El misterio de los orígenes



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Por eso, cada uno de los miembros de la estirpe humana está ya desde el comienzo perturbado en sus relaciones, pues nace privado de esa alianza que le hacía partícipe de la vida divina. El pecado le tiende la mano, y él lo comete. Con esto queda claro también que el hombre no se puede salvar solo. Salvados –es decir, libres de verdad– sólo podemos estar cuando dejamos de “querer ser Dios” según una falsa imagen de Dios; cuando renunciamos a la ilusión de la autonomía y de la autarquía. Sólo podemos ser salvos, es decir llegar a ser nosotros mismos, siempre que recibamos y aceptemos las relaciones correctas. Y las relaciones interhumanas dependen de que la medida de la Creación esté en equilibrio por todas partes y es ahí precisamente donde se produce la perturbación, porque la relación de la Creación ha sido alterada desde el pecado de origen. Por eso sólo el Creador mismo puede ser nuestro Salvador: sólo podemos ser redimidos si Aquél al que hemos separado de nosotros, se dirige de nuevo a nosotros en la synkatábasis de la Encarnación, “recapitulando”227 a la humanidad dispersa tras el pecado de su cabeza: “omnes censemur in Adam donec recenseamur in Christo”228.

“Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo, el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente ser igual a Dios sino que se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo”229. Este texto de San Pablo es comentado por el Cardenal Ratzinger en esta perspectiva: “Jesucristo recorre a la inversa el camino de Adán. En oposición a Adán, Él es realmente “como Dios“. Pero este ser –como Dios–, la divinidad, es ser–Hijo y así la relación es completa. “El Hijo no hace nada desde sí mismo“ (Jn. 5, 19–30). No tiene nada propio. Por eso, la verdadera divinidad no se aferra a su autonomía, a la infinitud de su capacidad y de su voluntad. Recorre el camino en el sentido contrario: se convierte en la total dependencia, en “el siervo“. El pecado de Adán es, en esencia, una negativa a la verdad, vive en la irrealidad de querer ser un pseudo–dios y se encuentra por eso bajo el dominio de la apariencia o de la muerte. “Si coméis de él (si negáis los límites creaturales) ciertamente moriréis“. Y como Cristo, el Redentor, no va por el camino de la fuerza, sino por el del amor, es capaz de descender hasta el engaño de Adán, hasta la muerte y poner en alto allí la verdad y dar la vida, para “reunir los hijos de Dios dispersos“ por el pecado, “al atraer todo hacia sí“, restaurando el orden relacional”230.

Así, Cristo se convierte en el nuevo Adán, con el que el ser humano comienza de nuevo. “El Hijo del hombre nacido de mujer –dice S. Irineo– recapitula en sí mismo a aquel hombre primordial del que se hizo la primera mujer, para que así como nuestra estirpe descendió a la muerte a causa de un hombre vencido, ascendamos a la vida gracias a un hombre vencedor. El enemigo no hubiera sido vencido con justicia si el vencedor no hubiera sido un hombre nacido de mujer, por la que el enemigo venció”231.

La cruz, el lugar de su obediencia, se convierte en la imagen opuesta de la serpiente, como dice S. Juan en su Evangelio232. De este árbol viene no la palabra de la tentación, sino la palabra del amor salvador, la palabra de la obediencia.

Por eso, el misterio eucarístico, como presencia sacramental de la Cruz –verdadero árbol de vida–, atraviesa el fuego inflamado de la espada de fuego del querubín, y la planta como verdadero eje que endereza el universo, cuando con nuestra cooperación acogemos su invitación a imitar la entrega de su amor obediente en unión al nuevo Adán, cabeza de la nueva humanidad redimida.

Se supera así el orden originario del universo centrado en el primer Adán: “Mirabilius reformasti quam condidisti”.

Los Salmanticenses dicen que no sería digno de la bondad divina y de su poder el restaurar simplemente al hombre al primer estado. “Sería hasta cruel, permitir tal catástrofe, si iba a ser inútil”. Entonces, ¿por qué Dios ha tolerado la caída? Para construir con las ruinas del primer universo, del universo de la gracia adámica, del “universo de la creación“, un universo más elevado, más misterioso, más divino, el “universo de la gracia crística“, el “universo de redención“. El primer universo estaba centrado en Adán, que era un puro hombre y no debía conocer la muerte. El segundo universo está centrado en Jesús, que es Dios, conocerá la muerte y sus amarguras, para entrar en la resurrección. En el primer universo no tenía parte el mal; en el segundo universo, la parte del mal, que es inmensa, está vencida por un amor más inmenso todavía233.

San Francisco de Sales lo expresa espléndidamente: “Nuestra perdición nos ha sido provechosa porque, en efecto, la naturaleza humana ha recibido mayor gracia por la Redención de su Salvador que la que jamás hubiera recibido por la inocencia de Adán si hubiera perseverado en ella. Porque, aun cuando la divina Providencia ha dejado en el hombre, entre la gracia misma de su misericordia, grandes huellas de su severidad (como por ejemplo la obligación de morir, las enfermedades, los sufrimientos, la rebelión de la sensualidad), el favor celeste, sobrenadando a todo eso, se place en convertir todas esas miserias para el mayor provecho de los que le aman. Así como el arco iris al acariciar el aspálato lo vuelve más oloroso que el lirio –dice en un delicioso barroquismo muy de la época–, así la redención de Nuestro Señor llegándose a nuestras miserias las vuelve más útiles y amables de los que hubiera nunca llegado a ser la inocencia original. Ciertamente, con el riego de la Sangre de Nuestro Señor hecho con el hisopo de la cruz, hemos sido devueltos a una blancura incomparablemente más excelente que la de la nieve de la inocencia”234.

4. Las enseñanzas de la Iglesia sobre las consecuencias del pecado original para la humanidad

Los textos bíblicos sobre la universalidad y sobre el carácter hereditario del pecado, como “congénito“ a la naturaleza, en el estado en el que todos los hombres la reciben en la misma concepción por parte de los padres, nos introduce en el examen más directo de la doctrina católica sobre el pecado original.

El nuevo Catecismo de la Iglesia Católica presenta una síntesis espléndida de la historia del dogma: “La doctrina de la Iglesia sobre la transmisión del pecado original fue precisada sobre todo en el siglo V, en particular bajo el impulso de la reflexión de S. Agustín contra el pelagianismo, y en el siglo XVI, en oposición a la Reforma protestante. Pelagio sostenía que el hombre podía, por la fuerza natural de su voluntad libre, sin la ayuda necesaria de la gracia de Dios, llevar una vida moralmente buena: así reducía la influencia de la falta de Adán a la de un mal ejemplo. Los primeros reformadores protestantes, por el contrario, enseñaban que el hombre estaba radicalmente pervertido y su libertad anulada por el pecado de los orígenes; identificaban el pecado heredado por cada hombre con la tendencia al mal (concupiscentia), que sería insuperable. La Iglesia se pronunció especialmente sobre el sentido del dato revelado respecto al pecado original en el II Concilio de Orange en el año 529 (cfr. Dz. 371–372) y en el Concilio de Trento, en el año 1546 (cfr. Dz. 1510–1516)”235.

El concilio de Trento (sesión V), a veces sigue a la letra las definiciones antipelagianas de los sínodos de Cartago y de Orange. Nuestros primeros padres (el Decreto dice: Primum hominem Adam), en el paraíso terrenal –por tanto, en el estado de justicia y perfección originales– pecaron gravemente, transgrediendo el mandato divino. Debido a su pecado perdieron la gracia santificante; perdieron, por tanto, además, la santidad y la justicia en las que habían sido constituidos desde el principio, atrayendo sobre sí la ira de Dios. Consecuencia de este pecado fue la muerte como nosotros la experimentamos. El Tridentino condena la doctrina de que Adán perdió para sí sólo, y no también para nosotros, la justicia y la santidad que había recibido de Dios; y aquella otra de que Adán transmitió a sus descendientes únicamente la muerte y los sufrimientos corporales, pero no la “culpa” del pecado. Positivamente enseña que el pecado, que es muerte del alma, se propaga de Adán a todos sus descendientes por generación, no por imitación, y que es inherente a cada individuo: inest unicuique proprium. Tal pecado se borra por los méritos de la redención de Jesucristo, los cuales se aplican ordinariamente tanto a los adultos como a los niños por medio del sacramento del Bautismo. Por eso, aún los niños recién nacidos reciben el bautismo para remisión de los pecados.

Juan Pablo II puntualiza: “En este contexto aparece claro que el pecado original en ningún descendiente de Adán tiene el carácter de culpa personal. Es la privación de la gracia santificante en una naturaleza que, por culpa de los progenitores, se ha desviado de su fin sobrenatural. Es un “pecado de la naturaleza“, referible sólo analógicamente al “pecado de la persona“. En el estado de justicia original, antes del pecado, la gracia santificante era como la “dote“ sobrenatural de la naturaleza humana. En la “lógica“ interior del pecado, que es rechazo de la voluntad de Dios, dador de este don, está incluida la pérdida de Él. La gracia santificante ha dejado de constituir el enriquecimiento sobrenatural de esa naturaleza que los progenitores transmitieron a todos sus descendientes en el estado en que se encontraban cuando dieron inicio a las generaciones humanas. Por esto el hombre es concebido y nace sin la gracia santificante. Precisamente este “estado inicial“ del hombre, vinculado a su origen, constituye la esencia del pecado original como una herencia (peccatum originale originatum, como se suele decir)”236.

