El lugar de la racionalidad en la comprensión del otro



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AUTOCONOCIMIENTO:

Una perspectiva evolutiva y comparativa

Pablo Quintanilla

PUCP

Sumilla


Esta contribución desea abordar la pregunta sobre la conexión lógica, causal y genealógica entre tres tipos de conocimiento: el de los estados mentales ajenos (atribución psicológica y lectura de mentes), el de los estados mentales propios (metacognición y autoconsciencia), y el de los objetos y eventos del mundo exterior, tanto físico como social (percepción sensorial y conocimiento tácito). El presente artículo argumenta en contra de las propuestas que sostienen que hay anterioridad lógica y causal de uno de estos tipos de conocimiento, como en el caso de Descartes y Goldman, que privilegian la autoconsciencia, o de Carruthers que sostiene la anterioridad lógica y causal pero no temporal de la lectura de mentes, o, finalmente, de alguna forma de empirismo que afirme que la mente es solo una tabula rasa que se moldea a partir de la experiencia sensorial. La tesis a ser defendida en este texto, es que estos tres tipos de conocimiento son lógica, causal y genealógicamente inseparables, de manera que no se puede dar ni concebir uno de ellos sin los otros. También sostiene que la evidencia empírica, tanto a nivel filogenético como ontogenético, prueba que estos tres tipos de conocimiento se dan juntos en la evolución de la especie y en el desarrollo del individuo, potenciándose mutuamente. De esta manera, la presión del entorno habría seleccionado, al mismo tiempo y por las mismas causas, a los individuos con más habilidades metarrepresentacionales, Meta cognitivos y perceptivos del entorno. El artículo concluye abordando un aspecto de la coevolución entre mente y lenguaje, para sostener el fundamental rol del lenguaje, tanto en la atribución psicológica como en la metacognición, así como en la categorización y manipulación conceptual de los objetos del mundo externo, tanto físicos como culturales. Al hacer eso, el lenguaje habría potenciado más aún esas tres formas de conocimiento.

La búsqueda del autoconocimiento es una de las tareas clásicas de la filosofía si es que no, en última instancia, la principal, por lo menos desde que, como se cuenta, Sócrates afirmó que una vida no examinada no merece ser vivida. No tengo claro si todas las demás formas de conocimiento están supeditadas a ella, pero sospecho que en el fondo sí. Queremos conocer porque queremos conocernos. 1


