El problema del bilingüismo en el País Vasco



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El problema del bilingüismo en el País Vasco

Probablemente no existe en la vida cultural, intelectual y educativa española un problema más acuciante que el del bilingüismo en el País Vasco. Es un problema de relevancia social indiscutible, que adquiere un carácter casi angustioso a veces y que, sin embargo, no ha sido tratado con sinceridad y con altura de manera pública ante los interesados, que si, por un lado, lo son de forma especial los vascos, en un sentido más lato resulta serlo también la totalidad de los españoles.

Consciente de esta realidad, FUNDES organizó, en colaboración con El Correo Español-El Pueblo Vasco, dos coloquios; el primero, en Bilbao, el 7 de marzo pasado, y el segundo, el día 21, en Madrid. Participaron en ellos académicos, catedráticos y periodistas cuyas intervenciones tuvieron inmediato y resonante eco en los medios de opinión pública de las capita­les citadas.

CUENTA Y RAZÓN ha considerado que la importancia del tema y la calidad de los participantes exigían que se diera una especial relevancia a este coloquio en las páginas de nuestra revista. Habitualmente los colo­quios convocados por FUNDES aparecen en una sección especial. En este caso, sin embargo, hemos preferido, que encabecen nuestra sección de «En­sayos». Creemos que, desde luego, nuestros lectores coincidirán en todo con nuestras razones para hacerlo así.

Cuenta y Razón, n.° 12 Julio-Agosto 1983

JULIÁN MARÍAS

Agradezco esta hospitalidad de El Correo Español-El Pueblo Vasco para darme ocasión de hablar por segunda vez en muy poco tiempo en Bilbao. El tema que nos ocupa hoy es sumamente importante, y es un tema de actualidad no solamente aquí, sino en todas partes. Los problemas de la educación en un mundo en crisis como es el nuestro son sumamente agudos, y esto se acentúa cuando los individuos participan en varias formas de vida y sistemas de vigencias.

En el caso del País Vasco ocurre un hecho capital, y es que los vascos tienen fuertes raíces tradicionales y, al mismo tiempo, se ha producido des­de el siglo xix una muy honda transformación de todo el País Vasco. Hace poco tiempo escribí una introducción a una edición de Paz en la guerra, de Unamuno, libro que me parece maravilloso y cuya lectura me parece que es indispensable para comprender el País Vasco. Allí se ve con una clarividencia extraordinaria, en un libro escrito en 1897, ese conflicto interno, y las razones particulares de los que se apegan a unas tradiciones y a unas formas de vida antiguas y valiosas, y los que desean el avance, el progreso, la transformación, el desarrollo económico y otros bienes que vienen a veces mezclados con males.

Creo que todo esto constituye el fundamento de los planteamientos de los ^problemas de la enseñanza y de la educación en general en el País Vas­co. Para entendernos, yo les voy a decir a ustedes que tengo un interés extraordinario por la libertad en todas sus formas. Y digo en todas sus formas porque siempre he creído que la libertad es un sistema. Es decir, que hay un sistema de las libertades.



Lo normal es que los hombres se interesen por ciertas libertades que les atañen personalmente o directamente, y no se preocupen de las demás. Yo creo que esto es un error, un error que se paga caro; porque cuando una libertad es herida, las demás quedan afectadas, aunque no atañan di­rectamente a la persona que ve con indiferencia cómo es vulnerada una libertad. Hay una fórmula que tiene gran prestigio y que se emplea mucho, que es decir que la libertad de cada uno termina donde empieza la de otro. No es que no sea verdad, pero hay algo más importante todavía, y es que cada libertad termina donde empieza otra libertad. Es decir, que forman un sistema coherente en que se apoyan unas en otras. Se hacen posibles las unas a las otras; y si falta una de ellas, las demás, un poco más pronto o un poco más tarde, se resienten.

