El mundo del apóstol Pablo



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El mundo del apóstol Pablo
Cartas Paulinas




El mundo del apóstol Pablo

Rick Wade


La religión

El propósito de este ensayo es echar una mirada al mundo grecorromano en el que vivía el apóstol Pablo, para que podamos entender mejor su ministerio. Cuando comprendemos el contexto histórico, nos ayuda a tener esta perspectiva. Hablaremos de la religión, la filosofía, el grupo familiar y la moralidad social de la cultura helenista, con una mirada final a los conflictos que enfrentaban los cristianos.


Comencemos con la religión del primer siglo. Hay dos episodios en el libro de Hechos que nos dan una comprensión de las creencias y prácticas religiosas de este tiempo.

En Hechos 19, leemos acerca de los problemas que enfrentaron los compañeros de Pablo por su ministerio en Éfeso. Los artesanos que hacían altares en miniatura de Artemisa, la deidad local, objetaban la enseñanza de Pablo de que "no son dioses los que se hacen con las manos" (Hechos 19:26). En el mundo de Pablo, la religión era una parte integral de la vida de todos. Los cultos auspiciados por el estado eran una expresión religiosa en la que todos participaban. El historiador Everett Ferguson señala que "las creencias y prácticas religiosas más arraigadas, tanto en Grecia como en Roma... estaban asociadas con el culto cívico tradicional." [1] El estado a la vez financiaba y se beneficiaba de estos cultos.

Cada ciudad tenía su santo patrón. La ciudad de Éfeso honraba a Artemisa (o Diana), la diosa de la naturaleza y del nacimiento. La estatua de Artemisa estaba en un templo magnífico, cuatro veces el tamaño del Partenón de Atenas. Las deidades como Artemisa eran honradas con festivales, oraciones y sacrificios. Las festividades anuales incluían banquetes, entretenimiento, sacrificios, procesiones, competencias de atletismo y la realización de ritos de misterio. Las oraciones incluían invocaciones, adoración y peticiones, con el objetivo de recibir el favor de la diosa. Los sacrificios se ofrecían para adoración, agradecimiento o súplica.
Los disturbios en Éfeso que resultaron de la enseñanza de Pablo fueron impulsados en parte por preocupaciones monetarias; los artesanos temían perder su negocio. Pero el cántico: "¡Grande es Diana de los efesios!" que siguió durante dos horas -de parte de personas que ni siquiera sabían cuál era el problema específico- muestra que el dinero no era el único tema. La fuerza de la devoción religiosa a los cultos cívicos era tan grande que los emperadores romanos vieron la ventaja de identificarse con ellos en vez de combatirlos. Hablaremos más de esto al avanzar en este artículo.
Éfeso era también un centro importante de la magia, otro aspecto de la práctica religiosa del primer siglo. En Hechos 19, leemos que los que practicaban la magia o la hechicería abandonaron sus prácticas y quemaron sus rollos mientras declaraban públicamente su nueva fe.
Los rollos de los efesios contenían palabras y fórmulas secretas que eran usadas para forzar a los dioses a cumplir los deseos propios. La fórmula precisa era crítica. Los practicantes buscaban riqueza, sanidad o poder; hasta usaban la magia para intentar conseguir el amor de otra persona. Como también se creía que conocer el verdadero nombre de una persona significaba tener poder sobre esa persona, los nombres y las fórmulas eran mezclados para producir una magia fuerte.
Pablo llevó su mensaje a un mundo que tenía una multitud de creencias religiosas, y el mensaje que proclamó mostró su poder sobre ellos. Cuando miramos a nuestra cultura con su espectro religioso cada vez más pluralista, debemos recordar que nosotros también llevamos el mismo evangelio con el mismo poder.

La filosofía

Cuando el apóstol Pablo visitó Atenas, llevó el mensaje de Cristo al mercado, donde se podía encontrar una amplia variedad de personas. Entre las personas con las que habló estaban los filósofos epicúreos y estoicos. Leemos de su encuentro con ellos en Hechos 17.

¿Quiénes eran esto epicúreos y estoicos? Quisiera dar un bosquejo en miniatura de sus ideas acerca de Dios, del hombre y del mundo, para que nos ayude a entender por qué Pablo hizo lo que hizo.
El estoicismo y el epicureísmo eran filosofías que fueron desarrolladas para liberar a las personas de las preocupaciones de la vida actual.
El estoicismo era materialista y panteísta. Es decir, los estoicos creían que todo estaba compuesto por materia. La forma más elevada de la materia era de naturaleza divina, y permeaba el universo. La llamaban de diferentes formas: fuego, Zeus, o aun Dios. Creían que este "fuego" divino, o Dios, generó el universo y un día tomaría de nuevo el universo para sí mediante un gran incendio. Este ciclo de creación e incendio se repite eternamente.

El estoicismo era, entonces, determinista. Las cosas son como son y no pueden ser cambiadas. Para encontrar la verdadera felicidad, ellos creían que uno debía entender el curso de la naturaleza mediante la razón, y simplemente aceptar las cosas tal como eran.

En contraste con los estoicos, Pablo enseñaba que Dios es personal y no una parte del universo. También enseñaba que habría un juicio venidero, y no un incendio gigantesco que llevaría a otro ciclo.
Los epicúreos se centraban en la felicidad del individuo, también, pero tomaban una dirección completamente distinta a los estoicos. Ellos creían que el camino a la felicidad era a través de la maximización del placer y la minimización del dolor. La tranquilidad se buscaba a través de una vida tranquila y contemplativa, entre una comunidad de amigos.

Los epicúreos eran también materialistas, pero no eran panteístas. Ellos creían que el universo fue formado a partir de átomos que caían del espacio y que de vez en cuando chocaban entre sí accidentalmente, y con el tiempo formaron las estrellas, los planetas y nosotros. Cuando morimos, simplemente nos disolvemos convirtiéndonos en átomos nuevamente. Los epicúreos creían en dioses, pero pensaban que eran como los hombres, sólo que eran de un orden superior. Los dioses residían en alguna parte del espacio, disfrutando una vida de placer tranquilo como la de los epicúreos. No tenían nada que ver con los hombres. Aparte de la participación en sacrificios y rituales religiosos para propósitos estéticos, los epicúreos creían que los humanos no tenían que preocuparse por los dioses.


Contra los epicúreos, Pablo enseñaba que Dios se involucra en los asuntos de su creación y nos creó específicamente para buscarlo a Él. Por supuesto, la doctrina de Pablo sobre un juicio futuro no encajaba con su pensamiento tampoco.
Cuando Pablo evangelizaba el mundo griego, a veces usaba su terminología y conceptos; hasta citaba a sus poetas. Pero él predicaba un mensaje muy diferente. Tal vez nosotros también podemos encontrar un terreno común con nuestra cultura sabiendo lo que cree la gente y presentando el evangelio en formas que puedan entender. Sin modificar el mensaje mismo, debemos expresarlo de forma tal que pueda ser comprendido. Si no lo hacemos, nos costará mucho lograr que la gente escuche.
El grupo familiar

Hemos dedicado alguna atención a la religión y a la filosofía del tiempo de Pablo, pero ¿qué de las estructuras sociales del mundo grecorromano? Más específicamente, ¿cómo era la familia en el primer siglo?


Para el primer siglo d.C. el matrimonio era principalmente por mutuo consentimiento. El historiador Everett Ferguson describe el matrimonio así: "El consentimiento para vivir juntos constituía el matrimonio en todas las sociedades, y la procreación de hijos era su objetivo explícito. Los matrimonios eran registrados para que los hijos fueran legítimos." [2] Si bien los matrimonios eran monógamos en general, el adulterio era frecuente. El divorcio requería sólo una notificación oral o escrita.

El hombre tenía un papel dominante en la familia. Tenía una autoridad absoluta sobre sus hijos y esclavos. Las esposas permanecían bajo la autoridad de sus padres. Los hombres ocupaban su tiempo en intereses de negocios y salidas sociales como banquetes y los gimnasios que incluían instalaciones para ejercicios, piscinas y salas de conferencias. Estos funcionaban como centros comunitarios.


Cuando faltaba el esposo la esposa podía dirigir sus negocios por él. Sin embargo, administrar el hogar era la responsabilidad primaria de la esposa. Ferguson cita al escritor griego Apolodoro, quien dijo: "Tenemos cortesanos para el placer, criadas para la atención cotidiana del cuerpo, esposas para tener hijos legítimos y para ser guardianes confiables de las cosas en el hogar." [3]
Sin embargo, las mujeres no estaban confinadas necesariamente al hogar. Algunas se ocupaban de cosas tan diversas como la música, la medicina y el comercio. Muchas ocupaban cargos públicos, y algunas tenían posiciones de liderazgo en los cultos religiosos.

Los hijos no eran considerados como parte de la familia hasta que los reconociera el padre. Podían ser vendidos o expuestos si no eran queridos.


Los padres debían encontrar una educación adecuada para sus hijos por su cuenta. Las niñas podían ir a las escuelas elementales, pero no era frecuente. En su mayor parte, aprendían las habilidades hogareñas en casa. Si bien la mayoría de los varones aprendían un oficio en casa o como aprendices, podían pasar por una educación primaria, secundaria o avanzada, dependiendo de su posición social. La memorización mecánica era un elemento clave en la educación primaria. La retórica era el tema más importante en la educación avanzada.
Los esclavos formaban parte de la familia en el imperio romano. Podían ser conseguidos a través de varios medios, incluyendo la guerra, la exposición infantil y la venta de personas para pagar sus deudas. Los esclavos podían trabajar en minas, en templos, en hogares como maestros o en la industria; hasta tenían posiciones elevadas como administradores en la burocracia civil. Los esclavos a menudo ganaban suficiente dinero como para comprar su propia libertad, si bien tenían que seguir trabajando para sus dueños anteriores.
A esta sociedad los apóstoles trajeron nuevas ideas acerca del valor del individuo y las relaciones familiares. Los esposos debían ser fieles a sus propias esposas y debían amarlas como si fueran sus propios cuerpos. Los hijos debían considerarse como mucho más que activos o pasivos económicos. A los amos se les dijo que trataran a sus esclavos con justicia y equidad. Las personas hoy que denigran al cristianismo por ser "opresivo" probablemente no tienen idea de cuánto elevó a las personas en el mundo helenista.
Moralidad social

La instrucción moral en el mundo helenista estaba fundada más en la filosofía y las costumbres que en la religión. La religión era mayormente externa; es decir, era una cuestión de rituales más que de una transformación interna. La filosofía buscaba enseñar a las personas cómo vivir. Los filósofos prestaban mucha atención a cuestiones como la virtud, la amistad y la responsabilidad cívica. [4]


El historiador Everett Ferguson señala que la evidencia de la era grecorromana indica que muchas personas vivían vidas bastante virtuosas. Las inscripciones en las tumbas, por ejemplo, incluyen elogios a esposos y esposas por su bondad y fidelidad. [5]

A pesar de todo esto, la historia revela una cultura moralmente depravada en el primer siglo. Un ejemplo es la inmoralidad sexual. "La gran cantidad de palabras en el idioma griego para las relaciones sexuales," dice Ferguson, "sugiere una preocupación con este aspecto de la vida." [6] Como se notó antes, el adulterio era frecuente. Los hombres solían tener meretrices para el placer físico. La homosexualidad entre jóvenes o entre un hombre mayor y uno menor era aceptado abiertamente. La prostitución en los templos formaba parte de algunos cultos religiosos.


