El mundo donde vivo



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EL MUNDO DONDE VIVO

Hellen Keller

Traducción de María del Carmen Pasman
ÍNDICE


PREFACIO 4

I VEO CON MI MANO 5

II OTRAS MANOS 8

III LA MANO DE LA RAZA 11

IV EL PODER DEL TACTO 14

V LAS VIBRACIONES SUTILES 18

VI EL OLFATO, EL ANGEL CAIDO 21

VII VALORES RELATIVOS A LOS SENTIDOS 25

VIII EL MUNDO DE LOS CINCO SENTIDOS 27

IX VISIONES INTERIORES 29

X ANALOGÍAS DE LA PERCEPCIÓN DE LOS SENTIDOS 32

XI ANTES DEL DESPERTAR DEL ALMA 35

XII LOS MAYORES PRIVILEGIOS 38

CANTO A LA OSCURIDAD 52



A Henry H. Rogers,

mi querido amigo de muchos años
"La noche de la ceguera tiene también

sus maravillas.

"La noche de la ignorancia y de la

insensibilidad es la única tiniebla

impenetrable.

"El infortunio de los ciegos es inmenso,

irreparable. Pero no nos priva de compartir

con nuestros semejantes la acción altruista,

la amistad, el buen humor, la imaginación

y la sabiduría".

La Autora

PREFACIO



Los originales correspondientes a los ensayos y a la poesía que constituyen este libro, aparecieron en "The Century Magazine"; los ensayos, bajo los títulos de "Una charla acerca de la mano", "Sentido y sensibilidad", y "Mis sueños". Mr. Gilder, a quien estoy profundamente agradecida por su amable interés y estímulo, me sugirió la idea de escribir estos artículos. Pero, por otra parte, Mr. Gilder debe aceptar también la gran responsabilidad que va unida a mi gratitud. Solamente a su deseo y al de otros editores se debe que yo me permita hablar tanto de mi persona.

Todo libro es, desde cierto punto de vista, autobiográfico. Pero mientras a otras criaturas, analizadoras de sí mismas, les es dado al menos variar de tema, lo que yo puedo opinar del impuesto, o de los conflictos suscitados por la cuestión Dreyfus, me parece que no le importa a nadie.

Sí propongo reformar el sistema pedagógico del mundo, mis amigos editores exclaman: "Es interesante." Pero agregan: "¿Sería usted tan amable que nos informara cuál era su concepto sobre la bondad y la belleza cuando tenía seis años de edad?" Primero me piden que hable de la vida de la niña, hoy mujer. Luego me convierten en mi propia hija y me piden reiteradamente un análisis de mis sentimientos de adulta. Por último, solicitan que escribe mis sueños, y de este modo me convierto en abuela anacrónica; por qué el contar sueños es un privilegio especial del que sólo disfrutan los ancianos. Mis editores son tan buenos que, sin duda, tienen razón al pensar que nada de lo que yo pudiera decir sobre los asuntos del universo sería interesante. Pero mientras no me den la oportunidad de escribir sobre algo que no sea yo misma, el mundo continuará ignorando que existen posibilidades de mejora en los métodos de instrucción. Entretanto, sólo puedo contribuir discurriendo sobre el límite dado tema que me permiten tratar.

En el "Canto a la obscuridad", no fue mi intención aparecer como poetisa.

Creía estar escribiendo prosa, a no ser por la traducción en verso del pasaje magnífico de Job. Sin embargo les pareció a mis amigos que no había coherencia entre este canto y el resto del libro; y esa fue la causa por la cual se convirtió en poesía.
Hellen Keller


I

VEO CON MI MANO


Acabo de tener a mi perro en las manos. Estaba revolcándose en el césped, con un gozo infinito en cada músculo y cada miembro. Quise tener una imagen completa de él, y entonces lo toqué tan levemente como si palpara telarañas; pero su cuerpo regordete giro sobre sí mismo, se puso tieso y al pararse sobre sus patas traseras se endureció más todavía. Su lengua lamió mi mano y apretó su cuerpo contra el mío como si quisiera hacerse un ovillo. Demostraba su júbilo a través del rabo, las patas y la lengua. Si hubiese tenido la facultad de hablar estoy segura de que habría dicho, como yo, que el paraíso sólo se alcanza por medio del tacto; ya que el amor y de inteligencia residen en el.