Creo, además, que los males de la libertad, que los hay, y los tiene, se curan no restringiendo la libertad, sino, al contrario, con más libertad. Quiero decir, ejerciéndola todos. Lo grave del caso es que la libertad la ejerzan solamente algunos; que haya individuos, o grupos, o clases, que monopolicen el ejercicio de la libertad. Entonces se acaba con ella; pero si

la ejercen todos, entonces se produce una situación de equilibrio, las cosas recobran su forma real, cada grupo se compensa con los demás, y se llega a una solución satisfactoria de convivencia y de concordia.

Por una parte existen los problemas que podríamos llamar estricta­mente de la enseñanza, es decir, de la información, pero no sólo hay esto, están, sobre todo, los problemas que podemos llamar, más específicamente, educativos. Es decir, los que se refieren a la proyección de la vida humana, a la formación de la personalidad. Ustedes saben que la vida humana tiene un carácter proyectivo. La vida humana es algo que está por hacer, que tenemos que hacer, Tenemos que elegir en cada instante qué vamos a hacer, quiénes vamos a ser, y, por consiguiente, tenemos que elegir la figura hu­mana que vamos a adoptar en el futuro, que vamos a intentar realizar den­tro de las limitaciones que las circunstancias nos imponen; y, por tanto, cuando se habla de libertad^ de elegir un modelo de sociedad, un modelo de economía, un modelo de gobierno, esto es importante, por supuesto, pero se funda todavía en algo más importante, que es la libertad de elegir el tipo de hombre o de mujer que se quiere ser.

Y, naturalmente, cuando la situación es compleja, y hay, por ejemplo, ciertas complejidades peculiares de la sociedad vasca, de las cuales voy a decir unas palabras, entonces nos encontramos con que esa elección del tipo humano que se quiere realizar presenta ciertas dificultades. Hay una tendencia que me parece muy peligrosa, que es la tendencia a la simplifi­cación. Cuando las cosas son complejas, simplificarlas es falsearlas. Hay que respetar los términos reales de los problemas. Lo más respetable del mundo es la realidad, y, por tanto, cuando se da una solución simplificada y apresurada, se viola esa realidad que habría que respetar. Entonces no se puede llegar a una solución satisfactoria, y el futuro se obtura y no se puede avanzar en él.

Hay un espejismo de las formas simples, sobre todo cuando no se quiere el mundo otra vez simplificado. Piensen, por ejemplo, cómo exis­ten, en el mundo entero, grupos humanos partidarios de una vida idílica, de una vida en la que la naturaleza está intacta, en que todo se respeta, en que se angustia uno porque haya un poco de humo, o porque las aguas no estén tan limpias como antes, etc.; pero los que piensan esto querrían un mundo en el que la población fuera la cuarta parte o la décima parte de la actual; un mundo pobre en técnicas, en él cual hubiera que andar a pie, en el cual no hubiera maquinarias, en el cual hubiera una pobreza que gran parte de la humanidad ha superado hace mucho tiempo; querrían ese mun­do, es decir, simplificando las cosas, un mundo idílico con todos los recur­sos, con todos los resortes del mundo actual. Ustedes saben que hay perso­nas que claman contra la polución, pero van en automóvil, o van en avión, y usan todos los refinamientos de la técnica. Naturalmente, si se les hiciera caso, si el mundo se ajustara a lo que ellos proponen, no tendrían ninguno de todos esos recursos; tendrían que quedarse en casa debajo de un árbol,

pero no podrían ir a ninguna parte y no podrían tener los recursos que tienen.

Me parece fundamental el tener conciencia de cuáles son las situaciones complejas y pensar sobre ellas de esta manera. El primitivismo, o la escasez económica, o la población reducida, el aislamiento, la necesidad de realizar todos los trabajos necesarios en una sociedad, todo esto no parece apete­cible, y a la mayor parte de los hombres del siglo xx no les atrae. Y, natu­ralmente, hay que ver qué consecuencias se imponen, qué condiciones tiene ese tipo de vida que realizan, que quieren realizar.

Esto, por cierto, afecta de una manera muy especial al País Vasco. Us­tedes saben que el País Vasco es muy pequeño en extensión. Tiene una po­blación grande; es una de las porciones de España más pobladas. Tiene, además, un altísimo nivel de vida que no convendría perder y que no quiere perder. Esto supone evidentemente un desarrollo técnico muy alto; supone una relación con el exterior íntima y constante; supone un grado de for­mación intelectual elevado. Toda la prosperidad vasca ha sido posible gra­cias a todo eso, y evidentemente no se puede perder. Naturalmente nadie quiere perderla, pero a veces no se quieren las condiciones que la sustentan.