El mundo helenista tenía en baja estima el valor humano. Antes mencioné la exposición infantil como una forma de sacarse de encima a los niños. Los bebés no deseados-más frecuentemente mujeres-eran dejadas sobre la pila de basura o eran abandonadas en alguna parte retirada para que mueran. Podían ser tomadas para ser usadas, vendidas como esclavas o podían servir como prostitutas.
La brutalidad de ese tiempo se puede ver más claramente en los juegos de los anfiteatros romanos. Ferguson señala que: "los anfiteatros de occidente testifican del deseo de sangre bajo el imperio. Los espectáculos de combates entre gladiadores-hombre contra hombre, hombre contra animal, y animal contra animal-atraían multitudes enormes, y reemplazaron el drama griego y el atletismo en su popularidad."[7] Las ejecuciones eran consideradas menos emocionantes que los combates mortales. En consecuencia, cuando se incluían ejecuciones en el programa del día, solían llevarse a cabo típicamente durante el receso del almuerzo. Una de las formas de eliminar a los criminales era vistiéndolos con pieles de animales y arrojándolos a animales salvajes.
Esta brutalidad se extendió a los cristianos en los tiempos de persecución. El Libro de los Mártires de Foxe registra que Nerón hizo arrojar a los cristianos a los animales salvajes. También hizo que los sumergieran en cera, que fueran montados sobre árboles y quemados como antorchas gigantescas en sus jardines. [8]
A este mundo de inmoralidad y brutalidad llegó el mensaje de amor y justicia que se encuentran en Jesús. Como ocurrió con el judaísmo antes, el cristianismo juntó la religión con la moralidad. Reveló la norma de bondad de Dios y el amor sacrificial de Cristo, y brindó el poder de lograr esa norma mediante la obra de regeneración del Espíritu basada en la obra de Cristo en la cruz.
Hoy, la ética y la religión vuelven a estar separados. Y los resultados pueden verse. Pero, como en el primer siglo, los cristianos hoy tienen un mensaje de gracia para nuestra sociedad. Dios no sólo nos dice lo que es bueno, sino también nos permite ser buenos.
El conflicto de los cristianos con la cultura

En la iglesia primitiva, el carácter de los cristianos era muy importante para poder ser oídos y para ganar conversos mientras daban testimonio osadamente de su nueva fe.

¿Cómo eran los cristianos? El escritor de la epístola a Diogneto, escrita probablemente a principios del siglo segundo, decía esto de ellos: "Se casan como todos; tienen hijos, pero no destruyen a su descendencia. Tienen una mesa común, pero no una cama común. Están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan sus días sobre la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen la ley requerida, y al mismo tiempo sobrepasan las leyes en sus vidas. Aman a todos los hombres, y son perseguidos por todos." [9]
Si sus vidas eran de una naturaleza tan ejemplar, ¿qué era que hacía que los cristianos se metieran en tantos problemas? Dos de los factores más importantes eran su falta de disposición para participar en los rituales religiosos y su rechazo a inclinarse ante las imágenes de los emperadores.
Antes mencioné la importancia de los cultos cívicos religiosos en el mundo helenista. La gente creía que los dioses exigían sus sacrificios y otras ceremonias porque en caso contrario estarían enojados y descargarían su ira sobre el pueblo como un todo. El rechazo de los cristianos a participar significaba arriesgarse a hacer enojar a los dioses.

El otro factor era la cuestión del culto al emperador. Cuando Roma conquistó el mundo occidental, los gobernante vieron cuán importante era la religión para la gente. En vez de combatir esto, se aprovecharon de esto poniendo imágenes de emperadores romanos en los lugares de culto, junto con las demás deidades. Esto no era un gran problema para los griegos. Aparte del hecho que los romanos eran sus gobernantes, los griegos no eran exclusivistas en su culto. Adorar a una deidad no impedía adorar a otras también.


Sin embargo, para los cristianos Jesús era el Señor; no podía haber ningún otro dios fuera de Él, y no podían inclinarse ante nadie que se atribuyera autoridad divina, incluyendo al emperador. Sin embargo, dado que en las mentes de los romanos el emperador representaba al estado, rehusarse a inclinarse ante su imagen era ser un enemigo del estado.
Por lo tanto, debido a su rechazo a participar de estas actividades, los cristianos eran llamados ateos y enemigos del estado. Su comportamiento era desconcertante para sus vecinos. ¿Por qué no simulaban simplemente? Como ya noté, la religión no era excluyente. La gente no creía necesariamente en los dioses a quienes hacían sacrificios, de todos modos. Y, dado que no había ninguna conexión entre la religión y la ética, las actividades religiosas de uno no afectaban normalmente su vida moral. Así que, ¿por qué no seguían el juego los cristianos? La razón por la que no podían inclinarse ante los emperadores y los dioses era que la idolatría era el pecado fundamental en la iglesia primitiva.
Los cristianos en la iglesia primitiva tenían que decidir dónde podían conformarse a la sociedad y dónde no. Había una diferencia de opinión entre lo que era apropiado y lo que no era apropiado. Pero era claro que todo el que se identificar como cristiano tenía que trazar la raya en este punto: Jesús es Señor, y no hay otro.
Notas

