El misterio de los orígenes



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5. Naturaleza del pecado original

En la narración de Gn. 3, aparece claro que el pecado de Adán y Eva fue una desobediencia a un mandato divino dado en los orígenes, en el Paraíso. Pero ¿cuál fue la naturaleza de este pecado? ¿Hay que mantener que el pecado original consistió en la comida de un fruto vegetal? Sea lo que fuere de ello no es lo esencial. La creencia vulgar de que fuera una manzana, se funda posiblemente en una palabra del libro del Cantar de los Cantares. Tampoco tiene mayor fundamento que fuera una higuera, por el hecho de que después se cubriera con sus hojas la desnudez de nuestros primeros padres.

Santo Tomás opina que se trata esencialmente de un pecado de orgullo, aunque no han faltado otras interpretaciones que hacen consistir el pecado original en un pecado sexual, o incluso de hechicería o magia. De todas formas, ni la desobediencia, ni el orgullo constituyen la última raíz del pecado de los orígenes.

En efecto, en todo pecado grave se da en primer término una crisis de fe, acompañada del deterioro de la esperanza y del amor, junto con la aparición de la soberbia que acaba en la práctica de la desobediencia. Parece metafísicamente anterior la crisis en las virtudes teologales que la aparición de la soberbia, de modo parecido a como el agujero en la pared es previo a la entrada del clavo, si bien ambas acciones son simúltaneas física y temporalmente hablando187. Pero como leemos en la Sabiduría de Sirac: “El comienzo de todo pecado es la soberbia, y el comienzo de la soberbia es el alejamiento de Dios”188. San Agustín comenta que la corrupción de costumbres es una consecuencia de la impiedad, como afirma San Pablo en el comienzo de la Carta a los Romanos, por no tener el corazón puesto en Dios. Tal sería, según Santo Tomás, el principio de malicia de la voluntad189.

Por eso, el tentador “procura poner a Dios en estado de sospecha” –según la conocida expresión de la Encíclica Dominum et Vivificantem– para lograr así apartar el corazón humano de Dios, por desatención culpable a “Aquél que es el sólo Bueno”, induciéndole a dudar de su palabra, lo cual afecta a la virtud de la fe. Luego viene la crisis del amor. Dios dice tal cosa no por amor al hombre, sino para mantener unas prerrogativas que no quiere compartir con el hombre. Y, finalmente, la crisis de la esperanza: el hombre confía no ya en Dios, sino en lo que él decide con sus propias luces y fuerzas naturales”190.

Sobre este punto no es otra la doctrina del Catecismo de la Iglesia Católica: “El hombre tentado por el diablo dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador (cfr. Gn. 3, 1–11) y, abusando de su libertad, desobedeció al mandato de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre (cfr. Rom. 5, 19). En adelante todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad”191.

La misma doctrina aparece profundamente expuesta en la Encíclica Dominum et Vivificantem (n. 33): “Esta desobediencia originaria presupone el rechazo, por lo menos el alejamiento, de la verdad contenida en la Palabra de Dios que crea el mundo. Esta Palabra es el mismo Verbo (…). Cuando Jesús, la víspera de su pasión, habla del pecado de los que “no creen en Él“, en estas palabras suyas llenas de dolor, encontramos como un eco lejano de aquel pecado, que en su forma originaria se inserta oscuramente en el misterio mismo de la creación (…). La “desobediencia“, en el misterio del principio, presupone en cierto modo la misma “no fe“, aquel mismo “no creyeron“ que volverá a repetirse en el misterio pascual (…). Por tanto, en la raíz del pecado humano está la mentira como radical rechazo de la verdad contenida en el Verbo del Padre”.

El pecado de origen afectó a toda la humanidad. “El primer ser humano (hombre o mujer) recibió, en efecto, de Dios la gracia santificante no sólo para sí mismo, sino en cuanto cabeza de la humanidad, para todos sus descendientes. Así, pues, con el pecado que lo estableció en una situación de conflicto con Dios, perdió la gracia (cayó en desgracia), incluso en la perspectiva de la herencia para sus descendientes. En esta privación de la gracia, añadida a la naturaleza, se sitúa la esencia del pecado original como herencia de los primeros padres, según la enseñanza de la Iglesia, basada en la Revelación192. Dios no cometió injusticia porque la alianza originaria con el hombre para elevarle a la íntima comunión de amor con la Trinidad es un don gratuito ofrecido a la libertad que trasciende cualquier naturaleza (creada o creable) que –si no es rechazada– hubría sido transmitida por generación. El pecado personal de los orígenes frustró el plan originario de Dios. Lo permitió Dios teniendo previsto el remedio en el designio misericordioso del Padre de la historia salvífica, que culmina en la Encarnación redentora del Verbo en el Espíritu, para restaurar la vida sobrenatural perdida en el árbol de la ciencia del bien y del mal en el árbol de la Cruz. Será el tema del capítulo V. Sobre la naturaleza de este pecado originado –como estado de privación de la gracia que se transmite por generación–, se tratará en el capítulo siguiente.

