El Niño y la Muerte



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El Niño y la Muerte


1. Introducción


Hablar de la muerte en nuestra cultura no es nada fácil. Tendemos a negar esta realidad como si fuese ajena a la vida, como si fuese una tragedia que ocurre por mala suerte, por desgracia.

Cuando por fin hablamos de la muerte, nos referimos mentalmente a conceptos como vejez, enfermedad o accidentes. Nunca pasa por nuestra mente que un niño pueda morir.

Y sin embargo, también los niños mueren. En nuestro país, tan sólo los menores de 1 año que murieron en 2001 representaron el 8 por ciento del total de muertes, sumando casi 36000 fallecimientos por diversas causas.

En edades de la 2ª y 3ª infancia, el cáncer es la principal causa de muerte en la infancia en los países desarrollados después de los accidentes.

Cuando se enfrentan a la muerte, puede ser que también los niños requieran cierto tipo de ayuda o apoyo para morir de mejor manera. Este es el objeto del presente manual. Ayudarte a ti, adulto, familiar o amigo, trabajador de la salud, maestro u orientador que estás, por alguna razón, cerca de un niño que muere, para que a tu vez puedas ayudar a ese niño a cumplir bien con la última etapa de su vida. A salir de su capullo y convertirse en mariposa.

En las siguientes páginas encontrarás algunos elementos que te ayuden a comprender esta realidad que en sí es muy difícil de aceptar; y así, comprendiendo, te puedas acercar más al pequeño, estar ahí, con él o ella, y poder así escucharle, saber lo que necesita y ayudarle en esta etapa en la que se resume su vida, en la que se está despidiendo del mundo, de sus seres queridos, de la vida misma.

2. El Duelo o el proceso Doloroso


Toda muerte es una separación. Es la separación definitiva, por la cual ya no estará físicamente esa persona tan importante para alguien, para nosotros mismos. Es por eso que duele, y ese dolor y pena que sentimos es más por uno mismo que por el fallecido. Nos duele lo que ya no podremos decirle, lo que ya no podremos hacer juntos, lo que ya no podremos contemplar juntos...

Y en el caso de la muerte de un niño, nos duele la vida misma. Un niño es la imagen perfecta de la vida, del futuro. Es un símbolo de una vida que crece, que apenas empieza a desarrollarse, y que sin embargo, de repente se ve arrancada y marchita, como una flor fuera de su rama. Ya no podrá convertirse en un fruto. Ya no podrá madurar y dar semillas. Ha terminado.



Por eso duele tanto que un niño muera.

Pero la vida sigue. Sigue para los que se quedan, y por eso hay que pasar a través del dolor para poder seguir adelante.

La muerte de un niño es considerada como un factor de riesgo para el duelo complicado; a pesar de la posible presencia de la aflicción anticipatoria -el sentimiento de pérdida antes de que se produzca el fallecimiento- y de los cambios graduales en la función y estructura familiar que una enfermedad crónica provoca, lo cierto es que para el momento de la muerte y lo que esto significa, nadie está preparado. Por eso es necesaria una atención tanto al niño que está muriendo, como a la familia que le sobrevive.

A continuación encontrarás un esquema para planear y efectuar el apoyo tanto al niño que agoniza como a los familiares.



El sufrimiento previo a la muerte.

Generalmente se utiliza el concepto de duelo en lo que respecta a la familia y a los seres queridos de la persona agonizante, mientras que para referirnos al sentimiento del niño agonizante utilizamos el de Sufrimiento previo a la muerte.


Este sufrimiento puede iniciar cuando la muerte se convierte más que en una posibilidad, en un diagnóstico.
El sufrimiento tiene algunas etapas comunes que experimentan diferentes personas en la misma situación. Sin embargo, dado que cada individuo y cada familia son diferentes, perciben el sufrimiento, la muerte y la enfermedad de una manera muy particular.

¿Cuáles son las diferentes fases del sufrimiento previo a la muerte?

El sufrimiento y el duelo no tienen magnitudes específicas ni restricciones de tiempo. Cada individuo expresa su sufrimiento y su sentimiento de pérdida a su manera y en su propio tiempo.

