El nihilismo



Descargar 475.5 Kb.
Página16/16
Fecha de conversión16.08.2018
Tamaño475.5 Kb.
Vistas379
Descargas0
1   ...   8   9   10   11   12   13   14   15   16

¿MÁS ALLÁ DEL NIHILISMO?



Aun sabiendo que todo perece, debemos construir en granito nuestras moradas de una noche.
Desde el momento en que ha tenido sobre nuestro tiempo una conuista tan tenaz, es lícito suponer que el nihilismo representa algo más ue una simple corriente del pensamiento contemporáneo o una somría aventura de sus vanguardias intelectuales. No hace falta ser ietzscheanos para reconocer que su fantasma merodea un poco por bquier en la cultura de nuestro tiempo. Ni se debe llegar a pensar, con _eidegger, que el nihilismo es el acontecer mismo de la historia occiLental, para reconocer que “quien no ha experimentado sobre sí el enorse poder de la nada y no ha sufrido su tentación conoce muy poco Luestra época” (Jünger - Heidegger, 1989: 104).
El nihilismo —una palabra reservada hasta hace algún tiempo a poas elites— es hoy expresión de un profundo malestar de nuestra cultuL, que se superpone, en el plano histórico-social, a los procesos de secución y racionalización, y, con ello, de desencanto y fragmentación
nuestra imagen del mundo, y que ha provocado en el plano filosófico, lo que respecta a las visiones del mundo y los valores últimos, la rrosicSn de las creencias y la difusión del relativismo y del escepticisc. E independientemente de la actitud que se asuma en la confrontacon él, sea de aceptación o de rechazo, de tolerancia o de reacción,
lquiera puede ver hasta qué punto la historia había llenado el nihimo “de sustancia, de vida vivida, de acciones y de dolores” (Jünger - degger, 1989: 49).
iabiendo tocado en tal sentido un punto neurálgico de la conciencia zca y la autorrepresentación cultural de nuestro tiempo, el nihilismo provocado reacciones y tentativas de superación igualmente deterfladas. Especialmente en el plano de la moral y la ética abundan ya esfuerzos que apuntan a sobrepasar nuestra condición nihilista y los s que derivan de ella (cf. Reale, 1995; Scalfari, 1995; Zecchi, 1993).
embargo, justamente en el plano moral y ético vale, hoy más que ca, la constatación hecha por el sociólogo Niklas Luhmann: Paradigm t Hemos perdido los paradigmas tradicionales que servían para orien

rariaciÓfl del célebre título de John Milton vale en un ea en el plano de la fundamentación como en el de la n la dimensión teórica como en la práctico-aplicativa


es innegable hoy la exigencia de superar el nihilismo,
obre todo, por la presencia de una difundida demanda
no debe sorprender demasiado. Con un vistazo históriernidad —al cual Luhmann nos invita— se puede constaa invención de la imprenta en adelante, en los últimos
a siglo de la Edad Moderna, las peticiones de ática retorgularidad casi astronómica.
mes del siglo XVI, con Justo Lipsio, se da la gran difueoestOiCi smo.
rienos cien años después, entre 1670 y 1690, dominan la áticas parenéticas de los grandes moralistas: Baltasar Pascal, La RochefoucaUld.
Lo más tarde, en Alemania, aparece Kant con la crítica 5n práctica y, en Inglaterra, Jeremy Bentham con sus ttilitaristas. En Francia, la tematización más vistosa de y del vicio, en su contraposición especular y en sus efecnfiada a la pluma disoluta del marqués de Sade.
da sucesiva llega regularmente, alrededor de 1880, cuanimmel y el neokantismo se da el florecimiento de las de los valores.
siglo? Nosotros hemos anticipado verdaderamente este ico. Desde los años 60 en adelante asistimos a la reaflu manda de ática y a un correspondiente florecimiento de proponen satisfacerla.
rpretar este fenómeno? ¿Tal vez como la manifestación jistórico en la vida de la cultura moderna? ¿O como la onciencia crítica y de salud filosófica? ¿O quizá como sigDción a la crisis y de la voluntad de superarla?
buen grado a los astrólogos la interpretación de estos dicos y constatemos simplemente que el panorama de las contemporáneas ofrece un espectáculo babélico. La cofl oberanamente, sea en la tradición del pensamiento cofltl se puede ir desde el “neoaristotelismO” de Gadamer pa ática de la argumentación” de Jürgen Habermas y Karlta la “ática de la responsabilidad” de Hans Jonas, sea discusión anglo-americana, donde se pasa del utilitar tica, del neocontractualismo a la ática pública, del libera nitarismo, de la bioática a la ática del medio ambiente. El s ideas es variado y el turista curioso podría pasear hasta el jardín-mercado de las áticas.

