El misterio de los orígenes



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He aquí por qué “la doctrina del pecado original es, por así decirlo, “el reverso“ de la Buena Nueva de que Jesús es el Salvador de todos los hombres, que todos necesitan salvación, y que la salvación es ofrecida a todos gracias a Cristo. La Iglesia, que tiene el sentido de Cristo (cfr. 1 Cor. 2, 16), sabe bien que no se puede lesionar la revelación del pecado original sin atentar contra el Misterio de Cristo”170.

Debemos, por tanto, examinar la cuestión del origen del mal, fijando la mirada de nuestra fe en quien es su único vencedor (cfr. Lc. 11, 21–22; Jn. 16, 11; 1 Jn. 3, 8).

(Ya hicimos antes la observación de que el relato yahwista de Gn. 3, presenta la caída en la perspectiva del anuncio del Redentor en el Protoevangelio, a modo de una “teodicea”, o justificación de la permisión del mal por parte de Dios).

2. Tentación y caída.

“Constituido por Dios en la Justicia, el hombre, sin embargo, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia, levantándose contra Dios e intentando alcanzar su propio fin al margen de Dios”171.

“La serpiente era el más astuto de todos los animales (bestias) del campo, que había hecho el Señor Dios. Y dijo a la mujer: ¿Conque os ha mandado el Señor Dios que no comáis de ningún árbol del jardín? La mujer respondió a la serpiente: Podemos comer del fruto de los árboles del jardÌn; pero el fruto del árbol que está en medio del jardín, Dios nos mandó que no lo comiésemos, ni lo tocásemos, para que no muramos. La serpiente dijo a la mujer: No moriréis en modo alguno. Es que Dios sabe que el día que comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal. La mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno para comer, agradable a la vista y el árbol excelente para adquirir sabiduría. Y cogió de su fruto, comió y dio también a su marido, el cual comió” (Gn. 3, 1–6).

El texto nos muestra una verdad, que está más allá de nuestra comprensión, por medio sobre todo de dos grandes imágenes: la del jardín, a la que pertenece la imagen del árbol, y la de la serpiente. El jardín es imagen de un mundo que no es para el hombre una selva, ni un peligro, ni una amenaza, sino su patria, que lo mantiene a salvo, que lo nutre y los sostiene. Es expresión de un mundo que posee los rasgos del Espíritu, de un mundo que se ha hecho de acuerdo con el deseo del Creador, al que el hombre reconoce como un don, y lo construye para aquello para lo que ha sido creado, respetando las leyes de la creación172.

La imagen de la serpiente está tomada de los cultos orientales de la fecundidad, que constituyeron la tentación de Israel de abandonar la Alianza173.

“En la época en la que el relato del paraíso adquirió su forma literaria definitiva, era muy grande el peligro de que Israel sucumbiera a la proximidad, al sentido y al espíritu fascinante de aquellas religiones, y de que desapareciera y fuera olvidado el Dios, que parecía tan lejano, de la Promesa y de la Creación. Sobre la base de esta historia, que nosotros conocemos, por ejemplo, por los relatos del profeta Elías, se puede comprender mucho mejor este texto. “Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría“ (Gn. 3, 6). La serpiente, en aquella religiosidad, era el símbolo de la sabiduría, que domina al mundo, y de la fecundidad, con la que el hombre se sumerge en la corriente divina de la vida, para un momento saberse a sí mismo fundido con su fuerza divina. La serpiente es también el símbolo de la atracción que estas religiones significaban para Israel frente al misterio del Dios de la Alianza.

A través del culto de la fecundidad le habla la serpiente al hombre: no te aferres a ese Dios lejano, que no tiene nada que darte. No te acojas a esa Alianza que está tan distante y te impone tantas limitaciones. Sumérgete en la corriente de la vida, en su embriaguez y en su éxtasis, así tú mismo podrás participar de la realidad de la vida y de su inmortalidad.

