El padre adoptivo y su funcion organizadora



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EL PADRE ADOPTIVO Y SU FUNCION ORGANIZADORA

Gisela Zapata

El presente trabajo abordará el tema del padre en la adopción y como se da frente al hijo los cambios psíquicos en la vinculación. A lo largo del trabajo, se tomará en cuenta las funciones que ejerce el padre y el lugar que ocupa este hijo dentro de la estructura simbólica intersubjetiva y de la cultura.

Es importante pensar desde donde se darían las funciones de sostén narcisista como la de interdicción y como aplica el padre adoptivo las leyes de la función paterna simbólica.

Es conocido el valor estructurante que Freud asignó al complejo de Edipo, a las referencias identificatorias con ambos padres, al recorrido de la identificación y elección objetal como constitutiva de la sexualidad humana, a la importancia de la prohibición, a la ley que sostiene el padre como separador de la fusión deseada por la madre y el niño.

El padre, hecho padre por el hijo, lo será a partir de la relación que establece no sólo con el hijo, sino con la madre. Esto es importante porque sabemos que, a partir de la presencia de un hijo en la casa, la relación de pareja sufrirá modificaciones importantes, pero sobre todo es un cambio estructural en la dinámica de las relaciones. El Hijo, incluido en la constelación de deseos de unos padres a los que obligará a transitar por algunas cuestiones que tal vez creían cerradas y que el hijo reabre, a veces de forma dolorosa: la esterilidad, el origen, la genética, la herencia, la sangre.

Nos preguntaremos pues, como el hijo adoptivo siente a este padre y como es investido éste desde su novela familiar y de otro lado como vive el padre este proceso.

Sabemos que la adopción se encuentra atravesada por un reconocimiento de si en los posibles adoptantes, con su historia personal, con sus deseos, conflictos y aspiraciones. Con su fantasmática, su infancia, sus organizadores psíquicos que a partir de sus necesidades, deseos y aspiraciones se plantean el encuentro, acogida y el recorrer la vía junto con otro/a, que también viene con una historia.

El padre que adopta, ya sea un bebé o un niño mayor, desarrollará funciones tanto de sostén narcisista como de interdicción, y deberá aplicar las leyes de la función paterna simbólica. Se trata pues de un proceso complejo, con carácter paradójico, donde lo más genuinamente biológico, instintivo, pulsional, vinculado con lo inconsciente, se subroga en opciones conscientes, sociales y culturales con implicaciones emocionales de alta carga y consecuencias.

Para Melanie Klein, el niño nacerá con una dotación psíquica considerable. En el otro lado Laplanche, al cargar todo el peso de la psiquización en el otro, que daría origen a la pulsión, que se recruzaría con el instinto sexual endógeno, ha podido ser considerado un pensador analítico que valoraría lo psíquico sobre lo biológico, y por ello daría pie a una parentización psicológica con una impronta definitiva desde la teoría de la seducción generalizada. Todo ello muy acorde con la adopción más plena si no fuera porque muchas veces parece darse una desexualización inconsciente en el acto de adoptar.

El recién nacido está en primer lugar ante el otro humano y si algo debe interpretar o traducir en sus primeros pasos no es una realidad material, sino más bien la realidad que el otro propone, lo que Laplanche llama el mensaje enigmático. Los mensajes adultos son gestos, comportamientos, a veces mensajes verbales, pero necesariamente infiltrados por él inconsciente sexual del adulto. Un mensaje comprometido por el despertar de su propia sexualidad fantasmática.

El padre, el adulto, que brinda protección al niño sufre un despertar de su sexualidad más primitiva. El “mensaje enigmático” por el inconsciente, es un mensaje cuyas claves no maneja ni siquiera aquel que lo emite. La traducción es una tentativa por dominar, simbolizar, pero este dominio y esta simbolización son necesariamente imperfectas porque el mensaje es necesariamente ambiguo. (Laplanche 1996)

¿Y qué sucede en el caso del padre adoptivo donde el encuentro con su hijo es posterior a la gestación y al nacimiento, donde no contamos con una continuidad biológica y cultural entre el niño y los padres adoptivos?, ¿Cómo se entrelazan, se inscriben, retranscriben, los elementos provenientes de la realidad que afectan al sujeto psíquico? , ¿Por qué imaginar al aparato psíquico cerrado, encapsulado sobre sí mismo y sólo capaz de producir reactualizaciones de lo ya dado?

