El misterio de los orígenes



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24 Una breve exposición del estado de la cuestión aparece en J. CHAPA (ed), Historia de los hombres y acciones de Dios. (La historia de la salvación en la Biblia). Madrid 2000. Cfr. cap.II, La creación, origen de la humanidad (por Santiago AUSIN) 32 ss.

Las hipótesis acerca de la formación del Pentateuco tienen una larga historia, que puede sintetizarse en tres etapas: hasta el siglo XVIII se mantuvo, con pequeñas discrepancias, que el autor material fue Moisés, siguiendo la atribución tradicional en el judaísmo y en el cristianismo; durante los siglos XVIII y XIX y gran parte del XX se vino hablando de documentos previos, capas redaccionales o tradiciones; de todas las hipótesis expuestas la que más acogida tuvo entre los estudiosos fue la de los cuatro documentos expuesta por J. Wellhausen: el Yahwista (J) redactado en el s. X. a. C. En el reino del ser (Judá), el Elohísta (E), en el reino del norte, perteneciente al s. IX aproximadamente, el Deuteronomista (D) redactado por la escuela de donde nació el Deuteronomio en su forma definitiva, a raiz del descubrimiento del libro en tiempos del rey Josías, que emprendió una reforma religiosa en la que fue decisivo el ministerio profético de Jeremías, poco antes del destierro (s. VII y VI a. C.); y el sacerdotal (P) correspondiente a la escuela sacerdotal inaugurada por Ezequiel durante el destierro (587–537 a. C.). La tercera y última etapa, en la que estamos, tiende a negar todo fundamento a la hipótesis documentaría y, aún dentro de las múltiples discrepancias, se muestra inclinada a ver en el Pentateuco una obra unitaria, que recoge no obstante, tradiciones antiguas y recientes. Habría sido compuesta hacia el siglo V a.C., durante la dominación persa. Con todo, se piensa que conserva la impronta muy marcada de las escuelas deuteronomistas y sacerdotal, si bien ha fundido perfectamente las tradiciones, de modo que es casi imposible deslindar lo que perteneció a una u otra escuela en anteriores fases redaccionales. En todas estas explicaciones se mantiene la autoridad de Moisés como punto de referencia de los cinco primeros libros del la Biblia. El proceso redaccional que ha conducido al texto canónico, sólo la Sabiduría providente de Dios la conoce en su proceso real, que todo lo ha dispuesto para que el texto canónico recibido por la tradición, como inspirado y regla de nuestra fe, quedase fijado. Cfr. S. AUSIN, La composición del Pentateuco. Estado actual de la investigación, en “Scripta Theologica” 23 (1991) 177–188.



25 <Génesis se encuentran dos “relatos“ de la creación. A juicio de los estudiosos de la Biblia, el segundo relato es el más antiguo, tiene carácter más figurativo y concreto, se dirige a Dios, se dirige a Dios llamándolo con el nombre de “Yahwéh“, y por este motivo se señala como “fuente yahvista“. El primer relato, posterior en cuanto al tiempo de composición, aparece más sistemático y más teológico; para designar a Dios recurre al término de “Elohim“. En él la obra de la creación se distribuye a lo largo de seis días. Puesto que el séptimo día se presenta como el día en que Dios descansa, los estudiosos han sacado la conclusión que este texto tuvo origen en ambiente sacerdotal y cultual>>. JUAN PABLO II, Audiencia general 29–1–1986.

26 RATZINGER, ibid., 36 ss. En la entrevista que le hizo V. MESSORI, publicada en la revista Jesus, decía –en este mismo sentido– que "la Evangelización ha liberado al Occidente cristiano del terror de los demonios, que está volviendo con fuerza". Criticando teorías tales como aquella del “cristianismo anónimo“, hace notar ahí que "no se trata de exaltar la condición precristiana, aquel tiempo de los ídolos, que era también el tiempo del miedo en un mundo en el que Dios está alejado y la tierra abandonada a los demonios. Como ya ocurrió en la cuenca del Mediterráneo en la época de los apóstoles, también en África el anuncio de Cristo, que puede vencer las fuerzas del mal, ha sido una experiencia de liberación del terror. El paganismo incontaminado e inocente, es uno de tantos mitos de la Edad Contemporánea. Por mucho que digan ciertos teólogos superficiales, el diablo es para la fe cristiana, una presencia misteriosa, pero real, personal, no simbólica. Y es una realidad poderosa, una maléfica libertad sobrehumana opuesta a la de Dios: como muestra una lectura realista de la historia, con su abismo de atrocidad siempre renovada, y no explicable sólo desde el hombre, que no tiene por sí mismo la fuerza de oponerse a Satanás (…). Diré más: la cultura atea del Occidente moderno, vive aún gracias a la liberación del miedo a los demonios aportada por el cristianismo. Pero si la luz redentora de Cristo se apagara, aún con toda su sabiduría y tecnología, el mundo recaería en el terror y la desesperación. Hay ya señales de retorno de estas fuerzas oscuras, mientras crecen en el mundo secularizado de los cultos satánicos (…). Hay algo de diabólico en el modo con que se explota el mercado de la pornografía y la droga; en la frialdad perversa con que se corrompe al hombre aprovechando su debilidad, su posibilidad de ser tentado y vencido. Es infernal una cultura que persuade a la gente de que los únicos fines de la vida son el placer y el interés privado". (Declaraciones a la revista Jesús, 1984).

