El renacimiento de la naturaleza



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En el lenguaje de la gen ética, la mayoría de las nuevas formas mutantes son recesivas.

En otras palabras, cuando los organismos mutantes se cruzan con el tipo normal o salvaje, la forma habitual de la especie predomina en los híbridos resultantes. Cuando las nuevas formas mutantes o las nuevas pautas de conducta son favorecidas por la selección natural, cada vez resultan más habituales, y también tienden a ir predominando. Los genetistas denominan a este proceso "evolución de dominio". Se explica convencionalmente por cambios hipotéticos en la estructura genética de los organismos, demasiado sutiles como para identificarlos en detalle. (16) Pero la idea de un nuevo hábito poco a poco incorporado por resonancia mórfica se adecua bien a los hechos y proporciona una explicación alternativa del fenómeno de que el tipo salvaje tienda a predominar. (17)


También podemos advertir el predominio de los hábitos muy antiguos en la tendencia de los animales domésticos a volver al tipo salvaje de la especie cuando se apartan de la influencia humana. Los gatos domésticos abandonados en la naturaleza, por ejemplo, empiezan a comportarse como gatos salvajes al cabo de un corto período. Muchos animales domésticos liberados no sólo cambian de conducta sino también de forma corporal. Los cerdos se vuelven más hirsutos y tienden a desarrollar los colmillos; en su progenie reaparecen las rayas de los cerdos salvajes jóvenes. Como comentó Charles Darwin, "en ese caso, lo mismo que en muchos otros, sólo podemos decir que cualquier cambio en los hábitos de vida aparentemente favorece a una tendencia, intrínseca o latente de la especie, a volver al estado primitivo". (18)
A veces, los hábitos del desarrollo de las especies atávicas (incluso extinguidas hace millones de años) reaparecen espontáneamente en organismos animales, como en los casos de bebés humanos que nacen con cola. Esas rarezas se denominan atavismos, reversiones o retrocesos. En algunos casos tienen una considerable significación evolutiva. Hay muchos ejemplos de restos fósiles que sugieren la repetición de esas sendas evolutivas especiales; ciertos organismos con rasgos casi idénticos a especies anteriores aparecen una y otra vez. Este proceso se denomina iteración evolutiva. (19)
Así como los organismos atávicos quizá sintonicen los hábitos de especies anteriores gracias a la resonancia mórfica, otros tipos de anormalidades pueden involucrar la recepción de hábitos de especies contemporáneas, también en virtud de esa resonancia, aunque se trate de especies que viven en continentes distantes. Los organismos mutantes de este tipo realizan un cierto plagio evolutivo, sin duda totalmente inconsciente. Pensemos, por ejemplo, en los notables casos de evolución paralela entre los mamíferos placentarios del Nuevo y el Viejo Mundo por un lado, y los marsupiales de Australia por el otro, procesos en los cuales se desarrollaron formas similares de animales de un modo totalmente independiente (figura 6.2).
LA VARIACIÓN ESPONTÁNEA
Si los organismos mutantes que han imitado algunos de los hábitos evolutivos o de conducta de otras especies son favorecidos por la selección natural esos rasgos se convertirán en hábitos gracias a la repetición y pasarán a ser aspectos normales del nuevo tipo de organismo. Tales préstamos inconscientes pueden haber desempeñado un papel importante en el proceso evolutivo. Pero es obvio que la evolución involucra mucho más que la permutación y la recombinación de pautas organizativas existentes.
Es necesario que se originen pautas verdaderamente nuevas -la primera célula, el primer ojo, la primera pluma, la primera tela de araña, el primer vertebrado o la primera ave-, para que cada especie represente una nueva variación respecto de la pauta general de organización de su género y familia.

La explicación convencional de la creatividad evolutiva se basa en mutaciones gen éticas fortuitas seguidas de la selección natural.