Piensen, por ejemplo, cómo existe, en el mundo actual, una tendencia a desinteresarse por la ciencia pura; interesa la técnica, interesan los resul­tados de la técnica, pero la técnica moderna se fundamenta en una ciencia. Si no hubiera habido una ciencia pura, una ciencia estricta, perfectísima, no habría sido posible la técnica moderna. Pero esa ciencia no es posible sin la filosofía. Sin la filosofía de Descartes o de Leibniz habría sido totalmente imposible esa ciencia que ha generado a la técnica. Finalmente, esa filosofía no es posible si no hay libertad. Hay gente a la que no le in­teresa la libertad, no le interesa la filosofía, no le interesa la ciencia. Le in­teresa la técnica y sus resultados. Le interesa la penicilina y los antibióti­cos, y los aviones y los automóviles, y los televisores y los computadores. ¿Es que eso habría sido posible sin los supuestos, sin los fundamentos?

Como ven ustedes, los problemas educativos suponen una actitud de profundo respeto a la realidad y a las condiciones de tratarla.

Pero hay un aspecto más que quiero tocar, aunque sea muy brevemen­te, y es el problema lingüístico, que en el País Vasco es sumamente impor­tante. Ustedes saben que se habla frecuentemente de bilingüismo. La pa­labra bilingüismo no quiere decir una cosa unívoca, quiere decir dos cosas completamente distintas. La palabra bilingüismo quiere decir a veces el hecho de que, en una sociedad, una parte de la población habla una lengua y otra parte de la población habla otra. Este es el caso, por ejemplo, de Suiza o el caso de Bélgica.

Pero hay otro sentido de la palabra bilingüismo que afecta a los indi­viduos, y es el hecho de que, en ciertas sociedades, los individuos hablan dos lenguas, tienen dos lenguas; es decir, la palabra bilingüismo no afecta a la sociedad, afecta a los individuos, a cada uno de ellos; es un sentido

completamente distinto, y a veces se confunde, como se confunde la pala­bra bimensual con bimestral. Bimestral es lo que pasa cada dos meses, y bimensual es lo que pasa dqs veces al mes. Nuestra revista ahora va a ser bimestral; quiero decir que va a aparecer cada dos meses; no bimensual, eso nos obligaría a publicar dos números por mes. Pues bien, esto es una distinción muy elemental, pero que conviene tener muy presente.



Pues bien, ¿qué ocurre con los vascos? Hay vascos bilingües, hay vas­cos unilingües. Pero la mayor parte de los vascos unilingües, de los vascos que no hablan más que una lengua, que no saben más que una lengua, ha­blan castellano. Es decir, vascos que hablen sólo vascuence, sólo euskera, hay muy pocos. La lengua que hablan depende de las regiones y depende de las ciudades. Ustedes saben, por ejemplo, que Bilbao es prácticamente una ciudad unilingüe. En Bilbao se habla mayoritaríamente castellano, y se habla muy poco vascuence. En la provincia de Vizcaya se habla mucho más. En la provincia de Guipúzcoa también se habla mucho más. Pero los que hablan solamente vascuence son muy pocos, son una pequeña mi­noría. Esto es muy importante tenerlo presente para plantear los proble­mas lingüísticos, que son sumamente interesantes. Los que hablan sola­mente vascuence representan ciertas formas de vida relativamente primi­tivas, y esto significa un aislamiento, no ya en la totalidad de nuestra na­ción, sino dentro del propio País Vasco.