Durante la mayor parte de la historia de la filosofía occidental, la pregunta por el autoconocimiento ha sido abordada desde un punto de vista conceptual y especulativo, es decir, basada en un cierto análisis de ciertos conceptos involucrados, tales como acción, finalidad, felicidad, así como en nuestras intuiciones sobre lo que uno puede decir de sí mismo. 2 La concepción cartesiana y moderna que hemos heredado parece suponer que el autoconocimiento es un tipo de conocimiento de la realidad pero, en este caso, de una realidad a la que tenemos un acceso en cierto modo privilegiado y que está compuesta fundamentalmente por estados mentales subjetivos a los que ingresamos por introspección. 3 Así, el autoconocimiento pasaría por el reconocimiento de nuestras propias creencias, deseos y afectos, y de la manera como estos causan nuestras acciones. 4 Según esta concepción tradicional, conocerse sería estar en condiciones de determinar los estados mentales que causan nuestras propias acciones, mediante un acto de reflexión sobre uno mismo.
5 Aunque esta manera de operar ha sido cuestionada desde comienzos del siglo XX, sobre todo como consecuencia del descubrimiento de que hay estados mentales que causan nuestras acciones pero que, por su propia naturaleza, no pueden llegar a ser conocidos por nosotros, es sin embargo una manera válida y necesaria de entender el autoconocimiento, pero no es la única. 6 Así como el autoconocimiento puede ser entendido como un tipo de conocimiento de nuestra propia subjetividad, es decir, de la textura de nuestra vida interior a la que accedemos mediante el reconocimiento introspectivo de nuestros estados mentales, especialmente de aquellos que causan nuestras acciones, también es posible también ver el autoconocimiento como un tipo de conocimiento externo. En este caso, averiguar, no de manera introspectiva sino empírica, los procesos por los cuales llegamos a determinar nuestros propios estados mentales es también una forma de autoconocimiento pero en un grado de abstracción mayor. 7 Asimismo, saber cómo se constituyeron estos procesos, elaborar una genealogía del reconocimiento de nuestros propios estados mentales y poder establecer las conexiones que tiene con otras formas de conocimiento, es sin duda una forma de autoconocimiento. 8 El tipo de conocimiento que tenemos a partir de la descripción de los procesos psíquicos que están presentes cuando tenemos procesos cognitivos acerca de nuestros propios procesos cognitivos, es una forma de autoconocimiento de un nivel adicional, aquel según el cual describimos con cierta pretensión de objetividad lo que ocurre cuando tenemos momentos de introspección subjetiva. 10 Este proceso, a su vez, parece estar conectado y es difícilmente separable del proceso por el cual conocemos los estados mentales de otras personas, así como conocemos los hechos del entorno físico y social.
11 Pensemos, entonces, en el célebre triangulo davidsoniano. Todo conocimiento es el producto de una relación triangular en la que tenemos, en un vértice, al sujeto que se autoconoce mediante la introspección, es decir, gracias al reconocimiento por pura experiencia fenoménica de sus propios estados mentales, es decir, tiene creencias y otros estados mentales acerca de sus estados mentales. 12 En un segundo vértice, el sujeto conoce el mundo exterior mediante la percepción sensorial, formándose creencias acerca de las relaciones causales entre hechos que, asume, son ontológicamente diferentes de él. 13 Finalmente, en el tercer vértice del triángulo está el conocimiento que el sujeto tiene de los estados mentales de otros individuos. En este caso, se trata de creencias acerca de agentes a los que atribuye estados mentales que, supone, son causas de sus acciones, las cuales son eventos físicos que también pueden ser descritos de manera intencional. 14 Pero, ¿cuál es el orden lógico y causal de los elementos que conforman este triángulo? Es decir, ¿es alguno de ellos temporalmente anterior o condición de posibilidad de los otros?
Como es conocido, la filosofía tradicional de inspiración cartesiana asumía que lo primero es el autoconocimiento, lo segundo es el conocimiento del entorno y, finalmente, en tercer lugar viene el conocimiento de las otras mentes. Este no es solo un orden causal sino lógico, porque la introspección no solo sería temporalmente anterior sino también condición de posibilidad de las otras formas de conocimiento, siendo, además, el único tipo de conocimiento incorregible.
