El misterio de los orígenes



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. En la Antigua Alianza el don del Espíritu, antes de Cristo venido, actuaba y estaba presente en quienes realizaban su obra: reyes profetas, fieles piadosos que le servían con fidelidad por las gracias de mediación sacerdotal, profética y regal, que aseguraban la presencia del Verbo y el Espíritu en las teofanías (como la nube luminosa), bien carismas intermitentes, bien más o menos estables– –especialmente en profetas y reyes– en una doble línea –tipológica y profética–, masculina y femenina338, que anuncian el cumplimiento de la promesa a Abraham, cuya descendencia es la misma descendencia –en singular– de la Mujer del Protoevangelio (la Hija de Sión de los tiempos mesiánicos). Eran gracias ordenadas al bien de la comunidad, disponiendo a los tiempos mesiánicos y anticipando su virtualidad –como decíamos– vinculadas a la presencia salvífica cuasi–sacramental del Verbo y del Espíritu (la Schekinah) en el Arca de la Alianza, centro del culto y de la pervivencia misma de Israel como pueblo de Dios.

b. Movimiento ascendente. Tales gracias de mediación se ordenaban a la comunión salvífica con Dios que se actuaba solamente en aquellos que libremente abrían su corazón al don salvífico ofrecido en aquellas mediaciones de la doble misión visible trinitaria (visible, repito, en sentido amplio) cooperando activamente con él. Se trata de la acción santificante del Espíritu Santo, destinada a la transformación interior de las personas para darles un corazón nuevo, unos sentimientos nuevos. En este caso, el destinatario de la acción del Espíritu del Señor no es la comunidad sino la persona en particular. Esta segunda acción por la misión invisible del Espíritu aunque presente y efectiva desde las puertas del paraíso perdido, empieza a manifestarse, de manera refleja, relativamente tarde en el Antiguo Testamento. Los primeros testimonios los encontramos en el libro de Ezequiel, donde Dios afirma: Os daré un corazón nuevo, pondré dentro de vosotros un Espíritu nuevo, cambiaré vuestro corazón de piedra por uno de carne. Pondré mi Espíritu dentro de vosotros y haré que viváis según mis preceptos, y haré que observéis y pongáis en práctica mis leyes (Ez 36, 26–27). En el salmo 51, el “Miserere”, encontramos otra alusión, donde se implora: No me rechaces de tu presencia y no me prives de tu Espíritu. El Espíritu del Señor empieza a configurarse como una fuerza de transformación interior que cambia al hombre y lo eleva por encima de su maldad natural, hacia alturas donde habita YHWE, sobre la Merkabah de los querubines, como Elías fue arrebatado por el carro de fuego, suprema aspiración de la mística judía. En este sentido, hemos de discernir en las grandes pruebas del pueblo elegido –muy especialmente en la purificación del exilio-, otros tantos “kairoi” de ascenso en el proceso de retorno a Dios por la gracia que –como sombra de la Cruz salvífica– actúa antes de la venida del Mesías. (Cfr. CEC 710).

2.2. La Encarnación redentora hasta la Pascua.

La Encarnación redentora es obra del Espíritu Santo, que actúa la unión hipostática del Verbo con la humanidad de Jesús en el seno virginal de María en el instante del “fiat” de Nazaret, ungiéndola con plenitud de gracia creada para realizar la obra de la redención con la continua cooperación del Espíritu. Es El quien la guia e impulsa, de modo tal que toda la obra salvífica de Cristo –a la que asocia a su Madre– es siempre misión del Hijo y del Espíritu hasta la plena consumación de la Pascua. Como fruto de la Cruz redentora se derrama entonces el Espíritu Santo, que manifiesta a Cristo y atrae a todos –desde Abel hasta el último de los elegidos– hacia El haciéndoles partícipes de su Filiación natural –hijos de Dios en Cristo–; de modo tal que los que crean en El, pudieran acercarse al Padre, en un mismo Espíritu, en el misterio de la Iglesia. Cristo representa la realidad de todo cuanto le precedió y de todas las generaciones humanas que El recapitula en cuanto hombre, nueva Cabeza de la humanidad redimida. Así Cristo se convierte en el nuevo Adán, con el que el ser humano comienza de nuevo. “El Hijo del hombre nacido de mujer –escribe S.Ireneo– recapitula en sí mismo a aquel hombre primordial del que se hizo la primera mujer, para que así como nuestra estirpe descendió a la muerte a causa de un hombre vencido, ascendamos a la vida gracias a un hombre vencedor. El enemigo no hubiera sido vencido con justicia si el vencedor no hubiera sido un hombre nacido de mujer, por la que el enemigo venció”, en cuya victoria asocia a la Mujer, que es con El también “causa salutis”339 (Adv. haereses 5, 21, 1). Es la raíz del misterio de la Iglesia, el Cristo total “una persona mística” –constituida a su vez –es “el misterio” por excelencia, el núcleo del misterio de Cristo que le fue manifestado a Pablo– por la fecunda unión esponsal de dos personas en un sólo cuerpo (Ef 5,27) culminación del misterio de la alianza salvífica de Dios con los hombres.

Desde su Encarnación, reúne en El –como nuevo Adán en el Seno de María340, la nueva Eva– la humanidad de la que es solidario en cuanto hombre con su Divinidad. El conocido texto del Concilio Vaticano II –”Cristo se unió en cierto modo a todo hombre”341– no debe entenderse en el sentido de santificación pasiva, por contagio; sino de constitución en poder ser salvados los que libremente acepten el don salvífico (el Espíritu Santo que nos entrega en el holocausto de la Cruz) –por la fe y los sacramentos–342. Significa además –en un sentido escatológico–, la recapitulación final y triunfante de todo cuanto existe de perfección, de inteligencia, de amor y de belleza, en la creación, por la redención consumada de Cristo glorioso entronizado a la derecha del Padre –de ella tratamos temáticamente más adelante–, cuando entregue el Reino al fin de los tiempos, en la transfiguración del Cosmos343. Esta recapitulación se cumple en el doble movimiento de la alianza ascendente y descendente, simultáneo en el tiempo, pero con un “prius” lógico y de fundamentación ontológica del primero respecto al segundo.

a. Movimiento descendente. En el movimiento descedente de la Encarnación (synkatabasis) deben distinguirse, como veíamos, dos momentos sucesivos, en sentido no temporal sino lógico. En el primero el Espíritu Santo obra la unión hipostática (cfr. AG, 6–IV–1990, 1) de la humanidad, solidaria de la entera estirpe humana: la descendencia de la Mujer (Gen 3, 15), que formó en el seno de María con el Verbo, que asume personalmente comunicándola su propia hipóstasis. En el segundo, consecuencia de la gracia de unión –a ella connatural y como derivación necesaria–, la plenitud de gracia creada, en una plenitud siempre creciente hasta la consumación Pascual en el preciso sentido que hemos expuesto aquí, cuando desbordará como cabeza –nuevo Adán– de la nueva creación redimida, formando por obra del Espíritu, que se derrama desde su costado abierto, la fraternidad de los hijos de Dios en Cristo, que es la Iglesia: su “pleroma”344. Pero Jesús es ontológicamente Hijo de Dios por la unión hipostática, templo del Espíritu, santificado por el Espíritu en su humanidad, con plenitud intensiva de gracia consumada, en el “fiat” de María, en el instante mismo de su concepción. El pleroma de gracia y de verdad de Cristo en el instante de su Encarnación en el seno de María –de gracia consumada en visión– del que todos recibimos la salvación, no admite crecimiento propiamente intensivo, sino –así lo hemos mostrado ampliamente en el estudio citado en nota345– extensivo a las dimensiones inferiores de su Humanidad, sometidas a la ley del progreso histórico y en el nivel de conciencia explícita y comunicable de su divinidad y comunicativo respecto a los miembros que iba a conquistar, atrayéndolos a Sí, desde la Cruz salvadora, cuando entrega el Espíritu, con la entrega de su vida –impulsado por el Espíritu eterno (Heb 9, 14) que inhabita planamente su alma santísima– en rescate de los hombres, que “todo lo atrae hacia sí” (Jn 12,32).

b. Movimiento ascendente. Después de la Encarnación se produjeron venidas sucesivas del Espíritu, que iba infundiendo una caridad y obediencia infinitas (relativamente a cada estadio histórico de su existencia histórica como “viador”) en el alma humana de Cristo –en el estado kenótico propio del siervo–, e impulsando su obra salvífica, hasta su consumación pascual. Especialmente en el Bautismo del Jordán y en la hora de Jesús. Debemos respetar los momentos privilegiados346 o etapas sucesivas de la historia de la salvación y dar todo su realismo a los textos del Nuevo Testamento, que manifiestan con claridad que se dan primero en el bautismo y después en la resurrección–exaltación, dos momentos de actuación nueva de la virtus (de la eficiencia) del Espíritu de Jesús, en cuanto es constituido (no sólo declarado) por Dios –respectivamente– Mesías–Salvador y, posteriormente, Señor. Antes de la Pascua el Espíritu es dado a Jesús; después de la muerte y resurrección es Jesús quien da el Espíritu, inaugurando el tiempo escatológico que caracteriza el peregrinar de la Iglesia en la historia.

La “Hora” de Jesús, es el momento supremo establecido por el Padre para la salvación del mundo; la Hora de la glorificación del Hijo del hombre, cuando atrae todo hacia sí en el trono triunfal de la Cruz (cfr Jn 12). Jesús muriendo a impulsos del Espíritu eterno (Heb 9, 14), que poseía como hombre en plenitud de gracia y de verdad “transmitió el Espíritu” (Jn 19, 30), expresión que históricamente significa devolver al Padre, mediante la muerte, aquel soplo vital que de El había recibido, pero que teológicamente indica también el don del Espíritu a los creyentes. Aquel Espíritu que El mismo ha recibido del Padre, se derrama ahora como fruto de la Cruz, en el mismo el momento en que, después de la resurrección, dirigiéndose a los Once, alentó sobre ellos y les dijo: “recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22). La resurrección–glorificación es el momento decisivo para que Jesús adquiera de una manera nueva la cualidad de Hijo en virtud de la acción de “Dios” por medio del Espíritu. Nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu santificador, a partir de su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro (Rom 1, 3–4)347. Le ha conferido no sólo la gloria, sino el poder de hacer hijos, derramando el Espíritu348. La efusión del Espíritu en Pentecostés –fruto del ofrecimiento redentor de Cristo y la manifestación del poder adquirido por el Hijo ya sentado a la derecha del Padre– formó la Iglesia349.

2.3. La Iglesia, sacramento de la doble misión.

La misión de la Iglesia no se añade a aquella doble misión conjunta del Verbo y del Espíritu, sino que es su sacramento. “Asocia a los fieles de Cristo en su comunión con el Padre en el Espíritu Santo” haciéndoles partícipes de su misión redentora por gracias de mediación jerárquicas y carismáticas que derivan de la plenitud desbordante del que es único Mediador, sacerdote, profeta y rey, cabeza de la Iglesia, lleno de gracia y de verdad. “La Iglesia ha sido envíada para anunciar y dar testimonio, actualizar y extender el miterio de la Santísima Trinidad” (Cfr. CEC 736–737). Concluída su misión salvífica el Hijo, envía de parte del Padre el Espíritu que congrega y vivifica la Iglesia, que es la fraternidad de los hijos de Dios en Cristo”. (AG, 2). “De unitate Patris, Filii et Spiritus plebs adunata” 350. También en la Iglesia se da una coimplicación histórico–salvífica del Hijo y del Espíritu, en la virtud de la doble misión de ambos, siempre conjunta e inseparable (según la feliz metáfora de S. Ireneo, como “manos” del Padre), tanto en el nacimiento de la Iglesia, como en todo el decurso de su progresivo desarrollo hasta su plenitud escatológica (como –por lo demás– hemos podido probar a lo largo de la historia entera de la salvación, desde las puertas del paraíso perdido). La originación histórica de la Iglesia es el resultado de los actos de Cristo, sea en su fase histórica sea en su fase exaltada351. En esta última, es patente la acción “co-instituyente” del Espíritu Santo (Y. Congar). Jesús buscaba la conversión del Israel histórico y concreto que tenía ante sus ojos –que comporta la real posibilidad histórica de que los israelitas, hubieran acogido desde su libertad al Dios que les llamaba en Cristo– de modo tal que reconocieran a Jesús como el Cristo de Dios. Esta posibilidad dramática de la libertad –que Dios no sólo respeta, sino que funda ontológicamente, corriendo “el riesgo” de que se entorpezca el plan salvífico primordial de su voluntad antecedente, que quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad-, implica, según se dé la acogida o el rechazo, rumbos diversos “fundacionales” para la Iglesia.

Así se comprende con facilidad que la “forma” de Iglesia que fundará Jesús no puede ser plenamente captada antes de que consume su vida en el misterio pascual y los Apóstoles comprendan a la luz del Espíritu que con tanta plenitud se derrama sobre ellos (fundamentos de la Iglesia postpascual), lo implicado en el rechazo de Jesús por parte de Israel. De ahí la acción constituyente de la misión del Espíritu Santo en la originación de la Iglesia. La fundación de la Iglesia presupone, por ello, el conjunto de la acción salvífica de Jesús impulsada y animada por el Espíritu eterno (Heb 9, 14), hasta su muerte y en su resurrección, pero incluye también la acción constituyente de la misión del Espíritu352 que el Padre envía en nombre de Cristo mediador, inspirando decisiones de rango fundacional que configurarían su constitución definitiva. Veamos el doble movimiento en las misiones trinitarias en la vida de la Iglesia, hasta su consumación escatológica.

a. Movimiento descendente. Las gracias de mediación –los dones jerárquicos y carismáticos– por las que recibe de contínuo el Pueblo de Dios, en su fase histórica, una estructura orgánica institucional como sacramento de salvación –pertenecen a la figura de este mundo que pasa–. Son meros medios instrumentales a manera de andamios (San Agustín) –obviamente provisionales–, que se usan sólo mientras dura la construcción, al servicio de la edificación de la Iglesia –germen e instrumento del Reino de Dios–, según el “ordo Charitatis”. Están, pues, al servicio de la comunión salvífica con Dios, que la caridad opera por el libre “fiat” del hombre a la voluntad salvífica de Dios. Es decir, de las gracias de santificación, que se actúan por la libre cooperación del hombre con el don del Esposo –ofrecido a través de aquélla mediación institucional de la Iglesia (sacramento de la doble misión descendente del Verbo y del Espíritu)–, que reclama y posibilita el libre don de la esposa, con el que contribuye así a la dilatación del Reino de Dios, cada uno según su vocación particular.

b. Movimiento ascendente. De ahí la importancia decisiva de la libre cooperación de los miembros de Cristo que es la Iglesia, para –avanzando de claridad en claridad– crecer en caridad, en una progresiva identificación con Cristo, “transformados en su misma imagen, conforme obra en nosotros el Espíritu del Señor” (2 Cor 3, 18), que contribuye a la dilatación del Reino de Dios, y a la santificación de los demás (en una proyección universal que trasciende el tiempo y el espacio)353. Es el ideal paulino de madurez cristiana propia del estado de varón perfecto en un camino de ascensión espiritual en el que siempre cabe progreso (cfr. Fil 3, 13), mediante la docilidad a las operaciones e inspiraciones del Espíritu, que plasma en nuestros corazones la caridad. Es ella la que nos hace cristiformes, haciéndonos partícipes más y más de la plenitud desbordante de Cristo por la fe viva: hijos en el Hijo, hasta alcanzar la unidad plena y consumada de la comunión con Dios en Cristo que será propia de la Iglesia al fin de la historia, cuando será Dios todo en todos en el Reino consumado escatológico. Será una unidad con Dios en Cristo que, conservando la insuprimible distinción entre criatura y Creador, y aquella entre la diversas criaturas –lejos de todo monismo pamteísta– tiene como paradigma –en el caso de la persona humana– la unidad misma de la Trinidad divina.

2.4. La plena recapitulación de todo en Cristo al final de los tiempos.

En la plena recapitulación se cumple la plenitud de la filiación divina en Cristo –ya sin movimientos (salvíficos, se entiende)– en el Reino consumado de la Jerusalén celestial. Justamente ha señalado H. de Lubac, que el alma separada, ya glorificada en el gozo de la visión beatífica, sólo llegará a la perfecta posesión de Dios cuando supere una doble separación: la separación de su propio cuerpo por la propia resurrección corporal, y la separación de la plenitud del Cuerpo místico de Cristo, plenamente vivificado por el Espíritu, que lleva a plenitud las primicias de la vida eterna propia de la inhabitación de la Trinidad en la oscuridad de la fe, superación que sólo se dará cuando se complete el número de los hermanos. Ambos aspectos son coincidentes, ya que nuestra resurrección no será un fenómeno aislado, sino que tendrá lugar en la parusía, cuando el número completo de los hermanos será corporalmente glorificado, en un universo glorificado y “Dios sea todo en todos”354. Los bienaventurados esperan, pues, la consumación del reino de Dios en la recapitulación de todas las cosas del cielo y de la tierra en Cristo según la conocida doctrina paulina355. Según S. Agustín, se daría entonces también un aumento intensivo de la visión beatífica356 por una nueva comunicación del Espíritu que llevaría así a su plenitud la filiación divina en Cristo, que redunda en la redención del cuerpo (a), en un universo transfigurado (nuevos cielos y nueva tierra) en una útima intervención del Espíritu enviado por el Padre –una vez consumada la obra de la redención con la cooperación corredentora de la Iglesia peregrina– en la recapitulación de todo en Cristo (b), cuando se cumpla al fin el número de los elegidos. Veámoslo.

a. “La divinización redunda en todo el hombre como un anticipo de resurrección gloriosa”, –escribe el Beato J. Escrivá (Es Cristo que pasa, Madrid 1973, n. 103)– que se da ya incohativamente, como primicia de todo cristiano en gracia. La deificación de la carne en el estadio escatológico es, pues, una espiritualización del cuerpo que tiene ya ahora una realización incoativa –”las primicias del Espíritu”– que nos hace gemir en nuestro interior, anhelando el rescate de nuestro cuerpo (cfr. Rm 8, 20 ss), para alcanzar así la plenitud de la filiación divina en Jesucristo357 con una nueva intensidad, que San Pablo llama la redención del cuerpo: su transformación a semejanza del cuerpo glorioso de Cristo en virtud del poder que tiene de someter a si todas las cosas (Fil 3, 21) por la fuerza del Espíritu: “se siembra un cuerpo animal y resucita un cuerpo espiritual”, propias del cuerpo humano “totalmente sujeto al alma” (1 Cor 15, 27 y 42). Una plenitud de redundancia de este tipo no parece otra cosa que la total santificación o deificación de la carne en su misma materialidad, todavía más difícil de entender para nosotros que la deificación del espíritu, pero no imposible. La deificación de la carne es, en efecto, el estado escatológico definitivo de la materia humana, que ya se ha realizado en Cristo y en su Madre en la Gloria. Esta espiritualización del cuerpo no se refiere, pues, sólo a la inmortalidad y a las otras propiedades que la acompañan (tradicionalmente llamadas dotes de los cuerpos gloriosos). El cuerpo glorioso es llamado espiritual sobre todo porque está viviendo por el Espíritu Santo (como escribe San Pablo en Rom 8, 11). No se trata de una mera espiritualización sino, de una deificación de la materia. Pero, si la deificación es la participación de la persona entera –el cuerpo también por redundancia connatural del alma– en la vida íntima de la Santísima Trinidad, en las eternas procesiones del Verbo y del Espíritu Santo; debe concluirse que el cuerpo, substancialmente unido al alma deificada, participa en sí mismo en esa vida de Conocimiento y Amor intratrinitarios. Hay, pues, una participación del cuerpo humano también en su materialidad –conformado al cuerpo glorioso de Cristo– en las procesiones eternas de Conocimiento y de Amor intratrinitarios358.

b) Esta glorificación escatológica de la materia alcanzará también según la Revelación a toda la creación visible –que está íntimamente unida al hombre, y que por él alcanza su fin (LG 48)–, que “espera ansiosa la manifestación de los hijos de Dios (...), con la esperanza de que también será liberada de la corrupción para participar de la libertad y gloria de los hijos de Dios (Rm 8, 18–21), en unos cielos nuevos y una tierra nueva” (Ap 21, 1). Se cumplirá así el designio divino de “recapitular todas las cosas en Cristo” (Ef 1, 10). La Iglesia en su estado escatológico será “la plenitud (Pléroma) de aquél (Cristo) que se realiza plenamente en todas las cosas. (Ef 1, 23), porque Cristo glorioso llenará (híma plerósei) todas las cosas” (cfr Ef 4, 10), y estas participarán “en Él de su plenitud” (en autó pepleroménoi) (Col 2, 10). En los santos la realidad de la gloria escatológica será el cumplimiento final, en el espíritu y en la carne, del ser en Cristo específico de la vida sobrenatural en la plena comunión de la fraternidad de los hijos de Dios en Cristo por el Espíritu cuando, completado el número de los elegidos, Dios sea todo en todos en un universo transfigurado359. Puede, pues concluirse con el Card. Ratzinger 360 que “la salvación del individuo es total y plena sólo cuando se haya alcanzado la salvación del universo y de todos los elegidos, que en el cielo no se encuentran sencillamente al lado los unos de los otros, sino que los unos con los otros en –intima comunión, fusión sin confusión– del Cristo único. La plenitud del cuerpo del Señor hasta llegar entonces al pleroma de “todo el Cristo” en el don del Espíritu Santificador, haciéndole alcanzar su real totalidad cósmica. Entonces toda la creación será “cántico”, gesto generoso de la liberación del ser adentrándose en el todo, y al mismo tiempo, penetración del todo individual, alegría, en la que toda pregunta se resuelve y alcance la plenitud”. Sólo entonces alcanzará su plenitud la filiación divina en Cristo que ahora poseemos como primicia del Espíritu en la esperanza de la redención de nuestro cuerpo en el universo renovado (Cfr. Rom 8, 18–24) de la recapitulación de todo en Cristo (Ef 1, 10).

3. Conclusión

Dios siempre tiene la iniciativa, tanto en la creación, como en la nueva creación sobrenatural del hombre a tener parte en su vida trinitaria, restaurada en Cristo después de la caída original. El es siempre "el que ama primero" (1 Jn 4,19), derramando gratuitamente su libre don. Pero, el don salvífico del Padre, en la doble misión del Verbo y del Espíritu –las dos manos del Padre, que reúnen a sus hijos dispersos por el pecado de los orígenes–, sólo fructifica en la tarea de cooperación creatural, cuyo arquetipo es María, figura ejemplar de todo pueblo de Dios en sus relaciones con Dios en el misterio de la alianza salvífica que comprende la entera historia de la salvación (I. de la POTTERIE). "Partus Mariae, Christus: fructus Ecclesia", el Cristo total: la estirpe espiritual de la mujer del Génesis y del Apocalipsis que incluye –en la recapitulación final– a todos los elegidos, desde el justo Abel. El fruto de la libre cooperación del hombre, con el don salvífico de Dios, que deriva de la plenitud desbordante de la gracia de Cristo constutuído en la Cruz Cabeza de la nueva humanidad (nuevo Adán), será, en su consumación final, el Reino escatológico de la Jerusalén celestial (Ap 21,2) "ubi pax erit, unitas plena atque perfecta"361, en la comunión perfecta en Jesucristo cabeza de los elegidos (desde el justo Abel), con Dios Padre por la fuerza del Espíritu, en un universo transfigurado: el Cristo total, la estirpe espiritual de la Mujer del alfa y el omega (del Protoevangelio y del Apocalipsis), en un universo transfigurado.

Tal es la finalidad última –omega– de la creación originaria –el alfa– de los relatos del Génesis con los que comenzamos nuestra exposición del tema de la creación en esta primera aproximación teológico-bíblica, a la Palabra creadora de Dios. A su luz, presentamos a continuación el resultado de otras aproximaciones, filosóficas y científicas, a este misterio de los orígenes, en relación con la fe en la Revelación sobrenatural de aquélla Palabra creadora que se autocomunica salvíficamente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Todas ellas se potencian en sinergía noética, en una circularidad de mutuo influjo dinámico en la búsqueda de la verdad, impulsada por las dos alas de la fe y la razón, según la sugerente metáfora de la carta encíclica “Fides et ratio” de Juan Pablo II (c. 1).




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