La realidad es que se está repitiendo hoy, en medida agravada en razón del cuadro nihilista y del carácter planetario y complejo de la vida moderna, la crisis que ha surcado otras épocas históricas, y que está caracterizada por el conflicto entre visiones del mundo y sistemas de Dormas diferentes, por la dificultad de encuadrar en los paradigmas


tradicionales acciones y hechos morales de nuevo tipo, por la mpetencia entre las diversas teorías áticas que genera logomaquias n vencedores ni vencidos y da como resultado la indiferencia, el
relativismo y el escepticismo.
Las cosas no van mejor en el plano práctico. Se desvanece la fuerza vinculante de las normas morales y la posibilidad de que encuentren sponibilidad para ser aceptadas y aplicadas. También aquí es necesaio constatar: Paradigm lost. Las referencias tradicionales —los mitos, s dioses, las trascendencias, los valores— han sido erosionados por el esencanto del mundo. La racionalización científico-técnica ha produdo la indecibilidad de las opciones últimas en el plano de la sola razón.
,l resultado es el politeísmo de los valores y la isostenia de las decisios, e incluso la estupidez de las prescripciones y la inutilidad de las ‘ohibiciones. En el mundo gobernado por la ciencia y la técnica la cacia de los imperativos morales parece igual a la de los frenos de cicleta montados en un jumbo jet (Beck, 1988: 194). Bajo el casquete le acero del nihilismo ya no hay virtud o moral posible.
El hecho es que el paradigma perdido ha sido sustituido por uno evo que impone los propios imperativos a toda conducta y todo comamiento humano. Se trata del paradigma técnico-científico. La cien- y la técnica —que acortan el espacio y aceleran el tiempo, que alivian dolor y alargan la vida, que movilizan y explotan los recursos del ieta— proveen una guía bastante más eficaz y coercitiva del obrar e cuanto pueda hacer la moral. Imponen obligaciones que vinculan js que todas las áticas escritas en la historia de la humanidad, volindo superfluo, de ahora en adelante, todo otro imperativo. La cieny la técnica organizan la vida sobre el planeta con la ineluctabilidad un desplazamiento geológico. Frente a ellas, la ática y la moral tiefl ya la belleza de los fósiles raros.
1 hombre contemporáneo no tiene alternativas. No importa qué se o haga, está ya de todos modos sometido a la coerción de la lOciencia”. Ello es así, aun cuando se acurruque todavía en la actiedificante del humanismo tradicional y sus ideales, que se muesa, sin embargo, impotentes frente a la realidad de la tecnociencia, y roducen como mucho una evasión y una compensación. Hay quien a, como Heidegger, que lo inquietante hoy no es el hecho de que el
llegue a ser completamente técnico, sino que el hombre no se ;re preparado para esta transformación del mundo. Quien se
ra en pensar en términos de moral y de ática, no está aún a la ra del desafío de la tecnociencia. A quien le preguntaba por qué

spués de Ser y tiempo no escribió una ética, Heidegger respondía que ia ética adecuada a los problemas del mundo moderno está ya implíci.