Este pequeño episodio me sugirió la idea de una charla sobre las manos.

Sí resulta interesante y amena, se deberá a mi "perro-estrella". De cualquier modo, es sumamente agradable disponer de un tema que no haya sido monopolizado por otra persona. Es como trazar un nuevo sendero en la selva virgen, dejando un rastro resplandeciente perdón de antes no existían las pisadas. El llevaros por un camino sin huellas, a un mundo donde la mano es soberana, constituye para mí una gran alegría. Pero en el mismo momento de partir tropezamos con una gran dificultad: temo que vosotros, tan acostumbrados a la luz, podáis encontrar una serie de obstáculos invencibles cuando traté de conduciros a través del mundo de la obscuridad y del silencio. Bien se que los ciegos no somos los más indicados para servir de guía. Pero aunque no pueda garantizaros que no os extravíe, os prometo que no llevaré hacia el fuego ni el agua, y que no caeréis en ningún abismo. Sí me seguís pacientemente descubriréis que "donde hay un sonido muy sutil nada prevalece entre este y el silencio", y que hay más significado en cada cosa en sí misma, que en todas las cosas que pueda abarcar la vista.

Mi mano es para mí lo que el oído y la vista juntos son para vosotros.
¡Cuántas veces viajamos por las mismas carreteras, leemos los mismos libros, hablamos el mismo idioma, y no obstante nuestras experiencias son distintas! Todos los actos de mi vida dependen de mi mano como de un eje central. A ello le debo mi continuo contacto con el mundo exterior. También en mi mano la que me permite salir del aislamiento y de la obscuridad, mientras mis dedos anhelantes se apoderan de todo goce y actividad que encuentran a su paso. Al pasar por primera vez una simple palabra de otra mano la mía, al rozar suavemente otros dedos los míos, comenzaron la conciencia, el júbilo y la plenitud de mi vida. Como Job, siento que una mano me ha hecho, me ha dado una forma, aunque un tanto vaga, y ha moldeado mi propia alma.

En todos mis experimentos de ideas mi mano desempeña un papel muy importante. Todo lo que me emociona o estremece, es como otra mano que me tocase en la sombra y al hacerlo me revelase mi existencia misma. Tachar de irreales estas impresiones, que yo he acumulado por medio del tacto, equivale a opinar lo mismo de un espectáculo que llena de júbilo vuestra alma o de una desgracia que hace afluir amargas lágrimas a vuestros ojos.

Es roce de las salas de una mariposa al agitarse en mi mano; los delicados pétalos de las violetas ya escondiéndose entre los dobleces de sus hojas, de inconfundible frescura, ya irguiéndose sobre el césped de las praderas; los rasgos claros y firmes del cuerpo humano; el arco suave del cuello del caballo y el toque aterciopelado de su hocico, todo esto, con las numerosas combinaciones que resultan, cobra realidad en mi mente y constituye mi mundo.

La ideas forman el mundo donde vivimos, y son las impresiones las que transmiten las ideas. El mundo en el cual vivo se halla construido sobre una base de sensaciones táctiles, desprovistas de todo color y sonido físicos; pero a pesar de ello, es un mundo donde se respira y se vive. Cada objeto esta íntimamente ligado en mi mente a esas cualidades táctiles, las cuales, combinadas de diversos modos, me proporcionan el sentido del poder, de la belleza o de la discordancia; ya que con la ayuda de mis manos pueda llegar a sentir tanto lo risible como lo admirable en el aspecto de las cosas. Observad que vosotros, los que dependéis de vuestra vista, no os dais perfecta cuenta del número de las cosas tangibles que os rodean. Todo lo palpable es móvil o rígido, sólido o líquido, grande o pequeño, cálido o frío, y estas cualidades están infinitamente matizadas.

