El renacimiento de la naturaleza



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EL MISTERIO
Cada uno de nosotros, ante el misterio de nuestra existencia y nuestra experiencia, debe tratar de encontrarles sentido. Podemos escoger entre distintas filosofías: la teoría mecanicista de la naturaleza y de la vida humana, con Dios como un accesorio opcional; la teoría de la naturaleza como algo vivo pero sin Dios, o la teoría de un Dios vivo junto con una naturaleza viva. Todas estas concepciones pueden elaborarse intelectualmente; todas pueden defenderse en términos racionales, y muchas personas las defienden con convicción profunda. En última instancia, tenemos que elegir entre ellas sobre la base de la intuición En nuestra elección influirá el reconocimiento del misterio, y a su vez, esa elección incidirá en nuestra tolerancia al misterio. Las personas poco tolerantes al misterio se sienten atraídas por la cosmovisión atea, mecanicista, que por principio niega la existencia de entidades misteriosas tales como el alma y Dios, y pinta una realidad sin encantamiento ni magia, que funciona de un modo totalmente mecánico. Quienes conciben la vida de la naturaleza como evolutiva admiten el misterio de la vida y la creatividad. y quienes creen en la vida de Dios aceptan conscientemente el misterio de la conciencia, la gracia y el amor divinos.

CAPÍTULO 10


La vida en un mundo vivo
DEL HUMANISMO AL ANIMISMO
¿Qué es lo que cambia si pensamos que la naturaleza está viva y no es inanimada? En primer lugar, esto socava los supuestos humanistas sobre los que se basa la civilización moderna. En segundo término, así experimentamos una nueva sensación de nuestra relación con el mundo natural y una nueva concepción de la naturaleza humana.
Finalmente, permite resacralizar la naturaleza. La visión humanista ha sido una fuente de esperanza e inspiración tanto en los países capitalistas como en los comunistas: el sueño del progreso humano y el desarrollo material de todo el mundo, de una humanidad que viva en paz y prosperidad en un país de las maravillas tecnológico. En este cielo terrenal humanista, las sanciones religiosas que rigen la conducta humana serían reemplazadas por códigos éticos racionales y filantrópicos, y la humanidad formaría el timón del proceso evolutivo, poniéndolo al servicio del mayor beneficio humano. A finales del siglo XIX, por ejemplo, T.H. Huxley resumió su visión del progreso social humano como "una verificación del proceso cósmico paso por paso, y su reemplazamiento por otro que podría denominarse el proceso ético". (1) La visión de Sigmund Freud era más oscura:
Del temido mundo externo uno sólo se puede defendereeee apartándose de algún modo, si pretende realizar la tarea por sí mismo. Existe por cierto, un camino mejor. convertirse en miembro de la comunidad humana y, con la ayuda de una técnica guiada por la ciencia, atacar la naturaleza y someterla a la voluntad humana, (2)
Desde este punto de vista humanista, somos esencialmente ajenos a la comunidad viva global; necesitamos someterla para no ser sometidos por ella. En el hombre, el mundo natural se prolonga en una forma nueva y más sublime de grandeza. Pero ni Huxley, ni Freud, ni los demás apóstoles del humanismo tenían la menor idea de las consecuencias desastrosas de esa actitud en el funcionamiento integral de la Tierra, o en el destino humano.
Ahora las consecuencias se están poniendo de manifiesto. Ha llegado el día de pasar las cuentas. En esta fase desintegradora de nuestra civilización industrial nos vemos. no como el esplendor de la creación, sino como el modo más pernicioso de ser terrenal. Somos la terminación, no la realización del proceso de la tierra. Si hubiera un parlamento de criaturas, su primera decisión podría ser, perfectamente, excluir de la comunidad a los seres humanos, demasiado mortales como para seguirlos tolerando.