en la comprensión de la esencia de la técnica. Cualquier otra ética, nsada a la medida del individuo, sería inadecuada a la macroacción lanetaria de la humanidad, resultaría ser algo “penúltimo”, frente a s realidades últimas producidas por la tecnociencia. En la era domj.. ada por el nihilismo las éticas permanecen en el plano de la homilética. La pregunta que se impone en este punto es si el nihilismo es de ‘eras, como opinaba Heidegger, un punto de llegada inevitable del .acionaliSmo occidental, una suerte de verificación esencial del poder lestruCtiVO de la racionalidad nacida con los griegos, o bien si no es más bien, como pensaba Husserl, una traición a la idea originaria de razón, un embrutecimiento y un debilitamiento de aquel logos que, con Sócrates, Platón y Aristóteles había sabido imponerse sobre el nihilismo de un Gorgias. Este dilema ha atormentado el pensamiento contemporáneo, como lo testimonia la polémica con respecto a la “crítica total de la razón” que tuvo lugar entre dos de sus exponentes más destacados, Apel y Derrida; y si se pudiera dirimirlo alguna vez, para hacerlo parece indispensable una distancia histórica que aún no hemos madurado.
Todavía no están demasiado lejos los tiempos en los que Talleyrand decía que para establecer algo duradero es necesario actuar según un principio: con un principio somos fuertes y no encontramos resistencia. Pero nosotros sabemos —gracias a este diplomático capaz de servir a tantos soberanos y de llegar, más temprano o más tarde, a traicionarlOS a todos, gracias a este príncipe camaleónico capaz de vestir los hábitos del Ancien Régime sobre la piel del individuo moderno y de conciliar virtud cristiana y laicismo, principios morales y realismo político— que esta afirmación esconde su exacto contrario, y que las declaraciones de principios enmascaran hoy la ausencia de principios. PrincipeS, c’est bien! Cela n’engage point. Por eso, cuando hoy alguien hace apelación a principios, se tiene la impresión de que está mintiendo. La figura de Talleyrand, con su fidelidad a la máxima larva tus prodeo, señala hasta qué punto el nihilismo se ha vuelto realidad (cf. Calasso, 1983).
Pero —se nos pregunta— si es verdad que el nihilismo comienza allí donde termina la voluntad de autoengañarse, ¿podemos ahora transformar la experiencia que hemos hecho de él en una enseñanza o bien en una vigorosa invitación a la lucidez del pensamiento y a la radiCa1id del preguntar, en una época en la que los altares abandonados estáfl habitados por demonios?
Jean Dubuffet ha escrito que “sólo el nihilismo es constructivo”, porque es “el único camino que lleva al hombre a establecerse en la quimera” (Dubuffet, 1968: 80). La provocación de este artista y teórico de la vanguardia, aun sin ser compartida, ayuda a ver que el nihilismo OS ha transmitido efectivamente una enseñanza corrosiva e inquietaflte pero al mismo tiempo profunda y coherente.

¿Más allá del nihilismo?



17;3

Nos ha enseñado que no tenemos más una perspectiva privilegiada


—ni la religión ni el mito, ni el arte ni la metafísica, ni la política ni la moral, y ni siquiera la ciencia—, capaz de hablar por todos los otros, que no disponemos más de un punto arquimedeo, haciendo palanca sobre el cual pudiéramos nuevamente dar un nombre al todo. Este es el sentido más profundo de la terminología negativa —“pérdida del centro”, “desvalorización de los valores”, “crisis de sentido”— que el nihilismo ha hecho florecer y que evidentemente expresa la crisis de a utodescripción de nuestro tiempo. El nihilismo nos ha dado la conciencia de que nosoros, los modernos, estamos sin raíces, que estamos navegando a ciegas n los archipiélagos de la vida, el mundo y la historia: pues en el deseneanto ya no hay brújula ni oriente; no hay más rutas ni trayectos ni rnediciones preexistentes utilizables, ni tampoco metas preestablecidas B las que arribar.
El nihilismo ha carcomido las verdades y debilitado las religiones; pero también ha disuelto los dogmatismos y hecho caer las ideologías, piseñándonos así a mantener aquella razonable prudencia del pensamiento, aquel paradigma de pensamiento oblicuo y prudente, que nos fruelve capaces de navegar a ciegas entre los escollos del mar de la precariedad, en la travesía del devenir, en la transición de una cultura la otra, en la negociación entre un grupo de intereses y otro. Después e la caída de las trascendencias y la entrada en el mundo moderno de técnica y las masas, después de la corrupción del reino de la legitimi1 y el tránsito al de la convención, la única conducta recomendable s operar con las convenciones sin creer demasiado en ellas, la única titud no ingenua es la renuncia a una sobredeterminación ideológica ‘moral de nuestros comportamientos. La nuestra es una filosofía de nélope que deshace (analyei) incesantemente su tela, porque no sabe Ulises retornará.
Todavía no sabemos, de hecho, cuándo podremos decir de nosotros tsmos aquello que Nietzsche osaba pensar de sí cuando afirmaba ser
L primer perfecto nihilista de Europa, que, sin embargo, ha visto ya sí hasta el fondo el nihilismo mismo, que lo tiene detrás de sí, debajo sí, fuera de sí” (Nietzsche, 1980: XIII, 190).


Compartir con tus amigos:
1   ...   8   9   10   11   12   13   14   15   16


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos