El misterio de los orígenes



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Cuando se trata de un proceso de hominización, lo que entra en juego, ante todo, es la interconexión entre el cerebro y la mano.

El no adaptarse al ambiente es posible por su capacidad creadora de instrumentos, que a su vez es posible por la correlación entre las manos y el cerebro, cuya base es el bipedismo.

Sin manos, el crecimiento del cerebro no serviría para nada, no tendría sentido biológico, y sin técnica el bipedismo es inútil. Esa vinculación acontece en la rama que va del habilis al sapiens.

En la misma medida en que ocurre esto, el comportamiento se va haciendo menos instintivo, porque el comportamiento se centra en la correlación entre el cerebro y las manos; y eso no es meramente instintivo, sino que exige algún tipo de componente cognoscitivo sin el cual no hay mediación instrumental y no se pueden hacer cosas.



La técnica no es ajena a la vida, sino que es lo característico de un peculiar modo de vivir que llamamos hominización; la técnica y el género homo son indisociables, entendiendo por técnica simplemente el hacer instrumentos con instrumentos, lo cual implica una creciente disminución de la instintividad; lo cual se corresponde también con el carácter inespecífico, inactual del cuerpo.

Gehlen157, en su importante obra El hombre, insiste en la misma idea: el hombre es un ser de instintos poco firmes. La instintividad se va indeterminando porque la conducta va siendo apuntalada por relaciones que permiten la producción de instrumentos. Instintivamente no se hace ningún instrumento con instrumentos; un panal de abeja se puede decir que es un producto instintivo, pero no es propiamente un instrumento planeado, construído utilizando otros instrumentos (un instrumento de segundo orden). Por eso la mano es instrumento de instrumentos; para hacer cerámica interviene la mano y el barro: la mano moldea el barro.

Todo animal huye del fuego, el hombre cultiva el fuego, lo mantiene, y con el fuego va haciendo cosas, lo intrumentaliza.

Este descubrimiento de los biólogos modernos no es nada nuevo: lo señalan Platón, Aristóteles, los filósofos del siglo XIII, y en el siglo XVII (entre los escolásticos españoles) hay investigaciones muy interesantes acerca del carácter inespecífico del cuerpo humano.



El organismo del cuerpo humano está hecho, pues, para trabajar, destinado a hacer; lo que nos une con el "erectus" (y el “ergaster”) y con el "habilis" es el carácter de faber. Por eso se puede hablar de hominización, y de tres o cuatro especies distintas unas de otras y aparecidas sucesivamente a lo largo de un proceso evolutivo cuya clave justamente es una creciente independización del medio ambiente, que se hace posible en la medida en que forma parte de la vida construir medios, instrumentos.

Homo, pues, significa biológicamente esto: animal que domina su entorno, el ambiente; este acontecimiento no tiene lugar en ningún otro tipo de ser vivo. Las leyes de la evolución –radiación, adaptación, fijación de caracteres, selección– en el hombre no juegan, porque el hombre es capaz de hacer, y esta es una característica intrínseca sin la cual no hay hominización. No podemos considerar nuestra actuación técnica como un sobreañadido accidental, del que podríamos prescindir por extraño a nuestra constitución somática, sino que forma parte de nuestra biología. Su cuerpo no está cerrado, sino que está abierto no al ambiente, sino a una factura suya.

El hombre fue hecho ut operaretur, y para dominar el mundo (que es lo mismo). El hombre está hecho para dominar el mundo, vive trabajando, es capaz de trabajar para los otros, y además tiene que hacerlo, porque de otro modo el largo período que va desde el nacimiento del hombre a su viabilidad práctica no quedaría satisfecho (depende de las culturas, pero durante los 10 o 12 años primeros no está en condiciones de tomar parte en las actividades productivas). Para desempeñar las actividades complejas de nuestra sociedad hacen falta lo menos 23 ó 24 años: durante esa etapa de su vida, el hombre se forma para ser hombre "hábil", capaz de encargarse de tareas.

Las especies homínidas anteriores al hombre, el habilis y el erectus, se extinguieron seguramente porque su capacidad fabril no fue suficiente para competir con la adaptación.

2.2 Humanización.

En cambio, es patente que el homo sapiens sapiens no se extingue por dicha razón, sino que se puede extinguir justamente por la razón contraria: por hacer inhabitable su entorno. Dicho esto de otro modo, nosotros no tenemos de ninguna manera nicho ecológico, lo que tenemos son problemas de tipo ecológico.

Comparado con el hombre, un animal es un ser inerte; el hombre es un ser mucho más vivo que un animal precisamente porque está llamado a la acción; su vida no le está simplemente dada, sino que la tiene que encauzar activamente; de lo contrario se extingue. El animal se mueve sólo para comer y beber o para procrear, y el resto del tiempo no hace nada. El único que hace algo es el hombre.

Adán tumbado en el paraíso es un simple absurdo, si lo pensamos un momento. Aunque Adán era feliz porque lo tenía todo al alcance de la mano, no hay tal. Adán, antes del pecado original, fue encargado de una tarea por Dios, una tarea que es importantísima: poner nombre a las cosas. Eso es lo primero que hizo. Nombrar, como siempre se ha sabido, es ejercer poder posesivo.

El hombre puede considerarse una especie única, precisamente porque tiene inteligencia; sin inteligencia, evidentemente, no se puede hablar. Con el lenguaje se va instruyendo al otro, y se da una relación recíproca: decir y escuchar158. El lenguaje hace posible el trabajo en común, la organización del trabajo, mandar y obedecer.

El hombre no es un ser vivo por adaptación, sino que es vivo en cuanto que faber, en cuanto que trabaja en reciprocidad complementaria de servicios; si no, no puede subsistir la especie.

El homo habilis y el erectus tienen una técnica, la cual, sin embargo, por los yacimientos conocidos, se sabe que está prácticamente detenida. A lo largo de cientos de miles de años no hay progreso. En cambio, en el sapiens los cambios se suceden con cierta rapidez; según la cronología, los distintos yacimientos muestran una progresiva complicación e incremento de los tipos de técnicas y de utensilios utilizados. Aparece la cerámica, la talla del hueso, etc. La utilización de instrumento para fabricar instrumentos llega, por otra parte, a una complejidad extraordinariamente alta, hasta el punto que ni hoy siquiera podemos reproducir algunas de las técnicas que ellos emplearon. Actualmente no podemos reproducir esa técnica ni con computadoras (las ecuaciones que deben regular la talla seguramente ellos no las conocían, formalmente hablando, pero las estaban usando).

De los cráneos descubiertos se infiere que la capacidad craneal del Neanderthalensis y del Cro–Magnon es superior a la nuestra. De manera que tenían un cerebro sumamente desarrollado.

Parece probado que el proceso de crecimiento cerebral se ha detenido. Según algunas hipótesis evolutivas –próximas a la ciencia ficción– después del hombre actual podría aparecer otra especie con un cerebro más potente. Muchas películas de este género pintan la cabeza del hombre dentro de 3.000 años con una frente enorme. Es una hipótesis desechable: lo que podía dar de sí el proceso de hominización, ya lo ha dado. Como dice Zubiri, un cerebro óptimo es justamente el que puede utilizar y formalizar una inteligencia, y como ésta lo trasciende, basta el cerebro del hombre actual, que es el animal inteligente. Por otra, la reducción del paleocórtex posiblemente es conveniente159.

Arsuaga, director del proyecto paleontológico de Atapuerca (Burgos), que ha supuesto uno de los más importantes hallazgos tanto por la antigüedad y el número de fósiles humanos encontrados –datados en unos 300.000 años (últimamente parecen alcanzar el millón)– como por su buen estado de conservación, la llamada Sima de los Huesos de Atapuerca, ha escrito un libro de divulgación científica sobre el origen evolutivo del hombre160.

En la tercera parte, “Los contadores de la historia”, responde propiamente al subtítulo del libro “En busca de los primeros pensadores”. Escribe: “Hasta llegar a la población de la Sima del los Huesos la evolución había ido produciendo un aumento espectacular en el tamaño del cerebro. Como resultado se produjo un consideravble avance en las capacidades mentales superiores y una expansión de la consciencia. Cada vez un mayor número de actos estaban presididos por esa facultad. La consciencia no se limitaba al presente, sino que se extendía al futuro, a lo por venir. Se anticipaban así los acontecimientos del mundo natural y se preveían las conductas de los otros humanos” (203).

A lo largo de esta última parte, Arsuaga expone distintas teorías sobre cómo surgió la inteligencia en el hombre y cómo se distingue el comportamiento animal propiamente humano. Trata en el detalle el comportamiento del hombre de Neandertal a la luz de los hallazgos de Atapuerca y en los demás yacimientos europeos y asiáticos. Aunque el autor acude a algunos filósofos a la hora de exponer algunas teorías del conocimiento, da la impresión de que no es capaz de captar el aspecto trascendente de la inteligencia humana al acudir a modelos mecanicistas al uso entre evolucionistas puros.

Los paleontólogos de Atapuerca la difusa creencia –pues no hay base científica, sino prejuicios ideológicos– en la evolución sólo material y espontánea entre nuestros ancestros de hace millones de años y el hombre actual, cuyo origen sería pluricontinental y pluriétnico (es decir, un poligenismo evolutivo materialista). Se intenta así conquistar una opinión pública ya dominada en buena parte por ellos fundándose en la afirmación de que el ataporquensis es antecesor directo de los neandertales, que vivieron hace unos 80.000 años.

Pretenden oponerse así a quienes los consideran una raza arcaica del Homo sapiens, fundándose en razones –más fiables que las paleontológicas– de Genética y Bilogía molecular. Los genomas –o diferencia de fósiles– son fuentes objetivas de datos, porque –como dice Allan C. WILSON, el profesor de bioquímica de Berkeley y autor de la teoría de la Eva africana–, se basa en secuencias genéticas empíricamente verificables, no cualificadas por ningún proceso evolutivo previo, e inmunes, por ello, a ser moldeadas por prejuicios teóricos e ideologías apriorísticas161.

En cambio, los fósiles no admiten por principio una interpretación objetiva, y los caracteres físicos por los que son clasificados reflejan, necesariamente, los modelos que los paleontólogos quieren probar.

El primer ser humano es el Homo sapiens, ya que no hay justificación biológica plausible de su contínuo progreso. Es más lógico explicarlo por la aparición de una inteligencia inmaterial no vinculada necesariamente, como señalábamos antes, a un aumento de tamaño cerebral, porque con el pensamiento se puede adaptar a cualquier hábitat vital, superando así la mera capacidad de aprendizaje mecánico. De hecho, el Homo sapiens es la única especie que ha conseguido dominar todos los medios, y en mucho menos tiempo del que sus predecesores necesitaron para adaptarse a unos pocos ambientes, distantes geográficamente pero muy similares entre sí.

El Homo sapiens supera la evolución material gracias a su "evolución cultural", cuya base es principalmente reflexiva y no biológica. No es sólo un alto grado de aprendizaje debido a su tamaño cerebral. Es, sobre todo, y de modo exclusivo, una capacidad de pre–diseñar el instrumento adecuado sin necesidad absoluta de ensayo previo; una capacidad que permite, y exige, una precedente contemplación de la naturaleza, para su posterior uso racional. Y se trata, además, de algo propio de cada individuo, que le lleva a dejar en todas sus obras su impronta personal, e incluso a hacer arte no sólo de modo mecánico y utilitario, sino simplemente "por amor al arte".

Sólo el Homo sapiens supera la pruebas definitivas de la presencia de lo humano: las manifestaciones artísticas o de actividades culturales, que faltan absolutamente en los repertorios arqueológicos atribuibles a Homo hábilis y a Homo erectus.

Seguramente el habilis y el erectus eran capaces, según su desarrollo cerebral, de conocer una secuencia del tipo “si A,B”: un silogismo condicional o relación entre los condicionales.

Para establecer una cierta regularidad en esa secuencia basta la imaginación, que es una facultad extraordinariamente compleja e importante para la evolución hominizante.

2.3 Aparición del homo sapiens.

El homo sapiens aparece aproximadamente –según la hipótesis más probable– hace algo más de 100 mil años. Así pues, de un modo global, cabe decir que la naturaleza se ha tomado mucho tiempo desde las primeras formas de vida que surgieron hace 3.600 millones de años hasta nosotros.

A la hora de explicar en qué momento surgió el primer hombre, los datos que aporta la moderna biología molecular son más objetivos y fiables –así lo veíamos en el capítulo anterior– que el estudio e interpretación de los restos fósiles162.

Todo lo que esencialmente es un ser vivo está, en efecto, contenido en sus genes; en la forma en que están ordenados en la cadena de ADN y en los cromosomas. Hay una regla de citogenética que afirma que a cada especie corresponde un número fijo de cromosomas: por ejemplo, 46 al hombre, ó 48 al chimpancé, gorila u orangután, aunque se dan diferencias intracromosómicas.

Comparando el ADN de especies distintas se descubre una evolución de los seres vivos que confirma lo que se deducía del registro fósil y de otros datos científicos.

Lo primero que salta a la vista al compararlo con otros animales es la grandeza casi misteriosa del hombre: el parecido corporal y, sobre todo, biológico es, en algunos casos, asombroso. Por eso resulta aún más asombrosa la enorme diferencia real en el plano existencial.

