sumero- babilonia Mammetun, la Madre de los Destinos. Quizá su nombre tenga la misma raíz lingüística que nuestras palabras mama, mamario, mamífero y madre. y Mammón podría ser una forma masculina del nombre de la diosa arcaica cuyos senos generosos eran la fuente de la abundancia. (36) La apropiación de sus dones por los hombres era diabólica, y Mammón fue un demonio masculino. En la India todavía se cree que la riqueza fluye de una diosa, Lakshmi, a menudo representada vertiendo chorros de monedas de oro de sus dos inagotables vasos de abundancia. En la antigua Roma, el dinero se acuñaba en el templo de Juno Moneta, la Gran Madre en su aspecto de consejera y amonestadora. (37) De su nombre derivan nuestras palabras moneda y monetario.
El dinero tiene muchos aspectos metafóricos. Las monedas de oro eran como pequeñas imágenes del sol. Pero el dinero moderno está más vivo, lleno de un espíritu que alienta, sujeto a inflación y deflación. La moneda es también "corriente", y su flujo anima la economía. Igual que la sangre, circula. Los activos monetarios son "líquidos". Como una ubre o un seno que da leche, la economía funciona sobre la base de la oferta y la demanda; satisface las demandas de los consumidores. E, igual que una mujer, su conducta es cíclica. El dinero es una creación humana, y también lo es la economía que lo genera, pero ha adquirido una vida propia. Son más bien las fuerzas económicas y no las fuerzas naturales las que han llegado a dominar nuestras vidas, y el poder que reina en nuestro mundo es Mammón.
LA DESACRALIZACIÓN FINAL
El espíritu racionalista con el que los reformadores protestantes atacaron las prácticas de la religión tradicional no había sido generado por sus propias creencias. Éstas dependían de la fe y de la autoridad de la Escritura. Pero una vez abiertas las puertas al escepticismo y la iconoclasia, éstos no se detuvieron. El humanismo secular llevó la Reforma a su extremo, dirigiendo la crítica protestante hacia la propia fe protestante. En esta segunda revolución, la devoción a las palabras de la Biblia en sí se convirtió en una forma de idolatría. ¿Qué razón existe para aceptar su autoridad? En cuanto a Dios, ¿por qué no sería, como otros dioses, un fantasma de la mente humana? Los hombres cuya religión se fundaba en una protesta contra la fe irracional de otras personas estaban mal preparados para defender una fe propia, tampoco razonada. Esta última reforma, la protesta contra el protestantismo, deja al hombre como fuente de todas las diosas y dioses, amo de la naturaleza desacralizada, único ser racional consciente en un mundo inanimado. Para el humanismo secular, nada es sagrado, salvo la vida humana. Por cierto, el humanismo puede transformarse fácilmente en una religión que glorifica al hombre y sus obras maravillosas. Pero el espíritu de negación no estará muy lejos: ¿por qué tendría que ser sagrado el hombre? El hombre no es más que otras especie echada al mundo por las fuerzas ciegas de la evolución, y sin duda condenada a extinguirse como los dinosaurios. En última instancia, nada en absoluto es sagrado.
Los resultados son desastrosos. La desacralización del mundo ahora parece aterradoramente destructiva, incluso a los ojos de muchos humanistas. Necesitamos recuperar un sentido de losagrado. El siguiente es un signo de la época, un informe que apareció en Nature, el 1 de febrero de 1990, bajo el encabezamiento de "Cambio global":
El astrónomo Carl Sagan y otros 22 renombrados investigadores eligieron el lugar más inverosímil -Moscú- para exhortar a los líderes religiosos del mundo a unirse a los científicos en la protección del ambiente global. El llamamiento se realizó en una reciente conferencia sobre el ambiente y el desarrollo económico, que atrajo a más de mil líderes religiosos, políticos y científicos de 83 naciones.
Paradójicamente, Sagan viajó a la Uníón Soviética, oficialmente atea, para anunciar "una dimensión tanto religiosa como científica " de los problemas del cambio global. Incluso más notable es que la conferencia fue auspiciada por la Academia de Ciencias de la URSS, y también por la Iglesia Ortodoxa Rusa.
Anunciaban que "Ios esfuerzos tendientes a salvaguardar y apreciar el ambiente necesitan que se les infunda una visión de lo sagrado". Entre quienes respaldaron esa posición cabe destacar al físico Hans Bethe, al biólogo Stephen Jay Gould y al ex presidente del MIT, Jerome Weisner.
