El misterio de los orígenes



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a. Comenzemos por las causas morales

En el texto conciliar citado en primer lugar (GS 19) se hece referencia a la culpa moral originaria del ateísmo aludiendo al miedo por el que el hombre se esconde de Dios, huyendo de El (elemento formal del pecado ("aversio a Deo", cuya raíz es la soberbia), y a los afanes del mundo y de las riquezas (su elemento material, "conversio ad creaturas", en las que se pone el corazón que se aparta del único Bien que puede saciar, cuya raíz es la codicia).

Pero si vamos a la raíz última del pecado, la Escritura nos dice (Sir. 10–14) que el inicio de la soberbia provoca la desconfianza que da origen a la huída de Dios: "El comienzo de todo pecado es la soberbia", y "el comienzo de la soberbia es el alejamiento de Dios" por fallida confianza en El y sus designios. (En el Génesis se describe el pecado de los orígenes como radicado en la desconfianza por dar crédito al tentador que pone a Dios en estado de sospecha)68.

Sto. Tomas nos da la clave hermeneútica, de ese conocido texto del Eclesiástico (el Sirácide) inspirándose en "la unidad de la Escritura, la tradición viva del la Iglesia y la analogía de la fe" (que he recordado de nuevo como criterio de recta exégesis la Constitución Dei Verbum, 12 d). Aquella afirmación del Sirácide, que aparece también en los salmos: "Que el hombre no tenga a Dios en su corazón es el principio de la malicia"69) la explica a la luz del conocido texto paulino (Rm 1,19 ss) que comenta el Doctor Angélico: "Cognitio Dei, quamtum est de se ad bonum inducit".

El conocimiento de Dios, en efecto, de suyo induce al bien, pues quien conoce a Dios debe –si es coherente con la noticia del Sumo Bien providente del mundo– glorificarle, y darle gracias, y observar o guardar el orden por él establecido. Dice, por eso, San Pablo a los Romanos que los gentiles, por el conocimiento del mundo visible, llegan a alguna noticia de Dios; pero habiéndole conocido "no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias" por lo cual "son inexcusables". Y porque no usaron de ese conocimiento, marginándolo, sin buscar "como a tientas" al Dios vivo, permitió el Señor se envaneciesen en sus pensamientos y cayesen en la más degradante perversión. En cuanto a los judíos, que conocen la ley y los profetas cayeron, a su vez, en el pecado de engreimiento presuntuoso, que piensa por soberbia autosuficiente que tiene la salvación asegurada por pertenecer al pueblo depositario de la ley mosaica, que no pone en práctica. La fuerza para seguir la ley la recibe el corazón que confía en YHWE; en que cumplirá la promesa mesiánica de salvación universal en Jesucristo que hizo en la alianza con Abraham. De ahí arguye el Apóstol a la imposibilidad moral de evitar desviaciones religiosas y morales sin la gracia de Cristo70 que hace posible la fe en El. Del no uso o abuso del conocimiento natural d Dios71, a la soberbia; de ésta a la idolatría y la magia, y finalmente a los pecados contra la naturaleza y a la degradación y perversión más espantosa. El origen del ateísmo –de la negación del Dios vivo– es, pues, una desatención culpable a la voz de Dios, cuya raiz es una desconfianza en El, expresión de una actitud de soberbia, de autonomía autosuficiente..

X. Zubiri expresa lo mismo en términos parecidos y equivalentes:

<El ateo y el agnóstico no encuentran el fundamento de la deidad –(del valor absoluto del ser del ente, de la experiencia ontológica, en mi propio registro metafísico trascendental)– más allá de sí mismos, en una Divinidad. Y por tanto, aquello a que apelan como ultimidad posibilitante y además imponente, es pura y simplemente el dictado de su conciencia en cada caso. Este dictado es lo que constituye la voz de la conciencia. Es ella la que dicta lo que en cada caso debe hacer o no hacer el hombre. Esta voz es la actitud positiva tanto del agnóstico como del ateo, cuyo momento negativo es la no apelación a ninguna divinidad viable>>72.