“Como un reflejo de la tentación de Israel coloca la Sagrada Escritura la tentación de Adán, en realidad la esencia de la tentación y del pecado de todos los tiempos. La tentación no comienza con la negación de Dios, con la caída en un abierto ateísmo. La serpiente no niega a Dios; al contrario, comienza con una pregunta aparentemente razonable, que solicita información, pero que en realidad, contiene una suposición hacia la cual arrastra al hombre, lo lleva de la confianza a la desconfianza: ¿Podéis comer de todos los árboles del jardín? Lo primero no es la negación de Dios, sino la sospecha de su Alianza, de la comunidad de fe, de la oración, de los mandamientos en los que vivimos por el Dios de la Alianza. Queda muy claro aquí que, cuando se sospecha de la Alianza, se despierta la desconfianza, se conjura la libertad, y la obediencia a la Alianza es denunciada como una cadena, que nos separa de la auténticas promesas de la vida. Es tan fácil convencer al hombre de que esta Alianza no es un don ni un regalo, sino expresión de envidia frente al hombre, de que le roba su libertad y las cosas más preciables de la vida. Sospechando de la Alianza, el hombre se pone en peligro de construirse un mundo para sí mismo”174. El tentador trata de poner en la conciencia del hombre la duda, la semilla de la duda, presentando al Creador como un “usurpador“ y “enemigo“ del hombre, rehusando, por egoísmo, transferirle al hombre una ciencia que estaba a su alcance. De este modo, la verdad se troca en “mentira“ y, por ese camino, el hombre llega a buscarse y a amarse a sí mismo, olvidándose y despreciando a Dios. Amor sui usque ad contemptum Dei175.

He aquí cómo expone estas ideas Juan Pablo II: “En el relato del Génesis, bajo la apariencia de una trama irrelevante, a primera vista, se encuentra el problema fundamental del hombre, ligado a su misma condición de criatura: el hombre como ser racional debe dejarse guiar por la Verdad primera: sólo Dios es la fuente de todo ser, sólo Dios es la Verdad y Bondad absolutas, en quien se mide y desde quien se distingue el bien del mal. Sólo Dios es el Legislador eterno, de quien deriva cualquier ley en el mundo creado y, en particular, la ley de la naturaleza humana (lex naturae). El hombre, en cuanto criatura racional, conoce esta ley y debe dejarse guiar por ella en la propia conducta. No puede pretender establecer él mismo la ley moral, decidir por sí mismo lo que está bien y lo que está mal, independientemente del Creador”. No puede, ni el hombre ni ninguna otra criatura, ponerse en el lugar de Dios, atribuyéndose el dominio del orden moral, contra la constitución ontológica misma de la creación, que se refleja en la esfera psicológico–ética con los imperativos fundamentales de la conciencia y, en consecuencia, de la conducta humana.

El pecado humano es, en cierto sentido, el reflejo y la consecuencia del pecado ya ocurrido anteriormente en el mundo de los seres invisibles. “A este mundo pertenece el tentador, “la serpiente antigua“. En ellos había surgido la duda que, como dice Gn. 3, inyecta el tentador en los primeros padres. Ya antes, aquellos seres habían sospechado y habían acusado a Dios que, en cuanto Creador, es la sola fuente de la donación del bien a todas las criaturas y, especialmente, a las criaturas espirituales. Habían contestado la verdad de la existencia, que exige la subordinación total de la criatura al Creador. Esta verdad había sido suplantada por una soberbia originaria, que les había conducido a hacer de su propio espíritu el principio y la regla de la libertad. Ellos habían sido los primeros en pretender poder “ser conocedores del bien y el mal como Dios“, y se habían elegido a sí mismos en contra de Dios, en lugar de elegirse a sí mismos “en Dios“, según la existencia de su ser de criaturas: porque ¿Quién como Dios? Y el hombre, al ceder a las sugerencias del tentador, se hizo secuaz y cómplice de los espíritus rebeldes”176.