El sufrimiento previo a la muerte puede incluir las siguientes fases, aunque no exclusivamente en este orden. Frecuentemente, el sufrimiento es una expresión que incluye cada una de estas fases o estados en tiempos, intensidades y órdenes múltiples.
- Fase I. En esta etapa, el individuo se da cuenta de que la muerte es inevitable y que no existe una cura posible. Generalmente, la tristeza y la depresión están relacionadas con esta primera etapa del sufrimiento.
- Fase II. La fase siguiente del sufrimiento previo a la muerte es la preocupación por la persona agonizante. La preocupación en un niño puede aumentar por sí mismo y por su temor a la muerte, o debido a las emociones que expresan los seres queridos que lo rodean.
- Fase III. En esta fase puede "ensayarse" la verdadera muerte. El proceso físico de la muerte y de lo que puede ocurrir después de ésta son las preocupaciones de esta etapa. Como consecuencia de algún sufrimiento previo a la muerte, el niño puede hacer la despedida de sus seres queridos y realizar una especie de testamento o expresar deseos que quiere cumplir aún o en su funeral.
- Fase IV. En la última fase, La persona agonizante puede pensar en la vida después de la muerte, y también intentar imaginar cómo será la vida de sus seres queridos en su ausencia.

El proceso de duelo en la familia.

El sufrimiento suele dividirse en cinco etapas, que son útiles para identificar las emociones de cada miembro de la familia en particular, pero debemos recordar que cada persona reacciona a un evento doloroso de una manera única, influyendo su edad, su relación con el niño que muere, etc.

Para la atención de la familia que está perdiendo un hijo es muy probable que se requiera a un profesional, o bien, que la familia encuentre un espacio propicio para su propia atención: grupos de apoyo, etc.

Las etapas del duelo son las siguientes:


- Negación. La negación es una etapa en la cual se cree que la muerte no ocurrió, o bien, antes de ésta, que el diagnóstico terminal es erróneo. La persona puede estar aturdida o conmocionada. La negación es una reacción de protección ante un evento demasiado abrumador para enfrentarlo inmediatamente.
- Enojo. El enojo es la etapa en la cual la persona se encuentra muy alterada y enfadada porque la tragedia le ha sucedido a su familia. Las reacciones con enojo varían de persona a persona, pudiendo llegar a la agresividad.
- Acuerdo. En esta etapa es muy común encontrarse con preguntas dirigidas a Dios como por ejemplo, "¿Por qué a mi hijo?" y "¿Qué hicimos para merecer esto?". La culpa es el principal sentimiento en esta etapa. Los padres intentan recordar eventos o decisiones propias que puedan haber contribuido a la muerte de su hijo. Es importante recordar que ni usted ni su hijo son responsables de la muerte.
- Depresión o tristeza. En esta etapa ya no se niega la muerte del niño y es probable que los padres y los hermanos sientan una profunda tristeza. Esta reacción es normal y puede ir acompañada de cambios físicos como perturbaciones del sueño o sueño excesivo, cambios en el apetito o dificultades para concentrarse en actividades diarias simples.
- Aceptación. La aceptación es la etapa en la cual el individuo acepta la muerte y la incorpora como parte de su vida. La persona ha llevado a cabo una adaptación a la pérdida. Si bien esto no significa que no vayan a existir otros sentimientos, una vez que se llega a esta etapa, las familias suelen sentirse más confiadas para manejar sus vidas.

3. El niño y la muerte.


El niño y su concepto de la muerte.

Algo que nos puede facilitar el acercarnos a un niño que está muriendo y hablar con él o ella sobre su situación y cómo la está viviendo, es tener una idea general sobre qué es lo que nos podemos encontrar sobre lo que este niño o niña piensa o se imagina sobre la muerte.

En primer lugar tenemos que estar conscientes de que el concepto de muerte es algo que se va construyendo a partir de los bloques o ladrillos que la familia y la cultura particulares de cada quien le va aportando, pero que este proceso de construcción depende también de las herramientas cognitivas que el niño va desarrollando en su proceso de crecimiento y desarrollo psicológico.

Pero lo más importante será, luego de entender lo anterior, tratar de conocer el punto de vista del niño que estamos atendiendo.

Para ello será imprescindible un acercamiento profundo, mediante la comunicación abierta, pero no está de sobra el revisar los conceptos que han surgido de la investigación en este campo, acerca de qué es lo que los niños piensan respecto de la muerte, para así poder entender mejor qué es lo que nuestro niño o niña piensa y siente de su muerte.

El bebé. (0 - 1 año)
Para un bebé, la muerte no es un concepto real. Sin embargo, los bebés reaccionan frente a la separación de uno o ambos padres, a los procedimientos dolorosos y a cualquier alteración de su rutina. Un bebé con una enfermedad terminal requiere tanto cuidado físico y emocional como cualquier otra persona para lograr un entorno cómodo. Mantener una rutina constante es importante para el niño y las personas que están a su cargo. Los bebés no pueden comunicar sus necesidades verbalmente, pero utilizan otras formas, como el llanto para mostrar su incomodidad y sus sentimientos.

