El lobo estepario



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­Armanda ­dije­: el otro día me sucedió algo maravilloso. Un desconocido me dio un pequeño librito impreso, algo así como un cuaderno de feria, y allí estaba descrita con exactitud toda mi historia y todo lo que me importa. Di, ¿no es asombroso?

­¿Y cómo se llama el librito? ­preguntó indiferente.

­Se llama Tractat del lobo estepario.

­ ¡Oh, lobo estepario, es magnífico! ¿Y el lobo estepario eres tú? ¿Eso eres tú?

­Sí, soy yo. Yo soy un ente, que es medio hombre y medio lobo, o que al menos se lo figura así.

Ella no respondió. Me miró a los ojos con atención investigadora, miró mis manos, y por un momento volvió a su mirada y a su rostro la profunda seriedad y el velo sombrío de antes. Creí adivinar sus pensamientos, a saber, si yo sería bastante lobo para poder ejecutar su «última orden».

­Eso es naturalmente una figuración tuya ­dijo ella, volviendo a la jovialidad­; o si quieres, una fantasía. Algo hay, sin embargo, indudablemente. Hoy no eres lobo, pero el otro día, cuando entraste en el salón, como caído de la luna, entonces no dejabas de ser un pedazo de bestia, precisamente esto me gustó.

Se interrumpió por algo que se le había ocurrido de pronto, y dijo con amargura:

­Suena esto tan mal, una palabra de esta clase como bestia o bruto. No se debería hablar así de los animales. Es verdad que a veces son terribles, pero desde luego son mucho más justos que los hombres.

­¿«Qué es eso de «justo»? ¿Qué quieres decir con eso?

­Bueno, observa un animal cualquiera: un gato, un pájaro, o uno de los hermosos ejemplares en el Parque Zoológico: un puma o una jirafa. Verás que todos son justos, que ni siquiera un solo animal está violento o no sabe lo que ha de hacer y cómo ha de conducirse. No quieren adularte, no pretenden imponérsete. No hay comedia. Son como son, como la piedra y las flores o como las estrellas en el cielo. ¿Me comprendes?

Comprendía.

­Por lo general, los animales son tristes ­continuó­. Y cuando un hombre está muy triste, no porque tenga dolor de muelas o haya perdido dinero, sino porque alguna vez por un momento se da cuenta de cómo es todo, cómo es la vida entera y está justamente triste, entonces se parece siempre un poco a un animal; entonces tiene un aspecto de tristeza, pero es más justo y más hermoso que nunca. Así es, y ese aspecto tenias, lobo estepario, cuando te vi por primera vez.

­Bien, Armanda, ¿y qué piensas tú de aquel libro en el que yo estoy descrito?

­Ah, sabes, yo no estoy en todo momento para pensar. En otra ocasión hablaremos de esto. Puedes dármelo alguna vez para que lo lea. O no, si yo algún día hubiera de volver a leer, entonces dame uno de los libros que tú mismo has escrito.

Pidió café y un rato estuvo inatenta y distraída, luego, de repente, brillaron sus ojos y pareció haber llegado a un término con sus cavilaciones.

­Ya está ­exclamó­, ya lo tengo.

­¿El qué?

­Lo del fox­trot, todo el tiempo he estado pensando en ello. Dime: ¿tú tienes una habitación, en la que alguna que otra vez nosotros dos pudiéramos bailar una hora? Aunque sea pequeña, no importa; lo único que hace falta es que precisamente debajo no viva alguien que suba y escandalice porque resuene un poco sobre su cabeza. Bien, muy bien. Entonces puedes aprender a bailar en tu propia casa.

­Sí ­dije tímidamente­; tanto mejor. Pero creía que para eso se necesitaba además música.

­Naturalmente que se necesita. Verás, la música te la vas a comprar, cuesta a lo sumo lo que un curso de baile con una profesora. La profesora te la ahorras; la pongo yo misma. Así tenemos música siempre que queramos, y, además, nos queda el gramófono.

­¿El gramófono?

­¡Naturalmente! Compras un pequeño aparato de esos y un par de discos de baile...

­Magnífico ­exclamé­, y si consigues en efecto enseñarme a bailar, recibes luego el gramófono como honorarios. ¿Hecho?

Dije esto muy convencido, pero no me salía del corazón. En mi cuartito de trabajo, con los libros, no podía imaginarme un aparato de éstos, que no me son nada simpáticos, y hasta al mismo baile había mucho que oponer. Así, cuando hubiera ocasión, había pensado que se podía acaso probar alguna vez, aun cuando estaba convencido de que era ya demasiado viejo y duro y de que no lograría aprender. Pero así, de buenas a primeras, me resultaba muy atropellado y muy violento, y notaba que dentro de mí hacía oposición todo lo que yo tenía que echar en cara como viejo y delicado conocedor de música a los gramófonos, al jazz y a toda la moderna música de baile. Que ahora en mi cuarto, junto a Novalis y a Jean Paul, en la celda de mis pensamientos, en mi refugio, habían de resonar piezas de moda de bailes americanos y que además, a sus sones, había yo de bailar, era realmente más de lo que un hombre tenía derecho a exigir de mí. Pero es el caso que no era «un hombre» el que lo exigía: era Armanda, y ésta no tenía más que ordenar. Yo, obedecer. Naturalmente que obedecí.

Nos encontramos a la tarde siguiente en un café. Armanda estaba allí sentada ya cuando llegué; tomaba té y me enseñó sonriendo un periódico en el que había descubierto mi nombre. Era uno de los libelos reaccionarios de mi tierra, en los que de cuando en cuando iban dando la vuelta violentos artículos difamatorios contra mí. Yo fui durante la guerra enemigo de ésta, y después, cuando se presentó ocasión, prediqué tranquilidad, paciencia, humanidad y autocrítica y combatí la instigación nacionalista que cada día se iba haciendo más aguda, más necia y más descarada. Allí había otra vez un ataque de éstos, mal escrito, a medias compuesto por el redactor mismo, a medias plagiado de los muchos artículos parecidos de la Prensa de su propio sector. Es sabido que nadie escribe tan mal como los defensores de ideologías que envejecen, que nadie ejerce su oficio con menos pulcritud y cuidado. Armanda había leído el artículo y había sabido por él que Harry Haller era un ser nocivo y un socio sin patria, y que naturalmente a la patria no le podía ir sino muy mal en tanto fueran tolerados estos hombres y estas teorías, y se educara a la juventud en ideas sentimentales de humanidad, en lugar de despertar el afán de venganza guerrera contra el enemigo histórico.