Nosotros somos la violación de los aspectos más sagrados de la Tierra. (3)


El viejo sueño del humanismo progresista se está desvaneciendo rápidamente. Algunos todavía imaginan la conquista de la biosfera por la tecnosfera, con el control humano de la evolución biológica mediante la ingeniería gen ética, y así sucesivamente. Pero las actitudes están cambiando, en torno y dentro de muchos de nosotros: se pasa del humanismo al animismo, de una concepción intensamente centrada en el hombre, a la visión de un mundo vivo.

Nosotros no somos de ningún modo superiores a Gea; vivimos en ella y dependemos de su vida.

El movimiento ecologista está influido en gran medida por la perspectiva geana mientras intenta mantener una combinación de actitudes humanistas y animistas. Por ejemplo:
La Tierra es todo lo que tenemos. un mundo de recursos finitos.

Dependemos de nuestro planeta y de esos recursos rara nuestra propia supervivencia.

Formamos parte de una frágil red interdependiente de la vida Si nuestro planeta muere, moriremos nosotros [. . .]. Nuestro modo de vida actual no puede continuar eternamente. Debemos cambiar o afrontar la extinción. (Folleto del Partido Verde Británico, 1989)
Cuando se debe optar entre los seres humanos y los intereses de las especies en peligro, los ecosistemas frágiles, o la naturaleza intacta, surgen conflictos inevitables. Los verdes humanistas defienden los intereses humanos, mientras tratan de reducir al mínimo el daño al ambiente. Además, esta actitud está siendo aceptada por los círculos poiíticos ortodoxos. Por su propia naturaleza, los políticos tienen que transigir. (4)
Y algunos ya están tratando de establecer un nuevo consenso, en el cual el desarrollo económico continúa como meta general, pero en adelante habrá de lograrse con medios "sostenibles" que satisfagan "las necesidades del presente sin comprometer la posibilidad de que las generaciones futuras satisfagan sus propias necesidades". (5)
Por otro lado, los animistas defienden los intereses de Gea.

Algunos están incluso dispuestos a contemplar la inevitabilidad de grandes reducciones de la población humana a través de la guerra, las pestes, el hambre, las inundaciones y otros desastres. Este tipo de pensamiento repugna profundamente a los sentimientos humanistas, y suscita fácilmente acusaciones de misantropía, o incluso de fascismo.

Este mismo debate entre humanistas y anirnistas, que con tanto vigor se produce en el contexto de la política verde, también acalora, en forma más abstracta, a los teóricos de la ecología.

Algunos de ellos se preocupan sobre todo por cambiar el orden social humano; consideran la crisis ecológica actual como resultado del militarismoe, el patriarcado, el racismo y otras formas de dominación social. (6) Pero desde el punto de vista animista, la ecología social resulta demasiado antropocéntrica, demasiado superficial. En cambio, los "ecologistas profundos" abogan por una ecología centrada en la vida y no en el hombre; una biología biocéntrica, y no antropocéntrica, una ecología que reconozca la interconexión de toda la vida y que considere la humanidad como parte de un todo viviente global. (7)

Pero la ecología social y la ecología profunda no se excluyen entre sí. El cambio social y un cambio de nuestra relación colectiva con la tierra tendrán que producirse conjuntamente. Sin duda, entre las necesidades de la humanidad muchas no son materiales y sólo se pueden satisfacer si coexistimos en una relación adecuada con el mundo viviente que nos rodea.
Por norma general, reconocemos que debemos cambiar nuestro modo de vida actual.

Parece que despertamos de un sueño. Este reconocimiento trae consigo un espíritu de arrepentimiento, un nuevo modo de ver, un corazón cambiado. La sensación de que estamos muy cerca del final de una era intensifica esta conversión.


EL NUEVO MILENIO
En la actualidad, existe una difundida y profunda sensación de crisis ambiental, política, económica y social; una creencia de que llegamos a un punto de viraje vital para nuestra civilización, nuestra especie y toda la vida en la Tierra. Al mismo tiempo, nos aproximamos a un importante hito histórico, un nuevo milenio de la era cristiana. En vista del aspecto milenario del cristianismo en sí, esto debe crear la expectativa de que nos estamos acercando al final de una era. En el último libro de la Biblia, el Apocalipsis de san Juan, el final de la era de la historia (el Apocalipsis) se produce en medio de catástrofes, calamidades y plagas, la mayoría de las cuales resultan muy familiares hoy en día, sin necesidad de que sean los ángeles quienes las administren.
Oí una gran voz que decla desde ei tempio a ios siete ángeles. Id y derramad sobre la tierra las siete copas de la ira de Dios.

