El Pueblo de Dios. Capítulo la iglesia como pueblo. José Comblin capítulo 5 la iglesia como pueblo



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José Comblin - El Pueblo de Dios. Capítulo 5 : La Iglesia Como Pueblo.

El Pueblo de Dios.

Capítulo 5. - LA IGLESIA COMO PUEBLO.

José Comblin

CAPÍTULO 5 LA IGLESIA COMO PUEBLO.

Los cuatro primeros capítulos fueron históricos. Rehicimos, de forma bastante resumida, la historia del concepto de pueblo de Dios en el Vaticano II – en la preparación, en la definición y en la recepción. Pasamos ahora a la parte sistemática. Buscaremos entender el contenido que el tema pueblo de Dios trae a la Iglesia.



1. El alcance de la elección del tema del pueblo de Dios.

En este capítulo estudiaremos el contenido del concepto cristiano de pueblo. Sabemos ya que este concepto nació en la Biblia. Sin embargo recibió, en el curso de la historia cristiana, muchos enriquecimientos. Además de eso, asimiló elementos de diversas civilizaciones, sobre todo del mundo greco-romano, esto es, de la ciudad griega y de la república romana. Pasó por muchos episodios, muchas deformaciones y desvíos, pero siempre reapareció y, finalmente, triunfó en el Concilio Vaticano II – a pesar de las correcciones que se quiso hacer después del Vaticano II.

Hechas estas consideraciones, necesitamos reconocer, como punto de partida, que el contenido del concepto de pueblo aplicado a la Iglesia es semejante al contenido del concepto de pueblo aplicado a todos los pueblos de la Tierra. El concepto de pueblo, dado a los pueblos de la Tierra, nació y creció como secularización del concepto cristiano y constituye una prolongación de la realidad del pueblo de Dios. No fue la Iglesia quien recibió el concepto de pueblo del mundo humano, sino el mundo humano que lo recibió de la Iglesia.

Si la Iglesia es pueblo de Dios, eso quiere decir que su misterio de comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se vive y se realiza en una condición de pueblo. Pueblo, como veremos, incluye toda la realidad humana en su diversidad concreta. El misterio de la Iglesia no se vive en un mundo paralelo al mundo de los pueblos terrestres, en un mundo espiritualizado, supraterrestre, en un mundo de almas, en un mundo puramente religioso. La religión es parte de un pueblo, pero no es el pueblo. Si la Iglesia es pueblo, eso quiere decir que ella no se limita a la dimensión religiosa de la vida, sino que penetra en toda la diversidad del ser humano.

El Sínodo de 1985 parece haber sido muy atraído por una figura pseudotradicional de la Iglesia que responde bastante bien a lo que denuncia Hans Küng: una Iglesia hipostasiada: “Si la Iglesia es realmente pueblo de Dios, es imposible ver en ella una hipóstasis casi divina entre Dios y los hombres… La Iglesia estaría, entonces, separada de los hombres concretos que la constituyen, y quedaría idealizada: una Ecclesia quoad substantiam, una institución supra personal de mediación entre Dios y el hombre. Sin duda alguna, la Iglesia como comunidad, es esencialmente más que la suma de los individuos. Pero, a pesar de esto, ella es y permanece siempre la comunidad de creyentes que Dios reúne para formar su pueblo. Sin este pueblo de creyentes, la Iglesia no es nada”134.

En el Sínodo varios participantes manifestaron el temor de que, con el concepto de pueblo de Dios, se podría llegar al pensamiento de que la Iglesia es obra de los hombres y no de Dios135. Esta objeción es inconcebible partiendo de obispos y teólogos. Después de siglos de debates entre molinistas y bañezianistas, ya llegó el tiempo de saber que la causalidad de Dios y de los hombres no se excluyen: Dios hace y el hombre también; Dios es libre y el hombre también. Dios hace la Iglesia por intermedio de la libertad de los hombres. Dios y los seres humanos siempre actúan juntos, cada uno en su nivel. Exaltar el poder del hombre es exaltar el poder de Dios. Dios hace la Iglesia, pero por intermedio de creaturas humanas libres – así como Jesús funda la Iglesia por su humanidad y no puramente por decreto de su divinidad. La funda por una serie de actos humanos plenamente humanos, y no hay conflicto entre la divinidad de Jesús y su humanidad. De la misma manera se debe decir que la Iglesia es obra de Dios y de personas.

