El misterio de los orígenes



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Un ejemplo paradigmático de este “cientifismo absoluto” lo ofrece la reciente propuesta del afanado investigador americano Edward O. Wilson, profesor de Harvard. Autor de varios best-sellers, propone en su último libro, que titula significativamente “Consilence”97, poner en el centro de todo la biología evolutiva como principio integrador de todos nuestros conocimientos, en un nuevo intento de lograr la vieja aspiración de los jónicos, en los inicios de la filosofía griega, que buscaban el arjé, el principio explicativo de todo lo real más allá del mito.

Educado en la religión fundamentalista de los baptistas del sur de los Estados Unidos, descubrió –nos confía– las contradicciones de esa religión cuando quedó fascinado por la evolución de la cual nada decían los autores bíblicos. Su reacción no fué –asegura él– hacerse agnóstico ni ateo; sino que simplemente dejó su iglesia, fascinado por la ciencia; y añade: “Tal es, así lo creo, el origen del hechizo jónico: preferir las búsqueda de la realidad objetiva a la revelación, satisfacer así el anhelo religioso. Es una empresa casi tan antigua como la civilización y está entretejida con la religión tradicional, pero sigue un rumbo muy distinto... Su lema fundamental, como Einstein sabía, es la unificación del conocimiento. Cuando hayamos unificado lo suficiente el conocimiento, comprenderemos quienes somos y por qué estamos aquí” (p. 14) (...). “Existe sólo una clase de explicación... La idea central de la concepción consiliente del mundo es que todos los fenómenos tangibles, desde el nacimiento de las estrellas hasta el funcionaminento de las instituciones sociales, se basan en procesos materiales que en último término son reductibles, por largas y tortuosas que sean las secuencias, a las leyes de la física...” (pp. 389-390).

Estamos ante un caso más del cientifismo absoluto y excluyente, al que nos referíamos en la III parte, que pretende juzgar toda la realidad utilizando como metro la ciencia natural. Es cierto que el pensamiento, la libertad, la decisión moral, e incluso las experiencias místicas del hombre, –“corpore et anima unus”– se encuentran entretejidos con neuronas, genes y carbohidratos. De ahí su apariencia de verdad. Pero el materialismo científico es falso porque sostiene que no somos nada más que neutrones, genes y carbohidratos; eliminando “a priori” cualquier dimensión trascendente a lo material que de cuenta de las exigencias inteligibles del comportamiento humano.

“¿Podrían ser –se pregunta Wilson- la Sagradas Escrituras sólo el primer intento culto de explicar el universo y de hacernos significantes en él? A los autores bíblicos se les ha escapado la más importante de todas las revelaciones, porque no hablan de evolución. (...) Quizá la ciencia es una continuación, sobre un terreno nuevo y mejor probado, para conseguir el mismo objetivo. Si es así, entonces en ese sentido la ciencia es religión liberada y gran escritura” (pp. 13-14).

Wilson recuerda el caso de Galileo. Sus jueces pretendían que el heliocentrismo era contrario a una serie de pasajes de la Biblia donde se habla de que el sol se mueve y la tierra está quieta. Olvidaban lo que se sabía desde siempre (San Agustín lo explica claramente) que la intención de la Biblia no es enseñar astronomía, y que, cuando hablan de fenómenos astronómicos, los autores sagrados emplean las ideas comunes de su época. La revelación divina no pretende enseñarnos física. En la actualidad, este tipo de cientifismo provoca una situación semejante, pero al revés, cuando pretende hacer de la ciencia una nueva religión capaz de responder todos los interrogantes, incluso el del sentido último de la vida. Tal “religión liberada” sería una especie de nueva “religión de ciencia”, basada en la evolución y avalada por su prestigio. Sólo la ciencia proporciona conocimientos válidos acerca de la realidad, intenta “continuar” la ciencia con una religión que da sentido a nuestra vida completamente secularizada y abiertamente materialista.

Este cientifismo “religioso” –de Wilson y de tantos otros– no tiene en cuenta, por desgracia, la sabia advertencia de la página Web de la Americam Association for the Advancement of Science:

“La ciencia no puede resolver todas las preguntas. Algunas preguntas se encuentran, sencillamente, más allá de los parámetros de la ciencia. Muchas preguntas que se refieren al significado de la vida, a la ética y a la teología son ejemplos de preguntas que la ciencia no puede resolver98.

Pascal decía que somos “cañas pensantes”. Nuestro primer deber es aprender a usar correctamente la noble facultad de pensar, y evitar que la caña sea zarandeada por todos los vientos (de los que no faltan algunos –a los que aludía Saulo de Tarso– de origen tan turbio como inquietante (Ef 4, 14. Cfr 2 Tim 4, 16, Heb 13, 9). De lo contrario podríamos formar parte del número de los insensatos –incontable, a decir de la Biblia (Sir 1, 45)–: de aquellos de los que dice el salmista: “Dijo en insensato en su corazón, no hay Dios” (Sal 13, 1; 52, 1).

CAPÍTULO I

EVOLUCION Y CREACION.

1. Evolucionismo y cristianismo.

Pío XII en la Encíclica Humani generis de 1950 afirma que nada impide que se discuta el posible origen del cuerpo humano a partir de otros vivientes, con tal de que la discusión se mantenga dentro de lo que realmente puede decir la ciencia, teniendo en cuenta que, por el momento, no existen demostraciones totalmente seguras al respecto. Añade que según la doctrina católica, las almas son creadas directamente por Dios. En cambio, el poligenismo, o sea, la teoría según la cual la humanidad no provendría de una sola pareja, no es admisible, pues no se ve cómo compaginarlo con lo que la doctrina católica enseña sobre el pecado original99.

Juan Pablo II enseña en su catequesis –16-IV-1996– la misma doctrina con interesantes precisiones:

Por tanto, se puede decir que, desde el punto de vista de la doctrina de la fe, no se ven dificultades para explicar el origen del hombre, en cuanto cuerpo, mediante la hipótesis del evolucionismo.Es preciso, sin embargo, añadir que la hipótesis propone solamente una probabilidad, no una certeza científica. En cambio, la doctrina de la fe afirma de modo invariable que el alma espiritual del hombre es creada directamente por Dios. O sea, es posible, según la hipótesis mencionada, que el cuerpo humano, siguiendo el orden impreso por el Creador en las energías de la vida, haya sido preparado gradualmente en las formas de seres vivientes antecedentes. Pero el alma humana, de la cual depende en definitiva la humanidad del hombre, siendo espiritual, no puede haber emergido de la materia.

En 1996, Juan Pablo II dirigió un mensaje a la Academia Pontificia de Ciencias, reunida en asamblea plenaria. De nuevo aludía a la enseñanza de Pío XII sobre el evolucionismo, diciendo que:

teniendo en cuenta el estado de las investigaciones científicas de esa época y también las exigencias propias de la teología, la encíclica Humani generis consideraba la doctrina del <> como una hipótesis seria, digna de una investigación y de una reflexión profundas, al igual que la hipótesis opuesta.

Y poco después añadía unas reflexiones que tienen gran interés, porque se hacen eco del progreso de la ciencia en el ámbito de la evolución en los tiempos recientes:

Hoy, casi medio siglo después de la publicación de la encíclica, nuevos conocimientos llevan a pensar que la teoría de la evolución es más que una hipótesis. En efecto, es notable que esta teoría se haya impuesto paulatinamente al espíritu de los ivestigadores, a causa de una serie de descubrimientos hechos en diversas disciplinas del saber. La convergencia, de ningún modo buscada o provocada, de los resultados de trabajos realizados independientemente unos de otros, constituye de suyo un argumento significativo a favor de esa teoría100.

