El lobo estepario


EL LOBO ESTEPARIO Hermann Hesse



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EL LOBO ESTEPARIO




    1. Hermann Hesse



ANOTACIONES DE HARRY HALLER

Sólo para locos
El día había transcurrido del modo como suelen transcurrir estos días; lo había malbaratado, lo había consumido suavemente con mi manera primitiva y extraña de vivir; había trabajado un buen rato, dando vueltas a los libros viejos; había tenido dolores durante dos horas, como suele tenerlos la gente de alguna edad; había tomado unos polvos y me había alegrado de que los dolores se dejaran engañar; me había dado un baño caliente, absorbiendo el calorcillo agradable; había recibido tres veces el correo y hojeado las cartas, todas sin importancia, y los impresos, había hecho mi gimnasia respiratoria, dejando hoy por comodidad los ejercicios de meditación; había salido de paseo una hora y había visto dibujadas en el cielo bellas y delicadas muestras de preciosos cirros. Esto era muy bonito, igual que la lectura en los viejos libros y el estar tendido en el baño caliente; pero, en suma, no había sido precisamente un día encantador, no había sido un día radiante, de placer y Ventura, sino simplemente uno de estos días como tienen que ser, por lo visto, para mí desde hace mucho tiempo los corrientes y normales; días mesuradamente agradables, absolutamente llevaderos, pasables y tibios, de un señor descontento y de cierta edad; días sin dolores especiales, sin preocupaciones especiales, sin verdadero desaliento y sin desesperanza; días en los cuales puede meditarse tranquila y objetivamente, sin agitaciones ni miedos, hasta la cuestión de si no habrá llegado el instante de seguir el ejemplo del célebre autor de los Estudios y sufrir un accidente al afeitarse.
El que haya gustado los otros días, los malos, los de los ataques de gota o los del maligno dolor de cabeza clavado detrás de los globos de los ojos, y convirtiendo, por arte del diablo, toda actividad de la vista y del oído de una satisfacción en un tormento, o aquellos días de la agonía del espíritu, aquellos días terribles del vacío interior y de la desesperanza, en los cuales, en medio de la tierra destruida y esquilmada por las sociedades anónimas, nos salen al paso, con sus muecas como un vomitivo, la humanidad y la llamada cultura con su fementido brillo de feria, ordinario y de hojalata, concentrado todo y llevado al colmo de lo insoportable dentro del propio yo enfermo; el que haya gustado aquellos días infernales, ése ha de estar muy contento con estos días normales y mediocres como el de hoy; lleno de agradecimiento se sentará junto a la amable chimenea y con agradecimiento comprobará, al leer el periódico de la mañana, que no se ha declarado ninguna nueva guerra ni se ha erigido en ninguna parte ninguna nueva dictadura, ni se ha descubierto en política ni en el mundo de los negocios ningún chanchullo de importancia especial; con agradecimiento habrá de templar las cuerdas de su lira enmohecida para entonar un salmo de gratitud mesurado, regularmente alegre y casi placentero, con el que aburrir a su callado y tranquilo dios contentadizo y mediocre, como anestesiado con un poco de bromuro; y en el ambiente de tibia pesadez de este aburrimiento medio satisfecho, de esta carencia de dolor tan de agradecer, se parecen los dos como hermanos gemelos, el monótono y adormilado dios de la mediocridad y el hombre mediocre algo encanecido que entona el salmo amortiguado.

Es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de preocupaciones, estos días llevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo no hace sino susurrar y andar de puntillas. Ahora bien, conmigo se da el caso, por desgracia, de que yo no soporto con facilidad precisamente esta semisatisfacción, que al poco tiempo me resulta intolerablemente odiosa y repugnante, y tengo que refugiarme desesperado en otras temperaturas, a ser posible por la senda de los placeres y también por necesidad por el camino de los dolores. Cuando he estado una temporada sin placer y sin dolor y he respirado la tibia e insípida soportabilidad de los llamados días buenos, entonces se llena mi alma infantil de un sentimiento tan doloroso y de miseria, que al dormecino dios de la semisatisfacción le tiraría a la cara satisfecha la mohosa lira de la gratitud, y más me gusta sentir dentro de mí arder un dolor verdadero y endemoniado que esta confortable temperatura de estufa. Entonces se inflama en mi interior un fiero afán de sensaciones, de impresiones fuertes, una rabia de esta vida degradada, superficial, esterilizada y sujeta a normas, un deseo frenético de hacer polvo alguna cosa, por ejemplo, unos grandes almacenes o una catedral, o a mí mismo, de cometer temerarias idioteces, de arrancar la peluca a un par de ídolos generalmente respetados, de equipar a un par de muchachos rebeldes con el soñado billete para Hamburgo, de seducir a una jovencita o retorcer el pescuezo a varios representantes del orden social burgués. Porque esto es lo que yo más odiaba, detestaba y maldecía principalmente en mi fuero interno: esta autosatisfacción, esta salud y comodidad, este cuidado optimismo del burgués, esta bien alimentada y próspera disciplina de todo lo mediocre, normal y corriente.