El agnóstico y el ateo están religados a un poder último, posibilitante, imponente, que es la voz que dicta a mí en la conciencia. Esta voz es, por tanto, un momento de la deidad, y a él está religado todo hombre, sea o no ateo o agnóstico. La expresión: voz de la conciencia, sugiere que, la voz, la audición, es una estricta intelección: una intelección auditiva, que me hace aternerme a la realidad –y que expresa la inquietud por el ser absoluto al cual yo me estoy refiriendo en mis actitudes–. Lo que suena no es el sonido, pero es aquello que suena, es el "fundamento" del sonido. En este caso se trata de la realidad oculta tras la intelección auditiva que constituye la voz de la conciencia y que me patentiza el poder lo real.



<la palpitación sonora del Fundamento del poder de lo real en mí. Y esta palpitación sonora remite físicamente a esa misma realidad, como fundamento suyo. Dirán, entonces –el ateo y el agnóstico–, que eso a que remite ser una realidad; pero la mía y no la de las demás cosas. Pero ello es posible porque no advierten (que aquí está la desatención culpable de que aquí hablamos que "aquello a que me hace atenerme la voz de la conciencia y el poder de lo real" es lo real en tanto que real (trascendental, envolvente) que remite al Fundamento trascendente >>. (...)

"El ateísmo es un acantonamiento de la conciencia en la palpitación de Dios en el seno del espíritu. Es decir, a su modo llega a Dios" (Ibid).

Como diría Sto. Tomás, "de un modo indeterminado, como quién viene de lejos" (Cfr. S. Th., Y, 2, 1), y al que se le confunde por desatención culpablemente voluntaria con el yo autónomo y autosuficiente, indebidamente absolutizado en un mito de sustitución idolátrico. Como dice ZUBIRI en Naturaleza, historia, Dios, la cuestión, más que negar a Dios, viene a ser un problema de ponerse de acuerdo acerca de quién es Dios73.

b. A estas causas próximas en sentido propio y formal, de la incredulidad y del ateísmo de carácter ético –el alejamiento y olvido o marginación de Dios y la soberbia que aquél manifiesta y origina–, hay que añadir también todo un conjunto de causas remotas de carácter dispositivo, hábitos de naturaleza intelectual y prejuicios endurecidos de raíz sociológica, que originan la contaminación ideológica (mucho más grave y funesta que la contaminación atmosférica de las grandes ciudades). Se ha afirmado acertadamente que, mas que los vicios, son los errores los que corrompen a los pueblos.

Más arriba hicimos referencia a este tema con algún detenimiento (cuando tratamos –en la parte 1, cap.IV– de la dimensión social e histórica del conocimiento). Baste aquí aludir a la mentalidad consumista–edonista, a la crisis de intimidad de una sociedad masificada que tanto obstaculiza oir la "voz silente" de Dios en el santuario de la conciencia; a una cultura inmanentista cerrada a toda trascendencia; a un superficial cientifismo que aparece a los ojos de muchos como capaz de todos los progresos y, a la larga, de todas las explicaciones, o al vértigo del cambio –en la actual aceleración de la historia– que favorece una visión fenomenista funcional en la que nada permanece74, todo es efímero, caduco y sin importancia.

Vista la etiología del ateísmo en general, parece necesario precisar las diversas características que ambas causas (formal–próxima y dispositiva–remota) que le dan origen, adquieren en las diversas actitudes personales ateas, correpondientes a los diversos tipos de negación de Dios que –no sin una tensión dinámica de paso de una a otra modalidad de negación– vamos a distinguir a continuación.

Presentamos en un cuadro esquemático cuales son los caracteres de los seis tipos diversos de negación personal del Dios vivo, en su dinámica relación descendente, y la diversa inflexión de sus causas.



Advertencia: las notas I, II, III, IV, V, VI, introducidas en este esquema, reivindican los textos correspondientes de la Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II sobre el ateísmo (n.19), que se reproducen debajo del cuadro.








