El misterio de los orígenes



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Como dice Pieper: "si todo es fe, entonces no hay fe alguna"; para poder creer necesito poder saber que Dios existe, y conocer a Dios, cuya intimidad escondida es esperable una posible manifestación –al menos por la originaria experiencia religiosa fundada en la revelación cósmica–; y saber también que, de hecho, hay claras señales "objetivas" de que tal manifestación ha tenido lugar en el aquí y ahora de la historia –y de mi vida personal en ella–, que culmina en el acontecimiento de Cristo, que vive en su Iglesia, signo eficaz de su salvífica presencia entre los hombres que llamó uno a uno, por su propio nombre, y ayudándoles a buscarlo, a conocerlo y amarlo con todas sus fuerzas (Cfr. cec 7).



En este conocimiento –previo a la fe– que discierne los signos del origen divino de aquella Revelación sobrenatural, se establece el nexo entre los dos triples accesos a Dios (los originarios y sus correlativas complementarias y connaturales derivaciones, de carácter respectivamente natural y sobrenatural). Es él el que dispone a recibir el don salvífico de la Revelación en Jesucristo aceptada en el don infuso de la fe –aunque se den simultáneamente, no pocas veces en el tiempo–, cuya consumación será –en el que perseverare hasta el fin en una vida de fe, que conduce a la progresiva identificación con Cristo, la plenitud de la filiación divina en la Jerusalén celestial: la visión beatífica. A esa plenitud beatificante nos encamina la fe teologal "que obra por la caridad" (Gal. 3,14): "sin otra luz ni guía, que sólo la que en mi corazónardía"52.

CAPÍTULO IV

EL ATEÍSMO COMO ENCUBRIMIENTO DE LA RELACIÓN DE ORIGEN DEL HOMBRE A SU CREADOR

1. Introducción

Como enuncia el epígrafe, tratamos del ateísmo (negación del Dios vivo, en sus diversas formas) en perspectiva antropológica. No nos ocupamos aquí tanto de los sistemas ateos, como de las actitudes personales ateas, que ignoran, marginan, rechazan, o se oponen al Dios vivo que da noticia de sí, como Creador y Salvador, en la voz de la conciencia personal de cada uno de los hombres. Aunque son muchos los factores psico–ético individuales y socio–culturales que han podido influir en aquellas actitudes agnósticas y ateas, aquí nos proponemos considerarlas en tanto que estrictamente personales, no en tanto que más o menos objetivadas en un sistema doctrinal ateo más o menos homologable por el registro de la historia.

No me propongo, pues, catalogar o describir las diversas formulaciones filosóficas o culturales ateas que registra la historia del pensamiento humano. En ellas aparecen objetivadas concepciones ateas del mundo que han tenido su origen en personas concretas, que –siempre influidas por otras, singular o colectivamente consideradas, según los casos– han tenido menor o mayor impacto "ambiental" en su entorno cultural.

1– Nos interesaremos, pues –es la primera observación previa que quiero hacer–, por el ateísmo en la perspectiva de su emergencia en el espíritu subjetivo individual, que deja en ocasiones una huella en sistemas doctrinales ateos de espíritu objetivado, que contribuyen a influir, más o menos, según su mayor o menor incidencia social, en el espíritu objetivo, es decir, en las vigencias socio–culturales de un grupo humano o de una institución concreta53. Dada la "estructural" correlación de aquellos tres momentos, hacemos las oportunas referencias –al tratar de las actitudes ateas del "espíritu subjetivo individual individual"– a los otros dos, pero siempre de forma ausiva y a título de posible expresión –"espíritu objetivado", o causa dispositiva "espíritu objetivo"– de la negación de Dios, que como tal, brota siempre originariamente de un espíritu individual54.

2– Una segunda observación. Entiendo por ateísmo no ausencia de religiosidad, sino negación personal –por ignorancia, marginación, sustitución o repulsa– del Dios vivo, que a ningún hombre deja de dar testimonio de sí, y a todos llama, como su Creador y Salvador, invitándoles a la comunión con El.

Como hemos comprobado al estudiar las diversas vías de diversificación de la experiencia religiosa fundamental en los distintos tipos de religiones, son pocas las que corresponden, a nivel institucional, a una concepción de Dios trascendente y personal. Solía decir, en frase "picante", el gran historiador y teórico del fenómeno religioso Van der Leeuw, Dios es un "tard venue" en la historia de las religiones55. Pero, si bien es cierto que el ámbito de la religión que florece al margen del fenómeno judeocristiano apenas aparece con claridad la noción de Dios Creador, personal y trascendente al mundo, lo es sólo a nivel institucional, no necesariamente –ni mucho menos– en la intimidad de la conciencia personal.

"Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo, y todo lugar, está cerca del hombre"56.

En efecto: el deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí57.

La constitución "Gaudium et Spes" del Concilio Vaticano II del 7–XII–1965, comienza su exposición –espléndida y luminosa– sobre el ateísmo (nn. 19 a 21) con estas palabras:

"La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquél amor y se entrega a su Creador".

El que no "reconoce", pues, a Dios que le llama amorosamente al diálogo con El desde su despertar al uso de razón, no vive según "la verdad" de ser, en virtud de un uso de la "libre" voluntad que lo impide. Es lo que yo llamo "desatención culpable". (El "declinare occulos" del libro de Daniel (13,9) raíz del ateísmo personal).

Con frecuencia se oye decir que el ateísmo afirmado de manera positiva, no es más que un fenómeno reciente, mientras que los pueblos antiguos no conocieron más que el ateísmo práctico, el ateísmo de los espíritus a ras de tierra, de quienes dice el salmista: "Dice en su corazón el insensato: no existe Dios" (Sal 13, 1; 52, 1): Tal tesis es tan falsa como la afirmación contraria, la de los historiadores positivistas de las religiones del siglo XIX, para quienes el ateísmo estaría presente en los comienzos de la historia de la humanidad como el estado connatural al hombre58.

"Nihil novum sub sole". Si se entiende por ateísmo la negación del Absoluto personal, el ateísmo es una forma de religión presente en la historia de las religiones positivas, al menos a nivel institucional. (También, el actual ateísmo –pese a declararse antireligioso– presenta todas las características de una nueva religión, con sus dogmas, su moral y su escatología salvífica, especialmente en el marxismo).

Las investigaciones de los historiadores de las religiones no han podido hasta ahora probar la existencia de pueblos sin religión, pero sí la de bastantes religiones que tenían divinidades concebidas como poderes sin rostro, impersonales. Se puede preguntar hasta qué punto es legítimo hablar de ateísmo en esta concepción impersonal de la divinidad.

Sería difícil responder claramente a esta cuestión en lo que se refiere a esas formas antiguas, digamos primitivas, de religión politeísta, que divinizan fuerzas naturales, pues, con frecuencia ni afirman ni niegan un fundamento trascendente a nivel institucional. Pero, en todo caso, el deseo de un dios personal, de un Tú divino al que confiarse en íntima comunión, acaba imponiéndose, porque corresponde a una disposición muy profunda del hombre, a lo vivido externamente en el rito institucional, que es compatible con actitudes personales de plegaria al Dios vivo y personal ("al que sin conocerlo, sin embargo, veneráis", Hch. 17). Habría que precisar en cada caso concreto nada fácil de discernir en ocasiones (sólo Dios conoce los corazones), entre un comportamiento mágico y una actitud propiamente religiosa.

Algo parecido cabe decir de las religiones panteístas de Oriente. No puede negarse que el Budismo de la impresión –en sus formulaciones doctrinales más difundidas– de una religión atea.

El gran orientalista Helmut von Glasenapp publicó una obra que se convirtió en un clásico del orientalismo: Buddhismus und Gottesidee59. Sostiene el autor que el budismo niega explícitamente la existencia de Dios, aunque admite la existencia de dioses (coincide en ambos puntos con el jainismo, una religión heterodoxa de la India, y con la filosofía Sankhya, una corriente de pensamiento ortodoxa dentro del hinduismo). Von Glasenapp basa su demostración en citas de textos clásicos y autoritativos tanto del budismo Hînayâna (Pequeño vehículo) como del Mahâyâna (Gran vehículo). Podría añadirse el testimonio de instructores budistas contemporáneos, como p.e., el Anagârika Prajñânanda: "la creencia en un Dios individual o personal, creador de las cosas, regente, inmortal, es una opinión falsa".

Ahora bien: en el budismo del pequeño vehículo (Hînayâna) –recordemos la breve exposición que hicimos sobre el tema en el epígrafe 1–, Buda coloca a los dioses en el último lugar del mundo, y descubre como realidad última el nirvana, la nada absoluta (que conviene distinguir de la nada simplemente relativa, que es lo contrario del Ser–en–el–mundo). Pero esta nada absoluta, ¿es realmente "nada"? Preguntado sobre la existencia de Dios, Buda se refugia en el silencio total. La ausencia de imagen en Antiguo Testamento, que no soporta ninguna representación de Dios y no reconoce como válida más que la palabra, está aquí rebasada por la misma negación de la palabra, por la remisión al puro silencio, al mutismo total de la creatura. Sin embargo, también se puede ver una teología –en cierta manera semejante, aunque nunca tan radical– del mutismo y de la noche oscura en la teología negativa de la mística cristiana. De suerte que tal vez es completamente exagerado ver en el budismo del pequeño vehículo (Hînayâna) un verdadero ateísmo, sería más bien –en ocasiones al menos– un caso–límite de la teología negativa, un aparente ateísmo que en el fondo no es sino experiencia de mística natural, preparada por las técnicas de interiorización –tales como el yoga– de los "gurús" de la meditación trascendental", en prosecución, de una fe más pura, rechazando las representaciones demasiado humanas de Dios por respeto reverencial ante la presencia de la realidad siempre más grande de Dios60.



La mística natural de las religiones de Oriente "tiende" a confundir a Dios con la fuerza inmanente que anima al Universo (el ATMAN, fondo del alma, estado de concentración del BRAHAMAN), pero en ocasiones relega esta a una trascendencia inaccesible que le hace totalmente inalcanzable, en una actitud religiosa de muda adoración de lo inefable en la que ni se niega ni se afirma explícitamente al Dios vivo. Puede tratarse entonces de mera teología negativa: trascendencia gnoseológica llevada al límite, de la que se espera la salvación61. Es compatible esta religiosidad, pues, con una actitud no atea, de búsqueda de Dios de un corazón sincero y buena voluntad en la que hay rechazo del Dios Creador. Sólo habría en este caso actitud silente, que puede ser en ocasiones muda adoración del "Deus Absconditus". Ahora bien, el deseo de un Dios personal, de un Tú divino con el que dialogar en íntima comunión personal, nunca ha estado ausente de la actitud personal religiosa de plegaria y adoración62.

Hay que hacer, pues, un doble discernimmiento:

a/ En primer lugar que el ateísmo como negación del Absoluto personal a nivel institucional o de formulación doctrinal, no siempre es personal en los miembros de esa institución o grupo religioso como negación del Dios vivo. Con frecuencia se dirigen a El transcendiendo el mudo ensimismamiento en la "nada absoluta"; o –en su caso– el símbolo mítico o la acción ritual en una actitud no atea idolátrica o mágica, sino de plegaria confiada a un Tú presentido oscuramente de modo no nocional y preconsciente –según explicitábamos arriba– con bastante acierto a veces, en la intimidad del espíritu personal de los que realizan su dimensión religiosa en el apoyo institucional –al que necesariamente tiende la constitutiva socialidad propia de la condición humana– de tal concreta religión o estructura religiosa.

b/ En segundo lugar hay que discernir el sentido que tiene una negación de Dios: a veces un no a Dios equivale a un movimiento de búsqueda del Dios vivo que se manifiesta en forma de violenta repulsa a una figuración antropomórfica del Dios trascendente presentido en la intimidad de la conciencia (de forma preconsciente), como rechazable. Es, pues, una negación crítica, muchas veces fundada, de una falsa noción de Dios. Es un no que equivale a un de búsqueda "a tientas (Hch 17,27)" del Dios vivo, expresivo de un anhelo de encuentro y comunión con El, avivado por el influjo de la gracia redentora de Cristo de que llega a todos los corazones63.

El ateísmo (en su forma crítica) no es necesariamente la negación del absoluto en general, sino su reducción a una pura ausencia de figuración, es una protesta contra la figura con la que se identifica el absoluto.

"En esto consiste –escribe Ratzinger–, en realidad, la grande e ineluctable misión del ateísmo en la historia de las religiones. Porque la figuración de lo divino lleva siempre de hecho a humanizar a Dios, gran amenaza para el hombre. Toda humanización y reificación del absoluto puede llevar a las más terribles consecuencias, ya que entonces el grupo, el sistema, la organización, se erigen también en absolutos y, faltos de toda humanidad, hacen el mal puro y simple de todo lo que se les oponga. Por el mismo hecho de la naturaleza humana, toda figuración tiende necesariamente a reducir y a humanizar falsamente a Dios; por eso, es impensable que al lado de la figuración no exista igualmente la gran contra–corriente en la intimidad de la conciencia (de forma preconsciente) como rechazable. Es, pues, de la purificación"64.

3– Tercera observación. El ateísmo es siempre –si es verdaderamente tal, no mera teología negativa–, expresión de esta posibilidad fundamental del hombre que llamamos pecado. El ateísmo puede existir como fenómeno constante de la historia, ante todo porque la posibilidad de hacerse culpable y de negarse, siempre es algo propio del hombre y de toda libertad creada.

Es el pecado, el abismo del misterio de iniquidad que tiene su raíz en la orgullosa autosuficiencia que rechaza la dependencia del Creador y Señor, que implica una desconfianza sólo posible en virtud de una ceguera culpable, especialmente aguda en las diversas formas de negación de Dios. Después veremos las modalidades de aquella culpa moral y su mutua relación. Pueden reducirse a dos fundamentales: a/ la negativa del corazón estrecho (relacionada con la acedia), que no se atreve a subir tan alto y se repliega de buen grado sobre el campo terrestre de su cómoda instalación en una existencia desvinculada –en una actitud egocéntrica– de molestos compromisos que obligan a salir de sí; b/ la actitud de hybris, que rechaza la sujeción y no quiere reconocer nada por encima de sí. (X. Zubiri ve la raíz del ateísmo en la soberbia de la vida y en la falta de voluntad de verdad que conduce al "encubrimiento" que obtura la ruta de acceso noético al Fundamento del poder de lo real).

4– Una última observación que me parece fundamental, es advertir que el ateísmo de los últimos siglos, sí bien participa de las propiedades generales del ateísmo, muestra rasgos completamente específicos –en occidente de modo especial– que derivan, en síntesis de su carácter postcristiano, es decir, del hecho de que ha sido formulado en la perspectiva de la fe cristiana en Dios, en la intención consciente de negar ese Dios, de salirse de la historia de las religiones y ponerle un final irrevocable, en nombre de la ciencia y de la dignidad humana. La ciencia es la forma de pensamiento en la que hoy en día muchos espíritus piensan que –por primera vez en la historia– toda la humanidad puede unificarse. El ateísmo tiene con frecuencia la pretensión de ser el resultado obligado de esta forma de pensamiento y, en consonancia, la respuesta definitiva al problema de Dios, presentándose, a veces, con carácter definitivo y exclusivo, y persiguiendo como fin último la unificación de la humanidad orgullosa de sí misma, y absolutizada en el lugar de Dios.



Este ateísmo no ha llegado a ser posible más que gracias a la "desdivinización" cristiana del mundo, que ha rebasado en radicalismo la "desdivinización" greco–filosófica del mundo (no podemos olvidar que ha merecido al cristianismo primitivo el reproche de ateísmo, por haber roto todo el espacio de la antigua religio y haberlo declarado profano). La desdivinización del mundo, que resulta del absolutismo de la fe en un sólo Dios, no hace más que entregar plenamente al mundo entero totalmente de la pasión investigadora propia del espíritu griego, y liberado ya del terror de los demonios, y de las inquietantes fuerzas maléficas del cosmos divinizado65.

El encuentro, hasta entonces, con la realidad creada había sido siempre para el hombre una fuente de experiencia religiosa inmediata, por razón de la transparencia de la naturaleza respecto a su creador, que se le manifestaba en el simbolismo analógico de las hierofanías cósmicas. Pero, el desarrollo de la técnica en el mundo, hecha posible por el cristianismo, ha tenido como consecuencia que el hombre no encuentra en ninguna parte la realidad de la naturaleza en su simple inmediatez, y no la alcanza más que por medio de la obra humana. El mundo que tiene delante es, en todos sus rasgos, un mundo transformado por el hombre. Y de esta forma el hombre no encuentra la naturaleza, en sí misma, como el "ars Dei", sino con creciente intensidad mediada por su propia obra, la "techné": un mundo transformado por el genio humano, que cante la gloria del hombre.

En consecuencia, la misma posibilidad de la experiencia religiosa resulta profundamente modificada, positiva y negativamente. En lugar de la religión inmanentista de la naturaleza, surge de por sí la religión técnica, la veneración del hombre por sí mismo; la autodivinización del hombre suplanta inevitablemente a la divinización de la naturaleza. Pero también facilita descubrir la vía antropológica de la participación en la Trascendencia creadora por la experiencia del dominio cuasi creador del hombre.

De ahí las características peculiares del ateísmo postcristiano presente en muchos espíritus, que ha dado origen a objetivaciones en diversos sistemas ateos. Estos han ido evolucionando, desde las versiones racionalistas idealistas y materialistas de siglos pasados, a las formas contemporáneas (de la modernidad epigonal y de la postmodernidad) que se caracterizan por un humanismo que "postula" –más por un fundamento axiológico que teórico– la superfluilidad de Dios, que si existiera, impediría la plena realización del hombre.

Se comprende, después de lo dicho, que los rasgos originales de este tipo de ateísmo "postulatorio", se dan sólo en culturas que han sido previamente evangelizadas (o de civilización tecnológica avanzada, como Japón: pero, en estos casos, con caracteres propios: es más común la mera marginación o indiferencia entre las cuestiones últimas, favorecidas por una cultura de desmesura en el trabajo, y la ausencia de una tradición cristiana saturada de "signos de trascendencia" que recuerdan, con los constantes reclamos de la cultura "objetivada" en Occidente, de raíces cristianas, a una doctrina enormemente comprometedora).

En gran medida, el ateísmo contemporáneo es un ateísmo constructivo, no meramente destructivo, como lo ha sido, en líneas generales, hasta la aparición del marxismo. La destrucción de Dios no es en el mundo contemporáneo un fin sino un medio; un medio postulado para la realización de un humanismo constructivo. Con una voluntad prometeica, el hombre pretende alcanzar la más plena grandeza humana, construir el regnum hominis; la eliminación de Dios sería necesaria para la construcción de ese humanismo ateo; derribar a Dios es derribar un obstáculo para conquistar la absoluta libertad; la grandeza de Dios debe pasar al hombre, en una suerte de absolutización o divinización del hombre, "una caricatura de aseidad"66

Hechas estas cuatro observaciones, fundadas en la antropología filosófica subyacente en estas páginas –que aquí sólo hemos esbozado–, pasamos a describir las actitudes ateas propiamente tales (que implican una libre negación del Dios vivo Creador y Salvador, que sale al encuentro de todos y cada uno de los hombres, invitándolos a la comunión íntima y vital con El), en sus causas y en su típica diversidad.

2. Etiología y tipología de las actitudes personales ateas

He aquí como describe las causas que dan origen al ateísmo personal, en el breve compendio la Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II "Gaudium el Spes" sobre la Iglesia en el mundo moderno que hace el Catecismo de la Iglesia Católica:

<
unión íntima y vital con Dios
" (GS 19, 1), puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes muy diversos (cf. GS 19–21): la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas (cf. Mt 13, 22), el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes de pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios (cf. Gn 3, 8–10) y huye ante su llamada (cf. Jn 1, 3)>>. CEC, 29.

En ese texto, resumen de la breve exposición que hace la "Gaudium et Spes" sobre el ateísmo (19–20) se trata de la etiología del fenómeno ateo, mediante un enumeración analítica de los factores que inciden en el origen de las actitudes personales ateas, morales, intelectuales y sociales.

Pero creo que, siguiendo la guía del Doctor Angélico, es muy conveniente –para logar una mayor claridad que evite ambigüedades– distinguir –al estudiar esa etiología–

a/ las causas propias y formalmente constitutivas de las actitudes ateas –que siendo siempre expresión del pecado, no pueden ser sino de orden moral

b/ y aquellas otras causas meramente dispositivas –por aquellas primeras originadas, favorecidas por las "estructuras de pecado" del espíritu objetivado–, que serían formalmente intelectuales –hábitos dianoéticos, y culturales de origen social (recuérdese lo que dijimos más arriba –parte I, cap. IV– sobre la sociología del conocimiento religioso).

Estas son las que explican la masiva extensión del ateísmo en nuestras sociedades occidentales (en la medida en que es analizable por sus expresiones objetivadas y la mentalidad difusa en los ambientes socio–culturales, pues sólo Dios tiene acceso a la intimidad de los corazones. Recuérdese que –como antes subrayábamos– un no a Dios puede ser equivalente a un sí de búsqueda del Dios vivo expresado en forma de teología negativa o apofética, en corazones atentos que buscan sinceramente la verdad con buena voluntad)67.




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