El renacimiento de la naturaleza



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Hombres y mujeres vivían en armonía. No había enfermedad ni lucha. El poeta romano Ovidio describió el modo como en esa edad las personas del mundo vivían en ciudades sin fortificar; disfrutaban de una existencia ociosa y pacífica, sin armas, espadas ni soldados, que eran innecesarios.
Y la Tierra, imperturbada,

Sin el acoso del azadón ni la reja de arado, engendraba todo Lo que los hombres necesitaban, y estos hombres eran felices, Recogiendo bayas de las laderas de la montaña, Cerezas o frambuesas, y bellotas comestibles; La primavera era eterna y una brisa del oeste soplaba Suavemente entre las flores que ningún hombre había plantado, y la tierra, nunca labrada, producía granos con generosidad; el campo Era tornasolado y enjalbegado por el trigo, y había ríos De leche, ríos de miel y néctar dorado Goteaba de los robles verde oscuro. (Metamorfosis, Libro 1 (14)


Poetas romanos como juvenal unieron esta nostalgia al anhelo de huir de los males de la ciudad, y Virgilio pensó en pasar su vejez "entre corrientes familiares y fuentes sagradas". (15) En los idilios de la poesía pastoril, la naturaleza ya había sido sometida: las manadas pastan pacíficamente, libres de lobos y otros predadores; los bosques oscuros han sido talados y en su lugar hay campos fértiles; la vida salvaje ha dado paso a huertos y jardines. La naturaleza es tranquila, bondadosa y nutriente, como una esposa ideal.

Esas visiones de la Edad de Oro tienen un atractivo eterno. Lo mismo que Ovidio, nosotros contrastamos la paz de los primeros tiempos con la lucha que experimentamos actualmente; en las sociedades "primitivas" observamos un modo armonioso de vivir que hemos perdido -y que esas sociedades también están perdiendo rápidamente bajo la influencia de nuestra civilización-. A millones de habitantes modernos de las ciudades, la vida les resulta más tolerable porque esperan retirarse al campo, pasar un fin de semana en un ambiente rural u olvidarse de todo durante las vacaciones. Los viernes por la noche se producen atascos en las vías de salida de las grandes ciudades del mundo occidental. "En la naturaleza" se puede encontrar algo que muchos de nosotros sentimos necesario.


Oh, hay una bendición en esta suave brisa,

Visitante que mientras abanica mi mejilla

Parece algo consciente del goce que trae

Desde los campos verdes y del cielo azulado.

Sea cual fuere su misión, a nadie la suave brisa encontrará

Más agradecido que a mí; huyo

De la vasta ciudad, en la que durante mucho tiempo desfallecí

Como morador descontento.

(WILLIAM WORDSWORTH, The Prelude, Libro 1, versos 1-8)
Los moradores descontentos de las ciudades tienen una sensación del poder de la naturaleza diferente de la de quienes viven mucho más cerca de ella. Las tormentas y sequías, las enfermedades, los animales salvajes, los peligros de la oscuridad, el bosque y el desierto son demasiado reales para quienes viven fuera de la seguridad relativa de pueblos o ciudades. Nuestro miedo a la naturaleza salvaje, sin domesticar, nutre el deseo de someterla, un deseo por lo menos tan viejo como la civilización.
EL TRIUNFO DE LOS DIOSES
La antigua imagen de la Edad de Oro, por lo general considerada una fantasía mítica o poética, recientemente ha ganado un nuevo crédito como resultado de la investigación arqueológica en el sur de Europa y en Turquía. Ahora se considera que los asentamientos agrícolas de Europa datan de unos siete mil años a.C. Durante varios miles de años, esas sociedades agrícolas primitivas vivieron en asentamientos confortables y por lo general no fortificados, rindiendo culto a diosas y fabricando soberbias piezas de cerámica en vez de armas. (16) Pero entre el 4000 y el 3500 a.C., este modo de vida pacífico fue quebrantado por olas de invasores cuyos dioses guerreros destronaron a las antiguas diosas, reduciéndolas a la condición de esposas, hijas y consortes de los nuevos panteones dominados por los hombres. El patriarcado y la dominación masculina reemplazaron al antiguo y más armonioso orden social. (17) Mientras tanto, en el Próximo Oriente, las antiguas sociedades que rendían culto a diosas fueron análogamente dominadas por ciudades-estado fortificadas e imperios guerreros. Prevalecieron violentos dioses del cielo, seres vengativos que enviaban rayos, inundaciones, sequías, hambre; los destructores de ciudades. (18) Lo mismo sucedió en la India, donde antiguas sociedades agrícolas relativamente pacíficas fueron conquistadas por los guerreros invasores arios, con sus dioses del cielo y sus caballos.
La pauta se repitió a menudo.

