El misterio de los orígenes



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El análisis propuesto por Aristóteles al que aludimos antes, muestra que el el mito teogónico, en su versión idealista, o en su versión materialista, no tiene ningún sentido: sólo un Ser que es vida y pensamiento en acto puede hacer inteligible el hecho que se nos impone, en la experiencia de la génesis de un mundo que pasa del orden previviente al viviente, y después ve germinar en él seres pensantes140.

Tomás de Aquino presenta la argumentación aristotélica de un modo más radical, en la perspectiva metafísica, trascendental, que permite alcanzar distintamente al Dios trascendente y creador. En efecto: el que es capaz de suscitar la menor brizna de ser, que no sea mera organización de lo que ya existe o mero despliegue formal de virtualidades precontenidas en él –es decir, verdadera "epigénesis" o novedad de ser– es capaz de dar el ser haciéndo “que sea” todo cuanto es, al mundo en su integridad; y ello porque el ser es un valor "trascendental": omniabarcante, omniconstituyente, de todo cuanto escapa al naufragio de la nada –es decir, de cuanto "tiene parte" en el ser–; y no puede ser otro que Aquél cuya esencia es Ser sin restricción y Causa creadora trascendente de todo el orden de los entes finitos que de él participan. Es la vía de la participación –la cuarta vía– que presta plena inteligibilidad metafísica a las otras cuatro que, tomando como punto de partida un índice de limitación, conducen como tales a un Primero trascendente según un aspecto, aquél que en cada una de ellas toma en consideración su punto de partida. (Cfr. parte III, supra).

CAPÍTULO II

SOBRE EL ORIGEN DEL HOMBRE: HOMINIZACIÓN, HUMANIZACIÓN Y CRISTOFINALIZACIÓN.

1. Hipótesis teológicas.

Según el Card. Journet141 se pueden plantear –a priori de toda valoración científica– sobre la creación del hombre, dos hipótesis. O bien se considera a Dios como creando el alma espiritual y como transfigurando al cuerpo en el que la infunde (1), sea este cuerpo una estatua de arcilla, o un organismo vegetal, o un organismo animal (cabría, incluso, imaginar, siempre desde un punto de vista puramente "a priori", las dos primeras almas humanas infundidas desde el estado embrionario, por ejemplo, en una célula gemela). O bien se considera a Dios como habiendo creado inmediatamente, es decir, hecho de la nada, todo el hombre a la vez, su alma espiritual y su cuerpo humano (2). En cierto sentido es la solución más simple.

La primera hipótesis (1) cabría, a su vez, concebirla en una perspectiva agustiniana (las llamadas "rationes seminales") o tomista, que contempla el universo como una escala óntica que va ascendiendo de lo inferior a lo superior.

Que Dios creara primeramente el universo en un estado informe y utilizara luego paulatinamente sus energías para obligarlo a superarse a sí mismo, elevando el orden inferior hasta producir la penúltima disposición al orden superior, de modo que el material inorgánico prepare al vegetal, éste al animal y éste al hombre, es una visión grandiosa, capaz de hallar en la noción tomista de la moción instrumental, y en ella sola, su suprema explicación especulativa.

En un gran texto sintético, Santo Tomás escribe142: "El grado supremo de la evolución cósmica –diríamos hoy– (totius generationis) es el alma humana, y hacia ella tiende la materia como hacia su última forma. Los elementos son para los cuerpos compuestos, estos para los vivos, las plantas para los animales, los animales para el hombre, porque el hombre es el fin de la evolución cósmica... Si el universo corporal (corpus celeste) se orienta hacia el alma humana como hacia una forma última y suprema, no es por su propia virtud y a título de agente principal, sino por la virtud de un Ser espiritual, que se sirve de él instrumentalmente”143.

“La naturaleza no es otra cosa sino el plan de un cierto arte, concretamente un arte divino, inscrito en las cosas, por el cual esas cosas se mueven hacia un fin determinado: como si quien construye un barco pudiese dar a las piezas de madera que pudieran moverse por sí mismas para producir la forma del barco”144. Toda la naturaleza aparece así como el despiegue de la sabiduría y del poder divino que dirige el curso de los acontecimientos de acuerdo con sus planes, que todo ordena a la aparición del hombre, en el que culmina la creación (en Cristo, el Hombre nuevo).