Este llamamiento alcanzó sin duda a una audiencia global. Junto con otras partes de la reunión de cinco días, fue el primero televisado vía satélite provisto conjuntamente por las redes de comunicación de Oriente y Occidente [. . .] y llegó a más o menos 2000 millones de personas de 129 países. Después de esta conferencia, más de un centenar de líderes religiosos se unieron para difundir esta iniciativa de los científicos como "un momento y una oportunidad únicos en la relación entre la ciencia y la religión". (38)

CAPÍTULO 2


La conquista de la naturaleza y el sacerdocio científico
EL DOMINIO DEL HOMBRE SOBRE LA NATURALEZA
Después de crear al hombre y a la mujer, "los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra" (Génesis 1:28). Se suele considerar que este pasaje, y otros textos bíblicos similares, están en la raíz de la destrucción del ambiente realizada por la civilización industrial moderna. (1) Pero esta concepción es demasiado simple: el problema es mucho más profundo. Por ejemplo, los antiguos griegos tenían una visión de la naturaleza que resultaba incluso más antropocéntrica que la de los judíos. En su Poética, Aristóteles ofrece el resumen siguiente del orden de la naturaleza:
La propiedad, en el sentido de un puro estar vivo, parece ser otorgada por la naturaleza misma a todos, tanto cuando nacen como cuando han crecido […] Podríamos inferir que después del nacimiento de los animales las plantas existen para ellos, y que los otros animales existen para el hombre, los domésticos para uso y comida, y los salvajes, si no todos por lo menos la mayor parte de ellos, para comida y para la provisión de vestidos y diversos instrumentos. y entonces, desde cierto punto de vista el arte de la guerra es un arte natural de la adquisición, pues el arte de la adquisición incluye la caza, un arte que debemos practicar contra las bestias salvajes y contra los hombres que, aunque destinados por la naturaleza a ser gobernados, no se someten; pues una guerra de esa clase es naturalmente justa. (2)
La adquisición de propiedad, incluso de esclavos, se justifica explicitando la relación entre la caza y la guerra, uno de los modos recurrentes en que el dominio sobre la naturaleza se asocia estrechamente con el dominio sobre otras personas. Aunque las sociedades paleolíticas de cazadores-recolectores parecen haber vivido en mayor armonía con la naturaleza que las sociedades agrícolas o urbanas, provocaron cambios importantes en sus ambientes. En Asia sudoriental, el Homo erectus habría cazado ciertas especies de primates hasta extinguirlas y quizás haya cambiado para siempre los hábitat y las poblaciones de especies como el orangután y el panda. (3) En Europa y las Américas, los seres humanos pueden haber sido responsables de la extinción de muchas especies de mamíferos hace unos diez mil años (por ejemplo, el armadillo gigante de América del Sur, el mamut del norte de Europa y el hipopótamo enano de Chipre), sea por la caza excesiva o por la destrucción del ambiente. (4) Algunos cambios ecológicos a gran escala de los tiempos prehistóricos parecen derivar de actividades humanas, incluso la quema deliberada de grandes regiones forestales y praderas. Gran parte de la desertificación del mundo podría haber sido agravada por las actividades del hombre prehistórico.
El impulso tecnológico y de transformación del mundo que nos rodea, la remodelación de la naturaleza en formas que reflejan las culturas y los mitos humanos, parecen ser tan innatos del hombre como el lenguaje y el empleo de herramientas y fuego. También debemos recordar que todos los organismos vivos afectan en diversos grados a su ambiente: las plantas en general son responsables del oxígeno en la atmósfera; las selvas inciden en el clima; los árboles producen sombra debajo de ellos, impidiendo el crecimiento de otros vegetales; los animales compiten por comida, y algunos producen cambios ecológicos dramáticos, como por ejemplo los castores con sus presas o las nubes de langostas hambrientas que todo lo devoran. Las culturas difieren por la fuerza de su impulso hacia el dominio y el sentido conservador de parentesco con el mundo natural.
Pero toda la historia humana -desde las épocas del dominio del fuego, la fabricación de las primeras herramientas, el primer empleo de los metales, la primera domesticación de animales y plantas, la construcción de las primeras ciudades- ha involucrado, en grados diversos, el dominio del hombre sobre la naturaleza. Lo singular del mundo moderno no reside en el poder humano en sí, ni en el carácter único atribuido a la humanidad, sino en el gran aumento del poder humano. Las justificaciones mitológicas, teológicas y filosóficas del poder humano sobre el mundo natural no son un rasgo exclusivo de la civilización moderna o de la tradición judeo-cristiana: las encontramos en todas partes. Lo mismo ocurre con las concepciones antropocéntricas de la relación del hombre con la naturaleza. Incluso la imaginería heroica de la conquista de la naturaleza por el hombre, tan importante en la ideología moderna del progreso, tiene precedentes antiguos. El arquetipo del héroe que conquista la naturaleza salvaje ya aparece en el mito babilonio de Marduk triunfante sobre Tiamat, el monstruo de las profundidades; en el triunfo del dios egipcio Horus sobre el hipopótamo; en los triunfos de Perseo sobre la Gorgona, de Apolo sobre la serpiente pitón, y de San Jorge sobre el dragón.