El cristiano es miembro del pueblo de Dios en todas las actividades humanas dentro de la cultura de un pueblo particular. Ser miembro del pueblo no es separarse de los demás para practicar actos separados, como actos religiosos. Estos son útiles como preparación, formación, pero no constituyen la realidad de la Iglesia, pues los cristianos son sacerdotes ofreciendo a Dios la ofrenda de su vida en medio de su pueblo, como dice San Pablo.

Si la Iglesia es pueblo, no puede vivir en un gueto, en un refugio aparte del mundo real. Hasta el inicio de la era cristiana, donde había muchas persecuciones – cuando los cristianos eran oficialmente proscritos por la ley romana – se creían ciudadanos del imperio, responsables por la marcha del imperio en que estaban y, en su actuar, siempre se situaban en el centro de ese mundo – aunque éste estuviese voluntariamente separado y buscara rechazar cualquier penetración cristiana. La Iglesia era pueblo en medio de los pueblos y no gueto separado, como son las sectas.

Sin embargo, el pueblo de Dios no constituye más, desde Jesús, un pueblo separado en un territorio separado, en una historia separada. No es pueblo al lado de los otros, sino que igual a los otros en todo. Es pueblo dentro de los otros. En eso la historia de la cristiandad desde Constantino hasta la época contemporánea, se equivocó: la cristiandad fue un pueblo al lado de otros, una sociedad al lado de otras, un pueblo particular. Se creía universal porque poco sabía de los otros pueblos existentes – salvo el pueblo musulmán que fue considerado el reino del Anticristo. Pero era un pueblo particular con pretensión universal.

La cristiandad tuvo la ilusión de ser, al mismo tiempo, el pueblo universal y el pueblo de Dios, un pueblo total, completo, terrestre y completamente cristiano, donde se identificarían a la entidad de pueblo natural con la entidad cristiana de pueblo de Dios. Este proyecto no fue realizado completamente, pero, como ilusión, desvió gravemente el sentido del cristianismo, porque había la tentación de confusión – de allí las Cruzadas, la Inquisición, los privilegios del clero, las pretensiones del papa en el mundo temporal, el recurso al brazo secular, la superioridad del poder espiritual, etc. Siempre hubo voces protestando en nombre del Evangelio, pero ellas no prevalecieron en la institución que quiso mantener el régimen de cristiandad hasta el final.

La cristiandad pasó, dejando solamente monumentos, recuerdos, reliquias y – para muchos – nostalgias. En adelante sabemos que el pueblo de Dios vive dentro de los otros. Mejor dicho: que vive de los otros, pues sus miembros son también miembros de un pueblo particular. Los cristianos pertenecen, de cierto modo, a dos pueblos distintos, aunque convergentes. Ser brasileño no es ser miembro del pueblo de Dios, aunque los brasileños puedan ser cristianos solamente dentro de su condición de brasileños con todas las particularidades. No existe el cristiano en general. Solamente existen cristianos particulares, cada uno dentro de su pueblo.

Fue necesario redescubrir lo que se llama hoy escatología. La Iglesia es realidad escatológica. Esto quiere decir que solamente recibirá su expresión perfecta y completa en el nuevo mundo, después de la resurrección en la nueva Jerusalén. Hasta allá ella existe y vive buscando aproximarse a su forma completa en una lucha incesante. Es como si fuese una nueva especie buscando la vida en medio de otras especies. Con la diferencia de que el pueblo de Dios reunirá, al final, todos los pueblos de la tierra.

En el presente el pueblo de Dios vive en medio del pueblo, como fermento que busca transformar el pueblo entero en un pueblo de Dios, aun sabiendo que esta tarea nunca será completa en este mundo. Por esto la Iglesia existe dentro de los pueblos de la tierra, aun siendo distinta, porque constituye el proyecto que está en el fin de cada pueblo. Ella trae el inicio de una caminada que debe conducir a todos los pueblos a su destino final. Hasta entonces busca, como fermento activo, transformar la masa – constituida por todos los pueblos en los cuales están sus miembros.

El Vaticano II dedicó un capítulo entero a la naturaleza escatológica de la Iglesia: Lumen gentium, cap. VII. Aun siendo pueblo escatológico o mesiánico, la Iglesia es verdadero pueblo – y necesitamos examinar toda la riqueza del contenido de este concepto.