NEGACIÓN (formas de)

ATEÍSMO (tipos de)

CAUSA DISPOSITIVA (Intelectuales sociales) Inmanentismo

CAUSA FORMAL (voluntad egocéntrica)

CULPA M-ORAL



1

De Ignorancia

Negativo (I)

Oscuridad intelectual

Infrecuente (si es culpable=2)

2

A/ De Marginación



Práctico (I)

Exito de la vida. Cultura inmanentista

Accedía. (Autosuficiencia despreocupada)




B/ (porcoherencia entre vida y pensamiento)

Indeferentismo (práctico, teóricamente justificado)

Racionalismo deista (V) Agnosticismo despreocupado (IV)

"Initium superbiae apostatare a Deo" (Sir 10,14)

3


De Crítica

A/ Auténtica




Ateísmo aparente

(Teología negativa)

Positiva función purificadora


Ausencia de testimonio adecuado, teórico o práctico (III) a favor de Dios. Misterio del mal (II)

Búsqueda sincera del Dios vivo. Voluntad de verdad: no es culpable




B/ Inauténtica

(Por tendencia connatural al hombre, “peregrino de lo Absoluto” –Pascal– )



Crítico (IV, V)
a/individualista

b/militante (antiteísmo)


Necesidad de justificar el rechazo de Dios

a/ ante sí

b/ ante los otros


Rebeldía enmascarada en críticas sofísticas (IV y V)




4


De sustitución idolátrica (expresión atea de la "religio")


Positivo (que absolutiza lo relativo)

Tendencia connatural del espíritu al Absoluto (religación).

Soberbia de la vida (raíz común en (A) y en (B), de diversas idolatrías




A/ Precristiana



Divinización de la naturaleza

Desviaciones institucionales de las religiones paganas

Idolatría (politeísta, panteista). Magia (dualista de modo singular)




B/ Postcristiana

(por "la venganza de la finitud")


Divinización del hombre (VI)

Cultura del humanismo ateo, fundado más bien en postulados axiológicos que en razones teóricas

Rebeldía prometeica pseudo humanista (Idolatría y magia más sutiles)

–individualista (corruptora)

–pseudoaltruista(militante)


ANTITEISMO

5

De oposición

(por desesperación total)


Antiteísmo esperanzado



Cultura del satanismo

Rebeldía prometeica satánica

6

De confrontación (odio de nemistad)

Antiteísmo desesperado de los réprobos

Apenas posible hasta la impenitencia final

Rebeldía desesperada del odio luciferino.

(I) Algunos ni siquiera se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque al parecer, no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por el hecho religioso.

(II) El ateísmo nace a veces como violenta protesta contra la existencia del mal en el mundo o como adjudicación indebida del carácter absoluto a ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente como sucedáneos de Dios.

(III) Derivado de varias causas, entre las que se debe contar también la actitud crítica contra las religiones, y, ciertamente en algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religión cristiana. Por lo cual, en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión.

(IV) Los hay que someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que reputa como inútil el propio planteamiento de la cuestión. Muchos, rebasando indebidamente los límites de las ciencias positivas, pretenden explicarlo todo sobre esta base puramente científica, o, por el contrario, rechazan sin excepción toda verdad absoluta.

(V) Hay quienes imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio.

(VI) Hay quienes exaltan tanto al hombre, que dejan sin contenido la fe en Dios, ya que les interesa más, a lo que parece, la afirmación del hombre que la negación de Dios.

Comentario.

El ateísmo, desde un punto de vista antropológico, está posibilitado, como decíamos, por una doble fuente: la negación crítica de una figuración antropomórfica del Absoluto Trascendente –nadie puede negar al Dios vivo claramente visto– que sólo es ateísmo en sentido propio si está provocado por una culpable ceguera de falsa autojustificación– y la actitud culpable de autosuficiencia más o menos facilitada por el "espíritu objetivo" del medio social, cultural y, religioso, en cada momento histórico.

Pero la negación del Absoluto, bien por vía de cobarde marginación, o por un indeferentismo, tan extendido en la sociedad tecnificada y consumista de masas adormecidas –por el constante reclamo de urgencias inmediatas y de la "concupiscentia occulorum" (Jn 2, 16)– que tanto obstaculiza la escucha de la "Voz silente" (Job) de Dios (las únicas palabras importantes, que resuenan en la voz de la conciencia) –bien por positiva repulsa, justificada por una crítica psuedocientífica de la noción de Dios, o por una postulación axiológica de su incompatibilidad con la plena realización del hombre, acaba induciéndole antes o después, porque necesita asirse a seguridades absolutas, a absolutizar valores relativos intramundanos: de la naturaleza o del hombre en su relación de donimio del mundo que acaba siendo destructora (ateísmo positivo, como forma de "religio"), que conduce a la larga a la más angustiosa desesperación.

Es interesante subrayar también que estas diversas modalidades de negación personal del Dios vivo se relacionan entre sí según una tensión dinámica de sucesiva transformación inmanente de cada forma de ateísmo en la siguiente (que en el cuadro precedente se expresa mediante flechas descendentes). Lo que comienza siendo huída cobarde o marginación de Dios, tiende a justificarse antes o después con críticas inauténticas, a diferencia de la "negación" justificada de falsas nociones de Dios de quienes buscan honestamente la verdad, que es un "sí" de búsqueda del Dios vivo, que cumple, como antes exponíamos, una función purificadora de las falsas divinizaciones o de las figuraciones antropomórficas que no pueden identificarse sin más con Dios: "Deus semper maior"75.

Pero el hombre peregrino del absoluto, no puede vivir del no. Necesita afirmar el absoluto que se le impone (en lo que Zubiri llama la religación a la deidad, que yo prefiero llamar apertura religada trascendental al valor absoluto del ser). He aquí porqué.

Como hemos observado antes, el ateísmo no se identifica con la irreligiosidad sin más, sino que a veces puede presentarse como una forma específica de "la religión" del hombre. Es más, siempre tiende a ella. Puede el hombre, en efecto, suprimir la figura de Dios –el Absoluto Trascendente–. Pero lo que jamás podrá suprimir enteramente es la religión, expresión humana de la vivencia del absoluto implícita en su trascendencia al ser en cuanto tal, ni en la vida del individuo, ni en la de la sociedad. Peregrino de lo absoluto (Pascal) necesita apoyarse en seguridades absolutas, en sus juicios y decisiones.

Podrá suprimir –con un rechazo culpable– el verdadero objeto de su religio –de su constitutiva dimensión religiosa–, pero jamás podrá extirpar totalmente la impronta subjetiva del Creador en su "imagen creada" (a saber, la vivencia del absoluto a menudo no explícitamente consciente) de este objeto. En una palabra: la religio. Por eso, antes o después tenderá a absolutizar algún aspecto de su experiencia en el mundo, divinizándolo en la medida en que se cierre –con mayor o menor culpabilidad– a la vía de la trascendencia que conduce al reconocimiento del absoluto Trascendente y Creador (mediante aquella inferencia causal del todo connatural al espíritu humano, que arriba describíamos con alguna detención).

La antigua religión cósmica puede ser considerada como una expresión de la divinización de la naturaleza, en la que apenas se distinguen los destellos especulares del Poder omnímodo del Absoluto –las llamadas hierofanias por Mircea Eliade–, de su origen trascendente en el Dios creador, oscuramente presentido.

Como ya hemos observado, el cristianismo ha posibilitado tanto las destrucción de los ídolos como la aparición de una nueva forma de ateísmo muy diversa de las expresiones de ateísmo idolátrico de la antigua religio y de las sociedades primitivas en general. Un ateísmo religioso también, que se inclina ante nuevos ídolos, divinizando al hombre que domina la naturaleza y se autorealiza como demiurgo de sí mismo. Como dice Zubiri, no se ventila aquí tanto la cuestión de Dios o del Absoluto, sino –más bien–, la de ponerse de acuerdo acerca de quién es Dios76.

Mitos de sustitución, tasados por encima de su precio. Pues, antes o después, no puede menos de acontecer eso que se ha llamado "la venganza de la finitud" según la frase bíblica "derelinquerunt me, Fontem, aquae vivae, et foderunt sibi cisternas disipatas, quae continere non valent aquas"77. Ya que como dice Thibon, "a quién rehúsa el agua le queda la sed".

Aquella actitud de autoendiosamiento o soberbia de la vida facilitada por el “éxito de la vida” más o menos prolongada en el tiempo, está amenazada constantemente por el fantasma de la desesperación ante cualquier eventual fracaso, que puede provocar la angustia de la vacuidad –”sabor a nada”– de una existencia desligada del fundamento (que la hace ser arrancándola de la nada). Es ella la que puede arrastrar al hombre hacia el abismo antiteísta del odio luciferino, si desoye la voz paternal de Quien llama a las puertas del corazón (Ap. 3, 20) invintándole a regresar a la Casa paterna. A continuación veremos por qué pasos en su fundamento antropológico.

3. Relación dinámica descendente de las diversas formas de negación de Dios.

He aquí las seis sucesivas formas de negación de Dios en sus causas y en su relación dinámica descendente –en una cadencia progresiva hacia el hondo del abismo–78 (los números se corresponden con los de la tipología del ateísmo del cuadro del capítulo precedente).

1. No se conocen, al parecer, pueblos sin religión. La ignorancia total –ausencia total de la noción de Dios– no parece posible en el hombre con uso de razón, que es naturalmente religioso, en virtud de su apertura espiritual al orden trascendental propia de su espíritu.

Si se diera en algún caso concreto79, la culpabilidad sería de despreocupada desatención, falta de amor y búsqueda de la verdad de raíz egocéntrica (salvo situaciones de agobiante preocupación pragmática por la sobrevivencia). Estaríamos en la situación siguiente.

2. La marginación, desatención culpable a la voz de la conciencia –palpitación sonora de la voz de Dios– que no puede menos de oírse en ese íntimo santuario de la persona creada, si no se deforma por pseudorazones generadoras de hábitos mentales de indeferentismo despreocupado (deismo, racionalismo, agnosticismo superficial tantas veces ni siquiera justificado reflexivamente). Tiene su raíz en la "acedia", o huída cobarde al requerimiento del Absoluto que "insta" a una respuesta magnánime –ex toto corde– a Quien se nos da del todo como Salvador, habiéndonos dado antes cuanto somos y tenemos en tanto que Creador. ("Totum exigit te qui fecit te")80, que no se aviene a la mezquindad de un egoísmo confortable que huye de todo molesto compromiso (la "desesperación de los débiles" de que habla Kierkegaard). El éxito de la vida, feliz formula propuesta por Zubiri, es su gran apoyo que a él dispone y le alimenta.

3. Antes o después llega la decepción. Las "situaciones límite" (sufrimiento, angustia ante la muerte) vehiculan (de modo muy especial en la intención de la amorosa Providencia paternal de Dios que les permite luces de trascendencia, gracias de conversión, que invitan a replantear las cuestiones últimas del sentido de la existencia). El ateísmo práctico de marginación tiende entonces –si estas son rechazadas– a justificarse por una necesidad de coherencia entre vida y concepción del mundo, entre mente y corazón. De ahí brotan muchas críticas a Dios de la "ciencia de falso nombre", o de una postulación axiológica de su incompatibilidad con la plena realización humana (no me refiero a las justas críticas de la teología negativa de que hablamos antes que pueden ser expresivas de una búsqueda del verdadero rostro de Dios oscuramente presentido en el fondo preconsciente de la inteligencia81), que tienen su raíz en una inteligencia cuya luz está oscurecida por una voluntad éticamente desviada (ya hablamos del influjo de la voluntad en la inteligencia desde el mismo brotar originario de su ejercicio82), que no suele tener otro valor que el de una retórica quizá brillante, pero que no pasa de ser un puro malabarismo sofístico. Es el ateísmo crítico.




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