Desde un punto de vista feminista, ésta parece la prueba histórica de que nuestros males provienen de la dominación masculina. También da sustento a la esperanza de que las cosas podrían ser de otra manera; existió realmente un tipo diferente de sociedad, y podría volver a existir si reemplazamos los valores de la dominación y el patriarcado por los valores de la asociación y la Diosa. (19)


No obstante, la revolución neolítica dio origen a dos tipos de sociedad muy distintos: la sociedad agrícola gregaria y la sociedad pastoril nómada o seminómada. Incluso si pensamos en los primeros miles de años de la agricultura como una Edad de Oro para los pueblos asentados, la verdad es que los pastores llevaban al mismo tiempo una existencia mucho más cómoda, al borde del desierto y en las estepas. Los pastores, que eran esencialmente cazadores amansados, por lo general rendían culto a dioses del cielo, eran patriarcales y valoraban la fuerza, el valor y la firmeza masculinas. Las primitivas sociedades agrícolas coexistieron con estos grupos nómadas y en muchos casos mantuvieron una relación simbiótica con ellos. Pero de algún modo, los pastores triunfaron sobre las culturas pacíficas femeninas de las personas asentadas. Ellos podían transformarse fácilmente en guerreros, dando caza y matando a seres humanos en lugar de animales salvajes. Podían dominar y esclavizar a otros hombres, del mismo modo que controlaban sus rebaños. El triunfo de los guerreros se reflejó en nuevos mitos. En un inicio, la Madre primordial era la fuente de todas las cosas. Era la Virgen Madre; no necesitaba de ningún dios para concebir y todos los dioses descendían de ella. Por ejemplo, según uno de los primitivos mitos griegos de la creación, al principio la Madre Tierra (Gea) emergió del caos. Mientras dormía engendró a Urano, el dios del cielo, que fue a su vez su hijo y su amante; mirándola desde arriba, él hizo caer una lluvia fértil sobre sus grietas secretas y ella engendró hierba, flores y árboles, y produjo las aves y las bestias. (20) El gran santuario y oráculo de Gea estaba en Delfos, el centro del cosmos. Pero su nieto, Apolo, mató a la gran serpiente pitón de Delfos y usurpó el altar de Gea. No obstante, Gea siguió siendo la fuente del poder profético y su sacerdotisa, la pitonisa, continuó profetizando en el templo de Apolo.
En las antiguas historias babilónicas de la creación, la diosa primordial Tiamat era el vacío informe, la matriz profunda y oscura de la que provenía el universo; ella había engendrado al mundo por sí misma. Originalmente, Marduk era su hijo. Pero después Marduk se convirtió en el dios creador, y mató a Tiamat, descrita entonces como el dragón del caos. Él le aplastó el cráneo, le partió el cuerpo como si fuera una ostra y los vientos obedientes barrieron la sangre.
Al dividirla en dos, el dios creó el firmamento de los cielos y el cimiento de la tierra. En el primer capítulo del libro del Génesis, la Madre primordial es de nuevo el vacío informe, el abismo oscuro y líquido. A diferencia de Marduk, Dios no luchó con ella: "Y la Tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas" (Génesis 1:2). Pero igual que Marduk, primero creó dividiendo -la luz de la oscuridad, el día de la noche, las aguas de arriba de las aguas de abajo, los cielos de la tierra y la tierra seca del mar-. Tanto la tierra como el mar siguieron siendo poderes fértiles, creadores, de la Madre. Al llegar al momento de la creación de las plantas, Dios evocó esos poderes, sin intentar esa creación personalmente. Las plantas recibieron su forma y fueron engendradas por la Madre Tierra:
Dios dijo: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que dé frutos según su género, que su semilla esté en él sobre la tierra. y fue así. Produjo pues la tierra. . .

