El misterio de los orígenes



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2.2. Del big–bang a la estabilización de la materia

El modelo del Big–Bang, la Gran Explosión110 frecuentemente admitido en la actualidad (si bien en modo alguno probado)111, calcula que la edad del universo estaría comprendida entre los 10.000 y 20.000 millones de años –18.000 es la cifra más comúnmente citada por los autores recientes–. El modelo dice que la materia se encontraría concentrada en un estado de enorme densidad y temperatura. Como consecuencia de la explosión se habría producido una expansión que iría acompañada de un enfriamiento progresivo. En el primer segundo la temperatura sería de unos 10.000 millones de grados; sólo habría entonces radiación de algunos tipos de partículas entre las que se darían interacciones muy violentas. "Al cabo de tres minutos, el descenso de la temperatura habría permitido la nucleosíntesis o formación de los núcleos de los elementos más ligeros, el hidrógeno y el helio. Transcurridos varios cientos de miles de años, con una temperatura de pocos miles de grados se habría producido la recombinación o formación de átomos enteros. Más tarde se habrían formado la estrellas y las galaxias. Las reacciones nucleares en el interior de las estrellas producirían los elementos más pesados, que se desprenderían por el espacio en las explosiones de estrellas y serían el material de donde se formarían planetas como la Tierra"112.

Se supone –en resumen– que se da en el curso del tiempo una evolución de la materia de lo más simple a lo más complejo: formación de unos pesados núcleos, probablemente en el interior de las estrellas; formación de los sistemas galácticos, y formación de planetas a partir de la explosión de estrellas por desprendimiento de sus elementos más pesados.

Después, hace aproximadamente cuatro mil millones de años asistimos al proceso de composición o "estabilización de la materia" (Zubiri) sobre nuestro oscuro planeta que se formó hace unos 4.500 millones de años. No existe ninguna razón para suponer que este proceso no se produjo más que aquí, sobre la Tierra, y no también en otros múltiples sistemas solares, en múltiples galaxias diferentes.

Los átomos tienen una estructura, más o menos compleja según los elementos considerados; pero a partir de cierto momento, en nuestro planeta, se efectúa una composición, una organización de los átomos entre sí, en estructuras cada vez más complejas, disimétricas. Estas estructuras entran, a su vez, en composiciones que son estructuras de estructuras. Las moléculas gigantes –proteínas, ácidos nucleicos– son composiciones de estructuras, en un orden determinado para cada caso. Estas macromoléculas poseen una complejidad tan enorme, que se hace impensable la hipótesis de que hayan tenido su origen de modo espontáneo, sin un plan teleológico que postula una Inteligencia ordenadora y providente que todo lo dispone para la emergencia de la vida113.

2. 3 La emergencia de la vida: vitalización de la materia vitalizada (biofera.

a. El origen de la vida.

Los vivientes primitivos se supone que aparecieron entre 4.500 millones de años –edad de la tierra– y la datación de los fósiles más antiguos, 2300 millones de años. Son varias las teorías que pretenden explicar el origen de la vida. Algunos , como A. Oparin proponen que habría surgido en la profundidad de los océanos; otros herederos del legado de Stanley Meller –que simuló en 1953 las condiciones de la atmósfera primitiva y logró obtener aminoácidos con una descarga eléctrica, con los que se constituyen las proteínas– como Harold Crey y el mejicano Antonio Lazcano, sostienen que la vida surgió de una sopa biótica con los compuestos orgánicos necesarios para construir moléculas más rudimentarias que los aminoácidos ADN y HRN, en un ambiente quizá frío. Según ellos, bastaron diez millones de años para que la vida apareciera y evolucionase sobre la tierra, en charcas pequeñas, en el interior quizá de las rocas de la corteza terrestre o en pequeñas ensenadas que, al evaporarse, concentran los compuestos orgánicos. Otros como Juan Oró sostienen que la vida tendría su origen en otras regiones del espacio y habría llegado a la Tierra por choque de meteoritos. Los enigmas que quedan sin explicar en estas y otras teorías propuestas114, son muy grandes. Basta pensar que el DNA de una bacteria, uno de los vivientes actuales más simples, puede tener unos dos millones de nucleótidos, de cuya organización depende que el DNA sea funcional y pueda dirigir la producción de más de un millar de proteínas diferentes. La vida que existe ahora en la Tierra se basa en la interacción mutua entre ácidos nucleicos (DNA y RNA) y proteínas, y viceversa. Además, esas macromoléculas poseen una enorme complejidad, lo que hace difícil pensar que se originasen de modo espontáneo.