El padre adoptivo “trabajará” sobre las vías de acceso lo que permitirá el ingreso de nuevos elementos sobre un entramado de base originariamente ya constituido. Es importante recordar que a partir de la función estructurante de la alteridad humana, vale decir, la función del otro humano como instituyente de la subjetividad, se pueden resituar los caracteres peculiares de las inscripciones y será importante no perder de vista que no todo está jugado en la infancia.

La figura paterna constituye un factor cuya presencia en el medio en que se desarrolla el niño es indispensable para la formación de su personalidad. Es imprudente pensar que la función paterna coincide con una imagen particular que nos proporciona el medio cultural en que vivimos. Cada sociedad, cada medio social impone al padre papeles que no siempre coinciden y parece ser que se tiene más en cuenta la influencia de la carencia paternal precoz porque no se tiene en cuenta la insuficiencia, discontinuidad o distorsión desde la ausencia del padre.

En una reciente entrevista Jean Laplanche, habla sobre un “nuevo” diagnóstico que traslada a la situación actual, cultural y social, especialmente a propósito de la evolución de la familia, de la sexualidad y de los métodos de procreación. Señala que existe ahí algo que está a punto de modificarse profundamente. Nos dice que durante un periodo histórico relativamente limitado existió un encuadre estricto, pero ese encuadre se ha vuelto cada vez más obsoleto. Con todo, la cuestión es saber cómo la sexualidad infantil será nuevamente encuadrada. No puede permanecer anárquica pues conduciría nada menos que a la muerte. Lo que él llama «pulsión de muerte» que es la sexualidad infantil funcionando de forma puramente anárquica.

Laplanche piensa que la «función del padre» necesariamente va a desvanecerse con la disolución de las categorías familiares tradicionales, que cada vez es más frecuente que el padre biológico esté ausente y que, en el mejor de los casos, sea remplazado por un padrastro o un padre adoptivo – lo que no es igual. Cree que la función del padre va a debilitarse en la realidad misma y que debemos encontrar otros modos de estructuración.

A continuación pasaré a presentar un caso clínico que de alguna manera nos ayudará a pensar, repensar y entender desde la dinámica psíquica que se teje entre el padre adoptivo y su hijo.

Juan, llega a los 12 años a consulta. Los padres en la primera entrevista se muestran abatidos y desbordados ante la difícil situación, el comportamiento y la conducta de su hijo. Cuentan que no obedece en casa, que tiene conductas “extrañas” con ellos, que en el colegio falta el respeto a los profesores que le caen mal y lo último que está haciendo es acosar a un chico de su edad en el colegio y eso les preocupa mucho.

Juan, fue adoptado en adopción nacional con tres años de edad. Los datos que conocen los padres adoptivos son escasos. Nació en una ciudad de España, la madre lo abandonó con casi dos años. Iba a visitarlo de vez en cuando al orfanato con la abuela materna. La madre biológica era una mujer joven, ejercía la prostitución igual que la abuela. Del padre se desconocen datos.

La madre adoptiva piensa que Juan podría ser filipino por los ojos rasgados, mientras que el padre piensa que quizás sea de procedencia sudamericana. Este dato hace que la madre comente su fastidio porque a su hijo le dicen en el colegio “chino”, piensa que lo marginan con ese apelativo; sin embargo a Juan le gusta que lo llamen así porque siente que es una manera cariñosa de parte de sus amigos y además se siente identificado con el padre adoptivo porque a este lo llamaban “chino” en su infancia y adolescencia.

Aquí, es interesante observar la coincidencia que se da entre el padre adoptivo y Juan donde podría darse un encuentro e identificación por el sobrenombre de “chino”; sin embargo la madre no permite que esto pueda darse con normalidad. Podemos también percibir las distintas historias que se van tejiendo en los padres adoptivos y que no concuerdan respecto a la procedencia de Juan.