(Génesis 1: 11-12)


De modo análogo, la tierra produjo los animales terrestres, y el mar las criaturas y aves

de las aguas. En la terminología teológica, éste no fue un modo de creación directa, sino



"mediado". (21)
Aunque la tradición judeo-cristiana siempre ha subrayado la supremacía del Dios masculino, la Madre Tierra conservó durante muchos siglos algo de su antigua autonomía. Los judíos tenían prohibido rendir culto a las antiguas diosas, pero sin embargo la Tierra Santa siguió siendo sagrada y femenina, y la misma Jerusalén era la desposada de Dios. Durante toda la Edad Media, los cristianos siguieron considerando a la naturaleza como animada y maternal.
La supremacía completa del Padre no quedó establecida hasta la Reforma Protestante en el siglo XVI, con la supresión del culto a la Santa Madre y la desacralización del mundo natural. Este proceso fue llevado a sus últimas consecuencias en el siglo XVII, cuando la naturaleza se convirtió en una simple materia inanimada en movimiento, creada por Dios y mecánicamente obediente a sus leyes eternas. La naturaleza dejó de ser reconocida como Madre, y también de ser considerada viva. Se convirtió en la máquina del mundo, y Dios en el ingeniero todopoderoso.
Paradójicamente, la idea de que la naturaleza funcionaba de modo mecánico y automático convertía a Dios en algo cada vez más superfluo, ya finales del siglo XVIII estaba desapareciendo de la cosmovisión científica. Con el subsiguiente desarrollo del ateísmo, se consideró que la naturaleza sola era la fuente de todas las cosas. Por cierto, para explicar la creatividad del proceso de la evolución era necesario atribuirle cada vez más libertad y capacidad creadora. Para el materialista moderno, la naturaleza o la materia es la fuente de todo; de ella surge la vida ya ella retorna. Quizá ya no sea venerada, pero ha asumido algunas de las propiedades fundamentales de la Gran Madre. Así como alguna vez se pensó que los dioses descendían de la Madre primordial, a los ojos del materialista moderno ellos descienden de la materia. A partir de los procesos ciegos de la evolución surgieron las mentes humanas y a partir de las mentes humanas, por un proceso de proyección psicológica, aparecieron los dioses.
LA PÉRDIDA DEL MUNDO SAGRADO
Hoy en día vivimos en un mundo desacralizado. Desde luego, ciertas festividades estacionales, como la Pascua y Yom Kippur, conservan todavía una significación religiosa para los creyentes, lo mismo que ciertos lugares como Lourdes y La Meca, o ciertos animales o plantas, como las vacas y la higuera para los hindúes. Pero en la cosmovisión científica, nada respalda esas ideas de sacralización. Son supervivencias de épocas anteriores.
Desde el punto de vista convencional moderno, nuestros antepasados, lo mismo que los pueblos primitivos de todo el mundo, eran incapaces de ver la naturaleza tal como es -un sistema físico inanimado, sin propósito-, porque proyectaban sobre ella sus propias esperanzas, temores y fantasías. Fueron víctimas de la falacia patética, al atribuir a objetos inanimados las características de criaturas animadas. Llenaron el mundo que les rodeaba con diosas, dioses, espíritus, almas y poderes no humanos; dotaron lugares y momentos especiales de una significación mística debido a sus hábitos de pensamiento primitivos, animistas y supersticiosos. Esos procesos fueron alentados y explotados por los