John Maddox, director de la revista Nature durante 23 años, hace unas interesantes reflexiones en tres extensos capítulos sobre el futuro de la ciencia –“lo que queda por descubrir”115–: la materia, la vida y nuestro mundo. En las ciencias de la vida, los problemas son –según Maddox– todavía mayores que en física fundamental. Por ejemplo, el origen de las vida en nuestro planeta sigue siendo un misterio, aunque sabemos que la vida surgió hace menos de 4.000 millones de años, a partir de moléculas formadas por materiales inorgánicos116.

Pero, en todo caso, la investigación científica podría explicar quizá cómo aparece la vida a nivel de causas segundas en el proceso evolutivo, pero no el porqué radical de los caracteres de la misma, cuya radical novedad con respecto a la precedente materia organizada inerte –que no se reproduce ni autorregenera– postula una Causa trascendente, Causa primera respecto a dinamismo de causas, que de Ella participan y en ella actúan. Es lo que Zubiri designa como Creación evolvente.

La ilusión en que ha caído gran parte de la ciencia más especializada (a cuya zaga circula desde hace tanto tiempo la opinión pública), creyendo haber descubierto ya la esencia de la vida resolviéndola en términos puramente mecanicistas (a la cabeza, el premio Nobel Jacques Monod), es clamorosa e inexcusable.

La ilusión consiste en creer haber explicado el secreto de la vida con el descubrimiento, ciertamente admirable, de la estructura microscópica molecular, filiforme y de doble hélice, del ácido desoxirribonucleico, constitutivo esencial de los cromosomas de los núcleos celulares. Así se funda la falsa asimilación del ser vivo con un mecanismo inanimado.

Es tal la incoherencia de los defensores del mecanicismo vital que contrariamente al caso de la máquina, cuya estructura "ordenada" reconocen obviamente debida a la intervención extrínseca de un artífice inteligente, tienen el coraje de negar absolutamente semejante intervención para el mecanicismo de la vida, inmensamente más complejo, atribuyéndolo al simple efecto evolutivo del juego causal de las ciegas fuerzas fisicoquímicas. ¡Es la destrucción del sentido común!117.

El misterio es cómo pueden estas estructuras moleculares complicadísimas y microscópicas dominar la materia hasta asumirla desde fuera y elevarla hasta su "inmanente" actividad conservadora, hasta su capacidad de "autorreconstrucción" y "autorreproducción". Este es el secreto de la vida y de su trascendencia, de su misterio. Examinemos este misterio del origen de la biosfera y –en el apartado siguiente– de sus progredientes grados de vitalidad en las especies vivientes que se van originando sucesivamente en la así llamada historia natural de la evolución biológica.

Las proteínas y ácidos nucleicos, que son estructuras de estructuras, meléculas gigantes ("materia estabilizada"), hacen posible la aparición de la vida, en cuanto permiten transmitir mensajes genéticos cuya finalidad es la de componer seres vivos; pero no pueden dar razón suficiente de ella, pues asistimos a la emergencia de algo radicalmente nuevo: hay verdadera "epigénesis", novedad de ser118. En efecto, cuando aparecen –incluso los más simples conocidos, los monocelulares–estas estructuras de estructuras hetereogéneas manifiestan caracteres completamente originales. Un monocelular es capaz de renovar los átomos integrados, y sigue siendo lo que es. Un organismo pluricelular renueva de una manera incesante los elementos materiales integrados y sigue siendo lo que es. El viviente es, por consiguiente, como lo han subrayado muchos biólogos, una estructura que subsiste, una estructura subsistente, aún cuando todos los elementos integrados sean renovados.

