El libro del niño



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OSHO
EL LIBRO DEL



niño
Una visión revolucionaria

de la educación infantil


Sumario


Las cualidades del niño 3

Embarazo, nacimiento, infancia 9

Condicionamiento 18

Educando al nuevo niño 25

Consejos a los padres 38

Adolescentes 48

Educación 58

Reconciliación con los padres 75

Meditación 81

Meditaciones 85

El Paraíso recuperado 90

Acerca de Osho 93

Las cualidades del niño




LA EXPERIENCIA del niño obsesiona durante toda su vida a la gen­te inteligente. La quieren repetir: la misma inocencia, el mis­mo asombro, la misma belleza. Ahora es un eco lejano; parece como si la hubiese visto en un sueño.

Pero toda la religión nace de la cautivadora experiencia de la in­fancia, del asombro, de la verdad, de la belleza y de la hermosa dan­za de la vida en todas las cosas. Los cantos de los pájaros, los colo­res del arco iris, la fragancia de las flores recuerdan al niño, que ha perdido el Paraíso, en lo más profundo de su ser.

No es una coincidencia que todas las religiones del mundo ten­gan en sus parábolas la idea de que una vez el hombre vivió en el Paraíso y de alguna manera, por alguna razón, fue expulsado de él. Hay diferentes historias, diferentes parábolas, pero significando una verdad sencilla: estas historias son sólo un modo poético de decir que todo hombre nace en el Paraíso y después lo pierde. Los retrasados, los poco inteligentes, lo olvidan por completo.

Pero las personas inteligentes, sensibles, creativas, siguen es­tando obsesionadas por el Paraíso que una vez conocieron y que ahora permanece en ellas como una tenue memoria, difícil de creer. Empiezan a buscarlo de nuevo.

La búsqueda del Paraíso es nuevamente la búsqueda de tu in­fancia. Por supuesto, tu cuerpo no será ya el de un niño, pero tu conciencia puede ser tan pura como la de un niño. Este es el se­creto del camino místico: hacerte de nuevo un niño inocente, sin contaminar por los conocimientos, sin saber nada, todavía cons­ciente de todo lo que te rodea, con un profundo asombro y sentido del misterio que no puede ser desmitificado.

Alegría
Nadie permite a sus hijos bailar, cantar, gritar y saltar. Por ra­zones triviales ‑quizá pueden romper algo, quizá se les moje la ropa con la lluvia si corren en el exterior‑, por pequeñas cosas se destruye por completo una gran cualidad espiritual: la alegría.

El niño obediente es elogiado por sus padres, por sus profesores, por todo el mundo, y el niño juguetón es censurado. Sus ganas de jugar podrían ser totalmente inofensivas, pero es censurado porque existe un peligro potencial de rebelión. Si el niño continúa crecien­do con total libertad para ser juguetón, acabará siendo un rebelde. No será fácilmente esclavizado; no le podrán reclutar fácilmente en un ejército para destruir gente, o para que le destruyan.

El niño rebelde se convertirá en un joven rebelde. Entonces no podrás obligarle a que se case; no podrás obligarle a aceptar un de­terminado empleo; no se le podrá obligar a satisfacer los deseos in­completos y los anhelos de sus padres. La juventud rebelde segui­rá su propio camino. Vivirá su propia vida de acuerdo con sus deseos más íntimos, no de acuerdo con los ideales de otra persona.

Por todas estas razones, se sofoca su capacidad de jugar, se la aplasta desde el principio. Nunca se le da una oportunidad a tu natu­raleza. Poco a poco empiezas a cargar con un niño muerto en tu in­terior. Este niño muerto en tu interior destruye tu sentido del humor: no puedes reírte totalmente, con todo tu corazón, no puedes ju­gar, no puedes disfrutar de las cosas pequeñas de la vida. Te vuelves tan serio que tu vida, en vez de expandirse, comienza a encogerse.

La vida debe ser, en cada momento, una creatividad preciosa. No importa lo que crees, podrían ser sólo castillos en la arena, pero todo lo que haces debería salir de tu capacidad de jugar y de tu alegría.
Inteligencia
La inteligencia no es algo adquirido, es inherente, es de naci­miento, es intrínseca a la vida misma. No sólo los niños son inteligentes, los animales a su manera son inteligentes, los árboles a su manera son inteligentes. Por supuesto, todos ellos tienen diferentes tipos de inteligencia porque sus necesidades difieren, pero ahora es un hecho aceptado que todo lo que vive es inteligente. La vida no pue­de existir sin inteligencia; estar vivo y ser inteligente son sinónimos.

Pero el hombre es un dilema por la sencilla razón de que él no sólo es inteligente, además es consciente de su inteligencia. Esto es algo único, es su privilegio, su prerrogativa, su gloria, pero puede convertirse fácilmente en su agonía. El hombre es consciente de que es inteligente; esta conciencia conlleva sus propios problemas. El primer problema es que crea el ego.

El ego no existe en ningún otro lugar excepto en los seres hu­manos, y comienza a crecer cuando el niño comienza a crecer. Los padres, las escuelas, los colegios, la universidad, todos ayudan a re­forzar el ego por la sencilla razón de que durante siglos el hombre ha tenido que luchar para sobrevivir, y la idea se ha convertido en una fijación, en un profundo condicionamiento inconsciente: sólo los egos fuertes pueden sobrevivir en la lucha por la vida. La vida se ha convertido sólo en una lucha por sobrevivir. Y los científicos lo han hecho incluso más convincente con la ley del más fuerte. Por eso ayudamos a todos los niños a reforzar el ego, y es ahí don­de surge el problema.

A medida que el ego se va haciendo más fuerte, comienza a ro­dear a la inteligencia como si fuese una espesa capa de oscuridad. La inteligencia es luz, el ego es oscuridad. La inteligencia es muy delicada, el ego es muy duro. La inteligencia es como una rosa, el ego es como una roca. Y si quieres sobrevivir, dicen ‑los supuestos sabios‑ que tienes que volverte como una roca, tienes que ser fuer­te, invulnerable. Tienes que convertirte en una fortaleza, una for­taleza cerrada, para que no puedas ser atacado desde el exterior. Tienes que hacerte impenetrable.

Pero entonces te cierras. Empiezas a morir en cuanto a tu inte­ligencia se refiere, porque la inteligencia necesita un cielo abierto, el viento, el aire, el sol para poder crecer, para expandirse, para fluir. Para seguir viva necesita fluir constantemente; si se estanca, se convierte poco a poco en un fenómeno muerto.

No permitimos a los niños que sigan siendo inteligentes. Lo pri­mero es que, si son inteligentes, serán vulnerables, delicados, abiertos. Si son inteligentes serán capaces de ver las muchas false­dades que hay en la sociedad, en el Estado, en la Iglesia, en el sistema educativo. Se convertirán en rebeldes. Serán individuos; no serán fácilmente intimidados. Los puedes aplastar pero no los pue­des esclavizar. Los puedes destruir pero no puedes obligarles a ce­der. En un sentido, la inteligencia es algo muy suave, como una rosa; en otro, tiene su propia fuerza. Pero esta fuerza es sutil, no es grosera. Esta fuerza es la fuerza de la rebelión, la de una actitud in­sobornable. Uno no está dispuesto a vender su alma.

Observa a los niños pequeños y entonces no me preguntarás; verás su inteligencia. Sí, no son eruditos. Si pretendes que sean eruditos, es que no piensas que sean inteligentes. Si les haces pre­guntas que dependen de la información, no te parecerán inteli­gentes. Pero hazles preguntas reales que no tengan nada que ver con la información, que necesiten una respuesta inmediata, y ve­rás: son más inteligentes que tú. Por supuesto, tu ego no te per­mitirá aceptarlo, pero si consigues aceptarlo te ayudará muchísi­mo. Te ayudará a ti, ayudará a tus niños, porque si eres capaz de ver su inteligencia, podrás aprender mucho de ellos.

Aunque la sociedad destruye tu inteligencia, no puede destruir­la totalmente; sólo la cubre con muchas capas de información.

