El renacimiento de la naturaleza



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Lovelock señala que la atmósfera, la desintegración de las rocas por la acción atmostérica, la química de los océanos y la estructura geológica de la Tierra han sido tan profundamente modificadas por las actividades biológicas, que todos estos sistemas entrelazados sólo pueden comprenderse en sus relaciones recíprocas. Interactúan en conjunto para mantener una estabilidad notable y duradera, sin la cual no se produciría la evolución ni la existencia continuada de los organismos vivos. Constituyen un sistema vivo único, que puede denominarse "biosfera" o Gea. Gea es "una entidad autorreguladora con capacidad para mantener sano nuestro planeta, controlando el ambiente químico y físico". (5) Una de las actividades reguladoras de la biosfera consiste en mantener la temperatura planetaria dentro de los estrechos límites necesarios para la vida biológica. En este proceso, la concentración de "gases de invernadero" tales como el bióxido de carbono en la atmósfera superior, desempeña un papel principal.
Otro ejemplo de la autorregulación de Gea es que la concentración de sal en los océanos se ha mantenido en un nivel similar desde que se originaron hace más o menos 3500 millones de años. Si la concentración de sal fuera mucho más alta que la actual (cercana al 3,5 por ciento) la vida marina sería imposible. No obstante, el mar recibe sal continuamente. Una parte, que procede de la desintegración de rocas terrestres, llega al océano arrastrada por los ríos; otra parte surge del interior de la Tierra, en forma de rocas calientes que atraviesan la corteza (como en las grandes grietas existentes entre las placas continentales). Al ritmo actual de incorporación de sal al océano, llegar a los niveles presentes supone menos de 80 millones de años. (6)
Obviamente, si la sal se mantiene más o menos constante durante períodos mucho más prolongados, esto significa que tiene que desaparecer del mar a un ritmo semejante. Esto sucede cuando se forman lagunas que se separan de la gran masa de agua y se evaporan, dejando depósitos de sal que posteriormente quedan cubiertos. No se sabe cómo se regula el ritmo de la formación de lagunas, pero Lovelock sugiere que la creación de arrecifes rocosos por colonias de microorganismos en los bajíos podría contribuir en la formación de las barreras necesarias. Los movimientos de las placas continentales que producen la formación de montañas, y al plegamiento de las rocas en los márgenes continentales, también deben de haber ejercido una influencia importante.

Según Lovelock, la actividad biológica a través de la masa total de las rocas calcáreas depositadas en el fondo del mar (7) podría influir en los movimientos de la corteza terrestre.


