El rayo verde



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NEANDERTHAL John Darnton



John Darnton



Neanderthal

Y fue a consultar a Yahve, que le dijo: Dos pueblos llevas en tu seno.

Dos pueblos que al salir de tus entrañas se separaran.

Una nación prevalecerá sobre la otra nación y el mayor servirá al menor.

PEKIN, 9 de junio. Los científicos chinos le siguen la pista a un misterioso ser humano salvaje y peludo; han hallado pruebas indirectas de que las criaturas semejantes a los humanos que viven apartadas no son ningún mito, según dijo el viernes la agencia Xinhua.
Reuters, 1995

AGRADECIMIENTOS


Un importante editor de Random House, con una larga trayectoria profesional a sus espaldas, defendió el manuscrito de este libro y contribuyo a darle forma en sus albores. Este hombre es una persona legendaria en los círculos literarios; durante los treinta y cinco años que trabajo en la editorial publico un sinfín de libros de escritores famosos. Los autores lo respetaban, porque sabia mejorar sus obras y al mismo tiempo conservar su identidad propia, y muchos, incluso lo querían. Pero su nombre jamás apareció en el apartado de agradecimientos de sus libros. Siempre lo tachaba siendo, como era, de la vieja escuela, que sostiene que los editores deben permanecer, a toda costa, en la sombra. Si hubiera sido menos modesto, su nombre habría salido impreso en cientos de libros. Si todo hubiera ido bien, no habría aparecido aquí. Estas palabras tienen como único fin expresar mi gratitud y rendir mi homenaje—palabras a todas luces insuficientes—a Joe Fox.
Deseo dar las gracias también a Arthur Kopit, amigo, escritor y conspirador. Fue el primero que me dio la idea de narrar esta historia en forma de novela y quien muchas noches, hasta horas muy avanzadas, colaboro de forma decisiva a concretar los giros del argumento.
Estoy en deuda con Nicholas Delbanco, por su lectura y sus comentarios críticos; con Michael Koskoff, por su ayuda y sus consejos; con Christopher Stringer, por haberse leído los pasajes científicos clave; con Myra Shackley, por el material, de incalculable valor, contenido en sus dos libros sobre los neandertales, detrás de los cuales hay un minucioso trabajo de investigación científica; con Walter Parkes, por sus útiles sugerencias, y con Peter y Susan Osnos, por su apoyó y por haberme ofrecido su casa varios veranos, durante los cuales escribí gran parte de este libro.
Asimismo quisiera manifestar mi agradecimiento a Joseph Lelyveld y a Bill Keller, editor directivo, el primero, y editor de la sección extranjera, el segundo, de The New York Times, por haberme concedido amablemente algunos días de vacaciones para que pudiera cumplir con el plazo de entrega del manuscrito; a Marion Underhill, Sue Nestor y Tony Beard, de las oficinas londinenses de The New York Times, que me brindaron apoyó logístico sin queja alguna; a Jon Karp, mi nuevo editor de Random House, quien, de buenas a primeras, se enfrasco en el trabajo de dirigir la redacción del manuscrito en su fase final; y a Kathy Robbins, mi agente y amiga, que es sencillamente la mejor en su trabajo.
Y gracias, naturalmente, a mis hijos, Kyra, Liza y Jamie Darnton, cuya ilusión, ardor y sugerencias me fueron de un inconmensurable valor, y a la persona que mas hizo por animarme, por escucharme, por aportarme ideas geniales, por volver a escribir lo ya escrito, por imprimir, por darme la mano, por enjugarme la frente, por negociar y, en general, por estar siempre a mi lado: Nina Darnton.
En 1910, Geoffrey Bakersfield—Smyth, un erudito aventurero de Leeds, entregado a su pasión por coleccionar y clasificar flores alpinas, entro por casualidad en el Museo Nacional de Antigüedades y otros Objetos de Dushanbe, en el kanato de Bujara. En el sótano del museo, entre viejas cajas de vasijas de barro, archivos deteriorados por la humedad y otras tantas cosas echadas a perder, encontró una piedra única. Era una tabla rectangular, grabada con mucho esmero, del tamaño de una mesita auxiliar. Le faltaba un trozo —el borde exterior derecho estaba mellado en forma de ese y parte del grabado estaba totalmente desgastado.

Pero había unas líneas tan claras como huellas de unas botas en el barro; eran figuras humanas, aunque fuera imposible decir de que figuras se trataba.