En abril de 1985, La Universidad de Munich organizó en Roma un Simposio internacional sobre La fe cristiana y la teoría de la evolución, en el que participaron el cardenal Joseph Ratzinger; miembros de la Comisión Internacional de Teólogos, y quince científicos, filósofos y teólogos pertenecientes a ocho países diferentes. Se reafirmó la convicción de que es inaceptable el evolucionismo materialista, que intenta explicar todas las dimensiones del universo y del hombre mediante puros procesos materiales. "La evolución es una hipótesis con fundamento, pero sus teoremas de selección natural y mutación no podrán nunca explicar el surgimiento de formas nuevas. Nunca será capaz de dar un salto del mundo inorgánico a la vida, de la realidad irracional a la racional, de los animales al hombre. La evolución sólo se entiende de modo correcto como un proceso teleológico, en el cual las formas nuevas estaban preexistiendo como ideas en Dios”101. Es inaceptable el evolucionismo materialista, que intenta explicar todas las dimensiones del universo y del hombre mediante puros procesos materiales. "La evolución, en efecto, presupone la creación; la creación en el contexto de la evolución se plantea como un acontecimiento que se extiende en el tiempo –como una creación continua– en la cual Dios se hace visible a los ojos del creyente como Creador del cielo y de la tierra". No hay, pues, evolución creadora, sino creación "evolvente"102.

Ya hemos expuesto en la I parte que es vana la pretensión de extraer de la Biblia conocimientos de ciencia natural. La Revelación divina enseña el camino de la salvación, y no pretende anticipar unos conocimientos que el hombre sólo puede descubrir mediante el estudio científico de la naturaleza. Pero existen frecuentes abusos en nombre de la ciencia, que es distorsionada no pocas veces en beneficio de ideologías materialistas y relativistas que nada tienen de científico. Esto exige un análisis científico riguroso que permita delimitar qué afirmaciones se encuentran realmente demostradas y cuales son solamente hipótesis más o menos plausibles, y qué otras afirmaciones son, en cambio, extrapolaciones que carecen de base científica y que, si se presentan como científicas, dan lugar a ideologías pseudo–científicas103.

En el curso de un coloquio titulado "Science pour demain" que se celebró en la Sorbona en 1991 –que reunió numerosos investigadores de reputación internacional– fué claramente reconocido que la teoría darwiniana (considerada todavía como válida en el espíritu de numerosas personas) era insuficiente para dar cuenta de la evolución, y que la observación de los organismos vivos nos obligaba a plantear la cuestión de la finalidad, de la que no pocos científicos –en especial los mecanicistas y atomistas materialistas– habían creído poder prescindir definitivamente. El astrofísico Trinh Xuan Thuan subrayó con elocuencia que "el grado de precisión que ha permitido la aparición de la vida es comparable a la de un arquero que clavaría una flecha en un blanco de un centímetro al extremo opuesto del universo”.En la conclusión del coloquio J. M. Pelot, pudo afirmar: "Es la primera vez que , en el curso de un coloquio que reúne tantas disciplinas diferentes, todos los científicos presentes estaban de acuerdo sobre el mismo punto: la ciencia de ayer está superada. Nos es preciso buscar una nueva forma de ciencia que tenga en cuenta todas las dimensiones de la realidad, comprendida la dimensión divina".

Esta nueva forma de ciencia es la que se abre a la metafísica y se reintegra con ella, pues está supuesta como condición de posibilidad por la actividad científica. Es lo que M. Artigas llama “naturalismo integral”.

Dios no compite con la naturaleza. Loa planteamientos que contraponen a Dios y a la naturaleza se basan en un equívoco metafísico: no se advierte que la existencia y la actividad de las causas segundas, en vez de hacer innecesaria la existencia y la actividad de la Causa Primera, resultan ininteligibles e imposibles sin ese fundamento radical.

Por otra parte, se puede pensar que la cosmovisión evolutiva, en lugar de poner obstáculos a la existencia de la acción divina, es muy congruente con los planes de un Dios que, porque así lo desea, ordinariamente quiere contar con la acción de las causas creadas.

El progreso de las ciencias –observa M. Artigas– proporciona en la actualidad un conocimiento en el cual el orden natural adquiere la modalidad de una autoorganización. Cuando reflexionamos sobre esta cosmovisión actual, que se encuentra penetrada de sutileza y de racionalidad, resulta inverosímil reducir la naturaleza al resultado de la actividad de fuerzas ciegas y casuales. Es mucho más lógico admitir que la racionalidad de la naturaleza refleja la acción de un Dios personal que la ha creado, imprimiendo en ella unas tendencias que explican la prodigiosa capacidad de formar sucesivas organizaciones, enormemente complejas y sofisticadas, en diferentes niveles, hasta llegar a la complejidad necesaria para que pueda existir el ser humano.

El dinamismo y las potencialidades de la naturaleza aparecen asentadas en un fundamento radical, que no es otro que la acción divina, que explica su existencia y sus propiedades.. Toda la naturaleza aparece como el despliegue de la sabiduría y el poder divino que dirige el curso de los acontecimientos de acuerdo con sus planes, no sólo respetando la naturaleza, sino dándole el ser y haciéndole posible que posea las características que le son propias. Dios es a la vez trascendente a la naturaleza, porque es distinto de ella y le da el ser, e inmanente a la naturaleza, porque su acción se extiende a todo lo que la naturaleza es, a lo más íntimo de su ser.

Esta perspectiva muestra que las presuntas oposiciones entre evolución y acción divina carecen de base. Dios es diferente de la naturaleza y la trasciende completamente, pero, a la vez, como Causa Primera, es inmanente a la naturaleza, está presente dondequiera que existe y actúa la criatura, haciendo posible su existencia y su actuación fundándola radicalmente. Además, para la realización de sus planes, Dios cuenta con la causas segundas, de tal modo que la evolución resulta muy coherente con esa acción concertada de Dios con las criaturas. Además, el naturalismo pretende desalojar a Dios del mundo en nombre de la ciencia, pero para ello debe cerrar los ojos a las dimensiones reales de la empresa científica. Puede hablarse de <> que, en la línea de las reflexiones anteriores, contempla a la ciencia natural juntamente con sus supuestos y sus implicaciones, cuyo análisis conduce a las puertas de la metafísica y de la teología104.

“Cualquier hipótesis científica sobre el origen del mundo, como la de un átomo primitivo de donde se derivaría el conjunto del universo físico, deja abierto el problema que concierne al comienzo del universo. La ciencia no puede resolver por sí misma semejante cuestión: es preciso aquel saber humano que se leva por encima de la física y de la astrofísica y que se llama metafísica; es preciso, sobre todo, el saber que viene de la revelación de Dios”105.

El Catecismo de la Iglesia Católica, tras recordar el n.159 la ausencia de oposición real entre la ciencia y la fe, dice en sus nn. 283–284:

"La cuestión sobre los orígenes del mundo y del hombre es objeto de numerosas investigaciones científicas que han enriquecido magníficamente nuestros conocimientos sobre la edad y las dimensiones del cosmos, el devenir de las formas vivientes, la aparición del hombre. Estos descubrimientos nos invitan a admirar más la grandeza del Creador, a darle gracias por todas sus obras y por la inteligencia y la sabiduría que da a los sabios e investigadores (...). El gran interés que despiertan estas investigaciones está fuertemente estimulado por una cuestión de otro orden, y que supera el dominio propio de las ciencias naturales. No se trata de saber cuándo y como ha surgido materialmente el cosmos, ni cuando apareció el hombre, sino más bien de descubrir cual es el sentido de tal origen".