15 En este texto deseo abordar la pregunta sobre la conexión lógica y causal entre estos tres tipos de conocimiento. Mi tesis central será que el autoconocimiento, tanto como el conocimiento del mundo exterior y el conocimiento de los estados mentales ajenos, son lógica y causalmente inseparables, de manera que no se puede dar ni concebir uno de ellos sin los otros.16 También sostendré que la evidencia empírica, tanto a nivel filogenético como ontogenético, prueba que estos tres tipos de conocimiento también se dan juntos en la especie y en el individuo, potenciándose mutuamente, y resultando imposible que evolucione o se de uno de ellos sin el otro.
17 En este punto asumiré que el reconocimiento del otro es posible solo si se tiene la habilidad de la atribución psicológica que, a su vez, hace posible lo que se suele llamar la “lectura de mentes”. Por otra parte, el autoconocimiento solo es posible si se tiene la capacidad de la metacognición, que es la facultad de tener procesos cognitivos acerca de nuestros propios procesos cognitivos. Finalmente, sin duda hay criaturas no humanas e incluso humanas, como bebes pequeños y personas en circunstancias patológicas, que tienen procesos cognitivos complejos pero no procesos metacognitivos. De ellos podemos decir que tienen formas de comportamiento que involucran interacción con el mundo externo, percepción y procesamiento complejo de la percepción, pero creo que la palabra “conocimiento” sería inaplicable para esos casos. Sostengo eso por dos razones: en primer lugar, para poder decir que alguien sabe o conoce que p es necesario que él o ella también sepa que p podría ser falso, es decir, que el agente en cuestión posea los conceptos de verdadero y falso, así como de apariencia y realidad. Para que esto sea posible, el agente debe tener procesos metacognitivos suficientemente complejos como para tener creencias acerca de sus creencias, es decir, por ejemplo, para creer que sus creencias son verdaderas aunque podrían ser falsas. Esto, sin duda, implica metacognición. En segundo lugar, el agente debe saber que, si sus creencias son verdaderas, son acerca del mismo objeto sobre el cual otros individuos tendrían las mismas creencias, si es que tuvieran la evidencia relevante y no hubiese ningún error de procedimiento o percepción, es decir, el agente debe poseer los conceptos de objetivo y subjetivo. En otras palabras, uno cree que sus creencias son verdaderas, y estas lo son, solo si otros individuos en las mismas circunstancias y en condiciones ideales tendrían las mismas creencias. Más aún, si uno cree que sus creencias son verdaderas, o sea que constituyen conocimiento, cree también que los demás tendrían que creer lo mismo en las mismas circunstancias. Esto implica que uno tiene la habilidad para atribuir estados mentales a los demás, esto es, que uno tiene una teoría de la mente.
Sostengo, por tanto, que la mayor parte de animales puede tener procesos cognitivos complejos e interacción compleja con el entorno, pero que esto no puede llamarse conocimiento, a menos que el individuo tenga, también, algún grado de metacognición y de atribución psicológica. El punto hasta aquí es, entonces, que el conocimiento del entorno físico no puede darse sin algún grado de autoconocimiento y conocimiento de los estados mentales ajenos.
Pero el punto en el que quisiera concentrarme reside en las relaciones entre atribución psicológica o lectura de mentes, y autoconsciencia o metacognición. Si bien los conceptos que pertenecen a cada una de estas parejas no son propiamente sinónimos, para los fines de esta discusión pueden considerarse coextensivos.
18 Discutiré cuatro modelos posibles acerca de las relaciones entre lectura de mentes y metacognición, según los ha planteado Peter Carruthers en “How we know our minds: The relationship between mindreading and metacognition” (2009). Carruthers afirma que podemos ver las relaciones entre lectura de mentes y metacognición de cuatro posibles maneras:
19 Según el primer modelo, atribuido a Nichols y Stich (2003), lectura de mentes y metacognición serían dos capacidades independientes, con diferentes mecanismos cognitivos, que a su vez pueden tener funcionamientos y posibles daños de manera separada. La capacidad de lectura de mentes incluiría tanto aspectos de simulación como un módulo nomológico. La metacognición, de otro lado, tendría diferentes mecanismos, pero incluiría introspección en el sentido de un acceso inmediato y no interpretativo a nuestros propios estados mentales. Me resulta poco claro, pero improbable, que este modelo sostenga que se trata de dos capacidades que evolucionaron de manera separada.