El reciente incremento del poder tecnológico no se puede explicar simplemente por una creencia específicamente judeo-cristiana en el derecho del hombre a someter la tierra y dominar a las otras criaturas. En realidad, los judíos no construyeron la civilización más avanzada desde el punto de vista técnico, ni superaron a los otros pueblos en su ambición de dominar a la naturaleza. En este sentido, fue mucho más lo que lograron los egipcios, los sumerios, los babilonios, los persas, los griegos y los romanos. La mayoría de las culturas cristianas tampoco destacaron por sus logros técnicos. Etiopía, por ejemplo, ha sido cristiana durante muchos siglos más que la Europa occidental, pero no ha deslumbrado a toda Africa con su brillo científico o técnico. Por otra parte, las civilizaciones de Bizancio y la Europa medieval, a pesar de sus logros artísticos y técnicos, no tuvieron mucho más poder sobre la naturaleza que las civilizaciones contemporáneas de la India o China, con sus muy diferentes sistemas religiosos y filosóficos.
Como hemos visto, la aceleración relativamente reciente del dominio tecnológico arraiga en la revolución científica del siglo XVII, que por su parte creció en el fermento del Renacimiento y la Reforma. La diferencia residió en la gran intensificación de la ambición de dominar y controlar la naturaleza, en un modo de tratar al mundo natural como si no tuviera valor intrínseco ni vida propia y en la demolición de las restricciones tradicionales al conocimiento y el poder humanos.
No está muy lejos la vívida imagen de la conquista europea de América. El oro y las riquezas fabulosas estaban allí al alcance de la mano; los pueblos nativos fueron saqueados, violados, masacrados, infectados, esclavizados, desposeídos. Sus lugares sagrados fueron desacralizados y su sentido de conexión espiritual con la tierra fue rechazado como una superstición pagana. El propio Cortés describió claramente el espíritu con que se inició esta empresa. En una carta al rey de España le comentó que sus camaradas conquistadores de México no estaban "muy contentos con [las nuevas reglas impuestas por España] en particular las que los obligaban a echar raíces en la tierra, pues todos, o la mayoría de ellos, tenían la intención de actuar como lo habían hecho con las primeras islas pobladas, a saber: vaciarlas, destruirlas y después abandonarlas". (5)
El éxito de la conquista de América no dependió sólo de la valentía, la codicia y el sentido de superioridad religiosa de los europeos, sino también de su más poderosa tecnología, en la cual las armas de fuego no eran lo menos importante. La nueva visión de la conquista se desarrolló en el contexto de la violenta ampliación del dominio europeo sobre las Américas, y finalmente sobre la mayor parte de la faz de la tierra.
SUEÑOS DE PODER: EL TRUEQUE FÁUSTICO
Uno de los rasgos más sorprendentes de la revolución científica es que se haya producido en un clima intelectual influido por la alquimia, la magia, el misticismo y un difundido miedo a la brujería. (6) Desde el principio del siglo XVI se despertó un interés creciente por los poderes mágicos y los sistemas complejos de magia simpática, que incluyó una revitalización de la tradición hermética, atribuida a las enseñanzas mágicas secretas del antiguo Egipto. (7) La figura que epitomó la búsqueda de poder humano fue el doctor Fausto. El primer libro de Fausto se publicó en Alemania en 1587, exactamente un siglo antes de los Principios de Newton. Fausto se anticipó al nacimiento de la ciencia mecanicista; era un mago, pero corporizaba el deseo de conocimiento y poder ilimitados que desempeñó una parte tan importante en la revolución mecanicista, y sigue siendo esencial del espíritu de la ciencia hasta el día de hoy.
El doctor Fausto ha sido tema de decenas de obras de teatro, poemas y novelas, y su cambiante fortuna reflejó el también cambiante espíritu de los tiempos. (8) A principios del siglo XIX, Fausto ya no podía ser condenado por desear un conocimiento y un poder sin límites; para el espíritu progresista de la época, había que pensar que esa lucha era buena, no mala. En el Fausto de Goethe (1808) los términos del contrato con el diablo cambiaron en consecuencia.
Fausto no iba a ser llevado al Infierno al cabo de un período determinado, a menos que se cansara de su incesante búsqueda, si dejaba de estar insatisfecho. Finalmente él sucumbe a un momento de satisfacción, e imagina que le puede decir al instante que huye "quédate instante, eres muy hermoso". Pero después de una breve lucha con los demonios que vienen a reclamarle, es salvado y conducido a los cielos en un verdadero estilo barroco.