2. La emergencia de lo nuevo en el proceso evolutivo desde el comienzo absoluto postula la Creación

2.1 Las pruebas fundamentales del hecho evolutivo.

Aunque se pueda admitir razonablemente la existencia de la evolución, si se prueba que hay motivos suficientemente sólidos, es forzoso reconocer que es difícil someter a contrastaciones empíricas que pongan a prueba las tesis básicas de las teorías evolucionistas. El evolucionismo se refiere, en efecto, a procesos que habrían ocurrido en tiempos muy remotos. Además es necesario acudir a muchas hipótesis para interpretar los fósiles que se conservan, y los procesos evolutivos tienen un carácter único, teniendo en cuenta que no son fenómenos repetibles que pueden someterse a experimentos controlados.

Como es bien conocido, las pruebas fundamentales del hecho evolutivo se extraen de la Paleontología (progresiva aparición de las especies, correlativamente al ambiente), de la Anatomía comparada (semejanzas genéricas, órganos "homólogos", órganos "rudimentarios"), de la Embriología (semejanza entre los embriones: la "ontogénesis" como recapitulación de la "filogénesis"), y de la Genética (común estructura cromosómica de todos los seres vivos).

Cuando Darwin formuló su hipótesis evolucionista, aún no se conocía nada la Genética, que es en la actualidad uno de los argumentos más importantes que se utilizan en favor del evolucionismo. En torno al cambio de siglo, el evolucionismo sufrió una seria crisis, de la que se recuperó cuando, hacia 1930, se formuló la denominada Teoría sintética de la evolución, o neo–darwinismo, que incorporó al evolucionismo la avances de la Genética. Luego, la biología molecular ha pasado a constituir otro argumento básico del evolucionismo106.

Alan C. Wilson, profesor de Bioquímica en la Universidad de Berkeley y autor de la teoría de la Eva africana, escribe: "Los genomas son fuentes objetivas de datos porque ofrecen pruebas no calificadas, a fin de cuentas, por ningún modelo evolutivo. Las secuencias génicas, empíricamente verificables, no se moldean con prejuicios teóricos. En cambio, los fósiles no admiten, por principio, una interpretación objetiva; las caracteres físicos por los que son calificados reflejan necesariamente los modelos que los paleontólogos quieren probar. La comparaciones genéticas dan pie para sostener que todos los humanos vivientes pueden remontarse por líneas genealógicas maternas de descendencia hasta una mujer que vivió hace unos 200.000 años, probablemente en Africa y de ahí se extendieron a otros. Los biólogos han ganado la partida a los paleontólogos, que creían que había que remontarse a un millón de años.

Ya había ocurrido hace años algo parecido. Según WILSON "tiempo atrás, creían los paleontólogos que la división entre los homínidos y los antropomorfos ocurrió hace 25 millones de años. Nosotros manteníamos que los genes de homínidos y antropomorfos eran demasiado parecidos para que el cisma se remontara más allá de unos pocos millones de años. Tras quince años de porfía, ganamos la partida, al admitir los paleontólogos que la razón estaba de nuestra parte. De nuevo andamos a la greña, ahora a propósito de la última fase de la evolución humana. (Pero llevan los biólogos las de ganar por lo que se ve). No se trata de que unos sean los malos, y otros los buenos: en todo se supone la honradez científica. Más, sea como fuere, lo cierto es que algunas hipótesis paleontológicas tienen todavía hoy dominada a la opinión pública, que mantiene una difusa creencia en la perfecta evolución sólo material habida entre nuestros ancestros de hace millones de años y el hombre actual. A ello ha contribuído la divulgación de algunas teorías y, sobre todo, de los dibujos que las ilustran (ya demostrados falsos, pero aún creídos)".

La proliferación de noticias sobre el "Hombre de Atapuerca" ha entrado por la puerta grande en la controversia científica citada, así como en la pugna por la conquista de la opinión pública. Y es que los paleontólogos pretenden probar con él la hipótesis de origen pluricontinental y pluriétnico del hombre, a base de afirmar que el ataporquensis es antecesor directo de los neandertales que vivieron hace 80.000 años y a quienes muchosexpertos consideran pertenecientes a una raza europea vetusta de Homo sapiens107.