1. Everett Ferguson, Backgrounds of Early Christianity, 2nd ed. (Grand Rapids, Mich.: Eerdmans, 1993), 188.

2. Ibid., 68.

3. Ibid., 70-71.

4. Ibid., 303.

5. Ibid., 64.

6. Ibid.

7. Ibid., 94.

8. Foxe's Book of Martyrs, (Old Tappen, New Jersey: Spire Books, 1968), 13.

9. Michael Green, Evangelism in the Early Church (Grand Rapids, Mich.: Eerdmans, 1970), 136.

Cronología
La única datación absoluta de la cronología de Pablo resulta de la mención del gobernador L. J. Galión (Hech 18,12), hermano de Séneca, cuyo proconsulado en Acaya puede ser fechado, gracias a una inscripción encontrada en Delfos, en los años 51-52 (menos probablemente en 52-53) –de primavera a primavera– . Tomando como punto de referencia esta datación y basándonos en datos incompletos y, en todo caso, imprecisos, hay que intentar establecer las demás dataciones relativas, que en los Hechos y en las cartas paulinas cubren el período anterior y posterior a dicha fecha; en algunas dataciones el margen de aproximación es todavía mayor. En esta cronología nos ofrece fechas sobresalientes, entre estas habrá que colocar los demás sucesos de la vida de Pablo.
Crucifixión del Señor Jesús alrededor del año 30
Nacimiento de Pablo fecha incierta (probablemente entre finales del s. I a. C. y comienzos del s. I d. C.)
Conversión y vocación alrededor del 32
Asamblea apostólica 48 (¿49?)
Estancia de Pablo en Corinto 18 meses: del invierno del 49/50 al verano del 51
Estancia de Pablo en Éfeso unos dos años y medio: probablemente del 52 al 55
Última estancia en Macedonia y Acaya probablemente el invierno del 55/56
Viaje a Jerusalén y arresto primavera del 56
Traslado del detenido a Roma probablemente el 58
Cautividad de dos años en Roma probablemente del 58 al 60
Martirio de Pablo bajo Nerón probablemente el 60
La Teología Paulina
La teología paulina sólo puede comprenderse en función de la experiencia del Resucitado. Esta experiencia es la que pone en marcha la visión paulina del ser humano, el misterio de la salvación y el anuncio del Evangelio a las naciones.
LA RESURRECCIÓN COMO TELÓN DE FONDO
Su encuentro con el Resucitado situó a Pablo en el mismo rango que tenían los que vivieron con Jesús durante su existencia terrena. Le confirió el título de apóstol y le confió el encargo de hablar en nombre del Señor. El encuentro de Pablo con el Resucitado en el camino de Damasco constituye, así pues, el centro absoluto de su vocación y de su misión (Gál 1,15-16).

A la luz de la Resurrección, Pablo desarrolla el fundamento de una visión espiritual del ser humano que no pertenece al orden de un sistema, sino al de una experiencia. En efecto, la identidad de la persona de Cristo sólo se revela en su Resurrección, que le arrebata del reino de la muerte. Muestra que Jesús procede “del cielo” (1 Cor 15,47) y que no es un humano entre otros, o, mejor, que su humanidad, brotando de su pertenencia a Adán, es, sin embargo, humanidad del “nuevo y último Adán” (1 Cor 15,45).

Nuevo Adán, Cristo tiene todas las características del primero en el sentido de que es plenamente hombre y reconocido como hombre en su comportamiento (Flp 2,7). Asumió especialmente lo que en el ser humano hay de más universal y más indestructible, es decir, la muerte. Pero, puesto que triunfó de la muerte en su resurrección, no puede ser reducido a la tierra ni, en consecuencia, a la mera humanidad. Su origen divino quedó definitivamente atestiguado por su Resurrección. Por eso es el “último”. Es Aquel que no sólo tomó sobre sí la muerte y fue arrancado de ella, sino también Aquel que es el único que puede arrancar al ser humano del reino de la muerte. Es el último porque es soberano en y sobre la naturaleza (1 Cor 15,13-14).

Siendo, como Resucitado, el que “ha sometido todas las cosas bajo sus pues” (1 Cor 15,27), Cristo aparece como el que hace realidad el programa que Dios confió al ser humano. En efecto, el salmista define al hombre diciendo de él: “Apenas inferior a un dios lo hiciste, coronándolo de gloria y esplendor; lo hiciste señor de las obras de tus manos, todo lo pusiste bajo sus pies” (Sal 8,6-7). Cristo resucitado somete bajo sus pies “todas las cosas” porque sometió bajo sus pies a la muerte y la someterá también en todos los demás seres humanos. Todo ser humano está, por tanto, invitado a desplegar sus potencialidades: “Todo cuando hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud o valor, tenedlo en aprecio” (Flp 4,8).