La fisiología estudia los procesos que se producen en animales y plantas, y las interrelaciones entre esos procesos que permiten a los organismos mantener un estado más o menos estable. A la ciencia análoga cuyo objeto es la Tierra viva, Lovelock la denomina geofisiología. (8) Esta ciencia centra su atención en los procesos de la regulación planetaria y comprende áreas de investigación que normalmente se abordan en disciplinas académicas separadas: la geología, la geofísica, la oceanografía, la climatología, la ecología, la biología, y así sucesivamente. Esa perspectiva planetaria es claramente esencial para comprender la historia evolutiva de Gea, cómo pudo sobrevivir la biosfera al calentamiento progresivo del sol, y recuperarse de acontecimientos catastróficos tales como las eras glaciares o el impacto de asteroides. Estas colisiones de cuerpos de gran masa con la Tierra probablemente provocaron la serie de súbitas extinciones generalizadas que revelan los registros fósiles. El último de esos desastres se produjo hace unos 60 millones de años, cuando repentinamente se extinguieron los dinosaurios y muchas otras formas de vida.
Pero la geofisiología no tiene sólo un interés académico; posee una inmediata importancia práctica. Nadie sabe qué efecto tendrán en el clima global las crecientes concentraciones de gases de invernadero en la atmósfera. Los cambios pueden ser graduales, pero también relativamente súbitos (por ejemplo, en la pauta de circulación de las grandes corrientes oceánicas como la Corriente del Golfo), con consecuencias climáticas desconocidas. De modo análogo, nadie conoce las consecuencias probables de la destrucción de las selvas tropicales en las que llueve todo el año, y que, mediante la evaporación y la formación de nubes, generan un poderoso efecto de enfriamiento. La formación en gran escala de desiertos es una consecuencia posible, pero la incidencia sobre el clima global podría resultar mucho más amplia. Y nadie sabe de qué modo la contaminación de los mares afectará la actividad del planeta, que desempeña una función principal en la regulación de la composición química de la atmósfera.
El desarrollo de la ciencia geana quizá no permita prever con precisión las consecuencias de estos cambios, pero por lo menos nos hace tomar conciencia de algunos de los efectos potenciales de la actividad económica humana, y ni qué hablar de la guerra nuclear. Nos proporciona una perspectiva más amplia que la de los balances anuales de las empresas, las tasas anuales de crecimiento económico y los problemas políticos a corto plazo. Es indudable que necesitamos esa perspectiva, mientras realmente experimentamos el cambio del clima a nuestro alrededor.
La idea de Gea es profundamente perturbadora tanto para la ciencia mecanicista como para el humanismo. (9) Los mecanicistas rechazan la idea de que Gea esté viva, lo cual no puede sorprender considerando sus objeciones tradicionales a la proposición vitalista de que las plantas y los animales están animados. Algunos defensores de la hipótesis Gea tratan de permanecer en el seno del marco convencional del pensamiento científico, concentrándose en las interacciones físicas y químicas discutidas en términos totalmente mecanicistas, sin la menor huella de propósitos ocultos o propiedades vitales misteriosas. El microbiólogo Lynn Margulis, por ejemplo, muy vinculado a Jim Lovelock en la formulación inicial de la hipótesis Gea, desaprueba los aspectos más radicales de esta teoría:
Rechazo la afirmación de Jim en cuanto a que "la Tierra está viva"; esta metáfora, enunciada de este modo, aliena precisamente a los científicos que deberían trabajar en un contexto geano. No estoy de acuerdo con la formulación de que Gea es un organismo. En primer lugar, en este contexto nadie ha definido la palabra "organismo". Además, no creo que Gea sea una singularidad. Gea es un sistema extremadamente complejo con propiedades reguladoras identificables, específicas de la atmósfera inferior. (10)
En respuesta a la crítica de que esta tesis implica que Gea tiene intenciones, el propio Lovelock ha propuesto modelos informáticos que demuestran la posibilidad de que algunos procesos reguladores se produzcan por medios puramente mecanicistas, implicando sólo las vigencias de las leyes de la física y de la química. Pero el problema fundamental subsiste. Los fisiólogos convencionales intentan explicar el funcionamiento de plantas y animales en términos mecanicistas, sin invocar ningún principio o propósito animador; no obstante, la morfogénesis, la conducta instintiva, el aprendizaje y la memoria se cuentan aún entre los problemas no resueltos de la biología, y la naturaleza misma de la vida sigue siendo una cuestión abierta (capítulo 5). Incluso aunque algunos aspectos de la autorregulación geana puedan explicarse en términos mecanicistas, la naturaleza de la vida de Gea también sigue siendo un misterio.

Sin duda, la hipótesis Gea constituye un paso sumamente importante hacia un nuevo animismo. Por eso resulta tan polémica. Su difundido atractivo depende del hecho de que nos conecta de nuevo con pautas de pensamiento premecanicistas y prehumanistas. Muchos científicos preferirían una versión diluida, como la propuesta por Lynn Margulis, pero no se puede ocultar el hecho de que involucra un cambio radical del punto de vista, desde el mundo centrado en el hombre del humanismo, a un reconocimiento de que todos dependemos de la providencia de Gea. Como dice Lovelock:


La teoría de Gea está fuera de tono con el mundo humanista global y también con la ciencia establecida. En Gea no somos más que otra especie: ni los propietarios ni los mayordomos de este planeta. Nuestro futuro depende mucho más de una relación correcta con Gea que con el incesante drama del interés humano. (11)
EL DESARROLLO INTENCIONAL DE GEA
Si Gea está animada en algún sentido, debe de tener algo semejante a un alma, a un principio organizador con sus propios fines o propósitos. Pero no es necesario suponer que la Tierra tiene conciencia sólo porque parece viva e intencional. Podría ser consciente, pero, en tal caso, probablemente su conciencia sería inconcebiblemente distinta de la nuestra, que ha recibido su forma inimitable de la cultura y el lenguaje humanos. Por otra parte, Gea podría ser totalmente inconsciente. O bien, como nosotros mismos, es posible que sea una criatura de hábitos inconscientes con algún grado de conciencia durante parte del tiempo. Esta cuestión queda abierta.
Entre los propósitos conscientes e inconscientes de Gea se cuentan el desarrollo y el mantenimiento de la biosfera y también, en algún sentido, la evolución de la humanidad. Así como el principio cosmológico antrópico puede enunciarse en forma débil y fuerte, lo mismo ocurre con la hipótesis Gea. La forma débil equivale a afirmar que Gea debe estar constituida de tal modo que haya permitido la supervivencia y la evolución de la vida durante miles de millones de años; de lo contrario no estaríamos aquí para discutirlo. Esta forma resulta sin duda débil porque sus oponentes siempre podrían caracterizarla como "un reenunciado levemente sobrenatural del hecho de que la vida sobre la Tierra ha persistido, por lo menos hasta ahora". (12)

La forma fuerte reconoce que Gea misma es intencional, y que sus propósitos se reflejan en el proceso evolutivo. Plantea la difícil cuestión de la naturaleza del principio organizador intencional, tradicionalmente considerado como el alma o espíritu de la Tierra.


En la física evolucionista moderna, la antigua idea del alma del Universo ha sido reemplazada por la idea del campo unificado primordial, del que sabemos que surgen los campos conocidos de la física como aspectos suyos. De modo análogo, el alma de la Tierra se puede concebir del mejor modo como el campo unificado de Gea. Los campos gravitatorio y electromagnético de esta última son aspectos del anterior, pero no los únicos. Podríamos recordar que el fundador de la ciencia moderna del magnetismo, William Gilbert, pensaba que el poder magnético de la Tierra era su alma, e intentó explicar la gravitación en términos análogamente animistas.

El campo gravitatorio de la Tierra la rodea por completo; determina la traslación de la Luna en torno del planeta, y la relaciona con el Sol y los otros cuerpos del sistema solar.