(Se ha observado que en un texto de la tradición yahwista aparece en el diálogo, contra lo que era de esperar, el nombre de Elohim. Probablemente es para evitar poner el nombre sagrado en boca de la serpiente, como ocurre en otros pasajes con los paganos).

El nuevo Catecismo de la Iglesia Católica resume espléndidamente todo lo dicho: <(Gn. 2, 17). El árbol del conocimiento del bien y del mal, evoca simbólicamente el límite infranqueable que el hombre en cuanto criatura debe reconocer libremente y respetar con confianza. El hombre depende del Creador, está sometido a las leyes de la Creación y a las normas morales que regulan el uso de la libertad>>177.

3. Diálogo de Yahwéh después de la caída (Gen. 3, 7–12

“Entonces se les abrieron a ambos los ojos y descubrieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores. Y cuando oyeron la voz de Yahwéh Dios que paseaba por el jardín a la hora de la brisa, el hombre y su mujer se escondieron por entre los árboles del jardín da la presencia de Yahwéh Dios. Pero Yahwéh Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás? Éste contestó: Oí tu voz en el jardín y tuve miedo porque estoy desnudo; y me escondí. Dios preguntó: ¿Quién te ha descubierto que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol que te prohibí comer? El hombre contestó: La mujer que me diste por compañera, ella me dio del árbol y comí” (Gn. 3, 1–12).

Dos intervenciones de la serpiente y una de la mujer fueron suficientes para inducir a la primera rebelión de la criatura humana contra Dios.

La serpiente le había prometido que sus ojos “se abrirían“. Y así fue; pero de un modo muy distinto a como pudo soñarlo Eva.

La ciencia prometida por la serpiente no apareció, pero sí la conciencia confusa todavía de su culpabilidad expresada en la desnudez. Es decir, la caída acarreó la pérdida de la inocencia original y del dominio sobre el instinto del sexo.

La concupiscencia aparece como consecuencia de la culpa y no como su causa. El equilibrio del estado de justicia original se desvanece con la caída; y así, el descubrimiento del significado esponsalicio del cuerpo, dejará de ser para ellos una simple realidad de la revelación y la gracia. Después del pecado aparecen la vergüenza y el pudor, y permanece este significado esponsalicio dentro del desorden propio de su naturaleza caída178.

Tras el pecado, al primer indicio de la proximidad de Yahwéh –sus pasos por el jardín–, Adán y Eva se esconden. Dios llama a los culpables. Se entabla un diálogo. Adán no responde directamente. Dios llama al hombre, no a la mujer. (En realidad Dios no tenía necesidad de buscar y llamar a Adán porque lo sabe todo. Una vez más apreciamos el estilo popular y artístico yahwista: nos presenta a Dios actuando como un hombre). Quiere obtener de Adán una confesión explícita de su pecado, para facilitar con su reconocimiento el arrepentimiento. Dios además es justo, y quiere que el hombre se dé perfecta cuenta de que su castigo no es arbitrario, sino justa retribución de la falta que ha cometido, cuya gravedad sólo puede ser conocida a la luz de la conversión que comienza por el reconocimiento sin el cual no puede haber arrepentimiento. Pero dada la honda unidad psicosomática del hombre, mientras el pecado no es “confesado” en la “encarnación” del pensamiento que es la palabra –llamándolo por su nombre– no puede ser reconocido. “Mientras callé consumíanse mis huesos, gimiendo durante todo el día. Confesaré mi pecado y no ocultaré mi iniquidad. Dije: confesaré a Yahwéh mi pecado, y Tú me perdonaste la culpa de mi pecado” (Ps. 32). “Llegue a mis oídos la grata noticia del perdón, y saltarán de júbilo mis huesos humillados” (Ps. 51) “Ahora te han visto mis ojos, por eso me retracto y hago penitencia sobre polvo y cenizas” (Job 42, 6). Sólo entonces pueden los hombres advertir la falsedad de la imagen de un Dios celoso de sus prerrogativas, enemigo del bien del hombre. Por eso tenían miedo: se ocultan de Dios porque han concebido una imagen falsa de Él179.