Mientras dura la historia, los efectos de la Resurrección no aparecen manifiestamente. Eso no quiere decir que Cristo resucitado sea incapaz de manifestar su gloria, sino que, por respeto a la humanidad, la retiene. Cristo no ha venido para destruir al hombre, sino para darle cumplimiento. El retraso de la Parusía implica para el ser humano que conduzca su existencia en la espera de Cristo y no en su olvido. Reenvía al cristiano al compromiso en el mundo. Hace posible el crecimiento de la Iglesia en la espera del Día del Señor, es decir, de la Parusía, cuando resplandecerá la gloria de Quien es la clave de la historia y de la naturaleza. Todo llegará a su culminación y la muerte quedará destruida para siempre.

La imperfección del mundo y la contradicción de la existencia cristiana afrontada al pecado podrían convertirse en causa de duda y rebeldía. Pero, esa imperfección no es la última palabra del mundo:



Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que ha de manifestarse en nosotros. Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. […] Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo (Rom 8,18-23).

El designio de Dios no afecta sólo a los seres humanos, sino también a todo el universo. Este universo no será aniquilado por una deflagración como pensaban los filósofos de los tiempos de Pablo, sino que será transformado por la Resurrección.


LA SALVACIÓN EN LA CRUZ – LA REDENCIÓN
Pablo, cuya misión depende del Resucitado, no cesa, sin embargo, de recordar que el Masías que él proclama es un Mesías crucificado y de sí mismo dice que “no quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado” (1 Cor 2,2).
La cruz de Jesús

No bastaba que Jesús se despojara de su condición divina renunciando a todo lo que en ella pudiera construir un obstáculo a su verdad de ser humano, sino que pondría su entera humanidad al servicio de Dios para una tarea que superaba todas las tareas humanas. Además, el mundo en que entraba es un mundo marcado por la historia del pecado, cuya potencia él tendría que destruir poniendo su propio cuerpo al servicio de la santidad de Dios. Era en su cuerpo donde haría desaparecer la marca del pecado que procede de la desobediencia radical del ser humano. Era su cuerpo el que se convertiría en emblema público de una obediencia del ser humano a Dios. Por eso, es el modelo absoluto de la fidelidad a Dios al precio de su vida:


Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos lo que creen –pues no hay diferencia; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios– y son justificado por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, habiendo pasado por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser justo y justificador del que cree en Jesús” (Rom 3,21-26).
La muerte de Cristo en cruz no fue un destino que implicara una voluntad ciega de Dios o de los hombres. Fue el resultado de una oblación que no sólo purifica a la humanidad, sino que, además, ilusiona con nuevas claridades toda precomprensión de Dios y de la humanidad.

Esta oblatividad destruye por completo la idea de un Dios que tuviera que aplacar su cólera. Muy al contrario, liberándonos del pecado que nos separa de Él, Dios, que nos entrega para ello a su propio Hijo, nos revela hasta qué punto la cruz es la manifestación de su amor, contra toda apariencia. El Dios que parece inmolar a su Hijo es el Dios que acepta sacrificarse por nosotros. Si “le hizo pecado por nosotros” fue para liberarnos de ese pecado y no para una efusión de sangre o para satisfacer su cólera. Igualmente, cuando Pablo nos dice: “¡Habéis sido bien comprados!” (1 Cor 6,20), no se trata de alguna operación comercial, sino de un amor que, dándose por completo, espera una respuesta de orden existencial: “Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo”. Por añadidura, la cruz permite a Dios alcanzar a la humanidad en su escándalo ante la muerte. Por su Resurrección, Cristo lleva consigo a la humanidad hacia el Padre, desde dentro de esa misma humanidad, en el movimiento de oblatividad que a él mismo le lleva hacia su Padre. La cruz es por tanto, el lugar por excelencia en el que se manifiesta el amor recíproco del Hijo y del Padre: es una verdadera teofanía (revelación de Dios) para nosotros. El Hijo revela en ella el amor que tiene al Padre y el amor con que el Padre puede y debe ser amado. Aunque viniera impuesta por las circunstancias, la cruz es, en el corazón de la historia, el signo por excelencia del amor del Padre al Hijo y, a través de él, al mundo.

Por la cruz, en efecto, Cristo realiza una reconciliación que no se limita exclusivamente a la humanidad, sino que afecta a toda la creación, la del cielo y la de la tierra. El acontecimiento de la cruz tiene un alcance cósmico (Col 1,20) que sólo puede reconocerse si se acepta, en la fe, a la luz de la Resurrección, su escándalo (1 Cor 1,21).
El anuncio del Crucificado y su relación con las culturas
Para los romanos la crucifixión era un suplicio infamante, reservado a los esclavos, indigno de un ciudadano romano y de cualquier libre. También los judíos experimentaban repulsión por ese suplicio que en no pocas ocasiones les aplicaban los romanos, que recurrían a ella para “pacificar” las provincias conquistadas. Por lo demás, un texto del Deuteronomio, que parece no excluir ese tipo de muerte, dice que “si un hombre, reo de delito capital, ha sido ejecutado, lo colgarás de un árbol. No dejarás que su cadáver pase la noche en el árbol; lo enterrarás el mismo día, porque un colgado es una maldición de Dios” (Dt 21,22-23). Crucificado o colgado, quien es expuesto de esa forma sobre el madero es un maldecido por la Ley.