El niño en edad de caminar. (1 - 2 años)
Para el niño en edad de caminar, la muerte tiene muy poco significado, de hecho, para algunos, es algo temporal y reversible.

La persona que muere puede aún comer, ir a la escuela o a trabajar, etc.

Lo que sí sucede es que pueden percibir la ansiedad de las emociones de quienes los rodean. Cuando los padres o los seres queridos de un niño en edad de caminar están tristes, deprimidos, asustados o enojados, los niños intuyen estas emociones y manifiestan preocupación o miedo. Los términos "muerte", "para siempre" o "permanente" pueden no tener un valor real para los niños de esta edad. Aun contando con experiencias previas con la muerte, el niño puede no comprender la relación entre la vida y la muerte.

El niño en edad pre-escolar (2-5 años)
Los niños en edad pre-escolar pueden comenzar a comprender que la muerte es algo que atemoriza a los adultos. En esta edad se percibe a la muerte como temporal, justo como en las historietas o los dibujos animados y como en sus juegos. Con frecuencia, la explicación sobre la muerte que recibe este grupo es "se fue al cielo". La mayoría de los niños de esta edad no comprende que la muerte es permanente, que cada persona y cada ser vivo finalmente muere, ni que los seres muertos no comen, no duermen ni respiran.

La experiencia con la muerte con la que cuentan está influenciada por aquellos que los rodean. Pueden preguntar "¿por qué?" y "¿cómo?" se produce la muerte. El niño en edad pre-escolar puede sentir que sus pensamientos o acciones han provocado la muerte y, o la tristeza de quienes lo rodean, y puede experimentar sentimientos de culpa o vergüenza.

Cuando un niño en edad preescolar se enferma gravemente, puede creer que es su castigo por algo que hizo o pensó. No comprende cómo sus padres no pudieron protegerlo de la enfermedad.

El niño en edad escolar. (6-11 años)
Los niños en edad escolar desarrollan un entendimiento más realista de la muerte, en el sentido de que se trata de algo irreversible y definitivo. Aunque la muerte puede ser personificada como un ángel, un esqueleto o un fantasma, el niño ya comienza a comprender la muerte como permanente, universal e inevitable. Pueden manifestar mucha curiosidad sobre el proceso físico de la muerte y qué ocurre después de que una persona muere. Es posible que debido a esta incertidumbre los niños de esta edad teman su propia muerte. El miedo a lo desconocido, la pérdida de control y la separación de su familia y amigos pueden ser las principales fuentes de ansiedad y miedo relacionadas con la muerte en un niño en edad escolar.

El adolescente. (12 y más años).
Al igual que con las personas de todas las edades, las experiencias previas y el desarrollo emocional influyen en gran medida en el concepto de la muerte de un adolescente.

Independientemente de haber o no tenido experiencias previas con la muerte de un familiar, un amigo o una mascota, la mayoría de los adolescentes comprende el concepto de que la muerte es permanente, universal e inevitable.

Es durante el período de la adolescencia cuando la mayoría de los niños comienza el proceso de establecer su identidad, su independencia y la relación con gente de su misma edad.

Un tema predominante de este período es el sentimiento de inmortalidad o de estar exento de la muerte. Cuando la muerte se vuelve una amenaza real para ellos,  todos sus objetivos de destrozan. Las actitudes negativas y desafiantes pueden cambiar de repente la personalidad de un adolescente que se enfrenta a la muerte. Puede sentir no sólo que ya no pertenece o no encaja con sus amigos, sino que tampoco puede comunicarse con sus padres.

Otro concepto importante entre los adolescentes es la imagen que ellos tienen de sí mismos. Una enfermedad terminal y, o los efectos del tratamiento pueden provocar muchos cambios físicos que enfrentar. El adolescente puede sentirse solo en su lucha, temeroso y enojado.

Con esta visión general sobre la evolución del concepto de muerte en los niños hasta los adolescentes, es importante que nos percatemos de que los niños de todas las edades responden a la muerte de una manera particular, pero todos necesitan apoyo y lo demuestran de una u otra manera, sea con llanto, con cambios de conducta bruscos o bien, acercándose y pidiéndolo.


En particular, cuando una persona de cualquier edad, sobre todo un niño, se enfrenta a su muerte, necesita de alguien que le escuche, le tranquilice y disipe sus miedos.

