El miedo a la libertad



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Aunque pueda denominarse sadomasoquista el carácter de los individuos dominados por esos impulsos, tales personas no son necesariamente neuróticas. El que un determinado tipo de carácter sea neurótico o normal depende en gran parte de las tareas peculiares que los individuos deben desempeñar en su respectiva situación social, y de cuáles pautas de conducta y de actitudes existen en su cultura. Puede decirse que para grandes estratos de la baja clase media, en Alemania y otros países europeos, el carácter sadomasoquista es típico, y, cono se demostrará luego, fue sobre este tipo de carácter donde incidió con más fuerza la ideología nazi. Dado que el término «sadomasoquista» se halla asociado con la noción de perversión y de neurosis, emplearé la expresión carácter autoritario para referirme al tipo de carácter de que se está hablando, y ello de especial manera cuando se trate de individuos normales. Esta terminología se justifica por cuanto la persona sadomasoquista se caracteriza siempre por su peculiar actitud hacia la autoridad. La admira y tiende a someterse a ella, pero al mismo tiempo desea ser ella misma una autoridad y poder someter a los demás. Hay otra razón más para elegir este término. El sistema fascista se llamó a sí mismo autoritario a causa de la función dominante de la autoridad en su estructura política y social. De este modo, con la expresión carácter autoritario destacamos que nos estamos refiriendo a la estructura de la personalidad que constituyó la base humana del fascismo.

Antes de proseguir la discusión sobre el carácter autoritario, es menester aclarar algo el término autoridad. Esta no es una cualidad «poseída» por una persona, en el mismo sentido que la propiedad de bienes o de dotes físicas. La autoridad se refiere a una relación interpersonal en la que una persona se considera superior a otra. Pero existe una diferencia fundamental entre el tipo de relación de superioridad-inferioridad, que puede denominarse autoridad racional, y la que puede describirse como autoridad inhibitoria.

Mostraré con un ejemplo lo que quiero decir. La relación entre maestro y discípulo y la que existe entre amo y esclavo se fundan ambas en la superioridad del uno sobre el otro. Los intereses del maestro y los del discípulo se hallan orientados en la misma dirección. El maestro se siente satisfecho si logra hacer adelantar a su discípulo; y, si no lo consigue, el fracaso será imputable a ambos. El amo de esclavos, por el contrario, explota a éstos lo más posible, y cuanto más logra sacarles, tanto más se siente satisfecho. Al misino tiempo el esclavo trata de defender lo mejor que puede su derecho a un mínimum de felicidad. Sus intereses son así decididamente antagónicos, puesto que lo que es ventajoso para uno constituye un daño para el otro. En ambos casos la superioridad tiene una función distinta: en el primero representa la condición necesaria para ayudar a la persona sometida a la autoridad; en el segundo no es más que la condición de su explotación.

También la dinámica de la autoridad, en estos dos tipos, es diferente: cuanto más logra aprender el estudiante, tanto menor será la distancia entre él y su maestro. El primero se va pareciendo cada vez más al segundo. En otras palabras, la relación de autoridad tiende a disolverse. Pero cuando la superioridad tiene por función ser base de la explotación, la distancia entre las dos personas se hace con el tiempo cada vez mayor.

La situación psicológica es distinta en cada una de estas relaciones de autoridad. En la primera prevalecen elementos de amor, admiración o gratitud. La autoridad representa a la vez un ejemplo con el que desea uno identificarse parcial o totalmente. En la segunda se originarán sentimientos de hostilidad y resentimiento en contra del explotador, al cual uno se siente subordinado en perjuicio de los propios intereses. Pero a menudo, como en el caso del esclavo, el odio de éste sólo podrá conducirlo a conflictos que le producirán cada vez mayores sufrimientos, sin perspectiva alguna de salir vencedor. Por eso, en general, existe la tendencia a reprimir el sentimiento de odio y a veces hasta a reemplazarlo por el de ciega admiración. Este hecho tiene dos funciones: 1) eliminar el sentimiento de odio, doloroso y lleno de peligros; 2) aliviar la humillación. Si la persona que manda es maravillosa y perfecta, entonces no tengo por qué avergonzarme de obedecerla. No puedo ser su igual porque ella es mucho más fuerte, más sabia y mejor que yo. La consecuencia de la autoridad de tipo inhibitorio está en que el sentimiento de odio o el de sobreestimación tenderán a aumentar. En el tipo racional de autoridad, en cambio, tenderán a disminuir en la medida en que la persona sujeta se haga más fuerte y, por lo tanto, se asemeje más al que ejerza la autoridad. La diferencia entre la autoridad racional y la inhibitoria es tan sólo de carácter relativo. Hasta en la relación entre esclavo y amo existen elementos ventajosos para el esclavo. Este obtiene el mínimo de alimentos y de protección que, por lo menos, lo capacita para trabajar en beneficio del amo. Por otra parte, la ausencia completa de antagonismo entre discípulo y maestro sólo puede hallarse en una relación ideal. Hay muchas gradaciones entre estos dos casos extremos, tal como ocurre, por ejemplo, en la relación entre el obrero industrial y el capataz, o el hijo del campesino y su padre, o el ama de casa y su marido. Sin embargo, aun cuando de hecho los dos tipos de autoridad se hallen mezclados, siempre subsiste una diferencia esencial entre ellos, y el análisis de una concreta relación de autoridad debería revelar en todos los casos la importancia respectiva que le corresponde a cada uno de los dos.

La autoridad no es necesariamente una persona o una institución que ordena esto o permite aquello; además de este tipo de autoridad, que podríamos llamar exterior, puede aparecer otra de carácter interno, bajo el nombre de deber, conciencia o superyó. En realidad, el desarrollo del pensamiento moderno desde el protestantismo hasta la filosofía kantiana, puede caracterizarse por la sustitución de autoridades que se han incorporado al yo en lugar de las exteriores. Con las victorias políticas de la clase media en ascenso, la autoridad exterior perdió su prestigio y la conciencia del hombre ocupó el lugar que aquélla había tenido antes. Este cambio pareció a muchos una victoria de la libertad. Someterse a órdenes nacidas de un poder exterior (por lo menos en las cuestiones espirituales) pareció ser algo indigno de un hombre libre; pero la sumisión de sus inclinaciones naturales y el establecimiento del dominio sobre una parte del individuo —su naturaleza— por obra de la otra parte —su razón, voluntad o conciencia— pareció constituir la esencia misma de la libertad. El análisis muestra, empero, que la conciencia manda con un rigor comparable al de las autoridades externas, y que, además, muchas veces el contenido de sus órdenes no responde en definitiva a las demandas del yo individual, sino que está integrado por demandas de carácter social que han asumido la dignidad de normas éticas. El gobierno de la conciencia puede llegar a ser aún más duro que el de las autoridades exteriores, dado que el individuo siente que las órdenes de la conciencia son las suyas propias, y así ¿cómo podría rebelarse contra si mismo?

En las décadas recientes la «conciencia» ha perdido mucho de su importancia. Parecería como si ni las autoridades externas ni las internas ejercieran ya funciones de algún significado en la vida del individuo. Todos son completamente «libres», siempre que no interfieran con los derechos legítimos de los demás. Pero lo que hallamos en realidad es que la autoridad, más que haber desaparecido, se ha hecho invisible. En lugar de la autoridad manifiesta, lo que reina es la autoridad «anónima». Se disfraza de sentido común, ciencia, salud psíquica, normalidad, opinión pública. No pide otra cosa que lo que parece evidente por si mismo. Parece no valerse de ninguna presión y sí tan sólo de una blanda persuasión. Ya se trate de una madre que diga a su hija, «yo sé que no te gustará salir con ese joven», ya de un anuncio comercial que sugiera, «fume usted esta marca de cigarrillos..., le gustará su frescura», siempre nos hallamos en presencia de la misma atmósfera de sutil sugestión que envuelve toda la vida social. La autoridad anónima es mucho más efectiva que la autoridad manifiesta, puesto que no se llega a sospechar jamás la existencia de las órdenes que de ella emanan y que deben ser cumplidas. En el caso de la autoridad externa, en cambio, resultan evidentes tanto las órdenes como la persona que las imparte; entonces se la puede combatir, y en esta lucha podrá desarrollarse la independencia personal y el valor moral. Pero, mientras en el caso de la autoridad que se ha incorporado al yo, la orden, aunque de carácter interno, todavía es perceptible, en el de la autoridad anónima tanto la orden como el que la formula se han vuelto invisibles. Es como si a uno le tirotearan enemigos que no alcanza a ver. No hay nada ni nadie a quien contestar.