Un átomo puede perder o ganar partículas elementales. Si pierde o adquiere partículas nucleares, ya no es el mismo átomo. No es, pues, una estructura en el mismo sentido que el viviente. Sea lo que sea de la estructura del átomo, el viviente renueva todos los átomos que lo constituyen y sigue siendo lo que es, desarrollándose, creciendo y conservando su individualidad.

Por consiguiente, parece que con el viviente asistimos a la emergencia de un orden cualitativamente superior. Hemos subido un nuevo peldaño, en el que la palabra "estructura" designa algo nuevo. La capacidad de renovación de la materia integrada evidencia cierto predominio de la estructura (de la forma) sobre la materia, cierta libertad, cierta independencia de la estructura con relación a este o aquél átomo integrado. Subsiste la misma aunque renueve o cambie el entero contenido material. Tal es el principio vital del cuerpo físico organizado que la filosofía griega llamaba psyché, el anima –vegetativa y animal– de la escolástica.

Como ha señalado Bergson, cuando fabricamos un objeto, la materia es primero. La reunimos, unimos los elementos materiales, los ajustamos, desde fuera. El viviente procede de otro modo: la forma es lo primero. La estructura primera es la que asimila los elementos materiales, a los que parece escoger –la forma– los integra, descompone y compone de nuevo para constituir sus moléculas originales y específicas. El viviente rechaza los elementos materiales que no puede utilizar en su provecho para construirse.

El viviente “sabe” regenerar, restaurar, más o menos según sus especies, su forma, su estructura, si ésta está amputada, lesionada. Aquí también vemos un dominio de la forma subsistente sobre la materia informada. Finalmente el viviente comunica esta forma, esta estructura, en el acto de la multiplicación o de la procreación. Desde el viviente más rudimentario, el psiquismo está presente y operante. El psiquismo es coextensivo a lo biológico. (El "anima" vegetativa alcanza en el mundo animal la capacidad de moverse hacia el estímulo "sentido" que suscita respuestas instintivas –el alma sensitiva– de la tradición aristotélica, segundo grado de vida, meramente orgánica, que con virtualidad capaz de fundar también la actividad vegetativa en un único principio vital).

Las propiedades físicas de los átomos son suficientes para explicar el hecho de que estos átomos se integren en complejos de estructuras tales como las células, cuya propiedad fundamental es hacer su propia síntesis de una manera continuada, y renovar el conjunto de los átomos integrados al mismo tiempo que subsiste, la misma se desarrolla, se adapta y se reproduce por replicación paradigmática del mismo “phylum” –para decirlo en lenguaje zubiriano–.

La célula, el más simple de los monocelulares, “sabe” hacer lo que nosotros no sabemos hacer todavía en el laboratorio: su propia síntesis. Parece, por consiguiente, que con el viviente aparece algo radicalmente nuevo, y que las leyes de la físico–química no son suficientes para explicar este orden nuevo que es la vida. Hay, sin duda, verdadera epigénesis: "novitas essendi"119.

Suponiendo incluso que las leyes de la físico–química solas fuesen suficientes para explicar las moléculas gigantes que entran en la composición del viviente, ¿serían suficientes para explicar una tal actividad propia del viviente: esta actividad coordinada mediante la que el viviente hace su propia síntesis, asimila, elimina, se reproduce, se restablece, se regenera, etcétera?.

Aunque si lograra hacer la síntesis en laboratorio de estas macromoléculas gigantes integradas por el viviente –nos encontramos hoy bien encaminados en esa dirección, desde las ivestigaciones ya citadas de Stanley Miller, Harold Grey y Antonio Lozano–, la ordenación estable de las macromoléculas, ¿bastaría para constituir, no sólo un organismo, sino un organismo vivo, es decir, un organismo precisamente capaz de esta actividad que es la esencia misma de la vida? ¿Es suficiente una estructura para explicar la actividad de esta estructura –actividad por la que esta estructura viviente hace su propia síntesis, crece y se desarrolla asimilando elementos materiales y extraños que descompone y recompone en macromoléculas específicas– se adapta, se regenera si es preciso y se reproduce?

La idea de que la constitución estática de una estructura basta para explicar la actividad de autosíntesis que caracteriza a las estructuras vivientes, exige ser revisada atentamente. El dinamismo de cada uno de los átomos integrados no es suficiente para explicar la actividad organizadora de la estructura total, global, que los integra. Es evidente que asistimos a la emergencia de una total novedad no explicable por lo anterior.

b. El origen de las especies.

A esta evolución molecular que estudia la bioquímica, le toma el relevo –con la emergencia de la vida–, una nueva evolución que es la historia natural de las especies vivientes, que comenzó hace tres mil millones de años, que es el objeto de otra ciencia, la biología molecular y la biogenética. Aparecen entonces progresivamente mensajes genéticos de complejidad creciente, cada vez más ricos en información genética que ordenan la composición de sistemas biológicos más y más complejos, diferenciados y especializados desde los primeros sistemas biológicos monocelulares hasta el hombre (que apenas acaba de aparecer, en la aurora de esta misma mañana, si se considera según la magnitud de las duraciones cosmológicas)120.

Una de las novedades principales en las últimas décadas ha sido, en efecto, la aplicación de los nuevos métodos de la biología molecular en los estudios de la evolución de las especies. A veces, esos métodos llevan a conclusiones diferentes de las que se derivan del estudio de los fósiles, y se producen discrepancias entre los biólogos moleculares y los paleontólogos, como observamos en el epígrafe anterior introductorio.

Darwin propuso en 1859 que la selección natural, que actuaría sobre variaciones hereditarias, es el principal motor de la evolución, fundándose en la observación del registro fósil que estudia de modo comparativo la paleontología. Pero nada sabía sobre la naturaleza de esas variaciones que estudia la bilogía molecular. A partir de los trabajos de Gregor Mendel, publicados en 1866 y redescubiertos en 1900, la genética se convirtió en parte esencial de la teoría evolutiva. La incorporación de la genética al darwinismo condujo, en torno a 1940, a la formulación del neo-darwinismo o <> de la evolución, que sigue considerando –con algunas excepciones– que la selección natural es el factor explicativo principal de la evolución.

Una objeción típica al neodarwinismo es que no explica la <>, o sea, el origen de nuevas especies o tipos vivientes. El darwinismo afirma que los grandes cambios son el resultado de la acumulación gradual de muchos cambios pequeños. La teoría del <> propuesta por Stephen Jay Gould y Niles Eldredge, sostiene que la evolución no es gradual, sino que funciona a saltos: existirían grandes períodos de estabilidad interrumpidos por intervalos muy breves en los que tendrían lugar cambios evolutivos grandes y bruscos, de acuerdo con las grandes discontinuidades que manifiesta el registro fósil, en el que no se encuentran eslabones intermedios.

Algunos autores niegan –oponiéndose al darwinismo– que la selección natural sea lo decisivo, como M. KIMIURA (cfr. “Investigación y ciencia”, nº 40, 1880, 46-53), S. KAUFMANN (The Origins of Order, New York, 1993). La teoría del “equilibrio puntuado” niega el gradualismo en los cambios evolutivos –en la que tanto insiste el darwinismo– que serían grandes y bruscos periodos de estabilidad (cfr. artículo de F. J. AYALA, La evolución del darwinismo, en “Investigación y ciencia”, nº 108, 1985, 49. M. ARTIGAS observa con razón (Desarrollos recientes, cit 249), que “estos trabajos se presentan a veces como opuestos al darwinismo, pero los darwinistas afirman que caben dentro de su teoría y, en cualquier caso, no son críticas al evolucionismo, sino intentos de proporcionar explicaciones más profundas de la evolución”.

El Universo se nos muestra, en efecto, a la observación científica de cambio de siglo –según el modelo más difundido en el neodarwinismo triunfante–, como un sistema en el cual la información aumenta constantemente de manera acelerada: desde hace unos 18.000 millones de años está en proceso de creciente "complejificación" (según la expresión popularizada por Teilhard hacia 1938), en proceso acelerado en el que va apareciendo sucesivamente una información genética nueva que antes no poseía, en una incesante epigénesis o novedad de ser. Si se sigue, etapa por etapa, el curso de la historia natural de las especies, se puede constatar que la constante emergencia de un mensaje genético nuevo que no existía antes, que no se puede explicar por la estructura macrocelular inmediatamente anterior. Lo antiguo, en la historia del Universo, jamás puede dar cuenta de lo nuevo, que emerge de manera acelerada; en imprevisible novedad (cómo ya observó Bergson, antes que la observación científica así lo demostrase, en su Evolution creatice). La historia pasada no puede explicar la novedad de ser emergiendo en su seno121.



Todo cuanto acabamos de exponer sobre la emergencia de los nuevo en la vida –en su origen primero y en la evolución de las especies– excluye el ateísmo de modo absoluto y radical. Si el ateísmo es verdadero, el Universo es el único ser, está sólo, es el ser absoluto, es decir, desligado de toda relación de dependencia respecto de otro ser, pues está solo. Profesa, pues, la antigua ontología de Parménides: si el Mundo es el único Ser, –ésta era su tesis– entonces es necesario decir también que el mundo no ha comenzado. Es "eterno", porque el Ser, tomado absolutamente, es decir, la totalidad de Ser, no puede haber comenzado. Eso es imposible. Porque si la totalidad del Ser, o el Ser absolutamente tomado, hubiese comenzado, antes de que comenzase, no habría existido absolutamente nada. Y si en un momento dado, no existe absolutamente nada, entonces nunca existirá nada, puesto que de la nada absoluta es imposible que surja el Ser.

Al análisis de Parménides corresponde lo que dijo Bergson veinticinco siglos más tarde: la nada absoluta es impensable, lo que no significa, precisa Bergson, que el mundo sea necesario, sino que significa: un ser al menos es necesario. Es impensable que no haya nada, absolutamente nada122.

Marx dice más o menos lo mismo en National Oekonomie Und Philosophie. De la crítica de la idea de la nada absoluta no se puede deducir que el mundo es necesario, si no se afirma primeramente que sólo él es posible. M. A. Dauviller da atrevidamente el paso proclamando que el universo no puede tener origen, puesto que representa la totalidad de lo que es y puesto que la nada, por definición, ni existe ni es concebible123. Si la Astrofísica nos condujese mañana –no parece que esté en trance de lograrlo– a la conclusión de que el Universo ha comenzado realmente, entonces el ateísmo sería impensable.

Sea de ello lo que fuese, tampoco importa demasiado, pues ya observó Sto. Tomás de Aquino124 que la duración limitada del mundo, que es un dato revelado, no es demostrable por la razón, es inesencial para la prueba de Dios (aunque sí pudiera aquélla probarse, "eo ipso", quedaría excluído el ateísmo, salvo que renunciásemos a ejercer el pensamiento, la nada es infecunda, pues –lo acabamos de ver– "ex nihilo, nihil fit"; cómo ya observó el viejo Parménides).



Pero hay más: si el ateísmo es verdadero, el Universo habría debido permanecer inalterable. "Ex ente non fit ens". Si lo concebimos como la "esfera compacta y redonda", to on pleon, a la manera de Parménides, o del en soi, de Sartre, sin potencialidad real evolutiva, distinta del acto a que se ordena, no es concebible un cambio que no sea mera "doxa", o apariencia irreal. Si el Universo es el único ser, no puede concebirse, decíamos, sino eterno y necesario; y desde los diez y ocho mil millones de años de la historia de "la evolución", "no habría podido evolucionar", pues no puede darse a sí mismo lo que no tiene. Si la naturaleza es el mismo ser absoluto, Natura sive Deus, es evidente que la Naturaleza debe ser eterna, y excluye todo comienzo y toda evolución (Cf. B. Spinoza, Escolio al lema VI de su Ethica).

El Ser absoluto no puede ni comenzar, ni evolucionar, pero tampoco envejecer. Si se supone a priori que es eterno en el pasado, el Universo se habría ya vacíado, gastado, o llegado a su término. Así lo sabemos después de que se descubrió la irreversible degradación de todas las estructuras físicas del Universo. El sol que Aristóteles imaginaba eterno, sabemos desde el siglo XIX –y XX, sobre todo– que transforma su stock de hidrógeno en helio, de manera irreversible, y sin proceso inverso. Debería haberse convertido en una estrella muerta, si lo suponemos que no ha tenido comienzo en una duración infinita. Y lo mismo habría ocurrido con todas los miles de millones de estrellas de nuestra galaxia, como en todo el conjunto de galaxias que forman el Universo.



Si el Universo está en régimen de envejecimiento colectivo y de génesis incesante, el ateísmo no puede ser verdad. Si no hay otro que ese Unico ser –Absoluto, necesario y eterno–, no puede comenzar, ni puede evolucionar, ni puede degradarse, contra lo que atestiguan con su tozudez incontroversible, los hechos. De ahí la cómica resistencia de conocidos ateos –Nietzsche, Engels, Haeckel– a la idea de entropia o degradación de todas las estructuras físicas del Universo, y su irresistible tendencia al viejo mito del eterno retorno que se encuentra en Nietzsche, inspirado en las antiguas sectas religiosas del Irán (Zaratrusta), que recuerda al eterno ciclo de la materia que Engels tomó de Heráclito.

Es comprensible que Sartre diga del en soi (el Universo sin más, pues la conciencia del pour soi –la existencia humana– es pura nada) es en trop: está de más. ¿Con respecto a qué? Con respecto al ateísmo a priori tomado como punto de partida dogmático. Si la tozudez de los hechos excluye ese dogma, se exorcizan los hechos como una pesadilla y se abandona nuestro ateo al sueño mítico para que se salve así el dogma intocable del ateismo (postulado para salvar la libertad humana: ese "existencialismo que es un humanismo"). Debería ser el Universo de otra manera para que fuese tolerable; para que encajase con el dogma del ateísmo. "Dijo el insensato en su corazón –sentencia el salmista (Salm 13,1)–: "No hay Dios". Siempre ha sido así, Pero la información de las cosmogénesis científicas de este fin de siglo, presta especial tensión dramática (he ahí el "drama del humanismo ateo" del que escribió de Lubac) –tragicómica– a la vieja aserveración del Espíritu Santo. El ateísmo no es una filosofía. Es la expresión de una preferencia subjetiva; en una fe irracional, que renuncia a pensar.

Lo racional es el monoteísmo trascendente y creador. El ateísmo ha consistido siempre en atribuir o conferir al Universo los caracteres del ser tomado absolutamente, o del ser absoluto trascendente, es decir, Dios: la suficiencia ontológica, la aseidad, la eternidad, la inmutabilidad, la inalterabilidad degradatoria. Justamente, lo que siempre pensaron los viejos teólogos hebreos: el ateísmo es secretamente –a veces no tan secretamente– una idolatría, y el culto a la adoración del Universo o de la Naturaleza divinizada. Tal como lo escribió un conocido rabino fariseo que se convirtió en discípulo de Ieschoua de Nazareth, el rabino Schaoul de Tarso, Paulos de sobrenombre romano, en una carta que escribió a los cristianos de Roma, en el 57 o 58 (Rm 1,18 ss)125.




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