En semejante contexto, anunciar que quien fue crucificado es el Mesías no podía por lo menos desencadenar la reprobación conjunta de judíos y paganos, aunque por distintas razones (1 Cor 1,22-23). Para los judíos, tal anuncio era inaceptable, porque la muerte en cruz no era sólo infrahumana, sino que además estaba declarada como maldita por la Escritura. El crucificado era un rechazado por Dios. Es la razón por la que los sumos sacerdotes lucharon por obtener de Pilato la muerte de Jesús en cruz, pues superando el asco que ese tipo de muerte les inspiraba, pensaron que así acallarían para siempre las pretensiones mesiánicas de Jesús.

A los paganos les pasaba algo parecido. Un hombre de Dios crucificado era para ellos una locura y cosa absurda. La concepción de los dioses greco-romanos a pesar de tener dioses a veces tan extraños, no podía reconocer como dios a alguien que hubiera sufrido una muerte tan infamante. La muerte ignominiosa de Jesús de Nazaret no les permitía, en efecto, asimilarle a un dios oculto bajo apariencias de un ser humano.

Así pues, el Mesías crucificado sólo es aceptable tanto para un judío como para un pagano si uno y otro aceptan en la fe el hecho de la Resurrección. Sin la Resurrección, Jesús de Nazaret es sólo un colgado más. La Resurrección pone el sello de la autenticidad sobre la vida de Jesús. Aceptar que Jesús crucificado es el Mesías resucitado obliga al judío y al pagano a superar la representación que ambos se hacen de Dios y la primera impresión que les ofrece la cruz.

“Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado” (1 Cor 2,11-12). Es el Espíritu el que hace posible confesar que en la cruz es de Dios de quien se trata, y de un Dios que revela en ella su amor: “Nadie, movido por el Espíritu de Dios, puede decir: “¡Maldito sea Jesús!”; y nadie puede decir: “¡Jesús es Señor!” sino movido por el Espíritu Santo” (1 Cor 12,3). Este Espíritu, desconocido todavía por las culturas, interviene en un anuncio que sólo puede expresarse a través de las paradojas de la fuerza y la debilidad, de la sabiduría y la locura. No se trata de una dialéctica humana, sino del misterio de Dios. Es el mensaje de cuyo anuncio Pablo se siente responsable:
Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo. Pues la predicación de la cruz es una locura para los que se pierden; más para los que se salvan –para nosotros– es fuerza de Dios (1 Cor 1,17-18).
Así pues, la cruz tiene que dar acceso a un conocimiento completamente nuevo de Dios. Haciendo saltar en pedazos las culturas que se cierran sobre sí mismas, la cruz introduce un lenguaje contradictorio respecto a toda sabiduría y todo poder. Dios se hace conocer en la cruz según un designio eterno de amor, y no por accidente debido a la falta constante de los humanos. Es lo que retomará la carta a los Efesios (1,3-14). Cristo, “en el que nos ha elegido antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Ef 1,4), es también el que por la redención nos arranca de las tinieblas capaces de velar el conocimiento y la acogida de esa elección. La redención es indispensable para que podamos entrar en las profundidades de la Revelación. El designio de Dios consiste en hacer de nosotros hijos, y en consecuencia, salvarnos de lo que contradice tan excelente vocación.
La cruz en la vida del cristiano

A partir de ahí, aunque ese lenguaje llega desde el Espíritu, tiene capacidad también para alcanzar la interioridad del creyente. Ciertamente el anuncio del crucificado implica una manera de creer, pero quien se adhiere a Cristo se compromete también a vivir según los modos de Cristo y a “crucificar al hombre viejo” que habita en él (Rom 6,6). El cristiano encuentra en Cristo su identidad de ser humano, que no consiste, de primeras, en mucho sufrir, sino en recibir el don de la vida que se le da en Cristo. En el amor de Cristo significado por la cruz, el cristiano es llamado a responder en un impulso de amor y de oblatividad semejante al de Cristo.

El amor que el cristiano tiene a Cristo invade, así pues, toda su existencia, del mismo modo que el amor de Cristo a nosotros le condujo a él a entregarse con toda su persona en la cruz. Por eso Pablo puede decir: “con Cristo estoy crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Esta vida en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2,19-20).

El cristiano adquiere así una libertad respecto del mundo y a sus seducciones, no frustrándose en lo que podría ser legítimo, sino entrando en el movimiento del amor de Cristo, y en consecuencia, en su oblatividad, que hace que se muestre vano todo lo que pudiera oponérsele. Puesto que creer en Cristo incluye siempre un aspecto de escándalo y de locura, eso mismo le sucede a la existencia cristiana.

La cruz tiene, finalmente, un aspecto eclesial. La comunidad de los creyentes es reflejo de lo que anuncia. Es una comunidad de llamados y no de personas que son ellas las que se eligen entre sí. Además, es la sangre de la cruz la que de los dos grupos que constituían la humanidad, el pueblo elegido y las naciones, hizo un único pueblo (Ef 2,11-22). La comunidad cristiana está llamada a vivir en la acción de gracias su testimonio de Cristo que “se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5,25).
EL EVANGELIO A LOS PAGANOS
En Cristo, la actitud fundamental que define la relación entre el ser humano y Dios es la fe, no la ley. Su contenido específico, desemejante a las culturas, implica una dimensión personal que caracteriza el compromiso del creyente en el seguimiento de Cristo. “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2,20). Esta afirmación paulina es válida para todo ser humano que acoja en sí mismo la vida que sólo Cristo puede dar mediante su vida y su Resurrección. En consecuencia, la adhesión a Cristo no está reservada únicamente al pueblo elegido, sino a todo ser humano. Una adhesión de este tipo no se limita a la apropiación de un mensaje, sino que consiste en una relación de persona a persona. Pablo mismo es ejemplo de ello.
Pablo y la ley
Pablo no renegó nunca de sus orígenes judíos. Sabía que había sido modelado por la tradición del pueblo, tan singular, en el que había nacido. Reivindica un lugar especial en el seno del pueblo judío: “En cuanto a la Ley, fariseo” (Flp 3,5). Con anterioridad a lo que le aconteció en el camino a Damasco, Pablo, fiel a su pertenencia social y religiosa, buscaba servir al Dios de Israel en un esfuerzo no sólo ético, sino legalista. Por eso, pretendía ser irreprochable en el cuidado que ponía en observar la ley judía. Su celo y su empeño por la ley eran tales que le llevaban a oponerse, incluso con violencia, a quienes se atrevían a dispensarse de esa ley y tenían la audacia de reconocer a Jesús de Nazaret como el Hijo de Dios (1 Cor 15,9; Gál 1,13-14).