20 Según un segundo modelo, que Carruthers considera implícito en un texto suyo de mediados de los noventa (1996a), solo hay un mecanismo metarrepresentacional pero con dos modos diferentes de acceso: un modo basado en la percepción, para la interpretación de las otras personas, y un modo introspectivo, para el conocimiento de nuestros propios estados mentales. El daño en el modo basado en la percepción afectaría las habilidades de lectura de mentes; el daño en el modo introspectivo dañaría el autoconocimiento; y el daño en el mecanismo metarrepresentacional afectaría a ambos.


21 Para un tercer modelo, denominado también cartesiano y uno de cuyos representantes contemporáneos sería Goldman (Goldman, 1993, 2006), la metacognición tiene prioridad respecto de la lectura de mentes. Primero tenemos introspección no interpretativa a nuestros propios estados mentales y luego usamos ese conocimiento para atribuir estados mentales a los demás.
22 Finalmente, Carruthers propone su actual modelo (Carruthers, 2009), de acuerdo con el cual la lectura de mentes tiene prioridad respecto de la metacognición, y luego gira hacia nosotros mismos, produciendo metacognición. Hay solo una facultad con dos aplicaciones de ella. Siguiendo ese modelo Carruthers concluye que:


  1. “La metarrepresentación evolucionó con propósitos sociales de tercera persona, más que de consciencia y control de la primera persona.”

  2. “El autoconocimiento resulta de girar el sistema de lectura de mentes (mindreading) hacia el yo.”

  3. “El autoconocimiento no tiene autoridad (no hay autoridad de la primera persona), ni es diferente de nuestro conocimiento de los demás.”

23 La metacognición y lectura de mentes, así como el conocimiento del mundo exterior, se constituyen simultáneamente de manera triangular, tanto desde un punto de vista lógico como causal, y tanto en el orden filogenético como ontogenético. En lo que sigue discutiré los cuatro modelos y luego volveré a mi tesis inicial, según la cual Objetaré, por tanto, tanto el modelo cartesiano como el de Carruthers, los cuales son víctimas del mismo error: suponer que hay un solo punto de partida para la creación del triángulo, sin percibir que un triángulo solo puede existir cuando desde el comienzo tiene tres lados.