Pero, aunque se mostrara que el Ataporquensis sea predecesor del Neanderthal (una hipótesis muy problemática), está hoy probado que éste no es antecesor del Homo Sapiens moderno. Por tanto, engañarse en demostrar que el Ataporquensis precede al Neanderthal es relegar al Ataporquensis a un papel secundario al problema, y a encastillarse en la postura predogmática característica de los evolucionistas: a saber, la elevación de la evolución a categoría de dogma, aun antes de determinar el alcance de ese término ambiguo108.

En cuanto a la prueba de Anatomía comparada, "las generales semejanzas estructurales y funcionales constituyen todo lo contrario de lo que se esperaría a partir del simple juego del azar, para el cual no tiene sentido ninguna preferencia por uno u otro modo organizativo, ni la existencia de un plan básico constante. En cambio, estas semejanzas constituyen una clamorosa revelación de una sapientísima racionalidad y unidad del plan constructivo, lo cual postula la intervención creadora del Sumo Hacedor. ¿Y los órganos rudimentarios (apéndice, coxis, etc.)? Poco a poco se ha ido demostrando su utilidad (funcionalidad actual o pasada), presentándose tales restos (p.ej., los brotes dentales del feto de ballena) como elementos útiles para la estructuración inicial del individuo (en la ballena, que no tiene dientes, para la idónea estructuración de la mandíbula): en definitiva, queda excluída la casualidad y corfirmada la intervención creadora".

Por lo que respecta a la Embriología, las semejanzas embrionarias, no suponen una <> (Haeckel), sino una obvia semejanza microscópica entre las primeras fases embrionarias (llegando hasta la igualdad externa de las microscópicas células células–huevo fecundas), previa a las divergentes actualizaciones del desarrollo: es decir, una confirmación más del plan unitario que es base del mismo".

La progresiva aparición de especies biológicas hasta los homínidos prehumanos que anteceden a la emergencia del hombre actual, que estudia la Paleontología, podría probar, en toodo caso, la evolución, o aparición progresiva de "formas" en secuencia progresiva de gradación biológica. Pero no el evolucionismo espontáneo del llamado “naturalismo anticreacionista”, entendido –según el sentido usual en miles de publicaciones que conforman una falaz opinión demasiado difundida– como la aparición "casual" de aquellas formas debida al juego "casual" de la actividad material. Esta es incapaz de preferir lo "más" a lo "menos"; más bien tiende a lo menos, a la degradación de la energía, a lo irreversible, al desorden (aumento de la "entropía"). Sin embargo, la aparición progresiva es perfectamente compatible con la prospectiva de un plan creador, ordenado y dirigido a la culminante aparición del hombre.Esas creencias, más que apoyar tal modelo de evolucionismo, confirma la existencia de un plan divino y de una intervención creadora.

Actualmente, la común estructura celular y cromosómica de las células en todos los seres vivos es considerada por la Genética como la prueba fundamental del evolucionismo. El descubrimiento de las estructuras cromosómicas, donde se encierra la "programación" genética del individuo, más que reflejar una "autónoma" y "casual" producción evolutiva de todas las especies, desvela el secreto que "liga" a estas íntimas estructuras con la totalidad del desarrollo específico de los individuos, y evidencia aún más la unitaria y racional intervención creadora del plan de base constructivo general, que no sólo desciende hasta la unidad macroscópica del embrión, sino también a la unidad microscópica109. Conduce, en efecto, a una clamorosa revelación de una sapientísima racionalidad y unidad de un plan constructivo en el que emerge lo nuevo. Todo lo cual postula una intervención creadora de Dios, como nos proponemos mostrar a continuación, por una exigencia rigurosamente metafísica (La emergencia de la “novitas essendi” –epigénesis– ha sido puesta en evidencia por C. Tresmontant con singular rigor. Otros autores –como M. Artigas– que se ocupan del tema después de él, y que ignoran su decisiva aportación siempre válida en torno a los años 60 y 70). Veámoslo.




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