27 Gen. 1, 1–2. Son muy atinadas las notas exegéticas de la nueva Sagrada Biblia de navarra, vol. I, cit.

28 “En el primer día, Dios crea la luz y la separa d la oscuridad que, por ser algo negativo –ausencia de luz– no es objeto de la creación. La luz se considera como una realidad en sí misma, prescindiendo del hecho de que la luz del día se deba al sol que será creado más adelante, el día cuarto. El que Dios ponga nombre a las cosas o, en este caso, a las situaciones producidas por la separación de unos elementos de otros, indica su absoluto dominio sobre ellos. Dios manda en el día y en la noche”. Ibid.

La tradición patrística lee en el sentido espiritual de la separación de la luz de las tinieblas, una alusión al drama originario de la caída de los ángeles de luz.



29 Comentario a la Sagrada Biblia, vol. 1, Univ. de Navarra, 1997, cit. 48.

30 S. AUSIN, La creación, origen de la humanidad, de próxima publicación. “Lo que Dios obró en la creación y lo que hizo por su pueblo en el éxodo de Egipto, encontró en la muerte y resurrección de Cristo su cumplimiento, aunque la realización definitiva se descubrirá sólo en la Parusía con su venida glorisa (...) A la luz del misterio de la resurrección de Cristo, el sentido del precepto veterotestamentario sobre el día del Señor es recuperado, integrado y revelado plenamente en la gloria que brilla en el rostro de Cristo resucitado. Del “sábado” se paso “al primer día después del sábado”; del séptimo día al primer día: el dies Domini se convierte en el dies Christi” (JUAN PABLO II, Carta apostólica Dies Domini, n. 18).

31 Cfr. JUAN PABLO II, Enc. Veritatis splendor, n. 41.

32 “Basta abrir la Sagrada Biblia por las primeras páginas, y allí se lee que –antes de que entrara el pecado en la humanidad y, como consecuencia de esa ofensa, la muerte y las penalidades y miserias (cf. Rm 5, 12)– Dios formó a Adán con el barro de la tierra, y creó para él y para su descendencia este mundo tan hermoso, ut operaretur et custodiret illum (Gn 2, 15), con el fin de que lo trabajara y lo custodiase” (B. Josemaría ESCRIVÁ, Amigos de Dios, n. 57).

33 Cfr. Prov. 8, 22–31 y Sir. 24, 13–29. En la literatura sapiencial se sugiere poco a poco una identificación entre la sabiduría y la palabra, la sabiduría ha salido de la boca del Altísimo y la vemos actuar en los orígenes de la creación: "Y dijo Dios". Esta Sabiduría–Palabra va tomando carácter personal en la revelación veterotestamentaria al hablarnos de su preexistencia eterna.

34 Cfr. J. RATZINGER, Creación y pecado, cit., p. 52. J. M. CASCIARO, J. M. MONFORTE, Dios, el mundo y el hombre en el mensaje de la Biblia, Pamplona 1992, 369.

35 Ibid., p. 52.

36 Sab. 9, 1.

37 Cfr. Gen. 1, 2.

38 Cfr. Sap. 11, 17; Prov. 8. Abundan las alusiones a la omnipotencia creadora de Dios en el libro de Job (cc. 38 y 39) y en los salmos, especialmente el 8 y el 104 (cfr. también Sal 33, 6–9; 74, 16; 95, 5; 102, 26; 119, 90; 146, 6), que son un bellísimo comentario poético del primer capítulo del libro del Génesis. Cfr. J. M. CASCIARO, J. M. MONFORTE, Dios, el mundo y el hombre en el mensaje de la Biblia, Pamplona 1992, 84–91. No desarrollo aquí el tema, de gran interés, de la creación en los libros sapienciales, por las razones ya expuestas en la Introducción. Pueden verse en esta obra y en la bibliografía básica ahí recogida.