No parece haber mucha diferencia entre los modelos segundo y cuarto, excepto que el último sostiene que el autoconocimiento es siempre interpretativo y, por tanto, no hay un acceso inmediato introspectivo a nuestros propios estados mentales. 24 Carruthers sostiene que la capacidad de lectura de mentes evolucionó primero y luego giró sobre nosotros mismos, pero no en un sentido temporal sino lógico y causal. Es decir, él piensa que la presión del entorno seleccionó a la lectura de mentes pero no a la metacognición, de suerte que esta última es una especie de producto colateral o by product de la primera. Él no desea decir que primero hubo lectura de mentes y que posteriormente se dio la metacognición. No cree que haya habido un momento en que hubiera lectura de mentes y no metacognición, pero se contradice, pues cree que la lectura de mentes causó la metacognición como un producto colateral, y eso solo es posible si él sostiene que la causa puede no ser temporalmente anterior al efecto, lo que es obviamente absurdo.
25 Sin embargo, parece más razonable suponer, como sostengo, que evolucionaron simultáneamente, con la finalidad de permitir a nuestros ancestros primates adaptarse a situaciones sociales complejas, en la línea de la hipótesis de la inteligencia social (Dunbar, 1998; Byrne & Whiten, 1988). Es razonable pensar que la capacidad de lectura de mentes solo puede florecer cuando el intérprete puede comparar y relacionar los estados mentales atribuidos al agente con sus propios estados mentales y con los eventos del mundo exterior que él reconoce como reales y que asume que el otro también los reconoce como tales. No parece razonable que uno pueda atribuir un estado mental a otra persona sin ser capaz de comprender qué se siente estar en ese estado mental. En otras palabras: ¿Cómo podría yo saber qué estados mentales atribuir a otra persona, en ciertas circunstancias particulares, si no me pregunto también qué clase de estados mentales tendría yo si estuviera en la situación en que yo creo él está? Si esto es correcto, tanto para tener estados mentales sobre nuestros propios estados mentales, es decir, metacognición, como para poder atribuir estados mentales a los demás, es necesario asumir que el interpretado y uno mismo comparten una misma realidad objetiva, con lo cual los tres vértices del triángulo se constituyen simultáneamente. No es que esté suscribiendo el tercer modelo, es más bien que encuentro los mismos problemas en ese modelo y en el cuarto: parece difícil afirmar que uno de estos modos de acceso puede desarrollarse o evolucionar sin el otro. Así, encuentro más convincente un esquema triangular (Davidson, 2001; Cavell, 2006), en el que nuestro conocimiento de los demás, nuestro conocimiento de nosotros mismos, y nuestro conocimiento de los objetos compartidos, se desarrollan simultáneamente y en interacción, sin que haya prioridad de ninguno de ellos. De ser así, no sería un modelo que priorice la lectura de mentes sino uno holista. Este que propongo sería, entonces, un quinto modelo triangular.
El cuarto modelo que propone Carruthers sostiene que la lectura de mentes tiene prioridad sobre la metacognición, aunque no resulta claro qué puede significar “prioridad” en ese contexto. ¿Se trata de una prioridad ontogenética o filogenética? Me parece que él tiende a asumir que la lectura de mentes fue seleccionada y la metacognición no, con lo cual tiene que ser una prioridad causal. Carruthers tiende a asumir que esta prioridad y anterioridad se da también en el desarrollo del niño. Sin embargo, incluso si admitimos, cosa que no estoy dispuesto a hacer, que la lectura de mentes fue seleccionada primero en la especie, bien podría ser que se haya instalado genéticamente de suerte que en el desarrollo del niño lectura de mentes y metacognición se den simultáneamente. Lo contrario también sería posible. Sin embargo, tiendo a favorecer una posición en que tanto en un sentido filogenético como ontogenético, lectura de mentes, metacognición y creencias acerca del mundo objetivo evolucionaron y se desarrollan simultáneamente y de manera integrada.
El cuarto modelo, propuesto por Carruthers, acepta alguna autoridad de la primera persona basada en una asimetría entre las auto-atribuciones y las atribuciones a otras personas. La pregunta es cómo podría explicarse tal asimetría sin algún grado de introspección. Parece posible que nos interpretamos en una dimensión diacrónica, es decir, que nos atribuimos a nosotros mismos estados mentales de una manera prospectiva o retrospectiva, esto es, considerando nuestros yoes futuros o pasados. Pero, ¿habrá auto-interpretación es una dimensión sincrónica, es decir, en tiempo real? La conclusión de Carruthers es que:
“La metarrepresentación evolucionó con propósitos sociales de tercera persona, más que de consciencia y control de la primera persona”.