5. Pecado del mundo y pecado original.

Algunos autores confunden el “ambiente de pecado” –que de algún modo induce a pecar a los hombres– con el pecado original (Hulsboch, Dubarle, Schoonenberg, Catecismo holandés)237. En general, suelen estos autores negar valor dogmático a la definición tridentina en sí misma, a no ser que sea reinterpretada en clave desmitologizante. Consideran que repugna con la idea de evolución la visión de un hombre primitivo dotado de integridad e inmortalidad. Es decir, niegan el estado de justicia original de una pareja primordial. Adán sería símbolo de la humanidad (nombre colectivo) dominada por el ambiente pecaminoso –educación y ejemplo inductores del mal– que afectaría intrínsecamente a cada sujeto personal en cuanto constituido por las relaciones interpersonales. Por su condición pecaminosa, el mundo impide que el individuo llegue a una justa percepción de los valores morales y religiosos y que reciba la gracia, con la cual podría vencer la fuerza del pecado, ya que dicha gracia se recibe ordinariamente mediante la acción de los demás. Privado así de ayuda, el hombre es llevado necesariamente a pecar. Ese ambiente pecaminoso está formado por las culpas de todos los hombres (peccatum mundi), simbolizadas por la de Adán o integrándose en un todo con ésta. El pecado original equivaldría, pues, a la incapacidad en que se encuentra la criatura de realizarse moral y sobrenaturalmente en cuanto situada en un mundo y en una humanidad pecadores.

Juan Pablo II expone en su catequesis la clarificación conceptual que hace la Reconciliatio et poenitentia, al distinguir el pecado original del pecado del mundo. El pecado original es contraído, no cometido, como propio de cada uno y tiene –analógicamente– razón de “culpa” en cuanto, por vía de generación, enlaza con la voluntad de Adán, cabeza de estirpe humana (el cual perdió para sí y sus descendientes el don gratuito de justicia original). El “pecado del mundo”, es consecuencia del ambiente pecaminoso causado por el pecado original y los personales que fueron siguiendo “como una invasión de pecado”. El nuevo Catecismo lo resume bien: “Las consecuencias del pecado original y de todos los pecados personales de los hombres confieren al mundo en su conjunto una condición pecadora, que puede ser designada con la expresión de S. Juan: “el pecado del mundo” (Jn. 1, 21). Mediante esta expresión se significa también la influencia negativa que ejercen sobre las personas las situaciones comunitarias y las estructuras sociales que son fruto de los pecados de los hombres (cfr. Reconciliatio et poenitentia, n. 16)”238.

Por lo demás, mientras puede defenderse, según las declaraciones del Magisterio, un evolucionismo moderado, “cuando se trata de otra hipótesis, la del llamado poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad. Porque los fieles no pueden abrazar la sentencia de los que afirman o que despues de Adán existieron en la tierra verdaderos hombres que no procedieron de aquél como del primer padre de todos por generación, o que Adán significa una especie de muchedumbre de primeros padres. No se ve en modo alguno cómo puede esta sentencia conciliarse con lo que las fuentes de la verdad revelada y los documentos del Magisterio de la Iglesia proponen sobre el pecado original, que procede del pecado verdaderamente cometido por un solo Adán y que, transmitido por generación, es propio de cada uno” (Pío XII, Enc. Humani generis, Dz. 3897). Volveremos sobre el tema al exponer la evolución y el origen del hombre, en la IV parte de este estudio (“aproximación científica”).

6. Estado del hombre caído. (Consecuencias punitivas del pecado original

El nuevo Catecismo ofrece también un espléndido resumen de la doctrina de la Iglesia sobre este punto.

“Aunque propio de cada uno (cfr. Concilio de Trento, Dz. 1513), el pecado original no tiene, en ningún descendiente de Adán, un carácter de falta personal. Es la privación de la santidad y de la justicia originales, pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento, y al imperio de la muerte e inclinada al pecado (esta inclinación al mal es llamada “concupiscencia”). El Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual”239. Analicemos el texto.

6.1 Despojo de los bienes sobrenaturales (spoliatus gratuitis)

Aunque no perdió el hombre los dones naturales, la privación –no simple carencia– de la gracia y de los bienes preternaturales configuran una situación de despojo y de pena.

La ausencia de gracia santificante, si se considera como una aversión del hombre respecto a Dios, tiene carácter de culpa, mientras que, si se considera como aversión de Dios respecto al hombre, tiene carácter de pena o castigo.

Por su parte, la carencia de los dones preternaturales lleva consigo que el hombre se halla sometido a la concupiscencia, a los sufrimientos y a la muerte. Jesucristo Redentor nos devuelve el más importante de esos dones, esto es, la gracia santificante, pero no la inmortalidad, ni la inmunidad de la concupiscencia. Éstas persisten aún despues de haber sido quitado el pecado original, aunque no ya como pena o castigo, sino como oportunidades para ejercitar la virtud240.

6.2 Vulneración de los bienes naturales (vulneratus in naturalibus).

Frente a lo que sostendrían Bayo y Jansenio, a saber, que por causa del pecado original la naturaleza humana se había corrompido esencialmente –y, como consecuencia de ello, que se había extinguido totalmente el libre albedrío– el Concilio de Trento había definido que éste, aunque quedó atenuado, no se perdió después del pecado de Adán (Canon 5 sobre la justificación)241. “El hombre fue mudado en peor según el cuerpo y el alma”, precisa el Concilio de Orange en el canon 1, del que se hace eco el Decreto tridentino. En cuanto al cuerpo, la mortalidad y la pasibilidad, cuyo fundamento radica en la pérdida de los dones preternaturales de inmortalidad e impasibilidad; en cuanto al alma, el deterioro o “herida” se basa en la pérdida del don preternatural de la inmunidad de concupiscencia. Los teólogos, siguiendo en esto a Santo Tomás, enumeran cuatro heridas que afectan a las cuatro virtudes cardinales: a) la ignorancia que afecta a la prudencia; b) la malicia a la justicia; c) la fragilidad a la fortaleza; d) la concupiscencia (apetito desordenado) que afecta a la templanza.

En la situación en la que ha llegado a encontarse la naturaleza despues del pecado, y especialmente por la inclinación del hombre más hacia el mal que hacia el bien, se habla de “fomes al pecado“ (fomes peccati), que fue llamado por el Concilio de Trento también “concupiscencia“. El Decreto tridentino precisa claramente que la “concupiscencia“ en sí misma aún no es pecado, pero: ex peccato est et ad peccatum inclinat.

Juan Pablo II subraya que, “según las enseñanzas de la Iglesia, se trata de un deterioro relativo, no absoluto, ni intrínseco a las faculades humanas. Pues el hombre, despues del pecado original, puede conocer con la inteligencia las fundamentales verdades naturales, también las religiosas y los principios morales. Puede también hacer buenas obras. Así pues, se debería hablar de un oscurecimiento de la inteligencia y de un debilitamiento de la voluntad, de “heridas“ de las faculades espirituales y de las sensitivas, más que de una pérdida de sus capacidades esenciales también en relación con el conocimiento y el amor de Dios”242. De ahí la necesidad moral de la gracia sanante para conocer y practicar en su integridad la verdad religiosa y la verdad del bien ético–natural y la absoluta necesidad de la gracia elevante de Cristo para poder “orientarse hacia los bienes sobrenaturales que constituyen su plena realización y salvación”243.

Aceptando que la naturaleza humana no quedó “esencialmente corrompida” como dicen los protestantes, los teólogos católicos se preguntan si el pecado original llegó a “deteriorar intrínseca o extrínsecamente” las fuerzas de la naturaleza humana, por ejemplo, las potencias del alma. La opinión más equilibrada y segura es la de Santo Tomás, según el cual la naturaleza humana no fue intrínsecamente deteriorada por el pecado original, de suerte que éste no destruyó ni disminuyó en nada los principios intrínsecos que constituyen la naturaleza humana; pero sí la deterioró extrínsecamente, ya que el hombre tiene ahora mayores obstáculos para guardar la ley natural. Del pecado original se deriva cierta inclinación al pecado, no directamente –como ocurre con los pecados personales– sino indirectamente, al removerse los impedimentos que obstaculizan el pecado, es decir, la justicia original, que impedía los movimientos desordenados, de la misma forma en que de una enfermedad natural surgen indirectamente movimientos corporales desordenados244.

El Credo del pueblo de Dios de 1968 –profesión de fe, pronunciada por Pablo VI al concluir el Año de la Fe– ofrece una excelente síntesis de toda esta doctrina: “Creemos que en Adán todos pecaron, lo cual quiere decir que la falta original cometida por él hizo caer la naturaleza humana, común a todos los hombres, en un estado en que experimenta las consecuencias de esta falta y que no es aquel en el que se hallaba la naturaleza al principio de nuestros padres, creados en santidad y justicia y en el que el hombre no conocía ni el mal ni la muerte. Esta naturaleza humana caída, despojada de la vestidura de la gracia, herida en sus propias fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte, se transmite a todos y en este sentido todo hombre nace en pecado. Sostenemos, pues, con el Concilio de Trento, que el pecado original se transmite con la naturaleza humana, no por imitación, sino por propagación y que por tanto es propio de cada uno. Creemos que nuestro Señor Jesucristo, por el sacrificio de la Cruz, nos rescató del pecado original y de todos los pecados personales cometidos por cada uno de nosotros, de modo que, según afirma el Apóstol, donde había abundado el pecado, sobreabundó la gracia”.

Este texto luminoso de Pablo VI confirma también que “toda la doctrina revelada sobre el pecado, y en particular sobre el pecado original, hace siempre rigurosa referencia al misterio de la Redención”245, tal y como ha sido presentada por Juan Pablo II en su autorizada catequesis.

CAPÍTULO V

EL PROTOEVANGELIO, REINA DE LAS PROFECÍAS, SÍNTESIS DE LA MARIOLOGÍA Y DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

“Tras la caída, el hombre no fue abandonado por Dios al poder de la muerte. Al contrario, Dios lo llama (cfr. Gn. 3, 9) y le anuncia de modo misterioso la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída (cfr. Gn. 3, 15). Este pasaje del Génesis ha sido llamado “Protoevangelio“, por ser el primer anuncio del Mesías redentor, anuncio de un combate entre la serpiente y la Mujer, y de la victoria final de un descendiente de ésta”. (CEC, 415)

1. El Protoevangelio en el contexto de la sentencia de Dios tras la caída original.

El contexto es bien conocido (cfr. Capítulo II). Después de un juicio sumario, Dios pronuncia su sentencia no sólo contra los progenitores que habían prevaricado, sino también y principalmente contra la serpiente que los había inducido a la prevaricación. Los castigos que anuncian las tres sentencias divinas a los tres culpables –hombre, mujer y serpiente– son concebidos de forma que los reos de culpa son castigados por Dios y al mismo tiempo por sus víctimas. Eva recibirá el castigo de Dios y de su marido; Adán, además del castigo divino vendrá castigado también por los efectos de la maldición de la tierra, y, finalmente, la serpiente, lo será a su vez por Dios y por Eva. En esta línea se sitúa, por contraste, el anuncio del Protoevangelio, prometiendo una futura revancha del género humano contra la serpiente, que es maldecida de forma incondicional. Con esta profecía, pues, Dios consuela a nuestros progenitores, con la esperanza de una victoria plena y perfecta sobre la serpiente diabólica triunfante246.

He aquí el texto de la profecía, o sea, las palabras de condenación dirigidas por Dios a la serpiente engañadora según el original hebreo: “Pongo enemistad entre Ti (la serpiente), y la mujer, entre tu linaje y el suyo. El linaje de la mujer te quebrantará la cabeza y tú le morderás a él el calcañar”.

Hace notar Juan Pablo II que la primera respuesta del Señor Dios al pecado del hombre, contenida en Gn. 3, nos permite conocer desde el principio a Dios como infinitamente justo y al mismo tiempo infinitamente misericordioso. “Tenemos así la certeza de que Dios, que en su santidad trascendente aborrece el pecado, castiga justamente al pecador, pero en su inefable misericordia, al mismo tiempo, lo abraza con su amor salvífico, pues anuncia esta victoria salvífica del bien sobre el mal, que se manifestará en el Evangelio mediante el misterio pascual de Cristo crucificado y resucitado”247.

En el momento en que el enemigo acaba de alcanzar una victoria sobre el hombre y la mujer, Dios anuncia un cambio total de situación. Ofrece la garantía de su propio triunfo sobre el poder del mal, de manera que queda asegurada la felicidad más alta que está reservada al destino de los hombres.

El Padre es el primero en sufrir por los pecados que se cometen, ya que el pecado es una ofensa que hiere su amor. El pecado no puede causar ningún daño al Padre ni quitarle lo que posee, pero le hiere y le entristece.

Sin embargo, según la parábola del hijo pródigo, el padre está dispuesto a perdonar, siempre que su hijo se arrepienta: su perdón es total, borra todas las culpas y restablece al hijo en su dignidad. Y ese perdón se concede con gozo.

El Padre revela su proyecto de enviar a su propio Hijo para el combate decisivo contra Satanás y la liberación de la humanidad. Se trata, por tanto, de un proyecto en el que se manifiesta en el más alto grado la generosidad divina248.

El que anunciaba la victoria tenía que consentir en pagar el mismo precio de esa victoria. El Padre realizó el gesto más generoso al enviar a la muerte a su Hijo querido; lo hizo en favor de aquellos que habían merecido un castigo por su pecado.

El versículo, muy comentado por exégetas, teólogos y mariólogos, comenzó a ser llamado “Protoevangelio” por el teólogo protestante Lorenzo Rethius, quien escribe en 1638: “Merece ese nombre, porque es el primer evangelio, esta buena noticia que alentó al género humano privado de la gracia de Dios”249. Este “oráculo de Yahwéh” ha sido llamado la “reina de todas las profecías”, la primera y el fundamento de todas las que vienen luego, que no son más que determinaciones ulteriores de la misma. “Es como el primer símbolo de fe propuesto por Dios desde la aurora del mundo a la humanidad pecadora en las primeras páginas de su historia. Este oráculo divino, colocado sobre la cuna del género humano, fue llevado por él en sus migraciones y en sus dispersiones por la tierra, pero dividido y alterado como él mismo, de modo que no ofrecía ya, fuera del pueblo hebreo, más que fragmentos de verdad mezclados con fábulas. Sin embargo, en estos fragmentos lo que más se ha conservado es el gran papel otorgado a la mujer que debe traer al mundo al Liberador”250. Es verdaderamente “el oráculo de los oráculos, todo el Nuevo Testamento en el Antiguo, toda la historia del mundo en un versículo”251.

Juan Pablo II explica en su catequesis que “el anuncio de Gn.3 se llama Protoevangelio, porque se ha encontrado su confirmación y su cumplimiento sólo en la Revelación de la Nueva Alianza que es el Evangelio de Cristo. En la Antigua Alianza, este anuncio se recordaba constantemente de diversos modos, en los ritos, en los simbolismos, en las plegarias, en las profecías, en la misma historia de Israel como “pueblo de Dios“ orientado hacia un final mesiánico, pero siempre bajo el velo de la fe imperfecta y provisional del Antiguo Testamento. Cuando suceda el cumplimiento del anuncio en Cristo, se tendrá la plena revelación del contenido trinitario y mesiánico implícito en el monoteísmo de Israel. El Nuevo Testamento hará descubrir entonces el significado pleno de los escritos del Antiguo Testamento, según el famoso aforismo de San Agustín: in vetere Testamento novum latet, in novo vetus patet”252.

Pero es, sobre todo, de gran interés su estudio en el diálogo con la Ortodoxia y el <> de la Reforma que inaugurara Lutero. Me parece de especialísimo valor, por razones ecuménicas, la imagen de la Mujer del Génesis y del Apocalipsis, anuncio y cumplimiento, alfa y omega, del misterio de salvación que se realiza en la Iglesia. No se ha advertido suficientemente que esta imagen de la Mujer Esposa del nuevo Adán, cabeza de la estirpe espiritual de la Mujer, evoca –en síntesis– los aspectos complemetarios del misterio de Comunión que es la Iglesia, cerrando así, el caminio al peligro de reduccionismos, especialemente en los que se refiere a aquellos aspectos de la dogmática católica que ofrecen dificultad, sea a los teólgos ortodoxos, sea a los protestantes. Estoy personalmente convencido de que la imagen de la Mujer, esposa y madre, es privilegiada para mostrar tanto la razón formal del munus petrinum como un servicio indispensable a la comunión radicalmente subordinado a la dimensión mariana y sacramental de la Iglesia, como también la necesaria cooperación activa con el Unus Mediator que niega la Reforma.

La imagen de la Mujer Esposa evoca, en efecto, la perspectiva de la Alianza salvífica de Dios con su Pueblo. Como Esposa está llamada la Mujer –María, la Iglesia– a cooperar con el nuevo Adán en el nacimiento y desarrollo de la nueva vida. No tengamos miedo en recorrer la vía mariológica. La Ortodoxia nos acompaña en ese camino, y, en todo caso, María atrae a sus hijos, conduciéndolos al Primogénito entre muchos hermanos. El gran obstáculo en el camino ecuménico está en los prejuicios de viejas raices históricas y malentendidos, pues nuestras pupilas no están suficientemente purificadas y dilatadas por el amor.

Pero desde un punto de vista más doctrinal, el obstáculo estaría –no sin alguna dependencia con lo que acabo de apuntar– en los hábitos mentales que nacen de presupeustos noéticos de la fe. Coincidido con el juicio de K. Barth cuando afirma que el motivo (todos los demás parecen cortos de vista y poco serios) por el que un reformado no puede hacerse católico, está precisamente en un presupuesto o preámbulo de la fe misma: la analogía entis que sería la misma larva diabólica del Anticristo. Creo que es el nominalismo de la Filosofía subyacente a la Reforma –confesado por el mismo Lutero– el que impide el acceso noético a la noción de participación, que funda esa nalogía, (sin la que no es posible ninguna analogía fidei). Pero, sin ella como perspectiva metódica, el verdadero sentido de la mediación maternal de María (y la de la Iglesia como comunidad sacerdotal, que de ella deriva), son imposibles de entender. Unus Mediator, sí. Pero aquella mediación participada nada añade a la plenitud fontal de Medaición y de gracia capital de Cristo, como la creación nada añade al Ser (no hay plus entis, sed plura entia). Aquel pleroma de la Cabeza <<no excluye, sino que suscita en sus criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única>>.

Creo que se pueden descubrir en Gén. 3, 15 (en estado latente y síntesis armoniosa) la historia salvífica en su dimensión mariana y eclesiológica, dentro del sentido pleno de ese versículo, si tenemos en cuenta la unidad de la Sagrada Escritura (partiendo de un cuidadoso análisis textual como punto de partida irrenunciable), la tradición viva y la analogía de la fe. Anticipo como orientación al lector lo que puede concluirse de esa hermeneútica comprensiva.

El linaje en sentido colectivo, no es sólo, como suele decirse, la estirpe física de Eva, de la que Cristo se hace solidario como nuevo Adán, en el seno de la nueva Eva (María), en el fiat de la Encarnación. Es también en un segundo plano, el linaje espiritual de la nueva Eva, o pueblo de Dios, cuerpo místico del <<descendiente de la Mujer, que participa en el triunfo de su cabeza sobre la serpiente, al que asocia a su Madre (conteret caput). Es, pues, el pueblo mesiánico, que tiene por cabeza a Cristo>>, el linaje en singular, en el que habita el Espíritu Santo como en un templo (Cf. LG, 9b), que nace, como nueva Eva, a imagen de la Mujer, María, en el sueño de la muerte del Calavario (la mordedura del talón); como esposa que adquiere para sí, radiante de belleza, con el don de su vida, por el que le entrega el don del Espíritu Santo, purificándola, abrigándola y alimentándola con dones jerárquicos y carismáticos (LG, 4ª). Siendo esposa, está llamada a tener parte en la lucha con la serpiente enemiga de su Esposo y Cabeza en la unión esposnsal –libre don del Esposo– por la cual forman un solo cuerpo con la fuerza del Espíritu del que es Templo por Él vivificado, hasta la consumación del Reino de Dios.

Analicemos en texto de este versículo bíblico verdaderamente capital, cuya plenitud de sentido apenas puede subrayarse.

2. Exégesis de las tres frases del versículo

En tres breves frases el Protoevangelio, es decir, primera buena nueva, dejan entrever la voluntad salvífica de Dios ya desde los orígenes de la humanidad. En efecto, frente al pecado, según la narración del autor sagrado, la primera reacción del Señor no consistió en castigar a los culpables, sino en abrirles una perspectiva de salvación comprometerlos activamente en la obra redentora, mostrando su gran generosidad también hacia quienes lo habían ofendido.

Las palabras del Protoevangelio revelan, además, el singular destino de la mujer que, a pesar de haber precedido al hombre al ceder ante la tentación de la serpiente, luego se convierte, en virtud del plan divino, en la primera aliada de Dios. Eva fue la aliada de la serpiente para arrastrar al hombre al pecado. Dios anuncia que, invirtiendo esta situación, él hará de la mujer de la mujer la enemiga de la serpiente253.

2.1. Pongo enemistad entre ti y la mujer.

2.1.1. “Pongo” (ashit). En primera persona del singular y referido a Dios que habla, indica que es Dios quien establece la enemistad, de la que se habla enseguida. Una vez rota por el pecado la amistad con Dios, sólo Dios puede restablecerla poniendo una enemistad contraria, es decir, una enemistad con respecto al demonio, con el que el hombre, la humanidad, tenía una cierta connivencia o amistad a consecuencia del pecado: la salvación viene de Dios254.

Para entender todo el alcance salvífico de este oráculo de Yahwéh debe tenerse en cuenta que el diablo adquirió, tras la caída, “un cierto dominio del hombre, aunque éste permanezca libre”255. El pecado original entraña “la servidumbre del que poseía el imperio de la Muerte, es decir, del diablo”256. De estas palabras del oráculo de Yahwéh –comenta Juan Pablo II– se deduce que “si el pecado desde el principio está ligado a la libre voluntad y a la responsabilidad del hombre, también es verdad que el hombre, a causa del pecado, está enzarzado “en una dura batalla contra el poder de las tinieblas“. Está implicado y como “aherrojado entre cadenas“ (GS, n. 13), en el dinamismo oscuro de ese mysterium iniquitatis, que es más grande que él y que su historia terrena”257.

2.1.2. “Enemistad” (ebáh). En hebreo y en el griego de los LXX no está en plural (en la Vulgata se dice: “pongo enemistades”), sino en singular, que connota una mayor radicalidad. El término ebáh alude a un tipo de enemistad que se da sólo entre personas –la serpiente lo es, como figura del demonio– habitual, implacable y que sólo se satisface con el derramamiento de sangre. Pero, por otra parte, la forma verbal hebrea (ashit) es un imperfecto que empieza ahora, pero que va a perdurar en el futuro en un crescendo de intensidad en la lucha dramática que concluye con la derrota final de la serpiente por la mujer258. “Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda y gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo259.

De ahí –en palabras del nuevo Catecismo de la Iglesia Católica– la situación dramática del mundo: “Todo entero yace en poder del maligno (1 Jn. 2, 19; cfr. 1 Pet. 5, 8), hace de la vida del hombre un combate”260. “Ignorar este hecho –la necesidad de luchar con “una naturaleza inclinada al mal“, que está en triste complicidad con los ángeles rebeldes– da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política de acción social (cfr. Centesimus annus, n. 25) y de las costumbres”261.

2.1.3. “Entre ti (la serpiente) y la mujer”. Como vimos en el Capítulo I, la serpiente era una divinidad pagana a la que se daba culto en no pocas religiones de los pueblos vecinos a Palestina. Ahora bien, una idea muy repetida en la Escritura es que los dioses de los paganos son demonios262. El autor sagrado, al introducir en el relato –primero como tentador y después como sujeto al que Dios dirige una profecía de castigo– una serpiente, es decir, una divinidad pagana, está presentándonos de modo simbólico al demonio como tentador y como sujeto sobre el que recae el anuncio de un castigo que culmina en la destrucción de su poder263.

“La mujer” (ha–ishsháh) (con artículo determinado). Algunos ven ahí una referencia exclusiva a María264. Arguyen sus defensores que estamos ante una profecía –la primera entre todas ellas– pronunciada por Dios mismo en forma absoluta, no condicionada. La profecía siempre se refiere por su naturaleza a un suceso futuro y, por tanto, contiene siempre algo de nuevo, no existente aún, que puede ser diverso de las personas y de las cosas expresadas en el contexto. Sin embargo, el texto y el contexto parecen exigir, que la promesa hecha en Gn. 3, 15 se refiera de algún modo a Eva. En efecto el texto no nombra hasta entonces ninguna otra mujer fuera de Eva, y el contexto habla después de una victoria de la mujer contra la serpiente.

La mujer del Protoevangelio es inicialmente Eva, pero sólo en cuanto es punto de partida de aquella enemistad y del anuncio del vencedor en la pelea –el linaje–. Por eso emplea un nombre genérico, no propio, y así no se pierde de vista a Eva –la mujer pecadora– y prevé que la enemistad continuará con una larga serie de mujeres, y sobre todo la que daría lugar a la victoria y al vencedor265.

La lucha comienza con Eva, pero se perpetúa a través de los siglos con otras mujeres, hasta la Mujer por antonomasia, la nueva Eva, “madre de los vivientes”, de los que viven de la vida del Mesías triunfador de la muerte, asociada a Él en su victoria sobre la serpiente, como se afirma proféticamente al final del versículo. Así lo declara la proclamación dogmática de la Inmaculada Munificentissimus Deus: “Dios establece entre la mujer y la serpiente infernal “las mismas enemistades“ que entre el linaje de la mujer (Cristo) y el linaje de la serpiente”. Ahora bien, las enemistades de Cristo con la serpiente infernal son plenas, perfectas, triunfales, lo cual sólo puede decirse de María, la nueva Eva, hija de Eva, de su estirpe, representante –en virtud del principio de solidaridad– de Eva y de todas las mujeres, de toda su estirpe.

La clave hermeneútica está en la índole oracular del texto. Como ocurre con frecuencia en los textos proféticos de la Sagrada Escritura, además de un nivel inmediato y superficial, se da otro nivel más profundo en el que el texto se refiere a la mujer futura, según la doctrina hermenéutica del sentido eminente (en este caso literal plenior y espiritual típico).

Un ejemplo distinto puede hacer comprender en qué consiste este procedimiento literario. Unas palabras de Jesús que anunciaban que en el templo de Jerusalén no quedaría piedra sobre piedra, dieron pie a los discípulos para hacerle una pregunta: “Dinos cuándo será todo esto y cuál será la señal de tu venida y de la consumación del mundo” (Mt. 24, 3). Jesús responde con el conocido discurso escatológico (“Apocalípsis sinóptico”). Hasta tiempo relativamente reciente hubo una tendencia entre los escrituristas a dividir el discurso, señalando alternativamente qué versículos se referían a la ruina de Jerusalén y cuáles a los acontecimientos escatológicos. Hoy se piensa, mas bien, que todo el discurso se refiere en un primer plano a la ruina de Jerusalén y que, en planos más profundos, hay que entenderlo del juicio de las naciones y del juicio final. Estos acontecimientos estarían ligados entre si como “tipo” y “antitipo”; la realización incoada es imagen de otro acontecimiento que constituiría el cumplimiento pleno de la profecía. Lo que se toma como tipo debe ser de orden inferior al antitipo (puesto que el tipo representa sólo la sombra de la verdad)266.

Un indicio claro para sospechar la existencia de un doble plano es que las afirmaciones bíblicas, entendidas del acontecimiento o la persona aludidos en el plano superficial, sólo pueden tener un cumplimiento imperfecto. Así ocurre en Gn. 3, 15. No olvidemos que estamos ante una sentencia de castigo. En este contexto, la oposición entre la “serpiente” y la “mujer” es ya un elemento punitivo para “la serpiente” y triunfal para “la mujer”. Sin excluir a Eva de esa oposición, es claro que ella nunca aparece después en la Biblia aureolada por esta luz triunfal, sino constantemente bajo la triste penumbra de la mujer vencida y seducida267. Por eso, detrás de Eva (“la mujer” en sentido inmediato) hay, en un nivel más profundo –en sentido plenior– otra mujer, una “nueva Eva”, en la que la enemistad con la serpiente –en su sentido de castigo para la serpiente y de triunfo para “la mujer”– tendría pleno cumplimiento268.

La mujer del Protoevangelio sería, en conclusión, tanto Eva como María: Eva de modo inicial, imperfecto, y María de modo perfecto. La razón fundamental es ésta: las enemistades (imperfectas) entre el diablo y Eva con su linaje comienzan desde la penitencia de Eva, y debían tener un perfecto cumplimiento –a través de una larga serie de mujeres santas, en las que la tradición ha visto tipificada a María269– entre María y su Hijo. En el v. 15 se habla proféticamente de otra mujer, de una mujer futura, diversa de aquella de la que el texto había hablado hasta aquel momento, puesto que sólo a esta mujer futura pueden atribuirse las enemistades absolutas (y por tanto, la impecabilidad) enunciadas en ese versículo.

“Los exegetas y los teólogos consideran que la luz de la nueva Eva, María, desde las páginas del Génesis se proyecta sobre toda la economía de la salvación, y ven ya en ese texto el vínculo que existe entre María y la Iglesia. Notemos aquí con alegría que el término mujer, usado en forma genérica por el texto del Génesis, impulsa a asociar con la Virgen de Nazaret y su tarea en la obra de la salvación especialmente a las mujeres, llamadas, según el designio divino, a comprometerse en la lucha contra el espíritu del mal.

Las mujeres que, como Eva, podrían ceder ante la seducción de Satanás, por la solidaridad con María reciben una fuerza superior para combatir al enemigo, convirtiéndose en las primeras aliadas de Dios en el camino de la salvación.

Esta alianza misteriosa de Dios con la mujer se manifiesta en múltiples formas también en nuestros días: en la asiduidad de las mujeres a la oración personal y al culto litúrgico, en el servicio de la catequesis y en el testimonio de la caridad, en las numerosas vocaciones femeninas la vida consagrada, en la educación religiosa en familia...

Todos estos signos constituyen una realización muy concreta del oráculo del Protoevangelio, que, sugiriendo una extensión universal de la palabra mujer, dentro y más allá de los confines visibles de la Iglesia, muestra que la vocación única de María es inseparable de la vocación de la humanidad y, en particular, de la de toda mujer, que se ilumina con la misión de María, proclamada primera aliada de Dios contra Satanás y el mal”270.

2.2. Entre tu linaje y su linaje.

La palabra linaje –descendencia o semilla (zera’)– cuando se aplica a la posteridad humana, tiene normalmente un sentido colectivo271, aunque a veces se aplica a un descendiente concreto individual272. La palabra admite también un sentido moral que engloba a toda una colectividad que sigue el mismo fin (así, por ejemplo, Is. 1, 4). No hay aquí elemento alguno que suponga una limitación del sentido normal colectivo de la palabra zera’ a su significado, más bien excepcional, de individuo. El modo absoluto de hablar de ambos “linajes” o “descendencias” impone el sentido colectivo.

Con respecto a la mujer, el “linaje” tiene su sentido inmediato de descendencia física (el Mesías); hace referencia también, en su sentido pleno, a la colectividad del “pueblo de Dios que tiene por Cabeza a Cristo”, que “recapitula” a los hijos de Dios dispersos por el pecado273, en virtud de la misteriosa solidaridad del nuevo Adán con el linaje humano, con el que forma como “una persona mística” desde el fiat de la Encarnación, germen de la Iglesia que nacerá del misterio Pascual, en el corazón traspasado de la Mujer, madre de la Iglesia. Tal es “la descendencia espiritual de la Mujer” que participa de su virginal fecundidad el pueblo de Dios peregrinante, en lucha con la antigua serpiente, en una cooperación corredentora en la obra salvífica; ésta incluye las tribulaciones que esa enemistad provoca en sus miembros hasta el fin de la Historia.

La palabra “linaje” aplicada a la serpiente no puede tener más que un sentido moral. Se trata de una colectividad que sigue fines diabólicos. No se puede saber con certeza, por el análisis textual, si en esa colectividad hay que entender sólo a los demonios o han de incluirse también los hombres que siguen los principios del diablo, las “almas tentadoras”, juguete fácil de los “ángeles rebeldes”. Pero a la luz de la analogía de la fe, atendiendo al paralelismo bíblico –especialmente Apoc. 12– parece evidente la segunda opción. En todo caso, la enemistad individual entre la mujer y la serpiente (A) se prolonga en una enemistad colectiva entre sus respectivos linajes (B)274.

2.3.– Él te aplastará la cabeza y tu le morderás el calcañar.

De nuevo la enemistad y la lucha se individualizan. Sin duda, “Él” hace referencia al linaje de la mujer. Pero en esta parte final de la frase no puede tratarse ya de linaje en sentido colectivo, sino de un individuo concreto del linaje de la mujer, un descendiente de la mujer. Nótese que como contrincante suyo no aparece ya el linaje de la serpiente, sino un ser muy concreto: la serpiente misma. Además, la descripción de la lucha está hecha con rasgos absolutamente individualizados: un pie se dirige contra una cabeza (de la serpiente) y la aplasta, mientras esa cabeza hace un movimiento instintivo de defensa, contra el calcañar de ese pie275.

“Él” (hu’). Contra lo que supone la traducción de la Vulgata Clementina, según la cual sería la mujer (ipsa) la que aplastará la cabeza de la serpiente, hay que leer “Él” (hu’), y no “ella” (hi’), como ya lo hicieron los masoretas. Tal lectura es la única posible por las formas hebreas del verbo y del sufijo verbal ka (a ti). El sujeto, por tanto, que aplastará la cabeza de la serpiente es el “linaje de la mujer”, un descendiente –en sentido individual– de la mujer.

La victoria en la batalla “se anuncia con las misteriosas palabras: “El te aplastará la cabeza“, en hebreo hu’ yeshufkaros: “El te hará una herida en la cabeza“ (mortal). Es decir, con estas palabras se afirma el fracaso final del linaje de la serpiente. ¿Cuál es la reacción del diablo? “Y tú le acecharás el calcañar“, en hebreo, we attah teshufnû `aqueb: “tú le harás una herida en el talón“ (no grave). Como se ve, tanto al hablar del ataque–victoria, como de la defensa–reacción, se emplea el mismo verbo hebreo shûf. Sin embargo, el alcance es distinto en ambos casos: el ataque del linaje de la mujer recae sobre un órgano vital, “la cabeza“, mientras que la serpiente logra solamente alcanzar “el talón“, un órgano secundario”276.

C. Pozo se adhiere a una tendencia exegética basada en recientes estudios de lingüística hebrea en torno al verbo shuf, que niegan que éste signifique morder o herir, sino lanzar o chocar. Ahora bien, un pie que se lanza para chocar contra la cabeza, la aplasta; una cabeza de serpiente pisada por un pie que la oprime, destrozándola, no puede hacer sino un movimiento inútil de defensa. Por eso el texto no aludiría a una herida hecha al Mesías por el diablo que habría tenido lugar en los dolores de la Pasión, sino a la victoria total de Cristo sobre el demonio: la buena noticia –como diría Lorenzo Rethius– de nuestra salvación futura por obra de Cristo277. Pero, aunque el sentido final no varía, esta interpretación tiene en contra toda la tradición de los Padres –estudiada por P. Orbe278– que ha referido explícitamente la “mordedura del talón” a la Pasión de Cristo, como hace también Juan Pablo II en su catequesis, que citamos a continuación.

3. Sentido mesiánico, mariológico y eclesiológico de la profecía de Gen. 3, 15 (promesa del nuevo Adán, Salvador de la estirpe de la Mujer, solidario de todos los hombres en el misterio de María y de la Iglesia

3.1. Sentido mesiánico.

El nuevo Catecismo enseña que “la tradición cristiana ve en este

por su obediencia hasta la muerte de cruz (Flp. 2, 8), repara con sobreabundancia la descendencia de Adán (cfr. Rom. 5, 19–20)”279.

Juan Pablo II confirma lo mismo: “La lucha entre aquél que representa “las fuerzas de las tinieblas“ y Aquél que el Génesis llama “la estirpe de la mujer“, “su estirpe“ –singular, el Mesías– acabará con la victoria de Cristo (“te aplastará la cabeza“) al precio del sacrificio de la Cruz (“cuando tú le hieras en el talón“). El “misterio de la piedad“ disipa el “misterio de la iniquidad“. Aquí Cristo es anunciado por primera vez como el nuevo Adán. Más aún, su victoria sobre el pecado obtenida mediante la “obediencia hasta la muerte de cruz“ comportará una abundancia tal de perdón y de gracia salvífica que superará desmesuradamente el mal del primer pecado y de todos los pecados de los hombres”280.

3.2. Sentido mariológico.

El Protoevangelio es también anuncio profético de María, nueva Eva, asociada al nuevo Adán en su obra salvífica, que realiza a través de la Iglesia peregrina, sacramento universal de reconciliación de los hombres con Dios y entre sí, hasta la plenitud del Reino. Es una verdadera síntesis de la Mariología.

El nuevo Catecismo así lo enseña: “Numerosos Padres y Doctores de la Iglesia ven en la mujer anunciada en el “protoevangelio“ la madre de Cristo, María, como “nueva Eva“. Ella ha sido la que, la primera y de una manera única, se benefició de la victoria sobre el pecado alcanzada por Cristo: fue preservada de toda mancha de pecado original (cfr. Pío IX, Dz. 2803) y, durante toda su vida terrena, por una gracia especial de Dios, no cometió ninguna clase de pecado (cfr. Concilio de Trento, Dz. 1573)”281.

Juan Pablo II hace notar “que los comentaristas, desde tiempos muy antiguos, subrayan que la antigua serpiente se dirigió (Gn. 3, 4) primero a la mujer, y a través de ella consiguió su victoria. Ahora Dios (Gn. 3, 15), cuando anuncia al Redentor, constituye a la mujer como “primera enemiga“ del demonio, príncipe de las tinieblas; la primera destinataria de la definitiva Alianza, en la que las fuerzas del mal serán vencidas por el Mesías, su estirpe”. Este es un detalle especialmente significativo si se tiene en cuenta que, en la historia de la Alianza, Dios se dirige antes que nada a los hombres (Noé, Abraham, Moisés). En este caso la precedencia parece ser de la mujer, naturalmente por consideración a su Descendiente, Cristo. En efecto, muchísimos Padres y Doctores de la Iglesia ven en la mujer anunciada en el “protoevangelio“, a la Madre de Cristo, María”282.

Como ha observado el P. Pozo, aunque es cierto que –en la línea de la tradición– no puede hablarse de un consentimiento patrístico sobre esta exégesis, en el progreso dogmático y también en el progreso con que se llega a conocer el verdadero sentido de un pasaje bíblico hay frecuentemente una fase previa de dispersión hasta que se llega a la unanimidad moral, que se hace vinculante para el católico. “Este tipo de unanimidad ha existido en la exégesis católica de este pasaje desde el periodo postpatrístico hasta nuestros días, sin que pueda decirse que ese consentimiento se ha formado como consecuencia de la equivocada traducción latina de la Vulgata, “Ella“, (en lugar de “Él“) te aplastará la cabeza”283.

Como dice el Vaticano II284, no pocos antiguos Padres presentan en su predicación a María, Madre de Cristo, como la nueva Eva (así como Cristo es el nuevo Adán, según San Pablo). María toma su sitio y constituye lo opuesto a Eva, que es la “madre de todos los vivientes“, pero también la causa, con Adán, de la universal caída en el pecado; en cambio, María es para todos causa salutis, por su obediencia al cooperar con Cristo en nuestra redención (S. Ireneo). “A la Encarnación ha precedido la aceptación por parte de la Madre predestinada, para que de esta manera, así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida. Lo cual se cumple de modo eminentísimo en la Madre de Jesús por haber dado al mundo la Vida misma que renueva todas las cosas”285.