Tratando del elemento humano de la Iglesia no pretendemos negar o minimizar la importancia del elemento divino, del misterio – muy por el contrario. Se trata de poner el misterio en el lugar real, concreto, humano, en que él se hace presente en la tierra. Misterio divino y realidad humana coexisten en su plenitud. No hay necesidad de sacar algo de la humanidad para exaltar a la divinidad, ni sacar algo de la divinidad para valorar a la humanidad. De acuerdo con la fórmula del Concilio de Calcedonia, la humanidad y divinidad subsisten cada una en su plenitud, aunque estén unidas en lo concreto de la existencia. No conoceremos bien el misterio si no sabemos de qué manera es él vivido en la vida humana.

El capítulo 1 de la Lumen gentium trata de la Iglesia como misterio, esto es, del aspecto divino de la Iglesia. Los capítulos siguientes tratan del aspecto humano de la Iglesia, o sea, de la humanidad de la Iglesia o de su aspecto humano. El papa Juan Pablo II destacó, con mucho énfasis, el carácter humano de la Iglesia cuando pidió perdón por un gran número de pecados cometidos por ella. Fue un acto de coraje porque rompió con una larga tradición que consistía en ocultar todo lo negativo de la historia de la Iglesia.

La apologética tradicional buscó tantas veces esconder o minimizar los hechos, considerando a las personas que los recordaban, como enemigas de la Iglesia. De esta manera ocultaba la humanidad de la Iglesia, defendiendo para la Iglesia una interpretación que merecería el nombre de monofisita – todo en la Iglesia sería divino o de inspiración divina. Tal sacralización de la Iglesia pudo convencer a masas humanas aún zambullidas en la mentalidad de las religiones antiguas, de las religiones de los pueblos de la edad neolítica, pero ya no convence a una población más letrada y más crítica.

Sin embargo la humanidad de la Iglesia no se limita a resaltar los aspectos negativos de su historia. Los aspectos negativos son limitaciones inevitables de toda institución humana, pero no pueden esconder todo lo positivo de la acción del cristianismo en la historia de los últimos dos mil años.

En la Iglesia todo es divino y todo es humano al mismo tiempo. No se disminuye la divinidad destacando la humanidad, porque todo lo humano procede también de Dios. Todo lo que es positivo y humano en la Iglesia procede de la humanidad y es penetrado por las culturas y por la historia humana. No hay nada que no tenga la marca de la historia humana. Así como la humanidad de Jesús no perjudica ni limita su divinidad, así la humanidad de la Iglesia no impide que ella sea también el Cuerpo de Cristo y habitación del Espíritu Santo. Estas realidades divinas son vividas de modo humano, dentro de un contexto humano, a pesar de las limitaciones humanas.

Ahora bien, la Biblia eligió el tema pueblo para hablar de la humanidad de la Iglesia. Podemos pensar que para esto había muchas y buenas razones. A decir verdad, el tema pueblo no describe solamente una teoría, sino que también una práctica. La Iglesia fue fundada, nació, creció y vivió en la forma de pueblo. La Iglesia recibe el nombre de pueblo porque es pueblo y existe en forma de pueblo. Este fue el modo de ser que Dios escogió para la humanidad.

Naturalmente el pueblo que es la Iglesia se inspira y se apoya en el pueblo de Israel del Antiguo Testamento. La Iglesia nació como modificación dada al pueblo de Israel, como auténtica continuidad del pueblo de Israel, aunque la continuación se haga de forma paradojal, ya que, de cierto modo, constituye total inversión. Sin embargo, la Iglesia no solamente nunca perdió el contacto con el pueblo de Israel, del Antiguo Testamento, sino que frecuentemente buscó recuperar y adaptar modos de vivir y conceptos que están en el Antiguo Testamento. Incluso después del Nuevo, el Antiguo Testamento siguió ejerciendo influencia en el Nuevo – a veces de forma excesiva, sin mucho criterio.

Por su lado, el pueblo de Israel se inspiró en los pueblos que le eran contemporáneos. Durante toda su historia luchó contra la tendencia de asemejarse a los otros pueblos, imitándolos en todo – como si fuese difícil desligarse de una estructura rígida común a los pueblos vecinos. Los profetas recordaron a Israel que tenía una vocación específica, única, que lo obligaba a vivir de modo diferente. Israel ya era un pueblo diferente, pero aún era un pueblo ligado a una tierra, una cultura y un idioma.

De la misma forma la Iglesia es también un pueblo diferente – tanto de los pueblos de la tierra como de Israel. Pero no deja de ser pueblo. Mantiene las estructuras fundamentales del pueblo. Lejos de ser una categoría superada, el pueblo es más necesario que nunca para la comprensión de la Iglesia.

Hoy, más que nunca, necesitamos insistir en la realidad del pueblo. o sea, de la vida colectiva de los discípulos de Jesús – de manera que se pueda entender como vida de un pueblo. Estamos en un período de extremo individualismo. Durante el tiempo de la modernidad se pensó que se había alcanzado el auge del individualismo. Sin embargo, lo que se vio en las últimas décadas fue que el individualismo de la modernidad aun cargaba muchos elementos de vida comunitaria heredados de los pueblos tradicionales y de la cristiandad. La modernidad aun conservó elementos de la vida comunitaria tradicional – aunque el crecimiento del individualismo fuera lo que más llamó la atención.

En la actualidad el individualismo adoptó formas mucho más agudas y la destrucción de los restos de la vida comunitaria – que aún sobrevivieron – se realiza velozmente. La sociedad del mercado total hace de cada ser humano un puro consumidor y el consumo es pensado para el individuo. Todo el aparato ideológico contemporáneo, que viene de Estados Unidos o de Europa, exalta el individualismo y quien aun cree en una solidaridad comunitaria es considerado atrasado o intelectualmente débil, incapaz de comprender el rumbo de la historia.

El individualismo alcanza también a la religión – quizás sobre todo a la religión.136. El triunfo de los neo-pentecostalismos137, y de los movimientos carismáticos, es señal visible de la evolución para el individualismo religioso que conquista cada vez más los dirigentes de los movimientos religiosos – entre ellos los jefes de las Iglesias cristianas. Las multitudes movilizadas y seducidas por la Iglesia universal o por algún padre más conocido por el uso de los medios, no forman Iglesia. Estas multitudes se componen de individuos aislados que buscan, con mucha emoción, el alivio de sus sufrimientos, la salida de la soledad y el contacto sensible con lo divino. Las Iglesias imitan el modo de actuar de tantos grupos religiosos que pululan actualmente por el mundo: se transforman en agencia de distribución de servicios religiosos, o sea de distribución de terapias religiosas, capaces de proporcionar salud y felicidad, prosperidad y paz interior.

Puede ser que, hace 20 o 30 años, el principal peligro de la Iglesia haya sido la tendencia de inclinarse hacia el movimiento social de liberación puramente secularizada – aunque este diagnóstico merezca las mayores reservas y no sea aceptado en Latinoamérica por los defensores de Medellín y Puebla. No es aquí el lugar para discutir un pasado que ya se hizo muy pasado.

En todo caso, hoy, todo es diferente, el desafío de la Iglesia es el individualismo religioso que invade al mundo, junto con los otros fenómenos de la llamada globalización. Quien busca en la Iglesia servicios religiosos (sanación, felicidad, riqueza, solución de problemas sentimentales) no asume compromiso con ninguna institución religiosa. Viene a buscar el beneficio prometido y vuelve a la casa para gozar de la satisfacción recibida. Ni siquiera, como antes, necesita pagar la promesa hecha al Santo.

Hoy Jesús da todo, sin necesidad de que le paguemos nada a él, aunque sí necesitamos pagar mucho a la organización religiosa que lo anuncia.

Algunos buscan imitar los métodos de los neopentecostales, adoptar sus temas, transformar la Iglesia católica en una copia de la Iglesia universal: combatir en el terreno del adversario, lo que es ser transformado por el adversario. Puede ser que de esta manera la Iglesia católica logre vencer a la Iglesia universal, pero el precio habrá sido que ella misma se transforme en la Iglesia universal.

Contra la invasión del individualismo religioso, es necesario afirmar, con mucha fuerza, que la Iglesia no es agencia de distribución de servicios religiosos –dando salud, tranquilidad psicológica, riqueza o solución para los problemas económicos. La Iglesia es vida comunitaria, es pueblo. Ella salva a los individuos humanos por su integración en un pueblo. Nunca se pierde de vista la libertad personal, pero esta misma libertad crece en una vida de servicio mutuo, en un pueblo instituido por Dios.

Este pueblo solamente puede ser entendido partiendo de la consideración de los pueblos de la tierra. Es obvio que entre los pueblos contemporáneos de Israel y de Jesús, por un lado, y los pueblos del siglo XXI, por otro lado, hay muchas diferencias. Sin embargo, hasta hoy la semejanza es mayor que la diferencia. Los pueblos actuales son muy semejantes a los pueblos antiguos. Es verdad que la realidad del pueblo es atacada por el mercado que uniformiza todos los seres humanos y pretende globalizarlos. En un mercado total no habría más pueblos sino sólo una inmensa masa de consumidores – todos iguales y con igual acceso al mercado. Todos comprarían las mismas mercaderías y los mismos servicios. Pero, a pesar de la inmensa actividad desarrollada para implantar la llamada globalización, aun subsisten los pueblos y aún podemos entender por experiencia directa lo que es un pueblo. Aun podemos dar un contenido al concepto de pueblo de Dios.

¿Cómo podemos llegar a conocer el contenido del concepto de pueblo?

Acabamos de ver que el concepto solo se puede comprender a partir de las cuestiones, temores y esperanzas que nos ocupan actualmente. Comprendemos la Biblia a partir de una pre-comprensión que procede de nuestra problemática contemporánea. Pero esto no quiere decir que proyectamos necesariamente en el pasado nuestras realidades actuales, sino que las interrogamos a partir de nuestras realidades – lo que también nos permite medir la distancia entre los conceptos de aquellos tiempos y los nuestros. Pero no hay tanta necesidad de insistir en eso, ya que se encuentra en varias introducciones a la Biblia.

Claramente no podemos vivir hoy como pueblo de Dios en las categorías y comportamientos del tiempo de la Biblia. El pueblo de Dios es y debe ser diferente hoy, aunque permanezca fiel a la inspiración bíblica.

¿Cómo se hace ese enriquecimiento y esa explicitación del concepto de pueblo de

Dios? En los debates de los años 80, en el libro que trae la entrevista del cardenal Ratzinger, se invocaba el fantasma de la sociología. El concepto de pueblo sería inspirado por la sociología, se transformaría en un concepto sociológico y expresaría el temible y temido hecho de que la sociología asumiese el control de la teología. Los teólogos del pueblo de Dios serían conducidos inconscientemente por la sociología. Otros denunciaban hasta la infiltración de la sociología marxista, como si el concepto marxista de clase fuese el equivalente del concepto de pueblo.

En realidad buscaríamos en vano comprender lo que es un pueblo a través de la sociología. La sociología estudia las realidades observables. Ahora bien, un pueblo no se deja observar. Es una realidad compleja que se puede sentir hasta cierto punto por la intuición, pero que no se deja analizar. El pueblo nunca aparece como tal. La sociología muestra cuales son las fuerzas que actúan en la sociedad pero no descubre al pueblo, porque éste constituye una utopía, una esperanza, y no un hecho observable. La sociología no proporciona ayuda para entender el sentido del concepto cristiano de pueblo138 -- ni siquiera su sentido político.

El concepto de pueblo entró en el vocabulario político de la modernidad y está unido al concepto de democracia139. El pueblo se define entonces por la soberanía, por la libertad y por la igualdad. Un pueblo se gobierna a sí mismo. La democracia es el pueblo que se gobierna por sí mismo. Históricamente esta idea de pueblo está presente en muchas mentes desde la Edad Media, proveniente de la Biblia. Desde entonces hubo intentos de autogobierno y afirmación del pueblo frente al Imperio o a las dominaciones locales de príncipes o nobles. Pero la democracia entendida de esta forma es también concepto de origen bíblico. Es diferente del concepto de democracia que tiene la filosofía o la política griega. La democracia también es utopía o, si se prefiere, una realidad escatológica.

El gobierno del pueblo por el pueblo es una utopía solamente realizable en países pequeños como los cantones suizos140. En otros países el gobierno dicho democrático pasa por la representación – y ahí aparece el problema. El que gobierna es la representación. ¿Dónde queda el pueblo? El pueblo es una esperanza, un proyecto – límite, irrealizable pero siempre presente en las aspiraciones. Rigurosamente es también un concepto escatológico. El pueblo aún no existe. Necesita ser construido141. El pueblo brasileño no existe. Necesita ser construido y esa es justamente la tarea, la meta, la razón de ser de toda la política inspirada por el pueblo de Dios. El pueblo brasileño es proyecto que, en la política, deberá realizar una analogía del proceso escatológico de formación del pueblo de Dios.

Se acusa a teólogos o militantes cristianos de querer instalar la democracia en la Iglesia e imitar a las democracias modernas. Ocurre lo contrario. La idea de democracia procede del cristianismo y la idea política de pueblo también. Adoptando el concepto de pueblo la Iglesia recupera su bien, que le fue sustraído por la modernidad, o mejor que ella entregó gratuitamente a la modernidad. Rechazando los conceptos de pueblo y de democracia la Iglesia desconoce sus fuentes, su pasado y su primogenitura.

La política moderna quiso realizar exactamente lo que el cristianismo no supo realizar: la democracia, el advenimiento del pueblo. Tuvo la ilusión de realizar por medios políticos y económicos lo que la Iglesia no realizó con sus propios medios142. Muchos valores humanos crecieron pero aún hay mucho por realizar. La caminata será aún larga.

Siendo realidad escatológica el pueblo no podría ser realizado por la Iglesia en su plenitud. Permanece la duda: ¿la desilusión no habría venido a partir de la constatación de que se podría haber realizado algo mejor, pero que todo siguió muy distante de su proyecto de pueblo? Por otro lado el pueblo no puede ser realizado a través de medios puramente seculares, cosa que se hace cada vez más evidente143. La democracia que existe aún es, en gran parte, una ficción144. Pero la voluntad de realizar el pueblo a través de la política y la economía procede de una enorme desilusión en relación a la Iglesia. Es un problema para el examen de conciencia de la Iglesia: ¿por qué tanta desilusión?

Mirando a los siglos de la modernidad podemos observar que el secularismo tantas veces condenado por la Iglesia, deriva de una desilusión. El ateísmo es producto del rencor en contra la Iglesia145. Recordémonos del famoso aforismo de Nietzsche: Dios ha muerto y son los cristianos que lo mataron.

Al hablar en pueblo la Iglesia no se inspira en la política moderna sino, por el contrario, es ésta la que se inspira en la Iglesia –- aun que ésta haya perdido la conciencia de esta realidad.

Ocurre que la política puede realizar solamente una analogía remota del pueblo cristiano y de la democracia del pueblo cristiano, pues las contingencias hacen necesario el uso del poder en sus tres formas. Solamente en la Iglesia es que se podría realizar una forma más radical de pueblo, aunque en la práctica pueda suceder exactamente lo contrario: que el pueblo tenga mejores realizaciones en la política que en la Iglesia.

En la Iglesia también existen los tres poderes, concentrados en las mismas personas. La propia jerarquía hace un inmenso trabajo de propaganda para exaltar su papel de mantenedora de los poderes de la Iglesia. Durante siglos ella convocó a los teólogos para articular esa propaganda.

Necesitamos relativizar las cosas. El gobierno de la jerarquía solamente se ejerce sobre lo más superficial de la Iglesia: los servicios de doctrina, sacramentos y organización jurídica. Pero no se ejerce sobre la vida, porque la vida es el actuar cristiano en medio del mundo y en éste, la jerarquía no puede ni conseguiría dirigirlo. El pueblo cristiano se dirige a sí mismo. Los cristianos deciden, con plena soberanía, su actuar en el mundo. Las decisiones son tomadas partiendo de la propia responsabilidad de los miembros del pueblo de Dios – aunque la jerarquía pueda dar orientaciones de principios pero nunca imponerse a las conciencias. La aplicación queda bajo la exclusiva responsabilidad de los miembros del pueblo. En el pasado muchas veces la jerarquía ejerció presiones tan fuertes sobre los cristianos que ellos perdieron la noción de su libertad y de su responsabilidad. Creyeron que debían someterse a un plan de acción elaborado e impuesto por la jerarquía. Esta fue la manera de eliminar la importancia del pueblo de Dios.

Lo que en el mundo se denomina democracia es compromiso, conciliación entre un ideal y las reglas de convivencia humana adaptadas a las debilidades de las personas. De eso viene el principio que rige las naciones dichas democráticas (ni todas las que se dicen democráticas lo son) y que resultan más de la sabiduría popular tradicional que de la ideología – separación de los poderes, elección de los dirigentes, constitución, imperio de la ley sobre cualquier clientelismo, regla de la mayoría y respeto de las minorías, etc. En estas aplicaciones a lo que llaman democracia, poco se debe a las ideologías y muchos elementos podrían ser introducidos en la Iglesia. De hecho, varios ya fueron vividos por la Iglesia en el pasado y fueron abandonados, no por la presión del Evangelio, sino que en virtud de las circunstancias políticas contingentes -– como, por ejemplo, la extensión de los poderes del papa en todas las Iglesias cristianas, hecho que no procede de la Biblia y si de la influencia de la idea imperial.

Puede ser que el contexto mundial de la democracia haya influenciado a los cristianos y ayudado a reconocer la herencia cristiana de la democracia, llevándolos a redescubrir las fuentes del cristianismo. Esto de modo alguno significa que el concepto de pueblo procede de la democracia moderna o de un concepto político moderno. Tampoco los teólogos podrían reducir el cristianismo a una forma de democracia que, necesariamente, es menos democrática que en la Iglesia. El pueblo es más pueblo en el pueblo de Dios que en los pueblos de los Estados dichos democráticos.

El desconocimiento de las raíces cristianas de la democracia viene de la identificación de la Iglesia con la jerarquía, esto es, con los poderes – y no con la vida de los cristianos. Sin excluir los poderes de la jerarquía es necesario reconocer que si los católicos no actúan en el mundo, los poderes de la jerarquía permanecen vacíos e ineficientes. Toda su consistencia humana está en el actuar de los cristianos. Ahora bien, éstos no son mandados por los poderes eclesiásticos – en esto el pueblo cristiano es más autónomo (en principio) que los pueblos políticos. Si no se considera la realidad del pueblo de Dios en el mundo, solo caemos en el idealismo y en la ilusión de poder.

Entonces, si el enriquecimiento del concepto de pueblo no viene de la sociología, ni de la política, ¿de dónde viene? ¿Cuáles son los recursos que ayudan a entender más profundamente lo que es pueblo y ser pueblo? ¿Qué es lo que nos permite ahondar el sentido bíblico de este concepto?

La respuesta no es difícil, sino que inmediata. Lo que enriquece es la propia historia del pueblo cristiano y la experiencia vivida durante 2000 años. Esta historia es lo que se llamaba “tradición viva” de la Iglesia. La Biblia se entiende a la luz de la tradición vivida por el conjunto de los cristianos. Caben, naturalmente, los escritos de los Padres y de los doctores de todas las épocas, pero cada uno de acuerdo con la representación que hace del pueblo cristiano. La realidad de pueblo fue vivida, aunque muchas veces restringida o reprimida por falsas concepciones de la Iglesia – no obstante esto nunca desapareció. En el siglo XX hubo una gran intensidad de vida del pueblo de Dios, lo que permite enriquecer mucho el concepto de la Biblia. Por otra parte esas experiencias se hicieron bajo la inspiración de un retorno a la Biblia.

Sin embargo, la tradición no basta para orientar el pueblo de Dios en su plena realización. Solamente la historia no muestra el camino para el futuro. Esta función es propia de los profetas. Sin los profetas la Iglesia quedaría parada, inmovilizada en su presente y en la contemplación de su pasado. Los profetas anuncian, pero no para dar a conocer – anuncian para exhortar a entrar en el camino que muestran. Los profetas no son puros contemplativos del futuro. Lo que quieren es cambiar el rumbo de la Iglesia, mostrar los desafíos y llevar a la Iglesia a aceptar los nuevos desafíos de los tiempos.Antes que anunciar lo que va a suceder, los profetas anuncian lo que debe suceder.

Así hicieron en el siglo XIX los que se lanzaron en las luchas obreras. Así hicieron los defensores de los pobres, de los indios, de los negros, después del Vaticano II.

Fueron profetas. Raramente su voz es acogida en el momento en que es anunciada. Sin embargo a la distancia la voz de los profetas no queda inerte. Anima y estimula, resucita después de silencios que pueden ser largos. Sin profetas el pueblo carece de dinamismo y deja de ser pueblo.

Con estas fuentes podemos darnos una representación más actualizada del pueblo de Dios. ¿Qué es el pueblo?




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