El libro de



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16

—Ahora sí —gritó el mago casi antes de que el viajero hubiera tomado cuerpo otra vez—, ahora podemos empezar a avanzar rápidamente hacia la idea fundamental. Por fin empezamos a ver la luz.

—Dale una oportunidad —dijo la cabra—. Parece que está triste.

Merlín no hizo ningún caso de la sugerencia.

—¿Triste? Tonterías. Está la mar de bien. Decía que ahora podremos avanzar rápidamente...

—El comunismo —empezó a decir el tejón, que era corto de vista y seguía metido en su tema.

—No, no. Lo de los bolcheviques ya está resuelto. Ahora él tiene ya todos los datos necesarios, y podemos empezar a tratar directamente el problema de la Fuerza. Pero debemos dejar que piense por su cuenta. Rey, ¿te importaría ir diciendo los animales que te interese conocer? Yo te explicaré por qué hacen o no hacen guerra.

»Aquí no hay trampa —añadió adelantando su cuerpo como si quisiera meter a sus animales encima de su desesperada víctima, con una sonrisa fascinante—. Puedes citar todos los animales que quieras. Amebas, víboras, antílopes, monos, asnos, ajolotes...

—Podría muy bien decir hormigas y gansos —sugirió nervioso el tejón.

—No, no. Gansos no. Son demasiado fáciles. Debemos jugar limpio, y dejar que sea él quien elija. ¿Qué te parecen los grajos?

—Muy bien —dijo el tejón—, los grajos.

Merlín se recostó contra el respaldo de su silla, unió las puntas de sus dedos y se aclaró la garganta.

—Lo primero —dijo— que tenemos que hacer antes de empezar a analizar ejemplos, es definir el tema. ¿Qué es la Guerra? Puede decirse, me parece, que la guerra es la utilización agresiva de la fuerza entre grupos de individuos de la misma especie. Ha de tratarse de grupos, pues de lo contrario estaríamos ante algo que no sería guerra sino violencia personal. Si un lobo enloquecido atacara a una manada de lobos no constituiría una guerra. Y, por otro lado, debe tratarse de miembros de la misma especie. Es decir, que cuando un pájaro se come una langosta, o un gato a una rata, o incluso un banco de atunes se zampa a otro banco de arenques, no estamos ante una guerra. Hay, por tanto, dos extremos que son esenciales: que los combatientes deben pertenecer a la misma familia y que debe tratarse de una familia gregaria. Si no, no hay guerra.

»Por tanto, podemos empezar dejando a un lado a todos los animales que no son gregarios. Después de esto todavía nos encontramos ante grandes cantidades de especies, tales como los estorninos, los armiños, los conejos, las abejas y miles más. Al iniciar nuestra investigación sobre la fuerza entre estas especies nos encontramos con muchísimos otros ejemplos. Pero ninguno de estos animales hace la guerra. ¿Cuántos animales de estas características emprenden acciones agresivas contra grupos de su misma especie?

Merlín esperó un par de segundos a que el viejo contestara y continuó su conferencia.

—Exactamente. Estabas a punto de mencionar a unos pocos insectos, al hombre y a varios microbios o corpúsculos de la sangre, suponiendo que de estos últimos pueda decirse que pertenecen a la misma especie. Como ya te he dicho antes, la guerra es una inmoralidad que apenas si se da en la Naturaleza. No es corriente sino anormal. De esta forma, por suerte, podemos librarnos de la consideración detallada de un montón de datos que hubieran hecho demasiado prolongado nuestro análisis, y pasaremos a estudiar las características distintivas de las escasas especies que se enfrentan contra miembros de esas mismas especies. ¿Qué características encontramos? ¿Resulta, tal como los famosos comunistas del tejón afirman, que las especies que hacen la guerra son las que tienen propiedad privada? Contra lo que mi amigo tejón podría esperar, es evidente que, por el contrario, las especies que hacen la guerra son las que tienden a limitar o anular las posesiones individuales de sus miembros. Son precisamente las hormigas y las abejas, que tienen estómagos y territorios comunitarios, y los hombres, que tienen sus propiedades nacionales, los que se matan unos a otros.

»En cambio, los pájaros, que tienen una sola esposa que es privada; los conejos, que tienen sus madrigueras privadas y que comen cada uno para sí mismo; los armiños, con sus territorios privados, y las aves-lira, con sus tesoros personales y sus jardines ornamentales, todos viven en paz. Y no deberías pensar que un nido o un territorio de caza es una forma inferior de propiedad privada, porque su función en el caso de los pájaros es equivalente a la que para el hombre tienen su casa y su trabajo. Y lo más importante es que se trata de propiedades individuales, privadas. En la Naturaleza, los seres que tienen propiedad privada son pacíficos, mientras que los que han inventado la propiedad colectiva son los que van a la guerra. Como puedes observar, esto es justamente lo opuesto de lo que afirma la doctrina totalitarista.

»Naturalmente, en la Naturaleza estos animales que tienen propiedades privadas se ven a veces forzados a defenderlas frente a los ataques pirata de otros individuos. Pero raras veces se llega al derramamiento de sangre en tales enfrentamientos. Tampoco los hombres tienen por qué temer este aspecto de la cuestión ya que nuestro rey ha logrado ya convencerles de la utilidad de la adopción del principio de una fuerza de policía.

»Pero quizá querrías objetar que lo que une entre sí a los animales que sí hacen la guerra no es precisamente el nacionalismo. Es posible, me dirás, que vayan a la guerra llevados por otros motivos: porque todos ellos se dedican a la manufacturación, o porque todos ellos poseen animales domésticos, o porque todos ellos practican la agricultura, como ocurre entre algunas especies de hormigas, o porque todos ellos almacenan alimentos. No quiero aburrirte con una discusión de todas estas posibilidades: tú mismo tienes que analizarlas. Pero deberás tener en cuenta que las arañas son tan manufacturadoras como el que más, y no hacen la guerra; las abejas no tienen animales domésticos ni agricultura, pero hacen la guerra, y muchas hormigas beligerantes no almacenan alimentos. Siguiendo un proceso de este tipo, muy similar por otro lado al que en aritmética se utiliza para encontrar el máximo común denominador, acabarás llegando a la misma conclusión que yo te he presentado al principio. Una explicación que, por otro lado, resulta evidente en cuanto se llega a ella. La guerra es consecuencia de la propiedad colectiva, ese mismo tipo de propiedad que abogan casi todos los demagogos que van de puerta en puerta hablando de lo que ellos llaman un Nuevo Orden.

»Se me han acabado los ejemplos. Debemos volver a los casos concretos y analizarlos en detalle. Contemplemos la vida de una familia de grajos.

»Se trata de un animal gregario, como la hormiga. Los grajos viven juntos en comunidades al aire libre. Son conscientes de la entidad colectiva que constituyen porque, si se acercan a su zona grajos de otra comunidad y tratan de construir nidos en sus árboles, se defenderán. El grajo no solamente es gregario sino que además es algo nacionalista. Pero lo importante es que no pretende que se le reconozca la propiedad nacional de los territorios en los que se alimenta. Si cerca del lugar donde anida una comunidad hay un campo con muchas semillas o lombrices, se alimentarán en él no solamente los grajos de esta comunidad, sino también los de todas las comunidades cercanas e incluso las grajillas y palomas del vecindario, sin que por ello haya hostilidades. De hecho, los grajos sólo reclaman como propiedad nacional la zona donde anidan, y gracias a ello viven libres del azote bélico. Porque aceptan una verdad natural muy evidente: que el acceso a las materias primas debe ser libre.

»Contempla ahora los gansos: una de las especies más antiguas, más cultas y mejor dotadas de lenguaje. Los gansos son admirables músicos y poetas, han dominado el aire durante millones de años sin haber lanzado nunca una sola bomba, son monógamos, disciplinados, inteligentes, gregarios, morales, responsables y creen firmemente que ninguna secta o familia de su tribu puede pretender que son suyos los recursos naturales del mundo. Si hay un buen filón de Zostera marina o un buen campo de rastrojos, hoy encontrarás allí doscientos gansos y mañana diez mil. En una bandada de gansos que abandona el territorio donde se ha alimentado para ir a su lugar de descanso es fácil encontrar albrífontes mezclados con piquicortos y barnaclas. El mundo está a disposición de todos. Y no por ello son comunistas. Cada uno de los gansos de un grupo está dispuesto a atacar a su vecino por la posesión de una patata podrida, y sus esposas y nidos son estrictamente privados. No tienen, como las hormigas, un hogar o un estómago comunitarios. Y estas bellas criaturas, que viajan libremente por toda la superficie del globo sin reclamar como propia ninguna parte del mismo, nunca han hecho guerras.

»La maldición que ha caído sobre el hombre es el nacionalismo, la pretensión que tienen algunas pequeñas comunidades de considerar como propiedad comunitaria exclusiva partes de la tierra. Los enemigos del hombre son esos mezquinos y bobos defensores del nacionalismo irlandés o polaco. Y también los ingleses, siempre dispuestos a luchar en una guerra de grandes proporciones "en defensa de los derechos de las naciones pequeñas", y capaces de erigir un monumento a una mujer que fue martirizada por haber dicho que el patriotismo no era suficiente. Un pueblo así sólo es merecedor de ser calificado de montón de imbéciles benevolentes dirigido por unos truhanes. Tampoco es justo que me meta ahora con los ingleses, los irlandeses o los polacos. Todos caemos en este mismo error. Todos incurrimos en la necedad del Homo impolíticas. Y ahora que hablo tan duramente de los ingleses en relación con este tema, quiero añadir inmediatamente que me he pasado viviendo con ellos varios siglos. Y debo decir que aunque son un montón de necios maleantes, al menos les da risa serlo, lo cual me parece que es preferible a la necedad tiránica y cínica de los hunos que luchan contra ellos. Puedes tenerlo por seguro.

—Entonces —preguntó educadamente el tejón—, ¿cuál es la solución práctica?

—Lo más sencillo y fácil del mundo. Hay que abolir todo lo que sean tarifas aduaneras, pasaportes y leyes de inmigración, y convertir a la humanidad en una federación de individuos. De hecho, las naciones deben ser abolidas, y no solamente las naciones sino también los estados; no hay que tolerar ninguna unidad más amplia que la familia. Seguramente será necesario limitar además los ingresos y rentas privadas que sean muy grandes, para evitar que los ricos puedan llegar a convertirse en una especie de nación. Sin embargo, es completamente innecesario, además de contrario a las leyes de la Naturaleza, convertir a los individuos en comunistas o algo así. Cuando hayan transcurrido mil años habrá, si tenemos suerte, un lenguaje común. Pero lo más importante es que hagamos todo lo necesario para que un hombre que vive en Stonehenge tenga posibilidad de hacer las maletas e irse a buscar su suerte, sin que nadie se lo impida, a Tombuctú...

»El hombre podría llegar a convertirse en un ser migratorio —añadió al cabo de un segundo, un poco sorprendido de la ocurrencia.

—¡Pero esto traería consigo el desastre! —exclamó el tejón—. La mano de obra japonesa... ¡Se hundiría el comercio internacional!

—Narices. Todos los hombres tienen la misma estructura física y las mismas necesidades alimenticias. Si un coolí puede arruinarte viviendo con un plato de arroz al día en Japón, vete al Japón y compra un plato de arroz. Así podrás arruinar al coolí, quien supongo que para entonces estará pasándoselo muy bien en Londres con tu RollsRoyce.

—¡Pero esto supondría un golpe mortal para la civilización! Haría disminuir el nivel de vida...

—Nada. Lo que haría sería elevar el nivel de vida del coolí. Si es tan bueno o mejor que tú, mejor para él. Ese es el hombre que necesitamos. Y en cuanto a la civilización, poco se perdería.

—¡Sería una revolución económica!

—¿Preferirías entonces toda una serie de guerras mundiales? Mi querido tejón, en este mundo nunca se ha conseguido nada sin pagar algo por ello.

—Desde luego —dijo el tejón mostrándose repentinamente de acuerdo—, parece la mejor solución.

—Pues ahí está. Deja que el hombre siga viviendo su mezquina tragedia si así lo prefiere y mira a tu alrededor. Los doscientos cincuenta mil animales restantes han sido capaces —con unas pocas excepciones que aquí podemos despreciar— de encontrar sistemas políticos pacíficos. La elección es sencilla: hay que elegir entre la hormiga y el ganso, y cuando nuestro rey regrese no tendrá que hacer más que presentar claramente esta alternativa.

El tejón, que siempre se oponía a las exageraciones, presentó una seria objeción.

—Me parece bastante obvio que lo que acabas de decir es muy inexacto. ¿Cómo va a elegir el hombre entre la hormiga y el ganso? En primer lugar, el hombre tiene que seguir siendo hombre y nunca podrá ser hormiga ni ganso. En segundo lugar, sabemos que las hormigas no son infelices.

Merlín rectificó inmediatamente.

—No hubiera tenido que decirlo de esta forma. Era una frase. De hecho, todas las especies tienen solamente dos alternativas: evolucionar de acuerdo con el pasado de la propia especie, o perecer. Las hormigas tuvieron que elegir entre ser hormigas o extinguirse; los gansos tuvieron que elegir entre la extinción o ser gansos. No es que las hormigas estén mal y los gansos bien. Ser hormiga está bien para una hormiga, y ser ganso está bien para un ganso; del mismo modo, el hombre tendrá que elegir entre ser liquidado o ser hombre, y gran parte de la condición de hombre radica en encontrar soluciones inteligentes para estos problemas del uso de la fuerza que hemos estado analizando a través de los ojos de otras criaturas. Esto es lo que el rey debe tratar de hacerles ver.

Arquímedes tosió y dijo:

—Perdona, Maestro, ¿tienes la mirada hacia el futuro suficientemente clara para decirnos si el rey triunfará?

Merlín se rascó la cabeza y limpió los cristales de sus gafas.

—En último extremo triunfará —dijo por fin—. De eso estoy seguro. De otro modo, la raza acabará pereciendo como las palomas de los bosques norteamericanos que, puedo añadir, eran considerablemente más numerosas que los seres humanos y, sin embargo, se extinguieron en el curso de una docena de años al final del siglo XIX. Pero no veo todavía claramente cuándo va a ocurrir. Lo malo de vivir hacia atrás y pensar hacia adelante es que acabas por no saber dónde está el presente. También es por eso que uno acaba por preferir evadirse a un mundo de abstracciones.

El viejo caballero cruzó sus manos sobre su estómago, acercó los pies al fuego y, reflexionando sobre los avatares que en relación al Tiempo le tocaba vivir a él mismo, empezó a citar a uno de sus autores favoritos.

—Vi —dijo— transcurrir ante mis ojos las historias de los hombres mortales de muy diversas razas..., reyes y reinas, emperadores y republicanos, patricios y plebeyos discurrieron en orden invertido ante mis ojos... El tiempo corría alocadamente hacia atrás mostrando inmensas panorámicas y escenografías. Morían los grandes hombres antes de haber conquistado su fama, los reyes eran depuestos antes de haber sido coronados. Nerón, y los Borgias, y Cromwell y Asquith y los jesuitas disfrutaban de la infamia eterna primero y después empezaban a merecerla. Mi patria..., se fundía hasta llegar a ser la bárbara Bretaña; Bizancio se fundía hasta convertirse en Roma. Venecia en Henetian Altino; Hélade en innumerables migraciones. Primero se recibían los golpes y después eran descargados.

En el silencio que siguió a tan impresionante cuadro, la cabra volvió a un tema que había sido abandonado anteriormente.

—Parece que está triste —dijo—, digas lo que digas.

Y entonces todos miraron al rey por vez primera desde su regreso de su estancia entre los gansos y se quedaron en silencio.
17

Tenía una pluma en la mano y les estaba mirando. Sostenía la pluma sin darse cuenta de lo que estaba haciendo. Era el único fragmento material de belleza que había podido llevarse de Siberia. Ahora la utilizaba para mantener a distancia a Merlín y los animales, como si en lugar de una pluma fuera un arma.

—No pienso regresar —dijo—. Tendrás que buscar a otro buey para que tire del arado por ti. ¿Por qué me has traído ahora? ¿Por qué razón tengo que morir en favor de los humanos cuando todos vosotros no paráis de hablar despectivamente de ellos? Porque si regreso es para morir. Es demasiado cierto que los hombres son feroces y estúpidos. Menos la muerte, me han dado ya todas las desgracias que puedan hacérsele padecer a un hombre. ¿Y crees que van a prestar oídos a las palabras sabias y prudentes que les pueda decir? ¿Crees que esos zoquetes entenderán y depondrán las armas? No, me matarán por haber hablado. Me matarán igual que las hormigas hubieran matado a una hormiga albina que naciera entre ellas.

»Y además, Merlín —dijo sollozando—, tengo miedo de morir, ¡porque no he tenido nunca una oportunidad de vivir! Nunca he tenido una vida que fuera mía, ni tiempo para gozar de la belleza. Sólo ahora empiezo a encontrarla. Me muestras lo que es bello e inmediatamente me lo arrebatas. Me tratas como si fuera una pieza de ajedrez. ¿Tienes acaso derecho a coger mi alma y retorcerla, a quitarme hasta mis pensamientos y usarlos para tus fines?

»¡Oh, animales, os he fallado, lo sé! He traicionado vuestra confianza. Pero no puedo soportar ni la idea de dejarme poner los arreos y el collar otra vez porque ya me habéis hecho trabajar durante demasiado tiempo. ¿Por qué tengo que separarme de Lyok-lyok? Nunca he sido inteligente, pero he sido paciente. Y, sin embargo, hasta la paciencia se agota. Nadie puede soportar una situación así toda su vida.

Ninguno de ellos se atrevió a contestarle. A nadie se le ocurrió nada.

Tenía un fuerte sentimiento de culpa y de amor frustrado, y se sentía desgraciado por ello. Por eso ahora surgía toda aquella furia en defensa propia.

—Sí, vosotros sí sois inteligentes, sabéis las palabras complicadas y os divertís jugando con ellas. Si alguien crea una bonita frase todos os regocijáis. Pero no os dais cuenta que estáis hablando sin parar de algo que son almas humanas, y que he tenido la mala suerte de que haya sido mi alma la que habéis elegido. Y también Lyok-lyok tenía un alma. ¿Quién os ha concedido estos derechos de dioses que os atribuís y os permiten interferir los hilos del destino o decidir cuándo un corazón tiene que ir a un lado y cuándo a otro? No pienso seguir haciendo este asqueroso papel. No pienso preocuparme por vuestros asquerosos planes ni un momento más. Me iré a vivir en un rincón tranquilo con los gansos y espero poder morir en paz allí.

Al final, la voz se le quebró hasta convertirse en el lastimero lamento de un viejo pordiosero. Se recostó en la silla y se tapó los ojos con las manos.

El erizo estaba justo en medio del círculo. Cerró sus manos diminutas y purpúreas, levantó truculentamente el hocico desafiando a quien se interpusiera en su camino, respiró profundamente y, aunque pequeño, indignado, vulgar y lleno de pulgas, se enfrentó él solo a los miembros del Comité hasta conseguir que todos bajaran la mirada.

—Dejadle estar, ¿no? —pidió—. Dejadle tranquilo. Tiene derecho a que juguéis limpio.

Y colocó su cuerpo entre ellos y su héroe, dispuesto a derribar al primero que se atreviera a dar un paso.

—Vaya, vaya —dijo sarcásticamente—, menudo montón de sabandijas estáis hechos. Menudo cortejo de Poncio Pilatos estudiando el futuro del Hombre. Mucho hablar, mucho hablar. Pero como no le dejéis tranquilo os parto el cuello.

Merlín, muy apenado, contestó:

—Nadie quería obligarle a hacer nada contra su voluntad...

El erizo se adelantó hacia él, puso su hocico a un centímetro de las gafas del mago, y éste se echó atrás alarmado aunque no lo bastante deprisa como para salir del alcance del bufido que soltó el erizo.

—No, claro —dijo el erizo—, nadie quería que hiciese nada. Sólo que ni siquiera le habéis dejado que pensara por su cuenta.

Después volvió al desesperado rey, aunque sin acercarse mucho porque le tenía mucho respeto y quería evitarle el temor a sus pulgas.

—Mira, señor —le dijo—. Esto ha durado demasiado tiempo. Ven con este sucio erizo a dar una vuelta al aire libre para que puedas respirar a gusto y descansar todo lo que necesites.

»Y no pienses en éstos —continuó—. Déjales que sigan discutiendo histéricamente como siempre. Se lo merecen. Ven con este humilde siervo a respirar aire fresco y a disfrutar del cielo.

Arturo extendió su mano para tomar la del erizo que, algo a pesar suyo y sólo después de limpiársela bien contra los espinos del costado, se la dio por fin.

—Tengo muchos bichos —explicó lamentando su retraso en aceptar el ofrecimiento del rey—, pero soy honrado.

Los dos se dirigieron hacia la puerta y una vez allí el erizo, dándose media vuelta, estudió la escena que tenía ante los ojos.

—Orrvoyer —observó bienhumoradamente, lanzando hacia los miembros del Comité una mirada de inefable desprecio—. Procurad no destruir el universo mientras nosotros estamos fuera. Ni creéis otro tampoco.

E hizo una profunda reverencia irónica al afligido Merlín.

—Dios Padre —le dijo burlón.

Después se volvió hacia Arquímedes, que estaba también compungido y se estiraba cerrando los ojos para no soportar la mirada del erizo.

—Dios Hijo —le dijo a éste.

Por fin habló al implorante tejón:

—Y Dios Espíritu Santo.


18

No hay ninguna experiencia tan maravillosa como la de salir al aire libre en el campo una noche de primavera. Pero lo mejor es salir cuando la noche está a punto de acabarse, y mejor incluso hacerlo solo. Porque entonces puedes oír las carreras de los animales que pululan en la oscuridad, y las vacas masticando hasta que tropiezas con ellas, y percibir la vida secreta de las hojas, y los tirones de hierba y el mordisqueo y hasta el reflujo de la sangre en tus propias venas. Entonces puedes ver los bultos de los árboles y las colinas, más oscuros que todo lo demás, y las estrellas dando vueltas en sus engrasados surcos, y sólo para ti. Entonces hay una única luz en una casa de campo lejana que indica una enfermedad o un madrugador que parte hacia un misterioso destino. Entonces los cascos del caballo arrastran al carro traqueteante hacia un mercado conocido únicamente por el hombre que envuelto en mantas y sacos dormita sujeto a las riendas. Entonces suenan las cadenas de los perros inquietos, y la raposa suelta un aislado gañido, y los búhos ya se han callado. Es un momento grandioso en el que vale la pena estar vivo y absolutamente consciente mientras todos los demás seres humanos están inconscientes, encerrados, estirados y a merced de la noche.

El viento había amainado y ahora descansaba. Las estrellas se expandían y contraían en el cielo despejado. Era una imagen que de haber sido un sonido hubiera tintineado. Ea abrupta colina rocosa por la que ascendían se elevaba majestuosamente hacia el cielo, como un horizonte que estuviera aspirándoles.

El pequeño erizo subía trabajosamente de mata en mata de hierba, y se caía a veces en los embarrados charcos. Entonces soltaba un gruñido y después jadeaba al luchar contra la pendiente miniatura que tenía que escalar para salir del fango. El rey estaba cansado pero le daba la mano para ayudarle a superar los tramos más difíciles, elevándole hasta un peldaño más fácil o dándole un empujoncito por detrás. Fue en una de estas últimas ocasiones cuando pudo percibir lo patéticas e indefensas que parecían las patas del erizo vistas desde atrás.

—Gracias —le decía él—. Muchísimas gracias.

Cuando llegaron a la cumbre el erizo se sentó resoplando y el rey se instaló a su lado para admirar la vista.

Inglaterra emergía lentamente a medida que la luna ascendía: era su reino, Gramarye A sus pies, aquel país se extendía hasta el más remoto norte, hacia las islas Hébridas. Era su patria. La luna hacía que los árboles parecieran menos importantes que sus propias sombras, teñía de reflejos de mercurio los silenciosos ríos, alisaba los pastizales de juguete y cubría todas las cosas con un suave difuminado. Pero al rey le pareció que incluso sin luz hubiera reconocido todos los rincones de aquellas tierras. Sabía que hacia aquel lado tenía que estar el Severn, por allá las colinas y al otro lado el Pico: todos aquellos accidentes no eran visibles en aquel momento, pero eran parte de su hogar. En aquel campo debe pastar un caballo blanco, y allí debe estar tendida de unos postes la colada. Era lo que era, necesariamente.




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