CAPÍTULO IV

PECADO ORIGINAL Y ESTRUCTURAS DE PECADO. NATURALEZA Y CONSECUENCIAS DEL PECADO ORIGINAL ORIGINADO

1. Carácter hereditario y universalidad de la transmisión del pecado original

En el capítulo anterior tratamos del pecado de origen según la descripción contenida en el relato yahwista de Gn. 3, en la perspectiva de la transgresión personal de nuestros primeros padres, que desobedecieron al mandato de Yahwéh, y de las consecuencias punitivas que se deducen de la sentencia que sigue al diálogo que con ellos mantiene.

He aquí el resumen que nos ofrece el nuevo Catecismo de tales consecuencias: “La Escritura muestra las consecuencias dramáticas de esta primera desobediencia. Adán y Eva pierden inmediatamente la gracia de santidad original (cfr. Rom. 3, 23). Tienen miedo del Dios (cfr. Gn. 3, 9–10) de quien han concebido una falsa imagen, la de un Dios celoso de sus prerrogativas (cfr. Gn. 3, 5). La armonía en la que se encontraban, establecida gracias a la justicia original, queda destruida; el dominio de la facultades espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra (cfr. Gn. 3, 7); la unión entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones (cfr. Gn. 3, 11–13); sus relaciones estarán marcadas por el deseo y el dominio (cfr. Gn. 3, 16). La armonía con la creación se rompe; la creación visible se hace para el hombre extraña y hostil (cfr. Gn. 3, 17–19). A causa del hombre, la creación es sometida “a la servidumbre de la corrupción” (Rom. 8, 21). Por fin, la consecuencia explícitamente anunciada para el caso de desobediencia (cfr. Gn. 2, 17), se realizará: el hombre “volverá al polvo del que fue formado” (Gn. 3, 19). La muerte hace su entrada en la historia de la humanidad (cfr. Rom. 5, 12)”193.

Se trata, pues, de una culpa personal de los primeros padres, que mereció esas justas penas, que les habían sido anunciadas. Pero, por difícil que sea de aceptar para la mentalidad dominante individualista, que rechaza como extraña y absurda la idea de una transmisión por herencia –vinculada a la decisión de uno que es cabeza de una estirpe, y no a la del sujeto interesado– de algo tan personal e intransferible como el pecado, la Revelación nos dice que a ella se une una condición de pecado que alcanza a toda la humanidad. La Tradición la llama “pecado original”, término que ha hecho suyo el Magisterio. En realidad el término no aparece en la Escritura, que no ofrece –como es sabido– nociones abstractas, sino hechos, junto con palabras proféticas que descubren su misterio194.

Como observa Ratzinger: “El texto bíblico nos dice: el pecado engendra pecado y así todos los pecados de la historia dependen de una misteriosa herencia. Para este hecho la Teología ha encontrado la palabra, seguramente mal comprendida e imprecisa, de pecado original”195. El pecado se propaga como un incendio en el bosque y pasa de una generación a otra. De este modo se aproxima a la doctrina del pecado original hereditario que va a explicitar S. Pablo196.

a Como enseña Juan Pablo II en su catequesis sobre el transfondo de Gn. 3, la Biblia describe en los siguientes capítulos del Génesis, y en otros libros, una auténtica “invasión“ del pecado, que inunda el mundo, como consecuencia del pecado de Adán, contagiando con una especie de infección universal a la humanidad entera197.

Ya en Gn. 4 leemos el fratricidio realizado por Caín en Abel su hermano menor. Y en el capítulo 6 se habla de la corrupción universal a causa del pecado: “Vio Yahwéh cuánto había crecido la maldad del hombre sobre la tierra y que su corazón no tramaba sino aviesos designios todo el día, pues toda carne había corrompido su camino sobre la tierra”. La consecuencia de aquella corrupción universal fue el diluvio en los tiempos de Noé198. En el Génesis se alude también a la torre de Babel, que se convirtió –contra la intenciones de sus constructores– en ocasión de dispersión para los hombres y de confusión de lenguas. (Aquí el pecado se manifiesta no una acción que se dirige claramente “contra“ Dios, sino más bien como un actuar “sin Dios“, como si Dios no existiese; es pretender ignorarlo, prescindir de Él, para exaltar en su lugar el poder del hombre, que se considera así ilimitado)199. “Testimonios semejantes los hallamos en el Yahwista, algunos profetas, salmistas, el escrito sacerdotal, Job, Eclesiastés, Eclesiástico, los apócrifos y los rabinos”200.