chamanes, sacerdotes y magos, cuyo poder aumentaba con la ignorancia y la superstición. Pero gracias a los progresos de la ciencia y al desarrollo de la comprensión racional, ahora sabemos que la naturaleza no puede ser influida por hechizos y encantamientos, ni por rituales o ídolos grotescos. Más bien es gobernada por leyes impersonales que operan de modo uniforme en todo momento y en todo lugar. También pueden suceder muchas cosas por azar, pero esos acontecimientos fortuitos no tienen nada que ver con la actividad de espíritus o con intervenciones divinas. La magia o las fuerzas místicas no nos proporcionan ningún poder sobre la naturaleza, ni podemos esperar milagros, Lo que sí podemos hacer es lograr un dominio creciente mediante la cienciay la tecnología.
Estas opiniones familiares -las doctrinas del humanismo secular- están estrechamente relacionadas con la teoría mecanicista de la naturaleza que ha prevalecido en el pensamiento científico desde el siglo XVII. No obstante, el proceso de socavar la sacralidad de la naturaleza en realidad empezó mucho antes. Ya había avanzado mucho en la Europa del norte como resultado de la Reforma Protestante en el siglo XVI. Esa revolución religiosa no sólo contribuyó a preparar el camino para el desarrollo de la ciencia moderna, sino que también proporcionó un ambiente favorable para el crecimiento de la tecnología y la aceleración del desarrollo económico. (22) Los valores religiosos tradicionales ligados a ciertos lugares, plantas y animales fueron reemplazados por valores materiales. Todavía observamos este conflicto de actitudes cuando los pueblos indígenas luchan (por lo general sin éxito) para salvar sus lugares sagrados de la explotación minera y otras formas de desarrollo económico y, más cerca de nosotros, en los conflictos reiterados entre conservacionistas y desarrollistas.
La Reforma supuso el empequeñecimiento del reino espiritual; retiró el espíritu de las operaciones de la naturaleza. El reino del espíritu se concentró en el interior de los seres humanos; el resto del mundo natural era sólo un telón de fondo del drama espiritual humano. El moderno humanismo secular ha abandonado desde luego la creencia en la vida después de la muerte, pero la mayoría de sus rasgos esenciales derivan de la tradición protestante, incluso su actitud ante la naturaleza.
A pesar de esto, en muchos de nosotros persiste una vaga sensación de la sacralidad de la naturaleza, una nostalgia inexpresada. El deseo difundido de volver a la naturaleza, o bien la necesidad de encontrar inspiración en el campo o en lugares salvajes intactos proviene de este sentido residual de lo sacro -ahora fragmentado y desarticulado--. En las sociedades tradicionales existe un reconocimiento colectivo de lugares y tiempos sagrados, y un marco mítico que les da su significación. Pero la vida secular moderna ha dejado atrás esas creencias; privados de la posibilidad de expresarse en formas religiosas, esos sentimientos se experimentan con mayor intensidad en la soledad. Son "meramente subjetivos", en el sentido de que no corresponden a nada existente en el mundo físico inanimado de la teoría científica; tampoco se pueden reconocer colectivamente por medio de ceremonias y observancias apropiadas. Pueden categorizarse como "poéticos", "románticos", "estéticos" o "místicos". Pero como tales sólo forman parte de nuestras vidas privadas.

LAS BUENAS RAZONES DE LA DESACRALIZACIÓN


En los lugares sagrados, lo espiritual y lo físico se experimentan juntos. Los lugares sagrados son aperturas entre el cielo y la tierra o entre la superficie de la tierra y el sub mundo; son lugares en los que se cruzan diferentes planos o niveles de experiencia. En la antigua Palestina, como en muchas otras partes del mundo, ciertos megalitos o piedras levantadas eran vías de acceso de este tipo. Una de esas piedras, en un ámbito salvaje y desolado, era venerada por los judíos en Bet-el. En ese lugar se decía que Jacob había soñado con la escalera que llegaba hasta el cielo y por la que ascendían y descendían ángeles. Desde lo alto de la escalera, Dios le habló: "La tierra en que estás acostado te la daré a ti ya tu descendencia "

(Génesis 28: 13). Cuando Jacob despertó, dijo:


"Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía." Y tuvo miedo y dijo. "¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que la casa de Dios y la puerta del cielo". Y se levantó Jacob de mañana, tomó la piedra que había puesto de cabecera y la alzó como pilar sagrado. Y derramó aceite encima de ella. (Génesis 28: 17-18)
No podemos saber si éste era un lugar sagrado a causa de la experiencia que Jacob tuvo en él o si tuvo allí su visión porque ya se trataba de un lugar especial de poder; tampoco sabemos si esta historia no tenía la finalidad de explicar el hecho de que allí se rendía culto y se practicaban sacrificios desde tiempo inmemorial.
Cuando los judíos entraron en la Tierra Prometida como pastores guerreros, la región ya estaba habitada por cananeos, filisteos y otros pueblos. Cuando se asentaron y adoptaron un modo agrícola de vida, asimilaron en su religión las festividades agrícolas locales, lo mismo que muchos antiguos lugares de poder tales como pozos de agua sagrados -por ejemplo en Beersheba (Génesis 26: 24) y la encina y los terebintos sagrados- por ejemplo, el terebinto de More (Génesis 12: 6-9). Durante muchas generaciones, rindieron culto a los antiguos "lugares altos" y bosquecillos consagrados a la Reina del Cielo. En esos santuarios había pilares de piedra, altares para el sacrificio de animales y tocones de árboles conocidos como asherahs, el nombre de la antigua diosa. (23)
La religión de los judíos se asemejaba a muchas otras, tanto de pastores como de agricultores, en cuanto que reconocía lugares y tiempos sagrados, y en el sacrificio de animales. Pero difería por su insistencia en el carácter único de su Dios; otra diferencia era la prohibición de confeccionar y rendir culto a imágenes. Dios tenía que ser reconocido en el mundo natural de su propia creación y no en ídolos realizados por el hombre. Esos rasgos del judaísmo fueron heredados por el cristianismo y el Islam, y han ocasionado profundos efectos históricos. Gran parte de la historia de los judíos registrada en el Antiguo Testamento se refiere a sus conflictos con las poblaciones indígenas de Palestina. Los profetas, recordándole al pueblo de Israel su herencia nómada, rechazaron las diosas y dioses indígenas y continuamente denunciaron la tendencia a adoptar las prácticas religiosas de los pueblos de los alrededores. No obstante, durante muchos siglos, continuó el culto a los antiguos lugares altos y bosquecillos sagrados, y también persistió el culto a la serpiente sagrada y a la diosas.
Cuando el Rey David conquistó Jerusalén le fue revelada la cima de una colina como lugar para un templo, construido más tarde por su hijo Salomón. Al principio, a pesar de su magnificencia, ese templo era sólo uno más de los muchos lugares en los que se ofrecían sacrificios. Pero comenzó a desarrollarse la idea de que el único Dios debía ser objeto de culto en un solo lugar, el templo. Los reyes de Jerusalén realizaron varios intentos para suprimir todos los otros lugares de adoración, para purificar el culto a Yahvé y centrar la religión en la ciudad. Bajo el gobierno del Rey Ezequías se produjo una ola de desacralización; este rey abatió los bosquecillos sagrados e "hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque hasta entonces le quemaban incienso los hijos de Israel" (2 Reyes 18:4).
No obstante, las antiguas prácticas continuaron, y unos ochenta años más tarde, alrededor del 622 a.C. el Rey Josías tomó medidas aún más violentas. Profanó los altares de las colinas, mató a los sacerdotes sobre sus altares, quemó los bosquecillos sagrados y redujo a polvo las piedras, incluso la que se encontraba en Bet-el (2 Reyes 23:14-15). Profanó también santuarios edificados en Jerusalén por Salomón a la diosa Astororet y a otros dioses y diosas.