Observa Juan Pablo II que el padre de la mentira, presentando a Dios como un usurpador y enemigo del hombre, intenta inocular el germen de la ideología de la alienación. Esta palabra, con diversos matices en las diversas formulaciones, agnósticas, ateas, y antiteístas, indica la usurpación de lo que es la propiedad de otro. Todas ellas coinciden en considerar la religión como la forma fundamental de alienación, mediante la cual el hombre se deja expropiar. “Al crearse una idea de Dios, se aliena a sí mismo”, es expropiado de sí mismo, de su dignidad, de sus derechos. Observa el Papa: “Lo que lleva a la alienación del hombre es precisa y únicamente el pecado. Santo Tomás muestra que así como en cada acto moralmente bueno el hombre se hace mejor, así también en cada acto moralmente malo se hace peor” (Summ Theol. I–II, q. 55 c)180.

El pecado es, por lo tanto, no sólo “contra“ Dios, sino también contra el hombre. Tal como enseña el Concilio Vaticano II: “El pecado merma al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud“. Es ésta una verdad que no necesita probarse con elaboradas argumentaciones. Basta simplemente constatarla. Por lo demás, ¿no ofrecen quizás elocuente confirmación de esto tantas obras de la literatura, del cine, del teatro?

En ellas el hombre aparece debilitado, confundido, privado de un centro interior, enfurecido contra sí y contra los otros, dominado por no–valores, esperando a alguien que nunca llega, casi con la experiencia del hecho de que, una vez perdido el contacto con el Absoluto, acaba perdiéndose a sí mismo.

Por eso es suficiente referirse a la experiencia, tanto a la interior como a la histórico–social en sus distintas formas, para convencerse de que el pecado es una enorme fuerza destructora: destruye con virulencia engañosa e inexorable el bien de la convivencia entre los hombres y las sociedades humanas. Precisamente por eso se puede hablar justamente del pecado social181.

4. La sentencia de Yahwéh–Elohim (Gen. 3, 14–24)

“Dijo entonces el Señor Dios a la serpiente: Por cuanto hiciste esto, maldita seas entre todos los animales y bestias de la tierra: andarás arrastrándote sobre tu pecho, y tierra comerás todos los días de tu vida. Yo pondré enemistades entre ti y la mujer, y entre tu estirpe y la descendencia suya: ella quebrantará tu cabeza y tú andarás acechando su calcañar. Dijo asimismo a la mujer: Multiplicaré tus trabajos y miserias en tus preñeces: con dolor parirás los hijos y estarás bajo la potestad o mando de tu marido, y él te dominará. Y a Adán le dijo: Por cuanto has escuchado la voz de tu mujer, y comido del árbol que te mandé no comieses, maldita sea la tierra por tu causa: con grandes fatigas sacarás de ella el alimento en todo el discurso de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás de los frutos que den las hierbas o plantas de la tierra. Mediante el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a confundirte con la tierra de que fuiste formado: puesto que polvo eres y a ser polvo tornarás.

>>Y Adán puso a su mujer el nombre de Eva, esto es, Vida: atenta a que había de ser madre de todos los vivientes. Hizo también el Señor Dios a Adán y a su mujer unas túnicas de pieles y los vistió. Y dijo: Ved ahí a Adán que se ha hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; ahora, pues, echémosle de aquí, no sea que alargue su mano, y tome también del fruto del árbol de conservar la vida, y coma de él y viva para siempre. Y lo echó el Señor Dios del paraíso de deleites para que labrase la tierra de que fue formado. Y desterrado Adán, colocó Dios delante del paraíso de delicias un querubín con espada de fuego, el cual andaba alrededor para guardar el camino que conducía al árbol de la vida>>.

