El misterio de los orígenes



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Asimismo, si no hay dirección teórica de la conducta, no hay ética. Lo que hacemos de un modo instintivo, sin darnos cuenta de ello (lo que se llaman los primo primi en teología moral, tentaciones en las que no fija uno la atención o los actos reflejos) no comporta responsabilidad.

También el arte tiene que ver con la inteligencia precisamente porque el arte es una precisa suspensión del carácter utilitario de la obra.

2.5 La trascendencia del hombre respecto a su especie, como fundamento de su dimensión ético–religiosa y de su condición familiar y social. Su finalización en el segundo Adán.

No hay una inteligencia común a la especie, porque la inteligencia no es corpórea. Por eso, la teoría de la evolución no puede explicarla, porque es una teoría– para explicar la especificación; la inteligencia no es propiedad especificante, ni específica, sino una dimensión vital que surge y se despliega en cada uno de modo personal e irreductible. Según la inteligencia, cada uno de nosotros es superior a la especie biológica humana. (Es la raíz, en el orden operativo, de la personalización, que radica –a su vez, en el orden constitutivo– en la subsistencia respectiva o coexistencial)168.

La inteligencia trasciende la especie. Por ser la inteligencia propia de cada ser humano, no se transmite genéticamente; el origen de la inteligencia es divino. Ahora bien, por ser el hombre un animal, es generado. La relación del padre y la madre con su hijo es un tipo de reproducción transido de sentido ético. La generación de un ser humano tiene una dimensión biológica inmediatamente trascendida: tanto los padres como el hijo son seres inteligentes. Las relaciones integrantes de la institución familiar son posibles por ello.

Se presenta así el hombre como un ser superior a su especie. Ser superior a su especie quiere decir, ante todo, que en él hay algo que es superior a su corporalidad viviente. La inteligencia es –observa L. Polo– lo hegemónico (el noûs es lo hegemónico, decía Aristóteles, es decir, lo autárquico en cada uno; el noûs no deriva del bíos. Por eso, el noûs no es una cuestión evolutiva). La teoría de la evolución trata de explicar cómo aparecen las especies, y si tiene éxito lo logrará. Pero sería un error extrapolar a la vida del espíritu los resultados que su metodología permite abordar.

La teoría de la evolución no puede explicar cómo surge la vida por primera vez, sino solamente cómo aparecen especies vivas diferentes. Tampoco puede explicar la inteligencia, pues la inteligencia no se reduce a la determinación genética de una especie, sino que comporta una peculiaridad completamente distinta, a saber, que los individuos sean superiores a su especie. Esta tesis se puede expresar de la siguiente manera: el ser humano no está finalizado por su especie. De ahí su peculiar dignidad como persona.

El individuo humano no se agota en ello: no se limita a ocuparse de mantener la especie a través de su vida, sino que tiene su propia existencia a su cargo. Su existir activo está en sus propias manos.

El hombre no está finalizado por la especie, pero eso no significa que no esté finalizado, sino que vive entregado a su propio dominio, a su propio albedrío.

El individuo humano sobresale por encima de la especie: es persona y queda abierto a unas leyes cuya adhesión no implica necesidad automática, sino que puede cumplir o no cumplir. Las normas éticas, en tanto que no son leyes físicas ni psicológicas que dependan de la biología animal, son leyes del ser libre para el ser libre. De manera que si estas leyes no existieran, o un ser humano se empeñara en decir que no hay normatividad ética, o que tal normatividad no se explica por su carácter de ser personal libre, sino por convención o tradiciones culturales, o por acuerdos o pactos, entonces él mismo se limitaría a la condición de mero animal, se aceptaría reducido a ese nivel169.

¿Cómo aparecen las leyes naturales? Según una historia que muchos hacen comenzar en el big bang, una historia o un tiempo anterior a la evolución biológica, la cual supone la existencia de átomos pesados. Lo cierto es que estas leyes no pueden ser incumplidas, sino que según cierto estado energético aparecen unas leyes, y según otro estado energético aparecen otras (por la emergencia de lo nuevo, como ocurre en la aparición de la "biosfera" –vitalización de la materia estabilizada– que implica leyes biológicas radicalmente nuevas, como veíamos). Es decir, son leyes que expresan estados energéticos distintos; son leyes naturales, pero tienen en común que imponen una necesidad física. No son leyes de libertad.