Pero, debido a su encuentro con el Señor resucitado en el camino de Damasco, su visión de Dios quedó profundamente transformada. Pablo, que buscaba en las obras de la ley el camino de acceso a Dios, se encontró confundido: Aquel a quien la ley declaraba maldito porque había sido clavado sobre una cruz, resultaba ser el justo por excelencia, el muy amado resucitado por Dios. Lo que Pablo había buscado por sí mismo se lo daba Otro, en la más absoluta gratuidad. Abandonó y aun despreció todas las ventajas que para él representaba la ley en sus aspectos más diversos: Todo eso dejó de ser para él ganancia y empezó a considerarlo como pérdida (Flp 3,5-14). Descubrió que la justicia no estaba en la ley, sino en Cristo al que él despreciaba, en nombre mismo de la ley. Ese encuentro estableció al Apóstol en la convicción inquebrantable de que sólo Cristo, porque es el Hijo de Dios, es capaz de justificar al ser humano, y de hacernos entrar a todos en comunión con Dios ajustándonos a su misterio:


El hombre no se justifica por las obras de la ley sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado (Gál 2,16).
Para ser justificado, el ser humano no necesita, pues, apoyarse en el cumplimiento de las obras de la ley. Lo único que ésta puede hacer es encerrar al ser humano en su pecado: o bien se verá impulsado, por el simple hecho de encontrarse ante preceptos, a transgredir las prohibiciones, o bien se imaginará que él es quien se proporciona a sí mismo el acceso a Dios gracias a su observancia estricta de los preceptos, cosa de la que es incapaz. “La ley no da sino el conocimiento del pecado” (Rom 3,20), tal fue la experiencia de Pablo: “Yo no conocí el pecado sino por la ley” (Rom 7,7). Por tanto, con Cristo presente, la ley se revela incapaz de darnos la vida. Su encuentro con el Resucitado invirtió su esfuerzo: ya no intentó alcanzar a Dios por la obediencia a una ley, sino que aceptó ser alcanzado por ese Otro en su propia persona y en todas las dimensiones de su existencia: en su dimensión moral, afectiva, social y cultural.

La Resurrección hizo comprender a Pablo que tenía que aceptar con toda humildad dejarse alcanzar por Dios sin méritos por su parte; es lo que le sucede al cristiano en su bautismo; por la inmersión del bautismo en el agua, el bautismo evoca la inmersión de Cristo en la muerte:


¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva (Rom 6,3-4).

La fe por la que el hombre queda justificado no actúa de forma jurídica: no se trata principalmente de suprimir una deuda del tipo que sea o de decretar exteriormente al hombre como justo. Sino que el ser humano incorporado al misterio de la muerte y de la resurrección de Cristo es ajustado al misterio de Dios. La desposesión de sí –aceptar que no es uno mismo la causa de su propia salvación– pasa por superar el nivel de las obras. Pablo desarrollará lo que significa esta superación –el rechazo al sometimiento a la circuncisión y a los preceptos que le son concomitantes (prohibiciones alimentarias, neomenias…)–, aunque él mismo había vivido en función de esas obras antes de encontrarse con Cristo.


Pablo e Israel
La adhesión a Cristo no requiere ninguna pertenencia étnica, cultural o religiosa. No estaba reservada a quienes observaban la ley judía, ni a quienes se encontraron con Jesús cuando vivió en esta tierra o en los momentos de las apariciones. Es una realidad para todos los que reconocen que Jesús es Señor. No hay, por tanto, dos sistemas de salvación: uno que pasaría por la ley y afectaría al pueblo elegido, y otro que pasaría por Cristo y se orientaría a los paganos. Aunque ha habido dos modalidades históricas de la revelación, sólo hay un único acceso a Dios en Cristo.

Por eso, las naciones, en otros tiempos excluidas de la promesa de Israel, pueden adherirse a la Buena Noticia después de oírla. Pablo escribe que los paganos pueden descubrir a Cristo mediante el anuncio de la palabra, sin haber sido preparados previamente para escucharla, y que al acoger esa palabra quedan “marcados por el sello” de la promesa por el Espíritu. Dos grupos se unen así en la escucha del Evangelio, aunque sus caminos se muestran históricamente diferentes. Para los judíos, es el descubrimiento de que la palabra contenida en el Antiguo Testamento anuncia a Cristo; para los paganos, el descubrimiento de que Cristo, que es el contenido de la Buena Noticia, es quien les proporciona la salvación y les revela que también ellos, desde comienzo del mundo, están llamados a ser hijos. En ambos casos en el conocimiento de Cristo lo fundamental y lo que provoca la relectura de la propia historia de cada uno.

Aunque hay distinción histórica entre las dos modalidades de la elección, no por eso hay dos vías de salvación, una para los judíos y otra para las naciones. El grupo de los creyentes se define exclusivamente por su relación a Cristo y no en función de su procedencia. Es Cristo quien les constituye. Israel fue elegido en Cristo. En cuanto a las naciones, es Cristo quien les posibilita creer acogiendo la Buena Noticia que es él mismo. La Iglesia nunca se presentó como el nuevo pueblo del Mesías o el nuevo Israel. Pablo recurre principalmente a la imagen del cuerpo para hablar de la Iglesia, y no utiliza para ella el término pueblo, para mostrar el carácter inaudito e inesperado de la Iglesia en relación con Israel.

Cualquiera que después de haber confesado a Cristo vuelva a las prácticas de la ley, tendrá que reconocer que confesó a Cristo en vano ya que no llegó a constituirle como principio y norma de su existencia (Gál 2,17-18). La ley, antes de Cristo, cumplió con su función de pedagogo: “De manera que la ley fue nuestro pedagogo hasta Cristo, para ser justificados por la fe. Más, una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el pedagogo” (Gál 3,24-25). Ahora que Cristo ya está aquí, la ley pierde su razón de ser, ya que es incapaz de darnos la vida. Pablo descubrió, a la luz de Cristo resucitado, que Quien hace vivir convierte la ley en caduca.

El bautismo, que incorpora a Cristo, no tiene nada que ver, por tanto, con la circuncisión. No la reemplaza. Ni siquiera se inspira en ella. La circuncisión reservada en exclusiva a los varones del pueblo elegido era un signo exterior que significaba la pertenencia a ese pueblo. Era un símbolo que pertenecía nada más al pueblo elegido (Gál 5,1-12). El bautismo es para toda la humanidad, varones y hembras, y está vinculado al acontecimiento histórico de la muerte y de la resurrección de Cristo. En este sentido, se comprende que sea, para Pablo, como “una circuncisión no hecha por mano de hombre” (Col 2,11). Por tanto, ya no divide a la humanidad, sino que la unifica según la promesa del Espíritu. Por eso, mismo, el bautismo tampoco está emparentado con los ritos de iniciación que llevan consigo los cultos mistéricos de ciertas religiones paganas.

Este bautismo en el Espíritu pone a los cristianos en comunión con el Hijo y el Padre. El Espíritu invita a la humanidad a vivir al modo del Hijo que libera de la ley del pecado. Efectivamente, “el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí; contra tales cosas no hay lay” (Gál 5,22-23). Vivir según el Espíritu es dejarse que se apropie de la existencia humana para que la configure a la de Cristo. De esa forma, todos los que confiesan una misma fe constituyen la comunidad específica vinculada al anuncio del Evangelio. La comunidad no elige sus miembros (1 Cor 1,26-29). No es el reflejo de un orden social. Como la fe es un don de Dios, la comunidad de los creyentes está constituida por todos los que testimonian que “Jesús es Señor” (1 Cor 12,3).

Y con todo, Pablo, el apóstol de Cristo resucitado, sigue apegado a Israel. En su carta a los Romanos, después de decir que “nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús” (Rom 8,38-39), ¿no dice que “desearía ser yo mismo maldito, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza según la carne” (Rom 9,3)? Pablo se afana por explicar a Israel el sentido de la gratuidad de la elección. Dios, en la Alianza, no ha querido cambiar de socio revelándose a las naciones, sino que ha revelado que las naciones formaban parte de la elección que recibió Israel. Por tanto “no es que haya fallado la palabra de Dios” (Rom 9,6). Si Israel se cree excluido es porque no ve que fue elegido para abrirse a las naciones por medio del Evangelio. Israel prefirió su propia vía, que identificó con la ley, a la vía de la gracia revelada en Cristo, con el contexto de no perder su identidad.

En este sentido, Pablo puede decir que aquellos de su pueblo que rechazan a Cristo “rechazan someterse a la justicia de Dios” (Rom 10,3). Y sin embargo, Dios no ha rechazado de ninguna forma a su pueblo, porque sigue existiendo “un resto” que cree (Rom 11,5). Este “resto” que cree a Dios en Cristo está en perfecta continuidad con la fe de Abraham: “La Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles con la fe, anuncio con antelación a Abraham esta buena nueva: En ti serán bendecidas todas las naciones. Así pues, los que creen son bendecidos con Abraham el creyente” (Gál 3,8-9; cf. Rom 4). Y puesto que las promesas de Dios no tienen vuelta atrás, Pablo puede anunciar, aludiendo a Isaías, el retorno de todo Israel a la dinámica de la alianza cuando lleguen los últimos tiempos de la historia del mundo:


El endurecimiento parcial que sobrevino a Israel durará hasta que entre la totalidad de los gentiles, y así, todo Israel será salvo, como dice la Escritura: Vendrá de Sión el Libertador; alejará de Jacob las impiedades. Y ésta será mi alianza con ellos, cuando haya borrado sus pecados (Rom 11,25-27).
El encuentro de pablo con el Resucitado transformó, sin destruirla, su pertenencia inicial a Israel, puesto que Cristo a quien se entregó es “el sí a todas las promesas hechas por Dios” (2 Cor 1,20).



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