Pero esto es más una afirmación dogmática que un hecho científico establecido. En primer lugar, la idea de que todas las mutaciones son fortuitas es sólo un supuesto, y pruebas recientes obtenidas en experimentos con bacterias la han puesto en cuestión. Algunos tipos de mutaciones parecen ser intencionadas. Por ejemplo, cuando ciertas bacterias hambreadas están en presencia de un azúcar que, por su constitución, son incapaces de aprovechar, se producen mutaciones gen éticas, con frecuencias que exceden los niveles del azar, para procurarles ciertas enzimas que necesitan, exactamente cuando las precisan. (20)
En segundo lugar, la presencia de una mutación genética, incluso de una verdadera mutación aleatoria, no explica en sí misma la adaptación del organismo a ese cambio. Por ejemplo, si un ave ha nacido ciega como resultado de un defecto genético que le impide elaborar el pigmento visual de la retina, no podrá desarrollar los instintos habituales de su especie que dependen de la visión. Lo más probable es que muchas aves así perezcan jóvenes. En algún caso, en virtud de un salto creativo, una de esas aves, mientras pía patéticamente, quizá descubra que puede encontrar su camino mediante el eco. El desarrollo de una de estas pautas de conducta de orientación por el eco sería una respuesta creativa a su ceguera, pero no estaría codificada en el gen mutante que, en principio, la ha creado ciega. Si ese pájaro pudiera reproducirse, sus descendientes ciegos tenderían a desarrollar con más facilidad esa misma pauta, gracias a ja resonancia mórfica. Las aves ciegas, capaces de desplegarse aprovechando la localización por medio del eco tendrían una considerable ventaja por la noche y en cuevas oscuras.
Si las favoreciera la selección natural, podrían originar una nueva especie capaz de vivir en esas cuevas, con hábitos de conducta totalmente distintos de los de la especie progenitora. En realidad, existen aves de este tipo: son las salanganas, que viven en cuevas oscuras de Asia y vuelan de un modo similar al de los murciélagos.
Las mutaciones aleatorias imponen nuevas necesidades a los organismos. Desempeñan un papel creador, en cuanto la necesidad es la madre de la invención. El modo como .se adaptan los organismos a las mutaciones gen éticas o al cambio ambiental puede suponer un salto creativo, la síntesis de una nueva pauta de organización. Según la hipótesis de la causación formativa, tales pautas son organizadas por los campos mórficos, y estos campos se fortalecen, y se convierten en más habituales, si los favorece la selección natural. De modo que la creatividad que da origen a nuevas formas corporales ya nuevas pautas de conducta no se explica sólo con las mutaciones fortuitas. Supone una respuesta creadora del organismo en sí y también depende de la capacidad de ese organismo para integrar la nueva pauta con el resto de sus hábitos. En la teoría evolucionista de Charles Darwin, las variaciones espontáneas de los organismos no se atribuían a mutaciones gen éticas aleatorias. Darwin no sabía nada de los genes. Señaló la dependencia respecto de los poderes coordinadores holísticos del organismo, que concebía en los términos del nisus formativus, el impulso formativo postulado por los vitalistas de principios del siglo XIX. Por ejemplo, "podemos inferir que, cuando cualquier parte de un órgano crece mucho de tamaño o queda totalmente suprimido por la variación y la selección sostenidas, el poder coordinador de la organización continuará tendiendo a devolver la armonía recíproca a todas las partes".(21)
Darwin daba por sentado que las características adquiridas podían heredarse, y acentuaba el papel del hábito en el proceso evolutivo. Dio muchos ejemplos de los efectos hereditarios de los hábitos de vida. Por ejemplo, en las gallinas, patos y gansos domesticados observó una reducción del tamaño de los huesos de las alas y un aumento del tamaño de los huesos de las patas. "No cabe duda de que en los animales que hemos domesticado hace ya mucho tiempo, ciertos huesos han aumentado o reducido su tamaño y peso, debido a un aumento o una reducción del uso." (22) Darwin pensaba que en las condiciones naturales regían principios análogos; por ejemplo, los avestruces habían perdido por desuso la capacidad de volar, y adquirido patas más fuertes como resultado del aumento de su uso a lo largo de sucesivas generaciones. La evolución humana no era una excepción.
Todos saben que el trabajo duro engrosa la epidermis de las manos, y cuando escuchamos que en los niños, mucho antes del nacimiento, la piel es más gruesa en las palmas y en las plantas de los pies que en cualquier otra parte del cuerpo [. . .] nos inclinamos naturalmente a atribuir este hecho a los efectos heredados de un uso o una presión prolongados. (23)
Darwin conocía muy bien el poder del hábito, que consideraba casi como otro nombre de la naturaleza. Según dijo sucintamente, la naturaleza había hecho al hábito "omnipotente, y a sus efectos, hereditarios". Francis Huxley ha resumido así la actitud de Darwin:
Para él, una estructura significaba un hábito, y un hábito implicaba no sólo la necesidad interna sino también fuerzas externas, a las cuales, para bien o para mal, el organismo tenía que habituarse [. . .]. Por lo tanto, en un sentido, bien podría haber titulado su libro "El origen de los hábitos" en lugar de "Sobre el origen de las especies". (24)
De modo que la idea de que los hábitos de la naturaleza evolucionan bajo la influencia de la selección natural se aproxima en espíritu al pensamiento del propio Darwin, aunque discrepa con las doctrinas neodarwinistas que actualmente predominan en la biología académica.