39 2 Mac 7, 28, dice expresamente que Dios hace las cosas “no de lo que ya es” (de la nada: “Te suplico, hijo, que mirando el cielo y la tierra, y viendo todo lo que hay en ellos, sepas que Dios los ha hecho de la nada, y que lo mismo ocurre con la raza de los hombres”). Sab 11, 4, dice lo mismo con otras palabras: “Dios ha creado todas las cosas para que existan”. El mismo libro sapiencial dice poco después (Sap 11, 17) que Dios ha creado el mundo de una materia informe, aludiendo, evidentemente, a la creatio secunda, que pone orden al caos originario, creado de la nada (creatio prima, de la que poco antes había tratado en el v 14).

40 JUAN PABLO II, Audiencia general, 26–I, 2000, n. 3.

41 Cfr. Ap. 3, 14.

42 Cfr. Col. 1, 5.

43 Cfr. Heb. 1, 2.

44 Cfr. Jn. 1, 10.

45 Cfr. Col. 1, 15–16.

46 Cfr. Heb. 2, 8.

47 JUAN PABLO II, Audiencia general, 26–I–2000, n. 1.

48 Card. J. RATZINGER, Creación y pecado, cit., p. 39.

49 Cfr. CEC, nn. 280–282.

50 JUAN PABLO II, Audiencia general, 5–III–1986.

51 Cfr. J. FERRER ARELLANO, La misión conjunta del Verbo y del Espíritu como Incarnatio in fieri, en “Efemérides Marilogicae” 1998. Un resumen puede verse en la comunicación al Simposio int. de Teología de 1998 (Actas, Facultad de Teología de la Iniversidad de Navarra).

52 Cfr. Gen. 1, 2. "El Espíritu de Dios de cernía sobre las aguas primordiales". A la luz del Nuevo Testamento la tradición patrística descubre ahí una alusión al Espíritu Santo.

53 S. AGUNSTÍN, Confesiones, XIII, 7.

54 JUAN PABLO II, Audiencia general, 26–I–2000, n.4.

55 Cfr. Col. 1, 15, Heb. 1, 3.

56 JUAN PABLO II, Audiencia general, 5–III–1986.

57 CONCILIO VATICANO I: Dz. 3025. Cfr. CEC, n. 295.

58 JUAN PABLO II, Audiencia general, 12–III–1986.

59 JUAN PABLO II, Audiencia general, 26–I–2000, n. 1.

60 JUAN PABLO II, Audiencia general, 26–I–2000, n. 5.

61 Veritatis Splendor, n. 10.

62 CEC, n. 294.

63 Concilio Vaticano II, Decreto Ad Gentes, n. 2.

64 Cfr. J. M. CASCIARO – J.M. MONFORTE, Dios, el mundo y el hombre, Pamplona, 1992, p. 356.

65 Ibid., p. 351.

66 JUAN PABLO II, Discurso, 33–IV–1993; cfr. La interpretación bíblica de la Iglesia, 1993 en "Documentos Palabra" n. 448, 62.

67 Otros textos del Magisterio se pueden ver en CASCIARO – MONFORTE, Dios, el mundo y el hombre, cit., pp. 356 ss.

68 JUAN PABLO II, ibid., n. 9.

69 Cfr. Gen. 1, 1–2, 4a. Tengo presente para la redacción de este capítulo el excelente resumen que del Magisterio de Juan Pablo II, que ha elaborado Jorge Salinas (pro manuscripto), y las interesantes glosas sobre algunos aspectos de ese Magisterio que hace Blanca Castilla Cortázar.

70 Cfr. Col. 1, 15; 2 Cor. 4, 4; 1 Tes. 6, 16.

71 CEC, n. 357.

72 CEC, n. 2566.

73 JUAN PABLO II, Dominum et Vivificantem, n. 34.

74 JUAN PABLO II, Laborem exercens”, n. 4

75 Cfr. Gen. 2, 19–20.

76 JUAN PABLO II, Audiencia general, 9–IV–1986.

77 Gen. 9, 6; Sab. 2, 23; y Si. 17, 1, 3.

78 El hecho de que en la Biblia en el lenguaje usual hablemos de Dios en masculino se debe a influjos culturales y al enorme cuidado con el que la Biblia se quiere evitar el mínimo rastro de politeísmo que pudiera surgir al hablar de la divinidad en femenino, como ocurría en otras religiones. Dios trasciende la corporeidad y la sexualidad, y por eso mismo, tanto el varón, masculino, como la mujer, femenino,reflejan por igual su imagen y semejanza. Con esta afirmación del Génesis se proclama por primera vez en la historia, y atendiendo a lo fundamental, la igual dignidad del hombre y la mujer, en contraste con la infravaloración de la mujer, común en el mundo antiguo.