Ahora bien, el vascuence es algo extraordinario. Yo no soy lingüista, y no puedo hablar con competencia de la lengua, pero me parece algo sim­plemente maravilloso. Piensen ustedes lo que significa que una lengua pre-indoeuropea, una lengua de la más remota antigüedad, coetánea de los cientos de lenguas desaparecidas hace siglos, exista, y sea una lengua viva, y sea una lengua hablada; esto me parece algo extraordinario. El vascuence no está simplemente en textos, está muy poco en textos; no está en diccio­narios. Está en la boca y en el oído de las gentes que lo hablan y lo en­tienden. Esto me parece algo extraordinario que tiene un enorme valor y, por consiguiente, tiene perfecto sentido su conservación y su desarrollo. Creo que sería enormemente triste que esta lengua viva desapareciera o quedara confinada a ser simplemente un recuerdo histórico. En este senti­do, me parece que el interés y el entusiasmo que los vascos tienen por la lengua euskera es algo perfectamente legítimo y valioso, y yo, que no comprendo esta lengua, aunque cuando tenía dos años sabía algunas pala­bras de ella, porque pasé un verano cuando tenía esa edad en el País Vasco, aunque yo no la conozco, comparto desde fuera ese entusiasmo.

Sin embargo, para que esta lengua sea viva, para que la lengua siga viviendo, es menester que sea usada, es menester que sea enseñada, no simplemente transmitida de un modo familiar; esto la llevaría en corto pla­zo a su anquilosamiento o a su desaparición. Esto creo que hay que afirmarlo, porque es absolutamente justo, y creo que hay que respetar la realidad.

Ahora bien, el vascuence tiene ciertos caracteres propios que hacen que el problema no sea tan sencillo. Ustedes saben, por ejemplo, que en mu­cho lugares hay otras lenguas particulares, lenguas regionales habladas por porciones del país, que son lenguas románicas, son lenguas parientes entre sí, son lenguas que son, si no transparentes, mutuamente transparentes, son por lo menos translúcidas. Quiero decir que el que no sabe catalán, o el que no sabe valenciano, lo entiende, lo entiende bastante mal o bien, pero lo entiende; con el vascuence no pasa así, el que no lo sabe, no lo sabe.

Es una lengua enormemente distinta, no ya del castellano o del gallego. Es distinta de todas las lenguas europeas y de todas las lenguas indo­europeas. Por consiguiente, su ignorancia es ignorancia total; y, por otra parte, su aprendizaje es largo, y es difícil. Es una lengua que no tiene conexiones, que no tiene semejanzas con otras; que no tiene, por tanto, esos puntos de entronque que hacen que fácilmente se pase de una a otra, y que se pueda dominar esa lengua con una relativa imperfección; éste no es el caso; el que no sabe vascuence, no lo entiende. Esto, claro, plantea problemas delicados.

Yo querría enumerar unas cuantas cuestiones, para someterlas a discu­sión con mis compañeros de esta mesa y para que ustedes puedan también opinar sobre ellas. Yo creo que se debe ensenar la lengua vasca; que se debe poder usar; que hay que darle recursos actuales para que pueda sobre­vivir. Pero, por otra parte, hay que advertir que la única lengua de una gran mayoría de los vascos es el español, es el castellano, como quieran ustedes llamarle. Y es, por supuesto, la de la gran porción de la población del País Vasco que no es originariamente vasca, sino que ha venido de otros lugares.

Es decir, no se puede dar por supuesta una situación de bilingüismo, porque no existe. Porque para una gran parte de la población del País Vasco no hay bilingüismo, no hay más que una lengua comprendida y ha­blada en general. Pero, además, es que hay otro punto, y es que debe haber por supuesto plena libertad para usar la lengua vasca, pero también para no usarla, cuando no sea la lengua propia o no sea una lengua poseída. No se le puede pedir que la use al que no puede usarla. Esto sería com­pletamente irreal. Y, finalmente, creo que habría que dar máximas facili­dades para aprenderla, pero no imponerla. Esto me parece que es justo, que responde a la situación real, a la situación efectiva de esta compleja so­ciedad que es la sociedad vasca.



Esto quiere decir que se plantea un problema delicado, que se plantea en el mundo entero, y que no suele verse, qiae no suele tenerse claridad sobre ello; y es que los hombres normalmente están insertos no en una so­ciedad, sino en varias. Y esto se puede aplicar a los vascos, a los castella­nos, a los andaluces, a los habitantes de cualquier país europeo o america­no, y en otras formas a los países de otros continentes. Es decir, que en diferentes niveles se es castellano, o se es vasco, o se es catalán, o se es an-

daluz. Y se es español, y se es europeo, y se es occidental en diferentes niveles; cada uno de ellos en una forma. Se pertenece a sociedades más restringidas, más densas o más tenues, menos compactas, pero más am­plias, y se tiene un repertorio de vigencias, de creencias, de usos, de con­vicciones, de valoraciones que proceden de uno u otro nivel.

Esta situación es la que nosotros debemos comprender íntegramente. Es evidente que un vasco está inmerso en toda una serie de sociedades a las cuales pertenece normalmente sin conflicto. Normalmente no debe ha­ber conflicto. Yo soy castellano, soy español, me siento europeo, tengo patriotismo europeo, pero también me siento occidental, me siento vincu­lado a esa realidad histórica que llamamos occidente. Sería para mí una tremenda mutilación renunciar a alguna de esas vinculaciones. No concibo que pudiera hacerlo; sería literalmente falsificarme. Cada una de esas vincu­laciones me enriquece de alguna manera. Me hace posibles ciertas cosas, me obliga a ciertos tipos de conducta.

Pues bien, esto habría que extenderlo también, piensen ustedes, a la lengua. No soy competente; espero que otros que tienen más conocimientos lingüísticos tocarán este tema con mayor suficiencia; pero es un hecho co­nocido que el vascuence es una lengua principalmente hablada en una va­riedad de dialectos. Dialectos que no son íntegramente equivalentes, y que no son siquiera siempre mutuamente comprensibles. Por otra parte, es claro que una lengua, para tener un desarrollo y especialmente un desarro­llo escrito, necesita un cierto elemento unificador; eso también es justo. Con una sola limitación; con la limitación de que no se produzca una uni­ficación artificial, porque podría ocurrir que se crease una lengua en la cual nadie se sintiese cómodo, nadie se sintiese instalado y un producto artificial que no fuera la lengua de los hablantes; la lengua que habían hablado sus antepasados, la lengua en la cual se sentían en su casa.

Este es un problema que dejo a los lingüistas. Yo no lo soy, y además no sé vascuence, pero quiero dejar simplemente señalado esto que significa la necesidad de ser también lingüísticamente respetuoso con la realidad, que, repito, es lo más respetable de este mundo.

PEDRO LAIN ENTRALGO

Yo no puedo hablar sobre el futuro de la enseñanza en el País Vasco, porque no conozco los planes que respecto a este futuro se proponen y porque no conozco suficientemente la realidad del País Vasco, aunque la conozco desde hace muchos años.

Voy a decir una palabra que ya sé que muchos consideran como pasa­da. Amo sinceramente al País Vasco, lo he demostrado a lo largo de mi vida, pero, con todo, no tengo autoridad para ver, para hablar de cuál será



el futuro de la enseñanza en el País Vasco. En cualquier caso, a ese futuro va a pertenecer inexcusablemente el problema de la enseñanza del idioma. Y eso sí que, si no suscita en mí reflexiones en las cuales yo hable con autoridad, suscita desde luego una preocupación muy viva.

Pienso que se quiere hacer, o que se dice que se quiere hacer, de la sociedad vasca una sociedad bilingüe. El proyecto me parece enormemente laudable. No sé si será factible, porque hay amplias zonas de la sociedad vasca de lengua exclusivamente castellana, y, desde luego, convertir a estos hombres en bilingües del vasco lo veo empresa muy difícil. De todos mo­dos, me parece empresa muy loable, puesto que la nota central de la identi­dad del pueblo vasco es su idioma. Hace pocos días, exactamente dos, oía hablar a Julio Caro del problema de la identidad del pueblo vasco. Y se rebelaba frente a lo que llamaba las concepciones estáticas de la identidad, es decir, unas cuantas notas que se mantienen intactas, invariables a lo largo del tiempo y que, a lo sumo, se maduran. Frente a esta concepción de la identidad estática oponía la concepción dinámica de la identidad del pueblo vasco como de cualquier otra sociedad. Lo cual no quiere decir que esta sociedad tenga situaciones equívocamente relacionadas entre sí, que no tengan nada que ver entre sí, pero, evidentemente, lo que tienen que ver entre sí no es un conjunto de notas que se mantengan idénticas a lo largo del tiempo. Y distinguía como ocho ciclos diferentes, desde la época prerromana hasta hoy, en que las condiciones de la vida han cambiado, en que ha habido problemas, incluso algunos semejantes a los actuales. Estaba implícita en él la idea de que había que buscar una forma nueva que, diná­micamente, permitiera que el pueblo vasco se realizase a sí mismo. Si hay una nota que evidentemente pueda aspirar a definir la identidad del pue­blo vasco, es el idioma. Como bien apuntaba el profesor Marías, a todos nos ha pasmado el hecho de que sea la única lengua del mundo que se mantiene, casi constantemente, igual a sí misma; eso es realmente ma­ravilloso.

Ahora bien, ¿qué problemas suscita en relación con la enseñanza? A mi juicio, un doble problema: el problema de la enseñanza de la cultura vasca, no hablemos ahora sólo de lengua, en el seno del pueblo vasco, de la so­ciedad vasca, y el problema de lo que debe pasar en el resto de España en relación con esto. A todos nos toca plantearnos el problema en términos de reciprocidad; si no realmente no podremos dialogar con los vascos. ¿En qué consiste esa reciprocidad? El primer deber de lealtad de cualquiera que examina una reciprocidad es examinar sus propios deberes.

Los castellano-hablantes, los que, en fin, tenemos la gozosa, y ardua a veces, servidumbre de movernos dentro de este idioma que nos configura, que nos distingue, que nos enaltece, así lo creo yo, tenemos la obligación de hablar de nuestros propios deberes en relación con las lenguas y las culturas vasca o catalana o gallega, pero la vasca tiene problemas, quizá más reducidos, pero posiblemente también más duros. Es un hecho que

tradicionalmente el Estado central ha desconocido sistemáticamente esta cultura. Nosotros tenemos que salir de esto. ¿Cómo? Yo no voy a trazar aquí un programa de reforma, pero tenemos que salir de esto. ¿Qué ha sido el mundo vasco para el castellano-hablante medio? Pues ha sido un país que ha dado Aurresku, Espatadanza, Remeros de Orio, Arconada y Goros-tiza y nada más. Si queremos nosotros que la vigencia de lo que nos parece más central y unitivo de nuestra vida, que es el idioma nuestro, el común, sea reconocida por los vascos, tenemos que empezar a pagar esta deuda enorme.

Yo abrí los ojos a la vida española asistiendo al auge de la organización de la economía, de la potencia creadora en el mundo de los negocios. Todo esto que hemos visto nacer ante nuestros ojos demostraba la potencia vasca irradiándose a España, pero no la cultura vasca en modo alguno.

En los niveles inferiores, primera enseñanza, así como en la enseñanza media e incluso en la enseñanza universitaria, el desconocimiento de la cultura vasca era total, el conocimiento era nulo. Se limitaba a esas notas externas, pintorescas.

¿Qué podemos hacer nosotros? No lo sé, pero sí apuntaré unos deseos. Los deseos de que el conteñido de las enseñanzas en los tres niveles, en­señanza media, enseñanza primaria, enseñanza universitaria, lleve dentro de sí una noticia y una estimación de lo que ha representado el mundo vasco en sí mismo y en su relación con España. Esto me parece, por lo menos, indispensable. Por supuesto que si fuera con el catalán serían las cosas más fáciles y más complejas a la vez, o con el gallego, que en el caso del vasco. En cualquier caso, a los que estudian historia, ¿les enseñan la historia de España contando con esta realidad? No lo creo. Por tanto, para mí esto es un punto de meditación, de reflexión, de voluntad de cam­bio, de reforma en fin, que naturalmente tendrá que tomar las formas que los que decidan la configuración de la vida española y su sociedad hagan. Pero esto lleva consigo otro deber y otra exigencia. Yo, frente a los vascos, lo primero, les incitaría a la total sinceridad, como a los catalanes, como a los gallegos. No es fácil encontrarla. ¿Por qué? Porque en algunos vas­cos, como consecuencia de una historia en la cual ellos se han visto prete­ridos, y a veces perseguidos, se ha producido una actitud que, a mi juicio, es desmedida y, al propio tiempo, yo diría, utópica, en el sentido de que la utopía históricamente no puecte evocarse, y al propio tiempo errónea. Es decir, la utopía de la constitución de una sociedad que sea como la ac­tualización de lo que había sido la sociedad vasca en su autenticidad plena antes de «Amaya y los vascos del siglo vm». Fuerza tienen los vascos para hacer muchas cosas. Esta me parece que es imposible, esto es rigurosa­mente erróneo. No se pueden tachar ni veinticinco siglos de historia, ni, en el caso de los catalanes, diez siglos de historia; porque lo plantean en relación con la Edad Media. Vamos a. enlazar con la Edad Media y lo de­más es una perturbación que ha venido sobre nosotros, de la cual nos libra-

remos, y haremos una sociedad monolingüe o bilingüe porque nos con­viene, pero que empalme con esto, echando por tierra lo que, para bien o para mal, han sido los siglos XV, xvi, xvn, xvm, xix y éste en que estamos. Eso me parece, por lo pronto, enormemente nocivo. ¿Para quién? Por supuesto que para España. Pero, en fin, si esta nocividad se refiriese tan sólo a los españoles del sur del Ebro, pues podrían decir «allá ellos», pero es que también es nocivo para la sociedad vasca.

Pero esto opera en el alma no expresada de algunos vascos y de algu­nos catalanes. Opera hoy. Es preciso, .pues, incitarles a que se produzca un autopsicoanálisis de sus propias actitudes para ver cuál es realmente su aspiración.



Descartado este maximalismo, por debajo de esto, ¿qué se puede ha­cer? Pues, desde luego, considerar la realidad actual del pueblo vasco.

Estamos asistiendo a la voluntad de erradicación del sentimiento de hispanidad, de españolidad, de españolía, como decía Ortega, de las almas de los que se educan en las ikastolas.

¿Adonde vamos por ahí? Vamos a lo imposible.

Es decir, el problema del bilingüismo en el mundo vasco nos plantea, primero, su enorme dificultad, incluso en los grupos en los cuales el vasco sigue siendo idioma vivo y cotidiano.

Enseñar el castellano, de tal manera que en el castellano, por razón de interés y por razón de amor, pueda ver su segunda lengua el vasco-hablan­te me parece que es un deber fundamental. Enseñar el castellano como una lengua secundaria que se conoce por interés, pero frente a la cual no pare­ce que se suscita el amor, a mí me parece algo tan penoso que, si algún día prevaleciese, si esos deseos maximalistas, que algunas veces oigo ex­presar, prevaleciesen, como español me consideraría muerto, sencilla y literalmente muerto.

Y como no quiero estarlo, y como creo que hay muchos españoles que no quieren estarlo, me siento obligado a decirlo una y otra vez. El bilin­güismo en determinados países, como el catalán, puede ser relativamente de fácil consecución, y, por supuesto, en el gallego, aunque también habría problemas. En el mundo vasco tiene problemas didácticos, afectivos, téc­nicos, que conviene denunciar. Yo desde luego no soy en absoluto catastro-fista, tampoco soy optimisma, pero creo que la historia y la sociedad tienen una dinámica que impedirán esto. No he traído aquí ninguna solución, he traído una preocupación y unos cuantos problemas. El problema de lo que debemos hacer los castellano-hablantes, el Estado central, en relación con la educación en la enseñanza primaria, en la enseñanza media y en la universidad; qué podemos y debemos hacer a partir de hoy y qué pueden y deben hacer y qué podemos nosotros pedir y exigir de los vascos para que los vascos no se constituyan en perturbadores de su propio pueblo, de su propia sociedad.



¿Podemos salir de este recelo, de este miedo en que nos movemos? No lo sé. Que saliese de aquí una decisión de actuar en este sentido no sería poco.



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