La sentencia tiene tres partes, cada una de ellas dirida a los tres protagonistas de la caída: la serpiente, la mujer y Adán.

Maldice primero a la serpiente, en orden inverso al del interrogatorio precedente. Con la doble imagen de “te arrastrarás por el suelo y comerás del polvo de la tierra” anuncia la derrota de satanás.

Se trata de expresiones significativas de la mayor humillación y ruina frecuentes en otros pasajes bíblicos (Ps. 72, 9; Miq. 7, 17; Js. 42, 23, etc.) y extrabíblicos. Es como un anticipo del anuncio del Protoevangelio en el versículo siguiente, que será comentado más adelante182 con la amplitud que merece este oráculo –justamente llamado la reina de las profecías, pues en un sólo versículo se haya contenida toda la historia del mundo–, en el que se anuncia la definitiva derrota de la serpiente. Su cabeza será aplastada en el árbol de la vida en la Pasión y muerte del Mesías, el nuevo Adán, anunciado como la descendencia de la Mujer, la nueva Eva. En El se daría cumplimiento la promesa hecha a Abraham, su padre según la carne, de retorno al Paraíso que anuncia –al final de revelación bíblica– el Apocalipsis de San Juan: los “nuevos cielos y la nueva tierra” que prefiguraba la promesa hecha a Abraham al comienzo de la historia –pública y oficial– de la salvación: la tierra de promisión de Canáan, que mana leche y miel.

A continuación se dirige a la mujer: “Con dolor parirás y hacia tu marido será tu tendencia y él te dominará”. La intención del hagiógrafo es aludir a las penalidades que afligen a la humanidad, mencionando los dolores del parto como especialmente intensos. Obviamente no se opone a la medicina paliativa. Aunque se lograsen evitar, nunca faltarían penalidades como signo y consecuencia del pecado.

Se menciona también el drama moral de la mujer: hacia su marido irá su apetencia, pero la triple concupiscencia romperá la armonía inicial prevista para la comunión conyugal, y la mujer será convertida con frecuencia en objeto de dominio y placer, sufriendo discriminación, como expone ampliamente Juan Pablo II en la carta Mulieris dignitatem (n. 11).

Por último, la sentencia recae sobre el varón. Por su causa será maldita la adamah, no en el sentido restringido de tierra de labor, sino en el genérico de la tierra entera (he ge, en la versión de los LXX), sometida a vanidad, en la esperanza de ser liberada de la corrupción (Rom. 8, 20. ss) en la restauración mesiánica, trocándose la maldición en bendición183.

La fatiga en el trabajo –“con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que tornes a la tierra que te dará espinas y cardos”– y la muerte –“polvo eres y al polvo volverás”–, la muerte como tal y la existencia sometida al miedo de la muerte184, aparecen como signos y consecuencias del pecado original. Juan Pablo II comenta así este versículo: “El pecado es sinónimo de muerte espiritual, porque por el pecado el hombre ha perdido la gracia santificante, fuente de la vida sobrenatural. Signo y consecuencia del pecado original es la muerte del cuerpo, tal como desde entonces la experimentan todos los hombres. El hombre ha sido creado por Dios para la inmortalidad: la muerte, que aparece como un trágico salto en el vacío, constituye la consecuencia del pecado, casi por una lógica suya inmanente, pero sobre todo por castigo de Dios. Esta es la enseñanza de la Revelación y esta es la fe de la Iglesia: sin el pecado el final de la prueba terrena no habría sido tan dramático”185.

Pero no faltan palabras de abierto consuelo que unen a la Justicia punitiva la misericordia. Al parto doloroso se une el anuncio alegre de la descendencia numerosa. “El hombre denominó a su mujer (a la que en el jardín había llamado Adán ishsháh –varona–, como procedente de su costado, con el nombre de Eva (Hawwah), por haber sido ella madre de todo viviente” (v. 21).