La libertad abre un ámbito diferente, que no tiene nada que ver con lo físico. Es ahí aparece la normatividad ética que comporta una oposición o alternativa: cumplir la norma o no cumplirla; pues si bien, señala obligatoriedad –una vinculación categórica (necesaria) con lo absolutamente bueno–, no es de forzoso cumplimiento: una atadura, de orden moral, que nos deja “sueltos”. Bien o mal son nociones estrictamente éticas que sólo se captan si se es libre. El ser humano es un ser personal, capaz de entender su destino y el camino que conduce a él.

Primaria, estricta y propiamente, decimos bueno y malo de lo que hacemos según las decisiones libres. Esto está en estrecha relación con la existencia de una norma primaria: haz el bien, no hagas el mal; si haces esto, bien; si no lo haces, mal. Hacer el mal, lo que no conviene, es opuesto a hacer el bien. Bienes, males; normas cumplidas, normas conculcadas.

De una manera traslaticia se puede hablar de una buena mesa o de una mala mesa, de un buen clima o de un mal clima, pero son acepciones secundarias. Donde realmente aparece su original sentido es en la ética. Es el hombre en su totalidad personal el que "se hace" por libre decisión, bueno o malo (autodeterminándose en hábitos perfectivos: virtudes; o defectivos: vicios). Las normas técnicas, lógicas, artísticas, etc., no afectan –de suyo y directamente al menos, pues pueden estar imperadas por la normatividad ética– a una calificación absoluta de la persona como buena o mala, sino sólo relativa a una determinada dimensión de su obrar. Es la clásica diferencia entre el "bonum honestum" –el bien plenario de la persona absolutamente tal, que se impone a la conciencia de modo categórico y absoluto, señalando una necesidad moral a la conducta humana– y los bienes útiles y delitables: aquelllos lo son sólo como medio, y estos son una repercusión o redundancia en los poderes afectivos del sujeto, de algo bueno o malo absolutamente, “de suyo”, (honesto – deshonesto) y del que aquellos recibirán su clasificación moral. Aquí está el “lugar” privilegiado de emergencia en el plano de la conciencia –en la voz del imperativo moral “la palpitación sonora” de la voz de un Dios trascendente y personal– de la dimensión religiosa de la persona humana, como exponíamos arriba en la III parte de este ensayo.

El hombre es zôon politikon, animal social. Ningún animal es social como lo es el hombre. Los otros animales están finalizados por la especie y, por tanto, conviven, se ayudan unos a otros y combaten con los extraños. Pero eso no es la sociedad. La única sociedad en sentido estricto es la humana: sociedad significa metaespecificación: relación entre seres vivos subjetivamente inteligentes. El hombre es un ser social porque es un ser dialógico, es decir, capaz de expresar lo que piensa a los demás y establecer así una red comunicativa. La sociedad, en última instancia, es la manifestación de lo interior a los demás en régimen de reciprocidad.

La intersubjetividad es justamente la relación entre individuos que son –todos ellos– superiores a la especie. Y eso es sociedad. La sociedad no se origina por un pacto entre individuos previamente aislados. Los hombres nacen en una primera institución social que es la familia; sus relaciones, por personales, son dialógicas, marido–mujer, padres–hijos.

Evidentemente, la generación sirve a la especie, pero no se agota en ello, sino que está presidida por relaciones solamente posibles si el hombre es un ser dotado de inteligencia y voluntad, capaz de amor constante. La unión entre una hembra y un macho en ninguna especie pasa de la época de celo, o de una nidificación intermitente. En cambio, la mujer es siempre receptiva. De ahí la institución matrimonial. La unión estable de la pareja que da origen a la familia es, entre los mamíferos, exclusiva del hombre, así como el cuidado de la prole, es decir, la puesta en funcionamiento de las capacidades del hijo en orden a la sociedad.

Es significativo que en la complementariedad sexual, por la que un hombre y una mujer se hacen potencial y mutuamente fecundos, las personas no se encuentran, se dan y se reciben sólo, ni principalmente como productores y donadores de células complementarias, sino como personas; al hecerse una caro viven ese encuentro como entrega personal, como expresión genuina del amor entre personas iguales y complementarias. El mismo gesto corporal que permite engendrar es el mismo gesto que expresa propiamente el amor sexuado; significa, por tanto, que no se trata simplemente de un proceso que dará origen a un nuevo organismo, como en el caso de la reproducción de los animales y derivado de ello de los mecanismos de especiación, sino que se trata del origen de una persona que es corporal. No se trata, por tanto, ni de cómo se reproducen ni de cómo se aisló reproductivamente la especie humana, sino cómo tiene principio cada nuevo ser humano personal desde que aparecieron Adán y Eva.

El primer reconocimiento entre dos seres humanos fue el reconocimiento entre Adán y Eva. Y esto “no fue una casualidad, pues la pluralidad primigenia –la alteridad sexual– no estaba llamada a agotarse en sí misma, sino que debía ser principio de multiplicación”. Sólo ellos son primeros padres de todos los humanos al reconocerse como varón y mujer. No hay seres previos (en la presunta línea de antecesores del primer hombre y de la primera mujer) que sean partícipes y colaboradores, con causas del poder creador del Amor de Dios (procreación). Antes de ellos sólo hubo reproducción –entrega de células– y sólo a partir de ellos comienza la procreación de personas que reflejan la imagen de Dios dotadas de alma espiritual (capaces de comunión personal): los hijos son el fruto del Amor de Dios y de la expresión del amor mutuo, de la entrega personal al otro de cada uno de los progenitores170

El acto originario de un nuevo ser humano es el núcleo de la paternidad en la maternidad: es un acto trascendente que sobrepasa la mera unión sexual de un hombre y una mujer, porque el hombre sabe de quién procede, como también los padres conocen que el hijo procede de ellos.

La relación del hijo con el padre, por ser constitutiva y originaria, remite inevitablemente al origen del propio ser: el hombre es interpelado por su propio origen, interpelación que le encamina al reconocimiento de su carácter de ser generado, del que no puede hurtarse: no puede soslayarlo o sustituirlo. La identidad personal es, por tanto, indisociable de ese reconocimiento. Sin embargo, uno de los fenómenos más notorios de las ideologías modernas es el no querer ser hijo, al considerar la filiación como una deuda intolerable. Es uno de los frutos más amargos –“flores del mal”- del olvido de la antropología cristiana del hombre “imagen de Dios”: del Dios revelado en Jesucristo que es uno y único, pero no un solitario, sino una Familia, cuyo origen es Dios Padre, “de quien procede toda familia en el cielo y en la tierra (Ef, 3, 15)171

La familia es una prueba de que la humanización no se reduce a la hominización. Otra prueba irrefutable, aunque negativa, es que el hombre puede atentar contra su especie. Si el hombre puede ir contra su especie, es evidente que no está finalizado por ella; ningún animal va contra su especie. El único animal que organiza guerras es el hombre. La guerra es un hecho humano, no un hecho intraespecífico. La guerra es del hombre contra el hombre. La sentencia de Hobbes: Homo homini lupus, no es correcta, porque el lobo no es un lobo para el lobo. En los combates por el mando de la manada o por la hembra, la lucha termina cuando uno está vencido; es una lucha que no mira a la muerte. Pero el hombre no es así. En la historia del hombre acontece un episodio tan monstruoso como es la guerra, prueba –trágica– de que no está finalizado por la especie, riesgo –inevitable en la libertad personal creadora– del mal uso –mal moral– del don de la libertad, que otorga el Creador a la criatura inteligente que refleja su imagen.

CONCLUSIÓN. Adán el primer hombre era figura del que había de venir. Cristo, el nuevo Adán. Su finalización en él.

La guerra es un claro indicio del estado actual de la humanidad, que es de naturaleza elevada, caída y redimida por Cristo. El pecado de los orígenes explica la lucha anunciada a la puerta del Paraíso después de la caída en el Protoevangelio en la que se promete el triunfo final en el árbol de la Cruz del nuevo Adán y de la nueva Eva (de Cristo, María y la Iglesia) sobre la antigua serpiente que había vencido en el árbol de la ciencia del bien y del mal, y sobre su descendencia: el triunfo del amor obediente sobre la rebeldía del "non serviam".

La evolución es creación evolvente –no evolución creadora– y conduce a la aparición del nuevo Adán, Cabeza del cuerpo de la Iglesia, de la fraternidad de los hijos de Dios en Jesucristo, que congrega en comunión salvífica a sí todas las cosas por la fuerza del Espíritu que se derrama en los corazones de los hombres –y, por redundancia, en la inmensidad del cosmos– como fruto de la cruz salvadora del nuevo Adán. La cruz –desde la que se derrama el Espíritu de Verdad y Comunión, que “atrae todo hacia Cristo”, formando progresivamente el Cristo total– es, así, eje, centro y motor del mundo creado, pues "si la voluntad de Dios es un acto que se llama mundo, su intención es la salvación de los hombres y se llama Iglesia”172, que en su plenitud escatológica será el reino consumado de los hijos del Altísimo en un universo transfigurado –nuevos cielos y nueva tierra– en el que Dios "será todo en todos", cuando Cristo, Rey del universo creado haya puesto –vencida la muerte– sus enemigos debajo de sus pies. (Cf. Dn 7,18; 2 Pe 3,7; 2 Cor 15,28).

Aquí es esencial recordar la llave que –observa justamente el Card. Journet– abre todas las cerraduras y sin la cual, por hábil y sabio que un cristiano sea, trabajaría siempre en vano: cuando se trata de la aparición del mundo, de la aparición de la vida, de la aparición del alma humana, de la aparición de la gracia santificante y del primer Adán, lo que hay que considerar es, ante todo, el movimiento de descenso por el cual la divinidad, rompiendo con lo que le precedía, inaugura un orden nuevo superior, discontinuo173; y después, pero solamente después, el movimiento de ascenso por el cual un ser preexistente se encamina de un modo continuo hacia sus fines proporcionados, o prepara, bajo la influencia de un moción que lo eleva, un orden que le sobrepasa. Tal es el principio que, considerado por Santo Tomás en su aplicación última, le permitirá ilustrar, bajo sus diversos aspectos, el mismo misterio de la aparición del "segundo Adán". El Cuerpo de Cristo –escribe él– fue asumido por el Verbo inmediatamente, no progresivamente: "No hay que imaginarse aquí un movimiento ascensional por el que un ser preexistente sería conducido poco a poco a la unión divina, como lo creyó Fotino, que fue hereje; téngase ante todo cuidado en el movimiento de descenso del Verbo de Dios que, siendo perfecto, asume una naturaleza imperfecta"174. Cristo poseyó la gracia santificante –en plenitud– inmediatamente, no progresivamente: "En el misterio de la Encarnación, hay que considerar bastante más el movimiento de descenso de la plenitud divina en la naturaleza humana, que el movimiento de progreso por el que una naturaleza humana preexistente se volviera hacia Dios"175.

Dios siempre tiene la iniciativa. El es siempre "el que ama primero" (1 Jn 4,19), derramando gratuitamente su libre don salvífico, por la doble misión conjunta e inseparable del Verbo y del Espíritu Santo a lo largo de la historia de la salvación. Pero, el don del Creador y Salvador del hombre sólo fructifica en la tarea de cooperación creatural. "Partus Mariae, Christus; fructus Ecclesia": el Cristo total; la estirpe espiritual de la Mujer del alfa y del omega, del Génesis y del Apocalipsis, que incluye –en la recapitulación final– desde el justo Abel al último de los elegidos176. Es, pues, el fruto de la libre cooperación del hombre, con el don salvífico de Dios, que deriva de la plenitud desbordante de la gracia de Cristo constutuído en la Cruz Cabeza de la nueva humanidad (nuevo Adán), que será, en su consumación final, el Reino escatológico de la Jerusalén celestial (Ap 21,2) "ubi pax erit, unitas plena atque perfecta"177, en la comunión perfecta en Jesucristo de los elegidos con Dios Padre por la fuerza del Espíritu en un universo transfigurado.

No otra es la razón formal del misterio de la Iglesia peregrina como instrumento universal de salvación: la necesidad de cooperar con la gracia (con el don del Esposo), mediante la libre aportación del don de la Esposa (a imitación del "Fiat" de María), para que se realice la obra de la Redención, reuniendo a los hijos de Dios dispersos por el pecado del primer Adán bajo la capitalidad del nuevo Adán.

A esta luz ¡qué insondable profundidad se entreve en el conocidísimo texto de Gaudium et Spes (n.22)!: "En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. (...) El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogénito entre muchos hermanos, recibe las primicias del Espíritu (Rom 8,23), las cuales le capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por medio de este espíritu, que es prenda de la herencia (Eph 1,14), se restaura internamente todo el hombre hasta que llegue la redención del cuerpo (Rom 8,23). (...) "Urgen al cristiano la necesidad y el deber de luchar, con muchas tribulaciones, contra el demonio, e incluso de padecer la muerte. Pero, asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo, llegará, corroborado por la esperanza, a la resurrección". Es entonces, cuando, "juntamente con el género humano, también la creación entera, que está íntimamente unida con el hombre y por él alcanza su fin, será perfectamente renovada en Cristo (cf. Eph. 1,10; Col 1,20; 2 Petr 3,10–13)... cuando toda la Iglesia de los santos, en la felicidad suprema del amor, adorará a Dios y al Cordero que fue inmolado (Apoc 5,12), proclamando con una sola voz: Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, gloria, imperio por los siglos de los siglos (Apoc 5,13)". (LG, 48 y 51).



