El misterio de los orígenes



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INTRODUCCIÓN


“¿Acaso no sabéis lo que es Dios? ¿No habéis oído hablar de Él? ¿Acaso no se os anunció desde el principio del mundo? ¿No ha llegado hasta vuestra noticia que Él hizo los fundamentos de la tierra? (…). Alzad hacia lo alto vuestros ojos y considerad quién creó esos cuerpos celestes, quién hace marchar ordenadamente aquel ejército de estrellas”1.

Dios da la primera noticia de Sí en la obra de sus manos. El mundo que Él ha creado al imperio de su Palabra omnipotente es, en efecto, automanifestación o Revelación de Sí, que refleja la belleza trascendente de la infinita perfección de su Creador, irrenunciable punto de partida para empezar a entender el misterio divino. Se empieza a reconocer a Dios cuando se reconoce en el mundo su condición de creatura.

Esta perspectiva creacionista está en el trasfondo de toda la Revelación bíblica. A lo largo de toda la Sagrada Escritura se nos presenta a Dios como Señor absoluto2, la materia y la naturaleza obedecen sin resistencia a su Palabra creadora, pues para Él nada hay imposible3. En su perspectiva, el cosmos –todo el universo– se encoge como un juguete4. A esta superioridad sobre el cosmos le corresponde una soberanía sobre el hombre y su historia: en su arbitrio está engrandecer o empequeñecer al que quiera5. Esta omnipotencia creadora alcanza el ser mismo constitutivo de las cosas; si Él retira su aliento, todo muere6.

El conocimiento que de Dios nos da la fe se confiesa en el símbolo apostólico con la fórmula: “Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra”. Esta fe primordial en un Dios creador constituye como la clave de bóveda de todas las otras verdades cristianas. Si se vacila aquí, el edificio entero se derrumba.

1. Importancia primordial del mensaje cristiano sobre la creación

El Cardenal Ratzinger7 denuncia vigorosamente un innegable declinar en la Teología actual de la doctrina de la Creación: “Cuando experimentamos el rebelarse de la creación contra las manipulaciones del hombre y se plantea, como problema central de nuestra irresponsabilidad ética, la cuestión de los límites y normas de nuestra intervención sobre la creación, es altamente sorprendente que la doctrina sobre la creación como contenido de fe, haya sido en parte abandonada y sustituida por vagas consideraciones de filosofía existencial. Que la naturaleza posea una racionalidad matemática ha llegado a ser algo, por así decir, tangible; pero que en ella se anuncie también una racionalidad moral es rechazado como una fantasía metafísica. El declinar de la metafísica se ha visto acompañado por el declinar de la doctrina de la creación. En su lugar se ha situado una filosofía de la evolución. Suele decirse incluso que ya no se debía hablar más de la Creación, sino únicamente de la mutación o selección”.

En el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica se nos dice que “la creación es el fundamento de todos los designios salvíficos de Dios”8; por tanto, la creación es la primera revelación de Dios sobre el sentido del hombre y del cosmos. Si el hombre admite la naturaleza como don, su actitud hacia ella no es la de manipular, como quien la usa sin consideración, sino que descubre en la naturaleza el sonido de la verdad y escucha su voz: es la contemplación de la belleza en lo natural que lleva al respeto del entorno como ámbito de acogida al misterio. Se puede hablar, por eso, de una teología ecológica, ya incipiente en el magisterio de Juan Pablo II y en los tratadistas más recientes de Dogmática.

En efecto, si no se advierte su condición creatural, la naturaleza deja de ser maestra y aparece como energía ciega que inconscientemente combina, de manera casual, lo que el hombre debe imitar conscientemente. La consecuencia de esto es que la relación del hombre con la naturaleza (que ya no es vista como creación) es de manipulación, y no llega a ser de escucha. El mundo creado no es conocido entonces en su más profunda verdad, como don amoroso hecho al hombre por Dios Creador, en el que se contiene una enseñanza sobre el Amor y la Sabiduría creadora –y, por tanto, un profundo mensaje moral dirigido a la conciencia del hombre– y la humanidad sufre a través de esa ignorancia o de ese olvido, una honda desorientación respecto del sentido de las cosas y de la propia existencia del hombre. De ahí la urgente gravedad del problema de la Creación en la predicación actual9.

Frente a esa marginación del tema de la creación, fácilmente constatable en numerosas publicaciones teológicas (tratados, lecciones, monografías), el nuevo Catecismo afirma que “la catequesis sobre la Creación reviste una importancia capital. Se refiere a los fundamentos mismos de la vida humana y cristiana: explicita la respuesta de la fe cristiana a la pregunta básica que los hombres de todos los tiempos se han formulado: ¿De dónde venimos?, ¿A dónde vamos?, ¿Cuál es nuestro origen?, ¿Cuál es nuestro fin?, ¿De dónde viene y a dónde va todo lo que existe? Las dos cuestiones, la del origen y la del fin, son inseparables. Son decisivas para el sentido y orientación de nuestra vida y nuestro obrar”10 es, pues, punto de partida irrenunciable en el hacer teológico y en la explicación de la fe cristiana.

Otra consecuencia evidentemente grave de este olvido de la doctrina de la creación es la pérdida del sentido del pecado. Enseña el Catecismo de la Iglesia Católica11 que: “Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso, en primer lugar, reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su propia identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia”12. Y se siente la tentación de explicarlo únicamente como un defecto de crecimiento, como una debilidad psicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc.13. Pero es sobre todo a la luz del misterio de Cristo –del misterio de piedad– como se esclarece el misterio de iniquidad. Se ha observado justamente que el relato yahwista del Gn. 3, presenta la caída en la perspectiva del anuncio del Redentor del Protoevangelio, a modo de una “teodicea”, o justificación de la permisión del mal por parte de Dios. Es preciso conocer a Cristo como fuente de la gracia, para conocer a Adán como fuente del pecado. El Espíritu Paráclito, enviado por Cristo resucitado, es quien vino “a convencer al mundo en lo referente al pecado (Jn. 16, 8). La revelación del amor divino en Cristo ha manifestado a la vez, la extensión del mal y la sobreabundancia de la gracia (cfr. Rom. 5, 20)”14.

2. Objetivo de este estudio y metodología de su desarrollo.

Este estudio se propone mostrar en su primera parte (aproximación bíblica y teológica –en un intento de presentación de conjunto de la teología bíblica y dogmática, en la que se recogen conclusiones de estudios más científicos a las que se reenvía en nota)15, cómo puede encontrarse en el sentido pleno de los tres primeros capítulos del Génesis –en el comienzo mismo de la Sagrada Escritura, leída a la luz de Cristo– la entera historia de la salvación, que tiene en el misterio de la creación su piedra basilar. La creación es el fundamento de todos los designios salvíficos de Dios y el comienzo de su realización histórica, que culminan en la formación del Cristo total formado por la “descendencia de la Mujer” del alfa y del omega (cfr. Gen 3, 15), la fraternidad de los hijos de Dios (hijos en el Hijo por el Espíritu) en un universo transfigurado.



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Si leemos el Génesis a la luz del paralelismo bíblico y en continuidad con la interpretación tradicional de los Padres, bajo la guía del Magisterio, se descubre el sentido pleno del misterio de la creación a la luz del misterio de Cristo, en vista del cual “al principio creó Dios el cielo y la tierra”16 y permitió la caída, dando lugar a una restauración de la vida sobrenatural perdida, más admirable que la de la condición originaria del hombre, por obra de la estirpe de la Mujer sobre la antigua serpiente en el trono triunfal de la Cruz. “Desde el principio –en los orígenes que el Génesis describe– preveía Dios la gloria de la nueva creación en Cristo”17, en la fraternidad de los hijos de Dios dispersos por el pecado, obrada por el Espíritu, fruto de la Cruz salvadora. Maravillosamente lo sintetiza Clemente de Alejandría: si la voluntad de Dios es un acto que se llama mundo, su intención es la salvación de los hombres, y se llama Iglesia” (Pedagogo I, 6).

La inteligencia humana puede, ciertamente, encontrar por sí misma una respuesta a esta cuestión de los orígenes, alcanzando la certeza de la existencia de Dios Creador. Pero Dios quiso revelar esa verdad de la creación tan oscurecida con frecuencia y desfigurada por el error, yendo más allá de la confirmación y esclarecimiento del saber natural que todo hombre puede lograr18. La razón de esto, según el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica es que la verdad de la creación es tan importante para toda la vida humana que Dios, en su ternura, quiso revelar todo lo que es saludable conocer acerca de ella, en una progresiva manifestación de su misterio, que es inseparable de la revelación y de la realización de la Alianza del Dios único con su pueblo, al cual se revela como Aquél a quien pertenecen todos los pueblos de la tierra y la tierra entera, como el único Dios que hizo el cielo y la tierra19, que “ha creado” libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada” (CEC, 1).

Por eso, “la creación es revelada como el primer paso hacia esta Alianza, como el primero y universal testimonio del amor todopoderoso de Dios (cfr. Gn. 15, 5; Jr. 33, 19–26). Por eso, también, la verdad de la creación se expresa con un vigor creciente en el mensaje de los profetas (Is. 44, 24), en la oración de los salmos (Ps. 104) y de la liturgia, en la reflexión de la sabiduría (Pr. 8, 22–31) del Pueblo Elegido. Pero entre todas las palabras de la Sagrada Escritura sobre la creación, los tres primeros capítulos del Génesis ocupan un lugar único”20. Y cabe añadir –así se justifica en este estudio– que contiene de modo latente, en ese sentido pleno a la luz del misterio de Cristo, toda la revelación bíblica que arranca del Génesis y culmina en el Apocalipsis.

Esta luz de la Palabra creadora de Dios, que se autocomunica en el Espíritu por la Revelación bíblica, ha guiado la inteligencia humana en su función sapiencial a una metafísica creacionista, que funda una interpretación filosófica del hombre abierta a la trascendencia. Ella es la única que permite dar sentido y orientación a la vida humana en su trayectoria histórica hacia su verdadero destino en Dios Creador, Alfa y Omega de la historia. (Proporciona un control negativo para no errar y un positivo impulso de progreso en el esfuerzo de la razón natural por lograr una sabiduría natural metafísica y ética, que deriven de la superior guía y orientación de la fe sobrenatural, mediante una especulación que jamás deja de ser netamente racional).

De esta perspectiva filosófica de la Creación, siguiendo las principales líneas del pensamiento tomista, se trata la parte siguiente (II), en el más amplio contexto del estudio de conjunto de la diversidad de vias de acceso intelectual –siempre metafísico– al misterio de los orígenes. El misterio ontológico del ser de ente abre a la Trascendencia originaria y originante de todo cuanto es, y funda todo deber ser en el dinamismo de toda libertad finita21. No se debe obviar el hecho de que, para Santo Tomás de Aquino –como para el pensamiento clásico cristiano–, la creación es una verdad primariamente filosófica. La verdad metafísica de la creación proyecta sobre el la fundamentación del deber una viva luz. Tanto el deber moral como el religioso se fundan en la índole de criatura del sujeto de la obligación. La obligación en la expresión es la conciencia humana de la religación ontológica del hombre a su Creador.

Esta perspectiva ontológica y deontológica, aparece aquí expuesta en el contexto de una aproximación gnoseológica a nuestro tema, que aborda el estudio de la diversidad convergente de vías de acceso intelectual a la Palabra creadora de Dios, naturales y sobrenaturales, en su distinción y nexo. Se hace en ella un estudio de la toma de conciencia del hombre, ontológicamente religado a su Fundamento, que tiene su principio noético originario –que abre el itinerario de búsqueda del “Deus absconditus” propia del hombre naturalmente religioso– en la experiencia religiosa22. Aquí interesa especialmente hacer alguna referencia (su estudio pormenorizado corresponde a la filosofía de la religión); al problema filosófico de la diversidad de expresiones en tantas religiones tan dispares, que diversifican por diversas vías noéticas un mismo nivel básico de experiencia, en un intento de explicación de su tipología fundamental y en su relación con el cristianismo (a la luz de la fe en la revelación sobrenatural judeocristiana, en perspectiva formalmente teológica); de los siete tipos de saber acerca de Dios, naturales y sobrenaturales, en su distinción y nexo, y del problema del encubrimiento de Dios común a los seis tipos de su negación agnóstica o atea en su etiología y en su trágica conexión.

Concluye esta monografía sobre el misterio de los orígenes con una última aproximación de la razón humana al tema: la que es propia de las ciencias positivas de los fenómenos (III Parte). Como postula la índole prevalentemente teológica de este estudio, se expone en ella un sintético estado de la cuestión sobre las teorías evolutivas y el origen del hombre, expuestas a la luz de la doctrina filosófica y revelada sobre la creación aquí fundamentada, que de ninguna manera entran –no pueden entrar– en colisión contradictoria con la ciencia bien fundada. Es decir, con aquella que no es del tipo que San Pablo califica justamente de “ciencia de falso nombre”, fruto de precipitadas conclusiones sin fundamento riguroso o de una metodología abusiva e inadecuada que extrapola el ámbito de su competencia, y llega en algunos casos a presentarse como el dogma fundamental de una nueva religión que responde a la cuestión del sentido último de la vida humana. Las conclusiones de estas ciencias –de orden fenoménico, propio de la ciencias físico-empíricas– contribuyen a reforzar el punto de partida del acceso intelectual del hombre aDios, que es siempre y sólo metafísica (en el doble plano natural y sobrenatural).

Esperamos contribuyan estas páginas –que intentan ser de alta divulgación, exponiéndonos a posibles críticas de los especialistas en los diversos sectores de este diálogo interdisciplinar, en el que tan poco se ha avanzado23– a llamar la atención sobre un urgente tema de nuestro tiempo –considerado clave por Juan Pablo II– y den pautas en un intento de acercamiento y diálogo de diversas aproximaciones al mismo tema, para ayudar a esclarecerlo.




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