En la sala en la que se guardaban los polvorientos archivos del museo, Bakersfield—Smyth hallo una breve nota, escrita con mano temblorosa. La tabla había sido descubierta en I874 por un campesino mientras araba su campo, situado junto a una aldea de montaña en tierras tadzhikes. (Bakersfield—Smyth recordó que en 1987 un terremoto había sacudido Oriente y supuso que la tabla había salido despedida de alguna de las cuevas subterráneas de piedra caliza que abundaban en la zona.) El campesino la llevo en una carreta tirada por bueyes a Khodzant, el pueblo de la provincia, y la dejo en la puerta de una tienda de paños. En ninguna parte constaba ni como ni cuando había sido transportada la tabla al museo de Dushanbe.
Bakersfield—Smyth tomo notas, en las que describía sucintamente la tabla. Quitó con un cortaplumas la arenisca silicea que había entre las grietas y en las muescas, y calco los dibujos. Después cogió su cámara y la fotografió. Registro todo el museo en busca de la parte que faltaba, pero no la hallo.
En Londres, Bakersfield—Smyth le mostró sus notas y sus fotografías a P. T. Baylord, quien mas tarde se convertiría en lord Uckston, que era un especialista en antropología biológica, a la sazón una ciencia relativamente nueva. En I9I3, Baylord publico en el Journal of the Royal Society for Archaeology una monografía y un articulo titulados <>. Amplió las fotografías, las corto, luego juntó en una secuencia lineal las imágenes que había obtenido por separado, y de ese modo Baylord pudo reconstruir la historia que narraba la tabla. Afirmo que esta hacia referencia a una antigua batalla de tal magnitud, según el, que los supervivientes se habían sentido impelidos a inmortalizarla y transmitirla a las generaciones posteriores.
Adviértanse los intentos por situar la acción en un tiempo y en un lugar determinados —escribió—. Concretamente observamos símbolos que podrían representar las lunas y otros que al parecer representan el follaje estacional. En un extremo hay un dibujo que es, según todos los indicios, una montaña y un peculiar afloramiento rocoso con salientes que le confieren el aspecto del dorso de un puno cerrado.

Desconocemos el lugar exacto en el que se halla este sistema montañoso, pero conviene señalar que la región mas alta del Pamir, que abarca Afganistán, Tadzhikistan, Jammu y Cachemira, en gran parte por explorar, contiene numerosas formaciones rocosas casi únicas por sus dimensiones gigantescas y sus formas extrañas, atribuibles a la erosión de los glaciares.


El relato de la batalla escrito por Baylord era impresionante, aunque en ultima instancia insatisfactorio a causa del trozo que faltaba. Se desconocía el final, si es que lo hubo. La historia se desvanecía en el aire, por así decirlo. Pero pudo discernir claramente dos bandos de guerreros e identificar tres contiendas distintas. Incluso llego a conjeturar que en una esquina había un montón de cuerpos sin vida, aunque los cadáveres estaban curiosamente representados, al parecer, por ojos humanos colgados en unos árboles.
Después de pasarse semanas enteras examinando las fotografías con una lupa y haciendo minuciosos dibujos en un trozo de arcilla con un escalpelo de cirujano con el fin de reconstruir las partes que faltaban, descubrió las diminutas armas de los soldados, las cuales, escribió, <>.
Pero el trabajo, desde un punto de vista científico, era muy poco riguroso. Sin el original, era absolutamente imposible datar la tabla. En consecuencia, Baylord, a modo de conclusión, no tuvo mas remedio que aventurar una hipótesis que era, en gran medida, una mera suposición: probablemente, los combatientes pertenecían a pequeños clanes de mongoles que entablaron batallas entre el ano 100 y el ano 200 a. C. Y en ningún momento reparo en un detalle intrigante de la tabla: el hecho de que un grupo de guerreros era distinto del otro, puesto que se caracterizaba por tener una frente extrañamente huidiza que terminaba en unos arcos superciliares muy prominentes. Baylord se limito a hacer una alusión, de pasada, a <>.
Sus escritos levantaron un ligero revuelo en los círculos académicos, que pronto fue apagándose paulatinamente. Algunos sostenían que se trataba de un fraude. Su breve monografía siguió viva solo entre un puñado de arqueólogos que la consideraban una curiosidad. Las conferencias sobre <<El enigma de Khodzant>> se convirtieron en unas de las favoritas entre los estudiantes universitarios.

La piedra se quedó en el sótano del museo, totalmente abandonada, y mas tarde, cuando la Revolución rusa se extendió hasta Tadzhikistan, se perdió.