En Frankenstein: Or the Modern Prometheus, de Mary Shelley (1818), Fausto se encarna de un modo más moderno. También Frankenstein es impulsado por el deseo de un poder divino. Quiere crear vida. Pero el castigo para su orgullo y presunción ya no le es impuesto por los demonios ni tampoco puede ser salvado por los ángeles. Es destrozado por el monstruo de su propia creación. El espíritu de Frankenstein sigue viviendo, no sólo en las películas de terror y en las fantasías de los ingenieros gen éticos. Hemos creado muchos monstruos que amenazan con destruirnos, entre los cuales las armas nucleares no son los menos importantes. Las más poderosas de todas las creaciones humanas son las bombas de hidrógeno, dispositivos de transmutación dignos de su herencia alquímica, basados en un matrimonio del sol y la tierra. La energía de tipo solar liberada por la fusión de los átomos del elemento más liviano, el hidrógeno, es detonada por la fisión de uno de los elementos más pesados, el plutonio, cuyo nombre deriva del dios del sub mundo. Los aspectos fáusticos y frankensteinianos de la empresa científica nunca han estado muy por debajo de la superficie de nuestra conciencia. A veces se vuelven explícitos. Por ejemplo, hace pocos años, en Gran Bretaña, los ministros del gobierno defendieron el poder nuclear y las armas nucleares aduciendo que representaban un "trueque fáustico" en el que era imposible volverse atrás. Quizá sea así o quizás el trueque fáustico sea fundamental para todo nuestro sistema científico, tecnológico e industrial.
FRANCIS BACON Y EL SACERDOCIO CIENTÍFICO
El mayor profeta de la conquista de la naturaleza fue Francis Bacon. Su meta consistía en "esforzarse para establecer el poder y el dominio de la raza humana en sí sobre el universo". Tenía plena conciencia de las prohibiciones tradicionales contra la ambición desmesurada, el miedo popular a la hechicería y la condena del doctor Fausto. Necesitaba desterrar el miedo, la culpa y el sentido del mal tradicionalmente asociados con este deseo de poder ilimitado.

Bacon era abogado por formación y profesión, su capacidad y su ambición le permitieron llegar a la posición de Lord Canciller, el más alto funcionario jurídico de Inglaterra. Al presentar su visión del dominio de la naturaleza, Bacon tenía que refutar los argumentos de quienes creían que esas ambiciones eran satánicas. Se trataba de una tarea difícil y para realizarla se valió de su extraordinaria aptitud argumentativa .


Equiparó el dominio de la naturaleza con la designación por Adán de todos los animales (Génesis 2:19-20), en la cual la mujer no tomó parte, puesto que se realizó antes de la creación de Eva. De ese modo se puede considerar el dominio tecnológico de la naturaleza como una recuperación del poder otorgado por Dios al hombre, y no como algo nuevo. Al mismo tiempo, trazó una distinción ingeniosa entre el conocimiento inocente de la naturaleza, que estaba más allá del bien y del mal, y la moral, en la cual el hombre debe someterse a los mandamientos de Dios. Al hacerlo estableció la diferenciación de hechos y valores que nos resulta tan familiar hoy en día:
No fue ese conocimiento puro e incorrupto, por el cual Adán dio nombre a las criaturas según su propiedad, lo que le significó la ocasión de caer. Fue el deseo ambicioso y orgulloso de conocimiento moral para juzgar el bien y el mal, con el objeto de que el hombre pudiera rebelarse contra Dios y darse leyes a sí mismo, lo que constituyó la forma y la manera de la tentacíón. (9)
¿Creía sinceramente Bacon en esta división entre el "conocimiento natural" y el "conocimiento moral"? ¿O éste era sólo un hábil argumento de abogado? No podemos saberlo con seguridad, pero ciertamente parecía confiar en que utilizaríamos bien y sabiamente nuestro conocimiento de la naturaleza: "Permitamos que la raza humana recupere ese derecho sobre la naturaleza que le pertenece por legado divino; su ejercicio será gobernado por la sana razón y la verdadera religión". (10) Considerando los hechos retrospectivamente, sabemos que se equivocó. Piénsese, por ejemplo, en la actual devastación de la selva amazónica, convertida en realidad por la tecnología y la fe baconiana en el derecho del hombre a dominar la naturaleza. La sana razón y la verdadera religión no se manifiestan de ninguna manera y nada podría estar más lejos del ejercicio inocente del derecho, otorgado por Dios al hombre, de dar nombre a las criaturas vivas. Incontables especies están siendo aniquiladas, sin que se las conozca y sin recibir ningún nombre.



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