La frescura del nenúfar es diferente de la del viento de una tarde de verano, y distinta a su vez de la de la lluvia que penetra en las entrañas de la tierra y da vida y desarrollo a sus frutos. El aterciopelado de la rosa no es el del durazno maduro ni el de la mejilla con hoyuelos de un niñito. La dureza de la roca está relacionada con la de la madera, cómo puede estarlo la voz profunda y grave de un nombre con la voz suave de una mujer. Lo que yo llamo belleza lo advierto sólo en ciertas combinaciones de todas estas cualidades y deriva, en gran parte, del torrente de líneas curvas y rectas que prevalece para mí sobre todas las cosas.

"¿Qué significado tiene la línea recta para usted?" — me preguntaréis. Significa varias cosas. En primer lugar, simboliza el deber. Parece también gozar de esa virtud de lo inexorable, característica del deber. Cuando tengo una misión de cumplir, y que no debe ser abandonada, siento como si avanzara en línea recta, decidida a llegar al punto de destino y a proseguir sin desviarme hacia la derecha ni hacia la izquierda. Esto es, en una palabra, lo que la línea recta significa para mí.

Ahora en cambio, con el propósito de eludir esta reflexión moralizante mía, podéis preguntarme: "¿Cómo siente usted a la línea recta?" La siento, como supongo que es: recta, como un pensamiento monótono y sin alternativas, de trazado infinito. La elocuencia en el tacto no reside en las líneas rectas, sino en las que no lo son, o en un conjunto infinito de curvas y rectas. Estas aparecen y desaparecen; son, ora profundas, ora alargadas o extendidas. Se yerguen y se hunden bajo mis dedos, están llenas de repentinos temblores y pausas y su variedad es inagotable y sorprendente. Como veis, no me hallo apartada del reino de lo bello, aún cuando mi mano no puede percibir los colores brillantes de una puesta del sol, de una montaña, o llegar hasta las profundidades azules del cielo.

La física me indica cómo puedo vivir cómodamente en un mundo en el cual se desconocen el color y el sonido, pero que está hecho en términos de medidas, formas y cualidades inherentes, ya que al menos cada objeto se presenta a través de mis dedos conservando siempre su posición exacta y no como la imagen invertirle al reflejar en la retina, la cual, según tengo entendido, sólo vuestro cerebro puede restituir a su posición normal por medio de un trabajo infinito y constante.

Cualquier objeto tangible pasa en una forma completa a mi cerebro, no pierde su calor de vida en el y ocupa el mismo lugar que en el espacio ya que, sin egotismo, cabe decir que la mente está inmensa como el Universo mismo. Cuando pienso en las colinas, asoció inmediatamente a esta idea la fuerza requerida para ascenderlas. Cuando, en cambio, es el agua lo que ocupa mi mente, siento la fría impresión de la zambullida y el rápido ceder de las olas que se encrespan, ondulan y agitan contra mi cuerpo. Mi mano reconoce con fidelidad los cambios agradables entre lo áspero y lo suave, lo flexible y lo rígido, lo curvo y lo tieso en la corteza de las ramas de un árbol. La roca inmutable, con sus salientes y su corva superficie, se inclina bajo mis dedos en gran variedad de surcos y protuberancias. Las formas redondeadas de la sandía y las henchidas calabazas, que brotan y maduran en los huertos extraños y remotos hasta donde no pueden llegar las yemas de mis dedos, constituyen para mí la parte ridícula de mi imaginación y mi memoria táctil. La risa delicada de un bebé alarga hasta el deleite mis dedos, los cuales encuentran entretenimiento también el vigoroso canto del autócrata del corral.

Cierta vez fui dueña de un gallo amaestrado que solía posarse en mi rodilla, estirar el cuello y cacarear. Un pájaro en mano valía entonces más que dos en el corral.