El enigma de Khodzant
Akbar Atilla dejo su AK—47 apoyado en el tronco de un árbol y se alejo de la hoguera del campamento en busca de un lugar donde hacer sus necesidades. La luz de la luna era débil y la visibilidad casi nula. Diversas capas de nubes cubrían el cielo nocturno y de vez en cuando la negrura era absoluta.
Las guerrillas de mujahiddines habían ido subiendo por las montañas de Tadzhikistan hasta una altura considerable con la finalidad de hallar un lugar seguro donde asentar su base. Ninguna fuerza armada del Estado podría darles alcance a menos que montaran una expedición de envergadura y, en el caso de que lo hicieran, las guerrillas podrían esperarles tranquilamente, escondidas en cualquiera de los múltiples barrancos que había en el lugar, y dispararles. Aquellas montañas eran una fortaleza inexpugnable.
Subió la cuesta rocosa, intentando encontrar el sendero guiándose por el contacto de los pies con el suelo. De pronto se detuvo y escucho. Se oía el rumor de las hojas de los abetos que el viento movía y las voces de sus camaradas, que hablaban tranquilamente, abajo. Uno de ellos estaba contando una historia.
Se aflojo el abrigo del uniforme militar y se dispuso a desabrocharse el cinturón. En aquel momento oyó un ruido inconfundible a sus espaldas: eran los pasos de alguien que se acercaba. Se irguió y fue a volverse, pero el ataque fue tan rápido que no le dio tiempo de reaccionar. Sintió un fortísimo golpe en la cabeza y alzo la vista, aterrado. Las nubes se deshacían en el cielo. A la luz de la luna vio una vaga silueta, grotesca y salvaje, que emitía gruñidos, y un rostro alargado con unas sobrecejas muy prominentes. Ni siquiera pudo chillar; lo golpearon otra vez y luego sintió que unos brazos le estrujaban y le rompían las costillas. Hasta que la noche se lo tragó.
A la mañana siguiente, muy temprano, sus camaradas hallaron el rifle apoyado en el árbol. No había nada más. Pensaron que quizás habría bajado al valle a ver a su familia o a cosechar los campos. ¿Pero porque no se llevo el arma consigo?
La historia de esta desaparición era similar a otras que habían ocurrido recientemente, de modo que al final llego a oídos de los aldeanos y mas tarde también se enteraron los habitantes del pueblo que había en las colinas, al pie de las montañas. Para entonces al relato le habían añadido tantos detalles imaginarios, con el propósito de embellecerlo, que apenas guardaba ya ningún parecido con lo que en realidad había sucedido. Únicamente el misterio esencial permaneció inalterado: un hombre se había esfumado sin dejar rastro, como si se lo hubiera tragado la tierra.
Un norteamericano que viajaba por el Pamir, a quien por comodidad y para evitar molestas preguntas llamaban cónsul, recogió el acontecimiento y lo transcribió en un disquete; añadió asimismo un breve recorte del periódico local de aquella semana, que su secretaria tradujo:
HISKADETH, 8 de noviembre.

Una joven de veinticuatro años de Surrey, Inglaterra, que formaba parte de un grupo de excursionistas y alpinistas que escalaba el Askasi, fue hallada muerta la semana pasada.

El responsable de la expedición, Robert Brody, de Londres, dijo que desde que la joven, Katrina Bryan, se había alejado del campamento, el grupo había estado muy preocupado por ella. También aseguro que habían emprendido una búsqueda exhaustiva durante cuatro días sin éxito, y cuando ya se habían dado por vencidos y habían decidido iniciar el descenso, hallaron el cuerpo en un saliente, a unos tres kilómetros de la cima del monte.

Los excursionistas llevaban tres semanas recorriendo y escalando las montañas de aquella región, raramente visitada por los forasteros. Los lugareños cuentan historias de ciertos..Hombres de la montañas que capturan a las personas que se aventuran a ir hasta allí. El señor Brody dijo que todos habían vivido atemorizados por diversas apariciones misteriosas, pero rehuyó dar mas detalles.

La autopsia, llevada a cabo por el doctor Askan Katari, mostró que presentaba múltiples abrasiones y extensas lesiones craneales. Había..Ciertas contradicciones, dijo el doctor Katari sin dar mayores explicaciones. Han repatriado el cadáver a Inglaterra para que pueda procederse a su inhumación.
El cónsul codificó el disquete y lo metió en un sobre en el que escribió las señas del college de Bethesda, en Maryland, al cual le habían aconsejado que se dirigiera en ocasiones como aquella. Lo envió por medio de la valija diplomática de la Embajada norteamericana de Dushanbe, la capital de Tadzhikistan.
Matt decidió tomarse un descanso. Salio de un agujero que parecía una tumba, fue a recoger el cántaro de agua y, cuando estaba bebiendo, por el rabillo del ojo vio una manchita. Volvió a dejarlo en el suelo y miro fijamente el valle; muy a lo lejos había una nube de polvo. Era un coche.
El primer coche que veía en los últimos cuatro meses.

¿Que hacia allí, en aquel lugar remoto y desierto?

Se quito el sombrero de ala ancha manchado de sudor y alzo la vista. Al instante tuvo la sensación de que el sol del África oriental le perforaba el cerebro. Movió repetidamente los hombros, haciéndolos girar, y sintió un dolor muy agradable en los músculos de la espalda.
En la pendiente árida que había a sus pies vio a cinco personas trabajando. Eran sus alumnos. Le gustaba mirarlos desde cierta altura, como ahora.

Todos estaban ajetreados, ocupados en la excavación.

Uno de ellos empujaba una carretilla cargada de trozos de roca; otro, tendido boca abajo en una zanja, estaba pasando un cepillo de dientes por la superficie de una piedra. Que exótico era, con aquel calor y en medio de tanto polvo. Parecía un paisaje lunar.
Echó un vistazo al reloj. Era la hora de almorzar.

Bajó la colina a grandes zancadas, de lado, y entró en la tienda de campana. En el interior hacia un calor sofocante. Dejó la puerta de lona abierta y encendió un ventilador que tenia un aspa de plástico de diez centímetros y que poca cosa hacia por mover aquel aire inerte.


Se oía el sordo zumbido de las moscas.

Inesperadamente Matt vio su rostro reflejado en un espejo que colgaba de uno de los palos de la tienda. Examino los chorros de sudor que le resbalaban por la frente y las mejillas, hasta desaparecer en la barba. El pelo, castaño y espeso, le cubría la frente y las orejas, y le llegaba hasta el cuello de la camisa. El polvo se le había acumulado en las patas de gallo que tenia alrededor de los ojos marrón oscuro y en las arrugas que se le habían formado a ambos lados de la boca.


Se quitó las botas, se sacudió los pies, se tumbo en el catre, doblo los brazos, apoyó la cabeza en las maños entrelazadas y miro el luminoso techó de lona de la tienda, recubierto de un material protector, que el airecillo del ventilador movía letárgicamente. Una sombra se deslizo de pronto por el.
— ¿Duermes?
En el tono de voz de Nicole se detectaba alegría, deseo y también burla, aunque ligera.
—No. En realidad solamente me he echado a dormir una siesta.
—Solo es la una.
Matt se sentó.
—Ya sabes que estoy hecho un anciano...
Nicole sonrió y meneo la cabeza exasperada. No soportaba que el hiciera referencia a su edad. Era una manera mas, de las múltiples a las que el recurría, de interponer una distancia insalvable entre ellos dos. Se quito la badana que llevaba atada a la cabeza y se dejo el pelo suelto, que le cayo hacia atrás. El aire del ventilador le movía la parte de la cabellera color nogal, larga y llena de polvo, que se le veía por encima de los hombros.
—Has visto el coche —dijo Nicole.
Más que una pregunta era una afirmación.
—Si.
— ¿Quien puede ser?
—No lo se. No esperamos correo hasta dentro de dos semanas.
—Podría ser algo importante. Tal vez una pieza para tu ordenador.
—Un manual de instrucciones, seguramente.
Matt tenía el ordenador en un rincón y nunca lo usaba.

Era incapaz de manejarlo —como a el le gustaba decir, era un hombre del pasado, no del futuro—y su ineptitud era objeto de bromas entre sus alumnos.


—Tal vez sea un mensaje de la universidad.

Quizás van a financiar la excavación seis meses más.


—Cuando dan dinero, no mandan a nadie que tenga que recorrer medio mundo para entregarlo. Lo anuncian por la noche... en una sala vacía.
Nicole se rió. El se levantó y estiro los brazos.
—Bueno —comento—, sea quien sea, llega tarde para el almuerzo.
Matt se fue hacia la puerta.
—Solo espero que no sean malas noticias —dijo Nicole—. Me encanta estar aquí. He encontrado el trabajo de mi vida.
Matt sonrió.
—Tiene momentos especiales —afirmo.
Después, con una inclinación de cabeza, le señalo con la mano la puerta de la tienda de campana: una invitación a que se marchase. Ella le dirigió una mirada ardiente y cuando estuvo a su lado le pasó despacio el índice por el vientre, arrugándole la camisa y acariciándole la piel debajo del ombligo. Sin quererlo, Matt sintió que se excitaba.
¿Por que no dormía con ella? No es que no sintiera deseo; eso, gracias a Dios, no lo había abandonado.

Recordó la noche que Nicole tomo la iniciativa. Ella había entrado a hurtadillas en su tienda y se la encontró esperándolo en su catre. Bajo el pabellón de la mosquitera, que la cubría como una bata transparente, vio que estaba desnuda. A Matt le acometió una mezcla de deseo y de miedo. Se acercó a la caja en la que guardaba sus pertrechos, cogió una botella de un quinto de galón de whisky y se sentó en una canasta que había cerca de la cama. Estuvieron bebiendo los dos, pasándose la botella el uno al otro.

Ella se sentó, cubriéndose el pechó con una manta, pero una o dos veces, cuando se inclino para ir a cogerle la botella, no la sujeto y el vio sus senos, pequeños y firmes.

¿Cuanto tiempo hacia que habían hecho el amor. Tres meses?


Bebieron como dos buenos amigos hasta que terminaron la botella. El salio tambaleándose a pasear bajo las estrellas y, cuando regreso una hora mas tarde, ella ya no estaba. Durante los días siguientes estuvo furiosa.

Luego, sin saber como, su furia desapareció y empezó a comportarse como si tuviera ciertos derechos sobre el. En las comidas se sentaba a su lado, lo miraba y, si el contaba chistes o bromeaba, ella le sonreía como les sonríen las mujeres a sus maridos.


En un par de ocasiones ella se las ingenio para quedarse a solas con el y así poder hablar. El se apercibió, pero fingió no darse cuenta de nada y desvió la conversación tomándole el pelo de tal modo que resulto casi cruel. Se sentía vil, pero aquello —el romance al calor de la hoguera del campamento entre la estudiante recién graduada y el profesor encallecido por los safaris parecía tan tópico y le producía tanto hastío como los hallazgos casuales de huesecitos en las excavaciones. No quería pasar por las inevitables declaraciones, confesiones y recriminaciones. Tal vez este haciéndome viejo, se dijo, pero me apetece consagrarme a la abstinencia del mismo modo que en el pasado solía deleitarme en el desenfreno.
De pronto, a los treinta y ocho años, Matt había tomado conciencia del tiempo. No se perdonaba haber caído en la hipocresía de los romances; los juegos, el esfuerzo por mantener el misterio, la rutina propia de todos los amoríos, que el había ido perfeccionando a lo largo de los años, le parecían ahora tan insípidos como el parloteo vacuo de los políticos. Solamente una vez fue capaz de despojarse de todo este fingimiento, y lo había estropeado todo. Pero de eso hacia muchos años.
Se sentía inquieto e insatisfecho; sus emociones y sus sentimientos estaban gastados. Se decía que anhelaba la soledad, que para el era un autentico tesoro, lo cual era cierto, pero también era cierto y era lo bastante honrado para reconocerlo en sus noches de insomnio—que se sentía solo.
Con todo, la situación que se había creado entre Nicole y el era inestable. Tendría que actuar de manera que le hiciera ver que comprendía sus sentimientos porque de lo contrario explotaría, y eso echaría a perder la expedición. Siempre le había sorprendido lo importante que es, para que una excavación sea un éxito, que haya un espíritu de grupo y que este se sienta cohesionado.
Matt salio de la tienda y se quedó mirando la cuenca del valle. El coche estaba cada vez mas cerca. El polvo que levantaba parecía una explosión; luego iba cayendo suavemente, como caen las plumas.
—Lo que más me gusta de este lugar es que nadie puede atacarte por sorpresa—dijo.
—Y así tienes tiempo de levantar fortificaciones con el fin de defenderte.
Nicole se volvió y le lanzo una mirada significativa, como recalcando el doble sentido de sus palabras. Cuando iba andando por el sendero, Matt, que iba detrás de ella, tenía la vista clavada en sus pantalones cortos deshilachados.

Los hilos que colgaban parecían flequillos emblanquecidos sobre la piel desnuda de sus muslos; Nicole andaba despacio y marcaba el paso, lo que le permitió a Matt ver el contorno de las bragas y observar el balanceo de sus nalgas.