En tal disposición de ánimo terminaba yo, al oscurecer, aquel día adocenado y llevadero. No lo terminaba de la manera normal y conveniente para un hombre algo enfermo, entregándome a la cama preparada y provista de una botella de agua caliente a modo de imán; sino que insatisfecho y asqueado por mi poquito de trabajo y descorazonado, me calcé los zapatos, me embutí en el abrigo, dirigiéndome a la calle rodeado de niebla y oscuridad, para beber en la hostería del Casco de Acero lo que los hombres que beben llaman «un vaso de vino«, según un convencionalismo antiguo.

Así bajaba yo, pues, la escalera de mi sotabanco, estas penosas escaleras de la tierra extraña, estas escaleras burguesas, cepilladas y limpias, de una decentísima casa de alquiler para tres familias, junto a cuyo tejado tenía yo mi celda. No sé cómo es esto, pero yo, el lobo estepario sin hogar, el enemigo solitario del mundo de la pequeña burguesía, yo vivo siempre en verdaderas casas burguesas. Esto debe ser un viejo sentimentalismo por mi parte. No vivo en palacios ni en casas de proletarios, sino siempre exclusivamente en estos nidos de la pequeña burguesía, decentísimos, aburridísimos e impecablemente cuidados, donde huele a un poco de trementina y a un poco de jabón y donde uno se asusta, si alguna vez se da un golpazo al cerrar la puerta de la casa o si se entra con los zapatos sucios. Me gusta sin duda esta atmósfera desde los años de mi infancia, y mi secreta nostalgia hacia algo así como un hogar me lleva, sin esperanza, una y otra vez, por estos necios caminos.

Así es, y me gusta también el contraste en el que está mi vida, mi vida solitaria, ajetreada y sin afectos, completamente desordenada, con este ambiente familiar y burgués. Me complace respirar en la escalera este olor de quietud, orden, limpieza, decencia y domesticidad, que a pesar de mi odio a la burguesía tiene siempre algo emotivo para mí, y me complace luego atravesar la puerta de mi cuarto, donde todo esto termina, donde entre los montones de libros me encuentro las colillas de los cigarros y las botellas de vino, donde todo es desorden, abandono e incuria, y donde todo, libros, manuscritos, ideas, está sellado e impregnado por la miseria del solitario, por la problemática de la naturaleza humana, por el vehemente afán de dotar de un nuevo sentido a la vida del hombre que ha perdido el que tenía.

Y entonces pasé junto a la araucaria. En efecto, en el primer piso de esta casa desemboca la escalera en el pequeño vestíbulo de una vivienda, que sin duda es aún más impecable, más limpia y más lustrosa que las demás, pues este modesto vestíbulo reluce por un cuidado sobrehumano, es un brillante y pequeño templo del orden. Sobre el suelo de parqué, que uno no se atreve a pisar, hay dos elegantes taburetes, y sobre cada taburete una gran maceta; en una crece una azalea, en la otra una araucaria bastante magnífica, un árbol infantil sano y recto, de la mayor perfección, y hasta la última hoja acicular de la última rama reluce con la más fresca nitidez. A veces, cuando me creo inobservado, uso este lugar como templo, me siento en un escalón sobre la araucaria, descanso un poco, junto las manos y miro con devoción hacia abajo a este jardín del orden, cuyo aspecto emotivo y ridícula soledad me conmueven el alma de un modo extraño. Detrás de este vestíbulo, por decirlo así, en la sombra sagrada de la araucaria, barrunto una vivienda llena de caoba reluciente, una vida llena de decencia y de salud, de levantarse temprano y cumplimiento del deber, fiestas familiares alegres con moderación, visitas a la iglesia los domingos y acostarse a primera hora.


Con fingida alegría me puse a trotar sobre el asfalto de las calles, húmedo por la niebla. Las luces de los faroles, lacrimosas y empeñadas, miraban a través de la blanda opacidad y absorbían del suelo mojado los difusos reflejos. Mis años olvidados de la juventud se me representaron; cuánto me gustaban entonces aquellas noches turbias y sombrías de fines de otoño y del invierno; cuán ávido y embriagado aspiraba entonces el ambiente de soledad y melancolía, correteando hasta media noche por la naturaleza hostil y sin hojas, embutido en el gabán y bajo lluvia y tormenta, solo ya en aquella época también, pero lleno de profunda complacencia y de versos, que después en mi alcoba escribía a la luz de la vela y sentado sobre el borde de la cama. Ahora ya esto había pasado, este cáliz había sido apurado, y ya no me lo volverían a llenar. ¿Habría que lamentarlo? No. No había que lamentar nada de lo pasado. Era de lamentar lo de ahora, lo de hoy, todas estas horas y días que yo iba perdiendo, que yo en mi soledad iba sufriendo, que ya no traían ni dones agradables ni conmociones profundas. Pero, gracias a Dios, no dejaba también de haber excepciones: a veces, aunque raras, había también horas que traían hondas sacudidas y dones divinos, horas demoledoras, que a mí, extraviado, volvían a transportarme junto al palpitante corazón del mundo. Triste y, sin embargo, estimulado en lo más íntimo, procuré acordarme del último suceso de esta clase. Había sido en un concierto. Tocaban una antigua música magnífica. Entonces, entre dos compases de un pasaje pianístico tocado por oboes, se me había vuelto a abrir de repente la puerta del más allá, había cruzado los cielos y vi a Dios en su tarea, sufrí dolores bienaventurados, y ya no había de oponer resistencia a nada en el mundo, ni de temer en el mundo a nada ya, había de afirmarlo todo y de entregar a todo mi corazón.

No duró mucho tiempo, acaso un cuarto de hora; volvió en sueños aquella noche, y desde entonces, a través de los días de tristeza, surgía radiante alguna que otra vez de un modo furtivo; lo veía a veces cruzar claramente por mi vida durante algunos minutos, como una huella de oro, divina, envuelta casi siempre profundamente en cieno y en polvo, brillar luego otra vez con chispas de oro, pareciendo que no había de perderse ya nunca, y, sin embargo, perdida pronto de nuevo en los profundos abismos. Una vez sucedió por la noche que, estando despierto en la cama, empecé de pronto a recitar versos, versos demasiado bellos, demasiado singulares para que yo hubiera podido pensar en escribirlos, versos que a la mañana siguiente ya no recordaba y que, sin embargo, estaban guardados en mí como la nuez sana y hermosa dentro de una cáscara rugosa y vieja. Otra vez tomó la visión con la lectura de un poeta, con la meditación sobre un pensamiento de Descartes o de Pascal; aún en otra ocasión volvió a surgir, estando un día con mi amada, y a conducirme más adentro en el cielo. ¡Ah, es difícil encontrar esa huella de Dios en medio de esta vida que llevamos, en medio de este siglo tan contestadizo, tan burgués, tan falto de espiritualidad, a la vista de estas arquitecturas, de estos negocios, de esta política, de estos hombres! ¿Cómo no había yo de ser un lobo estepario y un pobre anacoreta en medio de un mundo, ninguno de cuyos fines comparto, ninguno de cuyos placeres me llama la atención? No puedo aguantar mucho tiempo ni en un teatro ni en un cine, apenas puedo leer un periódico, rara vez un libro moderno; no puedo comprender qué clase de placer y de alegría buscan los hombres en los hoteles y en los ferrocarriles totalmente llenos, en los cafés repletos de gente oyendo una música fastidiosa y pesada; en los bares y varietés de las elegantes ciudades lujosas, en las exposiciones universales, en las carreras, en las conferencias para los necesitados de ilustración, en los grandes lugares de deportes; no puedo entender ni compartir todos estos placeres, que a mí me serían desde luego asequibles y por los que tantos millares de personas se afanan y se agitan. Y lo que, por el contrario, me sucede a mí en las raras horas de placer, lo que para mí es delicia, suceso, elevación y éxtasis, eso no lo conoce, ni lo ama, ni lo busca el mundo más que si acaso en las novelas; en la vida, lo considera una locura. Y en efecto, si el mundo tiene razón, si esta música de los cafés, estas diversiones en masa, estos hombres americanos contentos con tan poco tienen razón, entonces soy yo el que no la tiene, entonces es verdad que estoy loco, entonces soy efectivamente el lobo estepario que tantas veces me he llamado, la bestia descarriada en un mundo que le es extraño e incomprensible, que ya no encuentra ni su hogar, ni su ambiente, ni su alimento.

Con estas ideas habituales seguí andando por la calle humedecida, atravesando uno de los más tranquilos y viejos barrios de la ciudad. De pronto vi en la oscuridad, al otro lado de la calle, enfrente de mí, una vieja tapia parda de piedras, que siempre me gustaba mirar; allí estaba siempre, tan vieja y tan despreocupada, entre una iglesia pequeña y un antiguo hospital; de día me gustaba poner los ojos con frecuencia en su tosca superficie. Había pocas superficies tan calladas, tan buenas y tranquilas en el interior de la ciudad, donde, por otra parte, en cada medio metro cuadrado le gritaba a uno a la cara su anuncio una tienda, un abogado, un inventor, un médico, un barbero o un callista. También ahora volví a ver a la vieja tapia gozando tranquila de su paz, y, sin embargo, algo había cambiado en ella; vi una pequeña y linda puerta en medio de la tapia con un arco ojival y me desconcerté, pues no sabía ya en realidad si esta puerta había estado siempre allí, o la habían puesto recientemente. Vieja parecía, sin duda, viejísima; probablemente la pequeña entrada cerrada, con su puerta oscura de madera, había servido de paso hace ya siglos a un soñoliento patio conventual, y todavía hoy servía para lo mismo, aun cuando el convento ya no existiera; y probablemente había visto yo cien veces la puerta, sólo que no me había dado cuenta de ella, quizás estaba recién pintada y por eso me llamaba la atención. Sea como fuere, me quedé parado mirando atentamente hacia aquella acera, sin atravesar, sin embargo; la calle por el centro tenía el piso tan blando y mojado... Me quedé en la otra acera, mirando simplemente hacia aquel lado, era ya de noche, y me pareció que en torno de la puerta había una guirnalda o alguna cosa de colores. Y entonces, al esforzarme por ver con más precisión, distinguí sobre el hueco de la puerta un escudo luminoso, en el que me parecía que había algo escrito. Apliqué con afán los ojos y por fin atravesé la calle, a pesar del lodo y el barro. Entones vi sobre la puerta, en el verde parduzco y viejo de la tapia, un espacio tenuemente iluminado, por el que corrían y desaparecían rápidamente letras movibles de colores, volvían a aparecer y se esfumaban. También han profanado, pensé, esta vieja y buena tapia para un anuncio luminoso. Entretanto, descifré algunas de las palabras fugitivas, eran difíciles de leer y había que adivinarías en parte, las letras aparecían con intervalos desiguales, pálidas y borrosas, y desaparecían inmediatamente.

El hombre que quería hacer su negocio con esto, no era hábil, era un lobo estepario, un pobre diablo. ¿Por qué ponía en juego sus letras aquí, sobre esta tapia, en la calleja más tenebrosa de la ciudad vieja, a esta hora, cuando nadie pasa por aquí, y por qué eran tan fugitivas y ligeras las letras, tan caprichosas y tan ilegibles? Pero... ya lo logré: conseguí atrapar varias palabras, unas detrás de otras, que decían:


Teatro mágico.

Entrada no para cualquiera.

No para cualquiera.
Intenté abrir la puerta, el viejo y pesado picaporte no cedía a ningún esfuerzo. El juego de las letras había terminado, cesó de pronto, tristemente, como consciente de su inutilidad. Retrocedí algunos pasos, me metí en el fango hasta los tobillos, ya no aparecían más letras. El juego se había extinguido. Permanecí mucho rato de pie en el lodo y esperé; en vano.

Luego, cuando ya hube renunciado y estaba otra vez sobre la acera, cayeron por delante de mí un par de letras luminosas de colores sobre el espejo del asfalto. Leí:


¡Sólo... para... lo... cos!
Se me habían mojado los pies, y me estaba helando, pero aún permanecí un gran rato en acecho. Nada más. Mientras estuve allí de pie pensando cómo los bonitos fuegos fatuos de las tenues y pintadas letras habían bailoteado sobre la tapia húmeda y sobre el asfalto negro brillante, se me volvió a ocurrir de repente una fracción de mi anterior pensamiento: la alegría de la huella de oro resplandeciente, que se aleja tan pronto y no puede encontrarse.

Me helaba y seguí andando, soñando con aquella huella, suspirando por la puerta de un teatro mágico, sólo para locos. Entretanto había entrado en el barrio del mercado, donde no faltaban diversiones nocturnas. Cada dos pasos había un anuncio y atraía un cartel: «Orquesta femenina. Varietés. Cine. Dancing.» Pero todo esto no era nada para mí, era para «cualquiera», para normales, como en efecto los veía penetrar en grandes grupos por aquellas puertas. A pesar de todo, mi tristeza estaba un poco aclarada: ¡como que me había tocado un saludo del otro mundo!, un par de letras de colores habían bailado y jugueteado sobre mi alma y habían rozado acordes íntimos, un resplandor de la huella de oro se había hecho otra vez visible.

Busqué la pequeña y antigua taberna, en la que nada había cambiado desde mi primera estancia en esta ciudad hace unos veinticinco años, también la tabernera era todavía la de antes, y algunos de los parroquianos de hoy estuvieron ya entonces sentados aquí, en el mismo sitio, ante los mismos vasos. Entré en el modesto cafetín, aquí podía uno refugiarse. Ciertamente que era sólo un refugio como, por ejemplo, el de la escalera junto a la araucaria; aquí tampoco encontraba yo hogar ni comunidad, sólo hallaba un lugar de observación, ante un escenario, en el cual gente extraña representaba extrañas comedias; pero al menos este lugar apacible tenía en sí algo de valor: no había muchedumbre, ni gritería, ni música, solamente un par de ciudadanos tranquilos ante mesas de madera sin tapete (¡ni mármoles, ni porcelana, ni peluche, ni latón dorado!), y ante cada uno, un buen vaso, un buen vino fuerte. Quizás este par de parroquianos, a todos los cuales conocía yo de vista, eran verdaderos filisteos y tenían en sus casas, en sus viviendas de filisteos, pobres altares domésticos con ídolos de buen conformar; quizá también eran mozos solitarios y descarrilados como yo, tranquilos y meditabundos bebedores, de quebrados ideales, lobos de la estepa y pobres diablos ellos también; yo no lo sabía. De cada uno de ellos tiraba hacia aquí una nostalgia, un desengaño, una necesidad de compensación; el casado buscaba la atmósfera de su época de soltero, el viejo funcionario, la reminiscencia de sus años de estudiante; todos ellos eran bastante taciturnos, y todos eran bebedores y preferían, lo mismo que yo, estar aquí sentados ante medio litro de vino de Alsacia a oír una orquesta de señoritas. Aquí atraqué, aquí se podía aguantar una hora, acaso dos. Apenas hube tomado un trago del Alsacia, cuando noté que hoy no había comido nada fuera del desayuno.

Es maravilloso todo lo que el hombre puede tragar. Durante unos buenos diez minutos estuve leyendo un periódico, dejando entrar por los ojos el espíritu de un individuo irresponsable, que rumia y mastica las palabras de otro, pero las devuelve sin digerir. Esto ingerí, toda una columna entera. Y luego devoré un buen trozo de hígado, recortado del cuerpo de una ternera sacrificada. ¡Maravilloso! Lo mejor era el alsaciano. No me gustan los vinos de fuerza, fogosos, por lo menos no son para todos los días, vinos que atraen con fuertes encantos y tienen sabores famosos y especiales. Prefiero generalmente vinos de la tierra muy puros, ligeros, modestos, sin nombre especial; se puede tolerar mucho de estos vinos, y tienen un sabor tan bueno y agradable, a campo, a tierra, a cielo y a bosque. Un vaso de vino de Alsacia y un trozo de buen pan, esa es la mejor de todas las 'comidas. Ahora ya tenía yo dentro una porción de hígado, goce especialísimo para mí, que rara vez como carne, y tenía delante el segundo vaso. También esto era maravilloso, que en verdes valles de alguna parte buena gente vigorosa cultivara vides y se sacara vino, para que acá y allá por todo el mundo, lejos de ellos, algunos ciudadanos desengañados y que empinan el codo calladamente, algunos incorregibles lobos esteparios pudieran extraer a sus vasos un poco de confianza y de alegría.

Y por mí, ¡que siga siendo tan maravilloso! Estaba bien, entonaba, volvía el buen humor. A propósito de la ensalada de palabras del artículo del periódico, me salió tardía una carcajada liberadora, y repentinamente volví a acordarme de la olvidada melodía de aquellos dulces compases de oboes: como una pequeña y reluciente pompa de jabón la sentí ascender dentro de mí, brillar, reflejar policromo y pequeño el mundo entero y romperse de nuevo suavemente. Si había sido posible que esta pequeña melodía celestial echara misteriosamente raíces en mi alma y un día dentro de mí hiciera brotar su encantadora flor con todos los bellos matices, ¿podía estar yo irremisiblemente perdido? Y aunque yo fuera una bestia descarriada, incapaz de comprender al mundo que la rodea, no dejaba de haber un sentido en mi vida insensata, algo dentro de mí respondía, era receptor de llamadas de lejanos mundos superiores, en mi cerebro se habían animado mil imágenes:

Coros de ángeles de Giotto, de una pequeña bóveda azul en una iglesia de Padua, y junto a ellos iban Hamlet y Ofelia coronada de flores, bellas alegorías de toda la tristeza y de toda incomprensión en el mundo; allí estaba en el globo ardiendo el aeronauta Gianozzo y tocaba la trompeta; Atila Schmelzle llevaba en la mano su sombrero nuevo; el Borobudur hacía saltar su montaña de esculturas. Y aun cuando todas estas bellas figuras vivieran también en otros mil corazones, todavía quedaban otras diez mil imágenes y melodías desconocidas, para las cuales sólo dentro de mí había un asilo, unos ojos que las vieran, unos oídos que las escucharan. La vieja tapia del hospital con el viejo color verde pardo, sucia y ruinosa, en cuyas grietas y ruinas podía uno imaginarse cientos de frescos, ¿quién se ponía a tono con ella, quién se adentraba en su espíritu, quién la amaba, quién percibía el encanto de sus colores en dulce agonía? Los viejos libros de los monjes, con las miniaturas tenuemente brillantes, y los libros olvidados por su pueblo de los poetas alemanes de hace doscientos y de hace cien años, todos los tomos manoseados y carcomidos por la humedad, y los impresos y manuscritos de los músicos antiguos, las tiesas y amarillentas hojas de notas con fosilizados sueños de armonías, ¿quién escuchaba sus voces espirituales, picarescas y nostálgicas, quién llevaba el corazón lleno de su espíritu y de su encanto a través de una edad tan diferente y tan lejana a ellos? ¿Quién se acordaba ya de aquel pequeño y duro ciprés en lo más alto de la montaña sobre Gubbio, tronchado y partido por una roca desprendida y aferrado, sin embargo, a vivir, hasta el punto de echar una nueva copa modesta y fragante? ¿Quién hacía justicia a la cuidadosa señora del primer piso y a su reluciente araucaria? ¿Quién leía de noche sobre las aguas del Rin las escrituras que dejaban trazadas en el cielo las nubes viajeras? Era el lobo estepario. ¿Y quién buscaba entre los escombros de la propia vida el sentido que se había llevado el viento, quién sufría lo aparentemente absurdo y vivía lo aparentemente loco y esperaba secretamente aún en el último caos errante la revelación y proximidad de Dios?

Aparté mi vaso, que la tabernera quería volver a llenarme, y me levanté. Ya no necesitaba más vino. La huella de oro había relampagueado, me había hecho recordar lo eterno, a Mozart y a las estrellas. Podía volver a respirar una hora, podía vivir, podía existir, no necesitaba sufrir tormentos, ni tener miedo, ni avergonzarme.

La finísima y tenue lluvia impulsada por el viento frío tremaba en torno a los faroles y brillaba con helado centelleo, cuando salí a la calle desierta ya. ¿Adónde ahora? Si hubiese dispuesto en aquel momento de una varita de virtud, se me hubiera presentado al punto un pequeño y lindo salón estilo Luis XVI, en donde un par de buenos músicos me hubiesen tocado dos o tres piezas de Hándel y de Mozart. Para una cosa así tenía mi espíritu dispuesto en aquel instante, y me hubiera sorbido la música noble y serena, como los dioses beben el néctar. Oh, ¡si yo hubiese tenido ahora un amigo, un amigo en una bohardilla cualquiera, ocupado en cualquier cosa a la luz de una bujía y con un violín por allí en cualquier lado! ¡Cómo me hubiese deslizado hasta su callado refugio nocturno, hubiera trepado sin hacer ruido por las revueltas de la escalera y lo hubiera sorprendido, celebrando en su compañía con el diálogo y la música dos horas celestiales aquella noche! Con frecuencia había gustado esta felicidad antiguamente, en años pasados ya, pero también esto se me había alejado con el tiempo y estaba privado de ello; años marchitos se habían interpuesto entre aquello y esto.

Lentamente emprendí el camino hacia mi casa, me levanté el cuello del gabán y apoyé el bastón en el suelo mojado. Aun cuando quisiera recorrer el camino muy despacio, pronto me hallaría sentado otra vez en mi sotabanco, en mi pequeña ficción de hogar, que no era de mi gusto, pero de la cual no podía prescindir, pues para mí había pasado ya el tiempo en que pudiera andar ambulando al aire libre toda una madrugada lluviosa de invierno. Ea, ¡en el nombre de Dios! Yo no quería estropearme el buen humor de la noche, ni con la lluvia, ni con la gota, ni con la araucaria; y aunque no podía contar con una orquesta de cámara y aunque no pudiera encontrarse un amigo solitario con un violín, aquella linda melodía seguía, sin embargo, en mi interior, y yo mismo podía tarareármela con toda claridad cantándola por lo bajo en rítmicas inspiraciones. No, también se las podía uno arreglar sin música de salón y sin el amigo, y era ridículo consumirse en impotentes afanes sociales. Soledad era independencia, yo me la había deseado y la había conseguido al cabo de largos años. Era fría, es cierto, pero también era tranquila, maravillosamente tranquila y grande, como el tranquilo espacio frío en que se mueven las estrellas.

De un salón de baile por el que pasé, salió a mi encuentro una violenta música de jazz, ruda y cálida como el vaho de carne cruda. Me quedé parado un instante: siempre tuvo esta clase de música, aunque la execraba tanto, un secreto atractivo para mí. El jazz me producía aversión, pero me era diez veces preferible a toda la música académica de hoy, llegaba con su rudo y alegre salvajismo también hondamente hasta el mundo de mis instintos, y respiraba una honrada e ingenua sensualidad.

Estuve un rato olfateando, aspirando por la nariz esta música chillona y sangrienta; venteé, con envidia y perversidad, la atmósfera de estas salas. Una mitad de esta música, la lírica, era pegajosa, súper azucarada y goteaba sentimentalismo; la otra mitad era salvaje, caprichosa y enérgica, y, sin embargo, ambas mitades marchaban juntas ingenua y pacíficamente y formaban un todo. Era música decadentista. En la Roma de los últimos emperadores tuvo que haber música parecida. Naturalmente que comparada con Bach y con Mozart y con música verdadera, era una porquería..., pero esto mismo era todo nuestro arte, todo nuestro pensamiento, toda nuestra aparente cultura, si la comparamos con cultura auténtica. Y esta música tenía la ventaja de una gran sinceridad, de un negrismo innegable evidente y de un humorismo alegre e infantil. Tenía algo de los negros y algo del americano, que a nosotros los europeos, dentro de toda su pujanza, se nos antoja tan infantilmente nuevo y tan aniñado. ¿Llegaría también Europa a ser así? ¿Estaba ya en camino de ello? ¿Erramos nosotros, los viejos conocedores del mundo antiguo, de la antigua música verdadera, de la antigua poesía legítima, éramos nosotros únicamente una exigua y necia minoría de complicados neuróticos, que mañana seríamos olvidados y puestos en ridículo? Lo que nosotros llamábamos «cultura», espíritu, alma, lo que teníamos por bello y por sagrado, ¿era todo un fantasma no más, muerto hace tiempo y tenido por auténtico y vivo todavía solamente por un par de locos como nosotros? ¿Acaso no habría sido auténtico nunca, ni habría estado vivo jamás? ¿Habría podido ser siempre una quimera y sólo una quimera eso por lo que tanto nos afanamos nosotros los locos?

El viejo barrio de la ciudad me acogió. Esfumada e irreal, allí estaba la pequeña iglesia, envuelta en tonalidad gris. De pronto se me representó de nuevo el suceso de la tarde, con la enigmática puerta de arco ojival, con la enigmática placa encima, con las letras luminosas bailoteando burlescamente. ¿Qué decían sus inscripciones? «Entrada no para cualquiera» y «Sólo para locos». Examiné con la mirada la vieja tapia de la otra acera, deseando íntimamente que el encanto volviese a empezar y la inscripción me invitara de nuevo a mí, loco, y la pequeña puerta me dejara pasar. Allí quizás estuviera lo que yo anhelaba, allí tal vez tocaran música.

Tranquila me miraba la oscura pared de piedra, envuelta en niebla profunda, hermética, hondamente abismada en su sueño. Y en ninguna parte había una puerta, en parte alguna un arco ojival, sólo la tapia oscura, callada, sin paso. Sonriente, seguí mi camino, saludé amable con la cabeza al tapial: «Buenas noches, tapia; yo no te despierto. El tiempo vendrá en que te derribarán, te llenarán de codiciosos anuncios comerciales, pero entretanto aún estás ahí, aún eres bella y callada y me gustas.»

Surgiendo ante mí de una oscura bocacalle, me asustó un individuo, un solitario que se recogía tarde, con paso cansino, vestido de blusa azul y con una gorra en la cabeza; sobre los hombros llevaba un palo con un anuncio y delante del vientre, sujeto por una correa, un cajón abierto, como suelen llevarlos los vendedores en las ferias. Lentamente iba caminando delante de mí. No se volvió a mirarme; si no, lo hubiera saludado y le hubiese dado un cigarro. A la luz del primer farol intenté leer su estandarte, su anuncio rojo pendiente del palo, pero iba oscilando, no podía descifrarse nada. Entonces lo llamé y le rogué que me enseñara el anuncio. Se quedó parado y sostuvo el asta un poco más derecha; en aquel momento pude leer letras vacilantes e inseguras:


VELADA ANARQUISTA

TEATRO MÁGICO

ENTRADA NO PARA CUAL...
­–He estado buscándole ­ grité radiante­. ¿Qué es esa velada? ¿Dónde? ¿Cuándo es?
Él volvió a su camino: ­ No es para cualquiera ­dijo indiferente, con voz de sueño, y apretó el paso.

Ya iba cansado, y quería llegar cuanto antes a su casa.

­Espere ­le grité, corriendo tras él­. ¿Qué lleva usted en el cajón? Le compraré algo.

Sin pararse, metió mano el hombre en su cajón; mecánicamente, sacó un pequeño folleto y me lo alargó. Lo cogí en seguida y me lo guardé. Mientras me desabrochaba el abrigo, para sacar dinero, torció él por una puerta cochera, cerró la puerta tras de sí y desapareció. En el patio aún resonaron sus pesados pasos, primero sobre losas de piedra, después subiendo una escalera de madera, luego ya no oí nada más. Y de pronto también yo me encontré muy cansado y tuve la sensación de que era muy tarde y de que estaría bien llegar a casa. Corrí más de prisa, y atravesando la dormida calleja del suburbio llegué a mi barrio de las antiguas murallas, donde viven los empleados y los pequeños rentistas en casas de alquiler modestas y limpias, tras de un poco de césped y de hiedra. Pasando por la hiedra, por el césped, por el pequeño abeto, alcancé la puerta de mi casa, di con la cerradura, hallé la llave de la luz, me deslicé junto a las puertas de cristales, pasé por los armarios barnizados y junto a las macetas, abrí mi cuarto, mi pequeña apariencia de hogar, donde me esperan el sillón y la estufa, el tintero y la caja de pinturas, Novalis y Dostoiewski, igual que los otros, a los hombres verdaderos, cuando vuelven a sus casas, los esperan la madre o la mujer, los hijos, las criadas, los perros y los gatos.

Cuando me quité el abrigo mojado, volví a tocar el pequeño opúsculo. Lo saqué, era un librillo mal impreso, en papel malo, como aquellos cuadernos El hombre que había nacido en enero o Arte de hacerse en ocho días veinte años más joven.

Pero cuando me hube acomodado en la butaca y me puse las gafas de leer, vi, con asombro y con la impresión de que de pronto se me abría de par en par la puerta del destino, el título en la cubierta de este folleto de feria: Tractat del lobo estepario. No para cualquiera.



Y lo que sigue era el contenido del escrito, que yo leí de un tirón, con tensión siempre creciente.



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