79 Gen. 1, 27.

80 Gen. 2, 23.

81 Gen. 2, 24.

82 Cfr. Gen. 2, 7.

83 Cfr. Gen. 2, 18–20.

84 Biblia de Navarra, cit., 54–55.

85 Sir. pág. 17, 1–2, 5–6.

86 Ps. 8, 5–7.

87 Cfr. Ps. 144/145, 21; Jl. 3, 1; Is. 66, 23; Jn. 1, 14.

88 Mt. 10, 28.

89 Buena prueba de la debilidad argumentativa de tales teólogos es el hecho de que el mismo Althaus, veintiocho años después de sus afirmaciones anteriormente reseñadas (es decir en 1950), se retractó abiertamente al reconocer que también la tradición semita de la Biblia adoptaba el "esquema dualista (mejor: dual)". Pero la siembra doctrinal ya estaba hecha, y no hubo manera de detener cristianas más arraigadas en el pueblo fiel y más básicas para la Fé católica. Cfr. el estudio sobre el tema de L. MATEO SECO, en “Scripta Theologica” XX (1980) 342 ss.

90 La carta del 79 evita el uso del término "persona" referido al alma separada. No lo evita porque ponga en duda que el alma separada sea sujeto de atribuciones, puesto que está claro que el alma separada es consciente y que goza de voluntad, sino porque "persona" según la tradición filosófica clásica, de la cual es testigo Santo Tomás, no sólo significa sujeto de atribuciones sino principalmente "aquello que es lo más perfecto de toda la naturaleza, es decir, lo que subsiste en la naturaleza racional". Y resulta obvio, como expresamente lo recuerda el Angélico, que el alma separada es algo imperfecto: "El alma separada es una parte de la naturaleza racional, es decir, humana, pero no es toda la naturaleza humana racional, y por ello, no es persona". (Cfr. infra, Anexo).

91 CEC, n. 357.

92 GS., 12, 3.

93 GS., 24, 3.

94 GS., 24, 3.

95 GS., 22, 1.

96 Cfr. 2 Cor. 4, 4.

97 Cfr. 2 Cor. 3, 18.

98 Cfr. JUAN PABLO II, Audiencia general, 9–IV–1986.

99 Cfr. Jn. 17, 21–22.

100 Cfr. GS., 24, 2.

101 Cfr. CEC, n. 362.

102 Cfr. CEC, n. 363.

103 Cfr. CEC, n. 365.

104 Cfr. PÍO XII, Enc. Humani Generis, 1950, Dz. 3896; PABLO VI, Credo del Pueblo de Dios (Profesión solemne de fe, de 1964), n. 8.

105 Cfr. CEC, n. 366.

106 Cfr. CEC, n. 364.

107 Cfr. Veritatis Splendor, n. 49; vid. también n. 50.

108 Cfr. CEC, n. 2333. Vid. también la Carta a las muJres, de JUAN PABLO II.

109 Cfr. JUAN PABLO II, Audiencia General, 23–IV–1986; y GS, 12.

110 Ibídem.

111 Cfr. Gen. 1, 28.

112 Cfr. CEC, n. 373.

113 Cfr. Mons. ALVARO DEL PORTILLO, Homilía pronunciada el 1–VI–1992, Romana, vol. VIII, n. 14, 1992, p. 98.

114 VV, AA. Derecho Canonico Pamplona 1977, 389.

115 Gen. 1, 27.

116 Gen. 2, 7–25.

117 Sobre este tema cfr. B. CASTILLA CORTÁZAR, "¿Fué creado el varón antes de la muJr?” Reflexiones en torno a la antropología de la creación, en Annales Theologici, Roma, vol. 6 (1992/2), pp. 319–366. Vid. para todo este apartado, entre otros escritos de la autora, el prólogo a JUAN PABLO II, Varón y muJr, Teología del cuerpo, Madrid, 1995.