1 Js. 40, 21 y 26.

2 Cfr. Jb. 9, 5–7.

3 Cfr. Jr. 32, 17.

4 Cfr. Js. 40, 12.

5 Cfr. 1 Cro. 29, 11–12.

6 Cfr. Ps. 109, 29.

7 Cfr. Card. J. RATZINGER, Informe sobre la fe, Madrid, 1985, p. 86; Creación y pecado, Madrid, 1992, p. 11.

8 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC) n. 280.

9 J. RATZINGER, ibid. Cfr., para toda la temática de este estudio, la excelente obra de J. MORALES, El misterio de la Creación, Pamplona, 1994.

10 CEC, n. 282.

11 CEC, nn. 585–586.

12 CEC, n. 387.

13 Cfr. JUAN PABLO II, Audiencia general, 27–VII–1986.

14 CEC, n. 385.

15 No me ha parecido oportuno exponer aquí una teología bíblica completa sobre el tema que yo mismo he desarrollado en numerosos cursos a lo largo de mi ya larga vida, dada la índole interdisciplinar de esta monografía, que exige según el criterio de J. Ratzinger en su escrito Creación y pecado (Pamplona 1993), una presentación panorámica de síntesis y alta divulgación. No sigo, pues , las sugerencias de uno de los lectores del manuscrito especialista en ciencias bíblicas, que echa de menos un estudio más completo de la creación en los libros sapienciales.

16 Gen. 1, 1.

17 CEC, n. 280.

18 Cfr. JUAN PABLO II, Carta encíclica Fides et ratio de 1998, passim.

19 Cfr. Ps. 115, 15; 124, 8; 134, 3.

20 Cfr. CEC, nn. 288–289.

21 Sobre este tema se trata con más amplitud en J. FERRER ARELLANO, J. M. BARRIO MAESTRE, Metafísica de la creación y ciencias de la evolución, Madrid 2000 (Encuentro).

22 De este tema trato en mi Filosofía de la religión, Madrid 2000 (Palabra).

23 A algunos especialistas en ciencias bíblicas les parecerán, quizá, –según he podido comprobar en algún lector del manuscrito– no suficientemente actualizado, e incompleto, el estudio bíblico de nuestro tema, si pierden de vista que hacemos una síntesis divulgadora, en diálogo interdisciplinar, con otras aproximaciones de la razón humana al misterio de los orígenes; y “abstracto el discurso metafísico” –propio de la segunda parte de esta monografía– por no advertir (como muestra el despectivo tono del adjetivo) que nada hay, paradójicamente, más existencial y concreto que la así llamada abstracción metafísica de Tomás de Aquino, pues no prescinde de nada concreto, sino que reúne en significación actual todo cuanto escapa al naufragio de la nada, en un orden de participación en el valor omnipresente, omniabarcante y omniconstituyente –trascendental– de ser, que remite inexorablemete, como a su fuente activa, a Aquél que es sin restricción, el Creador omnipresente, YHWH, del que todo procede y al que todo torna. No hay ninguna “epojé” ni reduccionismo metodológico en la metafísica de la creación que aquí proponemos –en su triple dimensión ontológica, ética y gnoseológica– al que no pueden menos de ceder –y es bueno que así sea mientras sean conscientes de ello– los que tanto aburren a veces con sus excesos racionalistas en la crítica textual de la Palabra viva de Dios objetivada en lenguaje humano, cuando por falta de control metafísico no son concientes de los límites de tales métodos. Este humilde reconocimiento es la primera condición para interpretar sus resultados con sabiduría, la que emana de la eternidad sincrónica de la Sabiduría increada, el Espíritu personal –El Paráclito– “attingens omnia loca et tempora”, que “se encarna” –“como” el Verbo en la carne de Cristo–, en el espíritu objetivado” en la vida del antiguo y nuevo Israel, cuya memoria histórica se refleja en aquellos escritos inspirados por el Espíritu de Cristo siempre vivo en la Iglesia.



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