El Protoevangelio es como una síntesis luminosa de toda la Mariología, que está basada en la singular misión de María como Madre de Dios. Madre del linaje, el Mesías, nuevo Adán, que es el Hijo de Dios. Ella está asociada al Mediador en su misión salvífica –en las enemistades– como Madre espiritual de los hombres, en la lucha y el triunfo sobre la antigua serpiente, que son los títulos de su realeza.

En esta “enemistad” de oráculo, está pues indicada y radicada la corredención de María, única asociada, como nueva Eva al nuevo Adán, en el orden de la redención objetiva en la Pasión y muerte del Salvador, cuando lo atraía todo hacia sí286

Pero además de la singular misión mediadora y corrdentora de María, encontramos implícitos en el Protoevangelio los diversos privilegios que le han sido concedidos en atención a su misión. Encontramos la inmunidad de culpa –tanto original como actual– a causa de la profetizada enemistad absoluta y perenne entre Ella y el demonio; la plenitud de gracia, con todo el cortejo de las virtudes y de los dones, puesto que en la situación actual de elevación del hombre al orden sobrenatural no se da inmunidad de culpa sin la presencia de la gracia. La perpetua virginidad de María resulta del hecho de que el Redentor prometido en el Protoevangelio es llamado “linaje de la mujer” solamente. Es, pues, una flor brotada de la virginidad de María. Además, exenta la Virgen de culpa original, como se manifiesta en nuestro texto, hubo de estar exenta también de la pena correspondiente (especialmente de los dolores del parto, puesto que fue virginal) y del dominio del hombre (por su virginidad antes y despues del parto). De las palabras del Protoevangelio se puede también deducir su gloriosa Asunción, que no es otra cosa que la victoria de María sobre la muerte, consecuencia y pena del pecado; Ella, en efecto, vence a la muerte y, en unión con su linaje, resulta inmune al pecado. Así lo ha proclamado Pío XII en la Bula dogmática Munificentissimus Deus. He aquí, pues, cómo las principales prerrogativas del alma y del cuerpo de María brotan límpidas de la célebre profecía287.

“Así, los títulos de Inmaculada Concepción y Cooperadora del Redentor, que la fe de la Iglesia ha atribuído a María para proclamar su belleza espiritual y su íntima participación en la obra admirable de la Redención, manifiestan la oposición irreductible entre la serpiente y la nueva Eva”288.

En María y por María, así, se ha transformado la situación de la humanidad y del mundo, que han vuelto a entrar de algún modo en el esplendor de la mañana de la Creación.

3.3. Sentido eclesiológico.

En el Protoevangelio aparece también una implícita síntesis del misterio de la Iglesia, a la luz del paralelismo bíblico con los textos de la Escritura que hacen referencia a la Mujer del Génesis. “La hora” de “la Mujer”289, asociada al “Redentor” –en “su hora”, es decir, la de la glorificación del “Hijo de Hombre”290– es la hora de la maternidad espiritual de María, Madre de la Iglesia, con una maternidad ejercida en y a través de la Iglesia misma. Veámoslo.

Ya apuntamos antes, en el análisis textual de Gn. 3, 15, que la estirpe de la Mujer del Protoevangelio alude al Cristo total, Cabeza y miembros. Este Cristo total es el templo del Espíritu Santo291 en la nueva Jerusalén, que es la Iglesia, esposa de Cristo, nueva Eva asociada al nuevo Adán. El nuevo Adán, como Cabeza de su obra salvífica, asocia al resto de la descendencia de la Mujer, a la cual toma como Esposa que brota de su costado abierto en el sueño de la muerte en el árbol de vida de la Cruz salvadora. Como Esposa, participa de la fecunda virginidad de la Mujer, nueva Eva asociada al nuevo Adán en el misterio de su transfixión dolorosa. Para alcanzar este sentido pleno es preciso tener en cuenta el paralelismo bíblico.

La Dei Verbum enseña que para obtener “el sentido exacto de los textos sagrados hay que atender no menos diligentemente al contenido y a la unidad de toda la Sagrada Escritura, teniendo en cuenta la tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe”292. Si aplicamos este criterio hermeneútico descubrimos paralelismos convergentes con numerosos textos bíblicos. Gn. 3, 15 había hablado de una asociación de María al Mesías en su lucha contra el demonio. El relato de la anunciación nos daba a conocer la realización de esa asociación por el “sí” de María. Lc. 2, 35 nos descubre la prolongación de esa asociación hasta una comunidad de dolores en la Pasión y el Calvario. María no es sólo la Madre de Jesús, sino la Madre dolorosa que acompaña a su Hijo, participando en sus sufrimientos. “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Emplea un título solemnísimo, título de corredención; la Mujer del Protoevangelio que –como nueva Eva– alumbra a la Iglesia que nace del costado abierto del nuevo Adán y de la espada de dolor de la Mujer del Calvario. Se cumple entonces la profecía de Simeón293, de pie junto a la cruz294.

En efecto, con ocasión de la purificación de María y la presentación de Jesús en el templo, el anciano Simeón, “impulsado por el Espíritu”295, profetizó presentando a Jesús como piedra de contradicción296. Se evoca veladamente la Pasión de Cristo, en la que participará también la Madre: “Y a tu misma alma la traspasará una espada”297. El tema de la “transfixión” del Mesías había sido profetizado varias veces en el Antiguo Testamento298. La exégesis ha relacionado este pasaje también con aquel otro de Ap. 12, 2–5. Aquí, la Pasión de Cristo, presentada como un nacimiento doloroso al que sigue inmediatamente la exaltación celeste del Mesías, es evocada sólo a partir de los sufrimientos atroces de su Madre. Es “la hora” de la Mujer, de la nueva Eva, que Jesús predice en Jn. 16, 21–22 aludiendo a “su hora” y recogiendo una imagen aplicada por el judaísmo a la tribulación previa al advenimiento del Reino Mesiánico. María es presentada así como la corredentora, pues con sus dolores299 alumbrará la salvación y vendrá a ser madre espiritual de todos los creyentes de la Iglesia, congregatio fidelium300. Veámoslo.

“Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer vestida de sol, y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas, la cual llevaba un hijo en su seno, y clamaba con dolores de parto y con la tortura de dar a luz”301. Aquí se atribuye esta situación de dolores a una mujer cuya dignidad participa de lo divino y celeste. De hecho, esta mujer, “dio a luz un hijo varón, destinado a regir todas las gentes con vara de hierro”302. Esta última expresión –que aparece también en Ps. 2, 9 y Ap. 19, 15– se refiere, sin duda alguna, al Mesías, aunque, por participación, en Ap. 2, 27 se atribuye a su vez al cristiano que permanece fiel hasta el final: “al que venciere y guardare hasta el final mis obras”303. En este texto es imposible no ver primariamente a la Iglesia. La identificación corresponde al sentido general del Apocalipsis, cuyo argumento de fondo es mostrarnos a Dios como rey del mundo, que dirige la historia y protege a la Iglesia en la persecución.

Por Iglesia hay que entender aquí a la de los dos testamentos. Así se comprende que en la figura de la mujer veamos primariamente el pueblo de Dios, tanto del Antiguo Testamento –el cual, a través de María, nos ha dado al Mesías– como del Pueblo de Dios del Nuevo Testamento, es decir, la Iglesia en sentido estricto, que sigue dando a luz nuevos hijos de Dios y que en sí y en esos hijos suyos es perseguida por el dragón. De ahí que sea conducida por Dios a la seguridad del desierto y protegida en él durante todo el tiempo de la persecución.

No obstante, es evidente que el texto posee un plano ulterior en el que la figura de la Mujer se refiere a María. El capítulo 12 del Apocalipsis tiene demasiados paralelismos con el capítulo 3 del Génesis para suponer que no se aluda a él, y, a través de él, a la figura de la nueva Eva, María. Nótense unos cuantos elementos paralelos: “La serpiente me ha seducido” (Gn. 3); “La serpiente antigua que seduce todo el mundo” (Ap. 12); “Pondré enemistad entre ti y la mujer” (Gn. 3); “El Dragón se puso a perseguir a la mujer” (Ap. 12); “Entre tu descendencia y la suya” (Gn. 3); “Y se fue a hacer guerra contra el resto de su descendencia” (Ap. 12); “Parirás con dolor los hijos” (Gn. 3); “Y clamaba con dolores del parto y con la tortura de dar a luz” (Ap. 12)304.

Salta, pues, a la vista que Ap. 12 está lleno de alusiones al Protoevangelio y a su contexto. Pero el sentido profundo del Protoevangelio no es primariamente eclesiológico sino mariológico. Todo esto nos obliga a pensar que Juan ha visto a la Iglesia en el capítulo 12 del Apocalipsis (sentido primario e inmediato del texto) con rasgos de María (sentido profundo del pasaje).

Los dolores de parto (versículo 2) aluden, pues, a la participación dolorosa de María en el paso de Jesús de esta tierra al Padre (nacimiento para el cielo), a sus dolores junto a la cruz del Hijo. Es allí donde María fue proclamada Madre de “los que guardan los preceptos de Dios y tienen el testimonio de Jesús”305, declarando así su maternidad espiritual con respecto a los fieles discípulos de Jesús. Por eso Juan es evocado –“ahí tienes a tu Madre”– en su condición de discípulo; todo discípulo debe acoger a María como Madre, en su intimidad306.

En efecto, la Maternidad virginal de María, aunque no sufrió en el nacimiento de Cristo, Cabeza de la Iglesia, comportó mayores dolores durante toda su vida, hasta el Calvario, donde “por un nuevo título de dolor y de gloria, quedó constituida en Madre de todos sus miembros”. La imagen apocalíptica se refiere, pues, a la Iglesia, acosada por satanás hasta el fin del mundo. Pero la Iglesia no excluye a María; más aún, es su reproducción: María es el “prototipo de la Iglesia” (Vaticano II), la “Madre de la Iglesia“ (Pablo VI)307.

Estamos aquí ante la “hora de la mujer”308, que coincide con la “hora de Jesús” a la que hace referencia en Caná (y con tanta frecuencia después). En el Evangelio de San Juan, “la hora de Jesús” es un término preciso con el que se designa el tiempo de la Pasión y Resurrección, por virtud de las cuales Jesús salva a la humanidad entera y pasa al Padre309. Por eso, “la hora de Jesús”, hasta Jn. 8, 20 inclusive, aparece como futura, y desde Jn. 12, 23, como una hora que ya ha llegado: “ha llegado la hora de la glorificación del Hijo del hombre (…) cum exaltatus fuero a terra omnia traham ad Meipsum”.

La aparente dureza de la respuesta de Jesús en Caná a la indicación de su Madre –“Mujer ¿qué a ti y a mí?”– se entiende a la luz de lo que dice a continuación, “aún no ha llegado mi hora”. Es “la hora de la glorificación del Hijo del hombre”310, que es el término temporal llegado al cual cesa la necesidad de que María se mantenga –durante el ministerio apostólico de Jesús– en un discreto segundo plano311. Llegada la “hora de Jesús”, María volverá a tener su puesto preeminente junto a Jesús en la obra universal de salvación y en la Iglesia que brota de esa obra.

Por eso Jesús le responde en Caná llamándola con el nombre que ya en el Protoevangelio la designa como “nueva Eva”, como en el Calvario y en el Apocalipsis312. Le está diciendo: Madre mía, ¿te he rehusado jamás algo? Ya llegará “la hora”, pero hoy no es todavía el día de la boda. Sin embargo, realiza su petición de cambiar el agua en vino, como figura, imagen de las bodas futuras del Cordero con su esposa la Iglesia. En Caná María se pone –ya mediadora– entre Jesús y… Adán y Eva, representados por los dos esposos. Habiendo aceptado ya toda la Pasión redentora, dueña del Corazón del Redentor, puede dirigirse a Jesús como verdadera dueña de la situación: “no tienen vino”.

La obra salvífica universal había comenzado en la Encarnación –esponsales de la alianza de Dios con el hombre–, en la que Jesús se hizo solidario con todos los hombres asumiendo una naturaleza humana, y en la que comenzó a construirse el gran organismo de salvación –el Cuerpo Místico de Cristo– por incorporación al cual pueden salvarse todos los hombres. En esa obra, ya en su comienzo, María había tenido parte activa y había colaborado con su fiat al anuncio del ángel313; por eso María estará de nuevo activamente presente junto a la cruz de Jesús314, y en el origen de la Iglesia –constituida como Esposa de Cristo adquirida en la Cruz– al ratificar el fiat de Nazaret con el del Calvario, asociándose así a la ofrenda del Sacrificio y aportando su propia “transfixión” como víctima de reconciliación.

Se comprende así no sólo la reaparición de María junto a la cruz del Señor315 una vez llegada la “hora de Jesús”, sino también su presencia entre los Apóstoles, reunidos en oración, en Pentecostés316. “Como fruto de la Cruz, se derrama el Espíritu Santo”317, “Señor y dador de vida” que vivifica el templo de la nueva Jerusalén según el Espíritu, que es nuestra Madre318. La Iglesia, gestada quasi in oculto del costado abierto y de la espada de dolor de la Mujer, nace a la luz pública –por obra del Espíritu– de su maternidad, que se ejerce en el seno de la Iglesia peregrina hasta el nacimiento a la gloria de cada uno de sus hijos. La presencia de María en la Iglesia naciente se prolongará a lo largo de su historia. “La hora de Jesús” ya ha llegado, y no va a pasar hasta la consumación de los tiempos319, en íntima asociación con su Madre en el misterio de su mediación materna; Mediadora en el Mediador para la donación del Espíritu Santo a la Iglesia hasta la consumación del Reino320.

El signo grandioso que aparece en el cielo –Apocalipsis 12– cumple la promesa hecha en el Génesis 3. Los dos textos se corresponden punto por punto como para “recapitular” toda la obra salvífica de Dios –la historia de la salvación– desde el comienzo (Alpha) hasta el fin (Omega)321 en el corazón de la nueva Eva, Madre del Salvador y Madre de la Iglesia, instrumento universal de salvación en su fase histórica hasta la plenitud escatológica del Reino. A título de Esposa, la Iglesia se hace un sólo Cuerpo con su Esposo Cristo, en la fuerza del Espíritu que lo habita como un templo. Así es como la estirpe de la Mujer (el Cristo total) es “pueblo de conquista”, “sacerdocio real”, para pregonar las excelencias del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable”322.

4. Conclusión

La imagen de la Mujer en el Protoevangelio alude, precisamente, al “misterio”323 más íntimo de la Iglesia, verdadera razón formal de su existencia, como culminación que es del misterio de la “alianza”. Se trata siempre de la voluntad divina de no salvar a los hombres sino asociándolos, a título de instrumentos libres, a la obra de la salvación, propia y ajena, para que todos cooperaran con Dios –para decirlo con la conocida formulación de la Encíclica de Pio XII Mystici Corporis– a comunicarse mutuamente los frutos de la Redención: “No por necesidad, sino a mayor gloria de su Esposa inmaculada”324. Tal es la ley de la alianza nupcial de Dios con los hombres, preparada y proféticamente prefigurada en la antigua alianza con Israel, y realizada en la nueva y definitiva alianza en Jesucristo, en las tres fases o momentos que distingue la tradición de los Padres: esponsales en la Encarnación, bodas en el Calvario –en el misterio Pascual325– y consumación de las bodas en el misterio eucarístico, fuente de toda la vida sobrenatural del Cuerpo místico326, como prenda y anticipación sacramental de las bodas del Cordero con la Esposa que desciende del Cielo, la nueva Jerusalén escatológica del Reino consumado327.

“La alianza” de Dios con el hombre ha sido considerada como la categoría clave y la síntesis de toda la Historia de la salvación, expresada en la aportación de la Esposa, mediadora partícipe de la plenitud de mediación del Esposo, en la comunicación salvífica de la Historia de aquella plenitud de verdad y de vida que nos ha merecido en la Cruz. Una plenitud de mediación y de gracia de Cristo Cabeza, participada por María en el misterio de su mediación materna, y por la Iglesia en el misterio de su mediación sacerdotal, en la cual se ejerce aquella materna mediación, y cuya raíz última está en la solidaridad de Cristo en virtud del fiat de la Encarnación, con todos los hombres llamados a ser hijos de Dios, partícipes de la Filiación del Unigénito del Padre, primogénito entre muchos hermanos328 en el seno maternal de la nueva Eva. María aceptó ser Madre del Redentor no como un instrumento pasivo sino con toda la libertad y generosidad de una fe viva que acepta cooperar a la obra de ese Salvador que se le anuncia como Hijo: el Verbo por quien todo fue hecho, que venía a recapitular en sí a todos los hombres, y a quienes se unió en radical solidaridad capacitándolos para aceptar libremente el don de la vida sobrenatural, fruto de su función salvadora que culmina en el Misterio Pascual. Sería un error interpretar aquella “unión, en cierto modo, con todo hombre”329, en virtud de la Encarnación, como una santificación pasiva por contagio.

La iniciativa es del Esposo. Pero la función de la Esposa no es meramente pasiva. Debe aportar “el don de la Esposa”, que propiamente no añade nada a la obra salvífica del Unus Mediator, pues de ella participa y muestra su necesidad. Con su sacrificio redentor, suscita una participación en su plenitud de Mediación y de Vida en la Esposa que adquiere en el trono triunfal de la Cruz, a la cual capacita –enriqueciéndola con dones jerárquicos y carismáticos– para tener parte en la obra de la Redención. De ahí la asociación de María como nueva Eva en la Obra de la Salvación y, de manera derivada, de la Iglesia, que participa en su misterio reflejando su imagen trascendente de mediación materna y de santidad inmaculada.

He aquí el misterio de la Iglesia contemplado en su fundamento radical, la Encarnación, en su constitución formal como Esposa y Cuerpo de Cristo –como instrumento maternal, cuasi sacramento de salvación universal de la humanidad rescatada en la Cruz salvadora– Y en su fin, la recapitulación de los hijos de Dios (los elegidos) dispersos por el pecado no se alcanzará hasta la plenitud escatológica del Reino330. Tal será el Cristo total consumado –formado por la estirpe espiritual de la Mujer–, el fin último de la creación que no puede ser frustrado por el pecado, pues éste fue permitido en virtud del decreto salvífico por el que sobreabundaría la gracia del Redentor, ya que “así como la voluntad de Dios es un acto y se llama mundo, así su intención es la salvación de los hombres y se llama Iglesia”, según la feliz fórmula de Clemente de Alejandría331.

En el siguiente capítulo tratamos la ejecución en el tiempo de ese plan providente de la sabiduría creadora de Dios que es la historia de la salvación, desde el alfa de los relatos del Génesis hasta el omega del Apocalipsis, cuando “juntamente con el género humano también la creación entera –que está íntimamente unida al hombre y por el hombre alcanza su fin–, será perfectamente renovada en Cristo”.(LG, 48).

CAPÍTULO VI

LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN COMO “INCARNATIO IN FIERI.

1. las dos manos del Padre en la historia de la salvación.



“Dios es Amor” (1 Jn 4, 16) significa que Dios es Dios, precisamente porque, desde toda la eternidad, el Padre genera en el amor, líbremente, al Hijo y, con el Hijo, espira al Espíritu Santo, vínculo de amor entre el Padre y el Hijo en la Familia Trinitaria332.

<<Dios ha querido comunicar libremente al hombre la gloria de su vida bienaventurada. Tal es el designio benevolente (Ef 1, 9) que concibió antes de la creación del mundo en su Hijo amado. Se despliega en la obra de la creación, en toda la historia de la salvación después de la caída, en las misiones del Hijo y del Espíritu, cuya prolongación es la misión de la Iglesia (Cf AG 2–9)>> (CEC, 257).

Dios creó el mundo en orden a la comunión en su vida trinitaria. Frustrado el plan originario de comunión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí (cf. CEC 761) comienza a realizarse el designio benevolente del Padre de reunir a los hijos de Dios dispersos por el pecado, Como reacción al caos, que el pecado provocó, envía al Hijo y al Espíritu (las "dos manos del Padre") para congregarlos en el pueblo de Dios Padre que es la Iglesia del Verbo encarnado unificada por el Espíritu. Es un proceso que abarca la historia entera de la salvación que culmina en la recapitulación de todos las cosas en Cristo por la fuerza del Espíritu.

La misión de una Persona divina se verifica –según la acertada formulación de J. M. Scheeben– en el hecho y mediante el hecho de que la criatura racional participa de la misma”; es decir, de la propiedad personal del Verbo y el Espíritu: la Filiación y el Amor subsistentes respectivamente. La irrenunciable premisa de la unidad de las operacionesad extra” de Dios, exige afirmar que es la Santísima Trinidad quien comunica ad extra la naturaleza divina, adoptándonos como hijos. Pero esta acción “ad extra”, que es la elevación sobrenatural, tiene un términoad intra” de Dios: la introducción en la Santísima Trinidad como hijos en el Hijo. Introducción que se realiza por el envío (misión invisible) de Espíritu Santo a nuestro espíritu. Que somos hijos de Dios por el Espíritu Santo –por el Hijo, de parte del Padre, como “fruto de la Cruz”–, no significa, pues, que el Paráclito sea causa eficiente de la filiación adoptiva (la causa eficiente es Dios Uno y Trino), sino que somos introducidos en la vida intratrinitaria como hijos en el Hijo –partícipes de su Filiación natural– por la participación en el Espíritu Santo, por la caridad; en la fraternidad de los hijos de Dios en Cristo que es la Iglesia, la familia de Dios (cfr. LG 5; GS 40b)333.

“Así como la voluntad de Dios es un acto que se llama mundo, su intención es la salvación de los hombres y se llama Iglesia” (Clemente de A., Pedagogo).

“En el Protoevangelio, primer anuncio de la victoria sobre el, sobre el pecado... se abre la perspectiva de toda la Revelación, primero como preparación del Evangelio y después como Evangelio mismo" (MD,11)334.

La palabra de la promesa del Protoevangelio (cfr. CEC 410) –el triunfo de la descendencia (en singular) de la Mujer sobre la antigua serpiente– se muestra operativa ya en el comienzo de la historia a las puertas del Paraíso, en atención a su pleno cumplimiento en Cristo, cuyo misterio comienza a irradiar salvíficamente –preparando los tiempos mesiánicos y anticipando sus frutos con una providencia de incesante cuidado del género humano–, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras” (Dv 3). Pero, no adquiere perceptibilidad histórica dicernible –a la luz de Cristo–, hasta la vocación de Abraham (Cfr. DV3, CEC 55-58).

<<La Promesa hecha a Abraham de una descendencia de la estirpe de Sara, la esteril, en la que serían benditos todos los pueblos, inaugura la Economía de la Salvación, al final de la cual el Hijo mismo asumirá "la imagen" (cf Jn 1, 14; Flp 2, 7) y la restaurará en "la semejanza" con el Padre volviéndole a dar la Gloria, el Espíritu "que da la vida>>. (CEC, 705).

Esta descendencia de Abraham –ya profetizada en el Protoevangelio– será Cristo (cf Ga 3, 16) <<en quien la efusión del Espíritu Santo formará "la unidad del los hijos de Dios dispersos" (vf Jn 11, 52) (en Cristo total escatológico, que es su pleroma). Comprometiéndose con juramento (cf Lc 1, 73), Dios se obliga ya al don de su Hijo Amado (cf Gn 22, 17-19; Rm 8, 32; Jn 3, 16) y al don del Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda... para redención del Pueblo de su posesión" (Ef 1, 13-14; cf Ga 3, 14)>>. (CEC, 705 y 706).

Después de la venida de Cristo a la historia no es un más allá de Cristo –como decíamos– en el sentido de un rebasamiento. Cristo resucitado es el centro de esa historia. Esta constituye únicamente el desenvolvimiento en la humanidad entera –y en el cosmos– de lo que primero fue consumado en El. En este sentido, Cristo, fin de la historia, es también centro de la historia, en la medida en que todo lo que le procede, desde las puertas del Paraíso prepara su venida –con la fuerza de su Espíritu que irradia desde la Cruz salvadora– y todo lo que le sigue emana de El, estableciendo progresivamene su Reino, que “eche fuera” al príncipe de este mundo” (Cfr. Jn 12, 31), a lo largo de la historia de la salvación que es una lucha dramática de la descendencia de la mujer con la antigua serpiente y las fuerzas del mal.



Cristo vino, envíado por su Padre con la fuerza del Espíritu, a “destruir las obras del diablo” (1 Jn 3, 8), para arrebatarnos de su poder tiránico y conducirnos al Reino del Hijo de su amor (Cfr. Col 1, 13). La dura batalla contra los poderes del las tinieblas, en un mundo que yace tras la caída, “bajo el poder del maligno”335 (1 Jn 5, 19), no concluirá hasta el último día (GS 37, 2). Pero Cristo ha vencido al maligno . Con ayuda de la gracia de Cristo, la victoria en el combate, asegurada al fin de la historia con el triunfo del Cordero (Cfr. Ap 20 y 21), se va haciendo efectiva con el concurso de su libertad humana en aquellos hombres –uno a uno– que aceptan el don salvífico de Dios en Jesucristo, hasta que se complete el número de los elegidos del Reino consumado.

2. las diversas fases –en su doble movimiento, descendente (de Dios al hombre) y de retorno (del hombre a Dios)– de la doble misión del Verbo y del Espíritu en la historia salvífica hasta su consumación final.

Son tres las fases de la realización del designio salvífico de Dios mediante la doble misión del Verbo y del Espíritu hasta su pleno cumplimiento escatológico en la recapitulación de todo en Cristo.

2.1.Preparación de la Encarnación.



<<Contra toda esperanza humana Dios promete a Abraham una descendencia, como fruto de la fe y del poder del Espíritu Santo (cf Gn 18, 1–15; Lc 1, 26–38. 54–55; Jn 1, 12–13; Rm 4, 16–21). En ella serán bendecidas todas las naciones de la tierra (cf Gn 12, 3). Esta descendencia –ya profetizada en el Protoevangelio– será Cristo /cf Ga 3, 16) en quién la efusión del Espíritu Santo formará "la unidad del los hijos de Dios dispersos" (Cfr. Jn 11, 52) (el Cristo total escatológico, que es su pleroma). Comprometiéndose con juramento (cf Lc 1, 73), Dios se obliga ya al don de su Hijo Amado (cf Gn 22, 17–19; Rm 8, 32; Jn 3, 16) y al don del Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda... para redención del Pueblo de su posesión" (Ef 1, 13–14; cf Ga 3, 14)>>. (CEC, 705 y 706).

En el Antiguo Testamento encontramos, en la historia del pueblo elegido, numerosas prefiguraciones cristológicas, y anuncios proféticos en los que manifestaban y contribuían a hacer salvíficamente presente al Verbo en el Espíritu –a veces de modo visible, en numerosas teofanías–, de lo que se manifestará plenamente cuando el Verbo de Dios venga en carne mortal por obra del Espíritu Santo que será dado en la plenitud de los tiempos escatológicos. Este movimiento descendente de la doble misión, disponía –e interpelaba a la libertad creada, que puede negarse– al retorno salvífico del hombre a Dios por la gracia de Cristo que obra por anticipación en virtud de la esperanza en el advenimiento del Mesías prometido. La Encarnación no es más que la forma suprema de esa condescendencia de Dios que se autocomunica progresivamente al hombre caído. En cierto modo –como dice Danielou– el Antiguo Testamento representa ya la Encarnación antes de la Encarnación336. Los hechos de la vida de Cristo son la continuación, de forma más perfecta y definitiva, de las grandes obras de Dios en el Antiguo Testamento. Antiguo y Nuevo Testamento son las etapas sucesivas de un mismo designio de Dios en las cuales se manifiestan “las mismas costumbres” de Dios –según la antigua tradición patrística que se remonta a San Ireneo–, se hacen presentes el Verbo y el Espíritu con perceptibilidad históricamente discernible (a la luz –por supuesto– del Nuevo Testamento).

La profecía nos muestra en los acontecimientos mesiánicos escatológicos la continuación de las grandes obras de Dios en el Antiguo Testamento que los prefiguran tipológicamente. Hechos y palabras proféticas en unidad estructural, significan y contienen el misterio de la salvación del hombre por la autocomunicación de Dios por el Verbo en el Espíritu. No otra es la esencia de la divina Revelación (Cfr DV, 1). Por consiguiente, figuras y profecías se articulan y complementan entre sí. La profecía aporta a la tipología su justificación. No sólo tiene por objeto anunciar los acontecimientos escatológicos, sino que indica que dichos acontecimientos serán la continuación y realización plenaria de las acciones salvíficas de Dios en la historia pasada de Israel, que culminan en la Encarnación redentora, cuya eficacia salvífica anticipan.

La Encarnación del Verbo por obra del Espíritu (las dos manos del Padre) es para S. Ireneo la ley de la historia de la Salvación en su integridad. Esta es concebida por él como un progresivo acercamiento de Dios al hombre en el Espíritu por el Verbo, y del hombre a Dios en el Verbo por el Espíritu, en una proximidad que alcanza su perfección en el Hombre–Dios y se actúa desde el principio por anticipación del misterio pascual. En realidad, comienza con la creación ordenada a esta finalidad337. Si en el Antiguo Testamento Dios se acostumbra al hombre, también éste se habitúa a Dios (movimiento salvífico de retorno a Dios de la humanidad caída. Hay a un tiempo “descenso” de Dios al hombre y “ascenso” del hombre a Dios. Este ascenso del hombre consiste en su educación por el Verbo, que le habitúa a sus costumbres, al igual que El se habitúa a las de la criatura. (Tal es el sugerente y genial lenguaje de S. Ireneo. Cfr. CEC 53).

a. Movimiento descendente




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