118 Audiencia General, 7–XI–1979, n. 3.

119 Audiencia General, 14–XI–1979, n. 3.

120 Audiencia general, 9–I–1980, n. 6.

121 Audiencia general, 21–XI–1979, n. 1.

122 Audiencia general, 21–XI–1979, n. 2.

123 Audiencia general, 5–II–1980, n. 5.

124 Audiencia general, 16–I–1980, n. 4.

125 Audiencia general, 16–I–1980, n. 3.

126 Cfr. J. FERRER ARELLANO, La persona mística de la Iglesia de la Iglesia esposa del nuevo Adán, en Scripta theologica, XXVII (1995), 838 ss.

127 Según A. Stolz, la función del sacerdote será con respecto a la maternidad de la Iglesia entera, fecundar su seno materno: en cuanto fiel está –como cualquier otro– situado al lado de la Iglesia–esposa; pero en cuanto sacerdote es "sacramento viviente de Cristo" Esposo y Cabeza de la Iglesia que asegura –actuando en su nombre y con su autoridad, por el ministerio de la palabra y los sacramentos– el encuentro salvífico con los hombres en el seno fecundo de la Iglesia Esposa. Cfr. La persona mística, cit. 839.

El sujeto del sacerdocio ministerial, como "alter ego sacramental" de Cristo buen Pastor Esposo y Cabeza, debe ser por ello varón. La razón formal de su ministerio es asegurar (opus operatum) la presencia de Cristo Esposo y Cabeza en el sacramento universal de salvación que es la Iglesia–Esposa para fecundar su seno, la cual está llamada a cooperar (opus operantis) con el Esposo ejerciendo el sacerdocio universal de todos los "christi fideles".

Ejerce así su propio sacerdocio real –que en cuanto fiel, tiene en común con todos los miembros del pueblo de Dios– mediante el ofrecimiento de su propia existecia como hostia espiritual, que su propio ministerio une –haciéndolo grato a Dios y partícipe de su eficacia salvífica– al sacrificio pascual que renueva sacramentalmente como "Alter ego" de Cristo Cabeza.

Cf. Urs. VON BALTHASAR, New Klasterlungen, p.181 de la tradit. (cit. por JUAN PABLO II en la "Mulieris dignitatem". nt.55). El nuevo CEC (n.773) se hace eco del tema resumiendo MD 27



128 Vid. GS, n. 18.

129 J. FERRER ARELLANO, La persona mística de la Iglesia, cit. Cf. H. DE LUBAC, Meditation sobre la Iglesia, 1985 trad. esp., passim. H. MUHLEN, Una mystica persona, Padernborn 1964, que ve en esta categoría la descripción más perfecta de la Iglesia.

130 Juan Luis LORDA, Antropología del Concilio Vaticano II a Juan Pablo II, Madrid, Palabra 1996. 156 ss. Muestra el A. la profunda influencia que han ejercido –en los aspectos asumibles por la antropología metafísica de Sto. Tomás, pues con frecuencia esos autores no aúnan brillantez con profundidad y rigor metafísico (con excepciones, como Sta. Edith Stein)– tanto en los documentos de C. Vaticano II –especialmente en Gaudium et Spes y en el pensamiento de JUAN PABLO II, los filósofos del diálogo (F. EBNER, M. BUBER, E. LEVINAS), el personalismo francés (G. MARCEL, J. MARITAIN, E. MOUNIER, M. NÉNDONCELLE), y la fenomenología a través del círculo de Gotinge (A. Von REINACH, Th. CONRAD, E. MARTIUS, E, STEIN). Una buena exposición del pensamiento de JUAN PABLO II (Persona y acción, Amor y responsabilidad, etc), puede verse en la obra de ese mismo título de Rocco Bustiglione, traducida por Ed. Encuentro, Madrid 1990.

Mi personal posición sobre el tema de la persona la he expuesto en numerosas monografías, como: Persona y respectividad, en Actas del Congreso internacional mundial de Filosofía de México, 1963, XIII, 126–139; Fundamento ontológico de la persona, en Anuario Filosófico, 1994 (27), 893–922.; y especialmente en el libro de reciente aparición, Metafísica de la relación y de la alteridad, Pamplona 1998. Justifico ahí el gran valor de la obra de algunos pensadores personalistas españoles –como L. POLO, X. ZUBIRI, J. MARÍAS– de menor proyección internacional, pero, a mi modo de ver, de mayor rigor intelectual. Cf. A. GUY, La Philosophie espagnole, "Je sais, je crois", París, PUF, 1996, que también lo he advertido así, y se lamenta del empobrecedor chauvisnismo que aqueja a algunas áreas lingüísticas.




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