El hombre y el gorila difieren tan sólo en un 1% de su ADN y de su estructura cromosómica, y sus líneas evolutivas se separaron hace unos ocho millones de años. El parecido con el chimpancé es ligeramente superior, y su disociación dataría de hace unos cinco millones de años. Sin embargo, por sus capacidades vitales, el hombre se escapa por completo a todos ellos. Lo cual debería bastar para reconocer la evidencia de que tal diferencia existencial no puede radicar en su materialidad, sino en el ser espiritual de la especie Homo sapiens, aparecido hace algo más de 100.000 años.

La humanización consiste en la emergencia de la capacidad de pensar reflexivamente, de entender y decidir libremente –que son facultades inmateriales (anorgánicas y espirituales)– que sólo puede ser, obviamente (ya tratamos de ello en el capítulo anterior) instantánea, en un determinado momento; antes no existía y ahora sí. De ahí que el primer individuo que poseyó un organismo con todos los elementos que le hacían capaz de ser racional, no pudo serlo por simple evolución material, como por un paso más de su adaptación.

¿Cómo apareció entonces Adán? Un intento de explicación científica que ha tenido gran eco en tiempos recientes, se funda en el mecanismo de formación de especies nuevas.

Si en un individuo un cromosoma se ha dividido en dos –mutación denominada "disociación"–, sólo puede ser fértil si se cruza con una pareja que posea la misma mutación, dando lugar entonces a una nueva especie. Es lo que se llama "especiación instantánea". Si Adán fue el primer individuo de la especie Homo sapiens, sería el primer individuo de la especie con inteligencia reflexiva que no puede provenir sino de un alma espiritual e inmortal creada por Dios en el momento de su concepción, fruto por sus progenitores biológicos. Estos no serían propiamente padres, ya que este concepto se reserva, en filosofía, para quién engendra algo de su propia especie. Al cruzarse aquellos, un espermatozoide mutado fecunda un óvulo mutado, dando vida así al primer ser humano, al tiempo que se produce una nueva creación, la del alma del primer hombre. Adán sería, según esta teoría, el primero y único que perpetuó su nueva especie, porque se cruzó con Eva, el primer individuo femenino que poseyó idéntica dotación genética.

Jêrome Lejeune ha tendido desde el lado de la Ciencia el más largo de los puentes que pueden ayudar a que los datos de la Ciencia concuerden con lo que nos dice la Revelación acerca de los primeros padres de toda la Humanidad. La resonancia del <> durante el que Dios <> en el relato del Génesis, le llevó a plantear el origen de la primera pareja humana en un mecanismo de gemeleridad monocigótica heterocariótica. Esto es, en un cigoto, con un cambio genético en algunos genes, y excepcionalmente en un conjunto de cromosomas XXY, se daría también excepcionalmente por gemelación en la primera división, con la que se inician nuevas vidas, un varón XY y una mujer XO, ambos con un mensaje genético idéntico, salvo en los cromosomas sexuales, y por primera vez genoma humano y diferente al de sus progenitores. Lejeune aporta con esta hipótesis una explicación plausible del proceso biológico, por el que surjen juntos, simultáneamente, uno y una con idénticas características genéticas pero diferente determinación sexual163

En esta misma línea, recientes investigaciones del ADN mitocondrial que se transmite por vía materna concluyen que todos los seres humanos actuales descenderían de una primera y única mujer: la llamada "Eva africana mitocondrial". (A mí, personalmente, no me convence esta hipótesis, como digo en nota164). También se han realizado estudios sobre el cromosoma, que se hereda directamente del padre, los resultados están también de acuerdo con el modelo del origen africano reciente (aunque el oriente próximo constituye otra posibilidad)165.

Los paleontólogos suelen proponer un modelo diverso de origen africano (que es el que proponen actualmente las investigaciones de hoy día sobre el origen del hombre fundadas en la biología molecular). Es el modelo de continuidad regional (o multiregional).

Sostiene que la especie, muy primitiva, homo erectus, (incluido el homo ergaster, su equivalente occidental) no es más que una variante antigua del homo sapiens. Defiende, además, que en los dos últimos millones de años de historia de nuestra estirpe se produjo una corriente de poblaciones entrelazadas de esta especie que evolucionaron en todas las regiones del Viejo Mundo, cada una de las cuales se adaptó a las condiciones locales, aunque todas se hallaban firmemente vinculadas entre sí por intercambio genético. La variabilidad que vemos hoy entre las principales poblaciones geográficas sería, de acuerdo con este modelo, la postrera permutación de tan largo proceso166.

2.4 La inteligencia, clave de la humanización.

La humanización, afirma L. Polo, consiste en la aparición de la inteligencia práctica que culmina en la prudencia, la cual supone la abstracción de ideas universales. La prudencia exige, sin duda, tener en cuenta los razonamientos condicionales, pero añade a esto el pensar constantes que se pueden comparar con otras: una idea universal es un objeto pensado, suficientemente estable para que al compararlo con otro pueda atribuirse a la conexión un carácter permanente. Esa permanencia comporta que las notas de idea universal valen por sí autónomamente. Se constituye así una especie de sistema, una estructura compleja.

A este respecto es muy ilustrativo un experimento muy curioso que se ha hecho con chimpancés: una isla en medio de un lago se rodea con fuego (mecheros de gas). Dentro de la isla está el alimento para el chimpancé. Al chimpancé se le enseña que el alimento está ahí. Por tanto, en situación famélica el chimpancé intentará ir a la isla. Pero (como a todo animal) el fuego le da miedo; entonces, se construye una balsa en la que se encuentra un recipiente y una cuchara; el recipiente se llena de agua, y se le enseña que si toma agua con el cazo y la arroja al fuego, el fuego se apaga (esto se prepara para que el chimpancé pueda imaginar la relación condicional). Entonces desembarca y come el alimento colocado ahí.

Pues bien, si se la da al chimpancé el cubo sin agua, repite automáticamente la operación: intenta tirar agua con el cazo, aunque evidentemente no tira nada. Así pues, el chimpancé no ha hecho una cosa que cualquier ser humano hubiera hecho: ¿cual? Tomar agua del lago. No sabe lo que es el agua. Sí A,B. Pero, para el mono, A no es general; si ejerciera la inteligencia, pensaría que el fuego se apaga con el agua, que el agua esté en el cubo o no esté en el cubo es igual: en cualquier caso, es agua. Y además hay otra cosa: si me falta agua, me la procuraré, lo que al chimpancé no se le ocurre.

El agua es la misma: esté aquí o allí, el agua apaga el fuego. Pero para conocer esto hace falta tener la idea de agua. La inteligencia humana se comprende ante todo así. Es la aparición del universal.



La clave de la humanización –o personalización– es la siguiente: el hombre actual se caracteriza por ser inteligente. Es un dato obvio (incluso un evolucionista lo debería aceptar). La imaginación es diferente de la capacidad de universalizar, a la cual es inherente otra característica muy importante: según la capacidad de universalizar, el hombre puede interrumpir su acción práctica, es decir, puede desencadenar una actividad que es puramente mental. Eso no se puede hacer con sólo la imaginación (también está suficientemente demostrado). En el animal, el conocimiento sensible es una fase de su comportamiento, no desarrolla una actividad cognoscitiva pura.

El animal no ejerce ninguna actividad intelectual. Porque lo característico de la actividad intelectual es justamente que se independiza de la conducta. La inteligencia puede describirse como la interrupción de la conducta práctica por otro tipo de actividad vital que nos pone en frente de lo universal. Es abstraer; y abstraer es justamente suspender la relación directa con el entorno o con la conducta práctica. Prueba de que esto es así, es que no hay nada general que no sea real, o no hay nada real que sea general. En todo caso, los universales tienen fundamento in re (éste es el planteamiento clásico).

Pensar es tomar contacto con un ámbito que no es el mundo real físico, sino inmutable: el mundo de las ideas. Desde ese mundo se interviene en el plano práctico de una manera nueva y mucho más eficaz. Desde luego, si no me he parado a pensar en el agua en general, si no conozco sus propiedades, no puedo realizar una actividad más perfecta, de mayor alcance, en orden a lo real concreto, que la desarrollada por un mono; es decir, por un animal dotado, a lo más, de imaginación.

La vida intelectual es la suspensión de la acción práctica, que es sustituida por otro tipo de actividad que se caracteriza precisamente porque es capaz de llegar a objetos universales o a ideas generales, a considerar consistencias, como que el "agua es agua" (por tanto, que el agua esté en un cubo, o que el agua esté en un lago no la modifica en sí misma). El agua práctica, física, es siempre partícular; el agua pensada, aunque no ahogue ni calme la sed, es agua en general, abstracta, y no una realidad física práctica167.

La inteligencia es la detención de la conducta práctica, su sustitución por otro tipo de actividad, que desde luego el homo sapiens sapiens ejerce. Es indudable que nosotros tenemos inteligencia, que nosotros universalizamos; pero habérselas con universales es detener la conducta práctica. Un arquitecto antes de hacer un edificio piensa un plano. Pensar un plano no es hacer un edificio, sino el modelo del edificio. Y de acuerdo con el modelo, luego puede tener lugar la actividad práctica de construirlo. Pero la elaboración del modelo, del plano, no es una actividad práctica, sino una actividad teórica. La diferencia entre las dos actividades es clara: se pueden conectar, pero de entrada son distintas.




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