Este último modelo de interpretación registra, a su vez, en la historia de la Teología, hasta cinco maneras de imaginarse el origen del hombre que son –como las anteriores– de libre elección desde el punto de vista dogmático (no que sean del mismo valor ante la ciencia, ni que tal elenco de hipótesis sea exhaustivo). Cabe distinguir dos líneas de interpretación (A y B), cada una de la cuales comprendería, a su vez, diversos modelos hipotéticos: dos (I–II) y tres (III, IV, V), respectivamente.

A/ Los seres que la prehistoria nos presenta como afectados de ciertos caracteres simiescos, capaces de producir fuego y de fabricar utensilios, no serían descendientes de la primera pareja bíblica, ni en modo alguno hermanos nuestros. De ahí el que pudieran haber aparecido en diversos puntos del globo y en diversos momentos del tiempo.



Aquí se proponen dos hipótesis diversas. La primera (I) supone que una moción divina ha corrido por toda la creación activándola a superarse a sí misma. Esta divina activación finalizará en seres, que sin ser filosóficamente hombres, es decir, sin estar dotados de un alma espiritual e inmortal, con facultades psicológicas más avanzadas que las de los chimpancés, aunque muy parecidos anatómicamente al "homo sapiens" –serían homínidos prehumanos. Aquellas facultades (imaginación más desarrollada), explicarían toda la industria del paleolítico inferior. El primer hombre, en el sentido filosófico del término, dotado de un alma espiritual e inmortal, sería posterior a ellos. Sólo el "homo sapiens" pudo ser elevado por Dios al estado sobrenatural145, tal y como ocurrió de hecho, según testimonia el Génesis en el contexto de la entera revelación bíblica.

Según la segunda hipótesis (II), los seres del paleolítico inferior serían, filosóficamente, sin género de duda, hombres. Nos encontraríamos en presencia de una raza de verdaderos hombres, anteriores a Adán –preadamitas–146, no de prehombres, de procedencia monogénica o poligénica y sometidos a un proceso evolutivo, pero destinados a desaparecer completamente y cuya suprema finalidad, a los ojos de los teólogos, podría ser, por ejemplo, la de señalar en la ciudad futura el lugar de la naturaleza pura. Aquí abajo, ellos serían el terminus a quo de la elevación sobrenatural del primer Adán, padre de toda nuestra humanidad. Luego se produjo la catástrofe, que señala la entrada de la humanidad adámica en un proceso evolutivo infinitamente dramático y misterioso, al final del cual aparece el "segundo Adán". El conocido pasaje del Génesis que atribuye la corrupción de la humanidad al cruce de los hijos de Dios con las hijas de los hombres, aludiría a una transgresión de un presunto veto del Creador entre hombres "psíquicos" y hombres "espirituales", que, si bien en estado de caída de su estado originario paradisiaco –privados de la gloria de Dios– estaban llamados a recobrarlo–. Después del diluvio, habrían desaparecido todos, salvo Noé y sus descendientes. La humanidad actual, desciende –así– exclusivamente de Adán (a través de Noé)

B/ Piensan otros que algunos –al menos– de los seres que la prehistoria nos presenta como afectados de ciertos caracteres anatómicos claramente simiescos, capaces de fabricar utensilios, encender el fuego, e incluso la práctica de la sepultura, no serían meros homínidos prehumanos, sino que deben ser considerados como descendientes de la primera pareja bíblica y como propiamente hermanos nuestros. ¿Cómo explicar entonces su miserable estado? Se proponen aquí, a su vez, tres hipótesis.

El punto de partida de las dos primeras (III y IV), es común. Consiste en pensar que, bajo la gracia original, el primer hombre estaría repentinamente en posesión de una estructura corporal afinada y plenamente evolucionada, dotada de cualidades humanas como las actuales, si no superiores.

La primera hipótesis (III) admite que, después de la caída, las perfecciones y adquisiciones humanas, tanto corporales como culturales, subsistieron y se transmitieron en una proporción determinada por la generación y la educación. Los primeros hombres vivieron, inmediatamente después de la caída, en un estado de civilización relativamente avanzada, y a partir de ese momento privilegiado se produjeron vastas emigraciones, sumergiendo a multitudes humanas enteras en la noche de una degeneración progresiva y obligadas a un proceso de bestialización capaz de modificar su cráneo, sus arcadas supraorbitales, etc147, que habría afectado a amplias proporciones de la humanidad que corresponderían al paleolítico inferior.