Hablar con el niño sobre la muerte.

Los niños, como cualquier persona, necesitan información honesta y clara sobre su estado de salud y su probable proceso de agonía.

El objetivo final al hablar con un niño agonizante sobre la muerte es brindarle la mayor comodidad posible e intentar disipar sus miedos. Si el niño no está preparado para hablar sobre la muerte, la mejor actitud de los padres y de las personas que lo cuidan es esperar hasta que lo esté.

La parte más importante en el proceso de ayudar a una persona a bien morir es la de la comunicación con esta persona.


Se trata no solo de "platicar", sino de estar, de tratar de comprender a esa persona como si uno fuera ella misma, sin dejar de ser uno.

Si repasamos nuestra historia personal, podremos encontrarnos con algún evento en el cual nos sentimos realmente escuchados, comprendidos por otra persona; alguien a quien pudimos tratar de explicarle cómo nos sentíamos o lo que estábamos pensando y sentimos que realmente nos comprendió.

Pues de eso se trata, y no es que sólo algunas personas tengan el don para entender a otras, se trata de una habilidad, y como tal, se puede desarrollar y ejercitar.

¿Cómo comunicarnos mejor?

Tomemos en cuenta que al comunicarnos, no solo intercambiamos ideas y puntos de vista a nivel lógico, sino también, sentimientos, estados de ánimo, emociones y actitudes en una escala mucho mayor que la que imaginamos.

Esto sucede básicamente en dos formas de comunicación: la Verbal y la No verbal.

Por comunicación Verbal entendemos propiamente el discurso que establecemos oralmente: las ideas son transmitidas así.

En Comunicación No verbal agrupamos tanto la postura del cuerpo, la mirada, la expresión facial, el tono de voz, la velocidad de las palabras, la cercanía de los cuerpos de los interlocutores, etc. Con todo esto estamos transmitiendo y recibiendo el componente afectivo de la comunicación: actitudes, emociones, sentimientos.

A este tipo de comunicación es al que hay que poner especial atención para mejorar nuestra "Escucha" cuando interactuemos con una persona agonizante, y en general, cuando queramos de verdad entender lo que otro ser humano está tratando de comunicarnos.

Carl Rogers, un psicólogo norteamericano muy influyente, delineo además tres actitudes básicas de la persona que sabe escuchar en un ambiente terapéutico, es decir, en el cual se pretende que la persona cambie y mejore su propio funcionamiento interpersonal, pero que se puede traspolar a cualquier relación humana:
1. Aceptación positiva incondicional. Esto significa que no importa lo que nosotros pensemos de lo que la persona nos está comunicando, igual aceptamos a la persona, somos capaces de acoger emocionalmente y de manera positiva a esa persona. Aunque lo que nos cuente sea desagradable, o bien, no compartamos su opinión, lo que nos interesa es la experiencia de la persona y la persona misma, que está por encima de la simple experiencia y de nuestros juicios.
2. Empatía. Con esta actitud, Rogers quiere decir que al escuchar, intentemos ponernos en el mismo nivel de la persona que nos habla, es decir, tratamos de escuchar y al mismo tiempo sentir como si fuese yo mismo esa persona, sin perder de vista que no lo soy. No dejo de ser yo, pero quiero ponerme en su lugar para entenderle mejor y saber porqué usa justo esas palabras, porqué dice lo que dice y calla lo que calla. ¿qué quiere decir con un suspiro? ¿qué quiere expresar con este silencio?
3. Autenticidad.  Convertir la experiencia de relación con la persona moribunda en una profunda comunicación humana requiere que no perdamos de vista que somos nosotros mismos una persona en sí, que somos únicos, conscientes, libres. Y que lo que estamos compartiendo nos genera nuestros propios sentimientos, y en base a ellos reaccionamos de manera auténtica. En ocasiones nos sentiremos tristes o conmovidos con lo que escuchamos y compartimos. Si somos auténticos, sabremos expresar estos sentimientos para profundizar en la relación.

Respecto de la Comunicación Verbal en la que se formulan las ideas, es necesario considerar, como ya lo señalamos en el capítulo anterior, que los niños tienen su propio concepto de la muerte de acuerdo a su propia evolución psicológica. Por lo mismo, no vamos a esperar un intercambio de ideas desde nuestra propia lógica, sino desde la de cada niño en particular.

Lo que sí vamos a hacer es poner mucha atención en lo simbólico.

La muerte es uno de los misterios más grandes de la vida. Pero no es ajeno a quien está acercándose a él en su propia experiencia. Por eso, tratándose de asistir a alguien en su muerte, quien "ayuda" es el aprendiz y quien está muriendo es el maestro. Así tenga tres o noventa años de edad.

Y como es un misterio, no puede ponerse en palabras concretas, menos si quien lo está exponiendo es un niño. Por eso se recurre tanto al lenguaje simbólico; y por eso es tan necesario poner atención a los ritos, dibujos, juegos, escritos o cualquier otro medio que el niño utilice para expresar lo que está viviendo.

¿Cómo puedo hablar de su muerte con un niño?

Es necesario, según la edad del niño, tomar en cuenta lo siguiente al hablar con él o con ella sobre la muerte.

Los bebés no poseen habilidades lingüísticas; sin embargo, reaccionan al bienestar físico. Cuando un bebé agoniza, una caricia y un abrazo reconfortantes son tan importantes para él como para aquél que lo cuida. La comunicación del amor se puede expresar mediante una caricia suave y un abrazo tierno.

Para los niños que comienzan a caminar y los niños pequeños, se debe utilizar un lenguaje concreto. Se deben evitar términos confusos para describir la muerte, como por ejemplo, "dormir" y "desaparecer". Un niño puede tener miedo de dormirse si asocia la idea de dormir con la muerte.

Los niños pequeños pueden hacer preguntas muy directas sobre la muerte, si tienen la oportunidad; y es importante ser honesto y consecuente con las respuestas. Si hacen una pregunta para la cual se desconoce la respuesta, es preferible admitirlo, y no inventar una. Los niños pueden detectar la mentira en una respuesta desde muy temprana edad. También pueden recibir información poco consecuente si las respuestas de diferentes personas son engañosas o evitan la verdad.
Los adolescentes pueden querer hablar sobre la muerte con un amigo u otra persona que no sean sus padres. Se debe fomentar la comunicación de cualquier manera que pueda ayudar al joven a expresar sus miedos y preocupaciones.

¿Es realmente importante tocar este tema con el niño?

Para una persona adulta, la muerte de otros siempre refiere a la propia muerte. Consciente o inconscientemente, cuando nos enfrentamos a la persona moribunda nos damos cuenta de nuestra propia finitud y mortalidad. Por eso es tan difícil enfrentar esta situación y más aún, hablar de la muerte con la persona que está muriendo.

Pero es necesario. Y es importante para esa persona. Por eso, quien ayuda debe primero admitir y aceptar la muerte en sí. Y saber que le va a doler y que puede no ser agradable estar ahí mientras otro, un niño o una niña, a quien preferiríamos ver jugando y riendo, está muriendo en una cama.

En eso consiste la difícil tarea de ayudar a bien morir. Ahora bien, la ayuda al niño puede convertirse fácilmente en la ayuda a la familia, por la cercanía que seguramente habrá de ella.

Por eso es importante evaluar los conceptos y creencias del niño y de su familia acerca de la muerte y la vida después de ésta cuando se establece una comunicación con ellos. Los niños pueden experimentar miedos y preocupaciones que no expresan porque no se sienten cómodos o porque no saben cómo hacerlo.

Entre algunas de estas preocupaciones, se incluyen las siguientes:



Los sentimientos de culpa y de vergüenza.

Los niños pueden creer que sus pensamientos han provocado la enfermedad o la muerte que está causando la tristeza de todos. Es importante hablar con el niño acerca del hecho de que los médicos y las enfermeras no siempre pueden evitar la muerte y, además, asegurarle que los malos pensamientos no pueden causar la muerte y que él no ha hecho nada malo para provocar la muerte o la enfermedad.



El miedo de que el dolor esté asociado con la muerte.

Al confrontar estos temores, es importante explicarle al niño el uso de los medicamentos para controlar el dolor. Recuérdale que la muerte en sí no es dolorosa.



El miedo a la separación.

Este tema puede tratarse recurriendo a las creencias religiosas o culturales específicas relacionadas con el cuerpo, el alma o el espíritu. Tranquiliza al niño afirmándole que no estará solo en el momento de la muerte.



El papel de las creencias religiosas y culturales.

Estas creencias influyen en gran medida en la experiencia de la muerte y los niños son especialmente sensibles a las connotaciones espirituales de la muerte y a la interpretación que de ella se hace en la religión.