Y esta es toda la función de la meditación: llevarte hacia dentro profundamente. Es un método para profundizar en tu propio ser hasta llegar al punto donde se encuentran las aguas vivas de tu in­teligencia, hasta que descubras la fuente de tu propia inteligencia. Sólo cuando hayas vuelto a descubrir a tu niño entenderás lo que quiero decir cuando enfatizo una y otra vez acerca de que los niños son realmente inteligentes.
La madre estaba preparando a Pedrito para ir a una fiesta. Cuando acabó de peinarle y colocarle el cuello de la camisa le dijo:

‑¡Ahora vete, hijo! Diviértete... ¡ y pórtate bien!

‑¡Por favor, mamá! ‑dijo Pedro‑. ¡Antes de que me vaya decíde­te por una de las dos!
¿Entiendes de qué estoy hablando? La madre estaba diciendo: «Diviértete... y pórtate bien.» Pero las dos cosas no pueden su­ceder a la vez. Y la respuesta del niño tiene un valor inmenso. Dice: «Por favor, antes de que me vaya decídete por una de las dos. Si dejas que me divierta, entonces no puedo comportarme; si quieres que me comporte, entonces no puedo divertirme.» El niño puede ver la contradicción claramente, que podría no ser tan evidente para su madre.
Un transeúnte le preguntó a un niño:

‑Hijo, ¿puedes decirme qué hora es?

‑Sí, por supuesto ‑respondió el niño‑, pero ¿para qué necesita saberla? ¡Está cambiando todo el rato!
Delante de la escuela colocaron una nueva señal de tráfico. De­cía: «Conduzca despacio. ¡No mate un estudiante!»

Al día siguiente apareció, debajo de la señal, una frase garaba­teada con letra de niño que decía: «¡Espere al profesor!»


El pequeño Pedrito regresa de la escuela con una gran sonrisa dibujada en la cara.

‑Bueno, cariño, pareces muy contento. ¿Verdad que te gusta la escuela?

-No seas tonta, mamá ‑responde el niño‑. ¡No se debe confun­dir el ir con el volver!
Mientras va andando lentamente hacia la escuela, el niño reza:

‑Amado Dios, por favor no dejes que llegue tarde a la escuela. Te lo ruego, Dios mío, haz que llegue a tiempo...

En ese mismo momento pisa una piel de plátano y resbala unos metros en el camino. Mientras se levanta, mira irritado hacia el cielo y dice:

‑¡Vale, vale, Dios! ¡No hace falta que empujes!


La joven profesora escribió en la pizarra:

‑No me he divertio en todo el verano.

Entonces preguntó a los niños:

‑¿Qué está equivocado en esta frase y qué debo hacer para co­rregirlo?

Ernestito gritó desde atrás:

‑Échate un novio.


Un niño pequeño estaba haciendo un test con un psicólogo:

‑¿Qué quieres ser de mayor? ‑preguntó el psicólogo.

‑Quiero ser médico, pintor o ¡limpiacristales! ‑responde el niño.

Confundido, el psicólogo le preguntó:

‑Pero.... no lo tienes demasiado claro, ¿no?

‑¿Por qué no? Lo tengo muy claro. ¡Quiero ver mujeres desnudas!


El padre le estaba contando historias a sus hijos en el comedor después de cenar:

‑Mi bisabuelo luchó en la guerra contra Rosas, mi tío luchó en la guerra contra el Káiser, mi abuelo luchó en la guerra de España contra los republicanos y mi padre luchó en la segunda guerra mundial contra los alemanes.


A lo que el más pequeño respondió:

‑¡Mierda! ¿Qué le pasa a esta familia? ¡No se lleva bien con nadie!


Inocencia
Los niños pequeños son inocentes; pero no se lo han ganado, es natural. En realidad son ignorantes, pero su ignorancia es mejor que la supuesta cultura, porque la persona culta está simplemente ocultando su ignorancia con palabras, teorías, ideologías, filoso­fías, dogmas y credos. Está tratando de ocultar su ignorancia, pero con sólo rascar un poco no encontrarás en su interior sino oscuri­dad, no encontrarás sino ignorancia.
Los niños están en mucho mejor situación que las personas cul­tas porque son capaces de ver. A pesar de ser ignorantes, son es­pontáneos, tienen atisbos de inmenso valor.

Un niño pequeño, al que le había entrado el hipo, gritó:

‑Mamá, ¡estoy tosiendo del revés!
Una madre muy parlanchina llevó a su hijo a la consulta del psi­quiatra para que lo examinara. El psiquiatra examinó al pequeño y le sorprendió que no prestara ninguna atención a sus preguntas.

-¿Tienes algún problema oyendo? ‑le preguntó el psiquiatra.

‑No ‑contestó el niño‑. Tengo problemas escuchando.
¿Entiendes lo que está diciendo? Escuchar y oír son dos cosas totalmente diferentes. El niño había dicho: ‑No tengo problemas oyendo, pero escuchar me cansa. Uno tiene que oír (la cotorra de la madre está ahí), pero tengo problemas escuchando. No puedo prestar atención. ‑La madre y su manera de cotorrear han destrui­do algo de gran valor en el niño: su capacidad de atención. Está completamente aburrido.
El profesor de segundo grado envió a la pizarra a los niños para resolver problemas aritméticos.

Uno de los niños dijo:

‑Me se ha acabado la tiza.

‑Eso no es correcto ‑respondió el profesor‑. El modo correcto es: «Se me ha acabado la tiza, se te ha acabado la tiza, se nos ha acabado la tiza, se les ha acabado la tiza.» ¿Entiendes ahora?

‑No ‑dijo el niño, ¿Qué ha pasado con toda la tiza?
El reloj acababa de dar las tres de la madrugada cuando la hija adolescente del sacerdote regresó del baile. El sacerdote y su espo­sa habían estado esperando a la muchacha levantados, y cuando apareció por la puerta éste le dijo con desprecio:

‑Buenos días, hija del demonio.

Hablando suavemente, como debería hacerlo cualquier mucha­cha, ésta respondió:
‑Buenos días, padre.
El profesor estaba tratando de enseñar a restar.

‑Ahora, Hugo ‑dijo‑, si tu padre ganase 30.000 pesetas a la se­mana y le descontaran 1.000 pesetas del seguro, 2.000 de la Segu­ridad Social y 5.000 de impuestos, y entonces le diera a tu madre la mitad, ¿qué tendrá ella?

‑¡Un ataque al corazón! ‑dijo el niño.
La cena había terminado. El padre y su hijo de nueve años es­taban en la sala de estar mirando la televisión. La madre y la hija estaban en la cocina lavando los platos sucios de la cena. De re­pente, el padre y el hijo escucharon un tremendo sonido al rom­perse algo en la cocina. Esperaron un momento sobresaltados pero no escucharon ni un ruido.

‑Ha sido mamá la que ha roto el plato ‑dijo el niño.

‑¿Cómo lo sabes? ‑preguntó su padre.

‑Porque ‑respondió el hijo‑ ¡no ha dicho nada!


Desde la cocina llegó el sonido del estruendo de un vaso roto o una porcelana rota.

‑¡Guillermito! ‑gritó su madre desde la sala‑. ¿Qué demonios estás haciendo en la cocina?

‑Nada ‑dijo Guillermito‑. ¡Ya he terminado!
Un vendedor que había estado trabajando en el área de Nueva Inglaterra iba a ser trasladado a California. El traslado había sido el principal tema de conversación en su casa durante semanas. La no­che anterior al gran traslado, su hija de cinco años se puso a rezar sus oraciones y dijo:

‑Y ahora, Dios, me tendré que despedir para siempre porque ¡mañana nos vamos a California!


,¡Cómo conseguiste de niño mantener tu propia clari­dad y no dejarte intimidar por los adultos que te ro­deaban.1 ¿De dónde sacaste la valentía necesaria?
La inocencia es valentía y claridad a la vez. No necesitas tener valentía si eres inocente. Tampoco necesitas claridad porque no hay nada más claro, más transparente, que la inocencia. Por lo tan­to, la cuestión consiste en cómo proteger la propia inocencia. La inocencia no es algo que se pueda conseguir. No es algo que tenga que aprenderse. No es algo como un talento: la pintura, la música, la poesía, la escultura. No es como ese tipo de cosas. Es más pare­cido a respirar, algo con lo que naces.

La inocencia está en la naturaleza de todo el mundo. Todo el mundo nace inocente. ¿Cómo puede uno nacer sin ser inocente? Nacer significa que uno ha entrado en el mundo como una tabula rasa, sin nada escrito. Sólo tienes futuro, no tienes pasado. Este es el significado de la inocencia. Por eso trata primero de entender to­dos los significados de la inocencia.

El primero es: no hay pasado, sólo hay futuro. Llegas al mundo como un observador inocente. Todo el mundo llega de la misma manera, con la misma cualidad de conciencia.

La pregunta es: ¿cómo me las he arreglado para que nadie pu­diera corromper mi inocencia, mi claridad?; ¿de dónde saqué el coraje?; ¿cómo conseguí no ser humillado por los adultos y su mundo?

No he hecho nada, o sea que no se trata del cómo. Sencillamen­te sucedió, de modo que no puedo atribuírmelo.

Quizá esto es algo que le sucede a todo el mundo, pero comien­zas a interesarte por otras cosas. Empiezas a negociar con el mun­do de los adultos. Tienen muchas cosas que ofrecerte; tú sólo tie­nes una, y es tu integridad, tu dignidad. No tienes demasiado, sólo una cosa; puedes llamarlo como quieras: inocencia, inteligencia, autenticidad. Sólo tienes eso.

Y el niño está naturalmente muy interesado en todo lo que ve a su alrededor. Continuamente queriendo tener esto, tener aquello; es parte de la naturaleza humana. Si te fijas en un niño pequeño, incluso en un recién nacido, puedes ver que ha empezado a buscar a tientas; sus manos están tratando de encontrar algo. Ha iniciado el viaje.

En el viaje se perderá, porque en este mundo no puedes conse­guir nada sin pagar por ello. Y el pobre niño no puede entender que lo que está entregando es tan valioso que, aunque todo el mundo estuviese de un lado y su integridad del otro lado, su integridad se­guiría teniendo más peso, más valor. No tiene manera de saberlo. Este es el problema, porque el niño tiene sencillamente lo que tie­ne. Lo da por hecho.

Me estás preguntando cómo me las arreglé para no perder mi inocencia y mi claridad. No he hecho nada; simplemente, desde el principio... era un niño solitario porque fui criado por mis abuelos maternos; no estaba con mis padres. Estos dos ancianos estaban solos y querían un niño que fuera la alegría de sus últimos días. Por eso mis padres accedieron: yo era el hijo mayor, el primogéni­to, y me enviaron con aquellos.

Durante los primeros años de mi infancia no recuerdo haber guardado ninguna relación con la familia de mi padre. Sólo me re­lacionaba con esos dos hombres ‑mi abuelo y su criado, que era un hombre muy hermoso‑ y con mi anciana abuela..., con esas tres personas. Y la distancia era tan grande... que estaba completamen­te solo. No eran una compañía, no podían hacerme compañía. Se esforzaban todo lo que podían en ser amistosos conmigo, pero era sencillamente imposible.

Me dejaron solo. No les podía contar nada. No tenía a nadie más, porque en ese pueblecito mi familia era la más rica, y era un pue­blo tan pequeño ‑en total no había más de doscientas personas‑ y tan pobre que mis abuelos no dejaban que me mezclara con los ni­ños del pueblo. Estaban sucios y, por supuesto, eran casi pordiose­ros. De modo que no había manera de tener amigos. Esto me cau­só un gran impacto. En toda mi vida nunca he sido amigo nadie, y nadie ha sido amigo mío. Sí.... he tenido conocidos.

En esos primeros años estaba tan solo que comencé a disfrutar­lo; y realmente es una alegría. De modo que, para mí, aquel hecho no fue una maldición, sino que demostró ser una bendición. Empecé a disfrutarlo y a sentirme autosuficiente; no dependía de nadie.

Nunca me han interesado los juegos por la sencilla razón de que­ desde mi infancia no había manera de jugar, no tenía con quien jugar. Todavía me puedo ver en esos primeros años, simplemente sentado.

Nuestra casa se encontraba en un hermoso lugar que teníamos justo enfrente de un lago. A lo lejos, kilómetros y kilómetros de lago.... era tan hermoso y tan silencioso. La paz sólo se alteraba de vez en cuando, al ver una fila de grullas blancas volando o lanzan­do llamadas de amor; de lo contrario, era exactamente el lugar ideal para la meditación. Y cuando una llamada de amor de un pájaro al­teraba la paz..., después de su llamada la paz se ahondaba, se hacía más profunda.

El lago estaba lleno de flores de loto, y me solía sentar durante horas por allí muy a gusto, como si el mundo no tuviera impor­tancia: las flores de loto, las grullas blancas, el silencio...

Y mis abuelos eran muy conscientes de una cosa: que yo disfru­taba de mi soledad. Habían estado observando continuamente que no tenía ningún deseo de ir al pueblo a encontrarme con nadie, o de hablar con alguien. Incluso si querían hablar, mis respuestas eran sí o no; tampoco tenía interés en hablar. Por eso se dieron cuenta de una cosa, que disfrutaba de mi soledad y que era una obligación sagrada el no molestarme.

Sueles decir a los niños:

‑Estate en silencio porque tu padre está pensando, o tu abuelo está descansando. Estate quieto, siéntate en silencio.

En mi infancia sucedió lo contrario. En este momento no puedo contestar ni por qué y ni cómo; ocurría. Por eso digo que sencillamente ocurría, no me puedo atribuir el mérito de la si­tuación.

Estas tres personas mayores estaban continuamente haciéndose señas unos a otros:

‑No le molestes; lo está pasando muy bien. ‑Y empezaron a amar mi silencio.

El silencio tiene su vibración, es contagioso particularmente el silencio de un niño cuando no es impuesto, cuando no se debe a que le estés diciendo: ‑Te pegaré si molestas o haces ruido. ‑No, eso no es silencio. Eso no creará la vibración de alegría de la que estoy hablando; cuando un niño está en silencio espontáneamente, disfrutando sin motivo, su alegría no tiene causa; eso crea grandes ondas que se extienden a su alrededor.

En un mundo mejor, cada familia aprenderá de los niños. Tienes mucha prisa en enseñarles. Nadie parece aprender de ellos y tienen mucho para enseñarte. Y tú no tienes nada que enseñarles.

Sólo porque eres mayor y más poderoso empiezas a hacerlos como tú sin ni siquiera ponerte a pensar qué eres tú, hasta dónde has llegado, cuál es el estatus de tu vida interior. Eres un pobre; ¿y deseas lo mismo para tu hijo?

Pero nadie piensa; de otro modo la gente aprendería de los ni­ños pequeños. Los niños traen mucho del otro mundo porque es­tán recién llegados. Todavía llevan consigo el silencio del útero, el silencio de la existencia.

Por eso, fue sólo una coincidencia el que durante siete años per­maneciera sin ser molestado, sin nadie que me regañara, que me preparara para el mundo de los negocios, la política, la diplomacia. Mis abuelos, especialmente mi abuela, tenían más interés en de­jarme tan natural como fuera posible. Mi abuela es una de las cau­sas ‑estas pequeñas cosas afectan a todos tus patrones de vida‑ de mi respeto por las mujeres.

Era una mujer muy sencilla, sin estudios, pero de inmensa sen­sibilidad. Ella se lo aclaró a mi abuelo y a su criado:

‑Todos nosotros hemos vivido un tipo de vida que no nos ha lle­vado a ningún sitio. Estamos más vacíos que nunca y ahora se acer­ca la muerte. Dejemos sin influir a este niño ‑insistió‑. ¿Qué in­fluencia podemos ejercer? Sólo podemos hacerle como nosotros, y nosotros no somos nada. Démosle una oportunidad de ser él mismo.

Siento un profundo agradecimiento a esta anciana. Mi abuelo no hacía más que preocuparse, porque antes o después sería el res­ponsable:

‑Nos van a decir: «Os dejamos a nuestro hijo y no te habéis en­señado nada.»


Mi abuela ni siquiera permitió que‑‑‑, porque había en el pueblo un hombre que podría haberme enseñado, al menos, los rudimen­tos del lenguaje, de las matemáticas, un poco de geografía. Él ha­bía estudiado hasta cuarto grado; los cuatro primeros cursos de lo que se llama educación primaria en la India. Pero era la persona más instruida del pueblo.

Mi abuelo insistió con tesón:

‑Puede venir a enseñarle. Por lo menos aprenderá el alfabeto y algo de matemáticas, para que cuando vaya a ver a sus padres no nos digan que hemos desperdiciado completamente estos siete años.
Pero mi abuela dijo:

‑Después de estos siete años, déjales que hagan lo que quieran.

durante siete años sólo tuvo que mostrar su ser natural y nosotros no interferimos.

Y su argumento era siempre:

‑Tú te sabes el alfabeto, ¿Y qué? Sabes matemáticas, ¿Y qué? Has ganado un Poquito de dinero; ¿también quieres que él gane un po­quito de dinero y viva como tú?

Eso bastaba para mantener callado al anciano. ¿Qué podía ha­cer? Estaba metido en un aprieto porque no podía discutir, y sabía que le harían responsable a él, no a ella, porque mi padre iba a pre­guntarle:

‑¿Qué has hecho?

Y efectivamente este habría sido el caso, pero afortunadamente murió antes de que mi padre pudiera preguntárselo.

Pero mi padre estaba repitiendo continuamente:

‑Ese viejo es el responsable, él ha malcriado a este niño.

Pero en ese momento yo ya era suficientemente fuerte y se lo dejé bien en claro:

‑Delante de mí, nunca digas ni una sola palabra en contra de mi abuelo materno. Él me salvó de que me malcriaras; eso es lo que te da rabia. Pero tienes más hijos; edúcalos a ellos. Y ya me dirás al fi­nal quién es el malcriado.

Él tenía otros hijos, y fueron naciendo cada vez más niños.

Le solía tomar, el pelo:

‑Por favor, ten un niño más, completa la docena. ¿Once niños?, la gente pregunta: «¿Cuántos niños? Once no suena bien; una do­cena causa mejor impresión.»

Y años más tarde le solía decir:

‑Tú sigue mimando a todos tus hijos; yo soy salvaje y seguiré siéndolo.

Lo que tú percibes como inocencia no es nada más que salvajis­mo. Lo que tú crees que es claridad no es más que salvajismo. De algún modo he escapado a las garras de la civilización.

Y una vez que fui suficientemente fuerte... Y por eso es que la gente insiste:

‑Hazte cargo del niño tan pronto como puedas, no malgastes el tiempo, porque cuanto antes empieces, más fácil es. Una vez que el niño se hace suficientemente fuerte, entonces será difícil doble­garlo de acuerdo con tus deseos.

Y la vida está dispuesta en círculos de siete años. Una vez que el niño tiene siete años ya es suficientemente fuerte; ya no puedes ha­cer nada. Ahora sabe dónde ir, qué hacer. Ya es capaz de discutir. Es capaz de ver lo que está bien y lo que está mal. Y esa claridad al­canzará su clímax cuando tenga siete años. Si tú no interfieres en sus primeros años, a los siete años lo tendrá todo tan claro que vi­virá toda su vida sin ningún arrepentimiento.

Yo he vivido sin ningún arrepentimiento. He intentado averi­guar: ¿he hecho alguna vez algo equivocado? No se trata de que la gente piense que todo lo que yo he hecho está bien, no es ése el asunto: nunca he pensado que nada de lo que he hecho estuviese mal. El mundo entero podría pensar que estaba mal, pero yo ten­go la absoluta certeza de que estaba bien; hice lo que correspondía.





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