Pero, ¿por qué debieran ser ambas cosas incompatibles? ¿Por qué no podría ser que la metarrepresentación sea posible solo si puede ayudar a predecir el comportamiento ajeno pero que, a su vez, eso solo es posible cuando el comportamiento ajeno puede ser comparado con las posibles reacciones que uno tendría frente a él. Para poder atribuir un sistema de estados mentales a otro individuo uno tiene que ser capaz de compararlo con sus propios estados mentales.
En relación al debate entre teoría de la teoría versus teoría de la simulación, el cuarto modelo de Carruthers sostiene una posición denominada híbrida (1999) en la que favorece un modelo teórico, pero acepta que también hay cierta presencia de la simulación, aunque solo para propósitos específicos. En primer lugar, para lo que él llama “enriquecimiento inferencial”, es decir, la capacidad de hacer nuevas atribuciones psicológicas desde otras anteriores, yendo de estados mentales previamente atribuidos a otros nuevos. Él piensa, sin embargo, que no es necesario admitir la simulación para nuestra concepción de tipos de estados mentales. También rechaza cualquier rol de la simulación en la atribución inicial de estados mentales a otras personas. Para él es importante sostener esto, porque si admitiese la presencia de simulación en la atribución inicial de estados mentales, estaría suscribiendo una forma de primacía de la metacognición, como en la posición de Goldman o en el tercer modelo.
Sin embargo, creo que sería demasiado conceder que la simulación no tiene ningún rol en la atribución inicial de estados mentales. 26 Tal como yo lo veo, para interactuar exitosamente con otra gente es necesario tener la habilidad de simular ser ellos en condiciones contrafácticas, es decir, la capacidad de atribuirles el tipo de estados mentales que nosotros creemos que tendríamos si nosotros fuéramos quienes creemos son los otros. Esto estaría en la línea de Gordon más que de Goldman, pero siempre en una posición híbrida que integre teoría-teoría y teoría de la simulación. De esa manera no solo imaginamos lo que pasa en sus mentes, sino también lo que pasaría en sus mentes si nos comportásemos de una manera o de otra. Al hacer eso, podemos predecir sus acciones y planificar los tipos de acciones que nosotros realizaríamos si ellos se comportaran de la manera como nosotros predecimos lo harán. Esto significaría que lectura de mentes y metacognición serían inseparables y tendrían que haber evolucionado simultáneamente, sin prioridad de una por sobre la otra.
El descubrimiento de las neuronas espejo también podría ser un argumento a favor de que no puede haber lectura de mentes sin metacognición. Las neuronas espejo son activadas cuando un individuo realiza una acción (como por ejemplo tomar un objeto) o cuando el individuo observa a otros individuos realizando la misma acción (Perrett et al., 1990; Rizzolatti & Craighero, 2004). También se cree que la corteza prefrontal se activa tanto cuando uno evalúa sus propios estados mentales como cuando uno evalúa los ajenos (Frith & Frith, 2003). Más aún, la corteza prefrontal de los primates parece haber coevolucionado con sus habilidades cognitivas, especialmente la capacidad de abstracción, en respuesta a las demandas de una sociedad socialmente compleja (Cheney & Seyfarth, 2007, p. 133).
Las neuronas espejo están involucradas en el uso y la adquisición del lenguaje, lo que nos conduce al siguiente punto. Es probable que la metarrepresentación y la metacognición plenamente desarrolladas requieran de lenguaje, tanto en las dimensiones filogenética como ontogenética. Esto resulta claro si uno toma en consideración la hipótesis de la mente social. 27 es conocido, esta hipótesis sostiene que la causa principal del crecimiento del cerebro de nuestros ancestros homínidos (de unos 450cc hace aproximadamente tres millones de años, a 1500cc en promedio en la actualidad), fue la presión para competir al interior de grupos de individuos con relaciones sociales complejas. Esto habría conducido a sofisticadas funciones neurológicas y psicológicas, tales como la habilidad de predecir las acciones de otros individuos, atribuyéndoles los estados mentales que causan y explican su comportamiento, así como el reconocimiento de sus intenciones, sean estas amigables o agresivas. La planificación social requiere de formas de razonamiento que nos permitan simular escenarios futuros en los cuales podríamos vernos envueltos. Imaginar tales situaciones posibles y elegir entre ellas, nos permitiría probar el éxito o fracaso de nuestras acciones por adelantado. En esos casos parecería extraño que haya lectura de mentes sin metacognición.
Al parecer, algunas habilidades rudimentarias de simulación cumplen un rol central en la adquisición de los significados de las primeras palabras de los niños, lo que ocurre alrededor de los 20 meses de vida, cuando los niños observan a los adultos relacionase entre ellos y frente a un mundo compartido (Bloom, 2003; Bloom and Markson, 1998). Como se sabe, la habilidad de observar a otra gente e interactuar con ellos asumiendo, como un marco de referencia común, el mundo objetivo compartido, ha sido denominado triangulación por Davidson. Sin embargo, aunque ello parece requerir un nivel básico de simulación, a esa edad los niños no pueden aprobar todavía las pruebas de la falsa creencia. Hay quienes explican esta aparente paradoja sosteniendo que para comprender tales pruebas (y aprobarlas) los niños necesitan una capacidad verbal que todavía no tienen. Otra explicación, que me parece más aceptable, es que ya desde una tierna edad, aproximadamente doce meses, los niños tiene habilidades de simulación básicas que involucran tanto elementos afectivos como cognitivos. A esa edad ellos pueden sentir compasión por otros y comportarse como si los estuvieran consolando. Sin embargo, sería extraño pensar que este comportamiento ya involucra metarrepresentación. Es más probable que la metarrepresentación se desarrolle cuando emergen la triangulación y el lenguaje.
28 Más o menos a los tres años, cuando los niños pueden triangular entre su consciencia de sí mismos, sus atribuciones de estados mentales a otras personas, y el mundo objetivo que comparten, varias funciones diferentes pero conectadas entre sí aparecen: metacognición, metarrepresentación, la distinción entre realidad y fantasía, y la plena capacidad lingüística. La metarrepresentación requiere de la habilidad para aceptar y comprender la coexistencia de distintos e inconsistentes entre sí sistemas de creencias: las creencias de uno mismo, las atribuidas al yo pasado de uno mismo, las que uno cree que tendría en ciertas circunstancias específicas del futuro, y aquellas atribuidas a otras personas. Los niños menores de tres años no suelen ser capaces de hacer eso, incluso si poseen habilidades de simulación muy básicas.
Como hemos visto, el autoconocimiento requiere la constitución de una relación triangular, en tanto, la consciencia que el sujeto tiene de sí mismo solo es posible cuando el sujeto es también consciente de la existencia de otros y de un mundo objetivo que asume compartir con ellos. Pero, además, el autoconocimiento requiere, como una condición esencial, consciencia de la identidad personal, lo que presupone consciencia del tiempo y esto, a su vez, hace necesario otro tipo de triangulación entre el pasado, el presente y el futuro. Para que uno tenga consciencia de su propia identidad es imprescindible que tenga la capacidad de reconstruir su pasado desde su propio presente, con frecuencia resignificándolo, es decir, reinterpretrándolo a la luz de los estados mentales y acontecimientos que el individuo vive en el presente. Esto requiere, por supuesto, de memoria episódica. Pero, además, el sujeto debe tener la capacidad de plantearse posibles escenarios futuros, esto es, debe tener la capacidad de simular mundos posibles alternativos que pueden emerger de posibles decisiones que el sujeto adopte en su situación presente. Así, el sujeto tomará en consideración los que él considera son los hechos actuales y los acontecimientos pasados de los cuales esos hechos se han derivado, y los comparará con las diversas simulaciones que realiza sobre el futuro. El producto de esa triangulación entre pasado, presente y futuro es múltiple: por una parte, toma las decisiones que él apropiadas para que se produzcan los hechos objetivos que él desea que tengan lugar, así como los estados mentales subjetivos que él espera que acontezcan en su “mundo interior”. Pero, por otra parte, se constituye también la consciencia del tiempo (Boroditsky, 20001) y, por tanto, el tiempo mismo, si lo entendemos como la consciencia humana de la duración. Asimismo, se constituye la identidad personal, es decir, nuestro espacio subjetivo propio, el sí mismo, el self, entendido no solo como los estados mentales que el sujeto tiene acerca de sus estados mentales, sino también los estados mentales no conscientes e inconscientes que participan causalmente en la conducta de la persona. Por otra parte, el conocimiento e interpretación que uno tiene del mundo exterior, más no el mundo exterior mismo, se da también a partir de la comparación entre los estados mentales que uno tiene, los que atribuye a los demás, y los hechos que considera compartir con los otros. Tenemos, de esta manera, varios triángulos que se van integrando y constituyendo entre sí para dar lugar al conocimiento de la realidad en que vivimos, tanto interna como externa.
30 Naturalmente, eso nos recuerda de inmediato Las Confesiones de san Agustín, para quien el pasado es el presente de las cosas pasadas (la memoria); el futuro es el presente de las cosas futuras (la expectación). Por ello, el pasado y el futuro solo existen en el presente en tanto presencia. El tiempo, a su vez, es la distención del alma, en tanto consciencia humana de la duración.