En cada uno de los casos, esta condición universal de pecado es relacionada con el hecho de que el hombre vuelve la espalda a Dios. San Pablo, en la Carta a los Romanos, habla con elocuencia singular de este tema: “Y como no procuraron conocer a Dios, Dios los entregó a su réprobo sentir, que los lleva a cometer torpezas, y a llenarse de toda injusticia”. Y sigue una descripción minuciosa de la “situación de pecado“ en la época en que nació la Iglesia. Los primeros cristianos afrontaron aquella situación con valentía y firmeza, logrando obtener un cambio radical de costumbres. En amplios estratos de la población, especialmente en determinadas naciones, se sienten aún la benéfica herencia de aquella primera evangelización.

En los tiempos en que vivimos, es sintomático encontrar una descripción, parecida a la de San Pablo, del actual neopaganismo –reflejo de la apostasía de las viejas naciones cristianas, necesitadas de nueva evangelización– en la Constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II: “Cuanto atenta a la vida –homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia– (…), todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes, degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador”201. Añade Juan Pablo II: “La presencia de estos hechos es una dolorosa y tremenda prueba más de aquella “infección“ de la naturaleza humana, cual se deduce de la Biblia y la enseña el Magisterio de la Iglesia”202.

b. Desde este contexto bíblico, se pueden entender las palabras de Jesús sobre la “dureza de corazón“. San Pablo la concibe principalmente como debilidad moral, es más, como una especie de incapacidad para hacer el bien: “No pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago (…). Porque el querer el bien está en mí, pero el hacerlo no (…). Queriendo hacer el bien, es el mal el que se me apega”203. Palabras que, como se ha señalado muchas veces, presentan una interesante analogía con aquellas otras de Ovidio: Video meliora proboque, deteriora sequor204.

c. Pero la Sagrada Escritura no sólo nos enseña a buscar la raíz del pecado en el corazón del hombre, sino que la presenta como un mal congénito y hereditario, con especial fuerza en algunos pasajes que cita el Papa en otra catequesis. Recuerda aquellas dolorosas preguntas de Job: “¿Podrá el hombre presentarse como justo ante Dios? ¿Será puro el varón ante su Hacedor? ¿Quién podrá sacar pureza de lo impuro? ¿Qué es el hombre para creerse puro, para decirse justo el nacido de mujer?”205. Y la otra pregunta, semejante a ésta, del libro de los Proverbios: “¿Quién podrá decir: he limpiado mi corazón, estoy libre de pecado?”206.

El mismo grito resuena en los salmos: “No llames (Señor) a juicio a tu siervo, pues ningún hombre vivo es inocente frente a Ti”207. “Los impíos se han desviado desde el seno (materno); los mentirosos se han extraviado desde el vientre”208. “Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre”. De tal modo que el hombre “concebido“ en el pecado se ve impulsado a gritar a Dios: “Oh Dios, crea en mi un corazón puro”209.

Todos estos textos indican una continuidad de sentimientos y de ideas en el Antiguo Testamento y, como mínimo, plantean el difícil problema del origen de la condición universal del pecado, que ya la tradición judía –que recibe S. Pablo– había interpretado como herencia del pecado de Adán.

d. El Catecismo, después de ofrecer un breve resumen de esa invasión de pecado que inunda el mundo atestiguada por la Escritura y la Tradición de la Iglesia, cita el conocido texto de la Gaudium et Spes: “Lo que la revelación divina nos enseña, coincide con la misma experiencia. Pues el hombre, al examinar su corazón, se descubre también inclinado al mal e inmerso en muchos males que no pueden proceder de su Creador, que es bueno. Negándose con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompió además el orden debido con respecto a su fin último y, al mismo tiempo, toda su ordenación en relación consigo mismo, con todos los otros hombres y con todas las cosas creadas”210. Por eso la enseñanza de la Iglesia sobre el pecado original puede manifestarse sumamente preciosa también para el hombre actual, el cual, tras rechazar el dato de la fe en esta materia, no logra explicarse los subterfugios misteriosos y angustiosos del mal, que experimenta diariamente, y acaba oscilando entre un optimismo expeditivo e irresponsable, y un radical y desesperado pesimismo211.

2. El paralelismo antitético Adán–Cristo. La teología paulina, fundamento de la enseñanza de la Iglesia sobre el pecado original–originado.