Fue el primero y derramó su copa sobre la tierra, y vino una úlcera maligna y pestilente sobre los hombres que tenían la marca de la bestia y que adoraban su imagen.

El segundo ángel derramó su copa sobre el mar, y éste se convirtió en sangre como de muerto, y murió todo ser vivo que había en el mar.

El tercer ángel derramó su copa sobre los ríos y sobre las fuentes de las aguas y se convirtieron en sangre. .

El cuarto ángel derramó su copa sobre el sol, que se dedicó a quemar a los hombres con fuego. . .

El quinto ángel derramó su copa sobre el trono de la bestia, y su reino se cubrió de tinieblas. . .

El sexto ángel derramó su copa sobre el gran río Eufrates, y su agua se secó, para que estuviese preparado el camino para los reyes de Oriente. . .

El séptimo ángel derramó su copa por el aire, y se oyó una gran voz del templo del cielo, del trono, diciendo: Hecho está. Entonces hubo relámpagos, voces y truenos, y un gran temblor de tierra, un terremoto tan grande, que no se había producido jamás uno semejante desde que los hombres están sobre la tierra.

y la gran ciudad fue dividida en tres partes, y las ciudades de las naciones cayeron. . .

(Apocalipsis 16:1-19)


Durante siglos, una profecía particularmente misteriosa ha intrigado a los hombres:
El tercer ángel tocó la trompeta, y descendió del cielo una gran estrella, ardiendo como una antorcha, que cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre las fuentes de las aguas. Y el nombre de la estrella es Ajenjo. y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo; muchos hombres murieron a causa de esas aguas, porque se hicieron amargas. (Apocalipsis 8:10-11)
En la Unión Soviética suscitó mucho interés el hecho de que la palabra ucraniana que significa "ajenjo" sea Chernobyl. Mientras tanto, en los Estados Unidos, la gran guerra celestial entre el dragón y Miguel, y sus ángeles (Apocalipsis 12: 17) encontró un eco semiconsciente en el sueño de la Guerra de las Galaxias de Ronald Reagan.

En todas las épocas, la gente ha buscado paralelismos entre los signos de su tiempo y los que marcan el fir, de la era, y a menudo se hallan. Pero hoy en día esos signos son lo bastante impactantes como para atraer la atención de casi todos, sin necesidad de revelaciones visionarias ni exégesis bíblica. En el mercado hay muchos guiones de desastres posibles. Cada persona puede confeccionar el suyo propio, reuniendo diversas combinaciones de factores, como la explosión demográfica, la devastación ecológica, la contaminación, la amenaza nuclear, las sequías y los cambios de clima, las nuevas enfermedades, la drogadicción, la desintegración social, el colapso económico, la guerra.


Ante esta sensación de condena inminente, necesitamos un espíritu de arrepentimiento no sólo individual, sino colectivo. Los culpables de los desequilibrios que amenazan el mundo no son unos pocos poderosos codiciosos, todos formamos parte de los sistemas económicos y políticos que han demostrado ser tan destructivos. En última instancia, nuestras actitudes y nuestros sistemas políticos y económicos tendrán que cambiar radicalmente para que podamos vivir en mayor armonía con Gea. El único interrogante es cuánto.

Algunas personas esperan que se pueda eludir el desastre mediante reformas moderadas, utilizando gasolina sin plomo y catalizadores en los automóviles; prestando más atención; al efecto ambiental de los proyectos de desarrollo; reciclando; empleando gradualmente fuentes de energía renovables; con controles más estrictos de la contaminación y con impuestos al consumo de energía. Otros ponen su fe en el hecho de que el poder del consumismo verde influya en la economía a través de las fuerzas de mercado. Algunos piensan en términos de "administración planetaria científica". En el extremo opuesto están quienes dicen que tales reformas equivalen a reordenar los muebles del Titanic. A su juicio, el orden politico y económico actual está condenado.