El campo magnético de la Tierra es más local, pero se extiende mucho más allá de la superficie (figura 7.1). (13) Este campo es notablemente variable, ha cambiado mucho a lo largo de los últimos siglos (figura 7.2).
Además, los polos magnéticos Norte y Sur se desplazan continuamente, y en una escala temporal y geológica se invierten con frecuencia. En los últimos 20 millones de años, por ejemplo, el Polo Norte magnético ha estado en el Polo Sur geográfico más de cuarenta veces, permaneciendo allí durante períodos de hasta un millón de años. (14)
(La historia de estas inversiones polares se ha reconstruido a partir de la dirección de la magnetización en las rocas; éstas proporcionan un registro fósil de la polaridad magnéica prevaleciente en el momento de su formación. La magnetización invertida de las capas sucesivas de roca indica la inversión de polaridad.) 80
Nadie sabe por qué o de qué modo se han producido estas inversiones de polaridad, aparte de la suposición de que reflejaron cambios en las corrientes circulatorias de las rocas hundidas del interior de la Tierra, que actúan como una dínamo. Tales pautas de circulación también influyen en las brechas del fondo del mar entre las placas continentales, y por lo tanto en la morfogénesis de los continentes y los océanos. Estos procesos ignorados del corazón desconocido de Gea controlan de algún modo el desarrollo de la superficie de la Tierra y el campo magnético que la penetra y la rodea. ¿Son fortuitos estos cambios? ¿O existe detrás de ellos algún principio organizador más profundo?
Consideremos un interrogante específico relacionado con la morfogénesis de Gea, que me ha intrigado durante años. ¿Por qué son polares los polos geográficos? Son opuestos polares porque en el Polo Norte existe un océano rodeado por continentes, y en el Polo Sur, un continente rodeado por océanos. ¿Se trata de una coincidencia, un resultado fortuito de la deriva continental sin metas? ¿O podría ser esta pauta la culminación de un proceso morfogénico? Este tipo de polarización morfológica de un cuerpo esférico resulta muy familiar en el reino de la biología; por ejemplo, en la formación de los polos en los huevos fertilizados. En la semilla de plantas, la polaridad primaria se establece entre los polos del tallo y la raíz; en los huevos animales, entre los denominados polos animal y vegetal: el polo animal está más cerca del núcleo del huevo, y el polo vegetal contiene la yema nutritiva.
Si pensamos en la Tierra sobre la base de analogías biológicas, el planeta se parece más a un organismo en desarrollo que a un adulto estable completamente desarrollado. En tiempos geológicos recientes ha habido una serie de eras glaciares y últimamente el clima y las condiciones de vida también han estado cambiando sin cesar. Algunos de estos cambios podrían haber sido desencadenados por variaciones en la actividad del Sol, tanto a largo plazo (acompañando al calentamiento progresivo del Sol en maduración) como a través de ciclos más breves de actividad solar. El campo magnético del Sol, por ejemplo, presenta una compleja pauta resonante de ciclos, que incluye la inversión de la polaridad más o menos cada once años, coincidiendo con momentos culminantes de actividad de las manchas solares, cuando grandes llamaradas de gas incandescente se proyectan desde su superficie. (15) La última de estas inversiones se produjo a principios de 1990.
Otros cambios de las condiciones de vida de Gea podrían haber sido consecuencia de los movimientos del sistema solar en relación con el resto de la galaxia, con su período de oscilación de 34 millones de años, hacia arriba y hacia abajo, cruzando el plano del disco galáctico, y su órbita de 285 millones de años en tomo del centro de la Vía Láctea.

Estos ciclos podrían estar relacionados con los períodos de inversión del campo magnético de la Tierra, y también con las extinciones masivas. (16) Además, la colisión con la Tierra de grandes cuerpos (como los asteroides) probablemente haya provocado cambios catastróficos súbitos en docenas de oportunidades.

Pero aunque el desarrollo de Gea está sometido a una variedad de influencias externas, el planeta podría poseer sus propios propósitos internos, así como el crecimiento de un embrión, aunque sea perturbado por influencias externas, sigue un proceso que lo conduce hacia la forma madura de su especie. En lo que concierne al embrión, la meta está en el futuro. En el lenguaje de la dinámica, el embrión en desarrollo se mueve hacia su atrayente morfogénico. Este atrayente está contenido en el campo morfogénico del organismo.

La evolución de Gea, ¿se mueve hacia un atrayente? y, en tal caso, ¿qué parte desempeña la humanidad en este proceso de desarrollo? Obviamente, las respuestas a estos interrogantes tienen que ser especulativas. Pero si el Universo mismo está evolucionando de un modo intencional, tiene sentido formular las mismas preguntas respecto de Gea, aunque las metas de ésta sean oscuras y sólo puedan inferirse a partir de lo que sabemos del desarrollo evolutivo de la Tierra hasta el día de hoy.