­¿Eres tú éste? ­preguntó Armanda señalando mi nombre­. Pues te has proporcionado serios adversarios, Harry... ¿Te molesta esto?

Leí algunas líneas; era lo de siempre: cada una de estas frases difamatorias estereotipadas me era conocida hasta la saciedad desde hace años.

­No ­dije­; no me molesta; estoy acostumbrado a ello hace muchísimo tiempo. Un par de veces he expresado la opinión de que todo pueblo y hasta todo hombre aislado, en vez de soñar con mentidas «responsabilidades» políticas, debía reflexionar dentro de sí, hasta qué punto él mismo, por errores, negligencias y malos hábitos, tiene parte también en la guerra y en todos los demás males del mundo; éste acaso sea el único camino de evitar la próxima guerra. Esto no me lo perdonan, pues es natural que ellos mismos se crean perfectamente inocentes: el káiser, los generales, los grandes industriales, los políticos, nadie tiene que echarse en cara lo más mínimo, nadie tiene ninguna clase de culpa. Se diría que todo estaba magníficamente en el mundo..., sólo yacen dentro de la tierra una docena de millones de hombres asesinados. Y mira, Armanda, aun cuando estos artículos difamatorios ya no puedan molestarme, alguna vez no dejan de entristecerme. Dos tercios de mis compatriotas leen esta clase de periódicos, leen todas las mañanas y todas las noches estos ecos, son trabajados, exhortados, excitados, los van haciendo descontentos y malvados, y el objetivo y fin de todo esto es la guerra otra vez, la guerra próxima que se acerca, que será aún más horrorosa que lo ha sido esta última. Todo esto es claro y sencillo; todo hombre podría comprenderlo, podría llegar a la misma conclusión con una sola hora de meditación. Pero ninguno quiere eso, ninguno quiere evitar la guerra próxima, ninguno quiere ahorrarse así mismo y a sus hijos la próxima matanza de millones de seres, si no puede tenerlo más barato. Meditar una hora, entrar un rato dentro de sí e inquirir hasta qué punto tiene uno parte y es corresponsable en el desorden y en la maldad del mundo; mira, eso no lo quiere nadie. Y así seguirá todo, y la próxima guerra se prepara con ardor día tras día por muchos miles de hombres. Esto, desde que lo sé, me ha paralizado y me ha llevado a la desesperación, ya que no hay para mí «patria» ni ideales, todo eso no es más que escenario para los señores que preparan la próxima carnicería. No sirve para nada pensar, ni decir, ni escribir nada humano, no tiene sentido dar vueltas a buenas ideas dentro de la cabeza; para dos o tres hombres que hacen esto, hay día por día miles de periódicos, revistas, discursos, sesiones públicas y secretas, que aspiran a lo contrario y lo consiguen.

Armanda había escuchado con interés.

­Sí ­dijo al fin­, tienes razón. Es evidente que volverá a haber guerra, no hace falta leer periódicos para saberlo. Por ello es natural que esté uno triste; pero esto no tiene valor alguno. Es exactamente lo mismo que si estuviéramos tristes porque, a pesar de todo lo que hagamos en contra, un día indefectiblemente hayamos de tener que morir.


La lucha contra la muerte, querido Harry, es siempre una cosa hermosa, noble, digna y sublime; por tanto, también la lucha contra la guerra. Pero no deja de ser en todo caso una quijotada sin esperanza.

­ Quizá sea verdad ­ exclamé violento­, pero con tales verdades como la de que todos tenemos que morir en plazo breve y, por tanto, que todo es igual y nada merece la pena, con esto se hace uno la vida superficial y tonta. ¿Es que hemos de prescindir de todo, de renunciar a todo espíritu, a todo afán, a toda humanidad, dejar que siga triunfando la ambición y el dinero y aguardar la próxima movilización tomando un vaso de cerveza?

Extraordinaria fue la mirada que me dirigió Armanda, una mirada llena de complacencia, de burla y picardía y de camaradería comprensiva, y al mismo tiempo tan llena de gravedad, de ciencia y de seriedad insondable.

­Eso no lo harás ­dijo maternalmente­. Tu vida no ha de ser superficial y tonta, porque sepas que tu lucha ha de ser estéril. Es mucho más superficial, Harry, que luches por algo bueno e ideal y creas que has de conseguirlo. ¿ Es que los ideales están ahí para que los alcancemos? ¿Vivimos nosotros los hombres para suprimir la muerte? No; vivimos para temerla, y luego, para amarla, y precisamente por ella se enciende el poquito de vida alguna vez de modo tan bello durante una hora. Eres un niño, Harry. Sé dócil ahora y vente conmigo, tenemos hoy mucho que hacer. Hoy no he de volver a ocuparme de la guerra y de los periódicos. ¿Y tú?

¡Oh, no! También yo estaba dispuesto a no preocuparme de nada.

Fuimos juntos ­era nuestro primer paseo común por la ciudad­ a una tienda de música y vimos gramófonos, los abrimos y cerramos, hicimos que tocasen algunos, y cuando hubimos encontrado uno de ellos muy apropiado y bonito y barato, quise comprarlo, pero Armanda no había terminado tan pronto. Me contuvo y hube de buscar con ella todavía una segunda tienda y ver y oír allí también todos los sistemas y tamaños, desde el más barato al más caro, y sólo entonces estuvo ella conforme en volver a la primera tienda y comprar el aparato que nos había gustado.

­¿Ves? ­dije­. Esto lo hubiésemos podido hacer de modo más sencillo.

­¿Dices? Y entonces acaso hubiésemos visto mañana el mismo aparato expuesto en otro escaparate veinte francos más barato. Y, además, que el comprar divierte, y lo que divierte, hay que saborearlo. Tú tienes que aprender todavía muchas cosas.

Con un criado llevamos nuestra compra a mi casa.

Armanda observó atentamente mi gabinete, elogió la estufa y el diván, probó las sillas, cogió libros en la mano, se quedó parada bastante rato ante la fotografía de mi querida. Pusimos el gramófono sobre la cómoda, entre montones de libros. Y luego empezó mi aprendizaje. Ella hizo tocar un fox­trot, dio sola, para que yo los viera, los primeros pasos, me cogió la mano y empezó a llevarme. Yo marchaba obediente, tropezaba con las sillas, oía sus órdenes, no las entendía, le pisaba los pies y me mostraba tan inhábil como aplicado. Después de la segunda pieza se tiró sobre el diván, riendo como un niño.

­¡Dios mío, pareces de palo! Anda sencillamente, de modo natural, como si fueras de paseo. No es necesario que te esfuerces. Hasta creo que te has acalorado. Vamos a descansar cinco minutos. Mira, bailar, cuando se sabe, es tan sencillo como pensar y de aprender es mucho más fácil. Ahora comprenderás un poco mejor por qué los hombres no quieren acostumbrarse a pensar, sino que prefieran llamar al señor Haller un traidor a la patria y esperar tranquilamente la próxima guerra.

Al cabo de una hora se fue, asegurándome que la próxima vez habría de resultar mejor. Yo pensaba de otra manera y estaba muy desilusionado por mi inhabilidad y torpeza. A lo que me parecía, en esta clase no había aprendido absolutamente nada, y no creía que otra vez hubiera de ir mejor. No; para bailar había que tener condiciones que me faltaban por completo: alegría, inocencia, ligereza, impulso. Ya me lo había figurado yo hace mucho tiempo.

Pero mira, en la próxima vez fue la cosa, en efecto, mejor, y hasta empezó a divertirme, y al final de la clase afirmó Armanda que el fox­trot lo sabía yo ya; pero cuando sacó de esto la consecuencia de que al día siguiente tenía que ir a bailar a un restaurante, me asustó terriblemente y me defendí con calor. Con toda tranquilidad me recordó mi voto de obediencia y me citó para el día siguiente al té en el hotel Balances.

Aquella noche estuve sentado en casa queriendo leer y no pude. Tenía miedo al día próximo; me era terrible la idea de que yo, viejo, tímido y sensible solitario, no sólo había de visitar uno de esos modernos y antipáticos salones de té y de baile con música de jazz, sino que tenía que mostrarme allí entre extraños como bailarín, sin saber todavía absolutamente nada. Y confieso que me reí de mí mismo y me avergoncé en mi interior, cuando solo, en mi callado cuarto de estudio, di cuerda al aparato y lo puse en marcha y despacio y en zapatillas repetí los pasos de mi fox.

En el hotel Balances al otro día tocaba una pequeña orquesta, se tomaba té y whisky.
Intenté sobornar a Armanda, le presenté pastas, traté de invitarla a una botella de vino bueno, pero permaneció inexorable.

­Tú no estás aquí hoy por gusto. Es clase de baile.

Tuve que bailar con ella dos o tres veces, y en un intermedio me presentó al que tocaba el saxofón, un hombre moreno, joven y bello, de origen español o sudamericano, el cual, como ella dijo, sabía tocar todos los instrumentos y hablar todos los idiomas del mundo. Este «señor» parecía ser muy conocido y amigo de Armanda, tenía ante sí dos saxofones de diferente tamaño, que tocaba alternativamente, mientras que sus ojos negros y relucientes estudiaban atentos y alegres a los bailarines. Para mi propio asombro, sentí contra este bello músico inofensivo algo como celos, no celos de amor, pues de amor no existía absolutamente nada entre Armanda y yo, pero unos celos de amistad, más bien espirituales; no me parecía tan justamente digno del interés y de la distinción sorprendente, puede decirse veneración, que ella mostraba por él. Voy a tener que hacer aquí conocimientos raros, pensé descorazonado.

Luego fue Armanda solicitada una y otra vez para bailar; me quedé sentado solo ante el té; escuché la música, una especie de música que yo hasta entonces no había podido aguantar. ¡Santo Dios, pensé, ahora tengo, pues, que ser introducido aquí y sentirme en mi elemento, en este mundo de los juerguistas y los hombres dedicados a los placeres, que me es tan extraño y repulsivo, del que he huido hasta ahora con tanto cuidado, al que desprecio tan profundamente en este mundo rutinario y pulido de las mesitas de mármol, de la música de jazz, de las cocotas y de los viajantes de comercio! Entristecido, sorbí mi té y miré fijamente a la multitud pseudoelegante. Dos bellas muchachas atrajeron mis miradas, las dos buenas bailarinas, a las que con admiración y envidia había ido siguiendo con la vista, cómo bailaban elásticas, hermosas, alegres y seguras.

Entonces apareció Armanda de nuevo y se mostró descontenta conmigo. Yo no estaba aquí, me riñó, para poner esta cara y estar sentado junto a la mesa de té sin moverme, yo tenía ahora que darme un impulso y bailar. ¿Cómo, que no conocía a nadie? Eso no hacía falta tampoco. ¿No había muchachas allí que me gustaran?

Le mostré una de aquellas dos, la más hermosa, que estaba precisamente cerca de nosotros y daba una impresión encantadora con su bonito vestido de terciopelo, con la rubia melena corta y vigorosa y con los brazos plenos y femeninos. Armanda insistió en que yo fuera inmediatamente y la solicitara. Yo me defendía desesperado.

­¡Pero si no puedo! ­decía yo en toda mi desgracia­ ¡Si al menos fuera un buen mozo joven y guapo! Pero un pobre hombre endurecido y viejo, que ni siquiera sabe bailar, se reina de mí...

Armanda me miró despreciativa.

­Y si yo me río de ti ¿no te importa entonces? ¡Qué cobarde eres! El ridículo lo aventura todo el que se acerca a una muchacha. Esa es la entrada. Arriesga, Harry, y en el peor de los casos deja que se ría de ti, si no, se acabó mi fe en tu obediencia.

No cedía. Lleno de angustia, me levanté y me dirigí a la bella muchacha, en el preciso momento en que volvía a empezar la música.

­Realmente no estoy libre ­dijo, y me miró llena de curiosidad con sus grandes ojos frescos­. Pero mi pareja parece quedarse allá arriba en el bar. Bueno, ¡venga usted!

La cogí por el talle y di los primeros pasos, admirado todavía de que no me hubiera despedido de su lado; notó pronto cómo andaba yo en esto del baile y se apoderó de la dirección. Bailaba maravillosamente, y yo me dejé llevar; por momentos olvidaba todos mis deberes y reglas de baile, iba nadando sencillamente, sentía las caderas apretadas, las rodillas raudas y flexibles de mi danzarina, le miraba la cara joven y radiante, le confesé que bailaba hoy por primera vez en mi vida. Ella sonreía y me animaba y contestaba a mis miradas de éxtasis y a mis frases lisonjeras de un modo maravillosamente insinuante, no con palabras, sino con callados movimientos expresivos, que nos aproximaban de un modo encantador. Yo apretaba la mano derecha por encima de su talle, seguía entusiasmado los movimientos de sus piernas, de sus brazos, de sus hombros: para mi admiración no le pisé los pies ni una vez siquiera, y cuando acabó la música, nos quedamos los dos parados y aplaudimos hasta que la pieza volvió a repetirse, y yo ejecuté otra vez el rito, lleno de afán, enamorado y con devoción.

Cuando hubo terminado el baile, demasiado pronto, se retiró la hermosa muchacha de terciopelo, y de repente hallé junto a mí a Armanda, que nos había estado mirando.

­¿Vas notando algo? ­preguntó en son de alabanza­. ¿Has descubierto que las piernas de mujer no son patas de una mesa? ¡Bien, bravo! El fox ya lo sabes, gracias a Dios; mañana la emprenderemos con el boston, y dentro de tres semanas hay baile de máscaras en los salones del Globo.

Había un intermedio, nos habíamos sentado y entonces acudió también el lindo y joven señor Pablo, el del saxofón, nos saludó con la cabeza y se sentó junto a Armanda.
Me pareció ser muy buen amigo suyo. Pero a mí, confieso, en aquel primer encuentro no acababa de gustarme en absoluto este señor. Hermoso era, no podía negarse, hermoso de estatura y de cara; pero otras prendas no pude descubrir en él. También aquello de los muchos idiomas le resultaba una futesa; en efecto, no hablaba absolutamente nada, sólo palabras como perdón, gracias, desde luego, ciertamente, haló y otras por el estilo, que efectivamente sabía en varias lenguas. No; no hablaba nada el «señor» Pablo, y tampoco parecía pensar precisamente mucho este lindo «caballero». Su ocupación era tocar el saxofón en la orquesta del jazz, y a esta ocupación parecía entregado con cariño y apasionamiento, alguna vez salía aplaudiendo de pronto durante el número o se permitía otras expresiones de entusiasmo; soltaba algunas palabras cantadas en voz alta, como «¡hooo, ho, ho, halo!». Pero por lo demás no estaba evidentemente en el mundo más que para ser bello, gustar a las mujeres, llevar los cuellos y corbatas de última moda y también muchas sortijas en los dedos. Su conversación consistía en estar sentado con nosotros, sonreímos, mirar a su reloj de pulsera y liar cigarrillos, en lo que era muy diestro. Sus ojos de criollo, bellos y oscuros, sus negros bucles no ocultaban ningún romanticismo, ningunos problemas, ningunas ideas; visto desde cerca era el bello semidiós exótico un joven alegre y un tanto consentido, de maneras agradables y nada más. Hablé con él de su instrumento y de tonalidades en la música de jazz; él no pudo por menos de darse cuenta de que tenía que habérselas con un viejo catador y conocedor de cosas musicales. Pero él no abordaba en modo alguno estas cuestiones, y mientras que yo, por cortesía hacia él, o más verdaderamente hacia Armanda, emprendía algo así como una justificación teórico­musical del jazz, se sonreía inofensivo de mí y de mis esfuerzos, y probablemente le era enteramente desconocido que antes y además del jazz había habido alguna otra clase de música. Era lindo, lindo y gracioso, sonreía de modo encantador con sus grandes ojos vacíos; pero entre él y yo parecía no haber nada común; nada de lo que para él venía a resultar importante y sagrado, podía serlo también para mi, nosotros veníamos de partes del mundo opuestas, no teníamos una sola palabra común en nuestros idiomas. (Pero más tarde me contó Armanda cosas maravillosas. Refirió que Pablo, después de aquella conversación, le dijo acerca de mí que ella debía tener mucho cuidado con este hombre, que era el pobre tan desgraciado. Y al preguntarle ella de dónde lo deducía, dijo: «Pobre, pobre hombre. Mira sus ojos. No sabe reír.»)

Cuando aquel día el de los ojos negros se hubo despedido y la música volvió a tocar, se levantó Armanda.

­Ahora podrías volver a bailar conmigo, Harry. ¿O no quieres bailar más?

También con ella bailé ahora más fácil, más libre y más alegremente, aun cuando no tan ingrávido y olvidado de mi mismo como con aquella otra. Armanda dejó que yo la llevara y se plegaba a mí delicada y suavemente, como la hoja de una flor, y también en ella encontré y sentí ahora todas aquellas delicias que unas veces venían a mi encuentro y otras se me alejaban; también ella olía a mujer y a amor, también su baile cantaba delicada e íntimamente la atrayente canción deliciosa del sexo; y, sin embargo, a todo esto no podía yo responder con plena libertad y alegría, no podía olvidarme y entregarme por completo. Armanda me estaba demasiado cerca, era mi camarada, mi hermana, era mi igual, se parecía a mi mismo y se parecía a mi amigo de la juventud, Armando, el soñador, el poeta, el compañero de mis ejercicios y correrías espirituales.

­Lo sé ­dijo ella después, cuando hablamos de esto­; lo sé bien. Yo he de hacer desde luego todavía que te enamores de mí, pero no hay prisa. Primero, somos camaradas, somos personas que esperan llegar a ser amigos, porque nos hemos conocido mutuamente. Ahora queremos los dos aprender el uno del otro y jugar uno con otro. Yo te enseño mi pequeño teatro, te enseño a bailar y a ser un poquito alegre y tonto, y tú me enseñas tus ideas y algo de tu ciencia.

­Ah, Armanda, en eso no hay mucho que enseñar; tú sabes muchísimo más que yo.


¡Qué persona tan extraordinaria eres, muchacha! En todo me comprendes y te me adelantas. ¿Soy yo, acaso, algo para ti? ¿No te resulto aburrido?

Ella miraba al suelo con la vista nublada.

­Así no me gusta oírte. Piensa en la noche en que maltrecho y desesperado, saliendo de tu tormento y de tu soledad, te interpusiste en mi camino y te hiciste mi compañero.
¿Por qué crees tú, pues, que pude entonces conocerte y comprenderte?

–¿Por qué, Armanda? ¡Dímelo!

­Porque yo soy como tú. Porque estoy precisamente tan sola como tú y como tú no puedo amar ni tomar en serio a la vida ni a las personas ni a mi misma. Siempre hay alguna de esas personas que pide a la vida lo más elevado y a quien no puede satisfacer la insulsez y rudeza de ambiente.

­¡Tú, tú! ­exclamé hondamente admirado­. Te comprendo, camarada; nadie te comprende como yo. Y, sin embargo, eres para mí un enigma. Tú te las arreglas con la vida jugando, tienes esa maravillosa consideración ante las cosas y los goces minúsculos, eres una artista de la vida. ¿Cómo puedes sufrir con el mundo? ¿Cómo puedes desesperar?

­No desespero, Harry. Pero sufrir por la vida, oh, sí; en eso tengo experiencia. Tú te asombras de que yo soy feliz porque sé bailar y me arreglo tan perfectamente en la superficie de la vida. Y yo, amigo mío, me admiro de que tú estés tan desengañado del mundo, hallándote en tu elemento precisamente en las cosas más bellas y profundas, en el espíritu, en el arte, en el pensamiento. Por eso nos hemos atraído mutuamente, por eso somos hermanos. Yo te enseñaré a bailar y a jugar y a sonreír y a no estar contento, sin embargo. Y aprenderé de ti a pensar y a saber y a no estar satisfecha, a pesar de todo. ¿Sabes que los dos somos hijos del diablo?

­Sí, lo somos. El diablo es el espíritu; nosotros sus desgraciados hijos. Nos hemos salido de la naturaleza y pendemos en el vacío. Pero ahora se me ocurre una cosa: en el tratado del lobo estepario, del que te he hablado, hay algo acerca de que es sólo una fantasía de Harry el creer que tiene una o dos almas, que consiste en una o dos personalidades. Todo hombre, dice, consta de diez, de cien, de mil almas.

­Eso me gusta mucho ­exclamó Armanda­. En ti, por ejemplo, lo espiritual está altamente desarrollado, y a cambio de eso te has quedado muy atrás en toda clase de pequeñas artes de la vida. El pensador Harry tiene cien años, pero el bailarín Harry apenas tiene medio día. A éste vamos a ver ahora silo sacamos adelante, y a todos sus pequeños hermanitos, que son tan chiquitines, inexpertos e incautos como él.

Sonriente, me miró ella. Y preguntó bajito, con la voz alterada:

­Y dime, ¿te ha gustado Mana? ­¿María? ¿Quién es María?

­Esa con la que has bailado. Una muchacha hermosa, una muchacha muy hermosa.


Estabas un tanto entusiasmado con ella, a lo que pude ver

­¿Es que la conoces?

­Oh, ya lo creo, nos conocemos muy bien. ¿Te importa mucho?

­Me ha gustado, y estoy contento de que haya sido tan indulgente con mi baile.

­¡Bah! Y eso es todo... Debieras hecerle un poco la corte, Harry. Es muy bonita y baila tan bien, y un poco enamorado de ella sí que estás. Creo que tendrás un éxito.

­Ah, no es esa mi ambición.

­Ahora mientes un poquito. Yo ya sé que en alguna parte del mundo tienes una querida y que la ves cada medio año para pelearte con ella. Es muy bonito por tu parte que quieras guardar fidelidad a esta amiga maravillosa, pero permíteme, no tomes esto tan completamente en serio. Ya tengo de ti la sospecha de que tomas el amor terriblemente en serio. Puedes hacerlo, puedes amar a tu manera ideal cuanto quieras, eso es cosa tuya. Pero de lo que yo tengo que cuidar es de que aprendas las pequeñas y fáciles artes y juegos de la vida un poco mejor; en este terreno soy tu profesora y he de serte una profesora mejor que lo ha sido tu querida ideal; de eso, descuida. Tú tienes una gran necesidad de volver a dormir una noche con una muchacha bonita, lobo estepario.

­Armanda ­exclamé martirizado­, mírame bien, soy un viejo.

­Un joven muy niño eres. Y lo mismo que eras muy comodón para aprender a bailar, hasta el punto de que casi ya era tarde, así eras también muy comodón para aprender a amar. Amar ideal y trágicamente, oh amigo, eso lo sabes con seguridad de un modo magnífico, no lo dudo, todo mi respeto ante ello. Pero ahora has de aprender a amar también un poco a lo vulgar y humano. El primer paso ya está dado, ya se te puede dejar pronto ir a un baile. El boston tienes que aprenderlo antes todavía; mañana empezamos con él. Yo voy a las tres. Bueno, ¿y qué te ha parecido por lo demás esta música de aquí?

­ Excelente.

­¿Ves? Esto es ya un progreso; te han servido las lecciones. Hasta ahora no podías sufrir toda esta música de baile y de jazz, te resultaba demasiado poco seria y poco profunda, y ahora has visto que no es preciso tomarla en serio, pero que puede ser muy linda y encantadora. Por lo demás, sin Pablo no sería nada toda la orquesta. El la lleva, la caldea.

Como el gramófono echaba a perder en mi cuarto de estudio el aire de ascética espiritualidad, como los bailes americanos irrumpían extraños y perturbadores, hasta destructores, en mi cuidado mundo musical, así penetraba de todos lados algo nuevo, temido, disolvente en mi vida hasta entonces de trazos tan firmes y tan severamente delimitada. El tratado del lobo estepario y Armanda tenían razón con su teoría de las mil almas; diariamente se mostraban en mí, junto a todas las antiguas, algunas nuevas almas más; tenían aspiraciones, armaban ruido, y yo veía ahora claramente, como una imagen ante mi vista, la quimera de mi personalidad anterior. Había dejado valer exclusivamente el par de facultades y ejercicios en los que por casualidad estaba fuerte y me había pintado la imagen de un Harry y había vivido la vida de un Harry, que en realidad no era más que un especialista, formado muy a la ligera, de poesía, música y filosofía; todo lo demás de mi persona, todo el restante caos de facultades, afanes, anhelos, me resultaba molesto y le había puesto el nombre de «lobo estepario».



A pesar de todo, esta conversión de mi quimera, esta disolución de mi personalidad, no era en modo alguno sólo una aventura agradable y divertida; era, por el contrario, a veces amargamente dolorosa, con frecuencia casi insoportable. El gramófono sonaba a menudo de una manera verdaderamente endiablada en medio de este ambiente, donde todo estaba templado a otros tonos tan distintos. Y alguna vez, al bailar mis onesteps en cualquier restaurante de moda entre todos los elegantes hombres de mundo y caballeros de industria, me resultaba yo a mí mismo un traidor de todo lo que durante la vida entera me había sido respetable y sagrado. Si Armanda me hubiera dejado solo, aunque no hubiera sido más que una semana, me hubiese vuelto a escapar muy pronto de estos penosos y ridículos ensayos de mundología. Pero Armanda estaba siempre ahí, aunque no la veía todos los días, siempre era yo observado, dirigido, custodiado, sancionado por ella; hasta mis furiosas ideas de rebeldía y de huida me las leía ella, sonriente, de mi cara.

Con la progresiva destrucción de aquello que yo había llamado antes mi personalidad, empecé también a comprender por qué, a pesar de toda la desesperación, había tenido que temer de modo tan terrible a la muerte, y empecé a notar que también este horrible y vergonzoso miedo a la muerte era un pedazo de mi antigua existencia burguesa y fementida. Este señor Haller de hasta entonces, el escritor de talento, el conocedor de Mozart y de Goethe, el autor de observaciones dignas de ser leídas sobre la metafísica del arte, sobre el genio y sobre lo trágico, el melancólico ermitaño en su celda abarrotada de libros, iba siendo entregado por momentos a la autocrítica y no resistía por ninguna parte. Es verdad que este inteligente e interesante señor Haller había predicado buen sentido y fraternidad humana, había protestado contra la barbarie de la guerra, pero durante la guerra no se había dejado poner junto a una tapia y fusilar, como hubiera sido la consecuencia apropiada de su ideología, sino que había encontrado alguna clase de acomodo, un acomodo naturalmente muy digno y muy noble, pero de todas formas, un compromiso. Era, además, enemigo de todo poder y explotación, pero guardaba en el Banco varios valores de empresas industriales, cuyos intereses iba consumiendo sin remordimientos de conciencia. Y así pasaba con todo. Ciertamente que Harry Haller se había disfrazado en forma maravillosa de idealista y despreciador del mundo, de anacoreta lastimero y de iracundo profeta, pero en el fondo era un burgués, encontraba reprobable una vida como la de Armanda, le molestaban las noches desperdiciadas en el restaurante y los duros malgastados allí mismo, y le remordía la conciencia y suspiraba no precisamente por su liberación y perfeccionamiento, sino por el contrario, suspiraba con afán por volver a los tiempos cómodos, cuando sus jugueteos espirituales aún le divertían y le habían proporcionado renombre. Exactamente lo mismo los lectores de periódicos desdeñados y despreciados por él suspiraban por volver a la época ideal de antes de la guerra, porque ello era más cómodo que sacar consecuencias de lo sufrido. ¡Ah, demonio, daba asco este señor Haller! Y, sin embargo, yo me aferraba a él y a su larva que ya iba disolviéndose, a su coqueteo con lo espiritual, a su miedo burgués a lo desordenado y casual (entre lo que había que contar también la muerte) y comparaba con sarcasmo y lleno de envidia al nuevo Harry que se estaba formando, a este algo tímido y cómico diletante de los salones de baile, con aquella imagen de Harry antigua y pseudoideal, en la cual, entretanto, había descubierto todos los rasgos fatales que tanto le habían atormentado entonces cuando el grabado de Goethe en casa del profesor. El mismo, el viejo Harry había sido un Goethe así burguesmente idealizado, un héroe espiritual de esta clase con nobilísima mirada, radiante de sublimidad, de espíritu y de sentido humano, lo mismo que de brillantina, y emocionado casi de su propia nobleza de alma. Diablo, a este lindo retrato le habían hecho, sin duda, grandes agujeros, lastimosamente había sido desmontado el ideal señor Haller. Parecía un dignatario saqueado en la calle por bandidos, con los pantalones hechos jirones, que hubiese debido aprender ahora el papel de andrajoso, pero que llevaba sus andrajos como si aún colgaran órdenes de ellos y siguiera pretendiendo lastimeramente conservar la dignidad perdida.

Una y otra vez hube de coincidir con Pablo, el músico, y tuve que revisar mi juicio acerca de él, porque a Armanda le gustaba y buscaba con afán su compañía. Yo me había pintado a Pablo en mi imaginación como una bonita nulidad, como un pequeño Adonis un tanto vanidoso, como un niño alegre y sin preocupaciones, que toca con placer su trompeta de feria y es fácil de gobernar con unas palabras de elogio y con chocolate. Pero Pablo no preguntaba por mis juicios, le eran indiferentes, como mis teorías musicales. Cortés y amable, me escuchaba siempre sonriente, pero no daba nunca una verdadera respuesta. En cambio, parecía que, a pesar de todo, había yo excitado su interés. Se esforzaba ostensiblemente por agradarme y por demostrarme su amabilidad. Cuando una vez, en uno de estos diálogos sin resultado, me irrité y casi me puse grosero, me miró consternado y triste a la cara, me cogió la mano izquierda y me la acarició, y me ofreció de una pequeña cauta dorada algo para aspirar, diciéndome que me sentaría bien. Pregunté con los ojos a Armanda, ésta me dijo que sí con la cabeza y yo lo tomé y aspiré por la nariz. En efecto, pronto me refresqué y me puse más alegre, probablemente había algo de cocaína en polvo. Armanda me contó que Pablo poseía muchos de estos remedios, que recibía clandestinamente y que a veces los ofrecía a los amigos y en cuya mezcla y dosificación era maestro: remedios para aletargar los dolores, para dormir, para producir bellos sueños, para ponerse de buen humor, para enamorarse.

Un día lo encontré en la calle, en el malecón, y se me agregó en seguida. Esta vez logré por fin hacerlo hablar.

­Señor Pablo ­le dije; iba jugando con un bastoncito delgado, negro y con adornos de plata­. Usted es amigo de Armanda; éste es el motivo por el cual yo me intereso por usted. Pero he de decir que usted no me hace la conversación precisamente fácil.


Muchas veces he intentado hablar con usted de música; me hubiera interesado oír su opinión, sus contradicciones, su juicio; pero usted ha desdeñado darme ni siquiera la más pequeña respuesta.

Me miró riendo cordialmente, y en esta ocasión no me dejó a deber la contestación, sino que dijo con toda tranquilidad:

­¿Ve usted? A mi juicio no sirve de nada hablar de música. Yo no hablo nunca de música. ¿Qué hubiese podido responderle yo a sus palabras tan inteligentes y apropiadas? Usted tenía tanta razón en todo lo que decía... Pero vea usted, yo soy músico y no erudito, y no creo que en música el tener razón tenga el menor valor. En música no se trata de que uno tenga razón, de que se tenga gusto y educación y todas esas cosas.

­Bien; pero, entonces, ¿de qué se trata?

­Se trata de hacer música, señor Haller, de hacer música tan bien, tanta y tan intensiva, como sea posible. Esto es, monsieur. Si yo tengo en la cabeza todas las obras de Bach y de Haydn y sé decir sobre ellas las cosas más juiciosas, con ello no se hace un servicio a nadie. Pero si yo cojo mi tubo y toco un shimmy de moda, lo mismo da que sea bueno o malo, ha de alegrar sin duda a la gente, se les entra en las piernas y en la sangre. De esto se trata nada más. Observe usted en un salón de baile las caras en el momento en que se desata la música después de un largo descanso; ¡cómo brillan entonces los ojos, se ponen a temblar las piernas, empiezan a reír los rostros! Para esto se toca la música.

­Muy bien, señor Pablo. Pero no hay sólo música sensual, la hay también espiritual. No hay sólo aquella que se toca precisamente para el momento, sino también música inmortal, que continúa viviendo, aun cuando no se toque. Cualquiera puede estar solo tendido en su cama y despertar en sus pensamientos una melodía de La Flauta encantada o de la Pasión de San Mateo; entonces se produce música sin que nadie sople en una flauta ni rasque un violín.

­Ciertamente, señor Haller. También el Yearning y el Valencia son reproducidos calladamente todas las noches por personas solitarias y soñadoras; hasta la más pobre mecanógrafa en su oficina tiene en la cabeza el último onestep y teclea en las letras llevando su compás. Usted tiene razón, todos estos seres solitarios, yo les concedo a todos la música muda, sea el Yearning o La Flauta encantada o el Valencia. Pero, ¿de dónde han sacado, sin embargo, estos hombres su música solitaria y silenciosa? La toman de nosotros, de los músicos, antes hay que tocarla y oírla y tiene que entrar en la sangre, para poder luego uno en su casa pensar en ella en su cámara y soñar con ella.

­Conformes ­dije secamente­. Sin embargo, no es posible colocar en un mismo plano a Mozart y al último fox­trot. Y no es lo mismo que toque usted a la gente música divina y eterna, o barata música del día.

Cuando Pablo percibió la excitación en mi voz puso en seguida su rostro más delicioso, me pasó la mano por el brazo, acariciándome, y dio a su voz una dulzura increíble.

­Ah, caro señor; con los planos puede que tenga usted razón por completo. Yo no tengo ciertamente nada en contra de que usted coloque a Mozart y a Haydn y al Valencia en el plano que usted guste. A mí me es enteramente lo mismo; yo no soy quien ha de decidir en esto de los planos, a mí no han de preguntarme sobre el particular. A Mozart quizá lo toquen todavía dentro de cien años, y el Valencia acaso dentro de dos ya no se toque; creo que esto se lo podemos dejar tranquilamente al buen Dios, que es justo y tiene en su mano la duración de la vida de todos nosotros y la de todos los valses y todos los fox­trots y hará seguramente lo más adecuado. Pero nosotros los músicos tenemos que hacer lo nuestro, lo que constituye nuestro deber y nuestra obligación; hemos de tocar precisamente lo que la gente pide en cada momento, y lo hemos de tocar tan bien, tan bella y persuasivamente como sea posible.

Suspirando, hube de desistir. Con este hombre no se podían atar cabos.

En algunos instantes aparecía revuelto de una manera enteramente extraña lo antiguo y lo nuevo, el dolor y el placer, el temor y la alegría. Tan pronto estaba yo en el cielo como en el infierno, la mayoría de las veces en los dos sitios a un tiempo. El viejo Harry y el nuevo vivían juntos ora en paz, ora en la lucha encarnizada. De cuando en cuando el viejo Harry parecía estar totalmente inerte, muerto y sepultado, y surgir luego de pronto dando órdenes tiránicas y sabiéndolo todo mejor, y el Harry nuevo, pequeño y joven, se avergonzaba, callaba y se dejaba apretar contra la pared. En otras horas cogía el nuevo Harry al viejo por el cuello y le apretaba valientemente, había grandes alaridos, una lucha a muerte, mucho pensar en la navaja de afeitar.

Pero con frecuencia se agolpaban sobre mí en una misma oleada la dicha y el sufrimiento. Un momento así fue aquel en que, pocos días después de mi primer ensayo público de baile, al entrar una noche en mi alcoba, encontré, para mi inenarrable asombro y extrañeza, para mi temor y mi encanto, a la bella María acostada en mi cama.

De todas las sorpresas a las que les había expuesto Armanda hasta entonces, fue ésta la más violenta. Porque no dudé ni un instante de que era «ella» la que me había enviado este ave del paraíso. Por excepción aquella tarde no había estado con Armanda, sino que había ido a la catedral a oír una buena audición de música religiosa; había sido una bella excursión melancólica a mi vida de otro tiempo, a los campos de mi juventud, a las comarcas del Harry ideal. En el alto espacio gótico de la iglesia, cuyas hermosas bóvedas de redes oscilaban de un lado para otro como espectros vivos en el juego de las contadas luces, había oído piezas de Buxtehude, de Pachebel, de Bach y de Haydn, había marchado otra vez por los viejos senderos amados, había vuelto a oír la magnífica voz de una cantante de obras de Bach, que había sido amiga mía en otro tiempo y me había hecho vivir muchas audiciones extraordinarias. Los ecos de la vieja música, su infinita grandeza y santidad me habían despertado todas las sublimidades, delicias y entusiasmos de la juventud; triste y abismado estuve sentado en el elevado coro de la iglesia, huésped durante una hora de este mundo noble y bienaventurado que fue un día mi elemento. En un dúo de Haydn se me habían saltado de pronto las lágrimas, no esperé el fin del concierto, renuncié a volver a ver a la cantante (¡oh, cuántas noches radiantes había pasado yo en otro tiempo con los artistas después de conciertos así!), me escurrí de la catedral y anduve corriendo hasta cansarme por las oscuras callejas, en donde aquí y allá, tras las ventanas de los restaurantes tocaban orquestas de jazz las melodías de mi existencia presente. ¡Oh, en qué siniestro torbellino se había convertido mi vida...!

Mucho tiempo estuve reflexionando también durante aquel paseo nocturno acerca de mi extraña relación con la música, y reconocí una vez más que esta relación tan emotiva como fatal para con la música era el sino de toda la intelectualidad alemana. En el espíritu alemán domina el derecho materno, el sometimiento a la naturaleza en forma de una hegemonía de la música, como no lo ha conocido nunca ningún otro pueblo. Nosotros, las personas espirituales, en lugar de defendernos virilmente contra ellos y de prestar obediencia y procurar que se preste oídos al espíritu, al logos, al verbo, soñamos todos con un lenguaje sin palabras, que diga lo inexpresable, que refleje lo irrepresentable. En lugar de tocar su instrumento lo más fiel y honradamente posible, el alemán espiritual ha vituperado siempre a la palabra y a la razón y ha mariposeado con la música. Y en la música, en las maravillosas y benditas obras musicales, en los maravillosos y elevados sentimientos y estados de ánimo, que no fueron impelidos nunca a una realización, se ha consumido voluptuosamente el espíritu alemán, y ha descuidado la mayor parte de sus verdaderas obligaciones. Nosotros los hombres espirituales todos no nos hallábamos en nuestro elemento dentro de la realidad, le éramos extraños y hostiles; por eso también era tan deplorable el papel del espíritu en nuestra realidad alemana, en nuestra historia, en nuestra política, en nuestra opinión pública. Con frecuencia en otras ocasiones había yo meditado sobre estas ideas, no sin sentir a veces un violento deseo de producir realidad también en alguna ocasión, de actuar alguna vez seriamente y con responsabilidad, en lugar de dedicarme siempre sólo a la estética y a oficios artísticos espirituales. Pero siempre acababa en la resignación, en la sumisión a la fatalidad. Los señores generales y los grandes industriales tenían razón por completo: no servíamos para nada los «espirituales», éramos una gente inútil, extraña a la realidad, sin responsabilidad alguna, de ingeniosos charlatanes. ¡Ah, diablo! ¡La navaja de afeitar!

Saturado así de pensamientos y del eco de la música, con el corazón agobiado por la tristeza y por el desesperado afán de vida, de realidad, de sentido y de las cosas irremisiblemente perdidas, había vuelto al fin a casa, había subido mis escaleras, había encendido la luz en mi gabinete e intentado en vano leer un poco, había pensado en la cita que me obligaba a ir al día siguiente por la noche al bar Cecil a tomar un whisky y a bailar, y había sentido rencor y amargura no sólo contra mí mismo, sino también contra Armanda. No hay duda de que su intención había sido buena y cordial, de que era una maravilla de criatura; pero hubiera sido preferible que aquel primer día me hubiese dejado sucumbir, en lugar de atraerme hacia el interior y hacia la profundidad de este mundo de la broma, confuso, raro y agitado, en el cual yo de todos modos habría de ser siempre un extraño y donde lo mejor de mi ser se derrumbaba y sufría horriblemente.

Y en este estado de ánimo apagué, lleno de tristeza, la luz de mi gabinete; lleno de tristeza, busqué la alcoba, empecé a desnudarme lleno de tristeza; entonces me llamó la atención un aroma desusado, olía ligeramente a perfume, y al volverme, vi acostada dentro de mi cama a la hermosa María, sonriendo algo asustada con sus grandes ojos azules.

­¡María! ­dije.

Y mi primer pensamiento fue que mi casera me despediría cuando se enterara de esto.

­He venido ­dijo ella en voz baja­. ¿Se ha enfadado usted conmigo?

­No, no. Ya sé que Armanda le ha dado a usted la llave. Bien esta.

­Oh, usted se ha enfadado. Me voy otra vez...

­No, hermosa María, quédese usted. Sólo que yo precisamente esta noche estoy muy triste, hoy no puedo estar alegre; acaso mañana pueda volver a estarlo.

Me había inclinado un poco hacia ella, entonces cogió mi cabeza con sus dos manos grandes y firmes, la atrajo hacia sí y me dio un beso largo. Luego me senté en la cama a su lado, cogí su mano, le rogué que hablara bajo, pues no debían oírnos, y le miré a la cara hermosa y plena. ¡Qué extraña y maravillosa descansaba allí sobre mi almohada, como una flor grande! Lentamente llevó mi mano a su boca, la metió debajo de la sábana y la puso sobre su cálido pecho, que respiraba tranquilamente.

­No es preciso que estés alegre ­dijo­; ya me ha dicho Armanda que tienes penas. Ya puede una hacerse cargo. Oye, ¿te gusto todavía? La otra noche, al bailar, estabas muy entusiasmado.

La besé en los ojos, en la boca, en el cuello y en los pechos. Precisamente hacía poco había estado pensando en Armanda con amargura y en son de queja. Y ahora tenía en mis manos su presente y estaba agradecido. Las caricias de María no hacían daño a la música maravillosa que había escuchado yo aquella tarde, eran dignas de ella y como su realización. Lentamente fui levantando la sábana de la bella mujer, hasta llegar a sus pies con mis besos. Cuando me acosté a su lado, me sonreía omnisciente y bondadosa su cara de flor.




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