El Magisterio de la Iglesia se ha apoyado en la afirmación paulina de la Carta a los Romanos, según la cual el pecado de Adán ha pasado a todos sus descendientes.

“Siguiendo a S. Pablo la Iglesia ha enseñado siempre que la inmensa miseria que oprime a los hombres y su inclinación al mal y a la muerte no son comprensibles sin su conexión con el pecado de Adán y con el hecho de que nos ha transmitido un pecado con que todos nacemos afectados y que es muerte del alma (Concilio de Trento, Dz. 1512). Por esta certeza de fe, la Iglesia concede el Bautismo para la remisión de los pecados incluso a los niños que no han cometido pecado personal (Concilio de Trento, Dz. 1514). Todos los hombres están implicados en el pecado de Adán. S. Pablo lo afirma: “Por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores (Rom. 5,19)”212.

“A la universalidad del pecado y de la muerte, el apóstol opone la universalidad de la salvación en Cristo: “Como el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia de uno solo (la de Cristo) procura a todos una justificación que da la vida“ (Rom. 5, 18)”213.

San Pablo se mueve en la tradición judaica –aceptada por la cristiana– de que el pecado de Adán se transmite a sus descendientes: se hereda; algo así como el que hereda una enfermedad. “Por tanto, así como por medio de un hombre entró el pecado en el mundo, y a través del pecado la muerte, y de esta forma la muerte llegó a todos los hombres, porque todos pecaron (…)”.

El Papa Juan Pablo II resume el estado actual de la exégesis de este texto de Rom. 5, 12–13: “En el original griego se lee: efh’ho pantes hérmaton, expresión que en la antigua Vulgata latina se traducía: in quo omnes peccaverunt, es decir, “en el cual (en él sólo) todos pecaron“; sin embargo los griegos, ya desde el principio, entendían claramente lo que la Vulgata traduce in quo como un “a causa de“ o “porque“, sentido tan aceptado comúnmente en las traducciones modernas. Sin embargo, esta diversidad de interpretaciones de la expresión éf’oh no cambia la verdad de fondo contenida en el texto de San Pablo; es decir, que el pecado de Adán (de los progenitores) ha tenido consecuencias para todos los hombres (...) Así, pues, San Pablo vincula la situación de pecado de toda la humanidad con la culpa de Adán”.

“Pues, hasta la ley, había pecado en el mundo, pero no se puede acusar de pecado cuando no existe ley”214.

Debe entenderse, como es obvio, en el contexto de Rom. 2, en el sentido de que la Ley de Moisés “positiviza” la ley natural. Al estar promulgada una ley se facilita su conocimiento, de modo que quien la infringe es más gravemente reo. La ley mosaica no estaba hecha para que el hombre pecara, sino para facilitarle el cumplimiento de la ley natural. Pero tras la Ley el pecado humano se hizo mayor, pues era más libre su decisión de pecar, al ser más clara e inequívocamente conocida.

“Sin embargo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre aquellos que no habían cometido una transgresión semejante a la de Adán, el cual es figura del que había de venir”215.

El paralelismo de Adán–Cristo es antitético: Adán es figura de Cristo por contraste. Cristo es el padre de una nueva humanidad que nace a la gracia por generación no carnal, sino espiritual: es la etapa de la humanidad redimida, a la que se accede por los méritos de Cristo, no por herencia de ninguna generación anterior.

“Es cierto que se introdujo la Ley para que el delito llegara al colmo; pero una vez que llegó al colmo el pecado, sobreabundó la gracia, para que, así como reinó el pecado por la muerte, así también reinase la gracia por medio de la justicia para la vida eterna, por Nuestro Señor Jesucristo”216.

S. Lyonnet comenta el texto paralelo de Rom. 7, 7 ss. (“Tomando ocasión el pecado por el precepto –que era en sí bueno– activó en mí toda concupiscencia, porque sin la ley el pecado está muerto (…). Me sedujo, como sedujo la serpiente a Eva, y por él me mató”), como un eco de la transgresión originaria de Gn. 3, del mandato de Yahwéh217. La enseñanza paulina es, en esencia, un alegato contra los judíos que pensaban que la ley otorgaba la vida. Su misión es proporcionar un conocimiento más claro del fondo concupiscente de nuestra naturaleza caída, pues con la transgresión esa “serpiente” en letargo (nekros) se levanta viva (ana ezesen) pues me seduce: es la tentación de esa tendencia al amor desordenado de sí mismo (amartía) personificado por la serpiente. Se trata, pues, de “la concupiscencia” que “del pecado procede y al pecado inclina”218: el fomes peccati. La ley se da, pues, para implorar la gracia redentora de Cristo, y ésta para cumplir la ley219. Por eso Sto. Tomás afirma que la ley nueva es la gracia del Espíritu Santo dada mediante la fe en Cristo”220.

La intención de San Pablo no es exponer de manera directa la doctrina del pecado original. Lo que le importa explicar es la salvación o justificación obrada por Cristo, esto es, la Redención. Ahora bien, para exponer la obra de la salvación parte del pecado original, sin el cual aquella no encuentra una posible explicación. Los dos acontecimientos históricos están estrechamente entrelazados. Los bienes sobrenaturales –no los naturales– no sólo se restablecen, sino que sobreabundan. Por eso, la liturgia de la Iglesia canta el “¡Oh feliz culpa que nos mereció tal Redentor!“.

3. Reflexión teológica sobre el misterio de la transmisión del pecado personal de Adán a sus descendientes

El nuevo catecismo cuestiona: “¿Cómo el pecado de Adán vino a ser pecado de todos sus descendientes? Todo el género humano es en Adán sicut unum corpus unius hominis (“como el cuerpo único de un único hombre”221). Por esta “unidad del género humano”, todos los hombres están implicados en el pecado de Adán, como todos están implicados en la justicia de Cristo. Sin embargo, la transmisión del pecado original es un misterio que no podemos comprender plenamente. Pero sabemos por la Revelación que Adán había recibido la santidad y la justicia originales no para él solo sino para toda la naturaleza humana: cediendo al tentador, Adán y Eva cometen un pecado personal, pero este pecado afecta a la naturaleza humana, que transmitirán en un estado caído (cfr. Concilio de Trento, Dz. 1511–1512). Es un pecado que será transmitido a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales. Por eso, el pecado original es llamado pecado de manera análoga: es un pecado contraído, no cometido, un estado y no un acto”222.

El hombre, en efecto, no es una mónada aislada. El Beato Josemaría Escrivá lo expresó en fórmula feliz: “No somos ninguno de nosotros un verso suelto, sino que formamos parte de un mismo poema épico, divino”223. Ningún hombre está encerrado en sí mismo, ninguno puede vivir sólo para sí y por sí (Cfr. anexo al cap. II). Como escribe acertadamente J. Ratzinger, recibimos la vida no sólo en el momento del nacimiento, sino todos los días desde fuera, desde el otro, desde aquel que no es mi Yo pero al que le pertenece. El hombre tiene su mismidad no sólo dentro de sí, sino también fuera: vive para aquéllos a los que ama; por aquéllos gracias a los cuales vive y por los cuales existe. El hombre es en relación y tiene su vida, a sí mismo, sólo como relación. Yo sólo no soy nada, sólo en el Tú soy Yo–mismo. Verdadero hombre significa estar en la relación del amor, del “por” y del “para”. Y pecado significa estorbar la relación o destruirla. El pecado es la negación de la relación porque quiere convertir a los hombres en Dios, (olvidando que Dios es todo lo contrario de autarquía solipsística: es, en su intimidad trinitaria, apertura y relación). El pecado es pérdida de la relación, que transforma el mundo y lo perturba. En este sentido escribe Juan Pablo II: “En virtud de una solidaridad humana tan misteriosa e imperceptible como real y concreta, el pecado de cada uno repercute en los demás. Es ésta la otra cara de aquella solidaridad que, a nivel religioso, se desarrolla en el misterio profundo y magnífico de la Comunión de los Santos, merced a la cual se ha podido decir que toda alma que se eleva, eleva el mundo. A esta ley de la elevación corresponde, por desgracia, la ley del descenso, de suerte que se puede hablar de una comunión del pecado, por la que un alma que se abaja por el pecado abaja consigo a la Iglesia y, en cierto modo, al mundo entero”224.

Por eso el pecado original no debe ser interpretado como mera transmisión biológica en una relación adventicia de dos individuos que, de suyo, están como aislados: “Hablar de transmisión es afirmar que nadie puede comenzar su existencia en un punto cero –como quería el idealismo alemán– sin relación con la historia. Todos vivimos dentro de unos vínculos que constituyen nuestra existencia concreta que es necesariamente ser–de, ser–con y ser–para. Nadie se halla en su estadio inicial sin relación alguna para realizarse a sí mismo y desplegar sus propias virtualidades”225. Pero todos esos vínculos están constituidos por la relación original a la cabeza de la estirpe que ha sido perturbada por la ruptura de la alianza con Dios de Adán y Eva provocada “al levantarse contra Dios pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios”226.




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