La segunda hipótesis (IV), admite que el estado de perfección de las cualidades humanas, tanto corporales como culturales, uno de los referidos privilegios del primer hombre, fue comprometido por su pecado. Privado de la gracia de inocencia, el hombre cae rápidamente en el punto más bajo de su condición, sumergiéndose bajo el peso de un universo que lo abruma en los confines de la animalidad. Degradado así bruscamente entra, con su alma inmortal, en la noche de la prehistoria. Tiene que darse cuenta primeramente del fondo de su miseria para aprender, con el ejercicio progresivo de su inteligencia y una ayuda sumamente misteriosa que comienza a venirle de la cruz de Cristo, a elevarse, tras una evolución extraordinaria y ascensional148.

El punto de partida de la tercera hipótesis (V), es diferente. La misma gracia de inocencia suplía eminentemente todas las cualidades naturales de perfección corporal y desarrollo cultural que las dos hipótesis precedentes (III y IV) concedían al primer hombre, mientras que esta tercera (V) supone que no le fueron dadas al hombre repentinamente ni del todo completas, sino que tuvo que adquirirlas progresivamente sometiendo todas las cosas e imprimiendo en ellas al humanizarlas poniéndolas a su servicio, una huella de la imagen de Dios que llevaba en sí.

Esta hipótesis imagina el cuerpo de ese hombre, limpio de toda huella de degradación, más cerca de los tipos primitivos (a pesar de las distancias de tiempo probablemente inmensas, y hecha abstracción de los estigmas de degeneración que pueden afectar a estos últimos) de que habla la prehistoria y la antropología, que de los tipos evolucionados considerados como ejemplares para la humanidad, según el canon de los artistas egipcios o griegos. En cuanto a la inteligencia, debido a la permanente armonía y subordinación de las potencias de que gozaba la naturaleza humana por la gracia en la mañana de su creación, es concebida como incomparablemente fuerte en su savia vital y en sus energías de desarrollo, libres entonces de cualquier herida. Esta inteligencia virgen se encontraba en relación a los conocimientos humanos, a las nociones y a las ideas, en un estado de simplicidad y de inexperiencia, aunque con un rico contenido de inmensas virtualidades racionales. Los privilegios espirituales del estado de integridad, como la inspiración divina, descendiendo sin obstáculo de la razón superior a los últimos confines de la sensibilidad, podían guiar en cada momento la actividad de las facultades y elevar la inteligencia a una contemplación muy alta, aunque como ignorante de sí, muy diferente de la que nace de un espíritu maduro e iniciado a la reflexión. El estado racional de la inteligencia estaba en suma desproporción con relación a una luz semejante.

Según esta opinión, el estado del hombre al día siguiente de la caída, no es el de una brusca degeneración inicial humana y cultural, sino más bien el de una primitividad humana y cultural, al encontrarse repentinamente privada de la protección de los dones de integridad, que en un principio la habían confortado.

En el momento de la caída, al ser el hombre abandonado de la gracia, se queda corporal y culturalmente sin un desarrollo pleno, acabado (como en la tercera), pero tampoco completamente degradado, asolado (como en la cuarta). Comienza a sentir bruscamente la indigencia inicial de una naturaleza que permanece inculta, pero dotada de una extraña plasticidad y de virtualidades vírgenes e inusitadas, que van a comenzar a despertarse al contacto con el universo, trocado en hostil, y al influjo de los primeros rayos benéficos de la gracia redentora de Cristo.

Según esta hipótesis (V) el hombre no parece haberse desarrollado en una línea evolutiva uniforme, sino, como justamente piensa Bergson, según la ley de la tendencia vital en un desarrollo en forma de haz. Hoy, efectivamente, se dice que el hombre de Neandertal, considerado primero como un anillo entre los monos antropomorfos y el homo sapiens, aparece más bien como un fin de raza, el término de una rama evolutiva que, por la reducción progresiva de su viabilidad, acaba extinguiéndose, y que los hombres que le precedieron, tal vez en unos setenta mil años, teniendo en cuenta que algunos de sus caracteres, estarían más cerca de la formas humanas actuales. Los estigmas de bestialización se considerarían, según esto, como "caracteres en receso".

Por último, pese a estar muy difundido, no me parece digna de ser tomada en consideración la hipótesis poligenista (al menos respecto a la humanidad actual postdiluviana, descendiente de la primera pareja a través de Noé). Según ella, el pecado original "sería el hecho de una colectividad más o menos numerosa en lugar de ser el de una pareja única"149.

El Magisterio de la Iglesia no se ha vuelto a pronunciar, en tono solemne, sobre este tema desde el año 1950 en la Humani generis: "Más tratándose de otra hipótesis, a saber, del llamado poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, pues los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación. O bien, que Adán significa cierta pluridad de protoparentes; ya que no se ve claro como esta sentencia pueda compaginarse con lo que las fuentes de la verdad revelada y los documentos del Magisterio de la Iglesia enseñan acerca del pecado original, que procede del pecado verdaderamente cometido por un sólo Adán, y que difundiéndose a todos los hombres por la generación, es propio de cada uno de ellos".

En los últimos años se han multiplicado los intentos de hacer compatible el pecado original y el pecado poligenista de la humanidad. Pero la investigación moderna no va en la línea de monogenismo–poligenismo, sino más bien acerca de si el hombre procede de uno o varios stipes, troncos de homínidos pre–humanos, y parece favorecer –como veremos (por ejemplo, en la teoría de la "Eva africana")– la hipótesis de una sola pareja humana originaria150.

2 Hominizacion, humanización y cristofinalización

La reflexión filosófica sobre el tema que me parece más certera –por su coherencia con los datos científicos (que recogemos aquí más explíctamente)–, y su agudeza filosófica, es la tesis que propone el filósofo español –cuya obra va siendo más conocida e influyente– Leonardo Polo. A ella me referiré principalmente en esta exposición, con las oprtunas referencias a otros autores.

La teoría de la evolución biológica es la teoría de la especificación, es decir, un intento de explicar la aparición de nuevas especies a partir de otras anteriores. Se entiende biológicamente por especie a aquél grupo de vivientes que es interfértil, interfecundo; y se habla de distinción de especies cuando la interfecundidad no se da. Es el único criterio posible para distiguir especies biológicamente. La propuesta de L. Polo151 sobre el origen del hombre arranca de una constatación biológica, que expongo a continuación.

La aparición de una nueva especie puede tener lugar, según los biólogos, de dos maneras, o según dos mecanismos: 1/ la primera manera es la que llaman aislamiento geográfico, 2/ la segunda es la que da origen al hombre, y nada tiene que ver con el aislamiento. Es el proceso de hominización que abarca varios tipos o especies de "homo", de los que sólo el último tiene su inicio en la mentalización; es decir, en la súbita irrupción de la inteligencia y la libertad, que presuponen un principio vital irreductible a la vida anterior (el alma espiritual que lo constituye en persona).

1. El aislamiento geográfico puede dar lugar a que individuos primitivamente interfecundos que habiten después en nichos distintos, se adapten y aparezcan mutaciones que hagan que ya no sean interfecundos: entonces ha tenido lugar un proceso de especiación. De modo que individuos que proceden de individuos interfecundos no son interfecundos según las adaptaciones a distintos nichos ecológicos.

Lo primero que hace falta para este tipo de evolución es la radiación; sino no hay radiación, no hay aislamiento geográfico; luego, eso, da lugar a la adaptación, a mutaciones que pueden explicar cambios morfológicos, es decir, a una diversificación y correlativamente a una selección.

Por la radiación –ir a habitar otros climas, otros medios distintos– la especie o grupo se extiende a distintos ámbitos climáticos, lo cual implica adaptación. De manera que de la adaptación surge la diversificación, y de la diversificación surge la selección. La selección, en rigor, es un factor terciario, no primario como pensaba Darwin.

En esta diversificación y estabilización de caracteres morfológicos, llega un momento en que precisamente por esas mutaciones o modificaciones genéticas, si son muy importantes, sólo se da la interfecundidad dentro de un grupo: ha habido especificación152.

2. Ahora bien, en la línea genética que va hasta el hombre fallan estas leyes de evolución. No hay diversificación; no hay adaptación, no hay selección. En suma, el aislamiento geográfico no entra en juego en el caso de la hominización que aboca al origen el "homo sapiens" capaz de pensamiento; es decir, a la "humanización".

L. Polo llama hominización al proceso de formación del tipo morfológico humano, es decir, a la sucesión de fenómenos que da lugar a la corporeidad del hombre que conocemos actualmente. Nuestro cuerpo, evidentemente, es muy distinto al de otros seres vivos. En cambio, llama humanización a la explicación de una serie de caracteres que también son obvios en el hombre actual, pero que no son corpóreos; en definitiva, la aparición de la inteligencia: ¿cómo y en qué especie surgen la inteligencia y las características peculiares de nuestra especie que es de tipo psíquico y cultural que, si bien vinculados al cuerpo, no son meramente corpóreos?