Sólo cabe especular sobre cómo se desmoronará y qué ocupará su lugar pero es muy poco lo que podemos hacer, a menos que nos retiremos a lugares remotos y aprendamos técnicas de supervivencia. Los más pesimistas son los que piensan que la naturaleza está tan mancillada por la actividad humana que ya no podemos establecer ninguna relación con ella, aunque lo deseemos:
El fin de la naturaleza probablementee también nos vuelve reticentes a apegarnos a sus restos, por la misma razón que, normalmente, no escogemos amigos entre enfermos terminales [. . .]. Descubro ahora que prefiero los bosques en Invierno, cuando resulta más difícil advertir lo que podría estar muriendo [. . ] Ahora prefiero el invierno, pero trato de no amarlo demasiado, por miedo al enero quizá no tan distante en que la nieve caiga como lluvia caliente. El amor a la naturaleza no tiene futuro. (9)
Esa visión lóbrega nos quita poder. La Tierra no padece una enfermedad terminal, aunque quizás ése sea el caso de nuestra civilización. La vida ya ha sobrevivido antes a catástrofes como la que aniquiló a los dinosaurios y a otras incontables especies, y sin duda subsistirá aunque la humanidad desaparezca La causa de la enfermedad actual es nuestra civilización tecnológica moderna y sus ideologías subyacentes. Para ingresar en el nuevo milenio con alguna esperanza para el futuro, tenemos que recobrar una nueva visión de la naturaleza humana y de nuestra relación con la tierra viviente.
EL RECUERDO DE NUESTRAS CONEXIONES CON LA NATURALEZA
Ciertos desastres -como los terremotos, los huracanes, las inundaciones y las sequías- nos recuerdan continuamente los aspectos terroríficos y destructivos de la naturaleza. A través de los medios de comunicación nos llegan, día a día, noticias y detalles gráficos de las desdichas de otras personas; nada es tan noticia como los desastres naturales. Más cercano a nosotros, el aspecto que más nos preocupa es el clima. Incluso en los informes oficiales resulta difícil evitar la sensación de que la atmósfera posee una vida propia.Por ejemplo:
En el sur de los Estados Unidos hubo sistemas frontales muy activos, mientras el aire ártico proveniente del sur de Canadá y corrientes húmedas sudoccidentales del Golfo de México lucharon por la supremacía. Abundantes lluvias y tormentas eléctricas en el sudeste de Lousiana produjeron inundaciones generalizadas [. . .]. El miércoles y el jueves, en Mississipi y Alabama se registraron tornados, junto con granizo de casi 8 centímetros de diámetro. (10)
A quienes vivimos en las ciudades, nos resulta fácil olvidar las fuentes naturales de nuestro sustento; lo obtenemos en tiendas o a través de cables y tubos. No nos resulta difícil olvidar a dónde van nuestros desechos: desaparecen por un sumidero o se los llevan los basureros. El movimiento verde ha contribuido a hacemos pensar en las fuentes de la comida, el agua, la energía, la materia prima, y en la destrucción que provocan nuestras demandas. También nos estamos concientizando de la cantidad de desechos que generamos, y de la contaminación del aire, las aguas y la tierra que estamos causando. Ya no es tan fácil desconocer que vivimos en un planeta finito, con recursos finitos, ni ignorar el hecho de que Gea sufre nuestras actividades y responde a ellas.
La biología evolucionista nos recuerda nuestras afinidades con los primates y otros animales, en última instancia, nuestro parentesco con toda la vida sobre la Tierra. La conciencia humana tiene que haberse desarrollado con conocimiento de los hábitos de los animales que cazábamos, de las características de las plantas que recolectábamos, de los cambios estacionales de la naturaleza y de los caracteres de animales domesticados tales como los perros. Con la domesticación en gran escala de plantas y animales iniciada en la revolución neolítica, se estableció una nueva familiaridad con plantas (cebada, trigo, alubias, cáñamo y vid), y con animales (ovejas, cerdos, vacas, camellos y caballos).
Nuestra estrecha asociación con los animales domesticados y las plantas cultivadas continúa hasta el presente. Por ejemplo, quienes crían, entrenan, montan y usan los caballos llegan a conocerlos íntimamente, y a menudo desarrollan una comunicación intuitiva con ellos. Los pescadores adquieren una rica experiencia sobre los hábitos de los peces, los guardabosques conocen a las aves de caza, los adiestradores a sus animales amaestrados, y así sucesivamente.

Muchos de los que cultivan y cosechan granos, hortalizas, frutas, o cuidan plantas de jardín, llegan a conocer sus pautas habituales de crecimiento y sus respuestas características al clima, el suelo, las enfermedades y las pestes. Muchas personas establecen relaciones con sus plantas y algunos incluso les hablan. Hasta los habitantes modernos de las ciudades experimentan una necesidad profunda de conexiones personales con plantas y animales. En Gran Bretaña, por ejemplo, millones de personas tienen perros, gatos u otros animales domésticos; hay cientos de miles de entusiastas de las palomas, que a menudo desarrollan una relación estrecha con las aves que crían y participan en competiciones. En millones de casas hay jardines, a menudo cuidados amorosamente, y en otros lugares, macetas con plantas.


En la época de Charles Darwin, no existía ninguna gran división entre la indagación científica seria y la historia natural, que era en gran medida un ámbito de aficionados. El propio Darwin era un historiador natural; vivía como caballero, sin ningún puesto académico. No obstante, debido a la profesionalización de la biología, iniciada a fines del siglo XIX, en la actualidad existe un abismo entre los científicos académicos y los historiadores naturales, que estudian diversos aspectos del mundo natural por el gusto de hacerlo.
El conocimiento y la comprensión de los naturalistas en general se consideran inferiores a los del científico profesional. Pero me parece que ocurre al revés; el conocimiento del naturalista, que proviene de una relación íntima con la naturaleza, es más profundo y verdadero que el que se obtiene mediante un análisis mecanicista desapegado. Desde luego, idealmente, la experiencia directa del naturalista y las investigaciones sistemáticas del científico profesional pueden complementarse e iluminarse recíprocamente. Ejemplos contemporáneos de ese tipo de síntesis son el estudio de la migración de las aves, que supone una colaboración fructífera entre los científicos profesionales y los omitólogos aficionados, o bien los informes maravillosamente esclarecedores del botánico Oliver Rackham (11) sobre el desarrollo de la campiña inglesa.
El conocimiento obtenido en la experiencia con plantas y animales no es un sustituto inferior del conocimiento científico propiamente dicho: es lo real. La experiencia directa es lo único que permite llegar a una comprensión no intelectual, sino intuitiva y práctica, que abarque los sentidos y el corazón además de la mente racional. Las investigaciones científicas pueden iluminar y enriquecer este conocimiento práctico directo, pero no lo reemplazan, sino que éstas dependen de él.
LA REALIDAD DE LA EXPERIENCIA MÍSTICA
Es importante reconocer la realidad de nuestras experiencias directas de la naturaleza en los lugares silvestres, en el campo, en las selvas, en las montañas, junto al mar, o donde nos sintamos en conexión con el mundo viviente global. En sus manifestaciones más fuertes, esta sensación de comunión tiene el poder de la experiencia mística, la iluminación, la sorpresa y la alegría. Pero cuando retornamos a nuestras vidas cotidianas, nos sentimos muy tentados a descartar esa experiencia como meramente subjetiva, como algo que sólo sucedió en nuestro interior y que no involucra ninguna participación real en una vida mayor que la nuestra. Creo que debemos resistir esa tentación. Nuestras experiencias intuitivas de la naturaleza son más reales y más directas que las puras teorías, de moda en un momento dado y anticuadas al siguiente.