EL CAMPO MÓRFICO DE GEA
En los términos de la hipótesis de la causación formativa, el campo organizativo intencional de Gea puede considerarse como su campo mórfico. Este tipo de campos anima a los organismos de todos los niveles de complejidad, desde las galaxias hasta las jirafas, desde las hormigas hasta los átomos. Organizan, integran y coordinan las partes constitutivas de los organismos, de modo que todo el sistema se desarrolla de acuerdo con sus metas o fines característicos; mantienen la integridad del sistema y le permiten regenerarse si lo necesita. Así, en términos de estos principios generales, cabe esperar que el campo mórfico de Gea coordine sus diversos procesos constitutivos, como por ejemplo la circulación de las rocas fundidas en su interior, la dinámica de la magnetósfera, el movimiento de las placas continentales, las pautas de circulación de los océanos y la atmósfera y su composición química, la regulación de la temperatura global y la evolución de los ecosistemas. Estas actividades reguladoras, como las de los campos mórficos de los sistemas de todos los niveles de complejidad, involucrarían un ordenamiento de procesos de otro modo indeterminados y probabilísticos. A simple vista, podría parecer que la idea del campo mórfico de Gea sólo proporciona un nuevo nombre al alma de la Tierra, o que introduce términos vagos como "sistema autoorganizador complejo", "propiedades autorreguladoras" o "principios holísticos emergentes". Pero creo que va mucho más lejos. En primer lugar, ubica a Gea dentro del marco de una hipótesis sometible a prueba que se aplica a todo el reino de la naturaleza. Esto significa que la investigación empírica sobre los campos mórficos de las sustancias químicas y los organismos biológicos podría revelar rasgos generales de estos campos, y de tal modo profundizar indirectamente nuestra comprensión del campo mórfico de Gea. En segundo lugar, plantea la posibilidad de que Gea interactúe por resonancia mórfica con otros planetas análogos de otras partes del Universo (véase la pág. 148). y en tercer lugar, implica que en virtud de la autorresonancia el campo mórfico de Gea contiene una memoria intrínseca.

Como los demás organismos, Gea incorpora hábitos por medio de pautas repetitivas de actividad. Cuanto mayor sea la frecuencia con que se repitan esas pautas, más grande será la probabilidad de que reaparezcan.

Sabemos muy poco sobre Gea y su propósito. Sabemos muy poco también sobre los campos mórficos. Pero existe la esperanza de que se descubra más. y mientras tanto, sean cuales fueren nuestras teorías sobre la naturaleza de Gea, por lo menos tenemos que reconocer que nuestras vidas dependen de la vida de ella. Si lo pasamos por alto, lo haremos a riesgo nuestro.

CAPITULO 8


Los momentos y los lugares sagrados
EL ESPACIO, EL LUGAR Y EL MOMENTO
Vivimos en lugares determinados; todo ocurre en momentos determinados. Las diferentes cualidades de los lugares y los momentos son obvias para todos. Por ejemplo, pensemos en los contrastes entre nuestras casas y los lugares de trabajo, entre las ciudades y el campo, entre el día y la noche, entre el invierno y el verano, entre Navidad y Pascua. Estos momentos y lugares poseen cualidades propias; tienden a inducir diferentes emociones, sentimientos, actitudes habituales y estados mentales.
Nuestra experiencia de las cualidades de los lugares y los momentos recibe obviamente su forma de nuestras propias emociones y preocupaciones, de nuestros recuerdos personales y nuestra herencia biológica, cultural y religiosa. Pero también recibe la influencia de los lugares y los momentos en sí. Las experiencias vividas involucran una combinación de todos estos factores. La experiencia que tenemos de nuestro ambiente no es "objetiva", en el sentido de que constituya una respuesta mecánica a las condiciones físicas inmediatas, medible por medio de instrumentos científicos. Tiene una dimensión social, cultural y religiosa, así como un aspecto personal singular. Según la hipótesis de la causación formativa, la resonancia mórfica ejerce una fuerte influencia sobre el recuerdo consciente e inconsciente de los lugares y los momentos. Es muy poco lo que la ciencia mecanicista puede decimos sobre las cualidades de los momentos y los lugares. En principio, en nombre de la objetividad científica, se supone que las respuestas subjetivas del observador han sido eliminadas e ignoradas (capítulo 2). Se aparta el elemento humano para producir un modelo de realidad que sólo contiene cantidades mensurables susceptibles de relacionarse entre sí en términos matemáticos.
Se supone que la conducta y las propiedades de estas cantidades abstractas -por ejemplo la masa, el impulso, la carga eléctrica y la temperatura- responden a leyes eternas idénticas en todos los momentos y en todos los lugares. Por las mismas razones, se supone también que todos los experimentos científicos son exactamente repetibles en cualquier lugar del mundo, y en cualquier momento, dadas las mismas condiciones físicas. No importa que se realicen en Berkeley o Bali, en Cambridge o Camerún, ni tampoco cuándo se realizan.
Desde luego, en la práctica, los experimentos científicos tienden a realizarse en unos pocos centros de investigación importantes, lugares que poseen sus propias cualidades y tradiciones, y generalmente en la jornada de trabajo de los días hábiles.
Los experimentos son repetibles ya que el sistema experimental ha sido aislado todo lo posible de las cualidades particulares del ambiente que lo rodea; por ejemplo, el experimento puede haberse realizado con luz artificial en un ambiente controlado por un termostato. Esas técnicas experimentales son adecuadas para estudiar los denominadores comunes más bajos de los procesos físicos y biológicos. Pero, obviamente, aíslan y abstraen sólo ciertos aspectos de esos procesos, ignorando todos los que el investigador no puede medir o controlar.
Por supuesto, en la conducta de nuestra vida, lo que importa sobre todo es la experiencia real, y no las abstracciones limitadas de la ciencia. Lo que nos vincula al mundo en que vivimos es nuestra experiencia total, que incluye nuestra herencia cultural, y no los aspectos artificialmente limitados de la experiencia que constituyen un experimento o una observación científica. Para no vivir vidas dobles, distinguimos una realidad "objetiva " impersonal y mecanicista del mundo"subjetivo" de la experiencia personal. Tenemos que encontrar un modo de tender un puente entre estos dos reinos.
La ciencia mecanicista no puede guiamos en este esfuerzo, porque precisamente depende de la creación de esa brecha. En cambio, una ciencia evolucionista, holística, del futuro debe poder ayudamos en este proceso de integración. La hipótesis Gea es ya un paso en esta dirección. En este capítulo considero la naturaleza del proceso integrativo en las prácticas de las sociedades tradicionales, de las cuales quizá tengamos mucho que aprender.
LAS FESTIVIDADES ESTACIONALES
El hecho más patente que refleja cómo la vida de las comunidades humanas está vinculada a la Tierra y al cielo es el de la festividad estacional que encontramos en las sociedades de todo el mundo. Estas festividades se relacionan con los ciclos del Sol, la vegetación y la vida animal. Incluso los habitantes modernos de las ciudades ordenan su vida en ciclos anuales por las tradicionales vacaciones.

Para los pueblos de pastores, cazadores y agricultores, las pautas anuales de la actividad humana están profundamente entretejidas con las estaciones, los desplazamientos de los animales y el crecimiento de las plantas. Estas pautas forman parte de los ciclos estacionales de la naturaleza -no están separados de ellos-. Las festividades estacionales expresan en forma de ceremonial esta participación de todo el grupo social en los ritmos del mundo viviente.


En la Europa precristiana, las cuatro grandes festividades solares se celebraban cerca de los días más corto y más largo del año (los solsticios de invierno y verano), y en las épocas en que el día y la noche duran lo mismo (los equinoccios de primavera y otoño).

Todos estos momentos sagrados fueron asimilados por el cristianismo: la festividad de la mitad del verano, como el día de San Juan; la festividad de primavera, como Pascua, que es una fiesta móvil porque depende del Sol y de la Luna (el Domingo de Pascua es siempre el domingo que sucede a la luna llena coincidente o próxima con el equinoccio invernal), e inmediatamente después del equinoccio de otoño está la Sanmiguelada, la fiesta de San Miguel y Todos los Angeles; desde luego, la festividad de la mitad del invierno se convirtió en la Navidad.




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