LA DIFUSIÓN DE LOS NUEVOS HÁBITOS


Las respuestas creativas a los nuevos ambientes y a las nuevas oportunidades son un rasgo sorprendente de plantas y animales. Los organismos individuales tienen una capacidad intrínseca para adaptarse a sus circunstancias, dentro de ciertos límites. Por ejemplo, las plantas se desarrollan de distinto modo en diferentes climas; se adaptan a su ambiente. Los animales inventan nuevos modos de vivir y de aprovechar las nuevas oportunidades. Como acabamos de ver, Darwin pensaba que esas adaptaciones adquiridas tendían a convertirse en hereditarias. La escuela neodarwinista rechaza este aspecto del pensamiento de Darwin, y niega que las adaptaciones o los aprendizajes adquiridos por los organismos individuales puedan transmitirse a los descendientes. Según los neodarwinistas, los organismos sólo transmiten los genes que ellos mismos han heredado, y los únicos cambios que se producen en los genes son fortuitos. No existe ninguna herencia de características adquiridas, porque no existe ningún mecanismo gen ético para la transmisión de tales características.
No obstante, si los nuevos hábitos heredados por resonancia mórfica fueran adoptados por una especie, las nuevas pautas de conducta podrían transmitirse. A través de la repetición, habrá una tendencia creciente a que otros miembros de la especie sigan la misma pauta de desarrollo o conducta en circunstancias similares. La nueva conducta puede difundirse por resonancia mórfica, no sólo pasando de padres a hijos, sino también a otros miembros de la especie de otros lugares. Ya existen pruebas circunstanciales de que este proceso realmente se produce en los reinos de la morfogénesis y la conducta. (25)
Por ejemplo, a principios de siglo, en Gran Bretaña se comenzó a distribuir la leche dejando todas las mañanas las botellas en los portales de las casas. Esas botellas estaban cerradas con tapas de cartón. A principios de la década de 1920, los habitantes de Southampton empezaron a encontrar las tapas desgarradas y faltaba algo de leche en cada botella. Los culpables eran unos pájaros denominados paros (muy relacionados con los paros de Norteamérica). El hábito se difundió en la localidad, presumiblemente por imitación. Los paros no suelen alejarse más que unos kilómetros del territorio en que se criaron; un desplazamiento de veinticinco kilómetros es excepcional. Sin embargo, este fenómeno muy pronto comenzó a aparecer en otras partes de Gran Bretaña, en las que otras aves parecían haber realizado el descubrimiento independientemente. La difusión de este hábito de robar la crema fue registrada sistemáticamente desde 1930 hasta 1950. El análisis detallado de los registros demostraba que el hábito fue descubierto independientemente por lo menos ochenta y nueve veces en la Islas Británicas, y que, con el paso del tiempo, el ritmo del descubrimiento independiente se aceleraba. (26) Tan impresionante era este efecto, que un destacado zoólogo británico llegó a sugerir que podría haber involucrado algo como la telepatía. (27)
Este hábito de robar la crema también apareció entre los paros de Suecia, Dinamarca y Holanda. Los registros holandeses son particularmente interesantes. La entrega de leche se interrumpió durante la Segunda Guerra Mundial, para reanudarse en los años 1947- 1948. Los paros de preguerra que recordaban la edad dorada de la crema gratis ya habían muerto, pero sin embargo el ataque a las botellas se reanudó rápidamente. El hábito se restableció muy pronto en los Países Bajos, y "parece ser que fue iniciado por muchos individuos en muchos lugares diferentes". (28)

Este podría ser un ejemplo del efecto de la resonancia mórfica en la evolución de la conducta, e ilustra de qué modo el proceso permite la difusión de un nuevo hábito con una rapidez mucho mayor de la que sería posible gracias a las mutaciones gen éticas aleatorias y la selección gen ética a lo largo de muchas generaciones.


CREATIVIDAD Y HÁBITO
En este capítulo he planteado que el proceso evolutivo como un todo supone un interjuego entre la creatividad y el hábito. Sin creatividad no se originaría ningún hábito nuevo; toda la naturaleza seguiría pautas repetitivas y se comportaría como si fuera gobernada por leyes no evolutivas. Por otra parte, sin la influencia controladora de la formación de hábitos, la creatividad conduciría a un proceso caótico de cambio en el que nunca se estabilizaría nada.
Mediante la creatividad evolutiva comienzan a existir nuevas pautas de organización, ya través de la repetición, las pautas se vuelven cada vez más rituales si las favorece la selección natural. Los hábitos ya establecidos de la naturaleza, la cultura y la mente proporcionan el contexto en cuyo seno se produce la nueva creatividad, y en el que las nuevas pautas se someten a la selección natural.
Obviamente, la idea de que las regularidades de la naturaleza, la cultura y la mente son habituales no puede explicar, en primer lugar, de qué modo surgen las nuevas pautas: no explica la creatividad, sino sólo la estabilización de las nuevas pautas cuando ya han adquirido existencia. ¿Cuáles son las fuentes de la creatividad evolutiva? Trataré este interrogante en el capítulo 9.

TERCERA PARTE


La restauración del animismo
CAPITULO 7
La Tierra vuelve a la vida
EL REDESCUBRIMIENTO DE LA MADRE TIERRA
En los últimos siglos, una minoría educada de Occidente ha creído que nuestro planeta está muerto, que es sólo una esfera brumosa de roca inanimada que gira en torno del sol de acuerdo con leyes mecánicas. Esta es una opinión muy excéntrica si se considera en el seno de un contexto humano más amplio. A lo largo de su historia, prácticamente toda la humanidad (y la mayoría de ella incluso hoy en día) ha dado por sentado que la Tierra está viva.
La comprensión emergente contemporánea de la Tierra como algo vivo, aunque con raíces en antiguos patrones de pensamiento místico, ha sido fuertemente influida por dos percepciones característicamente modernas: primero, la visión de la Tierra desde el espacio, tal como la perciben los astronautas y los cosmonautas; segundo, la comprensión de que nuestras actividades económicas están cambiando el clima global.
La visión de la Tierra como un cuerpo esférico que flota en el espacio y rota sobre su eje fue capturada de forma imaginaria en el inicio mismo de la revolución científica. Con el uso de globos terráqueos, generaciones de escolares se han familiarizado con una versión común de esta idea. Quizá la calidad inanimada de estos modelos simples reforzó implícitamente la concepción de la Tierra en sí como algo inanimado. En cualquier caso, la visión del planeta desde los satélites artificiales en órbita, y desde la superficie de la Luna, en cierto sentido se limitó a confirmar lo que la mayoría de las personas educadas ya creían. Esta visión fue un triunfo para la humanidad, no sólo en virtud del heroísmo de los exploradores del espacio y de la tecnología que posibilitó sus viajes, sino también porque confirmó el poder de la imaginación científica. El cosmonauta ruso Igor Volk describió así su impresión:
Varios días después de mirar la Tierra se me ocurrió un pensamiento infantil: que a nosotros, los cosmonautas, nos estaban engañando. Si éramos los primeros hombres en el espacio, ¿quién había hecho el globo terráqueo correctamente? Después sustituí este pensamiento por el orgullo ante la capacidad humana para ver con nuestra mente. (1)
Al mismo tiempo, la visión de la Tierra desde afuera provocó un impacto más profundo y místico. Muchos de los exploradores del espacio se sintieron conmovidos por su belleza, pureza y esplendor. A otros les fascinó su cambio incesante, imposible de captar en imágenes fotográficas estáticas. "Las nubes eran siempre diferentes, la luz variaba. La nieve caía, la lluvia caía [. . .]. No se podía depender de ninguna imagen congelada en la mente." (2)
Pero el cosmonauta Aleksandr Aleksandrov resumió el mensaje principal para millones de personas. Mirando desde arriba a América y después a Rusia, vio la primera nevada e imaginó a los pueblos de ambos países preparándose para el invierno. "Y entonces se me ocurrió que todos somos hijos de nuestra Tierra. No importa qué país se vea. Todos somos hijos de la Tierra y debemos tratarla como a nuestra Madre." (3)
La comprensión de que estamos contaminando la Tierra, trastornando el equilibrio de la naturaleza y cambiando el clima global, apunta hacia la misma conclusión. Las fuerzas destructivas desencadenadas en el desarrollo económico y tecnológico han cobrado vida propia, desatendiendo alegremente sus consecuencias planetarias. Además, acompañadas por un aumento sin precedentes de la población humana. Estos procesos parecen ahora imparables.
Pero nuestras actividades no son independientes de la Tierra. Vivimos en ella. Si no le prestamos atención al perseguir nuestros fines humanos, ponemos en peligro nuestra propia supervivencia.

Igual que la Gran Madre de la mitología antigua, también tiene un aspecto terrorífico:


Gea, tal como la veo, no es una madre débil que tolera las malas conductas, ni una frágil y delicada damisela que corre peligro en las manos de una humanidad brutal. Es severa y ruda, conserva el mundo cálido y confortable para quienes obedecen sus leyes, pero destruye sin piedad a quienes las transgreden. (4)
El crecimiento de la civilización industrial ha conseguido que nos olvidásemos en gran medida de nuestra dependencia de los procesos vivos de la tierra. Ahora, nos vemos forzados a recordar que Gea es más grande que nosotros, y que la economía humana está insertada en la ecología de la biosfera. Entonces, ¿en qué sentido está viva Gea? Y ¿cuál será la diferencia si la consideramos como un organismo vivo y no como un sistema físico inanimado?
LA VIDA DE LA TIERRA
La filosofía orgánica u holística de la naturaleza que se ha desarrollado en los últimos sesenta años es una nueva forma de animismo. Implícita o explícitamente considera que toda la naturaleza está viva (capítulo 5). El universo como un todo es un organismo en desarrollo, y también lo son las galaxias, los sistemas solares y las biosferas que comprenden, entre ellas la Tierra (capítulo 6).
Desde el punto de vista mecanicista, estas ideas no tienen sentido. No existe ninguna "vida", sino sólo pautas complejas de interacción mecánica que obedecen a las leyes eternas de la física y la química. Los organismos biológicos son mecanismos complejos, que han evolucionado gracias a las mutaciones genéticas aleatorias y la selección natural. Como la Tierra no se reproduce, no tiene genes y, por lo que sabemos, no ha evolucionado como resultado de la competencia y la selección natural, no estaría viva.
Incluso los organismos biológicos -por ejemplo los delfines y los bambúes-, a los que convencionalmente se considera vivos, en realidad no lo están, si por "vivos" se entiende "animados". Son sólo mecanismos complejos que se autorregulan. No sorprende que en términos mecanicistas resulte prácticamente imposible definir la vida. Lo que siempre ha afirmado la temible herejía del vitalismo, y que el mecanicismo siempre negó, es la existencia de una vida o una vitalidad intrínseca de los organismos vivos (capítulo 5). Entonces, ¿cómo se puede distinguir el estado vivo del estado no- vivo? Si se intenta definir la vida en términos moleculares -por ejemplo, en función de la posesión de ADN y proteínas- no se pueden diferenciar los organismos vivos de los que acaban de morir, puesto que estos últimos poseen las mismas sustancias químicas. Además, tales definiciones químicas excluyen la posibilidad de una vida biológica en algún otro lugar del universo, basada en otros elementos químicos. y resultaría una generalización demasiado atrevida.
Si la vida se define en función de ciertos procesos físico-químicos, resulta difícil explicar por qué tales procesos son característicos de la vida, y difieren de los procesos físico-químicos igualmente mecanicistas que se producen en los organismos muertos o en las máquinas. ¿y qué decir de la reproducción, o por lo menos de la capacidad para reproducirse, como característica esencial de los organismos vivos? Tampoco este rasgo es definitorio: piénsese, por ejemplo, en seres estériles tales como las mulas o las obreras de una colmena. Ante tales dificultades, la ciencia académica suele pasar por alto la cuestión de la naturaleza de la vida. En la mayoría de los diccionarios de biología, la palabra "vida " brilla por su ausencia.
Algunos de los más prometedores intentos modernos, tendientes a concebir la naturaleza de los organismos vivos, incluyen y enfatizan los conceptos de información, comunicación y control en la importancia de la realimentación. Este es el enfoque de la teoría de los sistemas y de la filosofía holística u orgánica en general. Los organismos son todos vivientes, procesos de actividad que se autoorganizan. Los organismos biológicos son sólo un tipo especial de organismos. La Tierra es un organismo mucho más vasto, en cuyo seno se originan otros organismos, se desarrollan, quizá se reproducen y, antes o después, mueren. Por este motivo se parece mucho más a una gran Madre que a una bola brumosa de roca inanimada.
Durante décadas mecanicistas y holistas han discutido enardecidamente. Están en juego los modelos o los paradigmas fundamentales de la realidad. En el contexto del temor creciente a la crisis ambiental, se ha comprendido que nuestras actitudes afectan al modo como vivimos, e incluso nuestras perspectivas de supervivencia como especie. El debate sobre los modelos mecanicista y animista de la realidad no es ahora sólo científico o filosófico, sino también político.
LA HIPÓTESIS GEA
James Lovelock, el principal expositor de la hipótesis de que la Tierra es un organismo vivo que se autorregula, comenzó a formular sus ideas mientras reflexionaba sobre los posibles modos de detectar vida en Marte. Advirtió que si la atmósfera de la Tierra estuviera constituida por gases en equilibrio químico, como las atmósferas de Marte y Venus, contendría más o menos un 99 por ciento de bióxido de carbono. En cambio, sólo contiene un 0,03 por ciento, más un 78 por ciento de nitrógeno y un 21 por ciento de oxígeno. Esta composición sólo podía deberse a las actividades de los organismos vivos, y sólo podía mantenerse si esas actividades continuaban.
En general, activamente se acepta que, al principio, en la atmósfera de la Tierra no había prácticamente oxígeno ni nitrógeno; el actual predominio de estos gases se debe a las actividades liberadoras de nitrógeno de las bacterias y a la evolución de la fotosíntesis, de la que se desprende oxígeno libre. La reducción del bióxido de carbono a sus actuales niveles bajos también se debe a la actividad biológica, que retiró de la atmósfera y sepultó grandes cantidades de carbono -por ejemplo, carbonato de calcio en las rocas de piedra caliza (en gran medida constituidas por los caparazones de pequeños organismos del plancton oceánico, depositados como sedimento en el fondo del mar).



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