La madre relata que cuando conocieron a Juan tenía 3 años cumplidos, su mirada era “rara”, triste. Cuando el niño conoció a su madre adoptiva le dijo: “bruja”. La madre al verlo por primera vez sintió mucho amor por él y lo quiso desde el primer día, ya no se quería separar de él, tenía muchísima ilusión de llevarlo a casa. Al padre le gustó mucho Juan y tuvo la sensación que todo iría bien, el niño se mostró más cercano al padre en el primer encuentro. En el orfanato, las cuidadoras les comentaron que Juan, era un niño inquieto, tendía a pegar a los niños y era de frecuentes rabietas.

Según la madre, en los inicios de la convivencia con Juan en casa era sumamente ordenado, no dejaba nada fuera de su lugar, gozaba de buen apetito, se mostraba independiente para asearse y ocuparse de si mismo. No estaba acostumbrado a que lo ayuden. Lo que era notorio en Juan, fue su escaso vocabulario, según refiere la madre “tenía una carencia lingüística impresionante”, él decía siempre a todo lo que veía, “mío”.

Era comprensible que Juan llamara a todo “mío” ya que antes “nada” le había pertenecido y es ahora cuando sentía que podía tener un lugar que le perteneciera y que fuera suyo.

A la edad de 4 años que ya iba al pre escolar, Juan, le tenía fastidio a un niño, le pegaba con frecuencia y lo despreciaba. Este niño era de raza negra. La madre comenzó a sentir que su hijo era malo. El padre no estaba de acuerdo con ella y pensaba más bien que su hijo estaba celoso y quería llamar la atención pero que se le pasaría.

Al cumplir 6 años “todo cambió radicalmente manifiesta con mucha tristeza la madre. Empezó a rechazarla, no quería estar con ella, quería irse de casa porque ellos no eran sus padres. Un día al darle una fuerte rabieta por las frecuentes discusiones con la madre cogió un cuchillo y casi se lo clava a sí mismo pero”no tenía filo, menos mal”, dice Juan en una sesión con cierta tristeza.

Esto nos da cuenta del tipo de transformación que se ha ido gestando en Juan, su defensa se ha ido organizando de tal manera que se produce un funcionamiento autodestructivo, aparece esa representación de sí mismo denigrada, donde el no es merecedor de “nada” y a lo mejor de “nadie”, sería pues una manera de defenderse contra el abandono que ha sufrido. Le es difícil tolerar la angustia que vive sin una adecuada contención de los padres adoptivos. Sabemos que no se puede constituir un narcisismo yoico cuando el objeto madre no lo ha sostenido y no ha habido continuidad aunque la madre haya sido un adulto sexualizante. Se da pues una ruptura del mantenimiento del objeto, por lo que los objetos venideros, en este caso los padres adoptivos tendrán que tener como prioridad ser capaces de llenar ese corte que pertenece a la historia de Juan.

Mientras la madre relataba estos acontecimientos el padre se mantenía en silencio. Yo lo percibía dentro de una posición pasiva donde le costaba intervenir y dejarse escuchar, no podía, estaba “empequeñecido como padre” frente a esta madre abrumadora e invasiva. Le pedí entonces que me contara lo que pensaba y le hice saber que su opinión era muy importante para poder entender mejor lo que le sucedía a Juan.

El padre de Juan, quien era un profesional reconocido en el campo de la empresa comentó luego de darle la palabra que al saber que no podían tener hijos y que además él era el “culpable” se planteó con su mujer la adopción; tenía muchos deseos de adoptar un niño.

El con su padre había tenido una relación muy estrecha y de gran afectividad. A la edad de 12 años su padre fallece. Vemos que aquí no se puede dar el buen establecimiento de la estructuración edípica con la pérdida de la figura paterna y justamente cuando la relación se daba de gozosa identificación. El padre de Juan, manifiesta en su relato una gran tristeza y clara nostalgia de aquella relación que fue interrumpida, con evidentes deseos de reparación y deseos de vivir con su hijo lo que se truncó con el padre, de transmitir aquello de lo que se sabía portador, afectos, valores y otras consideraciones más generales como la prolongación de sí mismo y la continuidad familiar.

Por otro lado Juan, como hijo adoptado ha sufrido de modo real, el rechazo y el abandono por parte de sus padres biológicos. Tiene pues un duelo pendiente en su vida y ahora toda esa carga hostil que lleva consigo la actúa con los padres adoptivos, es evidente que lo hace más notorio con la madre y parece que “espera” y “anhela” ser rescatado por el padre.