Pero apenas habla pasado una generación cuando fue conquistada la propia Jerusalén, profanado el templo y muchos de los judíos fueron llevados en cautiverio a Babilonia (2 Reyes 25). En el siglo XIX, los viajeros a la Tierra Santa con frecuencia describieron santuarios que se encontraban en la cima de las colinas; a menudo encontraron bosquecillos de encinas o terebintos, con pequeñas construcciones techadas y piedras blancas pintadas. Eran venerados por los campesinos musulmanes locales como lugares en los que se decía que había estado o había sido enterrado algún santo. Los árboles mismos eran considerados sagrados y las ramas caídas no se podían usar como leña. De modo que el culto a los lugares altos y los bosquecillos sagrados, que los piadosos reyes hebreos habían prohibido y contra el cual habían tronado los profetas hace miles de años, subsistió, aparentemente en los mismos lugares, hasta la época moderna. (24) Las religiones precristianas de Europa, lo mismo que las religiones prejudías de Palestina, eran politeístas; involucraban una variedad de ceremonias y rituales estaciona les y reconocían muchos lugares sagrados, incluso árboles, fuentes, bosquecillos, rocas, piedras alzadas, montañas y ríos. Durante la conversión de Europa del culto de los antiguos dioses y diosas, muchos de los lugares sagrados y las ceremonias estacionales tradicionales fueron conservados bajo una apariencia cristianizada (figura 1.2). Esta incorporación de elementos religiosos arcaicos en la religión cristiana es todavía más obvia en los países católicos romanos y ortodoxos.
Piénsese, por ejemplo, en los pozos de agua y las fuentes sagradas de Irlanda o en la montaña sagrada Croagh Patrick, un centro principal de peregrinaje. En algunos casos, el cristianismo fue considerado un desarrollo o culminación de la antigua religión; en la Iglesia Celta de Irlanda y Gran Bretaña, por ejemplo, muchos de los primeros santos parecen haber logrado una notable armonía entre el pasado druida y la nueva religión. A los antiguos lugares sagrados se sumaron otros nuevos vinculados a esos santos lugares donde ellos habían tenido visiones, donde habían vivido y muerto, y donde se conservaron sus reliquias. (25) En otros casos, las antiguas religiones fueron asimiladas gracias a una política papal deliberada. Las siguientes son algunas de las instrucciones del Papa Gregorio el Grande a San Agustín de Canterbury, enviado a evangelizar a los ingleses a fines del siglo VI:
Como los ingleses han estado acostumbrados a matar muchos bueyes, como sacrificio para los demonios, es necesario reemplazar este uso con alguna solemnidad. En los días festivos o cumpleaños de los santos mártires cuyas reliquias están depositadas allí, junto a las iglesias que alguna vez fueron templos paganos [los fieles], podrían erigir chozas con ramas de árboles y celebrar una festividad religiosa. En lugar de ofrecer bestias al demonio, matarán ganado y al comerlo alabarán a Dios. (26)
Sin duda alguna, la difusión del culto a María involucró la asimilación de diversos elementos del culto a la diosa precristiana. (27) Por cierto, el concilio del siglo V en el que la Iglesia la proclamó Madre de Dios se realizó en Efeso, un antiguo centro de adoración de la diosa, sólo unas pocas décadas después de que se eliminara el templo de Artemisa. María era la Reina de los Cielos, título heredado de Astarté-Ashtoreth, aspecto simbolizado por su manto azul con estrellas esparcidas; es lunar como Artemisa, y a menudo se la pintó de pie sobre una luna creciente; es la Estrella del Mar, con muchos santuarios en las playas del Mediterráneo, y como Virgen Madre de Dios hereda la antigua tradición de la Madre primordial. También asumió aspectos de la Madre Tierra, con santuarios en cuevas, grutas y criptas, y como protectora de muchas fuentes sagradas. y lo mismo que la Gran
Madre que daba la vida y la tomaba, está presente en la muerte. Un ruego por su protección en la muerte es la línea final del Ave María: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte". Los reformadores protestantes estaban tratando de establecer una forma purificada de cristianismo, rechazando las corrupciones y los abusos de la Iglesia Romana. Lo que importaba eran la fe y el arrepentimiento personales; las observancias rituales, las festividades estacionales, los peregrinajes, la devoción a la Santa Madre y el culto a santos y ángeles fueron por igual denunciados como supersticiones paganas. Según lo observó con justicia Juan Calvino, "las monjas reemplazaron a las vírgenes vestales; la Iglesia de Todos los Santos sucedió al Panteón; contra las ceremonias se establecieron otras ceremonias no muy distintas". (28) Compartiendo el respeto humanista contemporáneo por la erudición y la fidelidad a las fuentes originales, los reformadores utilizaron la Biblia como su fuente de autoridad, rechazando muchas de las doctrinas y tradiciones ulteriores de la Iglesia. (29) Obviamente, en la Biblia no encontraron ninguna justificación de prácticas que habían surgido más tarde. El poder del papado, la doctrina del purgatorio, el culto a María y los santos, el empleo de imágenes y la reverencia a los lugares sagrados de Europa fueron denunciados como prácticas paganas y se los hizo objeto de una orgía de destrucción. Se rompieron y quemaron imágenes de la Santa Madre, de santos y de ángeles; se destruyeron vitrales, se profanaron fuentes sagradas y altares ubicados a la orilla de los caminos, se abrieron las tumbas de los santos y se esparcieron sus reliquias; se suprimieron los peregrinajes; se abolieron muchos de los rituales y ceremonias acostumbrados; se saquearon y demolieron conventos. En algunos casos, esta destrucción fue obra de fanáticos.



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