T.H. Huxley aseguró más o menos lo mismo al examinar las reflexiones de Goethe sobre la naturaleza en el primer número de Nature, igual que Wordsworth en el dístico que sirvió de lema a su diario. (véase Capítulo 3)



Por lo general, la experiencia mística se considera rara, limitada a unos pocos santos, sabios y visionarios. Pero en realidad es sorprendentemente común. En encuestas realizadas con muestras al azar de la población de Gran Bretaña y los Estados Unidos, una tercera parte de las personas interrogadas aseguraron que habían tenido conciencia de "una presencia o un poder" por lo menos una vez en su vida y, para la mayoría de ellas, esta experiencia resultó muy significativa. (12) Entre los millares de relatos de experiencias místicas recogidas por la Unidad de Investigación de Experiencias Religiosas de Oxford, muchos se refieren a una sensación de conexión con la naturaleza. Pero sobre estas experiencias se habla muy poco. Una y otra vez, quienes las describían a los investigadores experimentaban alivio al poder explayarse sobre el tema.
Para muchos, la experiencia espiritual o mística parecía haber tenido una importancia suprema, pero no podían discutirla con sus parientes y amigos, por temor al ridículo o a ser considerados desequilibrados mentales. De hecho, esta investigación reveló la existencia en nuestra sociedad de un difundido tabú, que impide admitir tales experiencias.
El estado de ánimo de esos relatos recuerda mucho el que solía rodear la discusión pública de las cuestiones sexuales íntimas. Existe la misma sensación de exploración provisional, seguida de un rápido repliegue si no se detecta ninguna respuesta o bien si la respuesta es insensible [. . ]. Ni siquiera los representantes profesionales de lo sagrado están libres de la sospecha de que no comprenderán. Parece existir la sensación de que "la sociedad" no autoriza, de algún modo, que esas experiencias se integren en la vida ordinaria. (13)
Si la naturaleza es inanimada, la experiencia de una conexión mística con una presencia o un poder naturales vivientes tiene que ser ilusoria, y se prefiere no prestarle demasiada atención, para que no produzca un efecto desequilibrante sobre la mente racional. Pero si la naturaleza está viva, esa experiencia de una conexión viva puede ser exactamente lo que parece.
EL RECUERDO DE LA EXPERIENCIA INFANTIL
Muchos niños experimentan en ciertos momentos una sensación mística de su conexión con el mundo natural. Algunos la olvidan. Otros la recuerdan de modo que les sirve como fuente sostenida de inspiración. Por ejemplo:
Desde los 7 años, en los días de primavera, verano y otoño, me sentaba solo en mi casita construida en la copa de un árbol, y observaba la naturaleza circundante y el firmamento nocturno. Era demasiado pequeño como para pensar y razonar en el verdadero sentido, pero con la mente abierta, receptiva, de un chico sano, lentamente tomé conciencia de las leyes vagas, misteriosas, de todo lo que me rodeaba. Tengo que haber annonizado con la naturaleza. Sentía esas leyes de la vida yesos movimientos tan profundamente, que parecían saturar toda mi mente y todo mi cuerpo, pero siempre estuvieron más allá de mi entendimiento y comprensión. (14)
El autor de este texto se convirtió en escritor, primero sobre marxismo y más tarde sobre teosofía. Una profesora de artes plásticas recordaba una respuesta suya, más orgánica, menos intelectual, mientras caminaba por el páramo de Pangbourne Moors a la edad de 5 años:
De pronto me pareció ver la niebla como una trama sutil, de luz trémula, y las campanillas, que aparecían aquí y allá, brillaban encendidas. De algún modo comprendí que ése era el tejido viviente de la vida misma en el que está insertado todo lo que llamamos conciencia, y que aparece aquí y allá como un foco brillante de energía en el todo más difuso. En ese momento supe que tenía mi lugar especial, lo mismo que todas las otras cosas, las animadas y las llamadas inanimadas, y que todos nosotros fonnábamos parte de ese tejido universal que era al mismo tiempo frágil e intensamente fuerte, y por completo bueno y benéfico. (15)



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