Asimismo, el detalle antropomórfico de vestirlos con túnicas de piel, es una defensa de su virginidad y algún remedio a la concupiscencia que desata el pecado (v. 21), al perder la inocencia original.

La sentencia divina concluye con unas palabras dichas por Dios como para Sí: “Ahí tenéis al que ha llegado a ser como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal” (v. 21). El plural como uno de nosotros no es en absoluto un rastro politeísta. Los Padres lo han interpretado como una alusión a la Trinidad, o quizás también a una conversación con los ángeles.

Al comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, “han conocido el bien y el mal, pues han tomado el lugar de Dios, estableciendo por su cuenta lo que está bien y lo que está mal”. Conocer significa, según una acepción frecuente en la Biblia, intimidad posesiva en la relación que dispone de otro, cuyo paradigma es la relación conyugal (así denominada eufemísticamente). Alude a la vana pretensión de “dominio creativo” de la libertad sobre lo bueno y lo malo, exclusivo del Creador, denunciada en la Veritatis Splendor, y que está implícita en todo pecado grave, no sólo en el original186.

Muchas veces se resume la respuesta de Dios al pecado de Adán y de Eva en el castigo inflingido a los culpables, diciendo que la mujer fue castigada con dolores de parto y el hombre con los sufrimientos de su trabajo. De hecho –lo acabamos de ver–, ya antes de formular estas sanciones Dios había enunciado la promesa de la salvación, en la declaración dirigida a la serpiente designada como el Protoevangelio: <
>. (Gn 3, 15).

Este anuncio de la victoria sobre la serpiente, es decir sobre Satanás, pone bien de manifiesto la primera intención de Dios en reacción conta la falta cometida. Se preocupa ante todo por la salvación de quienes le han ofendido y desea incluso asegurarles un destino superior al que tenían. En vez de reaccionar simplemente con una cólera vengativa, Dios se siente lleno de piedad por el hombre y la mujer, víctimas del pecado. No es ni mucho menos insensible ni indiferente por la ofensa cometida contra él. Se siente tanto más herido por la desobediencia humana cuanto más intenso es su amor. Pero es con este amor como él reacciona, abriendo a los culpables un camino de salvación. Incluso las sanciones que ha pronunciado tienen que entenderse dentro del marco de una benevolencia superior, que garantiza la victoria sobre el mal.

A la mujer que se había dejado seducir por la serpiente le opone inmediatamente otro rostro: el de la mujer enemiga del demonio y primera aliada de Dios. En esta mujer la Iglesia ha reconocido sobre todo los rasgos de la Virgen María, totalmente preservada de cualquier sumisión al espíritu del mal desde el primer momento de su existencia.

El linaje de la mujer, que aplastará la cabeza de la serpiente, nos hace vislumbrar la figura del Salvador, que obtendrá una victoria total sobre el enemigo de la humanidad.

Lejos de cerrar su coarzón de Padre a los hijos que le traicionan o se rebelan contra él, lo abre más ampliamente entregándoles a Aquel que él quiere por encima de todo, a su Hijo único. La ofensa suscitó en el Padre el don más profundo de su amor, el del Hijo entregado para la liberación de la humanidad que se había visto arrastrada toda ella al pecado por el drama de los orígenes.

Tras la sentencia, se narra la expulsión del paraíso “a trabajar el suelo de donde había sido tomado” (…). “Puso Dios un querubín de flameante espada para guardar el camino del árbol de la vida” (v. 24). Este gesto parece indicar que el árbol de la vida ya no se encuentra para el hombre caído en el huerto de las delicias.

En el contexto del Protoevangelio se abre aquí el horizonte de otro árbol de vida donde al término del camino que arranca del huerto de los olivos, aplastan la cabeza de la serpiente la mujer y su descendencia, venciendo así en el árbol de la Cruz al que había vencido en el árbol de la ciencia del bien y del mal plantado en medio del huerto de las delicias. Así lo veremos en el cap. V.




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