Como siempre que hablaba en público, la doctora Susan Arnot estaba excitada, aunque solo fuera, como en esta ocasión, ante unos estudiantes universitarios de antropología de primer curso. Cuando alguien da una conferencia se convierte en el centro de atención y todos los ojos están puestos en el. Tenia que admitir que también le gustaba el hecho de sentir que dominaba la situación. ¿En eso consistía la de magia?
El curso de Susan Arnot sobre el hombre prehistórico era uno de los más populares de la Universidad de Wisconsin, aunque Susan era famosa por ser una profesora exigente a la hora de corregir los exámenes. Inscribirse en un curso que impartía una persona celebre en su especialidad y cuyas teorías, además, al poner en solfa las ideas establecidas, generaban polémica representaba una emoción añadida.

Y por supuesto estaba también su fama, entre alumnos y profesores, de <>. Tenía un biotipo esplendido, unas piernas bastante largas y un estilo de vestir juvenil; a veces, los días que no iba a la universidad, se ponía unos tejanos, una chaqueta de cuero negra e iba en moto, con el pelo largo, negro y brillante remetido en un casco de color cereza. Cuando entraba en un aula o en una sala se producía una conmoción invisible, como si las moléculas se calentaran.


Las clases de Susan eran legendarias entre el alumnado, de modo que sus aulas estaban siempre a rebosar. De pie en la tarima, con un haz de luz lanzado desde el otro extremo del aula por encima de su cabeza como si fuera un proyector orientable, de los que se usan en los teatros, veía los contornos de los rostros pero no las facciones. En la penumbra se distinguía el resplandor de algunas joyas y un par de gafas que reflejaban la luz cual diminutos faros en la semioscuridad.
Había distendido el ambiente con comentarios jocosos: el habitual repertorio de hallazgos arqueológicos raros, las comparaciones entre el hombre de Java y una eminente personalidad de la universidad, el fraude de la mandíbula de Piltdown y un trabajo de investigación de un profesor. Era un recurso fácil pero funcionaba, y se sentía gratificada cuando ellos se reían justo en el momento en que se tenían que reír.
Bruscamente levantó el puno derecho, flexiono el pulgar y se oyó un zumbido distante. A sus espaldas apareció un mapa enorme dibujado con tinta negra; los ríos estaban representados por unas líneas serpenteantes y las colinas por unas pestañas. Los alumnos fijaron su atención en el; algunos levantaron sus plumas, dispuestos a garabatear apuntes. Topónimos alemanes del valle del Rin: Oberhausen, Solin gen, el rió Dussel. Susan alzo el puntero y se acercó al mapa muy seria.

—Y así llegamos al acontecimiento principal. Para ello hemos de remontarnos al mes de agosto del ano I856.

Tres años antes de que Darwin publique El origen de las especies. Ha estado trabajando en el durante unos veinte años y no tiene ninguna prisa por terminarlo. Pero pronto se entera de que un rival suyo esta trabajando en un manuscrito en el cual expone lo que el denomina <>. Eso provocara que Darwin se ponga a trabajar a un ritmo frenético.
Se interrumpió y miro a sus alumnos; quería asegurarse de que la seguían. Sin saber por que empezó a ponerse un poco nerviosa; era una sensación vaga, desconcertante, y que desde hacia unos días iba y venia de forma inexplicable.
Levantó el puntero y la punta de goma roja rozo el mapa Susan acarició el centro con un movimiento circular y lento.
—Aquí, en este pequeño valle al este del Rin, se va a producir un hallazgo que trastocara las teorías científicas del siglo XIX. Y al igual que en muchos hallazgos importantes, el azar jugara un papel decisivo.
Levantó el puno. Se oyó otro clic y en la pantalla resplandeció una fotografía en color que mostraba praderas y claros umbrosos.
—Este es un pequeño valle tranquilo, sembrado de edelweis y narcisos trompones. En el siglo XVII la garganta recibió el nombre del director de un colegio de Dusseldorf, Joachim Neumann, quien acostumbraba a vagar por el valle en busca de inspiración para sus poemas y sus composiciones musicales, por cierto espantosas. Pero era un personaje querido y, al morir, los habitantes de mayor edad del pueblo decidieron poner su nombre a los campos que el adoro. Joachim era un pedante: prefería que se dirigieran a el utilizando la traducción griega de su apellido, Neander, que significa <




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