Pero giremos ahora nuestra mirada al lenguaje y a la manera triangular como este se instala en el niño. Según la última versión del programa minimalista de Chomsky (Chomsky, et al. 2002), la característica del lenguaje humano, entendido en el sentido específico, es la recursividad, esto es, la capacidad de iterar, en principio de manera infinita, diferentes componentes sintácticos; ya sea con oraciones subordinadas o con conectores lógicos. La recursividad lingüística, bajo esta concepción, tiene un correlato neurológico que, aparentemente solo se daría en humanos. Ahora bien, la recursividad también está presente en la metarrepresentación, pues para poder atribuir un sistema de estados mentales a otro individuo, uno debe ser capaz de compararlo con sus propios estados mentales. En caso de metarrepresentación en tercer grado, como el contra engaño, la existencia de recursividad es aún más evidente. Este sugiere alguna conexión entre lenguaje y metarrepresentación. De un lado, los individuos que carecen de metarrepresentación, como por ejemplo los casos severos de autismo, carecen también de lenguaje; pero incluso formas menos severas de autismo también tienen importantes consecuencias lingüísticas. De otro lado, la aparición de metarrepresentación plenamente desarrollada (a los cinco años con metarrepresentación en tercer grado), es casi simultánea con la aparición de lenguaje casi plenamente desarrollo, entre los tres y los cinco años.
La recursividad es una condición necesaria, tanto para la existencia de lenguaje humano como para la capacidad metarrepresentacional. No ha sido probado que los primates no humanos sean capaces de algún tipo de lenguaje recursivo y, aunque no hay pruebas definitivas y no controversiales de que posean metarrepresentación, hay fuertes evidencias de que tienen formas básicas de simulación (Kuroshima, H., et al. 2003). Los chimpancés muestran cierta capacidad de este tipo cuando interactúan con otros individuos uno a uno, especialmente en operaciones de engaño y contra engaño. Sin embargo, cometen muchos errores cuando tienen que atribuir diversos estados mentales a diferentes individuos, es decir, cuando interactúan con muchos individuos al mismo tiempo. La evidencia sugiere que, aunque es posible que haya algunas formas básicas de simulación en primates no humanos y en niños menores al periodo de adquisición de lenguaje, la plena metarrepresentación está presente solo cuando hay lenguaje. Esto implicaría que la capacidad metarrepresentacional plenamente desarrollada no habría estado presente antes de unos 100,000 años atrás, aunque podría haber habido formas básicas de simulación, conectadas con lo que Bickerton (Bickerton, 1994) denomina un protolenguaje, que sería básicamente un lenguaje moderno sin sintaxis y sin recursividad (Jackendorff, 1999). De acuerdo con Bickerton, el protolenguaje estaría todavía presente en los humanos, lo cual sería especialmente evidente durante el proceso de adquisición del lenguaje y también en casos en que la adquisición es abruptamente interrumpida.
La triangulación se empieza a constituir a nivel ontogenético desde una edad muy temprana, un bebe de pocos meses de nacido y a establece relaciones entre su cuidador más cercano, él bebe mismo y los objetos más significativos en su corta vida: un biberón, una manta, o un chupón. De hecho, hacia los seis meses el bebe reacciona con mucha claridad a las reacciones que el cuidador tiene acerca del mundo exterior que comparten, y para los doce meses, el bebe ya señala con el dedo, con lo cual claramente establece un triángulo entre él, el cuidado a quién señala y el objeto señalado. El retraso o la ausencia de la capacidad de señalar suele ser un indicador temprano de algún tipo de trastorno en el desarrollo, con mucha frecuencia, autismo.
31 En casos normales, sin embargo, parece razonable afirmar que la lectura de mentes y la metacognición maduran más o menos simultáneamente, aproximadamente a los tres años, lo que coincidiría con la adquisición de un lenguaje casi plenamente desarrollado y con la aparición de los conceptos de verdadero y falso. Esto también coincidiría con la aparición de las bases del principio de realidad, esto es, la distinción entre realidad y apariencia, u objetividad y subjetividad. En otras palabas, la distinción entre la manera como las cosas son en realidad, como me parecen a mí y como te parecen a ti. 32 Es, pues, un triángulo lo que hace posible el autoconocimiento, no una capacidad en sí misma, como en el modelo cartesiano, ni tampoco un producto colateral, como en el modelo de Carruthers. En el fondo, Descartes y Carruthers cometen el mismo error central, que es asumir un punto de partida único para lo que es, en verdad, mucho más complejo.
Referencias
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1 Boroditsky considera que desarrollamos nuestro sentido del tiempo por analogía con nuestro sentido del espacio.





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nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad