El lobo estepario



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­No me riña usted ­supliqué­. Ya sé que estoy loco.

­Anda ya; no me vengas con historias. ¡Qué vas a estar loco, señor profesor! Lo que me resultas es demasiado cuerdo. Se me antoja que eres prudente de un modo estúpido, justo como un profesor. Ven, cómete ahora otro panecillo. Después sigues hablando.

Me pidió otra vez un bocadillo, le echó un poco de sal, le puso un poco de mostaza, se cortó un trocito para sí misma y me mandó comer. Comí. Hubiese hecho todo lo que me hubiera mandado, todo menos bailar. Era muy bueno obedecer a alguien, estar sentado junto a alguien que lo interrogara a uno, le mandara y le riñera. Si el profesor o su mujer hubiesen hecho esto hace un par de horas, se me habría ahorrado mucho. Pero no; estaba bien así, hubiese perdido mucho.

­¿Cómo te llamas? ­me preguntó de repente.

­Harry


­¿Harry? ¡Un nombre de muchacho! Y un muchacho eres realmente, Harry, a pesar de las manchas grises en el pelo. Eres un muchacho y deberías tener a alguien que se ocupara un poco de ti. Del baile no digo nada más. ¡Pero cómo vas peinado! ¿Es que no tienes mujer, ni siquiera una amiga?

­No tengo mujer ya; estamos divorciados. Una amiga sí tengo, pero no vive aquí; la veo de tarde en tarde, no nos llevamos muy bien.

Ella siseó un poco por lo bajo.

­Parece que has de ser un caballero bien difícil, ya que ninguna para a tu lado. Pero dime ahora: ¿qué pasaba esta noche tan extraordinario, que has andado correteando por el mundo como un alma en pena? ¿Te has arruinado? ¿Has perdido en el juego?

Verdaderamente era difícil decirlo.

­Verá usted ­empecé­. Ha sido en realidad una futesa. Yo estaba convidado, en casa de un profesor ­yo por mi parte no lo soy­, y en verdad no hubiera debido ir, ya no estoy acostumbrado a estar sentado así con la gente y charlar; he olvidado esto. Entré ya en la casa con la sensación de que no iba a salir bien la cosa. Cuando colgué mi sombrero pensé que acaso muy pronto tendría que volver a necesitarlo. Bueno, y en casa de este profesor había allí sobre la mesa un cuadro... necio, que me puso de mal humor...

­¿Qué cuadro era ése? ¿Por qué te puso de mal humor? ­me interrumpió ella.

­Sí, era un retrato que representaba a Goethe, ¿sabe usted?, al poeta Goethe. Pero allí no estaba como en realidad era. Claro que esto, a decir verdad, no lo sabe nadie con exactitud, murió hace cien años. Sino que cualquier pintor moderno había representado allí a Goethe tan almibarado y peinadito como él se lo había figurado, y este retrato me exasperó y me fue horrorosamente antipático. No sé si comprende usted esto.

­Puedo comprenderlo muy bien, no se preocupe. ¡Siga!

­Ya antes había estado en desacuerdo con el profesor; es éste, como casi todos los profesores, un gran patriota y ayudó bravamente durante la guerra a engañar al pueblo, con la mejor fe, naturalmente. Yo, en cambio, soy contrario a la guerra. Bueno, da lo mismo. Sigamos. Claro que yo no hubiese tenido necesidad de mirar el retrato...

­Desde luego que no habías tenido ninguna necesidad.

­Pero en primer lugar me molestaba por el propio Goethe, a quien yo, en verdad, quiero mucho, y luego que tuve que pensar ­pensé o sentí sobre poco más o menos esto­: aquí estoy sentado con personas a las que considero mis iguales y de las que yo pienso que también ellos han de amar a Goethe como yo y se habrán forjado de él un retrato semejante al que yo me he forjado, y ahora resulta que tienen ahí de pie este retrato sin gusto, falseado y dulzón y lo encuentran magnífico y no se dan cuenta de que el espíritu de este cuadro es precisamente lo contrario del espíritu de Goethe. Hallan maravilloso el retrato, y por mí pueden hacerlo si quieren, pero para mí se acabó de una vez toda confianza en estas personas, toda amistad con ellas y todo sentimiento de afinidad y de solidaridad. Por lo demás, la amistad no era grande tampoco. Me puse, pues, furioso y triste, y vi que estaba solo y que nadie me entendía. ¿Comprende usted?

­Es bien fácil de comprender, Harry. ¿Y luego? ¿Les tiraste el retrato a la cabeza?

­No; empecé a lanzar improperios y eché a correr, quería ir a casa, pero...

­Pero allí no te hubieras encontrado a la mamá que consolara o reprendiera al hijo incauto. Está bien, Harry; casi me das lástima; eres un espíritu infantil sin igual.
Y verdaderamente me pareció comprenderlo así.

Ella me dio a beber un vaso de vino. Me trataba, en efecto, como una verdadera madre. Pero entretanto iba viendo yo por instantes qué hermosa y joven era.

­Vamos a ver ­empezó ella de nuevo­. Resulta que Goethe se murió hace cien años y Harry lo quiere mucho y se ha hecho una maravillosa idea de él y del aspecto que tendría, y a esto tiene Harry perfecto derecho, ¿no es eso? Pero el pintor, que también siente su entusiasmo por Goethe y se ha forjado de él una imagen, ése no tiene derecho, y el profesor tampoco; y en realidad nadie, porque eso no le gusta a Harry, no lo tolera, porque tiene que vociferar y echar a correr. Si fuese prudente se reina sencillamente del pintor y del profesor. Si fuese un loco, les tiraría su Goethe a la cara. Pero como no es más que un niño pequeño, se va corriendo a su casa y quiere ahorcarse. He comprendido muy bien tu historia. Es una historia cómica. Me hace reír. Aguarda, no bebas tan de prisa. El borgoña se bebe despacio, da mucho calor si no. Pero a ti hay que decírtelo todo, niñito.

Su mirada era severa y reprensiva como de una aya de sesenta años.

­Oh, sí ­supliqué complacido­. No deje de decírmelo todo.

­¿Qué he de decirte yo?

­Todo lo que usted quiera.