Mis dedos no pueden recibir la impresión de un gran conjunto la primera tentativa; pero, en cambio, siento una tras otra sus diversas partes, que luego mi mano unir entre sí. Cuando recorro mi casa y tocó, según cierto orden, objeto por objeto, a cabo por formar en mi mente una idea detallada de la misma. En otras cosas mis dedos sólo pueden palpar lo que me muestran: cosas de importancia e interés, tallas de las paredes, o alguna curiosidad arquitectónica, expuesta allí como en un álbum de familia. Es decir, que una casa con la cual no estoy bastante familiarizada carece para mí, en un principio, del efecto o de la armonía general del pormenor. No es una concepción completa, sino una sucesión de impresiones objetivas, que vienen hacia mí aisladas e inconexas. Pero mi mente está llena de asociaciones ideológicas, sensaciones y teorías, y con este precioso material concluyó por reconstruir la casa. Este proceso mental trae a mi memoria la construcción del templo de Salomón, donde no se conocía desarrollo ni el martillo, mí se escuchaba el ruido de herramienta alguna, mientras las piedras se iban colocando sencillamente una sobre otra. La imaginación es el trabajador silencio que extrae a la realidad del gran caos.

¡Que insignificante sería mi mundo sin la imaginación! Mi jardín no representaría más que un trozo de tierra silencioso y salpicado de varas y estacas, en gran diversidad de formas y aromas. Pero en cuanto el ojo de mi mente se abre la belleza que encuentra en el, el suelo raso, libre ya de malezas, se ilumina de regocijo bajo mis pies, los setos se cubren de hojas y del rosal prodiga su fragancia por doquier. Conozco cual es el aspecto de los árboles en flor y penetró íntimamente la tierna alegría de los pájaros al hacer sus nidos.

Este es el milagro de la imaginación.

Pero dicho milagro suele tener dos fases, cuando, con la ayuda de mis dedos, mi imaginación se esfuerza por encontrar la del artista hecha realidad en una obra escultórica. De acuerdo con mi sensibilidad, el mármol es bello aún siendo frío, inmóvil e insensible comparado con el rostro expresivo y lleno de vida de una persona amiga. Encuentro verdadero placer en sus inflexiones y en sus curvas ondulantes. Sin embargo, algo falta en el y es el aliento.

Más, bajo el hechizo de la imaginación, el mármol se estremece y se convierte en la divina realidad de un ideal. La imaginación pone una nota de sentimiento en cada línea y en cada curva, y de este modo la estatua se convierte en una diosa que respira, se mueve y nos fascina.

No obstante, hay ciertas esculturas, reconocidas como verdaderas obras de arte, que no son el del agrado de mis manos. El palpar lo que subsiste de la Victoria Alada de Samotracia, me hace pensar al instante en alguien que, si bien tiene la forma humana, vuela hacia mí sin cabeza y sin miembros, en un sueño febril. La única de la Victoria tiene un movimiento rígido, en nada semejante a los vestidos que ese sentido agitarse, plegarse o desplegarse con el viento. Pero la imaginación complementa tales imperfecciones, e inmediatamente la Victoria se convierte en una figura poderosa y llena de bríos, con ráfagas marinas en su ropaje y un esplendor de conquista en sus alas.

En una estatua hermosa encuentro tanto la perfección de la forma corpórea como las cualidades de integridad y equilibrio. La Minerva, rodeada por un gran velo de reminiscencias poéticas me proporciona una sensación de alborozo casi físico; y el cabello exuberante y nudoso de Baco y de Apolo, y la guirnalda de hojas de hiedra, tan sugestiva, de las festividades paganas, realmente me entusiasman.

Y así es como la imaginación corona la experiencia de mis manos. Éstas aprehendieron su sagacidad de las sabias manos de la persona (aclaración de pie de página: Miss Silluvan, maestra de Helen Keller) que, guiada por su imaginación poderosa, supo conducirme felizmente por senderos desconocidos, lograr que la sombra se convirtiera el luz y hacer más fácil mí paso al través de los caminos tortuosos.




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