2.1. Hominización.

En el proceso de hominización tenemos las siguientes especies, según el esquema generalizado en este fin de siglo, que será seguramente revisado con los nuevos eventuales descubrimientos (lo que es completamente secundario para mi propósito): en primer lugar, las dos o tres ramas del australopithecus, que aparecen hace 4 millones de años153; después de este antecedente hay seguramente tres especies que son denominadas por los paleontólogos de la siguiente manera: la primera es el homo habilis, que aparece hace unos dos y medio millones de años y se extinguió un millón de años después. El homo habilis es llamado también pithecanthropus, pero es mejor este terminología (homo habilis) porque es la designación específica, esto es, de especie. Una especie posterior es llamada homo erectus en Asia (en África se llama homo ergaster); aparece 1 millón 600 mil años aproximadamente y se extinguió hace unos 200 mil años. Y la tercera especie es el homo sapiens. Dentro de esta rúbrica están el neanderthal y el hombre de Cro–Magnon. A la especie humana se la denomina homo sapiens sapiens.

Las especies que realmente forman el proceso de hominización, el homo habilis, el homo erectus(ergaster en África), el homo sapiens, se han especiado, por adaptación al medio. En estas especies ya hay radiación; sin embargo, la radiación no elimina la interfecundidad. Hay radiación en el habilis, en el erectus (el erectus está en China, Java, Europa. En Africa su equivalente es el ergaster. Es sabido que en América no hay homínidos; no hay más que sapiens. Las otras especies no aparecen en América)154.

Estos homínidos prehumanos del género “homo”se caracterizan por una paulatina formalización del cerebro, por el crecimiento del mismo, lo que se corresponde en el tiempo con la fabricación cada vez más proporcionada de herramientas líticas. Eso es lo que pasa en el habilis y en el erectus. La distinción entre el habilis y el erectus reside sobre todo en el aumento de capacidad craneal. La fabricación de instrumentos –la habilidad para hacerlos–, aunque sea muy rudimentaria, explica que estos animales, esta especies del género homo, no sigan la estrategia de la adaptación, es decir, que puedan irradiar sin adaptarse. La hipercerebralización no se debe entender como un procedimiento adaptativo, sino como un modo de liberación de la necesidad de adaptarse.

El género homo es técnico, fabrica instrumentos y la fabricación de instrumentos debilita cada vez más la necesidad de adaptación al medio. Se ve que la línea que lleva el homo sapiens se puede describir como un proceso de independización del medio155.

El ser bípedo tiene la cabeza en posición levantada respecto de su cuerpo; la cabeza del cuadrúpedo es perpendicular respecto respecto del suyo; la cabeza del bípedo es ocupada en su mayor parte por el cerebro; en cambio en el cuadrúpedo el cerebro es una parte pequeña de la cabeza. Así pues, la posibilidad del crecimiento cerebral es el bipedismo.

A la vez, el bipedismo comporta la aparición de las manos, es decir, de unas extremidades aptas para muchos usos. En rigor, lo que constituye la condición de posibilidad de construir instrumentos es la conexión entre el cerebro y la mano. El crecimiento del cerebro no es simplemente un aumento de masa o de tamaño, sino el aumento de las llamadas neuronas libres (que son aquellas que no tienen que ver con las funciones vegetativas). El aumento de neuronas libres sólo tiene sentido, desde el punto de vista de la conducta, si enlaza principalmente con las manos; sin control cerebral el hombre no puede hacer nada con ellas: no puede fabricar instrumentos.

El australopithecus no podía aprovechar su bipedismo porque tenía una capacidad craneana muy pequeña; pero el aumento de capacidad craneana no tiene sentido práctico sin manos, sin extremidades que sirven para otra cosa que para andar; de entrada, el bipedismo es una desespecialización.

La mano es puramente potencial156, se la compara con la garra o la pezuña –que son propias de cuadrúpedos–; la pezuña está en acto, porque no sirve más que para una cosa; es como el hacha.

Pero la mano está abierta a una gran gama de actualizaciones; es un órgano potencial, y precisamente por ello es el instrumento de los instrumentos, aquello con lo que se pueden hacer todos los instrumentos. Lo que dice Aristóteles acerca de las manos es lo que se tiene en cuenta para distinguir el proceso de hominización de cualquier otro proceso de especificación o de especiación en otras líneas animales: las moscas, los reptiles, los équidos, etc.




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