El miedo, motor de la historia individual y colectiva



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"He visto que comenzaban investigando atentamente cuál era el origen de las sociedades, cosa que me parece ridícula. Si los hombres no se asociaran, si se desviaran y huyeran unos de otros, entonces si que sería necesario averiguar las causas ... pero los hombres nacen conexos unos con otros, un hijo nace al lado de sus padres ... y se queda con ellos; eso es la sociedad y el origen de la sociedad...".

Un año después, 1931, Freud hace alusión a lo que denomina los "tipos obsesivos", cuyas personalidades "... se hallan dominadas por la angustia ante la conciencia, en lugar del miedo a la pérdida de amor, exhiben, por así decirlo, una dependencia interna en vez de externa: despliegan alto grado de autonomía y socialmente son los verdaderos portadores de la cultura con orientación predominantemente conservadora". Esto no se condice en absoluto con lo que desde hace años se viene sosteniendo desde la sociología y la política (Adorno, 1950; entre muchos otros estudiosos de la temática) apoyadas en los conocimientos de la Psicología Política; precisamente los individuos con orientación conservadora no son los portadores de la cultura, sino que -en todo caso- son sus asesinos, en tanto y cuanto la están matando por el anquilosamiento que produce la endogamia cultural y la falta de contacto con los "otros". Sin dudas que la falta de conocimientos sociológicos lo llevó a Freud a sostener tamaño dislate intelectual.

Un par de años más tarde, en Nuevas Conferencias de Introducción al Psicoanálisis (1933) sostiene poseer una "... segura explicación" para el fenómeno del temor "... a la soledad y a las personas extrañas". Para lo cual afirma que "La soledad, así como las caras desconocidas, despiertan la añoranza de la madre...". Si se quiere, un tanto jocosamente, podríamos afirmar que porque añoro a mi madre le rompo la cabeza a una cara extraña -especialmente si es la de un extranjero- como ocurre en los episodios de las expresiones xenófobas.

d) Temores públicos a cuestiones de la vida privada.

Uno de los temores más difundidos entre los hombres públicos es el de que se tome conocimiento sobre su posible homosexualidad, sea ésta tanto activa como pasiva y, fundamentalmente, esto se ha dado en las épocas posteriores a las grandes civilizaciones clásicas (15), tratándose de disimularla y ocultarla. Al efecto, el General británico B. L. Montgomery es un ejemplo elocuente con respecto al ocultamiento y negación de su posible homosexualidad, la cual aún se mantiene en una discreta nebulosa histórica para no perjudicar la memoria de uno de los más notables héroes de guerra de su país, pero que en su momento lo hizo alejarse de las actividades políticas -en las que podría haber tenido una destacada actuación- por temor a que se divulgaran algunos hechos que le hacían temer que se expusiese al conocimiento público esta faceta "non sancta" de su vida privada. Otro tanto ocurrió con el creador del famoso F. B. I. norteamericano, J. E. Hoover, quien tenía conductas transexuales semanales que eran "cubiertas" por los propios agentes del servicio de inteligencia que el dirigía.

Estos ocultamientos temerosos obedecen a que se considera que un funcionario de gobierno que transita por los senderos de la homosexualidad no es funcionario confiable, porque no se ignora que alrededor de aquellas prácticas se mueven intereses económicos y políticos de la mayor cuantía. En la cama, el hombre no sólo ansía no ser sexualmente impotente, sino que pretende como expresión megalómana, aparecer omnipotente frente a su compañera/o de lecho. En este sentido es que la Iglesia Católica considera que interviene la vanidad como forma pecaminosa concurrente con la lujuria del placer sexual. Puesto en esa situación el hombre habla, y habla de más. Hay cuatro cosas que son capaces de soltar la lengua: la tortura, el alcohol, el dinero y el sexo. Es por eso que tanto los actos homosexuales, como los heterosexuales -por afuera de la sacrosanta institución del matrimonio- tal como ocurriera con las relaciones de los hermanos J. y R. Kennedy cuando eran los mandamases de los EE. UU., en sus relaciones privadas con la célebre y bellísima actriz M. Monroe, se pretenden disimular a la luz pública. Es debido a que se teme por la seguridad del Estado y de sus ciudadanos. Esto es en razón a que en tales situaciones de alcoba, no solamente pueden revelarse secretos de Estado, sino que también los servicios de contraespionaje llegan a reconocer datos personales del protagonista con "poder" y, los mismos, pueden ser utilizados con fines extorsivos en el futuro.

f) Miedo: una contradicción.

Para finalizar con esta Introducción, que ya se ha hecho bastante larga, es interesante destacar que el miedo, así como puede llegar a paralizarnos, sin embargo presenta una faceta paradójica, cual es la de atraernos, cautivarnos, seducirnos. Es decir, por un lado ejerce una suerte de rechazo centrípeto, mientras que por otra parte realiza una atracción centrífuga. Para lo cual utiliza -en general dos vías: 1) la mascarada estética y 2) la práctica de actividades objetivamente riesgosas.

1) Así, desde antaño subyugan a las personas los relatos acerca de seres sobrenaturales, leyendas asociadas con muertos que regresan, como por ejemplo, el padre de Hamlet (Shakespeare, 1601); del mismo modo también el culto a los antepasados es algo que provoca miedo cuando se atraviesan cementerios en horas de la noche (16), ya que estos permiten la comunicación entre los muertos y los vivos según algunas leyendas primitivas. Respecto a las tradicionales leyendas familiares -o pueblerinas- de fantasmas o aparecidos que arrastran cadenas, es preciso considerar que generalmente los mismos se reiteran, por lo cual pierden el valor histórico como para considerarlas objetivamente.

Por otra parte, la literatura ofrece argumentos recurrentes que apelan al terror de sus lectores, los mismos vienen acompañados de mitos cargados de venganzas y maldades; se trata de relatos literarios que han sido estigmatizados como esotéricos, historias de aparecidos, de fantasmas, los muertos que regresan redivivos (17), de seres fantásticos de todo tipo, desde extraterráqueos hasta los productos de la ciencia ficción que son construidos por diabólicas manos y mentes humanas enfermizas, etc. Y, más modernamente, hicieron su aparición en el mercado del miedo las expresiones asociadas a la industria cinematográfica, como son las películas y series televisivas de terror que suelen retornar a nutrirse en sus argumentos a aquellas antiguas fuentes de la literatura de horror.

Entre tanta ficción que circula, a veces ha sido preciso inventar hechos para que aparezcan como verdaderos, tal cual ocurrió con la leyenda de (santa) Juana de Arco, una muchacha de tan sólo 17 años que comandó las fuerzas francesas en la guerra de los Cien Años -cuando transcurrían ya 98- y que atacó París para liberarla de los invasores británicos, aunque con poco éxito ya que fue capturada y quemada en la hoguera durante el Siglo XV. Ella permaneció prácticamente desconocida para la historia y la leyenda, hasta que en el Siglo XVIII surgió el liderazgo de Napoleón entre los franceses, quien necesitaba una heroína nacional para infundir ánimo a su pueblo y quitar los temores que invadían a los franceses. Juana de Arco resultó la figura ideal para cumplir tal misión. Otro ejemplo más reciente se lo encuentra en los recursos en la búsqueda del esoterismo que puso en marcha el nazismo. Entre sus principales dirigentes -incluyendo a Hitler- H. Heydrich y R. Hess pusieron en marcha una maquinaria que se asentaba en antiguas leyendas germánicas y escandinavas que infundían valor en la población a fin de contrarrestar los miedos que se podían generar con sus delirantes propósitos (18). De ésa forma se van creando los mitos fantásticos que mezclan el temor con su contracara; el heroísmo y el valor.

Según Bioy Casares, "el género fantástico es tan viejo como el miedo" y antecede a la literatura propiamente realista. Ya en la antigüedad se escribían relatos en los que se mezclaba la magia con dioses corpóreos que se identificaban con el bien y/o el mal, siendo éstos últimos los representantes del terror que embargaba a sus creyentes o adoradores que, pese al miedo que les metían en el cuerpo, continuaban adorándolos, quizás por eso mismo, por el disfrute en la ambivalencia de la tranquilidad que ofrecían los dioses buenos y los temores que traían consigo los dioses malos. En el poeta romano Virgilio (circa 20 a. c.), se encuentra la epopeya histórica de la gloria armada en la conquista, expresada a través de un poema épico más, aunque junto a la epopeya hace su aparición el miedo que la misma acarrea entre dolores y llantos, tal como lo describe en el Libro Segundo.

Del mismo modo que durante el Medioevo los fantasmas hechizaban a los incautos, que eran la gran mayoría poblacional, siempre ha estado presente esa suerte de seducción -o de "atracción fatal"- que provoca lo desconocido, lo umbrío, aquello que se mueve entre las sombras de las noches plagadas de tormentas eléctricas, en las cuales hasta el más valiente prefiere quedarse abrigado en la cama ... leyendo un cuento de E. A. Poe o viendo por televisión una película sobre el regreso de los muertos vivos. Pero no solamente en la Edad Media había fantasmas, también existían miedos metafísicos, como el expresado por el eterno Dante Alighieri (1331) que, en su Canto Primero (19), recurre a ellos mientras recorre los vericuetos de la selva sombría que no es otra cosa más que la representación del pecado y, el propio Dante, en su paso por el Infierno, hace referencia al temor al castigo divino por haber llevado una vida dispendiosa antes de morir.

Curiosamente, fue durante el surgimiento del racionalismo "iluminado", en el Siglo XVIII, cuando tuvo su mayor auge -en la modernidad- tal tipo de literatura conocida como "historias de terror", que hicieron las delicias de niños y adultos, hombres y mujeres, que disfrutaron -y disfrutan- a la par que sufren escalofríos con las mismas, pero que son vividas por terceras personas con las cuales existe una suerte de identificación vicaria. Da la impresión que lo que se busca a través de tales relatos -tanto por parte del autor como del lector- no es tanto asustarse, sino que conscientemente sepamos que podemos asustarnos ... sin necesidad de padecer los tenebrosos efectos del miedo. Mas, si bien es cierto que el surgimiento de tal género literario coincidió con el racionalismo, también es cierto que la culminación del género se da a finales del imperio de la racionalidad iluminista y, sobre todo, en los principios de la centuria siguiente, con la novela gótica que es una suerte de reacción adversa al imperio de una racionalidad demasiado "racional". La ambientación de tales novelas se encuentra rodeada de paisajes lúgubres, donde impera la desolación, no faltando viejos castillos abandonados y abadías encantadas con accesos secretos y pasajes por los que transitan aquellos que vienen a asustarnos. La novela gótica bien puede ser considerada como la antecesora de la literatura de misterio y de las posteriores literaturas policiales y fantásticas. En todas ellas se encontrará como lugar común un territorio metafísico ambivalente, en el cual el bien y el mal están -aparentemente- representados de manera clara e indiscutible, aunque siempre dejan un sabor a si la realidad no será al revés de lo que se supone o nos quieren hacer suponer.

En la contemporaneidad han tenido notable éxito, al punto de convertirse en best seller, las obras de S. King, autor norteamericano que recurre a diversos ardides, como los poderes telequinésicos, para atrapar a sus lectores. Sus ventas han sido de millones de ejemplares en todo el mundo y muchos de sus títulos han sido llevados a la pantalla con adaptaciones hechas, las más de las veces, por él mismo, a efectos de que no se perdiera el clima de terror que procura crear en el espectador y que -bien sabe- tanto lo atrae y así lo convierte en una "víctima" cautiva de su extraordinaria velocidad ante el procesador de textos.

Quizás hayan sido las obras de la novelista inglesa Mary W. Shelley -Frankenstein, 1818- y la del irlandés B. Stoker -Drácula (1897) las historias de miedo que más han fascinado a los lectores del mundo occidental -y los espectadores cuando sus guiones fueron llevados repetidas veces a las pantallas- las que mejor reflejan el espíritu romántico de su época. En la primera de ellas, que fue escrita por una mujer, se parte de la fantasía de crear seres humanos sobre la base de recolectar cadáveres, algo que hoy no debiera llamarnos la atención con las modernas técnicas de clonación. Es interesante remarcar que en dicha obra los críticos han visto generalmente la influencia del romanticismo de la época que se trasuntaba en la confianza depositada en la ciencia para lograr el progreso de la humanidad, lo cual es verdadero. Pero me permito añadir que también la autora se adelantó en casi un siglo y medio a la aparición del postmodernismo -como reacción contra la modernidad y el positivismo- con su crítica feroz contra los avances de la ciencia y sus descreimientos en muchos de sus logros.

De tal suerte, el Dr. Frankenstein, expresa sus sentimientos contradictorios por haber dado vida a tan extraña criatura: "Los distintos accidentes que ocasiona la vida no son tan mudables como los sentimientos humanos. Yo había trabajado durante casi dos años sin descanso con el único objetivo de dar vida a un cuerpo inanimado. Había renunciado al descanso y a la salud. Lo había deseado con tal ardor que excedía a cualquier sentimiento imaginable; pero ahora que lo había terminado, la belleza del sueño se desvaneció y un horror y repugnancia invadieron mi corazón". Es decir, la autora se permitió jugar hace casi dos siglos con la contradicción a la que nos somete el conocimiento, el ardor y la pasión puestos en él, como así también el miedo y el horror que nos provoca el monstruo que podemos crear.

En cambio, en la última de las dos novelas nombradas, el protagonista es un vampiro que se ha personificado en el Conde Drácula, pero eso no le resta un buen espacio a la presencia de heroínas acosadas por el personaje, las cuales se salvan no merced a los poderes de la ciencia, sino a los de la fe religiosa, sobre todo a la presencia de un crucifijo. Esto no es extravagante, si se tiene en cuenta que el nombre Drácula proviene de una sociedad honoraria católica del Siglo XV y que, en rumano, dicho nombre es sinónimo simultáneamente de dragón y de mal (Dollison, 1994).

A su vez, en la producción cinematográfica no pueden dejar de recordarse las figuras de los directores H. G. Clouzot -francés- quien se hiciera famoso por dos películas en que el suspenso que se ha depositado en ellas atraviesa el miedo de la platea espectadora: "El salario del miedo" (1953) y "Las diabólicas" (1955); y de A. Hitchkok -británico- con películas de alto valor artístico y de un profundo suspenso, tales como "39 Escalones", "Los pájaros" y "Psicosis".

Sin embargo, no es conveniente confundir al "cine negro" -el de las películas policiales que tuvo su origen en la década del '30 y que en los 40 culminara con la actuación del recordado intérprete H. Bogart en "El Halcón Maltés" (20)- con el "cine de terror". Mientras que en el primero rondan los personajes buenos totalmente buenos, a la par que los malos son absolutamente malos, en el cine de horror no se buscan tales pretensiones de identificaciones éticas o morales entre la platea y los protagonistas del film. Simplemente lo que los directores pretenden es hacer subir los niveles de adrenalina de los espectadores, merced al miedo que ellos les infundieron y así los embarga y sobrecoge.

Y, de la versión cinematográfica del Dr. Frankestein (1931, dirigida por J. Whalle), quién puede olvidar la actuación descollante de Boris Karloff (1867-1969) el cual, curiosamente, antes de hacer papeles de terror, trabajó junto a C. Chaplin en escenas infantiles de ternura sin igual.

Por último, en los testimonios plásticos también la emoción temerosa tuvo sus representantes, sobre todo a partir del romanticismo, el cual pretendía expresar tanto los estados de ánimo de las personas como una clara predilección por lo natural, particularmente lo que éste tenía de más misterioso y hasta salvaje y, consecuentemente, junto con las pasiones amorosas que eran la tónica preferencial, no podía dejar de tener un espacio el miedo. Para los románticos, lo sublime -en contraposición con la belleza- era la inmensidad, la que era capaz de provocar horror.

En esta temática, el maestro español Francisco de Goya y Lucientes fue un experto y, en su serie de caprichos, debe destacarse el aguafuerte "El sueño de la razón produce monstruos" (1797-99) y -particularmente una de las que más me agradan- "Saturno devorando a un hijo" (1821-23), como así también los lienzos correspondientes a la serie sobre la invasión napoleónica a España, entre los cuales merece una mención especial aquél que fuera titulado "El 3 de mayo de 1808 en Madrid: los fusilamientos en la Montaña del Príncipe Pío" (1814).

El romanticismo en la pintura dejó sus huellas para el futuro, de manera que durante el Siglo XX el surrealismo fue el espacio en donde se testimoniaban los miedos. En tal sentido, entiendo que en el "Guernica", de Picasso (1937), no tanto se provoca temor en quien lo contempla, sino más bien una sensación de horror, semejante a la del último cuadro mencionado de Goya. Y, para finalizar, me permito estimar que es la figura de R. Magritte -dentro de la plástica contemporánea- la que resulta la mejor exponente de la presentación de escenas tenebrosas mezcladas con un discreto y fino toque relativamente humorístico (Rodríguez Kauth, 1999c) tal como se lo puede observar en su serie de cajones mortuorios ubicados en diferentes posiciones, no solamente acostados, sino hasta sentados, como lo hace en "El balcón de Manet" (1950). Aunque, sin temor a equivocarme, me atrevo a afirmar que toda la obra pictórica de R. Magritte está atravesada por lo misterioso, lo sombrío, por las fantasías siniestras.

2) La otra vía que se utiliza para ser atraídos por el miedo es la de lo que se conoce como thrill, que es algo así como el placer que se siente por sentir miedo. Anticipemos que no se trata de una conducta francamente patológica, aunque la misma puede presentarse con fuertes condimentos relacionados a impulsos tanáticos de autodestrucción, o pulsión de muerte (Carpintero, 1999). Este placer por las sensaciones temerosas no es el producto de la vida sedentaria -y muchas veces pasivas- que normalmente ofrece la sociedad contemporánea, sino que ya se encontraba en la antigüedad con los guerreros y aventureros de toda laya. Sin embargo, la actual situación en que se nos coloca de pacientes espectadores en que vemos desarrollarse la aventura de una manera vicaria ante las pantallas del cine o la TV, o las páginas de un libro, para algunos no es suficiente material estimulante de excitación y, ante esa realidad, optan por dos caminos no necesariamente contradictorios y la más de las veces confluyentes. Se trata de quienes laboran en situaciones de alto riesgo para su vida -v. g.: bomberos, guardabosques, guardaparques, espías (21), etc.- como así también los que lo hacen como práctica deportiva riesgosa, tal como la que actualmente se reconoce como "turismo de aventura" -v. g.: escaladores de montañas o practicantes de surf, etc.- y también en las prácticas deportivas: corredores de automóviles, boxeadores, etc. En ambos casos, la sensación de miedo viene acompañada de un tono de agrado, de un "cosquilleo" especial que despierta el sabor por lo arriesgado y donde el miedo es vencido por el placer de la actividad, aunque el mismo siempre esté presente, pero no en la forma en que lo hace en la mayoría de los mortales. Este suele ser un mecanismo utilizado para romper con las rutinas de la cotidianeidad y el aburrimiento que las mismas acostumbran traer aparejados. La excitación vence al aburrimiento (Huber, 1995), aunque siempre dentro de un marco que ofrece ciertas protecciones.

g) Síntesis.



Como colofón de lo expuesto y, a modo de síntesis de los conceptos trabajados, es posible afirmar que el miedo se convierte en pánico como reacción individual, mientras que como conducta colectiva lo que se produce es el terror. Cronehed (1998) dice que "El terror es un híbrido, un cruce de diferentes rasgos del carácter, cuyas fuerzas oscuras son llevadas adelante por una cantidad casi infinita de rostros".

N O T A S

(1) Más precisamente, el 26 de junio de 2000, cinco años antes de lo previsto, el genoma humano se dio por descifrado en sus partes esenciales. El revolucionario logro fue anunciado consecutivamente en China, Japón, Francia, Alemania, el Reino Unido y Estados Unidos. Por lo que es posible sostener que, así como el siglo XX fue el siglo de la física, el siglo XXI será el de la biología.

(2) Se lo puede describir como el conjunto de los genes que caracterizan a una especie. Cada célula del organismo contiene al genoma completo y la diferencia entre unas células y otras obedece a que mientras unos genes están activos, otros no lo están.

(3) Vale recordar que el trabajo de decodificación del genoma comenzó en la década del '80. Finalmente dio sus frutos. El primer borrador fue anunciado en la fecha indicada. Siete meses después, aquel borrador fue "pasado en limpio", ordenado y analizado. Esto significa que actualmente se conocen cuáles son los genes que forman al ser humano. Sin embargo, falta aún el trabajo más arduo y no menos importante de poder descifrar qué función específica cumple cada uno de esos genes.

(4) Recordar para el caso la parábola de la rana y el escorpión cuando la primera ayudó al segundo a cruzar un río.

(5) Ricardo Mileo Vaglio, a quién le debo mucho más que lo que me indicó para estas notas.

(6) Lo cual se puede observar en la escultura de A. Rodin, "El Pensador", en donde la tensión de los músculos de un cuerpo robusto esconde los miedos que confunden al hombre que está aguijoneado por profundos tormentos interiores.

(7) En realidad, el proceso de mimetización puede ser observado como una forma de simulación en especies poco adaptadas para integrarse en el espacio o hábitat natural que les corresponde.

(8) Se dice que muchas mujeres italianas esperaban ser embarazadas por el líder. Al igual que los discursos enfervorizados de Hitler, que provocaban erecciones en los jóvenes que asistían a las manifestaciones organizadas por el Partido Nacional Socialista.

(9) Que por entonces se confundía con la mojigatería y la pacatería hipócritas.

(10) Nuevamente la presencia del miedo.

(11) Por ejemplo la aparición en el mercado de los automóviles, que trajeron velocidad en las comunicaciones terrestres y en el acortamiento de las distancias, pero también vinieron acompañadas de accidentes viales que dejan tantos muertos y lisiados anualmente como los infartos cardíacos y el cáncer sumados.

(12) Se esperan respuestas.

(13) A título de ejemplo, valga relatar que durante un asalto a mano armada en una concesionaria de automóviles, en Argentina 2001, el propietario de la misma murió de miedo a morir, es decir, sufrió un infarto de miocardio y finalmente se murió.

(14) Colocados a propósito en ese orden.

(15) Por su aceptación en la Grecia antigua y la indiferencia con que se la reconocía en la Roma Imperial.

(16) Normalmente la visita a los muertos se realiza durante el día, salvo en los cultos esotéricos que realizan prácticas -en general rituales satánicos-, que los hacen en la noche.

(17) Pese a que el propio Shakespeare (op. cit.) escribió en un célebre monólogo del Príncipe Hamlet, al referirse a la muerte, de la cual expresa con profunda angustia y desazón "... ese país por descubrir, de cuyos confines ningún viajero retorna".

(18) H. Heydrich, el comandante de las temibles SS, había llegado a construir un listado de cementerios nórdicos en los cuáles era factible engendrar hijos que iban a estar imbuidos del valor que habían tenido los cadáveres que allí moraban.

(19) Donde no puede dejar de recordar al mencionado Virgilio.

(20) Al traer a la memoria al inolvidable H. Bogart, no puedo menos que evocarlo por su papel en "Casablanca", película en la cual -uniendo el suspenso a las vicisitudes de lo romántico- rompe con la pureza de los personajes tradicionalmente descriptos por Hollywood, ya que quien aparece como totalmente malo durante buena parte del film, terminando siendo el "bueno de la película" (Rodríguez Kauth, 2000).

(21) En todas estas prácticas es preciso no demostrar la presencia del miedo, especialmente en la última, la de los agentes de los servicios de espionaje. Si así lo hicieran, no solamente estarían comprometiendo su propia vida, sino también la de los miembros de la red para la que trabajan. Normalmente los espías son preparados, entre otros, por expertos en psicología, los que los entrenan en técnicas que les serán útiles para mantenerse fríos y bajo control de sus emociones cuando se presentan situaciones comprometidas para su vida (Pastor Petit, 1996).

>>> BIBLIOGRAFÍA





NOMADAS | REVISTA CRITICA DE CIENCIAS SOCIALES Y JURIDICAS | ISSN 1578-6730 | MONOGRAFÍAS

THEORIA | PROYECTO CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES - UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID



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