Precisamente por el carácter simbólico que tiene el lenguaje religioso, si la familia de un niño que está muriendo lo ha educado en alguna tradición religiosa, será mucho más fácil hablar con él o ella de su propia muerte recurriendo a este lenguaje.
Los padres, los miembros de la comunidad religiosa de la familia, los ministros y los sacerdotes pueden desempeñar un papel importante al momento de explicarle el concepto de muerte a un niño.

Es importante la congruencia en la comunicación de las creencias de la familia sobre la muerte y la vida después de ésta. El hecho de compartir estas creencias con las demás personas que cuidan del niño puede limitar su confusión.

Esto es particularmente importante para evitar reacciones discordantes, por ejemplo, entre el padre de un niño que muere, que ha aceptado este hecho y la mamá del niño, que aún está en una etapa de negación o de coraje contra este suceso; que por lo mismo reaccionarán muy diferente frente al niño, causándole mayor problema a él.

Al respecto, es necesario comentar que los niños, a diferencia de los adultos, no están tan apegados a cosas de la vida, a bienes y a las mismas personas, por lo que para ellos, desprenderse de la vida no es una tarea tan difícil como lo es para los adultos. Es por ello que los adultos que quieren ayudar a un niño deben estar conscientes de esto para que sus propios apegos al niño y a lo que le representa (el futuro, la vida misma, etc.) no obstaculicen el proceso de despedida del niño. Porque a esto sí es muy sensible un niño: a los sentimientos de quienes le rodean. Y si perciben que con su muerte están "lastimando" a alguien, cuanto más si es a alguien que ellos quieren, experimentarán más dificultades para dejarse morir, para despedirse.


En el siguiente capítulo encontraremos algunas pistas más sobre las necesidades psicosociales del niño que agoniza, las cuales nos darán una mejor idea de qué es lo que podemos hacer al respecto.

EL NIÑO Y LA MUERTE

Autor
Dra. Pamela Rojas G., Médico Familiar PUC
Introducción

La muerte es una situación de gran dolor para una familia. En términos generales nos torna vulnerables, quiebra proyectos de vida y nos obliga a una reestructuración profunda.

Muchos niños viven este proceso a través de la pérdida de uno de sus padres. Quien lo sobrevive suele ser quien informa a sus hijos, sin embargo pocos se sientes capaces de hacerlo "bien". Muchos tardan días y hasta meses, mientras tanto, la explicación de donde está el padre fallecido es poco clara; "va a estar en el hospital", "se fue a un largo viaje".

Con la idea de "proteger" al niño de la impresión de la muerte, los padres recurren a distintos comportamientos. Muchas personas usan metáforas para explicar la muerte ("el papá está durmiendo para siempre"), y la mayoría evita expresar sus sentimientos de dolor en frente de los niños. Una de las conductas más recurridas es la de excluirlos de los ritos fúnebres.

Algunas de estas conductas se explican bajo la premisa que los niños "no se dan cuenta" o bien "no entenderán" si se les habla de la muerte. La siguiente revisión aborda la forma en la cual los niños viven el concepto de muerte, las principales diferencias con el duelo de los adultos y algunas pautas generales para orientar a aquellos padres que soliciten ayuda.

Los niños y la muerte
La idea que los niños tienen sobre la muerte y la forma de enfrentarla se modifica con la edad. Así:
0 a 2 años: Desconocen el concepto de muerte, sin embargo perciben la ausencia de su padre o madre. Son capaces de responder a cambios de rutina, de cuidadores y al caos familiar.
Viven un duelo y lo manifiestan a través de conductas de protesta, desesperación y desapego.

3 a 5 años: Apoyados en su pensamiento mágico y egocéntrico ven a la muerte como temporal y reversible, similar a dormir. Perpetúan la relación a través de rezos, cartas y conversaciones con el fallecido. En este sentido, quien ha fallecido "está en el cielo", y por lo tanto desean escribir y visitarle.
Son frecuentes las preguntas: "¿Puede comer?, ¿Cómo respira debajo de la tierra?, ¿Va al baño?, ¿Me escucha?, ¿Cómo puede estar al mismo tiempo en la tumba y en el cielo?".

6 a 8 años: La muerte se interpreta como un castigo, es como un "personaje" que te atrapa. En este sentido, logran identificarla como un hecho irreversible pero no universal, o sea no afecta a todos..
Ante la muerte, es frecuente que se cuestionen que tan segura es la vida, y por lo tanto, suelen surgir preguntas como "¿Tú también te vas a morir?"

A esta edad hacen preguntas que pueden parecer morbosas a los adultos y que pueden motivar la consulta médica: "¿Me puedo quedar con la tele del papá?, ¿y que pasa con el cuerpo?, ¿se pudre?, ¿y cuanta sangre le salió?".