Volviendo ahora a la discusión relativa al carácter autoritario, el rasgo más importante que debe señalarse es el de la actitud hacia el poder. Para el carácter autoritario existen, por así decirlo, dos sexos: los poderosos y los que no lo son. Su amor, admiración y disposición para el sometimiento surgen automáticamente en presencia del poder, ya sea el de una persona o el de una institución. El poder lo fascina, no en tanto que defiende algún sistema determinado de valores, sino simplemente por lo que es, porque es poder. Del misno modo que su «amor» te dirige de una manera automática hacia el poder, así las personas o instituciones que carecen de él son inmediatamente objeto de su desprecio. La sola presencia de personas indefensas hace que en él surja el impulso de atacarlas, dominarlas y humillarlas. Mientras otro tipo de carácter se sentiría espantado frente a la mera idea de atacar a un individuo indefenso, el carácter autoritario se siente tanto más impulsado a hacerlo, cuanto más débil es la otra persona.

Hay un rasgo del carácter autoritario que ha engañado a muchos observadores: la tendencia a desafiar a la autoridad y a indignarse por toda intromisión «desde arriba». A veces este desafío desfigura todo el cuadro de tal modo que las tendencias al sometimiento quedan en la sombra. Este tipo de persona se rebelará constantemente contra toda especie de autoridad, aun en contra de la que apoya sus intereses y carece de todo elemento de represión. A veces la actitud hacia la autoridad se encuentra dividida. Tales individuos pueden luchar contra un grupo de autoridades, especialmente cuando se sienten disgustados por su carencia de poder, y al mismo tiempo, o más tarde, someterse a otras autoridades que, a través de su mayor poder o de sus mayores promesas, parecen satisfacer sus anhelos masoquistas. Por último, hay un tipo en el que las tendencias a la rebeldía han sido completamente reprimidas y aparecen en la superficie tan sólo cuando la vigilancia consciente se debilita, o bien ellas pueden ser reconocidas ex posteriori en el odio surgido contra determinada autoridad, cuando el poder de ésta se ha debilitado y comienza a vacilar. En las personas del primer tipo, en las que la actitud de rebeldía ocupa una posición central, podría creerse fácilmente que la estructura de su carácter es precisamente la opuesta a la del tipo masoquista sumiso. Parecerían personas que se oponen a toda especie de autoridad a causa de su extrema independencia. Tienen el aspecto exterior de individuos que, en función de su fuerza e integridad intimas, luchan contra todos aquellos poderes que obstruyen su libertad e independencia. Sin embargo, esencialmente, la lucha del carácter autoritario contra la autoridad no es más que desafío. Es un intento de afirmarse y sobreponerse a sus propios sentimientos de impotencia combatiéndolos, sin que por eso desaparezca, consciente o inconscientemente, el anhelo de sumisión. El carácter autoritario no es nunca revolucionario; preferiría llamarlo rebelde. Hay muchos individuos y numerosos movimientos políticos que confunden al observador superficial a causa de lo que parecería un cambio inexplicable desde el izquierdismo a una forma extrema de autoritarismo. Desde el punto de vista psicológico se trata de «rebeldes» típicos.

La actitud del carácter autoritario hacia la vida, su filosofía toda, se hallan determinadas por sus impulsos emocionales. El carácter autoritario prefiere aquellas condiciones que limitan la libertad humana; gusta de someterse al destino. Y lo que éste ha de significar para él depende de la situación social que le toque en suerte. Para el soldado puede significar la voluntad o el capricho de sus superiores, a los que se somete de buena gana. Para el pequeño comerciante su destino es producto de las leyes económicas. Prosperidad y crisis no constituyen para él fenómenos sociales que puedan ser cambiados por la actividad humana, sino la expresión de un poder superior al que es menester someterse. Para los que se hallan en la cumbre de la pirámide social las cosas no son esencialmente distintas. La diferencia reside tan sólo en la magnitud y generalidad del poder al que tiene uno que obedecer, y no en el sentimiento de dependencia como tal.

Y son experimentadas como una fatalidad inconmovible no solamente aquellas fuerzas que determinan directamente la propia vida, sino también las que parecen moldear la vida en general. A la fatalidad se debe la existencia de guerras y el hecho de que una parte de la humanidad deba ser gobernada por otra. Es la fatalidad la que establece un grado perenne de sufrimiento, que no podrá disminuir jamás. La fatalidad puede asumir una forma racionalizada, como «ley natural» o «destino humano» desde el punto de vista filosófico, como «voluntad divina» hablando en términos religiosos, y como «deber» en términos éticos... Para el carácter autoritario se trata siempre de un poder superior, exterior al individuo, y con respecto al cual éste no tiene más remedio que someterse. El carácter autoritario adora el pasado. Lo que ha sido una vez, lo será eternamente. Desear algo que no ha existido antes o trabajar para ello, constituye un crimen o una locura. El milagro de la creación —y la creación es siempre un milagro— está más allá del alcance de su experiencia emocional.

La definición, formulada por Schleiermacher, de la experiencia religiosa como sentimiento de dependencia absoluta, define también la experiencia masoquista en general; y en este sentimiento de dependencia el pecado desempeña una función especial. El concepto del pecado original que pesa sobre todas las generaciones futuras, es característico de la experiencia autoritaria. El fracaso moral, como toda otra especie de fracaso, se vuelve un destino que el hombre no podrá eludir jamás. El que haya pecado una vez estará atado eternamente a su falta con cadenas de hierro. Las mismas acciones humanas se vuelven un poder que gobierna al hombre y lo esclaviza para siempre. Las consecuencias del pecado pueden ser disminuidas por la expiación, pero ésta jamás llegará a eliminar el pecado. Las palabras de Isaías: «Aunque tus pecados sean de color escarlata, tú serás tan blanco como la nieve», expresan exactamente lo contrario de la filosofía autoritaria.

La característica común de todo pensamiento autoritario reside en la convicción de que la vida está determinada por fuerzas exteriores al yo individual, a sus intereses, a sus deseos. La única manera de hallar la felicidad ha de buscarse en la sumisión a tales fuerzas. La impotencia del hombre constituye el leitmotiv de la filosofía masoquista. Moeller van der Bruck, uno de los padres ideológicos del nazismo, ha expresado este pensamiento con mucha claridad. Escribe: «Los conservadores prefieren creer en la catástrofe, en la impotencia del hombre para evitarla, en su necesidad y en el terrible desengaño que sufrirá el iluso optimista». En los escritos de Hitler hallaremos otros ejemplos de esta misma mentalidad.

El carácter autoritario no carece de actividad, valor o fe. Pero estas cualidades significan para él algo completamente distinto de lo que representan para las personas que no anhelan la sumisión. Porque la actividad del carácter autoritario se arraiga en el sentimiento básico de impotencia, sentimiento que trata de anular por medio de la actividad. Esta no significa otra cosa que la necesidad de obrar en nombre de algo superior al propio yo. Esta entidad superior puede ser Dios, el pasado, la naturaleza, el deber, pero nunca el futuro, lo que está por nacer, lo que no tiene poder o la vida como tal. El carácter autoritario extrae la fuerza para obrar apoyándose en ese poder superior. Este no puede nunca ser atacado o cambiado. Para él la debilidad es siempre un signo inconfundible de culpabilidad e inferioridad, y si el ser, en el cual cree el carácter autoritario, da señales de debilitarse, su amor y respeto se transforman en odio y desprecio. Carece así de «potencia ofensiva» capaz de atacar al poder constituido sin estar primero sometido a otro poder más fuerte.

El coraje del carácter autoritario reside esencialmente en el valor de sufrir lo que el destino, o su representante personal o «líder», le ha asignado. Sufrir sin lamentarse constituye la virtud más alta, y no lo es, en cambio, el coraje necesario para poner fin al sufrimiento o por lo menos disminuirlo. El heroísmo propio del carácter autoritario no está en cambiar su destino, sino en someterse a él.

Mantiene su fe en la autoridad hasta tanto ésta sea fuerte y siga dictando órdenes. En el fondo, su fe está arraigada en la duda y no es más que un intento de dominarla. Pero en realidad no tiene fe, si por fe entendemos la segura confianza de que se realizará lo que ahora existe como mera potencialidad. La filosofía autoritaria es esencialmente relativa y nihilista, a pesar del hecho de que frecuentemente proclame con tanta violencia haber superado el relativismo y a despecho de su exhibición de actividad. Está arraigada en la desesperación extrema, en la absoluta carencia de fe, y conduce al nihilismo, a la negación de la vida.

En la filosofía autoritaria el concepto de igualdad no existe. El carácter autoritario puede a veces emplear el término igualdad en forma puramente convencional o bien porque conviene a sus propósitos. Pero no posee para él significado real o importancia, puesto que se refiere a algo ajeno a su experiencia emocional. Para él, el mundo se compone de personas que tienen poder y otras que carecen de él; de superiores y de inferiores. Sobre la base de sus impulsos sadomasoquistas experimenta tan sólo la dominación o la sumisión, jamás la solidaridad. Las diferencias, sean de sexo o de raza, constituyen necesariamente para él signos de inferioridad o superioridad. Es incapaz de pensar una diferencia que no posea esta connotación.

La descripción de los impulsos sadomasoquistas y del carácter autoritario se refiere a las formas más extremas de debilidad y, por lo tanto, a los rasgos extremos correspondientes, dirigidos a superarlas por medio de la relación simbiótica con el objeto de culto o de dominación.

Aunque puedan hallarse impulsos sadomasoquistas en muchas personas, sólo determinados individuos y grupos sociales han de ser considerados como típicos representantes de ese carácter. Existe, sin embargo, una forma más leve de dependencia, tan general en nuestra cultura, que parece faltar solamente en casos excepcionales. Este tipo de dependencia no posee las características peligrosas e impetuosas del sadomasoquismo, pero tiene tal importancia que no debe ser omitido en nuestra discusión del problema.

Me refiero a ese tipo de persona cuya vida se halla ligada de una manera sutil con algún poder exterior a ella. No hay nada que hagan, sientan o piensen que no se relacione de algún modo con ese poder. De él esperan protección, por él desean ser cuidadas, y es a él a quien hacen responsables de lo que pueda ser la consecuencia de sus propios actos. A menudo el individuo no se percata en absoluto del hecho de su dependencia. Aun cuando tenga la oscura conciencia de algo, la persona o el poder del cual el individuo depende permanece nebuloso. No existe ninguna imagen definida que se relacione con ese poder o persona. Su cualidad esencial es la de representar una determinada función: a saber, la de proteger, ayudar y desarrollar al individuo, estar con él y no dejarlo solo. El individuo X que posee tales cualidades podría ser denominado auxiliador mágico [magic helpe]j. Muchas veces, por supuesto, este auxiliador mágico tiene alguna personificación: se lo puede concebir como Dios, como un principio o como una persona real; tal, por ejemplo, los propios padres, cónyuges o superiores. Es importante hacer notar que cuando el que asume la función de auxiliador mágico es una persona real, se le atribuyen propiedades mágicas, y entonces el significado que ella posee es consecuencia de su función. Este proceso de personificación puede observarse con frecuencia en lo que se llama «enamorarse». La persona que necesita tal conexión con un auxiliador mágico, se esfuerza por hallarlo en una persona de carne y hueso. Por una u otra razón —a menudo fundada en el deseo sexual— determinado individuo asume para él aquellas propiedades mágicas, y se transforma así en el ser del cual ha de permanecer dependiendo toda su vida. El hecho de que la otra persona haga muchas veces lo mismo con respecto a la primera, no altera en nada la relación. Tan sólo contribuye a reforzar la impresión de que se trata de «verdadero amor».

Esta necesidad del auxiliador mágico puede ser estudiada en condiciones casi experimentales en el procedimiento psicoanalítico. Con frecuencia la persona analizada desarrolla un profundo afecto hacia el psicoanalista y a él relata toda su vida, acciones, pensamientos y sentimientos. Consciente o inconscientemente la persona sometida a análisis se pregunta: ¿Le gustará a él (el analista) esto o aquello, me aprobará o me reprenderá? En la relación amorosa el hecho de que se elija esta o aquella persona se toma como prueba de que se la ama justamente por ser él (el elegido); pero en la situación psicoanalítica esta ilusión no puede sostenerse. Los tipos más distintos de pacientes desarrollan idénticos sentimientos hacia los tipos más distintos de psicoanalistas. La relación se parece al amor, a menudo se ve acompañada de deseos sexuales; y, sin embargo, se trata de la conexión con el auxiliador mágico personificado, papel que, evidentemente, el psicoanalista se halla en condiciones de desempeñar muy bien, del mismo modo como ciertas personas que ejercen autoridad (médicos, sacerdotes, maestros).

En principio, las causas que inducen a las personas a relacionarse con el auxiliador mágico son las mismas que hemos hallado como fundamento de los impulsos simbióticos: la incapacidad de subsistir solo y de expresar plenamente las propias potencialidades individuales. En el caso de los impulsos sadomasoquistas, tal incapacidad origina la tendencia a despojarse del yo individual, pasando la persona a depender del auxiliador mágico; en las formas más leves, que se acaban de tratar, origina simplemente el deseo de ser guiado y protegido. La intensidad de la conexión con el auxiliador mágico se halla en proporción inversa con la capacidad de expresar espontáneamente las propias potencialidades intelectuales, emocionales y sensitivas. Con otras palabras, se espera obtener del auxiliador mágico todo cuanto se espera en la vida, en vez de conseguirlo como resultado de las propias acciones. Cuanto más nos acercamos a este caso, tanto más el centro de nuestra vida se desplaza desde nuestra propia persona a la del auxiliador mágico y sus personificaciones. El problema que se plantea entonces no es ya el de cómo vivir nosotros mismos, sino el de cómo manejarlo a él a fin de no perderlo, de que nos haga obtener lo que deseamos, y hasta de hacerlo responsable de nuestras propias acciones.

En los casos más extremos, toda la vida de una persona se reduce casi exclusivamente al intento de manejarlo a él; la gente usa diferentes medios: algunos, la obediencia; otros, la bondad, y, por último, en ciertas personas, el sufrimiento constituye el medio principal de lograrlo. Puede observarse entonces que no hay sentimiento, idea o emoción que no esté por lo menos algo coloreada por la necesidad de manipular al auxiliador mágico personificado; en otras palabras, ningún acto psíquico es espontáneo o libre. Esta dependencia que surge del entorpecimiento de la espontaneidad, al tiempo que contribuye a obstruir aún mas el desarrollo, proporciona un cierto grado de seguridad; pero tiene por consecuencia una sensación de debilidad y de limitación. En estos casos la persona que depende del auxiliador mágico también se siente esclavizada por él —si bien inconscientemente—, rebelándose en su contra, en mayor o menor grado. Esta rebeldía hacia aquella misma persona en quien se han colocado las propias esperanzas de felicidad y seguridad, da lugar a nuevos conflictos. Tiene que ser reprimida, so pena de perderlo a él; pero mientras tanto el antagonismo subyacente amenaza de manera constante la seguridad que constituía el fin de la relación con el auxiliador mágico.




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