­Bueno, voy a decirte una cosa. Desde hace una hora estás oyendo que yo te hablo de tú, y tú sigues diciéndome a mide usted. Siempre latín y griego, siempre lo más complicado posible. Cuando una muchacha te llama de tú y no te es antipática, entonces debes llamarla de tú a ella también. ¿Ves? Ya has aprendido algo nuevo. Y segundo: desde hace media hora sé que te llamas Harry. Lo sé porque te lo he preguntado. Tú, en cambio, no quieres saber cómo me llamo yo.

­¡Oh, ya lo creo, con mucho gusto querría saberlo!

­¡Es tarde, amigo! Cuando nos volvamos a ver, me lo preguntas de nuevo. Hoy no te lo digo ya. Bueno, y ahora, voy a bailar.

Al hacer ademán de levantarse, se deprimió profundamente mi ánimo, tuve miedo de que se fuera y me dejara solo, y entonces volvería todo a ser como antes había sido.
Como un dolor de muelas, desaparecido por un instante, se presenta otra vez de pronto y quema como el fuego, así se me presentaron al punto otra vez el miedo y el terror.
¡Oh, Dios! ¿Había podido yo olvidar lo que estaba aguardándome? ¿Es que había cambiado alguna cosa?

­¡Alto! ­grité, suplicante­. No se vaya usted. No te vayas. Claro que puedes bailar cuanto quieras, pero no estés mucho tiempo por ahí; vuelve pronto.

Se levantó riendo. Me la había figurado más alta, era esbelta, pero no alta. De nuevo volvió a recordarme a alguien. ¿A quién? No podía acordarme.

­ ¿Vuelves?

­Vuelvo, pero puedo tardar un rato, media hora, o acaso una entera. Voy a decirte una cosa: cierra los ojos y duerme un poco; eso es lo que necesitas.

Le hice sitio y salió; su vestido rozó mi rodilla, al salir se miró en un pequeñísimo espejo redondo de bolsillo, levantó las cejas, se pasó por la barbilla una minúscula borla de polvos y desapareció en el salón de baile. Miré en torno mío; caras extrañas, hombres fumando, cerveza derramada sobre las mesas de mármol, algazara y griterío por doquiera, al lado la música de baile. Había dicho que me durmiera. Ah, buena niña, vaya una idea que tienes de mi sueño, que es más tímido que una gacela. ¡Dormir en esta feria, aquí sentado, entre los tarros de cerveza con sus tapaderas ruidosas! Bebí un sorbo de vino, saqué del bolsillo un cigarro, busqué las cerillas, pero en realidad no sentía ganas de fumar, dejé el cigarro delante de mí sobre la mesa. «Cierra los ojos», me había dicho. Dios sabe de dónde tenía la muchacha esta voz, esta voz buena, algo profunda, una voz maternal. Era bueno obedecer a esta voz, ya lo había experimentado. Obediente, cerré los ojos, apoyé la cabeza en la mano, oí zumbar a mi alrededor cien ruidos violentos, me hizo sonreír la idea de dormir en este lugar, decidí ir a la puerta del salón y echar una mirada furtiva por el baile ­tenía que ver bailar a mi bella muchacha­, moví los pies debajo del asiento y hasta entonces no sentí cuán tremendamente cansado estaba del ambular errante horas enteras, y me quedé sentado. Y entonces me dormí en efecto, fiel a la orden maternal, dormí ávido y agradecido y soñé, soñé más clara y agradablemente que había soñado desde hacia mucho tiempo. Soñé.

Yo estaba sentado y esperaba en una antesala pasada de moda. En un principio sólo sabía que había sido anunciado a un excelentísimo señor, luego me di cuenta de que era el señor Goethe, por quien había de ser recibido. Desgraciadamente no estaba yo allí del todo como particular, sino como corresponsal de una revista; esto me molestaba mucho y no podía comprender qué diablo me había colocado en esta situación. Además me inquietaba un escorpión, que acababa de hacerse visible y había intentado gatear por mi pierna arriba. Yo me había defendido desde luego del pequeño y negro animalejo y me había sacudido, pero no sabía dónde se había metido después y no osaba echar mano a ninguna parte.

No estaba tampoco seguro de sí por equivocación, en lugar de a Goethe, no había sido anunciado a Matthisson, al cual, sin embargo, en el sueño confundía con Bürger, pues le atribuía las poesías a Molly. Por otra parte me hubiera sido muy a propósito un encuentro con Molly, yo me la imaginaba maravillosa, blanda, musical, occidental. ¡Si no hubiera estado yo allí sentado por encargo de aquella maldita redacción! Mi mal humor por esto aumentaba en cada instante y se fue trasladando poco a poco también a Goethe, contra el cual tuve de pronto toda clase de escrúpulos y censuras. ¡Podía resultar bonita la audiencia! El escorpión, en cambio, aun cuando peligroso y escondido quizá cerca de mí, acaso no fuera tan grave; pensé también ser presagio de algo agradable, me parecía muy posible que tuviera alguna relación con Molly, que fuera una especie de mensajero suyo o su escudo de armas, un bonito y peligroso animal heráldico de la feminidad y del pecado. ¿No se llamaría acaso Vulpius el animal heráldico? Pero en aquel instante abrió un criado la puerta, me levanté y entré.

Allí estaba el viejo Goethe, pequeño y muy tiesecillo, y tenía, en efecto, una gran placa de condecoración sobre su pecho clásico. Aún parecía que estaba gobernando, que seguía constantemente recibiendo audiencias y controlando el mundo desde su museo de Weimar. Pues apenas me hubo visto, me saludó con un rápido movimiento de cabeza, lo mismo que un viejo cuervo, y habló solemnemente: ¿De modo que vosotros la gente joven estáis bien poco conformes con nosotros y con nuestros afanes?

­Exactamente ­dije, y me dejó helado su mirada de ministro­. Nosotros la gente joven no estamos, en efecto, conformes con usted, viejo señor. Usted nos resulta demasiado solemne, excelencia, demasiado vanidoso y presumido y demasiado poco sincero. Esto acaso sea lo esencial: demasiado poco sincero.

El hombre chiquitín, anciano, movió la severa cabeza un poco hacia adelante, y al distenderse en una pequeña sonrisa su boca dura y plegada a la manera oficial y al animarse de un modo encantador, me palpitó el corazón de repente, pues me acordé de pronto de la poesía «Bajó de arriba la tarde» y de que este hombre y esta boca eran de donde habían salido las palabras de aquella poesía. En realidad ya en aquel momento estaba yo totalmente desarmado y aplanado, y con el mayor gusto me hubiera arrodillado ante él. Pero me mantuve firme y oí de su boca sonriente estas palabras: ¡Ah! ¿Entonces ustedes me acusan de insinceridad? ¡Vaya qué palabras! ¿No querría usted explicarse un poco mejor?

Lo estaba deseando:

­Usted, señor de Goethe, como todos los grandes espíritus, ha conocido y ha sentido perfectamente el problema, la desconfianza de la vida humana: la grandiosidad del momento y su miserable marchitarse, la imposibilidad de corresponder a una elevada sublimidad del sentimiento de otro modo que con la cárcel de lo cotidiano, la aspiración ardiente hacia el reino del espíritu que está en eterna lucha a muerte con el amor también ardiente y también santo a la perdida inocencia de la naturaleza, todo este terrible flotar en el vacío y en la incertidumbre, este estar condenado a lo efímero, a lo incompleto, a lo eternamente en ensayo y diletantesco, en suma, la falta de horizontes y de comprensión y la desesperación agobiante de la naturaleza humana. Todo esto lo ha conocido usted y alguna vez se ha declarado partidario de ello, y, sin embargo, con toda su vida ha predicado lo contrario, ha expresado fe y optimismo, ha fingido a sí mismo y a los demás una perdurabilidad y un sentido a nuestros esfuerzos espirituales. Usted ha rechazado y oprimido a los que profesan una profundidad de pensamiento y a las voces de la desesperada verdad, lo mismo en usted que en Kleist y en Beethoven. Durante decenios enteros ha actuado como si el amontonamiento de ciencia y de colecciones, el escribir y conservar cartas y toda su dilatada existencia en Weimar fuera, en efecto, un camino para eternizar el momento, que en el fondo usted sólo lograba momificar, para espiritualizar a la naturaleza, a la que sólo conseguía estilizar en caricatura. Esta es la insinceridad que le echamos en cara.

Pensativo, me miró el viejo consejero a los ojos; su boca seguía sonriendo.

Luego, para mi asombro, me preguntó: « ¿Entonces La Flauta encantada de Mozart le tiene que ser a usted sin duda profundamente desagradable?»

Y antes de que yo pudiera protestar, continuó:

­La Flauta encantada representa a la vida como un canto delicioso, ensalza nuestros sentimientos, que son perecederos, como algo eterno y divino, no está de acuerdo ni con el señor de Kleist ni con el señor Beethoven, sino que predica optimismo y fe.

­ ¡Ya lo sé, ya lo sé! ­ grité furioso­. ¡Sabe Dios por qué se le ha ocurrido a usted La Flauta encantada, que es para mí lo más excelso del mundo! Pero Mozart no llegó a los ochenta y dos años, y en su vida privada no tuvo estas pretensiones de perdurabilidad, orden y almidonada majestad que usted. No se dio nunca tanta importancia. Cantó sus divinas melodías, fue pobre y se murió pronto, en la miseria y mal conocido...

Me faltaba el aliento. Mil cosas se hubieran podido decir en diez palabras, empecé a sudar por la frente.

Pero Goethe me dijo con mucha amabilidad:

­El haber llegado yo a los ochenta y dos años puede que sea, desde luego, imperdonable. Pero el placer que yo en ello tuve, fue sin duda menor de lo que usted puede imaginarse. Tiene usted razón; me consumió siempre un gran deseo de perdurabilidad, siempre temí y combatí a la muerte. Creo que la lucha contra la muerte, el afán absoluto y terco de querer vivir es el estimulo por el cual han actuado y han vivido todos los hombres sobresalientes. Que al final hay, sin embargo, que morir, esto, en cambio, mi joven amigo, lo he demostrado a los ochenta y dos años de modo tan concluyente como si hubiera muerto siendo niño. Por si pudiera servir para mi justificación, aún habría que añadir una cosa: en mi naturaleza ha habido mucho de infantil, mucha curiosidad y afán de juego, mucho placer en perder el tiempo. Claro, y he tenido que necesitar un poco más hasta comprender que era ya hora de dar por terminado el juego.

Al decir esto, sonreía de un modo tremendo, retorciéndose de risa. Su figura se había agrandado, habían desaparecido la tiesura y la violenta majestad del rostro. Y el aire en torno nuestro estaba lleno ahora por completo de toda suerte de melodías, de toda clase de canciones de Goethe, oí claramente la Violeta, de Mozart, y el Llenas el bosque y el valle, de Schubert. Y la cara de Goethe era ahora rosada y joven, y reía y se parecía ya a Mozart ya a Schubert, como si fuera su hermano, y la placa sobre su pecho estaba formada sólo por flores campestres, una prímula amarilla se destacaba en el centro, alegre y plena.

Me molestaba que el anciano quisiera sustraerse a mis preguntas y a mis quejas de una manera tan bromista, y lo miré lleno de enojo. Entonces se inclinó un poco hacia adelante, puso su boca muy cerca de mi oreja, su boca ya enteramente infantil y me susurró quedo al oído: Hijo mío, tomas demasiado en serio al viejo Goethe. A los viejos, que ya se han muerto, no se les puede tomar en serio, eso sería no hacerles justicia. A nosotros los inmortales no nos gusta que se nos tome en serio, nos gusta la broma. La seriedad, joven, es cosa del tiempo; se produce, esto por lo menos quiero revelártelo, se produce por una hipertensión del tiempo. También yo estimé demasiado en mis días el valor del tiempo, por eso quería llegar a los cien años. En la eternidad, sin embargo, no hay tiempo, como ves: la eternidad es un instante, lo suficiente largo para una broma.

En efecto, ya no se podía hablar una palabra en serio con aquel hombre; bailoteaba para arriba y para abajo, alegre y ágil, y hacía salir a la prímula de su estrella como un cohete, o la iba escondiendo hasta hacerla desaparecer. Mientras daba sus pasos y figuras de baile, hube de pensar que este hombre por lo menos no había omitido aprender a bailar. Lo hacía maravillosamente. En aquel momento se me representó otra vez el escorpión, o mejor dicho, Molly, y dije a Goethe: «Diga usted, ¿no está Molly ahí?»

Goethe soltó una carcajada. Fue a su mesa, abrió un cajón, sacó un precioso estuche de piel o de terciopelo, lo abrió y me lo puso delante de los ojos. Allí estaba sobre el oscuro terciopelo, pequeña, impecable y reluciente, una minúscula pierna de mujer, una pierna encantadora, un poco doblada por la rodilla, con el pie estirado hacia abajo, terminando en punta en los más deliciosos dedos.

Alargué la mano queriendo coger la pequeña pierna que me enamoraba, pero al ir a tocarla con los dedos, pareció que el minúsculo juguete se movía con una pequeña contracción, y se me ocurrió de repente la sospecha de que éste podía ser el escorpión.


Goethe pareció comprenderlo, es más, parecía como si precisamente hubiese querido y provocado esta profunda inquietud, esta brusca lucha de deseo y temor. Me tuvo el encantador escorpioncillo delante de la cara, me vio desearlo con ansiedad, me vio echarme atrás con espanto ante él, y esto parecía proporcionarle un gran placer.
Mientras se burlaba de mí con la linda cosita peligrosa, se había vuelto otra vez enteramente viejo, viejísimo, milenario, con el cabello blanco como la nieve; y su marchito rostro de anciano reía tranquila y calladamente, por dentro, de un modo impetuoso, con el insondable humorismo de los viejos.
Cuando desperté, había olvidado el sueño; sólo más tarde volví a darme cuenta de él.
Había dormido seguramente como cosa de una hora, en medio de la música y de la algarabía, en la mesa del restaurante; nunca lo hubiera creído posible. La bella muchacha estaba ante mí, con una mano sobre mi hombro.

­Dame dos o tres marcos ­dijo­. Al otro lado he hecho algún consumo.

Le di mi portamonedas, se fue con él y volvió a poco.

­Bueno, ahora puedo estarme sentada contigo todavía un ratito; luego tengo que irme: tengo una cita.

Me asusté.

­¿Con quién, pues? ­inquirí de prisa.

­Con un caballero, pequeño Harry. Me ha invitado al «Bar Odeón».

­¡Oh, pensé que no me dejarías solo!

­Para eso habrías tenido que ser tú el que me hubieras convidado. Se te ha adelantado uno. Nada, con eso ahorras algo. ¿Conoces el «Odeón»? A partir de media noche, sólo champaña, sillones, orquesta de negros, muy distinguido.

No contaba con esto.

­¡Ah ­dije suplicante­, deja que yo te invite! Me pareció que esto se sobreentendía; ¿no nos hemos hecho amigos? Déjate invitar adonde tú quieras, te lo ruego.

­Eso está muy bien por tu parte. Pero mira, una palabra es una palabra; he aceptado y tengo que ir. ¡No te preocupes más! Ven, toma todavía un trago, aún tenemos vino en la botella. Te lo acabas de beber y te vas luego bonitamente a casa y duermes.


Prométemelo.

­No, oye; a casa no puedo ir.

­¡Ah, vamos, tus historias! ¿Aún no has terminado con Goethe? (En este momento se me presentó nuevamente el sueño de Goethe.) Pero si verdaderamente no quieres ir a tu casa, quédate aquí. Hay habitaciones para forasteros. ¿Quieres que te pida una?

Me pareció bien y le pregunté dónde podría volver a verla. ¿Dónde vivía? Esto no me lo dijo. Que no tenía más que buscarla un poco y ya la encontraría.

­¿No me permites que te invite?

­¿Adónde?

­Adonde te plazca y cuando quieras.

­Bien. El martes, a cenar en el «Viejo Franciscano», en el primer piso. Adiós.

Me dio la mano, y ahora fue cuando me fijé en esta mano, una mano en perfecta armonía con su voz, linda y plena, inteligente y bondadosa. Cuando le besé la mano, se reía burlona.

Y todavía en el último momento se volvió de nuevo hacia mí y dijo:

­Aún tengo que decirte una cosa, a propósito de Goethe. Mira, lo mismo que te ha pasado a ti con Goethe, que no has podido soportar su retrato, así me pasa a mí algunas veces con los santos.

­¿Con los santos? ¿Eres tan devota?

­No, no soy devota, por desgracia; pero lo he sido ya una vez y volveré a serlo. No hay tiempo para ser devota.

­¿No hay tiempo? ¿Es que se necesita tiempo para eso?

­Oh, ya lo creo; para ser devoto se necesita tiempo, mejor dicho, se necesita algo más: independencia del tiempo. No puedes ser seriamente devoto y a la vez vivir en la realidad y, además, tomarla en serio; el tiempo, el dinero, el «Bar Odeón» y todas estas cosas.

­Comprendo. Pero, ¿qué era eso de los santos?

­Si, hay algunos santos a los que quiero especialmente: San Esteban, San Francisco y otros. De ellos veo algunas veces cuadros, y también del Redentor y de la Virgen, cuadros hipócritas, falsos y condenados, y los puedo sufrir tan poco como tú a aquel cuadro de Goethe. Cuando veo uno de estos Redentores o San Franciscos dulzones y necios y me doy cuenta de que otras personas hallan bellos y edificantes estos cuadros, entonces siento como una ofensa del verdadero Redentor, y pienso: ¡Ah! ¿Para qué ha vivido y sufrido tan tremendamente, si a la gente le basta de él un estúpido cuadro así? Pero yo sé, a pesar de esto, que también mi imagen del Redentor o de San Francisco es hechura humana y no alcanza al original, que al propio Redentor mi imagen suya habría de resultarle tan necia y tan insuficiente como a mí aquellas imitaciones dulzonas. No te digo esto para darte la razón en tu mal humor y furia contra el retrato de Goethe, no; en eso tienes razón. Lo digo solamente para demostrarte que puedo entretenerte. Vosotros los sabios y artistas tenéis toda clase de cosas raras dentro de la cabeza, pero sois hombres como los demás, y también nosotros tenemos nuestros sueños y nuestros juegos en el magín. Porque observé, señor sabio, que te apurabas un poquito al ir a contarme tu historia de Goethe, tenias que esforzarte por hacer comprensibles tus cosas ideales a una muchacha tan sencilla. Y por eso he querido hacerte ver que no necesitas esforzarte. Yo te entiendo ya. Bueno, ¡y ahora, punto! Te está esperando la cama.

Se fue, y a mí me condujo un anciano camarero al segundo piso, mejor dicho, primero me preguntó por el equipaje, y cuando oyó que no había ninguno, hube de pagar por anticipado lo que él llamó precio de la cama. Luego me llevó, por una vieja escalera siniestra, a una habitación de arriba y me dejó solo. Allí había una miserable cama de madera, pequeña y dura, y de la pared colgaba un sable y un retrato en colores de Garibaldi, además una corona marchita, de la fiesta de alguna Asociación. Hubiera dado cualquier cosa por una camisa de dormir. Al menos había agua y una pequeña toalla, pude lavarme y me eché en la cama vestido, dejé la luz encendida y tuve tiempo de meditar. «Bueno, con Goethe estaba yo ahora en orden. Era magnífico que hubiera venido hasta mí en sueños. Y esta maravillosa muchacha... ¡Si yo hubiese sabido al menos su nombre! De pronto un ser humano, una persona viva que rompe la turbia campana de cristal de mi aislamiento y me alarga la mano, una mano cálida, buena y hermosa. De repente, otra vez cosas que me importaban algo, en las que podía pensar con alegría, con preocupación, con interés. Pronto una puerta abierta, por la cual la vida entraba hacia mí. Acaso pudiera vivir de nuevo, acaso pudiera volver a ser un hombre. Mi alma, adormecida de frío y casi yerta, volvía a respirar, aleteaba soñolienta con débiles alas minúsculas. Goethe estaba conmigo. Una muchacha me había hecho comer, beber, dormir, me había demostrado amabilidad, se había reído de mí y me había llamado joven y tonto. Y la maravillosa amiga me había referido también cosas de los santos y me había demostrado que hasta en mis más raras extravagancias no estaba yo solo e incomprendido y no era una excepción enfermiza, sino que tenía hermanos y que alguien me entendía. ¿Volvería a verla? Sí; seguramente, era de fiar. «Una palabra es una palabra.»

Y así volví a dormirme; dormí cuatro, cinco horas. Habían dado las diez cuando desperté, con el traje arrugado, lleno de cansancio, deshecho, con el recuerdo de algo horroroso del día anterior en la cabeza, pero animado, lleno de esperanzas y de buenos pensamientos. Al volver a mi casa, ya no sentí nada del miedo que este regreso había tenido ayer para mí.

En la escalera, más arriba de la araucaria, me encontré con la «tía», mi casera, a la que yo rara vez me echaba a la cara, pero cuya amable manera de ser me complacía mucho. El encuentro no me fue muy agradable, como que yo estaba en estado un poco lastimoso y con las huellas de haber trasnochado, sin peinar y sin afeitar. Saludé y quise pasar de largo. Otras veces respetaba ella siempre mi afán de quedarme solo y de pasar inadvertido, pero hoy parecía, en efecto, que entre el mundo a mi alrededor se había roto un velo, se había derrumbado una barrera. Sonrió y se quedó parada.

­Ha estado usted de diversión, señor Haller, esta noche ni siquiera ha deshecho usted la cama. ¡Estará usted muy cansado!

­Sí ­dije, y hube de reírme también­. Esta noche ha sido un poco animada, y como no quería turbar las costumbres de su casa, he dormido en un hotel. Mi consideración para con la tranquilidad y respetabilidad de su casa es grande, a veces se me antoja que soy en ella como un cuerpo extraño.

­¡No se burle usted, señor Haller!

­¡Oh, yo sólo me burlo de mí mismo!

­Precisamente eso no debería usted hacerlo. En mi casa no debe usted sentirse como cuerpo extraño. Usted viva como le plazca y haga lo que quiera. He tenido ya muchos inquilinos muy respetables, joyas de respetabilidad, pero ninguno era más tranquilo, ni nos ha molestado menos que usted. Y ahora... ¿quiere usted una taza de té?

No me opuse. En su salón, con los hermosos cuadros y muebles de los abuelos, me sirvieron té, y charlamos un poco; la amable señora se enteró, realmente sin preguntarlo, de estas y las otras cosas de mi vida y de mis pensamientos, y ponía atención con esa mezcla de respeto y de indulgencia maternal que tienen las mujeres inteligentes para las complicaciones de los hombres. También se habló de su sobrino, y me enseñó en la habitación de al lado su último trabajo hecho en una tarde de fiesta, un aparato de radio. Allí se sentaba el aplicado joven por las noches y armaba una de estas máquinas, arrebatado por la idea de la transmisión sin hilos, adorando de rodillas al dios de la técnica, que después de millares de años había conseguido descubrir y representar, aunque muy imperfectamente, cosas que cualquier pensador ha sabido de siempre y ha utilizado con mayor inteligencia. Hablamos de esto, pues la tía tiene un poco de inclinación a la religiosidad, y los diálogos sobre religión no le son desagradables. Le dije que la omnipresencia de todas las fuerzas y acciones era bien conocida de los antiguos indios y que la técnica no había hecho sino traer a la conciencia general un trozo pequeño de esta realidad, construyendo para ello, verbigracia, para las ondas sonoras, un receptor y un transmisor al principio todavía terriblemente imperfectos. Lo principal de aquella idea antigua, la irrealidad del tiempo no ha sido observada aún por la técnica, pero al fin será «descubierta» naturalmente también y se les vendrá a las manos a los laboriosos ingenieros. Se descubrirá acaso ya muy pronto, que no sólo nos rodean constantemente las imágenes y los sucesos actuales, del momento, como por ejemplo se puede oír en Francfort o en Zurich la música de París o de Berlín, sino que todo lo que alguna vez haya existido quede de igual modo registrado por completo y existente, y que nosotros seguramente un buen día, con o sin hilos, con o sin ruidos perturbadores, oiremos hablar al rey Salomón y a Walter von der Vogelweide. Y que todo esto, lo mismo que hoy los primeros pasos de la radio, sólo servirá al hombre para huir de sí mismo y de su fin y para revestirse de una red cada vez más espesa de distracción y de inútil estar ocupado. Pero yo dije estas cosas, para mí corrientes, no con el tono acostumbrado de irritación y de sarcasmo contra la época y contra la técnica, sino en broma y jugando, y la tía sonreía, y estuvimos así sentados con seguridad una hora, tomamos té y estábamos contentos.

Para el martes por la noche había invitado a la hermosa y admirable muchacha del «Águila Negra», y no me costó poco trabajo pasar el tiempo hasta entonces. Y cuando por fin llegó el martes, se me había hecho clara, hasta darme miedo, la importancia de mi relación con la muchacha desconocida. Sólo pensaba en ella, lo esperaba todo de ella, me hallaba dispuesto a sacrificarle todo y ponérselo todo a los pies, sin estar enamorado de ella en lo más mínimo. No necesitaba más que imaginarme que quebrantaría nuestra cita, o que pudiera olvidarla, entonces veía claramente lo que pasaba por mí; entonces se quedaría para mí el mundo otra vez vacío, volvería a ser un día tan gris y sin valor como otro, me envolvería de nuevo la quietud totalmente horripilante y el aniquilamiento, y no habría otra salida de este infierno callado más que la navaja de afeitar. Y la navaja de afeitar no se me había hecho más agradable en este par de días, no había perdido nada de su horror. Esto era precisamente lo terrible. Yo sentía un miedo profundo y angustioso del corte a través de mi garganta, temía a la muerte con una resistencia tan tenaz, tan firme, tan decidida y terca, como si yo hubiera sido el hombre de más salud del mundo y mi vida un paraíso. Me daba cuenta de mi estado con una claridad completa y absoluta y reconocía que la insoportable tensión entre no poder vivir y no poder morir era lo que daba importancia a la desconocida, la linda bailarina del «Águila Negra». Ella era la pequeña ventanita, el minúsculo agujero luminoso en mi sombría cueva de angustia. Era la redención, el camino de la liberación.
Ella tenía que enseñarme a vivir o enseñarme a morir; ella, con su mano segura y bonita, tenía que tocar mi corazón entumecido, para que al contacto de la vida floreciera o se deshiciese en cenizas. De dónde ella sacaba estas fuerzas, de dónde le venía la magia, por qué razones misteriosas había adquirido para mí esta profunda significación, sobre esto no me era posible reflexionar, además daba igual; yo no tenía el menor interés en saberlo. Ya no me importaba en absoluto saber nada, ni meditar nada, de todo ello estaba ya supersaturado, precisamente estaban para mí el tormento y la vergüenza más agudos y mortificantes, en que me daba cuenta tan exactamente de mi propio estado, tenía tan plena conciencia de él. Veía ante mí a este tipo, a este animal de lobo estepario, como una mosca en las redes, y notaba cómo su sino lo empujaba a la decisión, cómo colgaba enredado e indefenso de la tela, cómo la araña estaba preparada para picar, cómo surgió a la misma distancia la mano salvadora. Hubiese podido decir las más prudentes y atinadas cosas acerca de las relaciones y causas de mi sufrimiento, de la enfermedad de mi alma, de mi embrujamiento y neurosis, la mecánica me era transparente. Pero lo que más me hacía falta, por lo que suspiraba tan desesperadamente, no era saber y comprender, sino vida, decisión, sacudimiento e impulso.

Aun cuando durante aquellos dos días de espera no dudé un instante de que mi amiga cumpliría su palabra, no dejé de estar el último día muy agitado e incierto; jamás en toda mi vida he esperado con mayor impaciencia la noche de ningún día. Y conforme se me iba haciendo insoportable la tensión y la impaciencia, me producía al mismo tiempo un maravilloso bienestar; hermoso sobre toda ponderación, y nuevo fue para mi, el desencantado, que desde hacía mucho tiempo no había aguardado nada, no se había alegrado por nada, maravilloso fue correr de un lado para otro este día entero, lleno de inquietud, de miedo y de violencia y expectante ansiedad, imaginarme por anticipado el encuentro, la conversación, los sucesos de la noche, afeitarme con este fin y vestirme (con cuidado especial, camisa nueva, corbata nueva, cordones nuevos en los zapatos).


Fuese quien quisiera esta muchachita inteligente y misteriosa, fuera cualquiera el modo de haber llegado a esta relación conmigo, me era igual; ella estaba allí, el milagro se había realizado de que yo hubiera encontrado una persona y un interés en la vida.
Importante era sólo que esto continuara, que yo me entregase a esta atracción, siguiera a esta estrella.

¡Momento inolvidable cuando la vi de nuevo! Yo estaba sentado en una pequeña mesa del viejo y confortable restaurante, mesa que sin necesidad había mandado reservar previamente por teléfono, estudiaba la lista, y había colocado en la copa para el agua dos hermosas orquídeas que había comprado para mi amiga. Tuve que esperar un gran rato, pero me sentía seguro de su llegada y ya no estaba excitado. Y llegó, por fin, se quedó parada en el guardarropa y me saludó sencillamente con una atenta e investigadora mirada de sus claros ojos grises. Desconfiado, me puse a observar cómo se conducía con ella el camarero. No, gracias a Dios no había familiaridad, no faltaban las distancias; él era intachablemente correcto. Y, sin embargo, se conocían; ella lo llamaba Emilio.


Cuando le di las orquídeas, se puso contenta y río.

­Es muy bonito por tu parte, Harry. Tú querías hacerme un regalo, ¿no es verdad?, y no sabías bien qué elegir, no sabías así con seguridad hasta qué punto estabas realmente autorizado para hacerme un obsequio sin ofenderme, y has comprado orquídeas, esto no son más que unas flores, y, sin embargo, son bien caras. Por otra parte, no quiero dejar de decirte en seguida: no quiero que me regales nada. Yo vivo de los hombres, pero de ti no quiero vivir. Pero, ¡cómo te has transformado! Ya no te conoce una. El otro día parecía como si acabaran de librarte de la horca, y ahora eres casi otra vez una persona. Bueno, ¿has cumplido mi mandato?

­¿Qué mandato?

­¿Tan olvidadizo? Me refiero a que si sabes ya bailar el fox­trot. Me dijiste que no deseabas cosa mejor que recibir órdenes mías, que para ti no había nada más agradable que obedecerme. ¿Te acuerdas?

­Oh, si, ¡y lo sostengo! Era en serio.

­¿Y, sin embargo, aún no has aprendido a bailar? ­¿Se puede hacer eso tan de prisa, sólo en un par de días? ­Naturalmente, el fox puedes aprenderlo en una hora, el boston en dos, el tango requiere más tiempo, pero el tango no te hace falta.

­Ahora, al fin, tengo que saber tu nombre.

Me miró, silenciosa, un rato.

­Tal vez puedas adivinarlo. Me sería muy agradable que lo adivinaras. Fíjate un momento y mírame bien. ¿No has observado todavía que yo alguna vez tengo cara de muchacho? ¿Por ejemplo, ahora?

Sí, al mirar en este momento fijamente su rostro, tuve que darle la razón; era una cara de muchacho. Y al tomarme un minuto de tiempo, empezó la cara a hablarme y a recordar mi propia infancia y a mi compañero de entonces, que se llamaba Armando. Por un momento me pareció ella completamente transformada en aquel Armando.

­Si fueses un muchacho ­le dije con asombro­ tendrías que llamarte Armando.

­Quién sabe, quizá lo sea; sólo que esté disfrazado ­dijo ella juguetona.

­¿Te llamas Armanda?

Asintió radiante, porque yo lo hubiera adivinado. En aquel momento llegó la sopa, nos pusimos a comer, y ella derrochó una infantil alegría. De todo lo que en ella me gustaba y me encantaba, lo más delicioso y particular era ver cómo podía pasar completamente de pronto de la más profunda seriedad a la jovialidad más encantadora, y viceversa, sin inmutarse ni descomponerse en absoluto, era como un niño extraordinario. Ahora estuvo un rato contenta, se burló de mí con el fox­trot, hasta me dio con los pies, elogió con ardor la comida, observó que había puesto yo gran cuidado en mi indumentaria, pero aún hubo de criticar muchas cosas en mi exterior.

Entretanto, le pregunté:

­¿Cómo te las has arreglado para parecer de pronto un muchacho y que yo pudiera adivinar tu nombre?

­¡Oh, todo eso lo has hecho tú mismo! ¿No comprendes, señor erudito, que yo te gusto y represento algo para ti, porque en mi interior hay algo que responde a tu ser y te comprende? En realidad todos los hombres debían ser espejos así los unos para los otros y responder y corresponderse mutuamente de esta manera, pero los pájaros como tú son todos personas extrañas y caen con facilidad en un encantamiento que les impide ver y leer nada en los ojos de los demás, y ya no les importa nada de nada. Y si uno de estos pájaros vuelve a encontrar así de pronto una cara que lo mira verdaderamente y en la que nota algo como respuesta y afinidad, ¡ah!, entonces experimenta naturalmente un placer.

­Tú lo sabes todo, Armanda ­exclamé asombrado­. Es exactamente tal como estás diciendo. Y, sin embargo, tú eres tan completa y absolutamente diferente a mí... Eres mi polo opuesto; tienes todo lo que a mí me falta.

­Así te lo parece ­dijo lacónicamente­, y eso es bueno.

Y ahora cruzó por su rostro, que en efecto me era como un espejo mágico, una densa nube de seriedad; de pronto toda esta cara no expresaba ya sino circunspección y sentido trágico, sin fondo, como si mirara de los ojos vacíos de una máscara. Lentamente, cual si fuesen saliendo a la fuerza las palabras, dijo:

­Tú, no olvides lo que me has dicho. Has dicho que yo te mande, que para ti sería una alegría obedecer todas mis órdenes. No lo olvides. Has de saber, pequeño Harry, que lo mismo que a ti te pasa conmigo, que mi cara te da respuesta, que algo dentro de mí sale a tu encuentro y te inspira confianza, exactamente lo mismo me pasa también a mí contigo. Cuando el otro día te vi entrar en el «Águila Negra», tan cansado y ausente y ya casi fuera de este mundo, entonces presentí al punto: éste ha de obedecerme, éste se consume porque yo le dé órdenes. Y he de hacerlo. Por eso te hablé y por eso nos hemos hecho amigos.

De este modo habló ella, llena de grave seriedad, bajo una fuerte presión del alma, hasta el punto de que yo no podía seguirla y traté de tranquilizarla y de desviaría. Ella se desentendió con una contracción de las cejas, me miró imperativa y continuó con una voz de entera frialdad:

­Has de cumplir tu palabra, amigo, o ha de pesarte. Recibirás muchas órdenes mías y las acatarás, órdenes deliciosas, órdenes agradables, te será un placer obedecerías. Y al final habrás de cumplir mi última orden también, Harry.

­La cumpliré ­dije medio inconsciente­. ¿Cuál habrá de ser tu última orden para mí?

­ Sin embargo, yo la presentía ya, sabe Dios por qué.

Ella se estremeció como bajo los efectos de un ligero escalofrío y parecía que lentamente despertaba de su letargo. Sus ojos no se apartaban de mí. De pronto se puso aún más sombría.

­Sería prudente en mí no decírtelo. Pero no quiero ser prudente, Harry, esta vez no.
Quiero precisamente todo lo contrario. Atiende, escucha. Lo oirás, lo olvidarás otra vez, te reirás de ello, te hará llorar. Atiende, pequeño. Voy a jugar contigo a vida o muerte, hermanito, y quiero enseñarte mis cartas boca arriba antes de que empecemos a jugar.

¡Qué hermosa era su cara, qué supraterrena, cuando decía esto! En los ojos flotaba serena y fría una tristeza de hielo, estos ojos parecían haber sufrido ya todo el dolor imaginable y haber dicho amén a todo. La boca hablaba con dificultad y como impedida, algo así como se habla cuando a uno le ha paralizado la cara un frío terrible. Pero entre los labios, en las comisuras de la boca, en el jugueteo de la punta de la lengua, que sólo rara vez se hacía visible, no fluía, en contraposición con la mirada y con la voz, más que dulce y juguetona sensualidad, íntimo afán de placer. En la frente callada y serena pendía un corto bucle, de allí, de ese rincón de la frente con el bucle irradiaba de cuando en cuando como hálito de vida aquella ola de parecido a un muchacho, de magia hermafrodita. Lleno de angustia estaba escuchándola, y, sin embargo, como aturdido, como presente sólo a medias.

­Yo te gusto ­continuó ella­, por el motivo que ya te he dicho: he roto tu soledad, te he recogido precisamente ante la puerta del infierno y te he despertado de nuevo. Pero quiero de ti más, mucho más. Quiero hacer que te enamores de mí. No, no me contradigas, déjame hablar. Te gusto mucho, de eso me doy cuenta, y tú me estás agradecido, pero enamorado de mí no lo estás. Yo voy a hacer que lo estés, esto pertenece a mi profesión; como que vivo de eso, de poder hacer que los hombres se enamoren de mí, Pero entérate bien: no hago esto porque te encuentre francamente encantador. No estoy enamorada de ti, Harry, tan poco enamorada como tú de mí. Pero te necesito, como tú me necesitas. Tú me necesitas actualmente, de momento, porque estás desesperado y te hace falta un impulso que te eche al agua y te vuelva a reanimar. Me necesitas para aprender a bailar, para aprender a reír, para aprender a vivir. Yo, en cambio, también te necesito a ti, no hoy, más adelante, para algo muy importante y hermoso. Te daré mi última orden cuando estés enamorado de mí, y tú obedecerás, y ello será bueno para ti y para mí.

Levantó un poco en la copa una de las orquídeas de color violeta oscuro, con sus fibras verdosas; inclinó su rostro un momento sobre ella y estuvo mirando fijamente la flor.

­No te ha de ser cosa fácil, pero lo harás. Cumplirás mi mandato y me matarás. Esto es todo. No preguntes nada.

Con los ojos fijos aún en la orquídea, se quedó callada, su rostro perdió la violencia.


Como un capullo que se abre, fue libertándose de la tensión y el peso, y de pronto se pintó en sus labios una sonrisa encantadora, en tanto que los ojos aún continuaron un momento inmóviles y fascinados. Luego sacudió la cabeza con el pequeño mechón varonil, bebió un trago de agua, volvió a darse cuenta de pronto de que estábamos comiendo y cayó con alegre apetito sobre los manjares.

Yo había escuchado con toda claridad palabra a palabra su siniestro discurso, llegando hasta a adivinar su «última orden», antes de que ella la expresara, y ya no me asustó con él «me matarás». Todo lo que iba diciendo me sonaba convincente y fatal, lo aceptaba y no me defendía contra ello, y sin embargo, a pesar de la terrible severidad con que había hablado, era para mí todo sin verdadera realidad ni para tomarlo en serio.


Una parte de mi alma aspiraba sus palabras y las creía, otra parte de mi alma asentía bondadosa y comprendiendo que esta Armanda tan inteligente, sana y segura, tenía por lo visto también sus fantasías y sus estados crepusculares. Apenas hubo resonado su última palabra, se extendió por toda la escena un velo de irrealidad y de ineficiencia.

De todos modos, yo no podía dar el salto a lo probable y real con la misma ligereza equilibrista que Armanda.

­¿De manera que un día he de matarte? ­pregunté, soñando en voz baja, mientras ella volvía a su risa y trinchaba con afán su ración de ave.

­Naturalmente ­asintió ella, como de paso­; basta ya de eso; es hora de comer.


Harry, sé amable y pídeme todavía un poco de ensalada. ¿Tú no tienes apetito? Voy creyendo que has de empezar por aprender todo lo que en los demás hombres se sobreentiende por sí mismo, hasta la alegría de comer. Mira, pues, esto es un muslito de pato, y cuando uno desprende del hueso la magnífica carne blanca, entonces es una delicia, y uno se siente tan lleno de apetito, de expectación y de gratitud como un enamorado cuando ayuda a su amada por primera vez a quitarse el corpiño. ¿Me has entendido? ¿No? eres un borrego. Atiende, voy a darte un trocito de este bello muslo de pato, ya verás. Así, ¡Abre la boca! ¡Qué estúpido eres! ¡Pues no ha tenido que mirar a hurtadillas a los demás comensales, para comprobar que no lo ven coger un bocado de mi tenedor! No tengas cuidado, tú, hijo perdido, no te pondré en evidencia. Pero si para divertirte necesitas el permiso de los demás, entonces eres verdaderamente un pobre diablo.

Cada vez más irreal iba haciéndose la anterior escena, cada vez más increíble que estos ojos hubiesen podido mirar tan desencajados y fijos hace aún pocos minutos, con tanta gravedad y tan terriblemente. Oh, en esto era Armanda como la vida misma: siempre momento, no mas, nunca calculable de antemano. Ahora estaba comiendo, y el muslo de pato y la ensalada, la tarta y el licor se tomaban en serio, y se hacían objeto de alegría y de crítica, de conversación y de fantasía. Cuando un plato era retirado, empezaba un nuevo capítulo. Esta mujer, que me había penetrado tan perfectamente, que parecía saber de la vida más que todos los sabios, se dedicaba a ser niña, al pequeño juego de la vida del momento, con un arte que me convirtió desde luego en su discípulo. Y lo mismo da que fuese todo ello alta sabiduría o sencillísima candidez. Quien sabía vivir de esta manera el momento, quien vivía de este modo tan actual y sabía estimar tan cuidadosa y amablemente toda flor pequeña del camino, todo minúsculo valor sin importancia del instante, éste estaba por encima de todo y no le importaba nada la vida. Y esta alegre criatura, con su buen apetito, con su buen gusto retozón, ¿era al propio tiempo una soñadora y una histérica que se deseaba la muerte, o una despierta calculadora que, conscientemente y con toda frialdad quería enamorarme y hacerme su esclavo? Esto no podía ser. No; se entregaba sencillamente al momento de tal suerte, que estaba abierta por entero, lo mismo que a toda ocurrencia placentera, también a todo fugitivo y negro horror de lejanas profundidades del alma y lo gustaba hasta el fin.

Esta Armanda, a la que hoy veía yo por segunda vez, sabía todo lo mío, no me parecía posible tener nunca ya un secreto para ella. Podía ocurrir que ella acaso no hubiese comprendido del todo mi vida espiritual; en mis relaciones con la música, con Goethe, con Novalis o Baudelaire no podría acaso seguirme, pero también esto era muy dudoso, probablemente tampoco le costaría trabajo. Y aunque así fuera, ¿qué quedaba ya de mi «vida espiritual»? ¿No había saltado todo en astillas y no había perdido su sentido? Todo lo demás que me importaba, todos mis otros problemas personales, éstos sí había de comprenderlos, en ello no tenía yo duda. Pronto hablaría con ella del lobo estepario, del tratado, de tantas y tantas cosas que hasta entonces sólo habían existido para mí y de las cuales nunca había hablado una palabra con persona humana. No pude resistirme a empezar en seguida.




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