9 a 12 años: Se adquiere la concepción adulta de la muerte; final, irreversible y universal. Pese a que comprenden el proceso biológico de la muerte, la viven como un hecho lejano para ellos y como un castigo por malos comportamientos.
Destaca, a esta edad, mayor dificultad para comenzar a hablar del tema y una alta dependencia del padre sobreviviente.

13 a 18 años: Pese a que perciben a la muerte como más cercana, enganchan con actividades de alto riesgo adoptando una actitud "inmortal". A esta edad se adquiere el interés "social" por la muerte y sus ritos.

Como reaccionan los niños ante la muerte
- La tendencia al llanto aumenta con la edad.
- Los niños mantienen la esperanza de que el padre fallecido volverá, y lo buscan. En ocasiones reconocen de mala gana que eso no sucederá y se ponen tristes.
- Fantasean que viven con él por las noches, que juegan juntos o que lo abraza. Puede que digan que lo sienten, que lo ven o que hablan. Lo esperan con regalos o se portan bien para él.
- Puede que expresen miedo de morir ellos también o de perder al padre sobreviviente.

El duelo en los niños
Actualmente se reconoce que los niños experimentan el duelo, sin embargo este proceso muestra algunas características distintas a la del adulto:

- Los niños no se retraen: se tornan demandantes, necesitan comprobar que sus necesidades serán satisfechas. Buscan un sustituto para no perder la seguridad.


- Desilusión hacia el padre perdido: Pensamientos de abandono, traición y desilusión por el padre muerto o pérdida de confianza, lo que puede generalizarse a quienes siguen vivos.
- Emociones fluctuantes: rabia, pena, ansiedad, confusión. No están siempre tristes.
- Duelo más prolongado que los adultos: la pérdida va adquiriendo un nuevo significado según la etapa del desarrollo que van viviendo.
Recomendaciones para los padres
1. Ser honestos: Aunque resulte doloroso hablar precozmente de la muerte. Explicar acorde a su edad y lenguaje, recordándole su irreversibilidad. Aceptar todas sus preguntas.

2. Evitar confundir al niño con conceptos poco adecuados (ej. "la muerte es como dormir", o sea "dormir es peligroso, por lo tanto si me duermo no despertaré ")

3. Invitarlo a participar en los ritos fúnebres: Explicar con anterioridad lo que verá y escuchará. Permitir ver el cuerpo si lo pide y acompañarlo, nunca forzarlo.

4. Animarle a expresar lo que siente: Observar sentimientos de pena en la familia hace que el niño los vea como aceptables. Jamás restringir su expresión (ej "no estés triste", "tienes que ser valiente").

5. Respetar su manera de afrontar la pérdida: permitirle cierta irritabilidad, menor rendimiento escolar, cambios en el apetito, regresión en pautas de comportamiento, juegos ruidosos o "morbosos" (ej. Jugar "a morirse o al funeral"). Dar espacio a sus temores: ("¿ yo tuve la culpa?, ¿quién me va a cuidar?")

6. Mantenerse física y emocionalmente cerca: tranquilizarlo constantemente: ("yo estoy aquí, no te voy a dejar solo").



7. Cuidado de no parentalizar al niño con roles que no le corresponden. ("ahora tienes que cuidar a la mamá")

Resumen
Los niños son capaces de experimentar un duelo.
Su forma de entender la muerte, sus dudas y como se enfrentan a ella varían con la edad.
El duelo de un niño tiene características propias y diferentes a la de los adultos y por tanto requieren explicaciones, cuidado y preocupaciones distintas.
Las principales recomendaciones a los padres son la información precoz del fallecimiento, evitar dar nombres confusos a la muerte, recalcar su irreversibilidad, aceptar su particular forma de expresar dolor, invitar a los ritos fúnebres y mantenerse emocional y físicamente cerca.

 »Ayuda a tu niño a afrontar la muerte de un ser querido


 




 







Cuando perdemos a un ser querido sufrimos un duro golpe que cada uno lo asume como buenamente puede, pero ¿qué ocurre cuando es un niño el que tiene que asumirlo?, ¿cómo le explicamos lo que está ocurriendo?.
Dependiendo de la edad en la que se encuentre el niño, el proceso será de una u otra forma, así podremos ver que en general el principal problema que se le plantea al niño, es el mismo concepto de muerte. En los niños de edad preescolar el problema que se presenta es, que conciben a la muerte como algo que se puede cambiar, algo así como “ahora está muerto, pero luego viene a merendar conmigo”, piensan que se trata de algo variable, no asimilan que sea algo fijo, que no se pueda dar marcha atrás, no conciben el concepto de nunca más o de siempre, con lo cual no entienden el significado de muerte y por ello no nos debe extrañar si una vez muerto el abuelo, el niño nos comenta que si mañana va a venir el abuelo a buscarle para ir al parque.
Cuando ya tienen unos añitos más, entre los cinco y diez años, el concepto ya se encuentra más formado, más real, aunque piensan que ni a ellos, ni a sus seres queridos, les puede llegar a tocar la muerte, es algo que saben que existe pero que piensan que eso sólo le ocurre a gente que no conocen.
Por desgracia cuando al niño se le muere un ser querido, la pérdida es para toda la familia, de ahí la complicación ya que los padres y el resto están también de duelo, con lo que estar pendiente del niño en estos momentos sea tarea dura para los padres. El ambiente familiar se encontrará tocado, pero debemos intentar que el cuidado y las atenciones del niño no se vean muy alterados, dentro de nuestras posibilidades.
Al igual que nosotros damos muestras de nuestro dolor, haremos que el niño comprenda que puede expresar su dolor de forma natural, que no tiene que cohibirse ni esconderse, es más, si podemos ayudarle a que lo exprese sería ideal.
Aunque nos cueste debemos estar muy atentos al comportamiento del niño, puede estar triste como es normal, pero hay detalles que tenemos que tener en cuenta, como que pasado un tiempo considerable, se muestre aún excesivamente triste. (Teniendo en cuenta que debe ser a largo plazo). Algo que tampoco se nos puede pasar por alto es que el niño intente demostrar que nada le ocurre, que el es fuerte y no le duele, ya que esto con el tiempo puede llevar a un problema grave.
Otra forma de presentarse una anomalía en el duelo, es que no asimilen que el ser querido esta muerto realmente, es decir, que hay una negación del suceso por parte del niño.




Reacciones del niño ante la muerte


Las primeras diferencias, al igual que ocurre en el duelo de las personas adultas, debemos conocer la relación de cercanía que tenía el niño con el difunto. Por supuesto que está claro que a mayor cercanía la reacción será más marcada. De este modo, si el niño mantenía una relación próxima con la persona muerta, la probabilidad más alta es que el dolor que sienta lo saque al exterior de forma brusca, normalmente suele ser rabia, esta tensión sale al exterior como pesadillas, está irascible, tiene reacciones violentas, al igual que los juego pueden aumentar la violencia…nos damos cuenta perfectamente que el niño está alterado. Puede estar jugando y de repente pegar a la persona con la que está jugando, esto se debe porque no puede controlar las emociones que está experimentando. Un detalle curioso es que en muchas ocasiones los niños parecen enfadarse con el resto de la familia que esta viva, sobre todo si la persona muerta es uno de sus progenitores o alguien muy próximo a el.
En algunos casos el niño experimenta un retroceso, una involución, una regresión en el proceso evolutivo, es decir que de repente comienzan a realizar acción de etapas anteriores que ya están superadas, lo que realmente están haciendo es llamar nuestra atención.




Síntomas de una elaboración errónea de un duelo.


Podemos percibir que nuestro hijo no está realizando un duelo en condiciones si nos damos cuenta que está experimentando una serie de comportamientos.
Hay algunos que pueden ser muy evidentes porque son muy llamativos, como son las pesadillas o la incapacidad para quedarse solo, provocándole un miedo intenso, estas son fáciles de captar, pero no todas son así por desgracia. Debemos estar atentos o incluso comentarlo con los profesores para que nos ayuden por si ellos perciben un comportamiento diferente en el niño, sobre todo a la hora de interactuar con sus compañeros, suele no querer jugar con ellos como antes, se aísla, incluso sus estudios se deterioran y pueden no querer ir al colegio .
Si vemos que nuestro hijo, con el paso del tiempo, está perdiendo el interés por todas aquellas cosas que antes le encantaba hacer y ahora sin motivo aparente no quiere volver a realizar.
También es importante el apetito, cuando el niño se siente apagado, triste el apetito se resiente y comienza a mal comer o a incluso no querer ingerir nada.
Se dan casos en el que el niño expresa abiertamente el deseo de irse con la persona fallecida, le imita, habla en exceso de el, es decir, mantiene un comportamiento lo suficientemente llamativo como para que nos demos cuenta de que el niño no se encuentra bien, que no consigue pasar el duelo.


















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