La relación de Juan, con su madre es asfixiante y persecutoria para él. El lucha por diferenciarse de ella pero se siente prisionero, necesita la intervención de la figura paterna para salir de esto. Juan menciona en una sesión: Lo que más le joroba a mi madre, es que no me puede dominar. Ella domina a papá y a todo el que puede arrasa”. “Yo no quiero ser como mi padre”.

Evidentemente Juan, no quiere pensar que la madre lo pueda dominar a él como domina al padre y rechaza toda similitud con la figura paterna. La única forma de no parecerse al padre era justamente tener un pésimo comportamiento en el colegio, barrio y casa. Hacer todo lo que iba en contra de este “padre modelo” y provocar alguna reacción en el padre de posible acercamiento.

La madre es voraz con Juan, lo “acapara” desde el primer encuentro. Aquí vemos la gran importancia que el padre ejerza su presencia, para rescatarlo de una figura materna intrusiva, poco comprensiva, que se siente con derecho a controlar todo y que Juan rechaza fuertemente, no le permite acercarse y más bien da “señales” al padre para que lo ayude, lo entienda, y “lo salve” de esta voracidad de la madre. Pero el padre se encuentra colocado en la pasividad y dominado por esta mujer que desbarata cualquier intento que el padre pueda plantearse y pensar respecto a la posibilidad de vincularse con Juan. Por ejemplo, cuando el padre planeó planes de ir al futbol juntos o jugar al paddle, fue impedido por la madre con motivos infundados. A lo mejor se puede pensar que el padre adoptivo de Juan desde su esterilidad se sentía poco capaz y casi borrado de la escena familiar como figura paterna por no haber podido ser genitor de su hijo, lo cual provocaba que no pudiese entrar a interdictar como padre y ejercer su función paterna.

Es importante preguntarnos y pensar que lugar ocupa en la psiquis de un padre la esterilidad y como afecta en la relación con el hijo adoptivo donde podemos percibir en este caso la dificultad del padre de ejercer su “función paterna”. Sabemos que el hecho de poner en duda el valor procreador de un hombre afecta en el nivel más preciso de la angustia narcisista y del sentimiento de aniquilación provocando con frecuencia angustia de castración por lo que sería importante poder situar la significación del acto de adopción frente a esta esterilidad.

Juan, muchas veces siente que no hay un espacio para él, que no tiene un lugar de pertenencia y se excluye de estos “padres modelos” a los cuales los siente ajenos, evidenciando con su comportamiento que es claramente diferente a su padre a quien lo llama “pringado” . No ve capaz a su padre de tomar decisiones por si mismo respecto a la relación con él, ni que pueda vincularse sin la contaminación de la madre quien impide permanentemente el acercamiento entre ambos.

Juan en una sesión dice: “Ellos no se adaptan a mi, no me aceptan, se sienten avergonzados por mi conducta, no les gusta como soy, un pasota. Y a mi no me gusta como son ellos, somos muy diferentes. Siento que no tenemos nada en común, ellos son o se hacen los muy finos, ¡son de otro planeta!”. Yo pertenezco a otro lugar, pero… ¿cuál? Todo esto lo verbaliza muy enfadado y frustrado.

Las sesiones con Juan eran difíciles, al principio se mostraba desconfiado, hostil y desafiante con la terapeuta. En ocasiones, él pensaba que podía ser aliada de sus padres y que no me iba a contar “absolutamente nada”, decía que estar en sesión era perder el tiempo. Poco a poco Juan, pudo confiar, manifestar su rabia y sus afectos en las sesiones. Un día se apareció con un peluche que le habían regalado sus padres adoptivos cuando lo conocieron, lo tenía en su habitación y no quería tirarlo nunca porque llevaba con él mucho tiempo y le tenía cariño.

Nos preguntamos pues, como construye Juan su novela familiar; se tiene que enfrentar a dos historias distintas, para él, tener dos pares de padres reales interfiere con la función de la fantasía, como forma de control de deseos e impulsos. El haber sido abandonado en la realidad mantiene _permanentemente actualizado_ ese peligro y hace sentir la ansiedad de que toda fantasía pueda realizarse.

No sólo existe la vivencia de una pérdida ocurrida, que produce dolor, vergüenza y rabia en Juan, sino la angustia que pueda repetirse por estos “nuevos padres”. Vemos así como esto hace recrudecer la ansiedad, rabia, e impotencia que viene manifestando durante las sesiones.

Freud, describe la “novela familiar”, entendiéndola como una fantasía diurna consciente, más o menos elaborada, y que se sitúa dentro de reelaboraciones conflictivas muy diferentes. Además Wieder (1977), señala que: la “novela familiar” ó fantasía de haber tenido “otros” padres (lo que es una realidad en los niños adoptados) funciona _ en los hijos biológicos como defensa frente a los deseos incestuosos o agresivos hacia los padres, reduciendo la ansiedad y la culpa al negar las relaciones padres/hijos. Posteriormente, Garma (1985), nos habla de “novela familiar inversa”, ya que la fantasía no está en que sus padres son otros, fantasía que es hijo de los adoptados en una huída de la huella persecutoria del “abandono” de los otros padres.

Juan, tiene que integrar dos pares de padres, pero además el problema es que faltan los elementos que ayudan a elaborar las situaciones de duelo corrientes es decir la información necesaria para un examen de la realidad y los elementos simbólicos que actúan como rituales sociales y que sirven de continente para las ansiedades movilizadas por la cesura que implica el pasaje de unos padres a otros.

En cuanto a la elaboración de la novela familiar desde los padres biológicos a los padres adoptivos tendremos que indagar cuidadosamente si elabora fantasías como los demás niños. Su situación legal y su doble red de referencia parental son nociones que intervienen de forma tardía en el campo de su comprensión y bastante más tarde en las bases de sus identificaciones y su asentamiento narcisista.

Juan, se siente humillado por haber sido rechazado y abandonado, se pregunta ¿Por qué? Y se responde ¿“Quizás no fui bueno, no era lo que esperaban o no me esperaban”?, se siente intrigado por saber que fue lo que sucedió en su historia previa. En él las fantasías inconscientes y de escena primaria ocupan un lugar muy importante para intentar dar una respuesta al enigma de su origen. Yo creo que me adoptaron porque se les murió un hijo a estos, estarían amargados y apenados. Yo creo que mis padres han intentado tener un hijo varias veces. He visto que faltaban preservativos en la cajita. Tu no digas nada”.

Juan nos hace pensar que para él es muy difícil aceptar ser sustituto de un hijo muerto que esto le produce un gran dolor y que el hijo deseado por los padres adoptivos aún no ha llegado porque lo “siguen buscando” , siente que no es él el hijo esperado ni el deseado por estos padres y que es una función que no podrá ser capaz de llenar. Podemos entonces plantearnos ciertas interrogantes como: ¿Se ha tejido en Juan adoptar él a estos padres? ¿Se reconoce como hijo? ¿Se ha podido establecer esa auténtica filiación? Clave de pertenencia básica. ¿Qué novela familiar tiene elaborada Juan?

¿Cómo es que se puede re-construir estos agujeros en el psiquismo de Juan, cuando no hay datos ó quizás se ocultan de los padres biológicos pasando a ser objetos “inexistentes” en el mundo interno?, ¿Cómo es que Juan, puede adquirir seguridad cuando no ha habido continuidad en estas experiencias por su situación de abandonado?

Como terapeutas nos quedará siempre tener en cuenta una posible reorganización en la dinámica psíquica. Lo que sí está claro que no debemos olvidar desde que punto partimos y por supuesto la edad en que el niño a quien vamos a tratar fue adoptado por sus padres.

La función de un analista en este caso será ayudar a desanudar las simbolizaciones fallidas, traumáticas, y poner en marcha un movimiento de reensamblaje psíquico a partir de lo que de ellas resulta.

Juan ha sido marcado por un “no deseo”, por un abandono brutal donde el padre biológico estuvo totalmente ausente y es un desconocido en su historia . Por lo que la capacidad de empatía de la madre adoptiva y el dejar que este padre pueda ejercer su función y donde la presencia y sostén de este será fundamental para que se restablezca el vínculo y así permitir el cambio del registro del “no deseo” para pasar a ese saberse deseado que lo podrá reconciliar con la vida.

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